II Vísperas – Domingo II Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO, II SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

 

HIMNO

 

Nos dijeron de noche

que estabas muerto,

y la fe estuvo en vela

junto a tu cuerpo.

 

La noche entera

la pasamos queriendo

mover la piedra.

 

Con la vuelta del sol,

volverá a ver la tierra

la gloria del Señor.

 

No supieron contarlo

los centinelas:

nadie supo la hora

ni la manera.

 

Antes del día,

se cubrieron de gloria

tus cinco heridas.

 

Con la vuelta del sol,

volverá a ver la tierra

la gloria del Señor.

 

Si los cinco sentidos

buscan le sueño,

que la fe tenga el suyo

vivo y despierto.

La fe velando,

para verte de noche

resucitando.

 

Con la vuelta del sol,

volverá a ver la tierra

la gloria del Señor.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Cristo, sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Aleluya.

 

Salmo 109, 1-5. 7

 

Oráculo del Señor a mi Señor:

“Siéntate a mi derecha,

y haré de tus enemigos

estrados de tus pies.”

Desde Sión extenderá el Señor

el poder de tu cetro:

somete en la batalla a tus enemigos.

 

“Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,

entre esplendores sagrados;

yo mismo te engendre, como rocío,

antes de la aurora.”

 

El Señor lo a jurado y no se arrepiente:

“Tú eres sacerdote eterno

según el rito Melquisedec”.

 

El Señor a tu derecha, el día de su ira,

quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,

por eso levantara la cabeza.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Cristo, sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

 

Salmo 113

 

No a nosotros, Señor, no a nosotros,

sino a tu nombre da la gloria;

por tu bondad, por tu lealtad;

¿por que han de decir las naciones:

“Dónde está tu Dios?”

 

Nuestro Dios está en el cielo,

lo que quiere lo hace.

Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,

hechuras de manos humanas:

 

tienen boca, y no hablan;

tienen ojos, y no ven;

tienen orejas, y no oyen;

tienen nariz, y no huelen;

 

tienen manos, y no tocan;

tienen pies, y no andan;

no tiene voz su garganta:

que sean igual los que lo hacen,

cuantos confían en ellos.

 

Israel confía en el Señor:

es su auxilio y su escudo.

La casa de Aarón confía en el Señor:

él es su auxilio y su escudo.

Los fieles del Señor confían en el Señor:

él es su auxilio y su escudo.

 

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,

bendiga la casa de Israel,

bendiga la casa de Aaron,

bendiga a los fieles de Señor,

pequeños y grandes.

 

Que el Señor os acreciente,

a vosotros y a vuestros hijos;

benditos seáis del Señor,

que hizo el cielo y la tierra.

El cielo pertenece al Señor,

la tierra se la ha dado a los hombres.

 

Los muertos ya no hablan al Señor,

ni los que bajan al silencio.

Nosotros, si, bendeciremos al Señor

ahora y por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

 

 

Ant. 3. Alabad  al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

 

Cántico: Ap 19, 1-7

 

Aleluya.

La salvación, y la gloria, y el poder son de nuestro Dios.

Aleluya.

Porque sus juicios son verdaderos y justos.

Aleluya.

 

Aleluya.

Alabad al Señor sus siervos todos.

Aleluya.

Los que le teméis pequeños y grandes.

Aleluya.

 

Aleluya.

Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.

Aleluya.

Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.

Aleluya.

 

Aleluya.

Llegó la boda del cordero.

Aleluya.

Su esposa se ha embellecido.

Aleluya.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Alabad  al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

 

 

LECTURA BREVE           2Ts 2, 13-14

 

Debemos dar continuas gracias a Dios por vosotros, hermanos amados por el Señor, porque Dios os escogió como primicias para salvaros, consagrándoos con el Espíritu y dándoos fe en la verdad. Por eso os llamó por medio del Evangelio que predicamos, para que sea vuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Nuestro Señor, es grande y poderoso.

R. Nuestro Señor, es grande y poderoso.

 

V. Su sabiduría no tiene medida.

R. Es grande y poderoso.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Nuestro Señor, es grande y poderoso.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Juan, testigo de la luz, dijo: “Jesús es el Hijo de Dios”.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Juan, testigo de la luz, dijo: “Jesús es el Hijo de Dios”.

 

 

PRECES

 

Demos gloria y honra a Cristo, que puede salvar definitivamente a los que, por medio de él, se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en favor nuestro, y digámosle con plena confianza:

Acuérdate de tu pueblo, Señor.

 

Señor Jesús, Sol de justicia que ilumina nuestras vidas, al llegar al umbral de la noche, te pedimos por todos los hombres;

— que todos lleguen a gozar eternamente de tu luz, que no conoce el ocaso.

 

Guarda, Señor, la alianza sellada con tu sangre,

— y santifica a tu Iglesia, para que sea siempre inmaculada y santa.

 

Acuérdate de esta comunidad aquí reunida,

— y que tú elegiste como morada de tu gloria.

 

Que los que están en camino tengan un viaje feliz

— 
y regresen a sus hogares con salud y alegría.

 

Acoge, Señor, las almas de los difuntos

— y concédeles tu perdón y la vida eterna.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Terminemos nuestras preces con la oración que nos enseñó el Señor:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

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II Domingo del Tiempo Ordinario A

Para Juan y sus contemporáneos Jesús es un caso desconcertante. Es uno cualquiera, a primera vista, pero algunos dicen de Él cosas decisivas. “Ese” que “está entre todos” y es “como los otros”, sobresale por encima de todos. Algunos se dan cuenta y, cuando sucede, tienen la misión de dar testimonio de Él. Cuando a Jesús se le descubre surge inmediatamente la actitud de señalar con el dedo y anunciar el oráculo más importante de la historia: “Ese es…”

Jesús es Salvador. El cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Es impresionante ver la concordancia que hay entre la experiencia primera de Jesús y los movimientos actuales. Jesús es Salvador; de Él viene esta oferta y vigor, que es don de Dios, gracias a la cual estamos salvados. Se tiene la experiencia de que él salva. Nos libera de la mentira, de la suciedad, la podredumbre personal y colectiva. Gracias a Él está definitivamente aclarado que hay dos mundo antagónicos y que uno sólo es el verdadero. Los que, por Jesús, se ven lanzados a la verdad, al servicio, a rehacer todo desde los cimientos, a enfrentarse valientemente al reino de la injusticia, se sienten salvados en Él.

Jesús es más grande que todos nosotros. Los que nos sentimos salvados por Él, sabemos que es de Él de quien nos viene la salvación. Nos sentimos en solidaridad de Él, experimentando que Él mismo es la fuente de esa solidaridad. Podemos decir como Juan: “está delante de mí”, y “es anterior a nosotros”.

Jesús Burgaleta

Con el fuego del Espíritu

Las primeras comunidades cristianas se preocuparon de diferenciar bien el bautismo de Juan que sumergía a las gentes en las aguas del Jordán y el bautismo de Jesús que comunicaba su Espíritu para limpiar, renovar y transformar el corazón de sus seguidores. Sin ese Espíritu de Jesús, la Iglesia se apaga y se extingue.

Sólo el Espíritu de Jesús puede poner más verdad en el cristianismo actual. Solo su Espíritu nos puede conducir a recuperar nuestra verdadera identidad, abandonando caminos que nos desvían una y otra vez del Evangelio. Solo ese Espíritu nos puede dar luz y fuerza para emprender la renovación que necesita hoy la Iglesia.

El Papa Francisco sabe muy bien que el mayor obstáculo para poner en marcha una nueva etapa evangelizadora es la mediocridad espiritual. Lo dice de manera rotunda. Desea alentar con todas sus fuerzas una etapa “más ardiente, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin, y de vida contagiosa”. Pero todo será insuficiente, “si no arde en los corazones el fuego del Espíritu”.

Por eso busca para la Iglesia de hoy “evangelizadores con Espíritu” que se abran sin miedo a su acción y encuentren en ese Espíritu Santo de Jesús “la fuerza para anunciar la verdad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”.

La renovación que el Papa quiere impulsar en el cristianismo actual no es posible “cuando la falta de una espiritualidad profunda se traduce en pesimismo, fatalismo y desconfianza”, o cuando nos lleva a pensar que “nada puede cambiar” y por tanto “es inútil esforzarse”, o cuando bajamos los brazos definitivamente, “dominados por un descontento crónico o por una acedia que seca el alma”.

Francisco nos advierte que “a veces perdemos el entusiasmo al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas”. Sin embargo no es así. El Papa expresa con fuerza su convicción: “no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra… no es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón”.

Todo esto lo hemos de descubrir por experiencia personal en Jesús. De lo contrario, a quien no lo descubre, “pronto le falta fuerza y pasión; y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”. ¿No estará aquí uno de los principales obstáculos para impulsar la renovación querida por el Papa Francisco?

José Antonio Pagola

Somos Iglesia católica

Los días 8 y 9 de noviembre de 2013 tuvo lugar en Valencia el Congreso “Parroquia y Nueva Evangelización”, que reunió a 1.700 personas, de todas las parroquias de la diócesis, así como represen-tantes de diferentes Asociaciones y Movimientos. En un coloquio posterior, una de las asistentes comentó: “La verdad es que es toda una experiencia de eclesialidad, es un gozo vernos a todos reunidos. Y aun siendo tan diferentes las realidades, da mucha alegría vernos a todos, curas, religiosos y laicos, unidos, escuchando y empeñados en trabajar por la diócesis, por la Iglesia.”

En este Domingo II del Tiempo Ordinario, la Palabra de Dios nos invita a reflexionar acerca de lo que es “ser Iglesia”, de lo que significa ser “Iglesia Católica”. Porque “Iglesia” deriva del griego Ekklesia, que significa Asamblea, y “Católica” deriva del griego Katholikós, que significa Universal.

Somos, pues, una “Asamblea Universal”. A veces corremos el peligro de caer en una especie de parroquialismo: nos quedamos metidos en nuestras parroquias, en nuestros grupos, y no salimos de ahí. Pero de este modo, nos estamos perdiendo la dimensión diocesana, nacional y universal de ser “Iglesia”. Como dijeron los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria en su Carta Pastoral Renovar nuestras comunidades cristianas (60): Sin la «Iglesia mayor» (diócesis, Iglesia universal) faltaría a las pequeñas comunidades el oxígeno de una ancha comunión… el sentimiento de pertenencia a una familia extendida por todo el mundo… Cuanto más se aísla una pequeña comunidad, más pronto se muere.

La Iglesia no es un archipiélago de pequeñas comunidades. Somos “Iglesia Católica”, universal, en dos sentidos: porque estamos diseminados por todo el mundo, y porque nuestra misión evangelizadora abarca todo el mundo: no tenemos fronteras ni nos ponemos barreras.

En este año nuevo y en este tiempo de nueva evangelización, nos debe interpelar lo que hemos escuchado en la 1ª lectura: Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra. En las parroquias hacemos muchas cosas, pero “es poco” si nos quedamos encerrados en ellas o limitamos nuestra acción a la demarcación parroquial: el Señor nos hace luz de las naciones, quiere que no sólo nos llamemos, sino que seamos de verdad, “Católicos”.

Por eso San Pablo decía en la 2ª lectura: escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto… y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo. Y hoy contamos con abundantes medios técnicos para “escribir a todo el mundo”, para llegar a todo el mundo, para desarrollar esa catolicidad: páginas web, blogs, servicios de mensajería instantánea, redes sociales… que debemos aprovechar para que la salvación de Dios alcance hasta el confín de la tierra.

Pero, con todo, la evangelización no va a depender de esos medios. Ya lo dijo el Papa Pablo VI en Evangelii nuntiandi (41): para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana. Y así, en el Evangelio, al ver Juan a Jesús que venía hacia él exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo… Yo no lo conocía… Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. Para “ser Iglesia Católica” y desarrollar la misión que tenemos encomendada necesitamos encontrarnos con Cristo y reconocerle en la oración, en la Eucaristía y demás Sacramentos, y en la formación. Una formación como la que ofrecemos en Acción Católica General, cuyo objetivo no es meramente la transmisión de una doctrina, sino poner a la persona no sólo en contacto, sino en comunión con Jesucristo, mediante el encuentro personal con Él.

¿Me siento “Iglesia Católica? ¿Entiendo el sentido e implicaciones de afirmar que “soy Católico”? ¿Caigo en el parroquialismo, o participo en encuentros arciprestales, diocesanos, nacionales, internacionales…? ¿Cuál es la razón? ¿Qué formación estoy siguiendo? ¿Me ayuda a encontrarme con Cristo, o se queda sólo en una adquisición de conocimientos teóricos?

Encontrémonos con Cristo; respondamos como en el Salmo: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad; sintámonos, como San Pablo, llamados a ser apóstoles de Jesucristo, porque Dios cuenta con nosotros para que seamos Iglesia Católica, y así su salvación alcance hasta el confín de la tierra.

Comentario al evangelio de hoy (19 de enero)

El que quita el pecado del mundo

Cuando escuchamos o leemos la expresión “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, nuestra mirada se dirige espontáneamente a Jesús, hacia el que señala Juan el Bautista. Pero para calibrar hasta el final lo que significa su acción de quitar el pecado, cargando sobre sí con nuestras dolencias y enfermedades, asumiendo nuestras culpas (cf. Is 53, 4-5; Mt 8, 17), deberíamos detenernos también a considerar ese pecado que parece reinar en el mundo y que Jesús ha venido a quitar.

No se trata, desde luego, de un peso ligero, de un mal de escasa entidad. El pecado del mundo, el mal con el nos chocamos a cada paso, no es algo banal. La empresa de eliminarlo se nos antoja una utopía, algo casi imposible. Lo que Jesús carga sobre sí, para quitárnoslo de encima, es el dolor de todas las víctimas, los destrozos del egoísmo, la impotencia ante la fuerza brutal de la injusticia y la violencia, la enfermedad del odio, que florece por múltiples motivos, pues es fácil encontrar excusas para él: personales, familiares, nacionales, raciales, religiosas… Es un peso casi insoportable, mejor dicho, no “casi”, insoportable a secas.

¿Cómo es posible “quitar” ese mal, ese mucho, fuerte, persistente, omnipresente mal? ¿Es ello posible realmente? ¿No se trata de un deseo piadoso, pero ingenuo, inútil? Tenemos a veces la impresión de que el mal es consustancial a nuestro mundo, a nuestra vida. Quitarlo sería, en realidad, imposible.

Sin embargo, de modo espontáneo percibimos también el mal en todas sus formas como aquello que no debería ser, como un cierto “no-ser” que corroe por dentro al ser, la vida del mundo y de los hombres. Pero eso, pese a la tentación permanente de la resignación ante el mal, el ser humano ha sentido siempre el deseo y el impulso que quitar el mal, de eliminarlo de la faz de la tierra. Muchas son las utopías filosóficas, morales, religiosas, sociales y políticas que se han propuesto erradicar el mal, arrancando precisamente lo que les parecían ser sus raíces. No cabe duda de que estos intentos, casi siempre bienintencionados, han logrado algunos resultados positivos: no en vano el hombre está, pese a todo, hecho para el bien, protendido a él de manera natural. Pero, como el mal se presenta como una fuerza que nos aplasta, ha sido frecuente tratar de oponerle una fuerza contraria equivalente o mayor. Si se consideraba que la raíz del mal estaba en la deficiente organización social y en la educación (como, por ejemplo, pensó Platón), la solución será imponer una forma de organización social adecuada a lo que se considera la verdadera naturaleza humana, eliminando sin más todo lo que (y, a veces, al que) es para ella inconveniente. Si la raíz del mal se ve en una forma económica determinada (por ejemplo, la propiedad privada), el modo eficaz de eliminarlo será suprimir por la fuerza esa forma de propiedad y, de paso, a los propietarios que la encarnan, como pensó Marx. Si la raíz del mal se descubre en determinados errores de tipo religioso (eso que se llama herejía), acabar con el mal significará acabar con los heréticos. Como es fácil comprender, ha sido demasiado frecuente que los diversos intentos de acabar con el mal en el mundo hayan terminado por provocar tanto o mayor mal y sufrimiento del que pretendían suprimir.

La experiencia histórica nos dice que el mal es demasiado fuerte como para que podamos vencerlo con nuestro solo esfuerzo, y eso a pesar de que, a fin de cuentas, el mal del que hablamos no es una fuerza cósmica que nos sea completamente ajena, sino algo que nosotros mismos hemos generado. Es como si uno libremente se lanza al vacío: aunque es responsable del salto, una vez que va cayendo ya no puede hacer nada por invertir la situación. Se podría comparar también al mal con un virus en el organismo: es un cuerpo extraño que no forma parte de nosotros, pero que nos ha infectado por dentro y que se manifiesta mórbidamente en todo lo que hacemos.

Sólo una fuerza superior, sobrehumana parece ser capaz de librarnos de este mal. De ahí el frecuente recurso a Dios en la lucha contra el mal y el pecado. Nuestras imágenes de Dios suelen ir acompañadas de la idea de la fuerza y el poder: Dios es omnipotente, es el Dios de los ejércitos, en sus manos está el poder y la fuerza, el vengará los pecados y castigará a los malvados… El problema es que estas imágenes de Dios, sin negar lo que de justo hay en ellas (pues Dios, efectivamente, es la plenitud de ser, y, por eso mismo, el que todo lo puede) están también inficionadas por ese virus del que acabamos de hablar y, por eso, no ha sido infrecuente (y lo sigue siendo) que en nombre de Dios y su justicia, en nombre de la religión, se cometan tropelías que, lejos de quitar el pecado del mundo, no hacen sino aumentar su caudal. Eso explica que haya quienes consideren que la religión no sólo no es la solución, sino que es parte del problema, si no su raíz misma.

Pero Dios no se deja atrapar en las imágenes que nos hacemos de Él. El Dios que “quita el pecado del mundo” nos sorprende, supera, incluso contradice nuestras expectativas. La sorpresa está ya preanunciada en el Antiguo Testamento. Aunque en él abundan las imágenes del Dios guerrero, el profeta Isaías nos transmite también una completamente nueva e inesperada, la del Siervo de Yahvé (cf. los cuatro cantos del Siervo: Is 42, 1-9; 49, 1-6, el que hoy reproduce la primera lectura, correspondiente al segundo; 50, 4-11; 52, 13-15. 53, 1-12), llamado a quitar el pecado por una vía totalmente distinta de la fuerza, el poder o la violencia.

La imagen que usa Juan el Bautista al señalar a Cristo es la de un cordero. El cordero es el animal pacífico, inofensivo, inocente y destinado al sacrificio en propiciación por los pecados en el Antiguo Israel. Si Jesús es un Cordero capaz de quitar los pecados del mundo, es que es uno que soporta (porta sobre sí) el mal que se ha de combatir; uno que, abandonando el papel de verdugo (que dice restablecer la justicia provocando muerte y dolor), asume el papel de la víctima, esto es, de los que sufren las consecuencias del mal y del pecado.

Ahora bien, Jesús es un Cordero por voluntad propia, que se hace libremente cordero. Al confesar en Jesús al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo no estamos haciendo el elogio de la debilidad y la impotencia, de esos “valores enfermizos” que tanto irritaban a Nietzsche. Al contrario, el testimonio de Juan habla de un poder real: de uno que es mayor que el más grande de entre los nacidos de mujer, de uno que existe desde siempre, esto es, que esen sentido pleno, que posee el Espíritu de Dios, la fuerza del Todopoderoso, que es Hijo de Dios.

Jesús, Verbo de Dios hecho carne, Omnipotencia que ha asumido la debilidad vulnerable de la condición humana, se despoja libremente, renuncia al poder de imposición, al poder de destruir el mal y al malvado, para entregarse, cargar sobre sí, hacerse solidario en el sufrimiento de sus semejantes. Se trata de un poder real, pero es el poder del amor, una fuerza de una potencia tal que no necesita imponerse, capaz de quitar el pecado del mundo por la vía del perdón y la reconciliación, sanándonos interiormente del virus del egoísmo y el odio, descubriéndonos que ese virus nos es ajeno, que nos impide ser nosotros mismos y descubrir a los demás en su verdad.

El pecado que hay que quitar, pese a sus múltiples expresiones estructurales, anida en su raíz en el corazón del hombre. Para quitarlo hay que sanar ese corazón, pues sin ello, toda acción destinada a eliminar las consecuencias del pecado, será impotente para impedir que se reproduzca de nuevo, posiblemente además por la vía de esa misma acción.

Jesús quita el pecado del mundo haciéndose por nosotros cordero, esto es, víctima y no verdugo (pues todos somos verdugos cuando pecamos, pero todos somos también víctimas del pecado propio y ajeno), y dándonos así la oportunidad de ser, como él, hijos de Dios, hijos en el Hijo. De esta manera, Jesús nos regenera por dentro, nos libera del yugo de la esclavitud del pecado, nos da la oportunidad de ser plenamente nosotros mismos.

Juan el Bautista no se limita hoy a informarnos sobre una cierta verdad religiosa (sobre la identidad de Jesús), sino que nos invita a abrirnos a su acción: permitir que Dios, por medio de Jesús, nos quite el pecado. No nos despoja, al hacerlo, de algo nuestro, pues el pecado no es “lo nuestro”, sino lo “ajeno en nosotros”, lo que nos impide ser en plenitud, manifestar nuestra dignidad de hijos e imágenes de Dios. Se trata de permitir que Dios nos cure interiormente por medio de su amor. Y este es el verdadero y existencial significado del bautismo: no es un mero ritual simbólico, sino la acción eficaz de abrirnos a la acción de Dios, de estar permanentemente abiertos a ella, de vivir abiertos al amor que es el Espíritu de Dios.

El bautismo del Espíritu en el que hemos sido bautizados nos une con Cristo, Cordero e Hijo de Dios, débil por la debilidad de nuestra carne que ha asumido al nacer como hombre, y fuerte porque es el Hijo de Dios, la encarnación de su amor; nos unimos, pues, en el bautismo con esa lucha de Jesús con el mal y el pecado del mundo, que es nuestro mal y nuestro pecado.

Los métodos de Jesús (la entrega personal, el tomar sobre sí, el perdón y la reconciliación, la renuncia a la venganza y al odio) pueden parecernos a veces poco eficaces. Jesús experimentó también esta tentación (no de otra cosa hablan las tentaciones de Jesús en el desierto que relatan los evangelios sinópticos) y que se expresa en las palabras del profeta Isaías (omitidas en el texto de la primera lectura: “Por poco me he fatigado, en vano e inútilmente he gastado mis fuerzas” Is 49, 4). Pero la fe nos llama a fiarnos de los “métodos” de Jesús, a vencer el mal sólo con el bien, confiando en que éste tiene una potencia infinitamente superior a todas las fuerzas del mal, como se ha manifestado en la resurrección de Jesús de entre los muertos.

También Pablo nos sirve de ejemplo. Es un ejemplo especialmente pertinente frente a la tentación del uso de la violencia en nombre de Dios y de la verdadera religión. Saulo fue perseguidor violento en nombre de Dios, pero renunció a la violencia al encontrarse con Cristo, adoptó la actitud contraria, de dar la vida por Cristo y por los hermanos, y fue así como se encontró a sí mismo, su verdadera identidad, su auténtico yo y su propia vocación: Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios.

José María Vegas, cmf

Domingo II Tiempo Ordinario

Hoy es domingo, 19 de enero.

Comienzo mi oración, tomando conciencia viva de que el Señor está conmigo siempre. Esté donde esté, su presencia amorosa me envuelve. Espero su gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Quiero descubrir los deseos del Señor sobre mí. Me pongo en sus manos para que me guíe por sus caminos de amor.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 1, 29-34):

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venia hacia él, exclamó: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Ése es aquel de quien yo dije: “Tras de mi viene un hombre que está por delante de mi, porque existía antes que yo.” Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel. » Y Juan dio testimonio diciendo: -«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.” Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Juan el Bautista nos presenta a Jesús y declara a qué viene: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Esta expresión nos remite al cordero pascual, que mataban y comían en la Pascua para celebrar la liberación de la esclavitud de Egipto. Al decirla Juan de Jesús, proclama que él es el que trae la libertad a los hombres, el que va a romper las cadenas que esclavizan al hombre y le impiden llegar a ser y vivir de acuerdo con lo que Dios espera de cada uno.

Y eso hará Jesús: ayudar a los oprimidos por el mal, a salir de la opresión. Juan no piensa en una acción moralizante, cuando dice “que quita el pecado del mundo”, sino que está anunciando que Dios está de nuestro lado frente al mal. En Jesús, nos ofrece su amor, su apoyo, su alegría, para liberarnos del mal. Es un anuncio lleno de esperanza para este mundo tan lleno de pecado: de egoísmos, de explotación de unos por otros, de sufrimiento, de desamor e injusticia. Con Jesús estamos llamados a cambiar esto. ¿Hago yo algo para cambiarlo, para liberar a los hermanos que veo sufrir?

Hoy se nos llama a tomar conciencia de la necesidad del testimonio para que Jesús pueda ser reconocido como Salvador. Sin el testimonio de Juan, Jesús hubiera pasado desapercibido entre el gentío. Pero Juan proclama: que este esl cordero que quita el pecado del mundo… Hoy los hombres, nuestras familias, nuestros ambientes, necesitan “bautistas”, testigos, que señalen a Cristo y digan lo mismo: este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo… Yo antes no lo sabía, pero un día le dejé entrar en mi vida y he tenido la experiencia de que Jesús hace posible arrancar del corazón el pecado y desterrado de nuestra vida personal, de nuestras familias, de nuestros ambientes, de nuestro mundo. Señor, cómo cambiaría todo si te abriéramos las puertas.

“Yo antes no lo conocía…”, confiesa Juan. Pero ahora sí lo ha visto, por eso puede dar testimonio. Y yo, ¿conozco a Jesús, le he visto? Si no lo conozco, ¿cómo daré testimonio de él? De Jesús los cristianos sabemos muchas cosas, pero ¿le conozco a él, “le he visto”, he tenido la experiencia de la fuerza liberadora de su amor?

Cuando experimentamos que el Hijo de Dios es nuestro Salvador, , el que puede quitar nuestro pecado y el del mundo, es cuando entramos en su camino. Es cuando podemos dar testimonio también nosotros, desde la humildad de nuestra vida, que es posible luchar contra el pecado que me rodea, contra el pecado del mundo. Señor, dame experimentar tu amistad y la fuerza liberadora de tu amor, para que pueda anunciarte y dar testimonio veraz de ti ante los demás.

A la luz de esta Palabra, me pregunto qué me pide el Señor. Le hablo como a un amigo y le doy gracias por poder ser su testigo. Le escucho en mi interior y me dejo ayudar por él a lo largo de este día.

Luz de las naciones


Ya está el “Siervo” dispuesto a  la batalla:
vibra en la voz tonante del profeta,
alienta en la arpillera del asceta
y chasca con los avisos de la tralla…

Empuña, firme, el asta de la dalla,
sus ojos queman, su palabra inquieta…,
reprueba el disimulo y la careta,
aparta la basura y la morralla…

Pero, en el fondo, sólo es un “Cordero”.
Rociará con su sangre el mundo entero,
para arruinar la muerte y el pecado.

Será “luz” para todas las naciones,
retornará al Señor los corazones
y la gloria de un pueblo renovado.

Pedro Jaramillo

Laudes – Domingo II Tiempo Ordinario

DOMINGO, II SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

 

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

 

INVITATORIO

 

Ant. Pueblo del Señor, rebaño que Él guía, bendice a tu Dios. Aleluya.

 

Salmo 94

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

 

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

 

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

Somos el pueblo de la Pascua,

Aleluya es nuestra canción,

Cristo nos trae la alegría;

Levantemos el corazón.

 

El Señor ha vencido al mundo,

muerto en la cruz por nuestro amor,

resucitado de la muerte

y de la muerte vencedor.

 

Él ha venido a hacernos libres

con libertad de hijos de Dios,

Él desata nuestras cadenas;

alegraos en el Señor.

 

Sin conocerle, muchos siguen

rutas de desesperación,

no han escuchado la noticia

de Jesucristo Redentor.

 

Misioneros de la alegría,

de la esperanza y del amor,

mensajeros del Evangelio,

somos testigos del Señor.

 

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,

gloria a Dios Hijo Salvador,

gloria al Espíritu divino:

tres Personas y un solo Dios. Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Bendito el que viene en nombre del Señor. Aleluya.

 

Salmo 117

 

Dad gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.

 

Diga la casa de Israel:

eterna es su misericordia.

 

Digan los fieles del Señor:

eterna es su misericordia.

 

En el peligro grité al Señor,

y me escuchó poniéndome a salvo.

 

El Señor está conmigo: no temo;

¿qué podrá hacerme el hombre?

El Señor está conmigo y me auxilia,

veré la derrota de mis adversarios.

 

Mejor es refugiarse en el Señor

que fiarse de los hombres,

mejor es refugiarse en el Señor

que confiar en los jefes.

 

Todos los pueblos me rodeaban,

en el nombre del Señor los rechacé;

me rodeaban cerrando el cerco,

en el nombre del Señor los rechacé;

me rodeaban como avispas,

ardiendo como fuego en las zarzas,

en el nombre del Señor los rechacé.

 

Empujaban y empujaban para derribarme,

pero el Señor me ayudó;

el Señor es mi fuerza y mi energía,

él es mi salvación.

 

Escuchad: hay cantos de victoria

en las tiendas de los justos:

“La diestra del Señor es poderosa,

la diestra del Señor es excelsa,

la diestra del Señor es poderosa.

 

“

No he de morir, viviré

para contar las hazañas del Señor.

Me castigó, me castigó el Señor,

pero no me entregó a la muerte.

 

Abridme las puertas del triunfo,

y entraré para dar gracias al Señor.

— Esta es la puerta del Señor:

los vencedores entrarán por ella.

 

— Te doy gracias porque me escuchaste

y fuiste mi salvación.

 

La piedra que desecharon los arquitectos

es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho,

ha sido un milagro patente.

 

Este es el día en que actuó el Señor:

sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Señor, danos la salvación;

Señor, danos prosperidad.

 

Bendito el que viene en nombre del Señor,

los bendecimos desde la casa del Señor;

el Señor es Dios: él nos ilumina.

 

Ordenad una procesión con ramos

hasta los ángulos del altar.

 

Tú eres mi Dios, te doy gracias;

Dios mío, yo te ensalzo.

 

Dad gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 1. Bendito el que viene en nombre del Señor. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.

 

Cántico: Dn 3, 52-57

 

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres:

a ti gloria y alabanza por los siglos.

 

Bendito tu nombre, Santo y glorioso:

a Él gloria y alabanza por los siglos.

 

Bendito eres en el templo de tu santa gloria:

a ti gloria y alabanza por los siglos.

 

Bendito eres tú, que sentado sobre querubines

sondeas los abismos:

a ti gloria y alabanza por los siglos.

 

Bendito eres en la bóveda del cielo:

a ti honor y alabanza por los siglos.

 

Creaturas todas del Señor, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 2. Cantemos un himno al Señor, nuestro Dios. Aleluya.

 

 

Ant. 3. Alabad al señor por su inmensa grandeza. Aleluya.

 

Salmo 150

 

Alabad al Señor en su templo,

alabadlo en su fuerte firmamento.

 

Alabadlo por sus obras magníficas,

alabadlo por su inmensa grandeza.

 

Alabadlo tocando trompetas,

alabadlo con trompas y flautas,

 

alabadlo con platillos sonoros,

alabadlo con platillos vibrantes.

 

Todo ser que alienta alabe al Señor.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Alabad al señor por su inmensa grandeza. Aleluya.

 

 

LECTURA BREVE           Ez 36, 25-27

 

Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Te damos gracias, oh Dios, invocando tu nombre.

R. Te damos gracias, oh Dios, invocando tu nombre.

 

V. Contando tus maravillas.

R. Invocando tu nombre.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Te damos gracias, oh Dios, invocando tu nombre.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. El Espíritu bajó del cielo como una paloma y se posó sobre Jesús.

 

Cántico de Zacarías. Lc 1, 68-79

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. El Espíritu bajó del cielo como una paloma y se posó sobre Jesús.

 

 

PRECES

 

Demos gracias a nuestro Salvador, que ha venido al mundo para ser “Dios-con-nosotros”, y digámosle confiadamente:

Cristo, Rey de la gloria, sé nuestra luz y nuestro gozo.

 

Señor Jesús, Sol que nace de lo alto y primicia de la resurrección futura,

haz que, siguiéndote a ti, no vivamos nunca en sombra de muerte, sino que tengamos siempre la luz de la vida.

 

Que sepamos descubrir, Señor, cómo todas las criaturas están llenas de tus perfecciones,

— para que así, en todas ellas, sepamos contemplarte a ti.

 

No permitas, Señor, que hoy nos dejemos vencer por el mal,

antes danos tu fuerza para que venzamos al mal a fuerza de bien.

 

Tú, que, al ser bautizado en el Jordán, fuiste ungido con el Espíritu Santo,

asístenos durante este día, para que actuemos movidos por este mismo Espíritu de santidad.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Por Jesús nos llamamos y somos hijos de Dios; por ello, nos atrevemos a decir:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.