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Archive for 22/01/14

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Sábado pasado ha comenzado la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que finalizará el próximo sábado, fiesta de la Conversión de san Pablo apóstol. Esta iniciativa espiritual, sumamente valiosa, involucra a las comunidades cristianas desde hace más de cien años. Se trata de un tiempo dedicado a la oración por la unidad de todos los bautizados, según la voluntad de Cristo: “Que todos sean uno” (Jn 17, 21).

Cada año, un grupo ecuménico de una región del mundo, bajo la guía del Consejo Mundial de las Iglesias y del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, sugiere el tema y prepara los subsidios para la Semana de oración. Este año, tales subsidios provienen de las Iglesias y Comunidades eclesiales de Canadá, y se refieren a la pregunta dirigida por san Pablo a los cristianos de Corinto: “¿Acaso está dividido Cristo?” (1 Corintios 1, 13) .

Ciertamente Cristo no ha sido dividido. Pero debemos reconocer sinceramente, y con dolor, que nuestras comunidades siguen viviendo divisiones que son de escándalo. Las divisiones entre nosotros cristianos son un escándalo, no hay otra palabra, ¡un escándalo! “Cada uno de vosotros – escribía el Apóstol – dice: “Yo soy de Pablo”, “Yo en cambio soy de Apolo”, “Yo soy de Cefas”, “Yo soy de Cristo” (1, 12). También aquellos que profesaban a Cristo como su cabeza no son aplaudidos por Pablo, porque usaban el nombre de Cristo para separarse de los demás dentro de la comunidad cristiana. ¡Pero el nombre de Cristo crea comunión y unidad, no división! Él ha venido a hacer comunión entre nosotros, no para dividirnos. El Bautismo y la Cruz son elementos centrales del discipulado cristiano que tenemos en común. Las divisiones en cambio debilitan la credibilidad y la eficacia de nuestro compromiso de evangelización y corren el riesgo de vaciar a la Cruz de su potencia (cfr. 1, 17).

Pablo reprende a los corintios por sus disputas, pero también da gracias al Señor “con motivo de la gracia de Dios que os ha sido dada en Cristo Jesús, porque en él habéis sido enriquecidos con todos los dones, los de la palabra y los del conocimiento” (1, 4-5). Estas palabras de Pablo no son una simple formalidad, sino el signo que él ve ante todo – y por esto se alegra sinceramente – los dones hechos por Dios a la comunidad. Esta actitud del Apóstol es un estímulo para nosotros y para cada comunidad cristiana a reconocer con alegría los dones de Dios presentes en otras comunidades. A pesar del sufrimiento de las divisiones, que por desgracia aún permanecen, acojamos las palabras de Pablo como una invitación a alegrarnos sinceramente por las gracias concedidas por Dios a otros cristianos. Tenemos el mismo bautismo, el mismo Espíritu Santo que nos concede las gracias. Reconozcámoslo y alegrémonos.

Es hermoso reconocer la gracia con la que Dios nos bendice y, aún más, encontrar en otros cristianos algo que necesitamos, algo que podríamos recibir como un don de nuestros hermanos y de nuestras hermanas. El grupo canadiense que ha preparado los subsidios de esta Semana de oración no ha invitado a las comunidades a pensar en lo que podrían dar a sus vecinos cristianos, sino que las ha exhortado a encontrarse para comprender lo que todas pueden recibir cada vez de las demás. Esto requiere algo más. Requiere mucha oración, requiere humildad, requiere reflexión y continua conversión. Vayamos adelante en este camino rezando por la unidad de los cristianos, para que este escándalo disminuya y no se de más entre nosotros. ¡Gracias!

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VÍSPERAS

MIÉRCOLES, II SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

 

HIMNO

 

Padre: has de oír

este decir

que se me abre en los labios como flor.

 

Te llamaré

Padre, porque

la palabra me sabe a más amor.

 

Tuyo me sé,

pues me miré

en mi carne prendido tu fulgor.

 

Me has de ayudar

a caminar,

sin deshojar mi rosa de esplendor.

 

Por cuanto soy

gracias te doy:

por el milagro de vivir.

 

Y por el ver

la tarde arder,

por el encantamiento de existir.

 

Y para ir,

Padre, hacia ti,

dame tu mano suave y tu amistad.

 

Pues te diré:

solo no sé

ir rectamente hacia tu claridad.

 

Tras el vivir,

dame el dormir

con los que aquí anudaste a mi querer.

 

Dame, Señor,

hondo soñar.

¡Hogar dentro de ti nos has de hacer! Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Aguardamos la alegre esperanza, la aparición gloriosa de nuestro salvador.

 

Salmo 61

 

Solo en Dios descansa mi alma,

porque de él viene mi salvación;

solo él es mi roca y mi salvación,

mi alcázar: no vacilaré.

 

¿Hasta cuándo arremeteréis contra un hombre

todos juntos para derribarlo

como una pared que cede

o a una tapia ruinosa?

Solo piensan en derribarme de mi altura,

y se complacen en la mentira:

con la boca bendicen,

con el corazón maldicen.

 

Descansa solo en Dios, alma mía,

porque él es mi esperanza;

solo él es mi roca y mi salvación,

mi alcázar: no vacilaré.

 

De Dios viene mi salvación y mi gloria,

él es mi roca firme,

Dios es mi refugio.

 

Pueblo suyo, confiad en él,

desahogad ante él vuestro corazón,

que Dios es nuestro refugio.

 

Los hombres no son más que un soplo,

los nobles son apariencias:

todos juntos en la balanza subirían

más leves que un soplo.

 

No confiéis en la opresión,

no pongáis ilusiones en el robo;

y aunque crezcan vuestras riquezas,

no les deis el corazón.

 

Dios ha dicho una cosa,

y dos cosas que he escuchado:

 

“Que Dios tiene el poder

y el Señor tiene la gracia;

que tu pagas a cada uno según sus obras.”

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Aguardamos la alegre esperanza, la aparición gloriosa de nuestro salvador.

 

 

Ant. 2. Que Dios ilumine su rostro sobre nosotros y nos bendiga.

 

Salmo 66

 

El Señor tenga piedad y nos bendiga

ilumine su rostro sobre nosotros;

conozca la tierra tus caminos,

todos los pueblos tu salvación.

 

¡Oh Dios! Que te alaben los pueblos,

que todos los pueblos te alaben.

 

Que canten de alegría las naciones,

porque riges el mundo con justicia,

riges los pueblos con rectitud,

y gobiernas las naciones de la tierra.

 

¡Oh Dios! Que te alaben los pueblos

que todos los pueblos te alaben.

 

La tierra ha dado su fruto,

nos bendice el Señor, nuestro Dios.

Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Que Dios ilumine su rostro sobre nosotros y nos bendiga.

 

 

Ant. 3. Por medio de él fueron creadas todas las cosas, y todo se mantiene en él.

 

Cántico: Col 1, 12-20

 

Damos gracias a Dios Padre,

que nos ha hecho capaces de compartir

la herencia del pueblo santo en la luz.

 

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,

y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,

por cuya sangre hemos recibido la redención,

el perdón de los pecados.

 

Él es imagen de Dios invisible,

primogénito de toda criatura;

pues por medio de él fueron creadas todas las cosas:

celestes y terrestres, visibles e invisibles,

Tronos, Dominaciones,

Principados, y Potestades;

todo fue creado por él y para él.

 

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.

Él es también la cabeza y el cuerpo de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,

y así es el primero en todo.

 

Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.

Y Por él quiso reconciliar todas las cosas:

haciendo la paz por la sangre de su cruz

con todos los seres, así del cielo como de la tierra.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 3. Por medio de él fueron creadas todas las cosas, y todo se mantiene en él.

 

 

LECTURA BREVE           1P 5, 5b-7

 

Tened sentimientos de humildad unos con otros, porque Dios resiste a los soberbios, para dar su gracia a los humildes. Inclinaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios, para que, a su tiempo, os ensalce. Descargad en él todo vuestro agobio, que él se interesa por vosotros.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Guárdanos, Señor, como a las niñas de tus ojos.

R. Guárdanos, Señor, como a las niñas de tus ojos.

 

V. A la sombra de tus alas escóndenos.

R. Como a las niñas de tus ojos.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Guárdanos, Señor, como a las niñas de tus ojos.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Haz, Señor, proezas con tu brazo: dispersa a los soberbios y enaltece a los humildes.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Haz, Señor, proezas con tu brazo: dispersa a los soberbios y enaltece a los humildes.

 

 

PRECES

 

Aclamemos, hermanos, a Dios, nuestro salvador, que se complace en enriquecernos con sus dones, y digámosle con fe:

Multiplica la gracia y la paz, Señor.

 

Dios eterno, mil años en tu presencia son como un ayer que pasó;

— ayúdanos a recordar siempre que nuestra vida es como hierba que florece por la mañana, y por la tarde se seca.

 

Alimenta a tu pueblo con el maná, para que no perezca de hambre,

— y dale el agua viva, para que nunca más tenga sed.

 

Que tus fieles busquen los bienes de arriba y aspiren a ellos,

— y te glorifiquen también con su trabajo y su descanso.

 

Concede, Señor, buen tiempo a las cosechas,

— para que la tierra dé fruto abundante.

 

Que los difuntos puedan contemplar tu faz,

— y que nosotros tengamos un día parte en su felicidad.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Confiemos nuestras súplicas a Dios, nuestro Padre, terminando esta oración con las palabras que el Señor nos enseñó:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Oh Dios, tu nombre es santo, y tu misericordia llega a tus fieles de generación en generación, atiende, pues, las súplicas de tu pueblo y haz que pueda proclamar eternamente tu grandeza. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

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Mt 4, 12-23

La liturgia de este domingo une dos perícopas que se sitúan en el final de la primera parte del evangelio y el inicio de la segunda, respectivamente. Si en primer lugar se ha presentado a Jesús como Mesías según las Escrituras, el Mesías esperado por Israel, a partir de este momento se manifestará cómo se revela este Mesías: las obras del Cristo.

Jesús vuelve a Galilea, como estaba anunciado en las Escrituras. Por medio de una nueva “cita de cumplimiento/reflexión”, haciendo un uso “libre” de la profecía de Isaías, se sitúa a Jesús en continuidad con los profetas de Israel y, a la vez, como anuncio de liberación universal.

El inicio de la misión del Mesías es luz para el pueblo (Israel) que habitaba en tinieblas, y para todas las naciones (Galilea de los gentiles). Mateo, el más “judío” de los evangelistas, hace una especie de inclusión “universalista” entre el comienzo de la misión del Mesías en Galilea de los gentiles, y el envío de los discípulos a predicar a todas las naciones, al final del evangelio (Mt 28,19).

Las palabras con las que Jesús co- mienza su predicación ya las hemos escuchado en boca del Bautista (Mt 3,2), lo que nos habla de la fuerza programática de las mismas. Dos aspectos relevantes se presentan. En primer lugar, a diferencia de Mc 1,15 («el tiempo se ha cumplido»), en Mateo la llegada del «reino de los cielos» queda aplazada para un futuro cercano. La soberanía de Dios es una magnitud de futuro, que se va preparando, a la espera del juicio definitivo.

El segundo aspecto es el imperativo inicial, con un marcado carácter enfático: «Convertíos». Para acoger el mensaje de Jesús es necesaria la conversión. La puerta de acceso al reino de los cielos pasa inexorablemente por la conversión.

Inmediatamente después de esta invitación a la conversión aparece la llamada a los primeros discípulos. Es un relato escueto, directo, con una misma estructura: aparece Jesús – dos hermanos están trabajando – llamada – seguimiento inmediato. Probablemente se trata de un relato compuesto a modo de paradigma del seguimiento de todo discípulo. El anuncio de la “Buena noticia” provoca, en quien la acoge, una respuesta inmediata, obediencia radical a la llamada.

El protagonista absoluto de la escena es Jesús. Él es quien toma la iniciativa («vio a los hermanos»), quien elige y llama. Destaca el imperativo absoluto de esta llamada: no cabe la duda, la vacilación. Todo discípulo que escucha es confrontado con la radical exigencia del seguimiento.

La llamada se produce en la vida cotidiana, en el trabajo diario. No es una vocación en la interioridad de la oración, ni en el Templo o en lugar sagrado. La vida es el lugar del encuentro y de la vocación. La respuesta de los llamados es inmediata y radical. La conversión a la que ha invitado Jesús se verifica en la reacción de los discípulos. En este relato simple, paradigmático, los discípulos de todos los tiempos estamos reflejados.

Termina el texto con un breve sumario sobre lo que será la manifestación del Mesías. Tres verbos serán centrales en la actividad del Maestro: anunciar – enseñar – curar.

Óscar de la Fuente 

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Como con lupa, me paro en algunos detalles de la escena.

Parálisis: la de aquel pobre hombre y la nuestra. ¿Qué me paraliza? Miedos, obsesiones, inseguridad, tranquilidad… Tantas cosas que hacen que permanezca anclado.

Ponte en medio: Igual que él yo también oigo la voz poderosa de Jesús que me invita al movimiento: ponte en pie, da un paso hacia adelante, avanza, no te estanques.

Hacer lo bueno: La pregunta de Jesús es de esas que desenmascara: hacer lo bueno o lo malo, salvarle la vida o dejarle morir. ¿Qué estamos haciendo por los demás? ¿Somos sembradores de vida o de muerte?

Mirada de ira: Ante nuestra obstinación Jesús también siente rabia. Decimos que no podemos andar cuando el Señor nos ha dado piernas de gacela, miramos siempre el vaso medio lleno, nos lamentamos en nuestras heridas.

Extiende el brazo: Otra vez el imperativo, la orden (como antes: ponte en pie).

Modo de acabar con él: El corazón de aquella gente no estaba preparado para tanta vida.

Y nosotros, ¿estamos abiertos a la nueva vida?

Óscar Romano, cmf

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Hoy es miércoles, 22 de enero.

En estos días, el evangelio nos está invitando a ir más allá, a crecer en valentía, a ser más arriesgados y audaces cuando se trata de apostar por lo humano, y por los valores del Reino. Ponte en presencia de Dios, déjate mirar por él y pídele que te ayude a crecer en verdad y libertad.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 3, 1-6):

En aquel tiempo, entró Jesús otra vez en la sinagoga, y había allí un hombre con parálisis en un brazo. Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo.

Jesús le dijo al que tenía la parálisis: «Levántate y ponte ahí en medio.»

Y a ellos les preguntó: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?»

Se quedaron callados. Echando en torno una mirada de ira, y dolido de su obstinación, le dijo al hombre: «Extiende el brazo.»

Lo extendió y quedó restablecido.

En cuanto salieron de la sinagoga, los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con él.

Continúan los fariseos al acecho de lo que hace Jesús. Ha acudido a la sinagoga, y allí hay un paralítico. Este está presente, pero no participa plenamente, está marginado, puesto que, como lisiado, es considerado impuro. Jesús le dice: “Levántate y ponte ahí en medio”. Estar en medio es ocupar el centro de la comunidad. Y para Jesús el centro deben ocuparlo los marginados, los excluidos. Por eso al paralítico, a quien la comunidad “excluía”, Jesús, lo “incluye” en la comunidad allí reunida. A los pobres y marginados, ¿dónde los coloco: en un lugar privilegiado o en el último?…

A los fariseos que acechan por si cura en sábado, les pregunta: “¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?” Ellos, cobardemente, “se quedaron callados”. Porque responder que hacer lo bueno, es decir, salvar una vida, sería dar la razón a Jesús. pero ¡cuesta tanto al orgulloso reconocer que el contrario tiene razón!… ¿No me ocurre a mí? Por muy claras que vea las cosas, el orgullo, a veces, no me deja dar el brazo a torcer. Señor, perdóname. Reconozco que necesito ser más humilde para reconocer mis errores. Ayúdame para que lo sea.

Para Jesús la respuesta no tiene duda: hacer el bien a las personas está por encima de todo, incluso de las leyes y las normas. Y dejar de hacerlo es obrar mal. Es el pecado de omisión al que tan poca importancia damos. “Yo no hago mal a nadie”, decimos y nos quedamos tan tranquilos. Pero ¿hago el bien que puedo hacer? Lo de los cristianos es amar. Y al amor no le basta no hacer mal al otro: amor que no empuja a hacer el bien al amado, no es amor. Por eso, Jesús hacía el bien en todo momento. De ahí que en el evangelio de hoy le vea “celebrar” el sábado, no con la inactividad, sino “haciendo lo bueno”, “salvando la vida” de un hombre que sufre, es decir, cumpliendo la ley del amor. Y es que para Jesús la mejor manera de glorificar a Dios es hacer el bien a los hijos de Dios. Por eso dice al paralítico: “Extiende tu brazo”, y “lo extendió y quedó restablecido”. ¡Qué bien, Señor, si mi vida estuviera regida siempre por la ley del amor y no sólo por “no hacer el mal”! Ayúdame, cambia mi corazón para que así sea.

Ante la curación del enfermo, los fariseos se enrabietan más contra Jesús y se alían con los herodianos para conspirar cómo acabar con él. ¡Qué dureza de corazón! Jesús cura a un enfermo, con sus palabras y obras, está mostrando que Dios actúa por su medio, y que, por tanto, es el enviado de Dios…, y ellos ni se convierten ni dejan de interpretar torcidamente las acciones salvadoras que ven, sino que en su corazón se afirman más las intenciones criminales que abrigan contra el que ha venido para salvarles. ¿Se puede imaginar obstinación mayor? Señor, ¡cuántas veces me has mostrado tu amor y me has llamado a la conversión, pero yo he seguido obstinado en mi pecado, en mis egoísmos, en mi rutina y mediocridad cristiana, en mi tibieza! ¿Hasta cuándo, Señor? que tu gracia ablande este corazón mío tan duro.

Vuelve a leer el texto tratando de ver con la imaginación todo lo que ocurre, pero esta vez puedes situarse junto al hombre de la parálisis. Tal vez quieras presentarle, tú también a Jesús algo que te paraliza.

Puedes terminar este rato de oración haciendo memoria agradecida, recordando cómo Jesús te sanó aquella parálisis o presentándole de nuevo lo que necesitas sanar hoy.

—   Tú que eres el sacerdote de una alianza nueva,
líbranos de nuestra estrechez de miras
y ten piedad de nosotros.
—   Tú que eres el sacerdote de una alianza nueva,
rompe los grilletes de nuestras mezquindades
y ten piedad de nosotros.
—   Tú que eres el sacerdote de una alianza nueva,
sé la puerta que da acceso a la paz del Reino
y ten piedad de nosotros.

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MIÉRCOLES, II SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

 

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

 

INVITATORIO

 

Ant. Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría.

 

Salmo 94

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

 

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

 

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

Estate, Señor, conmigo

siempre, sin jamás partirte,

y, cuando decidas irte,

llévame, Señor, contigo;

porque el pensar que te irás

me causa un terrible miedo

de si yo sin ti me quedo,

de si tú sin mí te vas.

 

Llévame en tu compañía,

donde tú vayas, Jesús,

porque bien sé que eres tú

la vida del alma mía;

si tú vida me das,

yo sé que vivir no puedo,

ni si yo sin ti me quedo,

ni si tú sin mí te vas.

 

Por eso, más que a la muerte,

temo, Señor, tu partida

y quiero perder la vida

mil veces más que perderte;

pues la inmortal que tú das

sé que alcanzarla no puedo

cuando yo sin ti me quedo,

cuando tú sin mí te vas. Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Dios mío, tus caminos son santos: ¿qué dios es grande como nuestro Dios?

 

Salmo 76

 

Alzo mi voz a Dios gritando,

alzo mi voz a Dios para que me oiga.

 

En mi angustia te busco, Señor mío;

de noche extiendo las manos sin descanso,

y mi alma rehúsa el consuelo.

Cuando me acuerdo de Dios, gimo,

y meditando me siento desfallecer.

 

Sujetas los párpados de mis ojos,

y la agitación no me deja hablar.

Repaso los días antiguos,

recuerdo los años remotos;

de noche lo pienso en mis adentros,

y meditándolo me pregunto:

 

¿Es que el Señor nos rechaza para siempre

y ya no volverá a favorecernos?

¿Se ha agotado ya su misericordia,

se ha terminado para siempre su promesa?

¿Es que Dios se ha olvidado de su bondad,

o la cólera cierra sus entrañas?

 

Y me digo: ¡Qué pena la mía!

¡Se ha cambiado la diestra del Altísimo!

Recuerdo las proezas del Señor;

sí recuerdo tus antiguos portentos,

medito todas tus obras y considero tus hazañas.

 

Dios mío, tus caminos son santos:

¿qué dios es grande como nuestro Dios?.

 

Tú, ¡oh Dios!, haciendo maravillas,

mostraste tu poder a los pueblos;

con tu brazo rescataste a tu pueblo,

a los hijos de Jacob y de José.

 

Te vio el mar, ¡oh Dios!,

te vio el mar y tembló,

las olas se estremecieron.

 

Las nubes descargaban sus aguas,

retumbaban los nubarrones,

tus saetas zigzagueaban.

 

Rodaba el fragor de tu trueno,

los relámpagos deslumbraban el orbe,

la tierra retembló estremecida.

 

Tú te abriste camino por las aguas,

un vado por las aguas caudalosas,

y no quedaba rastro de tus huellas:

 

mientras guiabas a tu pueblo, como a un rebaño,

por la mano de Moisés y de Aarón.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Dios mío, tus caminos son santos: ¿qué dios es grande como nuestro Dios?

 

 

Ant. 2. Mi corazón se regocija por el Señor, que humilla y enaltece.

 

Cántico: 1Sam 2, 1-10

 

Mi corazón se regocija por el Señor,

mi poder se exalta por Dios;

mi boca se ríe de mis enemigos,

porque gozo con tu salvación.

No hay santo como el Señor,

no hay roca como nuestro Dios.

 

No multipliquéis discursos altivos,

no echéis por la boca arrogancias,

porque el Señor es un Dios que sabe;

él es quién pesa las acciones.

 

Se rompen los arcos de los valientes, mientras los cobardes se ciñen de valor;

los hartos se contratan por el pan,

mientras los hambrientos no tienen ya que trabajar;

la mujer estéril da a luz siete hijos,

mientras que la madre de muchos se marchita.

 

El Señor da la muerte y la vida,

hunde en el abismo y levanta;

da la pobreza y la riqueza,

humilla y enaltece.

 

Él levanta del polvo al desvalido,

alza de la basura al pobre,

para hacer que se siente entre príncipes

y que herede un trono de gloria;

pues del Señor son los pilares de la tierra, y sobre ellos afirmó el orbe.

 

El guarda los pasos de sus amigos,

mientras los malvados perecen en las tinieblas,

porque el hombre no triunfa por su fuerza.

 

El Señor desbarata a sus contrarios,

el altísimo truena desde el cielo,

el Señor juzga hasta el confín de la tierra.

Él da fuerza a su Rey,

exalta el poder de su Ungido.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Mi corazón se regocija por el Señor, que humilla y enaltece.

 

 

Ant. 3. El Señor reina, la tierra goza.

 

Salmo 96

 

El Señor reina, la tierra goza,

se alegran las islas innumerables.

Tinieblas y nube lo rodean,

justicia y derecho sostienen su trono.

 

Delante de él avanza fuego

abrazando en torno a los enemigos;

sus relámpagos deslumbran el orbe,

y, viéndolos, la tierra se estremece.

 

Los montes se derriten como cera

ante el dueño de toda la tierra;

los cielos pregonan su justicia,

y todos los pueblos contemplan su gloria.

 

Los que adoran estatuas se sonrojan,

los que ponen su orgullo en los ídolos;

ante él se postran todos los dioses.

 

Lo oye Sión, y se alegra,

se regocijan las ciudades de Judá

por tus sentencias, Señor;

 

porque tú eres, Señor,

altísimo sobre altísimo sobre toda la tierra,

encumbrado sobre todos los dioses.

 

El Señor ama al que aborrece el mal,

protege la vida de sus fieles

y los libra de los malvados.

 

Amanece la luz para el justo,

y la alegría para los rectos de corazón.

Alegraos, justos con el Señor,

celebrad su santo nombre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 3. El Señor reina, la tierra goza.

 

 

LECTURA BREVE           Rm 8, 35-37

 

¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? En todo esto vecemos fácilmente por aquel que nos ha amado.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Bendigo al Señor, en todo momento.

R. Bendigo al Señor, en todo momento.

 

V. Su alabanza está siempre en mi boca.

R. En todo momento.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Bendigo al Señor, en todo momento.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Sirvamos con santidad al Señor, todos nuestros días.

 

Cántico de Zacarías. Lc 1, 68-79

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Sirvamos con santidad al Señor, todos nuestros días.

 

 

PRECES

 

Oremos al Señor Jesucristo, que prometió estar con su Iglesia todos los días, hasta el fin del mundo, y digámosle confiados:

Quédate con nosotros, Señor.

 

Quédate con nosotros, Señor, durante todo el día;

— que el sol de tu gracia nunca decline en nuestras vidas.

 

Te consagramos este día como oblación agradable a tus ojos,

— y proponemos no hacer ni aprobar nada defectuoso.

 

Que en todas nuestras palabras y acciones seamos hoy luz del mundo y sal de la tierra

— para cuantos nos contemplen.

 

Que la gracia del Espíritu Santo habite en nuestros corazones y resplandezca en nuestras obras,

— para que así permanezcamos en tu amor y en tu alabanza.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Terminemos nuestra oración diciendo juntos las palabras del Señor y pidiendo al Padre que nos libre de todo mal:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Envía, Señor, a nuestros corazones la abundancia de tu luz, para que, avanzando siempre por el camino de tus mandatos, nos veamos libres de todo error. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

 

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OFICIO DE LECTURA 

Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría.


Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.



Himno: PUES BUSCO, DEBO ENCONTRAR

Pues busco, debo encontrar;
pues llamo, débenme abrir;
pues pido, me deben dar;
pues amo, débenme amar
aquel que me hizo vivir.

¿Calla? Un día me hablará.
¿Pasa? No lejos irá.
¿Me pone a prueba? Soy fiel.
¿Pasa? No lejos irá:
pues tiene alas mi alma, y va
volando detrás de él.

Es poderoso, mas no
podrá mi amor esquivar;
invisible se volvió,
mas ojos de lince yo
tengo y le habré de mirar.

Alma, sigue hasta el final
en pos del Bien de los bienes,
y consuélate en tu mal
pensando con fe total:
¿Le buscas? ¡Es que lo tienes! Amén

SALMODIA

Ant 1. También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Salmo 38 I – SÚPLICA DE UN ENFERMO

Yo me dije: vigilaré mi proceder,
para que no se me vaya la lengua;
pondré una mordaza a mi boca
mientras el impío esté presente.

Guardé silencio resignado,
no hablé con ligereza;
pero mi herida empeoró,
y el corazón me ardía por dentro;
pensándolo me requemaba,
hasta que solté la lengua.

Señor, dame a conocer mi fin
y cuál es la medida de mis años,
para que comprenda lo caduco que soy.

Me concediste un palmo de vida,
mis días son nada ante ti;
el hombre no dura más que un soplo,
el hombre pasa como pura sombra,
por un soplo se afana,
atesora sin saber para quién.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Ant 2. Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Salmo 38 II

Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda?
Tú eres mi confianza.
Líbrame de mis iniquidades,
no me hagas la burla de los necios.

Enmudezco, no abro la boca,
porque eres tú quien lo ha hecho.
Aparta de mí tus golpes,
que el ímpetu de tu mano me acaba.

Escarmientas al hombre
castigando su culpa;
como una polilla roes sus tesoros;
el hombre no es más que un soplo.

Escucha, Señor, mi oración,
haz caso de mis gritos,
no seas sordo a mi llanto;

porque yo soy huésped tuyo,
forastero como todos mis padres.
Aplaca tu ira, dame respiro,
antes de que pase y no exista.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Ant 3. Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

Salmo 51 – CONTRA LA VIOLENCIA DE LOS CALUMNIADORES

¿Por qué te glorías de la maldad
y te envalentonas contra el piadoso?
Estás todo el día maquinando injusticias,
tu lengua es navaja afilada,
autor de fraudes;

prefieres el mal al bien,
la mentira a la honradez;
prefieres las palabras corrosivas,
lengua embustera.

Pues Dios te destruirá para siempre,
te abatirá y te barrerá de tu tienda;
arrancará tus raíces
del suelo vital.

Lo verán los justos, y temerán,
y se reirán de él:
«Mirad al valiente
que no puso en Dios su apoyo,
confió en sus muchas riquezas,
se insolentó en sus crímenes.»

Pero yo, como verde olivo,
en la casa de Dios,
confío en su misericordia
por siempre jamás.

Te daré siempre gracias
porque has actuado;
proclamaré delante de tus fieles:
«Tu nombre es bueno.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

V. Mi alma espera en el Señor.
R. Espera en su palabra. 

PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 14, 1-24

MELQUISEDEC BENDICE A ABRAM, QUE VUELVE VICTORIOSO

En aquellos días, siendo Amrafel rey de Senaar, Arioc rey de Elasar, Codorlahomer rey de Elam y Tidgal rey de Pueblos, declararon la guerra a Bera, rey de Sodoma, Birsa, rey de Gomorra; Sinab, rey de Adama, Semeber, rey de Seboín y al rey de Bela (o Soar). Éstos se reunieron en Val Sidín (hoy el mar Muerto). Durante doce años habían sido vasallos de Codorlahomer, al décimo tercero se rebelaron; el año décimo cuarto vino Codorlahomer con sus reyes aliados y fue derrotando a los refaitas en Astarot Carnín, a los zuzeos en Ham, a los emeos en Sabe Quiriataín y a los hurritas en los montes de Seir, junto a El Parán, al margen del desierto.

Después, volvieron y entraron por Fuente del Juicio (que hoy se llama Cadés) y sometieron el territorio amalecita y también a los amorreos, que habitaban en Palma de Hazazón. Entonces, hicieron una expedición los reyes de Sodoma, Gomorra, Adama, Seboín y Bela (o Soar), y presentaron batalla en Val Sidín a Codorlahomer, rey de Elam, Tidgal, rey de Pueblos, Amrafel, rey de Senaar, Arioc, rey de Elasar: cinco reyes contra cuatro. Val Sidín está lleno de pozos de asfalto, y los reyes de Sodoma y Gomorra cayeron en ellos al huir, mientras que los otros escapaban a los montes. Los vencedores saquearon las posesiones de Sodoma y Gomorra, con todas las provisiones, y se fueron; al marcharse, se llevaron también a Lot, sobrino de Abram, con sus posesiones, pues Lot habitaba en Sodoma.

Un fugitivo vino y se lo contó a Abram, el hebreo, que estaba acampando junto a las encinas de Mambré, el amorreo, pariente de Escol y Anar, aliados de Abram.

Cuando Abram oyó que su sobrino había caído prisionero, reunió a los esclavos nacidos en su casa, trescientos diez y ocho, y los fue persiguiendo hasta Dan; con su tropa cayó sobre ellos de noche y los persiguió hasta Hoba, al norte de Damasco; recuperó todas las posesiones y se trajo también a Lot, con sus posesiones, las mujeres y la tropa.

Cuando Abram volvía después de derrotar a Codorlahomer y los reyes aliados, el rey de Sodoma salió a su encuentro en el valle de Savé, que es Valderrey.

Entonces, Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, presentó pan y vino. Y bendijo a Abram, diciendo:

«Bendito sea Abram por el Dios Altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios Altísimo, que te ha entregado tus enemigos.»

Y Abram le dio un décimo de cada cosa.

El rey de Sodoma dijo a Abram:

«Dame la gente, quédate con las posesiones.»

Pero Abram replicó:

«Juro por el Señor Dios Altísimo, creador de cielo y tierra, que no aceptaré un hilo ni una correa de sandalia ni nada de lo que te pertenece; para que no digas: “Yo he enriquecido a Abram.” Sólo acepto lo que han comido mis muchachos, y la parte de los que me acompañaron, Aner, Escol y Mambré; que ellos se lleven su parte.»

RESPONSORIO    Hb 5, 5. 6; 7, 20. 21

R. Cristo no se dio a sí mismo la gloria del sumo sacerdocio, sino que la recibió de aquel que le dijo: * «Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec.»
V. Los sacerdotes de la antigua ley fueron constituidos sin juramento, pero Jesús fue constituido con juramento, pronunciado por aquel que le dijo:
R. «Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec.»

SEGUNDA LECTURA

De la Constitución dogmática Lumen géntium, sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano segundo
(Núms. 2. 16)

YO SALVARÉ A MI PUEBLO

El Padre eterno, por un libérrimo y misterioso designio de su sabiduría y de su bondad, creó el mundo universo, decretó elevar a los hombres a la participación de la vida divina y, caídos por el pecado de Adán, no los abandonó, sino que les otorgó siempre los auxilios necesarios para la salvación, en atención a Cristo redentor, que es imagen de Dios invisible, primogénito de toda creatura. El Padre, desde toda la eternidad, conoció a los que había escogido y los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos.

Determinó reunir a cuantos creen en Cristo en la santa Iglesia, la cual fue ya prefigurada desde el origen del mundo y preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en el antiguo testamento, fue constituida en los últimos tiempos y manifestada por la efusión del Espíritu y se perfeccionará gloriosamente al fin de los tiempos. Entonces, como se lee en los santos Padres, todos los justos descendientes de Adán, desde Abel el justo hasta el último elegido, se congregarán delante del Padre en una Iglesia universal.

Por su parte, todos aquellos que todavía no han recibido el Evangelio están ordenados al pueblo de Dios por varios motivos.

Y en primer lugar aquel pueblo a quien se confiaron las alianzas y las promesas y del que nació Cristo según la carne; pueblo, según la elección, amadísimo a causa de los padres: porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables.

Pero el designio de salvación abarca también a todos los que reconocen al Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes, que, confesando profesar la fe de Abraham, adoran con nosotros a un solo Dios, misericordioso, que ha de juzgar a los hombres en el último día. Este mismo Dios tampoco está lejos de aquellos otros que entre sombras e imágenes buscan al Dios desconocido, puesto que es el Señor quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas, y el Salvador quiere que todos los hombres se salven.

Pues los que inculpablemente desconocen el Evangelio y la Iglesia de Cristo pero buscan con sinceridad a Dios y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con sus obras la voluntad divina, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. Y la divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a aquellos que, sin culpa por su parte, no han llegado todavía a un expreso conocimiento de Dios y se esfuerzan, con la gracia divina, en conseguir una vida recta.

La Iglesia considera que todo lo bueno y verdadero que se da entre estos hombres es como una preparación al Evangelio y que es dado por aquel que ilumina a todo hombre para que al fin tenga la vida.

RESPONSORIO    Cf. Ef 1, 9-10; Col 1, 19-20

R. Dios había proyectado que, cuando llegase el momento culminante, todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,* las del cielo y las de la tierra.
V. En él quiso Dios que residiera toda plenitud, y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas.
R. Las del cielo y las de la tierra.

ORACIÓN.

OREMOS,
Dios todopoderoso y eterno, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente las súplicas de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida transcurran en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios. 

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