Vísperas – Jueves II Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

JUEVES, II SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

 

HIMNO

 

Tras el temblor opaco de las lágrimas,

no estoy yo solo.

Tras el profundo velo de mi sangre,

no estoy yo solo.

 

Tras la primera música del día,

no estoy yo solo.

Tras la postrera luz de las montañas,

no estoy yo solo.

 

Tras el estéril gozo de las horas,

no estoy yo solo.

Tras el augurio helado del espejo,

no estoy yo solo.

 

No estoy yo solo; me acompaña, en vela,

la pura eternidad de cuanto amo.

Vivimos junto a Dios eternamente.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta el fin de la tierra.

 

Salmo 71 (I)

 

Dios mío, confía tu juicio al rey,

tu justicia al hijo de reyes,

para que rijas a tu pueblo con justicia,

a tus humildes con rectitud.

 

Que los montes traigan paz,

y los collados justicia;

que él defienda a los humildes del pueblo,

socorra a los hijos del pobre

y quebrante al explotador.

 

Que dure tanto como el sol,

como la luna, de edad en edad;

que baje como lluvia al césped,

como llovizna que empapa la tierra.

 

Que en sus días florezca la justicia

y la paz hasta que falte la luna.

 

Que domine de mar a mar,

del Gran Río hasta el confín de la tierra.

 

Que en su presencia se inclinen sus rivales;

que sus enemigos muerdan el polvo;

que los reyes de Tarsis y de las islas

le paguen tributo.

 

Que los reyes de Saba y Arabia

le ofrezcan sus dones,

que se postren ante él todos los reyes,

y que todos los pueblos le sirvan.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

Ant. 1. Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta el fin de la tierra.

 

 

Ant. 2. Socorrerá el Señor a los hijos del pobre, rescatará sus vidas de la violencia.

 

Salmo 71 (II)

 

Él librará al pobre que clamaba,

al afligido que no tenía protector;

él se apiadará del pobre y del indigente,

y salvará la vida de los pobres;

 

Él rescatará sus vidas de la violencia,

su sangre será preciosa a sus ojos.

 

Que viva y que le traigan el oro de Saba;

él intercederá por el pobre

y lo bendecirá.

 

Que haya trigo abundante en los campos,

y ondee en lo alto de los montes,

den fruto como el Líbano,

y broten las espigas como

las hierbas del campo.

 

Que su nombre sea eterno,

y su fama como el sol;

que él sea la bendición de todos los pueblos,

y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

el único que hace maravillas;

bendito por siempre su nombre glorioso,

que su gloria llene la tierra.

¡Amén, amén!

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Socorrerá el Señor a los hijos del pobre, rescatará sus vidas de la violencia.

 

 

Ant. 3. Ahora se estableció el poderío y el reinado de nuestro Dios

 

Cántico: Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a

 

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,

el que eres y el que eras,

porque has asumido el gran poder

y comenzaste a reinar.

 

Se encolerizaron las naciones,

llegó tu cólera,

y el tiempo de que fueran juzgados los muertos

y de dar el galardón a tus siervos los profetas,

y a los santos y a los que temen tu nombre,

pequeños y a los grandes,

y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

 

Ahora se estableció el poderío,

y el reinado de nuestro Dios,

y la potestad de su Cristo;

porque fue precipitado

el acusador de nuestros hermanos,

el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

 

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero

y por las palabras del testimonio que dieron,

y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.

Por esto, estad alegre, cielos,

y los que moráis en sus tiendas.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 3. Ahora se estableció el poderío y el reinado de nuestro Dios

 

 

LECTURA BREVE           1P 1, 22-23

 

Ahora que estáis purificados por vuestra obediencia a la verdad y habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente. Mirad que habéis vuelto a nacer, y no de una semilla mortal, sino de una inmortal, por medio de la palabra de Dios viva y duradera.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. El Señor es mi pastor, nada me falta.

R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

 

V. En verdes praderas me hace recostar.

R. Nada me falta.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. A los hambrientos de justicia, el Señor los sacia y colma de bienes.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. A los hambrientos de justicia, el Señor los sacia y colma de bienes.

 

 

PRECES

 

Elevemos nuestros corazones agradecidos a nuestro Dios y Salvador, que ha bendecido a su pueblo con toda clase de bienes espirituales, y digámosle con fe:

Bendice a tu pueblo, Señor.

 

Dios todopoderoso y lleno de misericordia, protege al papa y a nuestro obispo,

— a los que tú mismo has elegido para guiar a la Iglesia.

 

Protege, Señor, nuestros pueblos y ciudades

— y aleja de ellos todo mal.

 

Multiplica, como renuevos de olivo alrededor de tu mesa, hijos que se consagren a tu reino,

— siguiendo a Jesucristo en pobreza, castidad y obediencia.

 

Conserva el propósito de las que han consagrado a ti su virginidad,

— para que sigan al Cordero divino adondequiera que vaya.

 

Haz que los difuntos descansen en tu paz eterna

— y que se afiance nuestra unión con ellos por la comunión de los santos.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Ya que por Jesucristo hemos llegado a ser hijos de Dios, acudamos confiadamente a nuestro Padre:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Al ofrecerte, Señor, nuestra alabanza vespertina, te pedimos humildemente que, meditando tu ley día y noche, consigamos un día la luz y el premio de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

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Oración de los fieles (Domingo III Tiempo Ordinario)

Por medio de Jesús, que anuncia la llega del Reino, te presentamos hoy, Padre, nuestros deseos y oraciones por La Iglesia, por el mundo y por todos nosotros:

• Señor Jesús: que la Iglesia, como Pueblo de Dios en medio del mundo, sea germen y semilla de la nueva humanidad. Envíanos como hombres nuevos para que todo se renueve: las estructuras injustas y caducas, los corazones desesperanzados, los timoratos y los fanáticos, y todos puedan sentir que se abre una nueva luz en sus vidas.

• Señor Jesús, danos coraje para salir de nosotros mismos y de una espiritualidad individualista y cerrada. Que descubramos el horizonte del Reino, que es el mundo entero y salgamos a las calles, a las fronteras y a las periferias hablando tu mismo lenguaje.

• Señor Jesús, envíanos sin temor, que estamos dispuestos. No nos dejes tiempo para inventar excusas, ni permitas que intentemos negociar contigo. Envíanos, que estamos dispuestos. Pon en nuestro camino gentes, tierras, historias, vidas heridas y sedientas de ti. No admitas un no por respuesta.

• Señor Jesús, envíanos a los nuestros y a los otros, a los cercanos y a los extraños, a los que te conocen y a los que sólo te sueñan y pon en nuestras manos tu tacto que cura; en nuestros labios tu verbo que seduce; en nuestras acciones tu humanidad que salva; en nuestra fe la certeza de tu evangelio. Envíanos, con tantos otros que, cada día, convierten el mundo en milagro.

Danos siempre tu luz, Señor, para que iluminemos nuestro mundo como Jesús, que es en todas partes luz de las naciones. 

Para la homilía

El Evangelio de este domingo sitúa a Jesús en Cafarnaún, es decir, en la frontera entre el mundo religioso y el mundo pagano y en la periferia respecto al centro, Jerusalén. Frontera y periferia son dos símbolos que nos permiten captar mejor el alcance de lo que se nos narrará: la identidad y la misión de Jesús, un motivo que ya apareció en los domingos precedentes.

Si el domingo anterior Jesús había sido presentado como el Cordero de Dios y el Hijo de Dios, ahora se nos presenta como luz. Es una imagen que encontramos en la primera lectura, en el salmo y en el Evangelio. La luz que es Jesús irá expandiéndose poco a poco, alcanzando a todos. Abierta al mundo pagano, Cafarnaún es un signo prometedor de la llegada del Evangelio al mundo gentil. Las fronteras empiezan a diluirse. Todas las periferias, habitadas por tinieblas, empiezan a ser alcanzadas por la luz que es Jesús.

Mateo destaca el lugar en el que Jesús inicia su misión: Cafarnaún. Este hecho es leído por el evangelista a la luz de Isaías 8,23b-9,3 que hemos proclamado en la primera lectura. Cafarnaún está situada en el límite de Zabulón y Neftalí, en el camino del mar. La decisión de Jesús de fijar su residencia allí es un símbolo significativo de su misión evangelizadora. Importa la significación simbólica porque Cafarnaúm es una ciudad fronteriza entre el pueblo de Israel y el mundo pagano. Jesús va a adoptar una forma nueva de proclamación de la Palabra de Dios: el desplazamiento hacia las fronteras y las periferias. Será un itinerante permanente durante su ministerio. Es una característica que le permite alcanzar a pueblos y aldeas para anunciarles la Buena Nueva.

Si el domingo anterior, Juan Bautista anunciaba la llegada del Cordero de Dios, del Hijo de Dios, Jesús cambia la referencia: anuncia la llegada del Reino. Esta es la razón de ser de la misión que está a punto de iniciar: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.». La proximidad de lo que ya está llegando es una llamada a la movilización del corazón anquilosado, adormecido. Y lo que lo movilizará no será el mismo anuncio sino la pasión con que Jesús se implicará “Recorriendo toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.”

Finalmente, en el relato evangélico contemplamos a Jesús llamando a los primeros discípulos. Todo comenzará con este encuentro y poco a poco se irá despertando en ellos el deseo de una mayor vinculación (más con Jesús) y una identificación (más como Jesús). Comienza la misión de Jesús pero también comienza el discipulado.

Ignacio Dinnbier Carrasco 

Comentario al evangelio de hoy (23 de enero)

Como una piedra que forma círculos en el río. En el centro Jesús: la gente va llegando, de Galilea, de Jerusalén, de la costa de Tiro y de Sidón. Son muchos. Se han enterado de las cosas que hace y no quieren que se lo cuenten otros. Quieren ver.

Y acuden a él cada uno con su carga. De dolor, de desesperación, de angustia. Desean tocar para quedar sanos. Quieren tocar.

Ver y tocar. Así quieren llegar a Jesús.

Pero Jesús prefiere poner una cierta distancia. Primero se retira con los más cercanos a la orilla del lago. Luego quiere que le tengan preparada una barca.

Hay momentos de contacto y momentos de retiro. Para poner distancia, para poner calma. No quiere dejarse llevar por el triunfalismo ni por el fanatismo.

Por no querer no quiere ni que revelen quién es: que cada uno lo descubra, a su modo. A veces con el contacto, otras con el retiro. Para cada uno Dios guarda un camino. ¿Eres de ver y tocar? ¿Eres de retiro y calma?

Óscar Romano, cmf.

Jueves II Tiempo Ordinario

Hoy es jueves, 23 de enero.

Señor, vengo a este rato contigo. Un rato en intimidad. Y sin embargo no estoy solo. Compartiendo esta oración hay miles de personas en todo el mundo y leyendo este mismo evangelio hay millones. En el evangelio de hoy se ve a gente muy diversas acercándose a ti. Gente de distintas procedencias, de edades diversas, de diferentes ideologías. Pero todos te buscan, igual que yo hoy.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 3, 7-12):

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del lago, y lo siguió una muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén y de Idumea, de la Transjordania, de las cercanías de Tiro y Sidón. Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío. Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.

Cuando lo veían, hasta los espíritus inmundos se postraban ante él, gritando: «Tú eres el Hijo de Dios.»

Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.

Frente a la oposición y rechazo de los escribas y fariseos a Jesús y su mensaje, que hemos contemplado estos días anteriores, el evangelio de hoy nos presenta el eco vigoroso de la actividad y el mensaje de Jesús en la gente. Han oído hablar de “las cosas que hacía” Jesús y de todas partes acuden a él. No sólo de Galilea, sino de Judea, de Jerusalén, del otro lado del Jordán, y de las cercanías de Tiro y Sidón. Es decir, gente judía y gente pagana. Y es que ¡cómo llaman las obras! Jesús no sólo anuncia un mensaje liberador, sino que libera. Y las obras que hacía proclamaban que venía del Padre y que su mensaje era de Dios…

Lo sabemos todos: la fuerza de la palabra está en las obras que la acompañan. No basta decir cosas maravillosas; hace falta obrar, vivir lo que se enseña. Las palabras pueden conmover, impresionar, pero lo que arrastra, lo que convoca es el ejemplo, la vida. ¡Qué necesidad tengo, Señor, de volver una y otra vez sobre esto, porque fácilmente me quedo en las buenas palabras!

Cuentan que en una reunión de sacerdotes se preguntaban por la causa de que no “llegara” a la gente lo que decían en sus homilías. Cada uno exponía lo que pensaba: que si el lenguaje usado no lo entendía la gente, que no se preparaban bien, etc. A uno de los sacerdotes que escuchaba en silencio le preguntaron: “Y tú, ¿qué dices?” Contestó él: “Yo no sé si la gente entiende o no nuestro lenguaje; pero sí he comprobado una cosa: que la gente no cree hasta que no ve obras…” ¿No es lo que nos falta, a veces, a los cristianos? Hablamos de Dios, pero ¿ven las obras de Dios en nosotros? Seguramente muchos de los que oían a Jesús no entenderían lo que decía; pero veían sus obras: Jesús anunciaba un mensaje de amor, y daba amor, era compasivo con los que sufrían, remediaba su sufrimiento, se preocupaba más de las necesidades de la gente que de su propio descanso… ¡Ah, Señor, si los que lo pasan mal, los que buscan consuelo, los que no ven sentido a su vida, los que viven angustiados… vieran una actitud semejante en nosotros…!

La gente buscaba a Jesús. Tal vez la búsqueda de algunos no fuera del todo desinteresada. Pero la de otros sería sincera… Y yo, ¿le busco? ¿Es limpia y sincera mi búsqueda? Yo también he visto y oído lo que hace: sana a los que se acercan a él con fe, que los cambia, que los transforma. Voy a él con corazón limpio para pedirle que me sane de cuanto me impide seguirle más generosamente y vivir su mensaje de amor y misericordia, entregándome a los que sufren: gente sola, triste, desanimada y abatida, enferma y con otras muchas enfermedades… Concédeme, Señor, que mi vida de entrega y preocupación por los que sufren refleje cada día más tu vida entregada.

Vuelvo a leer el evangelio y descubro un Jesús capaz de convocar a la gente más diversa. Probablemente eso daría lugar a discusiones y encontronazos. Sin embargo el tono de este pasaje es gozoso y valiente. Todos te seguían Señor y eso era lo importante.

Ahora puedo pedirle a Dios esa misma alegría en la diversidad, que nos conceda unos ojos capaces de descubrir lo que nos une a grupos aparentemente tan diferentes. Una misma experiencia y búsqueda de Dios.

Sumo Sacerdote de la nueva Alianza.
Jesús, Hijo único, Primogénito de los muertos,
veneramos en ti
la realización cabal del hombre.
Por tu vida y por tu muerte sabemos
que el único sentido de la vida es la vida.
Al reconocer en nuestra existencia de hombres
el misterioso cumplimiento de tu Pascua,
te pedimos:
haznos pasar a la otra vertiente,
al mundo nuevo
que con tu obediencia nos abriste.

Laudes – Jueves II Tiempo Ordinario

JUEVES, II SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

 

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

INVITATORIO

Ant. Entrad en la presencia del Señor con vítores

Salmo 94

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Alfarero del hombre, mano trabajadora

que, de los hondos limos iniciales,

convocas a los pájaros a la primera aurora,

al pasto los primeros animales.

De mañana te busco, hecho de luz concreta,

de espacio puro y tierra amanecida.

De mañana te encuentro, vigor, origen, meta

de los profundos ríos de la vida.

El árbol toma cuerpo, y el agua melodía;

tus manos son recientes en la rosa;

se espera la abundancia del mundo a mediodía,

y estás de corazón en cada cosa.

No hay brisa si no alientas, montes si no estás dentro,

ni soledad en que no te hagas fuerte.

Todo es presencia y gracia; vivir es este encuentro:

tú, por la luz; el hombre, por la muerte.

¡Que se acabe el pecado! ¡Mira que es desdecirte

dejar tanta hermosura en tanta guerra!

Que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte

de haberte dado un día las llaves de la tierra. Amén.

 

 

SALMODIA

Ant. 1. Despierta tu poder, Señor, y ven a salvarnos.

Salmo 79

Pastor de Israel, escucha,

tu que guías a José como a un rebaño;

tu que te sientas sobre querubines,

resplandece ante Efraím, Benjamín y Manasés;

despierta tu poder y ven a salvarnos.

¡Oh Dios!,

restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Señor Dios de los ejércitos,

¿hasta cuando estarás airado

mientras tu pueblo te suplica?

Le diste a comer llanto,

a beber lágrimas a tragos;

nos entregaste a las disputas de nuestros vecinos,

nuestros enemigos se burlan de nosotros.

Dios de los ejércitos, restáuranos,

que brille tu rostro y nos salve.

Sacaste una vid de Egipto,

expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste;

le preparaste el terreno y echó rices

hasta llenar el país;

su sombra cubría las montañas,

y sus pámpanos, los cedros altísimos;

extendió sus sarmientos hasta el mar,

y sus brotes hasta el Gran Río.

¿Por que has derribado su cerca

paras que la saqueen los viandantes,

la pisoteen los jabalíes

y se la coman las alimañas?

Dios de los ejércitos, vuélvete:

mira desde el cielo, fíjate,

ven a visitar tu viña,

la cepa que tu diestra plantó,

y que tu hiciste vigorosa.

La han talado y le han prendido fuego:

con un bramido hazlos perecer.

Que tu mano proteja a tu escogido,

al hombre que tu fortaleciste.

No nos alegaremos de ti:

danos vida, para que invoquemos tu nombre.

Señor Dios de los ejércitos, restáuranos,

que brille tu rostro y nos salve.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 1. Despierta tu poder, Señor, y ven a salvarnos.

 

 

Ant. 2. Anunciad a toda la tierra que el Señor hizo proezas.

Cántico: Is 12, 1-6

Te doy, gracias, Señor,

porque estabas airado contra mí,

pero ha cesado tu ira

y me has consolado.

Él es mí Dios salvador:

confiare y no temeré,

porque mi fuerza y mi poder es el Señor,

él fue mi salvación.

Sacaréis aguas con gozo

de las fuentes de salvación.

Aquel día, diréis:

dad gracias al Señor,

invocad su nombre,

contad a los pueblos sus hazañas,

proclamad que su nombre es excelso.

Tañed para el Señor, que hizo proezas; anunciadlas a toda la tierra;

gritad jubilosos, habitantes de Sión:

“¡Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel!”

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2. Anunciad a toda la tierra que el Señor hizo proezas.

Ant. 3. Aclamad a Dios, nuestra fuerza.

Salmo 80

Aclamad a Dios, nuestra fuerza:

dad vítores al Dios de Jacob:

acompañad, tocad los panderos,

las cítaras templadas y las arpas;

tocad las trompetas por la luna nueva,

por la luna llena que es nuestra fiesta;

Porque es una ley de Israel,

un precepto del Dios de Jacob,

una norma establecida para José

al salir de Egipto.

Oigo un lenguaje desconocido:

“retiré los hombros de sus cargas,

y sus manos dejaron la espuerta:

Clamaste en la aflicción, y te libré,

te respondí oculto entre los truenos,

te puse a prueba junto a la fuente de Meribá.

Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti:

¡ojalá me escuchases, Israel!

No tendrás un Dios extraño,

no adoraras un dios extranjero:

yo soy el Señor Dios tuyo,

que te saqué del país de Egipto:

abre tu boca y yo la saciaré.

Pero mi pueblo no escuchó mi voz,

Israel no quiso obedecer:

los entregué a su corazón obstinados,

para que anduviesen según sus antojos.

¡Ojalá me escuchase mi pueblo

y caminase Israel por mi camino!

En un momento humillaría a sus enemigos

y volvería mi mano contra sus adversarios.

Los que aborrecen al Señor te adularían,

y su suerte quedaría fijada;

te alimentaría con flor de harina,

te saciaría con miel silvestre.”

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3. Aclamad a Dios, nuestra fuerza.

LECTURA BREVE           Rm 14, 17-19

No reina Dios por lo que uno come o bebe, sino por la justicia, la paz y la alegría que da el Espíritu Santo; y el que sirve así a Cristo agrada a Dios, y lo aprueban los hombres. En resumen: esmerémonos en lo que favorece la paz y construye la vida común.

RESPONSORIO BREVE

V. Velando medito en ti, Señor.

R. Velando medito en ti, Señor.

V. Porque fuiste mi auxilio.

R. Medito en ti, Señor.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Velando medito en ti, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Anuncia a tu pueblo, Señor, la salvación y perdónanos nuestros pecados.

Cántico de Zacarías. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Anuncia a tu pueblo, Señor, la salvación y perdónanos nuestros pecados.

PRECES

Bendito sea Dios, nuestro Padre, que mira siempre con amor a sus hijos y nunca desatiende sus súplicas; digámosle con humildad:

Ilumina nuestros ojos, Señor.

Te damos gracias, Señor, porque nos has alumbrado con la luz de Jesucristo;

— que esa claridad ilumine hoy todos nuestros actos.

Que tu sabiduría nos guíe en nuestra jornada;

— así andaremos en una vida nueva.

Que tu amor nos haga superar con fortaleza las adversidades,

— para que te sirvamos con generosidad de espíritu.

Dirige y santifica nuestros pensamientos, palabras y obras en este día.

— y danos un espíritu dócil a tus inspiraciones.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Dirijamos ahora, todos juntos, nuestra oración al Padre, y digámosle:

 

Padre nuestro…

ORACIÓN

Humildemente te pedimos, a ti, Señor, que eres la luz verdadera y la fuente misma de toda luz, que, meditando fielmente tu ley, vivamos siempre en tu claridad. Por nuestro Señor Jesucristo.

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Oficio de lecturas – Jueves II Tiempo Ordinario

OFICIO DE LECTURA 

Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Entrad en la presencia del Señor con aclamaciones.


Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.



Himno: SEÑOR, ¿A QUIÉN IREMOS?

Señor, ¿a quién iremos,
si tú eres la Palabra?
A la voz de tu aliento
se estremeció la nada;
la hermosura brilló
y amaneció la gracia.

Señor, ¿a quién iremos,
si tu voz no nos habla?

Nos hablas en las voces
de tu voz semejanza:
en los goces pequeños
y en las angustias largas.

Señor, ¿a quién iremos,
si tú eres la Palabra?

En los silencios íntimos
donde se siente el alma,
tu clara voz creadora
despierta la nostalgia.

¿A quién iremos, Verbo,
entre tantas palabras?

Al golpe de la vida,
perdemos la esperanza;
hemos roto el camino
y el roce de tu planta.

¿A dónde iremos, dinos,
Señor, si no nos hablas?

¡Verbo del Padre, Verbo
de todas las mañanas,
de las tardes serenas,
de las noches cansadas!

¿A dónde iremos, Verbo,
si tú eres la Palabra? Amén.

SALMODIA

Ant 1. Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre.

Salmo 43 I – ORACIÓN DEL PUEBLO DE DIOS QUE SUFRE ENTREGADO A SUS ENEMIGOS

¡Oh Dios!, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.

Tú mismo, con tu mano, desposeíste a los gentiles,
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.

Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria;
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.

Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.

Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.

Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre.

Ant 2. Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.

Salmo 43 II

Ahora, en cambio, nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.

Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.

Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.

Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.

Ant 3. Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia.

Salmo 43 III

Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.

Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.

Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?

Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia.

V. Señor, ¿a quién vamos a ir?
R. Tú tienes palabras de vida eterna. 

PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 15, 1-21

ALIANZA DE DIOS CON ABRAM

En aquellos días, Abram recibió en visión la palabra del Señor:

«No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu paga será abundante.»

Respondió Abram:

«Señor, ¿de qué me sirven tus dones si soy estéril, y Eliezer de Damasco será el amo de mi casa?»

Y añadió:

«No me has dado hijos, y un criado de casa me heredará.»

La palabra del Señor le respondió:

«No te heredará ése, sino uno salido de tus entrañas.» Y el Señor lo sacó afuera y le dijo:

«Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes.»

Y añadió:

«Así será tu descendencia.»

Abram creyó al Señor y se le contó en su haber. El Señor le dijo:

«Yo soy el Señor que te saqué de Ur de los caldeos para darte en posesión esta tierra.»

Él replicó:

«Señor, ¿cómo sabré que voy a poseerla?»

Respondió el Señor:

«Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.»

Abram los trajo y los cortó por en medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres y Abram los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abram y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El Señor dijo a Abram:

«Has de saber que tu descendencia vivirá como forastera en tierra ajena, tendrá que servir y sufrir opresión durante cuatrocientos años, pero yo juzgaré al pueblo a quien han de servir, y al final saldrán cargados de riquezas. Tú te reunirás en paz con tus padres y te enterrarán en buena vejez. A la cuarta generación, volverán, pues hasta entonces no se colmará la culpa de los amorreos.»

El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados. Aquel día el Señor hizo alianza con Abram en estos términos:

«A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río (Éufrates): quenitas, quenizitas, cadmonitas, hititas, ferezeos, refaitas, amorreos, cananeos, guirgaseos y jebuseos.»

RESPONSORIO    St 2, 23; Rm 4, 18

R. Abraham se fió de Dios y eso le valió la justificación, * y se le llamó «amigo de Dios».
V. Esperando en Dios contra toda esperanza, tuvo fe; y así llegó a ser padre de muchas naciones.
R. Y se le llamó «amigo de Dios».

SEGUNDA LECTURA

De las Cartas de san Fulgencio de Ruspe, obispo
(Carta 14, 36-37: CCL 91, 429-431)

CRISTO VIVE PARA SIEMPRE PARA INTERCEDER POR NOSOTROS

Fijaos que en la conclusión de las oraciones decimos: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo»; en cambio, nunca decimos: «Por el Espíritu Santo.» Esta práctica universal de la Iglesia tiene su explicación en aquel misterio, según el cual, el mediador entre Dios y los hombres es Cristo Jesús, hombre también él, sacerdote eterno según el rito de Melquisedec, que entró de una vez para siempre con su propia sangre en el santuario, pero no en un santuario hecho por mano de hombre y figura del venidero, sino en el mismo cielo, donde está a la derecha de Dios e intercede por nosotros.

Teniendo ante sus ojos este oficio sacerdotal de Cristo, dice el Apóstol: Por medio de él ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el tributo de los labios que van bendiciendo su nombre. Por él, pues, ofrecemos el sacrificio de nuestra alabanza y oración, ya que por su muerte fuimos reconciliados cuando éramos todavía enemigos. Por él, que se dignó hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la presencia de Dios. Por esto nos exhorta san Pedro: También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Por este motivo decimos a Dios Padre: «Por nuestro Señor Jesucristo.»

Al referirnos al sacerdocio de Cristo, necesariamente hacemos alusión al misterio de su encarnación, en el cual el Hijo de Dios, a pesar de su condición divina, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, según la cual se rebajó hasta someterse incluso a la muerte; es decir, fue hecho un poco inferior a los ángeles, conservando no obstante su divinidad igual al Padre. El Hijo fue hecho un poco inferior a los ángeles en cuanto que, permaneciendo igual al Padre, se dignó hacerse como un hombre cualquiera. Se abajó cuando se anonadó a sí mismo y tomó la condición de esclavo. Más aún, el abajarse de Cristo es el total anonadamiento, que no otra cosa fue el tomar la condición de esclavo.

Cristo, por tanto, permaneciendo en su condición divina, en su condición de Hijo único de Dios, según la cual le ofrecemos el sacrificio igual que al Padre, al tomar la condición de esclavo fue constituido sacerdote, para que, por medio de él, pudiéramos ofrecer la hostia viva, santa, grata a Dios. Nosotros no hubiéramos podido ofrecer nuestro sacrificio a Dios si Cristo no se hubiese hecho sacrificio por nosotros: en él nuestra propia raza humana es un verdadero y saludable sacrificio. En efecto, cuando precisamos que nuestras oraciones son ofrecidas por nuestro Señor, sacerdote eterno, reconocemos en él la verdadera carne de nuestra misma raza, de conformidad con lo que dice el Apóstol: Todo sumo sacerdote, tomado de entre los hombres, es constituido en favor de los hombres en lo tocante a las relaciones de éstos con Dios, a fin de que ofrezca dones y sacrificios por los pecados. Pero al decir: «tu Hijo», añadimos: «que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo», para recordar, con esta adición, la unidad de naturaleza que tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y significar de este modo que el mismo Cristo, que por nosotros ha asumido el oficio de sacerdote, es por naturaleza igual al Padre y al Espíritu Santo.

RESPONSORIO    Hb 4, 16. 15

R. Acerquémonos, pues, con seguridad y confianza a este trono de la gracia. * Aquí alcanzaremos misericordia y hallaremos gracia para ser socorridos en el momento oportuno.
V. Pues no tenemos un sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades.
R. Aquí alcanzaremos misericordia y hallaremos gracia para ser socorridos en el momento oportuno.

ORACIÓN.

OREMOS,
Dios todopoderoso y eterno, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente las súplicas de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida transcurran en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.