Francisco: para elegir a sus discí­pulos, Jesús se dirige a los humildes

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

el Evangelio de este domingo cuenta los inicios de la vida pública de Jesús en las ciudades y en los pueblos de Galilea. Su misión no sale de Jerusalén, es decir del centro religioso, social y político, sino de una zona periférica, despreciada por los judíos más observadores, con motivo de la presencia en esa región de diferentes poblaciones extranjeras; por esto el profeta Isaías indica como “Galilea de las gentes”.

Es una tierra de frontera, un zona de tránsito donde se encuentran personas de diferentes razas, culturas y religiones. Galilea se convierte así en un lugar simbólico de apertura del Evangelio a todos los pueblos. Desde este punto de vista, Galilea se asemeja al mundo de hoy: coexistencia de diversas culturas, necesidad de comparación y necesidad de encuentro. También nosotros estamos inmersos cada día en una “Galilea de las gentes”, y en este tipo de contexto podemos asustarnos y ceder a la tentación de construir recintos para estar más seguros, más protegidos. Pero Jesús nos enseña que la Buena Noticia que Él trae no está reservada a una parte de la humanidad, es para comunicar a todos. Es un feliz anuncio destinado a cuantos lo esperan, pero también a cuantos quizá no esperan nada más y no tienen ni siquiera la fuerza para buscar y preguntar.

Partiendo de Galilea, Jesús nos enseña que ninguno está excluido de la salvación de Dios, es más, que Dios prefiere partir de la periferia, de los últimos, para alcanzar a todos. Nos enseña un método, su método, que expresa el contenido, es decir la misericordia del Padre. “Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar esta llamada. ¿Y cuál es la llamada? Salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio”. (Esort. ap. Evangelii gaudium, 20).

Jesús comienza su misión no solo desde un lugar descentrado, si no también con hombres que se les diría de “bajo perfil”. Para elegir a sus primeros discípulos y futuros apóstoles, no se dirige a las escuelas de los escribas o de los doctores de la Ley, sino a las personas humildes y a las personas sencillas, que se preparan con empeño a la llegada del Reino de Dios. Jesús va a llamarles allí donde trabajan, sobre la orilla del lago: son pescadores. Les llama, y ellos le siguen, enseguida. Dejan las redes y van con Él: su vida se convertirá en una aventura extraordinaria y fascinante.

Queridos amigos y amigas, ¡el Señor llama también hoy! El Señor pasa por los caminos de nuestra vida cotidiana; también hoy, en este momento, aquí, el Señor, pasa por la plaza. Nos llama a ir con Él, a trabajar con Él por el Reino de Dios, en las “Galileas” de nuestros tiempos. Cada uno de vosotros que piense: el Señor pasa hoy, el Señor me mira, ¡me está mirando! ¿Qué me dice el Señor? Y si alguno de vosotros oye que el Señor le dice: “sígueme”, sea valiente, vaya con Él; Él no decepciona jamás. Escuchad en vuestro corazón si el Señor os llama a seguirlo. ¡Dejemos alcanzarnos por su mirada, por su voz, y sigámoslo! “Para que la alegría del Evangelio llegue hasta a los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz”.

Tras la oración del Ángelus, el Santo Padre ha dicho:

Ahora, veis que no estoy solo, estoy en compañía de dos de vosotros que han subido aquí. ¡Son buenos estos dos!

Se celebra hoy la Jornada Mundial de los enfermos de lepra. Esta enfermedad, aún estando en receso, lamentablemente afecta todavía a muchas personas en condiciones de grave miseria. Es importante mantener viva la solidaridad con estos hermanos y hermanas. A ellos aseguramos nuestra oración, y rezamos también por todos aquellos que les asisten y, en diferentes formas, se comprometen a derrotar esta enfermedad.

Estoy cerca con la oración a Ucrania, en particular a cuantos han perdido la vida en estos días y a sus familias. Deseo que se desarrolle un diálogo constructivo entre las instituciones y la sociedad civil y, evitando todo recurso y acción violenta, prevalezcan en el corazón de cada uno ¡el espíritu de la paz y la búsqueda del bien común!

Hoy hay muchos niños en la plaza, muchos. Pero también quisiera, con ellos, dirigir un pensamiento a Cocò Campolongo que a los tres años ha sido quemado en el coche en Cassano allo Jonio. Esta furia sobre un niño tan pequeño parece no tener precedentes en la historia de la criminalidad. Rezamos con Cocò que seguro está con Jesús en el cielo. Por las personas que han hecho este crimen para que se arrepientan y se conviertan al Señor.

En los próximos días, millones de personas, que viven en Extremo Oriente y repartidos en varias partes del mundo, entre los cuales chinos, coreanos y vietnamitas, celebran el fin de año lunar. A todos ellos les deseo una existencia llena de alegría y de esperanza. El anhelo que no se puede suprimir a la fraternidad, que alberga en su corazón, encuentre en la intimidad de la familia el lugar privilegiado donde pueda ser descubierto, educado y realizado. Será esta una preciosa contribución a la construcción de un mundo más humano, en el que reina la paz.

Ayer, en Nápoles, se ha proclamado beata María Cristina de Savoya, que vivió en la primera mitad del siglo XIX, reina de las dos Sicilias. Mujer de profunda espiritualidad y de gran humildad, supo hacerse cargo de los sufrimientos de su pueblo, convirtiéndose en verdadera madre de los pobres. Su extraordinario ejemplo de caridad testimonia que la vida buena del Evangelio es posible en cualquier ambiente y condición social.

Saludo con afecto a todos vosotros, queridos peregrinos venidos de diferente parroquias de Italia y de otros países, como también a las asociaciones, grupos escolares y otros. En particular, saludo a los estudiantes de Cuenca (España) y las chicas de Panamá. Saludo a los fieles de Caltanissetta, Priolo Gargallo, San Severino Marche y San Giuliano Milanese, y los ex alumnos de la escuela de Minoprio. Quisiera también expresar mi cercanía a la población que ha sufrido inundadaciones en Emilia.

¡Me diirijo ahora a los chicos y chicas de Acción Católica de la Diócesis de Roma! Queridos jóvenes, también este año, acompañados del cardenal vicario, habéis venido numerosos al finalizar vuestra “Caravana de la Paz”. ¡Os doy las gracias! ¡Os doy muchas gracias! Escuchamos ahora el mensaje que vuestros amigos aquí junto a mí, nos leerán”.

Al finalizar la lectura, los dos niños junto al Papa han lanzado las dos palomas como símbolo de la paz.

Para concluir, el Santo Padre ha deseado a todos un buen domingo y buena comida.

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II Vísperas – Domingo III Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO, III SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

 

HIMNO

 

¿Qué ves en la noche,

dinos centinela?

 

Dios como un almendro

con la flor despierta;

Dios que nunca duerme

busca quien no duerma,

y entre las diez vírgenes

sólo hay cinco en vela.

 

¿Qué ves en la noche,

dinos centinela?

 

Gallos vigilantes

que a noche alertan.

Quien negó tres veces

otras tres confiesa,

y pregona el llanto

lo que el miedo niega,

 

¿Qué ves en la noche,

dinos centinela?

 

Muerto le bajaban

a la tumba nueva.

Nunca tan adentro

tuvo al sol la tierra.

Daba el monte gritos,

piedra contra piedra.

 

¿Qué ves en la noche,

dinos centinela?

 

Vi los cielos nuevos

y la tierra nueva.

Cristo entre los vivos

y la muerte muerta.

Dios en las criaturas,

¡y eran todas buenas! Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Oráculo del Señor a mi Señor: “Siéntate a mi derecha.” Aleluya

 

Salmo 109, 1-5. 7

 

Oráculo del Señor a mi Señor:

“Siéntate a mi derecha,

y haré de tus enemigos

estrado de tus pies.”

Desde Sión extenderá el Señor

el poder de tu cetro:

somete en la batalla a tus enemigos.

 

“Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,

entre esplendores sagrados;

yo mismo te engendré, como rocío,

antes de la aurora.”

 

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:

“Tú eres sacerdote eterno

según el rito Melquisedec”.

 

El Señor a tu derecha, el día de su ira,

quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,

por eso levantara la cabeza.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Oráculo del Señor a mi Señor: “Siéntate a mi derecha.” Aleluya

 

 

Ant. 2. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

 

Salmo 110

 

Doy gracias al Señor de todo corazón,

en compañía de los rectos, en la asamblea.

Grandes son las obras del Señor,

dignas de estudio para los que las aman.

 

Esplendor y belleza son su obra,

su generosidad dura por siempre;

ha hecho maravillas memorables,

el Señor es piadoso y clemente.

 

Él da alimento a sus fieles,

recordando siempre su alianza;

mostró a su pueblo la fuerza de su poder,

dándoles la heredad de los gentiles.

 

Justicia y verdad son las obras de sus manos,

todos sus preceptos merecen confianza:

son estables para siempre jamás,

se han de cumplir con verdad y rectitud.

 

Envió la redención a su pueblo,

ratificó para siempre su alianza,

su nombre es sagrado y temible.

 

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,

tienen buen juicio los que lo practican;

la alabanza del Señor dura por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

 

 

Ant. 3. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

 

Cántico: Ap 19, 1-7

 

Aleluya.

La salvación, y la gloria, y el poder son de nuestro Dios.

Aleluya.

Porque sus juicios son verdaderos y justos.

Aleluya.

 

Aleluya.

Alabad al Señor sus siervos todos.

Aleluya.

Los que le teméis pequeños y grandes.

Aleluya.

 

Aleluya.

Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.

Aleluya.

Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.

Aleluya.

 

Aleluya.

Llegó la boda del cordero.

Aleluya.

Su esposa se ha embellecido.

Aleluya.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

 

 

LECTURA BREVE           1P 1, 3-5

 

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

 

V. Digno de gloria y alabanza por los siglos.

R. En la bóveda del cielo.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Inmediatamente los discípulos dejaron las redes y siguieron a Jesús.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Inmediatamente los discípulos dejaron las redes y siguieron a Jesús.

 

 

PRECES

 

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que maravillosamente creó al mundo, lo redimió de forma más admirable aún y no cesa de conservarlo con amor, y digámosle con alegría:

Renueva, Señor, las maravillas de tu amor.

 

Te damos gracias, Señor, porque, a través del mundo, nos has revelado tu poder y tu gloria;

— haz que sepamos ver tu providencia en los avatares del mundo.

 

Tú que, por la victoria de tu Hijo en la cruz, anunciaste la paz al mundo,

— líbranos de toda desesperación y de todo temor.

 

A todos los que aman la justicia y trabajan por conseguirla,

— concédeles que cooperen, con sinceridad y concordia, en la edificación de un mundo mejor.

 

Ayuda a los oprimidos, consuela a los afligidos, libra a los cautivos, da pan a los hambrientos, fortalece a los débiles,

— para que en todos se manifieste el triunfo de la cruz.

 

Tú que, al tercer día, resucitaste gloriosamente a tu Hijo del sepulcro,

— haz que nuestros hermanos difuntos lleguen también a la plenitud de la vida.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Luz al final del túnel

En los primeros días de este año, fue noticia que el paro había descendido, que había aumentado la afiliación a la Seguridad Social, que la “prima de riesgo” había bajado de los 200 puntos, se nos decía que había claros síntomas de recuperación económica y que ya se veía la luz al final del túnel. Pero la gente de la calle tenemos la impresión de que todo sigue igual. Como dijo S. M. el Rey en su mensaje de Nochebuena: la crisis empezará a resolverse cuando los parados tengan oportunidad de trabajar. Mientras tanto, nosotros no notamos esa mejoría ni vemos la luz al final del túnel, y viendo algunas situaciones, nos cuesta creer que realmente haya datos positivos, y tener esperanza.

Algo similar puede ocurrirnos en lo referente a la fe. La 1ª lectura de este domingo nos trae recuerdos de la Navidad, porque es también la 1ª lectura de la Misa de Medianoche: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. Pero un mes después, quizá nos parezca que “la vida sigue igual”, que aquello que celebramos en Nochebuena no ha tenido repercusión. Y si echamos la vista atrás, desde que Isaías profetizó esa luz… ¿qué se ha alcanzado? ¿Dónde está esa luz? Porque tenemos la impresión de que la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro no se han quebrantado, siguen ahí.

Pero sí que existe esa luz, como hemos escuchado en el Evangelio: Jesús… se estableció… en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el Profeta Isaías. Jesús es esa Luz, como también dijimos el día de Navidad: La Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre (evangelio de la Misa del Día).

Aunque tengamos la impresión de que todo sigue igual, ¿cómo podemos experimentar esa Luz? Lo ha dicho Jesús: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. Para “ver la Luz al final del túnel”, para encontrar hoy los signos de su presencia entre nosotros, debemos convertirnos, es decir, ir pasando a los criterios evangélicos… un cambio progresivo de nuestros pensamientos y criterios, de nuestros comportamientos y costumbres, de nuestro modo de pensar, de sentir, de actuar y de vivir. Y esto no sólo en las repercusiones personales e interiores, sino en las consecuencias sociales de nuestro modo de estar en el mundo: en la familia, en el trabajo, en la convivencia social y política (I.F.C.A. Tema 6).

Y esto no sólo para nosotros. Jesús también nos llama, como a los primeros discípulos: Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres. Son muchas las personas que necesitan “ver la Luz al final del túnel”, no una luz cualquiera, sino la Luz que es Cristo. Y si Él recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo, nosotros debemos hacer otro tanto. Como dice el Papa Francisco en Evangelii gaudium (6), ofrecemos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias.

El Señor hoy nos llama, cuenta con nosotros para vivir y anunciar el Evangelio, es una tarea ineludible, como también nos recuerda el Papa: Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar esta llamada: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (EG 20).

¿Veo “la Luz al final del túnel”, o un mes después de haber celebrado la Navidad mi vida sigue igual? ¿En qué aspectos necesito convertirme? ¿Me siento llamado por el Señor a ser pescador de hombres, a ofrecerles la Luz que es Cristo? ¿Por qué?

En el Salmo hemos repetido: El Señor es mi luz y mi salvación. Pues hagamos vida esta afirmación, que notemos y se nos note que es nuestra Luz y vamos convirtiéndonos a Él, tenemos ese encargo del Señor, precisamente porque son muchas las personas que no ven luz al final del túnel que es su vida. Como nos dice el Papa: Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador (…) que nadie postergue su compromiso con la evangelización (…) Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús (EG 120). Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino (EG 127).

Como Simón, Andrés, Santiago, Juan… sigamos al Señor y anunciemos su Evangelio, sin miedo, como nos dice el Papa: Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo (…) prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades (EG 49).

Algo nuevo y bueno

El primer escritor que recogió la actuación y el mensaje de Jesús lo resumió todo diciendo que Jesús proclamaba la “Buena Noticia de Dios”. Más tarde, los demás evangelistas emplean el mismo término griego (euanggelion) y expresan la misma convicción: en el Dios anunciado por Jesús las gentes encontraban algo “nuevo” y “bueno”.

¿Hay todavía en ese Evangelio algo que pueda ser leído, en medio de nuestra sociedad indiferente y descreída, como algo nuevo y bueno para el hombre y la mujer de nuestros días? ¿Algo que se pueda encontrar en el Dios anunciado por Jesús y que no proporciona fácilmente la ciencia, la técnica o el progreso? ¿Cómo es posible vivir la fe en Dios en nuestros días?

En el Evangelio de Jesús los creyentes nos encontramos con un Dios desde el que podemos sentir y vivir la vida como un regalo que tiene su origen en el misterio último de la realidad que es Amor. Para mí es bueno no sentirme solo y perdido en la existencia, ni en manos del destino o el azar. Tengo a Alguien a quien puedo agradecer la vida.

En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que, a pesar de nuestras torpezas, nos da fuerza para defender nuestra libertad sin terminar esclavos de cualquier ídolo; para no vivir siempre a medias ni ser unos “vividores”; para ir aprendiendo formas nuevas y más humanas de trabajar y de disfrutar, de sufrir y de amar. Para mí es bueno poder contar con la fuerza de mi pequeña fe en ese Dios.

En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que despierta nuestra responsabilidad para no desentendernos de los demás. No podremos hacer grandes cosas, pero sabemos que hemos de contribuir a una vida más digna y más dichosa para todos pensando sobre todo en los más necesitados e indefensos. Para mí es bueno creer en un Dios que me pregunta con frecuencia qué hago por mis hermanos.

En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que nos ayuda a entrever que el mal, la injusticia y la muerte no tienen la última palabra. Un día todo lo que aquí no ha podido ser, lo que ha quedado a medias, nuestros anhelos más grandes y nuestros deseos más íntimos alcanzarán en Dios su plenitud. A mi me hace bien vivir y esperar mi muerte con esta confianza.

Ciertamente, cada uno de nosotros tiene que decidir cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Cada uno ha de escuchar su propia verdad. Para mí no es lo mismo creer en Dios que no creer. A mí me hace bien poder hacer mi recorrido por este mundo sintiéndome acogido, fortalecido, perdonado y salvado por el Dios revelado en Jesús.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio de hoy (26 de enero)

Jesús pasa, la luz brilla

Al comienzo del ministerio público de Jesús el evangelista Mateo nos vuelve a recordar la profecía de Isaías que resonó en la noche de Navidad: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”. La luz de la Navidad, reconocida y testimoniada por el profeta Juan, empieza a brillar con luz propia. Mateo nos indica que se cierra un ciclo, el de Juan (“cuando arrestaron a Juan…”), y empieza un tiempo nuevo. También para Jesús, que deja el pueblo en el que están sus raíces y marcha a la ciudad. Como no es posible esconder la luz ni ponerle un límite, Jesús comienza su ministerio en una encrucijada de caminos: la luz procede de Israel (“predicaba en las sinagogas”), pero se dirige realmente a todos (“camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles”). El tiempo nuevo, si bien enlaza con el anterior (cumple las profecías, se inaugura con el bautismo de Juan, recoge el núcleo del mensaje de éste), exige actitudes nuevas: para reconocer la presencia cercana de Dios es preciso romper con el pecado; o, tal vez, más exactamente, porque se ha acercado a nosotros el Reino de Dios, es posible romper con el pecado, pues se ha hecho presente el perdón y la fuente de la vida.

Una de las consecuencias principales del pecado es la división y la enemistad entre los hombres. Basta recordar la discusión y el cruce de acusaciones entre Adán y Eva tras el primer pecado. Si se ha hecho presente el Reino de Dios es posible establecer relaciones nuevas: Jesús y su predicación atraen a las gentes, aunque realmente es él el que va llamando y reuniendo. Su llamada no es anónima, no es un reclutamiento genérico, sino que es personal, dirigida a hombres concretos de carne y hueso, con nombres y apellidos: Simón y Andrés hijos de Juan, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo (el apellido en la antigüedad era el patronímico); con domicilio, profesión; en circunstancias determinadas: echando el copo, reparando las redes… Pero es también una llamada radical: la llamada al seguimiento implica la disposición a dejar la seguridad de la profesión, de la casa paterna, incluso del propio nombre, como en el caso de Simón, llamado Pedro. Y es una llamada a ponerse en camino, y entablar relaciones mediadas por el mismo Jesús: seguir al maestro significa caminar junto a aquellos que también han sido llamados. La llamada a hacerse discípulos no significa entrar en una relación de dependencia que nos libera de toda responsabilidad: al contrario, Jesús nos llama a hacernos responsables no sólo de nuestros seres más cercanos, sino de todos los hombres: “seréis pescadores de hombres”. Es interesante que Jesús, al tiempo que nos llama a una forma nueva de vida, respeta nuestra identidad, nuestro modo de ser, nuestras capacidades: seguiréis siendo pescadores (y aquí cada cual tiene que aplicarse lo que más le convenga, y no sólo la profesión), pero de un modo nuevo, superior: pescadores de hombres.

Es llamativa la prontitud con que los primeros llamados responden a la invitación del Maestro. Es posible que ya lo hubieran escuchado y encontrado alguna vez (por ejemplo, en torno al Bautista, si tenemos en cuenta el Evangelio de Juan), pero eso no quita el que la llamada radical encuentre una respuesta generosa y rápida. Los nuevos tiempos del Reino de Dios no pueden esperar, es preciso tomar una decisión inmediata, pues la salvación se ha hecho ya presente. Jesús pasa, no hay que dejarlo pasar de largo.

Al reunir en torno a sí a sus discípulos, Jesús nos indica aspectos importantes de su ministerio, de su enseñanza, de su poder benéfico y curativo: no los ejerce en la soledad, sino en comunidad. Jesús ha venido para iluminar, para sanar, pero también para establecer un diálogo, para reunir.

Es bueno que al comienzo del tiempo ordinario, cuando nos aprestamos a seguir a Jesús por los caminos Galilea y acompañarlo hasta Jerusalén, renovemos la experiencia del primer encuentro, cuando tuvimos que asumir de manera más consciente y madura la fe. Es bueno y necesario porque el paso del tiempo va gravando esa experiencia primera y genuina con rutina, costumbre, cansancio, frustraciones y desilusiones, también, quien sabe, con olvidos o abandonos. Es preciso volver a sentir la frescura de la palabra de Jesús que nos llama por el nombre, y rememorar y rehacer la respuesta generosa que tal vez alguna vez realizamos y que después se ha ido amortiguando. Volver a Galilea, junto al lago, allí donde dejamos la barca y las redes, y sentir que merecía la pena asumir riesgos por seguir al Maestro de Nazaret. O, tal vez, estamos todavía demasiado enredados y hemos de hacer este encuentro por primera vez. Para algunos puede ser la experiencia de un estreno, para otros, la de una renovación y una profundización. Pero el hecho es que Jesús sigue pasando a nuestro lado, iluminándonos y llamándonos por el nombre.

Es necesario (¡lo necesitamos nosotros!) que Jesús nos interpele, que nos dejemos interpelar por él, que pronuncie nuestro nombre, o que nos dé uno nuevo, que nos llame al arrepentimiento (pues no somos ni mucho menos perfectos), que amplíe nuestros horizontes y nos desinstale. La desinstalación puede ser muy variada, no todos tienen que dejarlo todo en sentido literal (aunquealgunos sí que son llamados a ello), pero todos somos llamados a la libertad (a desenredarnos), a la responsabilidad por nuestros hermanos, al seguimiento.
Al acudir a la llamada de Jesús, nos encontramos con los otros llamados, nos encontramos con la Iglesia. Este es, para muchos, el principal obstáculo. Pero es justo ahí en donde nos encontramos con Jesús y le seguimos. El ministerio de Jesús, ya lo hemos dicho, no se realiza en la soledad, sino junto con otros, que no elegimos nosotros, sino el mismo Cristo. El Reino de Dios y los nuevos tiempos que Jesús inaugura son tiempos de convocatoria, conversión, encuentro y comunidad, no de dispersión y ruptura. Vemos en el pasaje evangélico cómo Jesús es el eje en torno al cual se reúnen los discípulos. Aunque, para evitar toda tentación de romanticismo idealista, nos encontramos con el contrapunto de la Carta a los Corintios. Jesús reúne, pero nosotros, no convertidos del todo, nos encargamos de dividir, de separar, de organizar partidos… En Corinto y en tiempos de Pablo se dividían los fieles en nombre de Apolo, de Pablo, de Pedro, hasta de Cristo (siempre los hay más encumbrados). Caigamos en la cuenta de que apelaban a la autoridad de quienes la tenían realmente. Pero lo hacían no en el espíritu del Evangelio, ya que el fruto era la división. Esta enfermedad nos sigue afligiendo, porque seguimos enfermos del mismo virus. Hoy hay que poner otros nombres, a veces abstractos (progresistas, conservadores…), a veces más concretos y también, como en Corinto, dotados de indudable autoridad (formas y corrientes de espiritualidad, movimientos, carismas). Pero si esto nos distancia y divide, en vez de abrirnos los ojos para la aceptación mutua y el aprecio de la riqueza de la diversidad (no olvidemos que Jesús no destruye nuestra identidad natural –Simón, pescadores–, sino que la transforma elevándola –Pedro, pescadores de hombres–) es que estamos falseando el verdadero espíritu del Evangelio y desoyendo, en consecuencia, la llamada de Jesús. Sin embargo, no hemos de escandalizarnos demasiado de esto: estamos en camino, somos imperfectos, pero la llamada de Jesús es también una tarea que se confía a nuestra responsabilidad y por la que debemos empeñarnos. La unidad, más que un punto de partida, es el fruto de la conversión. Como Pablo llama a la conversión de todos al único Cristo en el que hemos sino bautizados, así también hoy es necesario que en la Iglesia, desde cualquier posición, carisma o forma de espiritualidad, sepamos convertirnos al único Cristo, en quien encuentran sentido y plenitud todos los carismas y todas las vocaciones. Y esto es posible no por un mero acto de nuestra voluntad, ni por una suerte de consenso de mínimos, sino porque todos y cada uno nos ponemos a la escucha del que nos llama por el nombre una y otra vez, para que, dejando las redes y las seguridades, nos pongamos en camino, tras él y junto con nuestros hermanos. Es justamente él, caminando con nosotros y en medio de nosotros, la luz que brilla en las tinieblas y que nosotros, con nuestras banderías, no debemos ocultar.

José María Vegas, cmf

Domingo III Tiempo Ordinario

Hoy es domingo, 26 de enero.

Señor, necesito hacerme consciente de tu presencia, saber que estás conmigo, que me habitas en lo profundo del corazón. Por eso te busco y me dispongo en este rato de oración a escuchar tu palabra, para que me interpele y me lleve a ti.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 4, 12-13):

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftali. Así se cumplió lo que habla dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.» Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: -«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.» Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, Simón al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: -«Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redel con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

En el evangelio de este domingo San Mateo nos presenta como el prólogo-síntesis de lo que será la misión profética de Jesús. Dos elementos característicos de esa misión aparecen en él: Jesús predica y Jesús confirma su enseñanza con las obras que hace. El comienzo fue el anuncio de una alegre noticia: “está cerca el reino de los cielos”:  Dios va a comenzar a realizar su proyecto salvador del hombre, el señorío de Dios -que es Amor-  sobre el mal, el egoísmo, el odio, el sufrimiento, la injusticia, el pecado… está ahí. A quienes escuchan, la proximidad del Reino les exige acogerlo, convertirse. De ahí la llamada de Jesús: “Convertíos.” Hay que cambiar de criterios orientadores de la vida para adecuarlos a la voluntad de Dios.

Entonces nos daremos cuenta de que Dios nos ama, que Dios está cerca de nosotros y viviremos más unidos a él. Ésta llamada la haces hoy, Señor, a mí. A veces vivo tan instalado en una fe rutinaria, poco exigente, de ir tirando, que, al oír la llamada a la conversión, a hacer una opción personal y más radical por ti y por tu Reino, pienso que no es para mí. Señor, que escuche tu llamada, que no tema optar decididamente por ti y por tu Reino.

Jesús anuncia el Reino y lo muestra: “Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo”. Diríamos: teoría y práctica, anunciar y actuar. Al anuncio han de acompañar acciones concretas de ayuda a los que sufren, que ratifiquen lo anunciado. Las curaciones de Jesús eran signos que ponían de manifiesto la realidad del Reino que anuncia, un Reino donde no hay lugar para el mal y el pecado. La conversión, por tanto, o pasa por el compromiso en la lucha contra el mal y el pecado, o será sólo de nombre. He de continuar la tarea iniciada por Jesús: a este mundo atribulado, sometido a tanta injusticia, violencia y dolor… he de anunciarle la alegría del reino de Dios. Pero al estilo de Jesús: con la palabra y con las obras. Sólo entonces seré testigo creíble de la buena noticia de Jesús. ¿Lo hago así, o me quedo en el anuncio, sin acciones de servicio, de entrega y compromiso liberador de los que sufren? Señor, que no predique sólo, sino que de también trigo, que haga obras del Reino.

Después de anunciar la buena noticia del Reino y llamar a la conversión, vemos a Jesús que se busca unos colaboradores: “Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, Simón al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: -«Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”. Más adelante, llamó a Santiago y Juan. Jesús necesitaba, y sigue necesitando, colaboradores para la tarea iniciada. Para ello nos llama también a cada uno de nosotros. Ojalá respondamos a su llamada con tanta rapidez y decisión como aquellos pescadores.

Por otra parte, empieza Jesús su predicación en la Galilea de los paganos, la región de Palestina más paganizada y alejada de la práctica religiosa. En ello ve san Mateo el cumplimiento de las palabras de Isaías: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló.” Este mensaje es también para hoy: hace falta que la luz –que es Cristo-  llegue hoy a los más alejados, a los que viven sumergidos en la oscuridad, en el dolor, en la opresión. Y para que les llegue la luz de Cristo y conozcan el amor de Dios manifestado en Jesús, me ha llamado el Señor. Que no te falle en el encargo, Señor… ¡Este mundo necesita tanto de ti…!

Con confianza me dirijo a Dios. Comparto con él los sentimientos, los deseos e inclinaciones que surgen en mí. Se los ofrezco para que él los acoja y yo sepa discernir a dónde me llama el Señor.

Una luz les brilló


Siempre hay alguna angustia, alguna pena,
algún rincón del hombre sojuzgado…,
alguna mordedura del pecado,
en que amenaza el pus o la gangrena.

Siempre hay una tinaja medio llena,
la sombra de un mensaje, mutilado
por la voz del heraldo, que ha velado
la claridad de la palabra plena.

Pero hay siempre una estrella en cada trance
un criterio de fe viva al alcance
del corazón que hacia la luz camina…

¡Espera en el Señor y sé valiente!
¡Ten ánimo! Un brazo omnipotente
acompaña a la iglesia peregrina.

Pedro Jaramillo

Que esta oración te pueda acompañar a lo largo de la semana, repitiendo en tu interior, una y otra vez: Ven y sígueme, haré de ti pescador de hombres…; Ven y sígueme, haré de ti pescador de hombres…

Laudes – Domingo III Tiempo Ordinario

DOMINGO, III SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

 

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

 

INVITATORIO

 

Ant. Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva. Aleluya.

 

Salmo 94

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

 

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

 

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

Cristo,

alegría del mundo,

resplandor de la gloria del Padre.

¡Bendita la mañana

que anuncia tu esplendor al universo!

 

En el día primero,

tu resplandor alegraba

el corazón del Padre.

 

En el día primero,

vio que todas las cosas eran buenas

porque participaban de tu gloria.

 

La mañana celebra

tu resurrección y se alegra

con claridad de Pascua.

 

Se levanta la tierra

como un joven discípulo en tu busca,

sabiendo que el sepulcro está vacío.

 

En la clara mañana,

tu sagrada luz se difunde

como una gracia nueva.

 

Que nosotros vivamos

como hijos de luz y no pequemos

contra la claridad de tu presencia.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. El Señor es admirable en el cielo. Aleluya.

 

Salmo 92

 

El Señor reina, vestido de majestad,

el Señor, vestido y ceñido de poder:

así está firme el orbe y no vacila.

 

Tu trono está firme desde siempre,

y tú eres eterno.

 

Levantan los ríos, Señor,

levantan los ríos su voz,

levantan los ríos su fragor;

 

pero más que la voz de aguas caudalosas,

más potente que el oleaje del mar,

más potente en el cielo es el Señor.

 

Tus mandatos son fieles y seguros;

la santidad es el adorno de tu casa,

Señor, por días sin término.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. El Señor es admirable en el cielo. Aleluya.

 

 

Ant. 2. Eres alabado, Señor, y ensalzado por los siglos. Aleluya.

 

Cántico: Dn 3, 57-88. 56

 

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

 

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;

cielos, bendecid al Señor.

 

Aguas del espacio, bendecid al Señor;

ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

 

Sol y luna, bendecid al Señor;

astros del cielo, bendecid al Señor.

 

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;

vientos todos, bendecid al Señor.

 

Fuego y calor, bendecid al Señor;

fríos y heladas, bendecid al Señor.

 

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;

témpanos y hielos, bendecid al Señor.

 

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;

noche y día, bendecid al Señor.

 

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;

rayos y nubes, bendecid al Señor.

 

Bendiga la tierra al Señor,

ensálcelo con himnos por los siglos.

 

Montes y cumbres, bendecid al Señor;

cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

 

Manantiales, bendecid al Señor;

mares y ríos, bendecid al Señor.

 

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;

aves del cielo, bendecid al Señor.

 

Fieras y ganados, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

 

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;

bendiga Israel al Señor.

 

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;

siervos del Señor, bendecid al Señor.

 

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;

santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

 

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor,

ensalzadlo con himnos por los siglos.

 

Bendigamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,

ensalcémoslo con himnos por los siglos.

 

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,

alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

 

No se dice Gloria al Padre.

 

Ant. 2. Eres alabado, Señor, y ensalzado por los siglos. Aleluya.

 

 

Ant. 3. Alabad al Señor en el cielo. Aleluya.

 

Salmo 148

 

Alabad al Señor en el cielo,

alabad al Señor en lo alto.

 

Alabadlo todos sus ángeles,

alabadlo todos sus ejércitos.

 

Alabadlo, sol y luna;

alabadlo, estrellas lucientes.

 

Alabadlo, espacios celestes,

y aguas que cuelgan en el cielo.

 

Alaben el nombre del Señor,

porque él lo mandó, y existieron.

 

Les dio consistencia perpetua

y una ley que no pasará.

 

Alabad al Señor en la tierra,

cetáceos y abismos del mar.

 

Rayos, granizo, nieve y bruma,

viento huracanado que cumple sus órdenes.

 

Montes y todas las sierras,

árboles frutales y cedros.

 

Fieras y animales domésticos,

reptiles y pájaros que vuelan.

 

Reyes y pueblos del orbe,

príncipes y jefes del mundo.

 

Los jóvenes y también las doncellas,

los viejos junto con los niños.

 

Alaben el nombre del Señor,

el único nombre sublime.

 

Su majestad sobre el cielo y la tierra;

él acrece el vigor de su pueblo.

 

Alabanza de todos sus fieles,

de Israel, su pueblo escogido.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 3. Alabad al Señor en el cielo. Aleluya.

 

 

LECTURA BREVE           Ez 37, 12b -14

 

Así dice el Señor: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago.” Oráculo del Señor.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Cristo, Hijo de Dios vivo, ten piedad de nosotros.

R. Cristo, Hijo de Dios vivo, ten piedad de nosotros.

 

V. Tú que estás sentado a la derecha del Padre.

R. Ten piedad de nosotros.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Cristo, Hijo de Dios vivo, ten piedad de nosotros.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”, dice el Señor.

 

Cántico de Zacarías: Lc 1, 68-79

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”, dice el Señor.

 

 

PRECES

 

Invoquemos a Dios Padre, que, por mediación de su Hijo, envió el Espíritu Sato, para que con su luz santísima penetrara las almas de sus fieles, y digámosle:

Ilumina, Señor, a tu pueblo

 

Te bendecimos, Señor, a ti que eres nuestra luz,

— y te pedimos que este domingo que ahora comenzamos transcurra todo él consagrado a tu alabanza.

 

Tú que, por la resurrección de tu Hijo, quisiste iluminar el mundo,

— haz que tu Iglesia difunda entre todos los hombres la alegría pascual.

 

Tú que, por el Espíritu de la verdad, adoctrinaste a los discípulos de tu Hijo,

— envía este mismo Espíritu a tu Iglesia, para que permanezca siempre fiel a ti.

 

Tú que eres luz para todos los hombres, acuérdate de los que viven aún en las tinieblas

— y abre los ojos de su mente para que te reconozcan a ti, único Dios verdadero.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Por Jesús hemos sido hechos hijos de Dios; por esto, nos atrevemos a decir:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Que vive y reina contigo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.