Francisco explica que la Confirmación afianza nuestra relación con la Iglesia y nos concede una fuerza especial del Espí­ritu Santo para defender la fe y confesar el nombre de Cristo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En esta tercera catequesis sobre los Sacramentos, nos detenemos en el de la Confirmación, que debe ser entendida en continuidad con el Bautismo, al que está vinculada de manera inseparable. Estos dos sacramentos, junto con la Eucaristía, constituyen un único acontecimiento salvífico – que se llama “la iniciación cristiana” –, en el que somos insertados en Jesucristo muerto y resucitado y nos convertimos en nuevas criaturas y miembros de la Iglesia. He aquí la razón por la que originariamente estos tres Sacramentos se celebraban en un único momento, al final del camino catecumenal, que era normalmente en la Vigilia Pascual. Así se articulaba este itinerario de formación y de inserción gradual en la comunidad cristiana que podía durar también algunos años. Se hacía paso a paso, para llegar al Bautismo, después la Confirmación y la Eucaristía.

Comúnmente se habla del sacramento de la “Confirmación”, palabra que significa “unción”. Y, de hecho, a través del aceite llamado “sagrado Crisma”, somos conformados, en la potencia del Espíritu, a Jesucristo, el cual es el único y verdadero “ungido”, el “Mesías”, el Santo de Dios. Hemos escuchado en el Evangelio como Jesús lo lee en Isaías, lo vemos más adelante. Es el ungido. Soy enviado y estoy ungido para esta misión.
El término “Confirmación” nos recuerda que este Sacramento aporta un crecimiento de la gracia bautismal: nos une más firmemente a Cristo; lleva a cumplimiento nuestro vínculo con la Iglesia; nos da una especial fuerza del Espíritu Santo para difundir y defender la fe, para confesar el nombre de Cristo y para no avergonzarnos nunca de su cruz (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1303). Y por eso es importante ocuparse de que nuestros niños y nuestros jóvenes reciban este sacramento. Todos nosotros nos ocupamos de que sean bautizados y esto es bueno, ¿eh? Pero, quizás, no le damos tanta importancia a que reciban la Confirmación. ¡Se quedan a mitad camino y no reciben el Espíritu Santo!, ¿eh? Que es tan importante para la vida cristiana, porque nos da la fuerza para seguir adelante. Pensemos un poco, ¿eh? Cada uno de nosotros. ¿Verdaderamente nos preocupamos de que nuestros niños y nuestros jóvenes reciban la Confirmación? ¡Pero es importante esto, es importante! Y si vosotros en vuestra casa tenéis niños o jóvenes que todavía no la han recibido y ya tienen la edad para recibirla, haced todo lo posible para que terminen esta iniciación cristiana y que ellos reciban la fuerza del Espíritu Santo. ¡Pero es importante!

Naturalmente es importante ofrecer a los confirmandos una buena preparación, que debe estar pensada para conducirlos hacia una adhesión personal a la fe en Cristo y a despertar en ellos su sentido de pertenencia a la Iglesia.

La Confirmación, como todo Sacramento, no es obra de los hombres, sino de Dios, el cual cuida de nuestra vida para plasmarnos a imagen de su Hijo, para hacernos capaces de amar como Él. Él lo hace infundiendo en nosotros su Espiritu Santo, cuya acción impregna a toda la persona y toda la vida, como se refleja de los siete dones que la Tradición, a la luz de la Sagrada Escritura, ha siempre evidenciado. Estos siete dones, yo no os voy a preguntar si os acordáis de los siete dones, ¿no? Quizás todos los decís, pero no es necesario, ¿eh? Todos dirán son este y este, pero no lo hacemos. Lo digo yo en vuestro nombre ¡Eh!. ¿Y cuáles son los dones? la Sabiduría, el Intelecto, el Consejo, la Fortaleza, la Ciencia, la Piedad y el Temor de Dios. Y estos dones nos han sido dados con el Espíritu Santo en el sacramento de la Confirmación. A estos dones tengo la intención de dedicar las catequesis que seguirán a las de los Sacramentos.

Cuando acogemos el Espíritu Santo en nuestro corazón y lo dejamos actuar, Cristo mismo se hace presente en nosotros y toma forma en nuestra vida, a través de nosotros, será Él, ¡Escuchad bien esto! A través de nosotros será el mismo Cristo quien rece, quien perdone, quien infunda esperanza y consuelo, quien sirva a los hermanos, quien se haga cercano a los necesitados y a los últimos, a crear comunión, a sembrar paz. Pero pensad que importante es esto, que por el Espíritu Santo viene el mismo Cristo para hacer todo esto en medio de nosotros y por nosotros. Por esto es importante que los niños y los jóvenes reciban este Sacramento.

Queridos hermanos y hermanas, ¡recordemos que hemos recibido la Confirmación todos nosotros! Recordémoslo antes que nada para agradecerle al Señor este don, y luego para pedirle que nos ayude a vivir como verdaderos cristianos, a caminar siempre con alegría según el Espíritu Santo que nos ha sido donado. Se ve que estos últimos miércoles, a mitad audiencia, nos bendicen desde el Cielo. ¡Pero sois valientes! ¡Adelante!

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Vísperas – Miércoles III Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

MIÉRCOLES III SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

Ignorando mi vida,

golpeado por la luz de las estrellas,

como un ciego que extiende,

al caminar, las manos en la sobra,

todo yo, Cristo mío,

todo mi corazón, sin mengua, entero,

virginal y encendido, se reclina

en la futura vida, como el árbol

en la savia se apoya, que le nutre

y le enflora y verdea.

 

Todo mi corazón, ascua de hombre,

inútil sin tu amor, sin ti vacío,

en la noche te busca;

le siento que te busca, como un ciego

que extiende, al caminar, las manos llenas

de anchura y de alegría.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.

 

Salmo 125

 

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,

nos parecía soñar:

la boca se nos llenaba de risas,

la lengua de cantares.

 

Hasta los gentiles decían:

«El Señor ha estado grande con ellos.»

El Señor ha estado grande con nosotros,

y estamos alegres.

 

Que el Señor cambie nuestra suerte

como los torrentes del Negueb.

Los que sembraban con lágrimas

cosechan entre cantares.

 

Al ir, iban llorando,

llevando la semilla;

al volver, vuelven cantando,

trayendo sus gavillas.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.

 

 

Ant. 2. Que el Señor nos construya la casa y nos guarde la ciudad.

 

Salmo 126

 

Si el Señor no construye la casa,

en vano se cansan los albañiles;

si el Señor no guarda la ciudad,

en vano vigilan los centinelas.

 

Es inútil que madruguéis,

que veléis hasta muy tarde,

los que coméis el pan de vuestros sudores:

¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!

 

La herencia que da el Señor son los hijos;

una recompensa es el fruto de las entrañas;

son saetas en mano de un guerrero

los hijos de la juventud.

 

Dichoso el hombre que llena

con ellas su aljaba:

no quedará derrotado cuando litigue

con su adversario en la plaza.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Que el Señor nos construya la casa y nos guarde la ciudad.

 

 

Ant. 3. Él es el primogénito de toda criatura, es el primero en todo.

 

Cántico: Col 1, 12-20

 

Damos gracias a Dios Padre,

que nos ha hecho capaces de compartir

la herencia del pueblo santo en la luz.

 

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,

y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,

por cuya sangre hemos recibido la redención,

el perdón de los pecados.

 

Él es imagen de Dios invisible,

primogénito de toda criatura;

pues por medio de él fueron creadas todas las cosas:

celestes y terrestres, visibles e invisibles,

Tronos, Dominaciones,

Principados, y Potestades;

todo fue creado por él y para él.

 

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.

Él es también la cabeza y el cuerpo de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,

y así es el primero en todo.

 

Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.

Y Por él quiso reconciliar todas las cosas:

haciendo la paz por la sangre de su cruz

con todos los seres, así del cielo como de la tierra.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 3. Él es el primogénito de toda criatura, es el primero en todo.

 

 

LECTURA BREVE           Ef 3, 20-21

 

A Dios, que puede hacer mucho más sin comparación de lo que pedimos o concebimos, con ese poder que actúa entre nosotros, a él la gloria de la Iglesia y de Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Sálvame, Señor, y ten misericordia de mí.

R. Sálvame, Señor, y ten misericordia de mí.

 

V. No arrebates mi alma con los pecadores.

R. Y ten misericordia de mí.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Sálvame, Señor, y ten misericordia de mí.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

 

 

PRECES

 

Invoquemos a Dios, que envió a su Hijo como salvador y modelo supremo de su pueblo, diciendo:

Que tu pueblo te alabe, Señor.

 

Te damos gracias, Señor, porque nos has escogido como primicias para la salvación;

— haz que sepamos corresponder, y así hagamos nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

 

Haz que todos los que confiesan tu santo nombre sean concordes en la verdad

— y vivan unidos por la caridad.

 

Creador del universo, cuyo Hijo, al venir a este mundo, quiso trabajar con sus propias manos,

— acuérdate de los trabajadores, que ganan el pan con el sudor de su frente.

 

Acuérdate, también, de todos los que viven entregados al servicio de los demás:

— que no se dejen vencer por el desánimo ante la incomprensión de los hombres.

 

Ten piedad de nuestros hermanos difuntos

— y líbralos del poder del Maligno.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Llegue a tus oídos, Señor, la voz suplicante de tu Iglesia, a fin de que, conseguido el perdón de nuestros pecados, con tu ayuda podamos dedicarnos a tu servicio y con tu protección vivamos confiados. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Mt 5, 1-12

Mucho se ha escrito sobre las bienaventuranzas, uno de los textos más sublimes de la literatura bíblica. Presentamos, telegráficamente, algunos rasgos de cada una de ellas.

La primera tiene un tono programático. Los pobres son los destinatarios primeros y primordiales del evangelio. La pobreza, en lenguaje bíblico, es una situación de carencia y dependencia absolutas, y, a la vez, de confianza plena en las manos de Dios. «Pobre de espíritu» es quien en su necesidad absoluta, confía y se abandona en Dios. Si el Reino es (presente) de los pobres, para encontrar a Dios hemos de ir, necesariamente, a los pobres.

La segunda habla de la tristeza y el sufrimiento de quien vive la distancia entre la realidad y la utopía del Reino. Sufre al expe- rimentar que Dios parece olvidar su promesa de salvación. El consuelo llegará al saber que este Dios nunca abandona, que se hace garante de la vida, en el presente y en el futuro.

La tercera está conectada con la primera: «pobres» y «sencillos» son categorías intercambiables. La sencillez es lo opuesto a la soberbia, al orgullo. Es el sometimiento a Dios, y la relación misericordiosa con los hombres. El mejor modelo lo encontramos en Jesús.

La cuarta introduce un concepto clave en el evangelio de Mateo: la justicia. Se entiende como el modo correcto de relacionarse con Dios y con los demás. ¿Quiénes «tienen hambre y sed de justicia»?: los que buscan el Reino de Dios en obediencia a su voluntad; y, los que en la relación con los otros actúan con misericordia.

La quinta. La misericordia se identifica con el actuar salvífico de Dios en la historia a favor de la humanidad sufriente. Ser misericordioso responde a una relación de fidelidad asociada siempre al hacer histórico-salvífico de Dios. El discípulo puede actuar con misericordia porque se sabe objeto de misericordia y perdón.

La sexta. En la mentalidad bíblica el corazón es el centro vital, el lugar donde se toman las decisiones más hondas. La «limpieza de corazón» es una dimensión ética en la relación con Dios y con los demás: decidirse operativamente por Dios, superando una relación farisaica, y por el prójimo, en una relación de misericordia.

La séptima conecta con el bien mesiánico por excelencia: la paz, que es plenitud de, vida, alegría, justicia… Ser «constructores de paz» es otro aspecto de la misericordia y el perdón, a imagen de Dios. La auténtica relación con los otros deriva de la relación con Dios. Ser «hacedores de paz» nos convierte en «hijos de Dios».

La octava recoge elementos de la primera y la cuarta, y es una “introducción” a la novena. En Mateo la persecución es una dimensión constitutiva del discipulado. En la relación de fidelidad a Dios es normal sufrir persecución. Lo importante es la motivación: «a causa de la justicia».

La novena rompe el ritmo del conjunto, profundizando lo ya dicho. Se ha hablado de persecución «a causa de la justicia» (fidelidad a Dios); ahora será «por ser mis discípulos» (fidelidad a Jesús). Anteriormente se dirigió a los discípulos en general (“ellos”); ahora se dirige a un “vosotros”, en el que todo discípulo está implicado directa y personalmente.

Óscar de la Fuente 

Comentario al evangelio de hoy (29 de enero)

Hoy debemos comenzar aclarando un malentendido procedente de un equívoco en la lengua original del evangelio. No es creíble que Jesús hable en parábolas –género didáctico sencillo y aclarador- para que no le entiendan y así no se abran a la salvación; él no afirma que “a los de fuera se les habla en parábolas”, sino que a quienes optan por mantenerse a distancia y no seguirle “todo les resulta un enigma”. Y ese “todo” abarca por igual los dichos y los comportamientos y acciones de Jesús; hace un par de días veíamos cómo los escribas, orgullosamente distanciados, malinterpretaban las curaciones realizadas por él y las atribuían al poder de Beelzebú. Para entender a Jesús no basta la fría inteligencia, sino que se requiere cercanía afectiva, actitud de comunión (en realidad nos sucede también con las demás personas; si no hay cercanía humana, acabamos constatando que “hablamos distinto lenguaje”). A los adeptos a Jesús, entusiasmados por su persona, “se les abre el misterio” del Reino de Dios.

Esta interesante llamada a la “cercanía afectiva” nos la ofrece el evangelio de hoy flanqueada por una parábola y su aplicación a la vida de la iglesia. La parábola de la semilla nos es muy conocida, aunque quizá no la leamos normalmente en el sentido que Jesús quiso darle. Los expertos en exégesis bíblica la designan como “la parábola del sembrador impertérrito”. En efecto, nos habla de una serie de sementeras frustradas y de un sembrador que no se rinde, que mantiene la ilusión; finalmente su afán tiene éxito, un éxito muy superior al esperado. Al parecer, en las tierras áridas de Palestina no solía contarse con una cosecha del sesenta o ciento por uno. Esto Jesús lo refiere al Reino de Dios, realidad que él nunca define pero de la que afirma que superará con creces las más optimistas expectativas humanas; lo que Dios realiza es siempre pasmoso. Ningún fracaso tiene derecho a marchitar nuestras ilusiones; el que cree de verdad en Dios Padre vive necesariamente en la esperanza, siempre abierto a la sorpresa deslumbradora.

Esta debió de ser una lección muy necesaria a los seguidores de Jesús, que se fijaban demasiado en las limitaciones de lo humano y a quienes el Maestro tuvo que llamar repetidas veces “gente de poca fe” y reprocharles su cobardía. Quizá hoy nos reprocharía también a nosotros la facilidad con que tiramos la toalla y contagiamos desencanto con frases irónicas, burlescas y asesinas.

La explicación detallada de la parábola parece haberse originado en otro momento, y con finalidad moralizante más bien que como llamada a la esperanza. En el caminar del creyente la Palabra le sigue llegando en el día a día; nos sigue llegando. Son nuevas llamadas que van dando forma a la llamada inicial al seguimiento de Jesús; y son llamadas que pueden ser acogidas o acalladas, conservadas u olvidadas rápidamente. Los ejemplos del texto evangélico son sumamente prácticos y actuales: la superficialidad, el engaño del dinero fácil, la cobardía ante la persecución o menosprecio, etc son otras tantas contraindicaciones para que la Palabra del Señor dé forma a nuestro vivir y a nuestro hacer. Que el señor nos conceda vivir con los ojos abiertos frente a esos enemigos de nuestro crecimiento espiritual.

Severiano Blanco cmf

Miércoles III Tiempo Ordinario

Hoy es miércoles, 29 de enero.

Hoy has reservado este espacio en tu vida para encontrarte con Dios. Quizás buscas respuestas a las preguntas que hay en tu corazón, o a tus dudas. Quizás estás aquí necesitado de luz para tomar una decisión o simplemente porque te gusta mantenerte cerca de Dios en tu día a día. Pero, ¿cuántas veces ha sido Dios el que ha salido a tu encuentro, sin que lo esperaras? ¿Cuántas veces ha sido él el que se ha acercado y ha salido a tu encuentro? ¿Cuántas veces te ha llamado por tu nombre cuando más lejos estabas de él?

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 4, 1-20):

En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago. Acudió un gentío tan enorme que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y el gentío se quedó en la orilla. Les enseñó mucho rato con parábolas, como él solía enseñar: -Escuchad: salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otro poco cayó entre zarzas; las zarzas crecieron, lo ahogaron, y no dio grano. El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno. Y añadió: El que tenga oídos para oír, que oiga. Cuando se quedó solo, los que estaban alrededor y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas. Él les dijo: – A vosotros se os han comunicado los secretos del reino de Dios; en cambio, a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y los perdonen. Y añadió: ¿No entendéis esta parábola? ¿Pues, cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero, en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la simiente como terreno pedregoso; al escucharla, la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y, cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben. Hay otros que reciben la simiente entre zarzas; éstos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la simiente en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno. (Marcos 4, 1-20)

Para pertenecer a la nueva familia de Cristo, hay que escuchar la Palabra y ponerla en práctica. ¿Cómo acojo la Palabra?, ¿está dando fruto o no? Porque el sembrador siembra el mensaje, pero la calidad de los terrenos donde cae es distinta y muy distinto el resultado. Hay semilla que cae en el camino -terreno duro-, donde ni llega a echar raíces. Y es que a veces el corazón del hombre puede endurecerse tanto que se hace incapaz de acoger la Palabra de Dios, que es palabra de amor, de esperanza, de cambio. Se oye, pero ni caso… Señor, me produce escalofríos pensar que yo pueda llegar a este endurecimiento. Te ruego por las personas que se encuentren en esta situación de dureza ante tu Palabra de salvación…

Otra semilla cae en terreno pedregoso, donde la tierra es escasa, y, aunque brota, el sol la seca pronto. Aquí, Señor, a veces sí he estado de lleno. Escucho tu Palabra: una homilía, unos ejercicios espirituales, una convivencia. Me lleno de entusiasmo. Y comienzo: más vida de oración, más entrega y servicio a los demás, más fidelidad a mis obligaciones, etc. Pero llega la dificultad, el ambiente que no acompaña, la rutina…, y el entusiasmo se marchita y muere.

También hay semilla que cae entre zarzas. Comienza a brotar, pero las zarzas crecen más, la ahogan e impiden que  la semilla dé fruto. ¿No ha ocurrido a veces también esto en mí? De pronto digo que sí a la Palabra. Pero las preocupaciones de la vida pueden más y la ahogan y queda sin fruto. Escribe Martín Descalzo: “la palabra de Dios sólo crece en la alta soledad de quienes han sabido limpiar su alma de sucias adherencias”. ¿Qué zarzas tengo que arrancar de mi corazón, Señor, de qué sucias adherencias necesito limpiarlo para que tu Palabra crezca y dé fruto?  Señor, ¡cambia este corazón inconstante! Dame más firmeza en mis propósitos, más perseverancia ante la dificultad…

Finalmente, está la tierra buena. Es el corazón abierto, que acoge la palabra y en él arraiga y crece y da fruto. En unos más, en otros menos, pero da fruto: la siembra –la predicación- nunca se frustra totalmente, al menos algunos sí acogen la Palabra y la viven y la encarnan en su vida. Señor, yo quiero ser de éstos; quiero ser tierra buena, donde tu Palabra dé fruto. Como lo fue tu Madre, María, y Francisco de Asís, de quien dice san Buenaventura, su biógrafo, que era “un oyente no sordo del evangelio”, y tantos otros. Señor, no te canses, sigue sembrando tu semilla en mi corazón hasta que dé fruto.

Al terminar este tiempo de oración, puedes hablarle a Dios de todos los sentimientos que tienes en tu corazón, o de todos los recuerdos que han venido a tu memoria. Háblale con confianza. El se acerca a tu vida para hablarte pero también para ayudarte. Hazle saber cómo te sientes. Pídele lo que necesita tu vida para responderle mejor a su llamada. Dale gracias por todo lo que te ofrece por su llamada.

Al resucitar a tu Hijo de entre los muertos,
lo consagraste, Dios y Padre nuestro,
y le hiciste Señor de todos los vivientes.
Gracias te sean dadas por la gloria que le diste.
Bendita sea tu misericordia,
porque en tu Hijo amado,
primogénito del mundo nuevo,
conocemos ya la gloria
que heredaremos para toda la eternidad.

Laudes – Miércoles III Tiempo Ordinario

MIÉRCOLES III SEMANA TIEMPO ORDINARIO

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

 

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

 

INVITATORIO

 

Ant. Adoremos al Señor, creador nuestro.

 

Salmo 94

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

 

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

 

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

Siempre es hora de la gracia,

¡despierte el alma dormida!

 

Los cangilones del sueño

van hurtando el agua viva

en la noria de las horas,

de las noches y los días.

 

Peldaños de eternidad

me ofrece el tiempo en su huida,

si, ascendiendo paso a paso

lleno mis manos vacías.

 

Sólo el tiempo se redime,

quitándole su malicia.

 

Como una sombra se esfuman

del hombre vano los días,

pero uno solo ante Dios

cuenta mil años de espigas.

 

“Tus años no morirán”,

leo en la Sagrada Biblia:

lo bueno y noble perdura

eternizado en la ducha.

 

Sembraré, mientras es tiempo,

Aunque me cueste fatigas.

 

Al Padre, al Hijo, al Espíritu

alabe toda mi vida:

el rosario de las horas,

de las noches y los días. Amén.

           

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti, Señor.

 

Salmo 85

 

Inclina tu oído, Señor; escúchame,

que soy un pobre desamparado;

protege mi vida, que soy un fiel tuyo;

salva a tu siervo, que confía en ti.

 

Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor,

que a ti te estoy llamando todo el día;

alegra el alma de tu siervo,

pues levanto mi alma hacia ti;

 

porque tú, Señor, eres bueno y clemente,

rico en misericordia con los que te invocan.

Señor, escucha mi oración,

atiende a la voz de mi súplica.

 

En el día del peligro te llamo,

y tú me escuchas.

No tienes igual entre los dioses, Señor,

ni hay obras como las tuyas.

 

Todos los pueblos vendrán

a postrarse en tu presencia, Señor;

bendecirán tu nombre:

«Grande eres tú, y haces maravillas;

tú eres el único Dios.»

 

Enséñame, Señor, tu camino,

para que siga tu verdad;

mantén mi corazón entero

en el temor de tu nombre.

 

Te alabaré de todo corazón, Dios mío;

daré gloria a tu nombre por siempre,

por tu grande piedad para conmigo,

porque me salvaste del abismo profundo.

 

Dios mío, unos soberbios se levantan contra mí,

una banda de insolentes atenta contra mi vida,

sin tenerte en cuenta a ti.

 

Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso,

lento a la cólera, rico en piedad y leal,

mírame, ten compasión de mí.

 

Da fuerza a tu siervo,

salva al hijo de tu esclava;

dame una señal propicia,

que la vean mis adversarios y se avergüencen,

porque tú, Señor, me ayudas y consuelas.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 1. Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti, Señor.

 

 

Ant. 2. Dichoso el hombre que procede con justicia y habla con rectitud.

 

Cántico: Is 33, 13-16

 

Los lejanos, escuchad lo que he hecho;

los cercanos, reconoced mi fuerza.

 

Temen en Sión los pecadores,

y un temblor se apodera de los perversos:

«¿Quién de nosotros habitará un fuego devorador,

quién de nosotros habitará una hoguera perpetua?».

 

El que procede con justicia y habla con rectitud

y rehúsa el lucro de la opresión;

el que sacude la mano rechazando el soborno

y tapa su oído a propuestas sanguinarias,

el que cierra los ojos para no ver la maldad:

ése habitará en lo alto,

tendrá su alcázar en un picacho rocoso,

con abasto de pan y provisión de agua.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 2. Dichoso el hombre que procede con justicia y habla con rectitud.

 

 

Ant. 3. Aclamad al Rey y Señor.

 

Salmo 97

 

Cantad al Señor un cántico nuevo,

porque ha hecho maravillas:

su diestra le ha dado la victoria,

su santo brazo.

 

El Señor da a conocer su victoria,

revela a las naciones su justicia:

se acordó de su misericordia y su fidelidad

en favor de la casa de Israel.

 

Los confines de la tierra han contemplado

la victoria de nuestro Dios.

Aclama al Señor, tierra entera;

gritad, vitoread, tocad:

 

tocad la cítara para el Señor,

suenen los instrumentos:

con clarines y al son de trompetas

aclamad al Rey y Señor.

 

Retumbe el mar y cuanto contiene,

la tierra y cuantos la habitan;

aplaudan los ríos, aclamen los montes

al Señor, que llega para regir la tierra.

 

Regirá el orbe con justicia

y los pueblos con rectitud.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Aclamad al Rey y Señor.

 

 

LECTURA BREVE           Jb 1, 21; 2, 10b

 

Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor. Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Inclina, Señor, mi corazón a tus preceptos.

R. Inclina, Señor, mi corazón a tus preceptos.

 

V. Dame vida con tu palabra.

R. Mi corazón a tus preceptos.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Inclina, Señor, mi corazón a tus preceptos.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Ten misericordia de nosotros, Señor, y recuerda tu santa alianza.

 

Cántico de Zacarías: Lc 1, 68-79

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Ten misericordia de nosotros, Señor, y recuerda tu santa alianza.

 

 

PRECES

 

Invoquemos a Cristo, que se entregó a sí mismo por la Iglesia y le da alimento y calor, diciendo:

Mira, Señor, a tu Iglesia.

 

Bendito seas, Señor, Pastor de la Iglesia, que nos vuelves a dar hoy la luz y la vida;

— haz que sepamos agradecerte este magnífico don.

 

Mira con amor a tu grey, que has congregado en tu nombre;

— haz que no se pierda ni uno solo de los que el Padre te ha dado.

 

Guía a tu Iglesia por el camino de tus mandatos,

— y haz que el Espíritu Santo la conserve en la fidelidad.

 

Que tus fieles, Señor, cobren nueva vida, participando en la mesa de tu pan y tu palabra,

— para que, con la fuerza de este alimento, te sigan con alegría.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Por Jesús hemos sido hechos hijos de Dios; por esto, nos atrevemos a decir:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Señor, infunde en nuestras almas la claridad de tu luz, y, pues con tu sabiduría nos has creado y con tu providencia nos gobiernas, haz que nuestro vivir y nuestro obrar estén del todo consagrados a ti. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Oficio de lecturas – Miércoles III Tiempo Ordinario

OFICIO DE LECTURA 

Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Adoremos a Dios, porque él nos ha creado.


Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.



Himno: CON ENTREGA, SEÑOR, A TI VENIMOS

Con entrega, Señor, a ti venimos,
escuchar tu palabra deseamos;
que el Espíritu ponga en nuestros labios
la alabanza al Padre de los cielos.

Se convierta en nosotros la palabra
en la luz que a los hombres ilumina,
en la fuente que salta hasta la vida,
en el pan que repara nuestras fuerzas;

en el himno de amor y de alabanza
que se canta en el cielo eternamente,
y en la carne de Cristo se hizo canto
de la tierra y del cielo juntamente.

Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,
el Señor Jesucristo, nuestro hermano,
y al Espíritu Santo, que, en nosotros,
glorifica tu nombre por los siglos. Amén.

SALMODIA

Ant 1. La misericordia y la fidelidad te preceden, Señor.

Salmo 88, 2-38 I – HIMNO AL DIOS FIEL A LAS PROMESAS HECHAS A DAVID

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Pues dijiste: «Cimentado está por siempre mi amor,
asentada más que el cielo mi lealtad.»

Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
«Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades.»

El cielo proclama tus maravillas, Señor,
y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles.
¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?
¿Quién como el Señor entre los seres divinos?

Dios es temible en el consejo de los ángeles,
es grande y terrible para toda su corte.
Señor de los ejércitos, ¿quién como tú?
El poder y la fidelidad te rodean.

Tú domeñas la soberbia del mar
y amansas la hinchazón del oleaje;
tú traspasaste y destrozaste a Rahab,
tu brazo potente desbarató al enemigo.

Tuyo es el cielo, tuya es la tierra;
tú cimentaste el orbe y cuanto contiene;
tú has creado el norte y el sur,
el Tabor y el Hermón aclaman tu nombre.

Tienes un brazo poderoso:
fuerte es tu izquierda y alta tu derecha.
Justicia y derecho sostienen tu trono,
misericordia y fidelidad te preceden.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, ¡oh Señor!, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo.

Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. La misericordia y la fidelidad te preceden, Señor.

Ant 2. El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David.

Salmo 88, 2-38 II

Un día hablaste en visión a tus amigos:
«He ceñido la corona a un héroe,
he levantado a un soldado sobre el pueblo.»

Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso;

no lo engañará el enemigo
ni los malvados lo humillarán;
ante él desharé a sus adversarios
y heriré a los que lo odian.

Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán,
por mi nombre crecerá su poder:
extenderé su izquierda hasta el mar,
y su derecha hasta el Gran Río.

Él me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora»;
y yo lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra.

Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable;
le daré una posteridad perpetua
y un trono duradero como el cielo.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David.

Ant 3. Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo.»

Salmo 88, 2-38 III

Si sus hijos abandonan mi ley
y no siguen mis mandamientos,
si profanan mis preceptos
y no guardan mis mandatos,
castigaré con la vara sus pecados
y a latigazos sus culpas;

pero no les retiraré mi favor
ni desmentiré mi fidelidad,
no violaré mi alianza
ni cambiaré mis promesas.

Una vez juré por mi santidad
no faltar a mi palabra con David:
«Su linaje será perpetuo,
y su trono como el sol en mi presencia,
como la luna, que siempre permanece:
su solio será más firme que el cielo.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo.»

V. La explicación de tus palabras ilumina.
R. Da inteligencia a los ignorantes. 

PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 22, 1-19

ISAAC ES OFRECIDO EN SACRIFICIO

En aquellos días, Dios puso a prueba a Abraham llamándole:

« ¡Abraham! »

Él respondió:

«Aquí me tienes.»

Dios le dijo:

«Toma a tu querido hijo único, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio en uno de los montes que yo te indicaré.»

Abraham madrugó, aparejó el asno y se llevó consigo a dos criados y a su hijo Isaac; cortó leña para el sacrificio y se encaminó al lugar que le había indicado Dios. Al tercer día, levantó Abraham los ojos y descubrió el sitio de lejos. Y Abraham dijo a sus criados:

«Quedaos aquí con el asno; yo con el muchacho iré hasta allá para adorar y después volveremos con vosotros.»

Abraham tomó la leña para el sacrificio, se la cargó a su hijo Isaac, y él llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos. Isaac dijo a Abraham, su padre:

«Padre.»

Él respondió:

«Aquí estoy, hijo mío.»

El muchacho dijo:

«Tenemos fuego y leña, pero, ¿dónde está el cordero para el sacrificio?»

Abraham contestó:

«Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío.»

Y siguieron caminando juntos. Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abraham levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abraham tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:

«¡Abraham, Abraham!»

Él contestó:

«Aquí me tienes.»

El ángel le ordenó:

«No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo.»

Abraham levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo. Abraham llamó a aquel sitio «El Señor provee», por lo que se dice aún hoy «El monte del Señor provee». El ángel del Señor volvió a gritar a Abraham desde el cielo:

«Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.»

Abraham volvió a sus criados, y juntos se pusieron en camino hacia Berseba, y Abraham se quedó a vivir en Berseba.

RESPONSORIO    Hb 11, 17. 19; Rm 4, 17

R. Por la fe, puesto a prueba, ofreció Abraham a Isaac; y ofrecía a su unigénito, a aquel que era el depositario de las promesas; * concluyó de todo ello que Dios podía resucitarlo de entre los muertos.
V. Creyó en aquel que da vida a los muertos y llama a la existencia a lo que no es.
R. Concluyó de todo ello que Dios podía resu

SEGUNDA LECTURA

De los Sermones de san Bernardo, abad, sobre el Cantar de los cantares
(Sermón 61, 3-5: Opera omnia, 2, 150-151)

DONDE ABUNDÓ EL PECADO, SOBREABUNDÓ LA GRACIA

¿Dónde podrá hallar nuestra debilidad un descanso seguro y tranquilo sino en las llagas del Salvador? En ellas habito con seguridad, sabiendo que él puede salvarme. Grita el mundo, me oprime el cuerpo, el diablo me pone asechanzas, pero yo no caigo, porque estoy cimentado sobre piedra firme. Si cometo un gran pecado, me remorderá mi conciencia, pero no perderé la paz, porque me acordaré de las llagas del Señor. El, en efecto, fue herido por nuestras rebeldías. ¿Qué hay tan mortífero que no haya sido destruido por la muerte de Cristo? Por esto, si me acuerdo que tengo a mano un remedio tan poderoso y eficaz, ya no me atemoriza ninguna dolencia, por maligna que sea.

Por esto no tenía razón aquel que dijo: Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Es que él no podía atribuirse ni llamar suyos los méritos de Cristo, porque no era miembro del cuerpo cuya cabeza es el Señor.

Pero yo tomo de las entrañas del Señor lo que me falta, pues sus entrañas rebosan misericordia. Agujerearon sus manos y pies y atravesaron su costado con una lanza; y a través de estas hendiduras puedo libar miel silvestre y aceite de rocas de pedernal, es decir, puedo gustar y ver cuán bueno es el Señor.

Sus designios eran designios de paz, y yo lo ignoraba. Porque, ¿quién ha conocido jamás la mente del Señor?, ¿quién ha sido su consejero? Pero el clavo penetrante se ha convertido para mí en una llave que me ha abierto el conocimiento de la voluntad del Señor. ¿Por qué no he de mirar a través de esta hendidura? Tanto el clavo como la llaga proclaman que en verdad Dios está en Cristo reconciliando al mundo consigo. Un hierro atravesó su alma, hasta cerca del corazón, de modo que ya no es incapaz de compadecerse de mis debilidades.

Las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver los secretos de su corazón; nos dejan ver el gran misterio de piedad, nos dejan ver la entrañable misericordia de nuestro Dios, por la que nos ha visitado el sol que nace de lo alto. ¿Qué dificultad hay en admitir que tus llagas nos dejan ver tus entrañas? No podría hallarse otro medio más claro que estas tus llagas para comprender que tú, Señor, eres bueno y clemente, y rico en misericordia. Nadie tiene una misericordia más grande que el que da su vida por los sentenciados a muerte y a la condenación.

Luego mi único mérito es la misericordia del Señor. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos. Y aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Y, si la misericordia del Señor dura siempre, yo también cantaré eternamente las misericordias del Señor. ¿Cantaré acaso mi propia justicia? Señor, narraré tu justicia, tuya entera. Sin embargo, ella es también mía, pues tú has sido constituido mi justicia de parte de Dios.

RESPONSORIO    Is 53, 5; 1Pe 2, 24

R. Él fue herido por nuestras rebeldías, triturado por nuestros crímenes; él soportó él castigo que nos trae la paz, * por sus llagas hemos sido curados.
V. Cristo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, para que, muertos al pecado, vivamos para la justificación.
R. Por sus llagas hemos sido curados.

ORACIÓN.

OREMOS,
Dios todopoderoso y eterno, dirige nuestras acciones según tu voluntad, para que, invocando el nombre de tu Hijo, abundemos en buenas obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.