Vísperas – Jueves III Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

JUEVES III SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

Éste es el día del Señor.

Éste es el tiempo de la misericordia.

 

Delante de tus ojos

ya no enrojeceremos

a causa del antiguo

pecado de tu pueblo.

Arrancarás de cuajo

el corazón soberbio

y harás un pueblo humilde

de corazón sincero.

 

En medio de las gentes,

nos guardas como un resto

para cantar tus obras

y adelantar tu reino.

Seremos raza nueva

para los cielos nuevo;

sacerdotal estirpe,

según tu Primogénito.

 

Caerán los opresores

y exultarán los siervos;

los hijos del oprobio

serán tus herederos.

Señalarás entonces

el día del regreso

para los que comían

su pan en el destierro.

 

¡Exulten mis entrañas!

¡Alégrese mi pueblo!

Porque el Señor que es justo

revoca sus decretos:

La salvación se anuncia

donde acechó el infierno,

porque el Señor habita

en medio de su pueblo.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Que tus fieles, Señor vitoreen al entrar en tu morada.

 

Salmo 131 (I)

 

Señor, tenle en cuenta a David

todos sus afanes.

Cómo juró al Señor

e hizo voto al Fuerte de Jacob:

 

“No entraré bajo el techo de mi casa,

no subiré al lecho de mi descanso,

no daré sueño a mis ojos,

ni reposo a mis párpados,

hasta que encuentre un lugar para el Señor,

una morada para el Fuerte de Jacob.”

 

Oímos que estaba en Efrata,

la encontramos en el Soto de Jaar:

entremos en su morada,

postrémonos ante el estrado de sus pies.

 

Levántate, Señor, ven a tu mansión,

ven con el arca de tu poder:

que tus sacerdotes se vistan de gala,

que tus fieles te aclamen.

Por amor a tu siervo David,

no niegues audiencia a tu Ungido.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Que tus fieles, Señor vitoreen al entrar en tu morada.

 

 

Ant. 2. El Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella.

 

Salmo 131 (II)

 

El Señor ha jurado a David

una promesa que no retractará:

“A uno de tu linaje

pondré sobre tu trono.

Si tus hijos guardan mi alianza

y los mandatos que les enseño,

también sus hijos, por siempre,

se sentarán sobre tu trono.”

 

Porque el Señor ha elegido a Sión,

ha deseado vivir en ella:

“Ésta es mi mansión por siempre,

aquí viviré, porque la deseo.

 

Bendeciré sus provisiones,

a sus pobres los saciaré de pan;

vestiré a sus sacerdotes de gala,

y sus fieles aclamarán con vítores.

 

Haré germinar el vigor de David,

enciendo una lámpara para mi Ungido.

A sus enemigos los vestiré de ignominia,

sobre él brillará mi diadema.”

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. El Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella.

 

 

Ant. 3. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

 

Cántico: Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a

 

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,

el que eres y el que eras,

porque has asumido el gran poder

y comenzaste a reinar.

 

Se encolerizaron las naciones,

llegó tu cólera,

y el tiempo de que sean juzgados los muertos,

y de dar el galardón a tus siervos los profetas,

y a los santos y a los que temen tu nombre,

y a los pequeños y a los grandes,

y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

 

Ahora se estableció la salud y el poderío,

y el reinado de nuestro Dios,

y la potestad de su Cristo;

porque fue precipitado

el acusador de nuestros hermanos,

el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

 

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero

y por la palabra del testimonio que dieron,

y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.

Por esto, estad alegres, cielos,

y los que moráis en sus tiendas.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

 

 

LECTURA BREVE           1P 3, 8-9

 

Procurad todos tener un mismo pensar y un mismo sentir: con afecto fraternal, con ternura, con humildad. No devolváis mal por mal o insulto por insulto; al contrario, responded con una bendición, porque para esto habéis sido llamados: para heredar una bendición.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. El Señor nos alimentó con flor de harina.

R. El Señor nos alimentó con flor de harina.

 

V. Nos sació con miel silvestre.

R. Con flor de harina.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. El Señor nos alimentó con flor de harina.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

 

 

PRECES

 

Invoquemos a Cristo, pastor, protector y ayuda de su pueblo, diciendo:

Señor, refugio nuestro, escúchanos.

 

Bendito seas, Señor, que nos has llamado a tu santa Iglesia;

— consérvanos siempre en ella.

 

Tú que has encomendado al papa la preocupación por todas las Iglesias,

— concédele una fe inquebrantable, una esperanza viva y una caridad solícita.

 

Da a los pecadores la conversión, a los que caen, fortaleza,

— y concede a todos la penitencia y la salvación.

 

Tu que quisiste habitar en un país extranjero,

— acuérdate de los que viven lejos de su familia y de su patria.

 

A todos los difuntos que esperaron en ti,

— concédeles el descanso eterno.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Ya que por Jesucristo somos hijos de Dios, oremos con confianza a Dios, nuestro Padre:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Dios todopoderoso, te damos gracias por el día que termina e imploramos tu clemencia para que nos perdones benignamente todas las faltas que, por la fragilidad de la condición humana, hemos cometido en este día. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

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Oración de los fieles (Domingo IV Tiempo Ordinario)

Señor Jesús, que conoces nuestras debilidades y lo lejos que estamos de lo que nos dijiste, acoge nuestros deseos, que son mayores que nuestras realidades:

• Señor Jesús: no dejes que proclamemos tus bienaventuranzas como un programa y no como una buena noticia porque no nos atrevemos a creer que pueda ser verdad la felicidad que prometen.

• Señor Jesús: que tu Iglesia sea “pobre y de los pobres”, empezando por nosotros. Que, ante la tragedia del consumismo y el cambio climático, cambiemos nuestro estilo de vida, no por un obligado decrecimiento a causa de la crisis, sino por el convencimiento de nuestra injusticia y por la llamada de tu Espíritu.

• Señor Jesús: que en medio de un mundo lleno de agresividades y violencia en nuestras vidas, que llega hasta los límites de la intransigencia, el fanatismo y la guerra, seamos hacedores de paz y de diálogo, desde nuestras familias y amistades hasta nuestra sociedad, nuestro país y hasta en las relaciones internacionales.

• Señor Jesús, que conoces nuestras obras y nuestro servicio a favor de tu Evangelio. Sabes que luchamos por mantenernos fieles. No permitas que descuidemos la alegría y todo lo que tiene de gozoso tu seguimiento.

• Señor Jesús; ayúdanos a fiarnos de los caminos extraños que, según el evangelio, dan acceso a la felicidad: la puerta estrecha de la sobriedad de vida; el compartir, como proyecto alternativo al poseer; la gratuidad como fuente de tu memoria.

Sabemos que lo tienes difícil con nosotros, pero tu paciencia es infinita y tu amor más grande que nuestra pequeñez. Empújanos siempre en la línea de aquello que deseamos y te hemos expresado en nuestras  peticiones.

Para la homilía

La liturgia de este domingo nos presenta el relato de las Bienaventuranzas. La primera de ellas: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” vincula esta narración con la proclamada el domingo anterior cuando Jesús anuncia: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.”

Nos encontramos ante el primero de los cinco discursos que Mateo incluye en su Evangelio. En este discurso conocido como el Sermón del Monte, el evangelista ha agrupado y organizado las palabras de Jesús con la intención de proporcionar a su comunidad una serie de enseñanzas básicas para la vida cristiana que habría servido de referencia a muchas comunidades cristianas diferenciándolas así de los códigos éticos del judaísmo.

El Sermón del Monte se abre con una declaración solemne, en la que el reino de los cielos anunciado por Jesús aparece como buena noticia para los pobres. Esta solemne declaración constituye la obertura del discurso, en la que se propone el estilo de vida que se hace presente con la llegada del reino. Éste exige conversión y cambio de vida.

En este sentido la lectura de la primera carta a los Corintios del domingo anterior y de éste, hace de contrapunto a lo proclamado en los correspondientes evangelios dominicales. En ellos se habla de una nueva vida a la que debemos dejar paso y que contrasta con la realidad de lo que está sucediendo en la comunidad de Corinto. San Pablo se enteró que en ella se estaban formando grupos que disputaban a ver quién era el más auténtico. Aquellas diatribas partidistas que alimentaban los prejuicios y daban pábulo a todo tipo de enfrentamientos entre unos y otros fueron cortadas en seco.

Harto de tantas desavenencias, san Pablo tomó cartas en el asunto: “Fijaos a quiénes os llamó Dios: no a muchos intelectuales, ni a muchos poderosos, ni a muchos de buena familia; todo lo contrario: lo necio del mundo se lo escogió Dios para humillar a los sabios; y lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a lo fuerte” [1Cor 1, 26-27] No hay nada como el dato de realidad para situarnos de nuevo. A los de Corinto se les fue la mano y Pablo puso a unos y a otros en su sitio.

Con estas palabras, san Pablo saca el conflicto entre las distintas facciones del ámbito de los pareceres opinables y lo pone en referencia a una evidencia incuestionable que desarma posturas enconadas. Es un cambio de registro que obliga a todos a posicionarse de otra manera. Es una conversión necesaria en la que todos deberíamos andar metidos. Y para ello deberíamos, quizá, pedir la intercesión de los pobres, de los que lloran, de los que sufren, de los que pasan hambre y sed, de los misericordiosos, de los que trabajan por la paz. De ellos es el Reino de los cielos.

Ignacio Dinnbier Carrasco 

Comentario al evangelio de hoy (30 de enero)

Muchos de los refranes que el evangelio acaba de ofrecernos los hemos dicho nosotros quizá repetidas veces. ¿No hemos justificado ciertos males diciendo que “el que la hace la paga”? ¿No hemos dicho más de una vez, para explicar ciertos enriquecimientos, que “dinero llama dinero” o que “al que tiene se le dará”?

Jesús se inculturó plenamente en su pueblo y usó los mismos aforismos que sus contemporáneos. Para nosotros el problema consiste en no saber, en muchos casos, en qué situación concreta pronunció esos dichos de sabiduría popular, y por tanto, qué sentido quiso darles. Es incluso posible que los haya dicho más de una vez y con sentido diferente, según oyentes y circunstancias. De hecho, algunos de esos refranes los encontramos en los evangelios varias veces y para ilustrar enseñanzas diversas; el dicho de “lo oculto que se manifestará” lo usa Marcos para indicar que Jesús aclara las parábolas a sus discípulos, mientras que en Lucas significa que es inútil el esfuerzo de los hipócritas por fingir, pues la verdad acabará sabiéndose (Lc 12,2); Mateo, por su parte, lo utiliza para exhortar a los discípulos a la predicación a pesar de las posibles persecuciones que pueda suscitar (cf. Mt 10,26).

Por lo que se refiere al evangelio de hoy, que es una colección de cuatro refranes, podemos captar el sentido que les da el evangelista Marcos por el contexto en que los incluye. En el bloque precedente, que comentábamos ayer, se nos muestra cómo Jesús explica a los discípulos el sentido de la parábola del sembrado; se trata justamente de que la luz no quede oculta, sino que alumbre a todos. La comprensión de la palabra de Jesús no debe quedar reservada a un grupo esotérico; todo creyente está llamado a crecer en su comprensión, y, una vez que la ha comprendido, a comunicarla a otros; la luz no debe taparse con un cajón. Jesús, el primero de los heraldos del Reino de Dios, quiere que su acción sea prolongada por nosotros.

La correspondencia de medidas nos habla de una cierta ley de la retribución. A los discípulos de Jesús, por estar abiertos a él, se les comunica el misterio del Reino; son los que tienen, y a ellos se les da todavía más, son los que tienen receptividad, “apertura” , y a ellos se les “abre” el secreto del Reino de Dios. En cambio, a los que se cierran o endurecen, como consecuencia de ese endurecimiento, todo les resulta un enigma; se cierran a la palabra y a ellos se les cierra el contenido de la misma; hasta lo poco que sabían se les va a olvidar.

En conjunto hay una advertencia y una promesa. Advertencia: cuidado con actitudes autosuficientes, escépticas, o hipercríticas; nos empobrecerán. Promesa: tenemos posibilidades de crecer en la comprensión de lo divino; cuanta más hambre tengamos de ello, más alimento se nos dará. La sabiduría dice de sí misma: “los que de mí comen tienen más hambre de mí, y más sed de mí los que de mí beben” (Eclesiástico 24,21). Y la penetración en lo divino nunca concluye, pues, como decía San Juan de la Cruz, “hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que por más que los santos doctores y las almas santas ahonden, nunca les hallan fin ni término”.

Severiano Blanco cmf

Jueves III Tiempo Ordinario

Hoy es jueves, 30 de enero.

Este rato que te dispones a pasar en oración, no es un momento cualquiera del día. Esta oración es un regalo, una oportunidad. Jesús te está esperando. Y a través del evangelio de hoy, te invita a la misión, a confiar en él, a participar desde ya en el anuncio y realización del Reino. ¿Quién puede resistirse a participar, si es Jesús el que lo pide?

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 4, 21-25):

«Dijo Jesús a la gente: ¿Acaso se enciende la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo de la cama? ¿No se pone en el candelero? Pues no hay cosa escondida que no haya de saberse, ni hecho oculto que no haya de ser manifiesto. Si alguno tiene oídos para oír, que oiga. Y les decía: Prestad atención a lo que oís. Con la medida con que midáis, se os medirá, y aún se os añadirá. Porque al que tiene, se le dará; y al que no tiene, incluso lo que tiene se le quitará.»

La Palabra de Dios, la buena noticia del Reino, se nos ha entregado gratuitamente. Pero no para guardarla cuidadosamente para nosotros solos, y salvarnos. Eso sería poner la lámpara debajo del celemín, un comportamiento estúpido y egoísta. La buena noticia del reino se nos ha entregado para proclamarla a los cuatro vientos, para levantarla en alto, como lámpara encendida para que alumbre a todos los hombres. La fe ha de tener fuerza misionera. Y no la ha recibido de verdad, quien no siente la necesidad y urgencia de transmitirla. En el bautismo Dios nos iluminó con la fe y nos hizo luz para iluminar a los demás. “Vosotros sois la luz del mundo”, dijo Jesús. No lo olvidemos: lo nuestro es iluminar, expandir la fuerza salvadora de la Palabra recibida. Juan Pablo II, recordaba a los jóvenes, lo de santa Catalina de Siena: “si sois lo que debéis ser prenderéis fuego al mundo entero”. Señor, que lo seamos todos los cristianos. Que lo sea yo.

Los Apóstoles -y tantos cristianos que vinieron después- no escondieron la lámpara “debajo del celemín”. Y porque la transmitieron de generación en generación, la luz de Cristo -Luz del mundo- ha llegado hasta nosotros. Ahora nos toca a nosotros pasarla. Me toca a mí. ¿Lo hago? ¡Cuántos cristianos andan con la luz apagada o escondida! Y después nos sorprendemos de la descristianización de la gente de nuestro tiempo… ¿Qué hago con la fe, con la buena noticia del reino que se me ha regalado: la transmito, soy testigo de la Luz para los que conviven conmigo, me tratan y conocen?; ¿vivo yo como hijo de la luz?; ¿es la mía  una  vida iluminada por Cristo: una vida de  amor a Dios y amor a los demás,  de entrega, de servicio…? “Si alguno tiene oídos para oír que oiga.” Señor, que los cristianos de este generación prestemos oído al encargo que nos has hecho. Que lo escuche yo.

 “Y les decía: Prestad atención a lo que oís. Con la medida con que midáis, se os medirá, y aún se os añadirá. Porque al que tiene, se le dará; y al que no tiene, incluso lo que tiene se le quitará.»”. Escuchar la Palabra. Meditarla, rumiarla. Guardarla en el corazón. Dejar que la Palabra tome posesión de nosotros y nos habite. Quien esto hace, experimenta que su fe crece y madura, que su vida va cambiando, que cada vez más –y con menos esfuerzo- brotan en ella las buenas obras del Reino, convirtiéndose así en auténtico y luminoso testigo de Cristo. Pero quien no se abre a la Palabra, quien no la acoge y la lleva a la práctica, experimentará que hasta la fe lánguida y rutinaria que vive se le irá muriendo, y, al final, se encontrará con las manos vacías ante Dios. Señor, dame cada vez más hambre de ti, de tu palabra, de tu amor. Que descubra, por fin, que la medida del amor es amar sin medida.

Ahora que vas a volver a leer el evangelio, presta atención a las palabras que Jesús te dirige a ti, a lo que te invita hoy que hagas con su Palabra.

A la hora de lanzarse a construir y anunciar el Reino, no valen falsas seguridades ni miedos. Lo principal es la confianza en Jesús. Repasa con el Señor todo aquello que debes ofrecer al andar por el camino. Aquello que no te permite ponerte por entero a su servicio. Finaliza esta oración rezando el Padre nuestro, deteniéndote en el punto aquel en el que decimos: venga  nosotros tu Reino.

Reflejo de la Gloria de Dios,
Señor Jesús, ten piedad de nosotros
y revélanos su rostro.

Camino real que conduce al Padre,
sé tú nuestro camino
y ten piedad de nosotros.

Verbo eterno que expresas la ternura de Dios,
sé tú nuestra oración
y ten piedad de nosotros.

Laudes – Jueves III Tiempo Ordinario

JUEVES III SEMANA TIEMPO ORDINARIO

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

 

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

 

INVITATORIO

 

Ant. Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.

 

Salmo 94

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

 

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

 

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

Autor del cielo y el suelo,

que, por dejarlas más claras,

las grandes aguas separas,

Tú quedas cauce al riachuelo

y alzas la nube a la altura,

tú que en cristal de frescura

sueltas las aguas del río

sobre las tierras de estío,

sanando su quemadura,

danos tu gracia, piadoso,

para que el viejo pecado

no lleve al hombre engañado

a sucumbir a su acoso.

Hazle en al fe luminoso,

alegre en la austeridad,

y hágale tu claridad

salir de sus vanidades;

dale, Verdad de verdades,

el amor a tu verdad. Amén

           

 

SALMODIA

 

Ant. 1. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!

 

Salmo 86

 

Él la ha cimentado sobre el monte santo,

y el Señor prefiere las puertas de Sión

a todas las moradas de Jacob.

 

¡Qué pregón tan glorioso para ti,

ciudad de Dios!

“Contaré a Egipto y a Babilonia

entre mis fieles;

filisteos, tirios y etíopes

han nacido allí.”

 

Se dirá de Sión: “Uno por uno

todos han nacido en ella;

el Altísimo en persona la ha fundado.”

 

El Señor escribirá en el registro de los pueblos:

“Éste ha nacido allí.”

Y cantarán mientras danzan:

“Todas mis fuentes están en ti.”

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!

 

 

Ant. 2. El Señor llega con poder, y su recompensa lo precede.

 

Cántico: Is 40, 10-17

 

Mirad, el Señor Dios llega con poder,

y su brazo manda.

Mirad, viene con él su salario

y su recompensa lo precede.

 

Como un pastor que apacienta el rebaño,

su brazo lo reúne,

toma en brazos los corderos

y hace recostar a las madres.

 

¿Quién ha medido a puñados el mar

o mensurado a palmos el cielo,

o a cuartillos el polvo de la tierra?

 

¡Quién ha pesado en la balanza los montes

y en la báscula las colinas?

¿Quién ha medido el aliento del Señor?

¿Quién le ha sugerido su proyecto?

 

¿Con quién se aconsejó para entenderlo,

para que le enseñara el camino exacto,

para que le enseñara el saber

y le sugiriese el método inteligente?

 

Mirad, las naciones son gotas de un cubo

y valen lo que el polvillo de balanza.

Mirad, las islas pesan lo que un grano,

el Líbano no basta para leña,

sus fieras no bastan para el holocausto.

 

En su presencia, las naciones todas, como si no existieran,

son ante él como nada y vacío.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. El Señor llega con poder, y su recompensa lo precede.

 

 

Ant. 3. Ensalzad al Señor, Dios nuestro, postraos ante el estrado de sus pies.

 

Salmo 98

 

El Señor reina, tiemblen las naciones;

sentado sobre querubines, vacile la tierra.

 

El Señor es grande en Sión,

encumbrado sobre todos los pueblos.

Reconozcan tu nombre, grande y terrible:

Él es Santo.

 

Reinas con poder y amas la justicia,

tú has establecido la rectitud;

tú administras la Justicia y el derecho,

tú actúas en Jacob.

 

Ensalzad al Señor, Dios nuestro;

postraos ante el estrado de sus pies:

Él es Santo.

 

Moisés y Aarón con sus sacerdotes,

Samuel con los que invocan su nombre,

invocaban al Señor, y él respondía.

 

Dios les hablaba desde la columna de nube;

oyeron sus mandatos y la ley que les dio.

Señor, Dios nuestro, tú les respondías,

tú eras para ellos un Dios de perdón

y un Dios vengador de sus maldades.

Ensalzad al Señor, Dios nuestro;

postraos ante su monte santo:

Santo es el Señor, nuestro Dios.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 3. Ensalzad al Señor, Dios nuestro, postraos ante el estrado de sus pies.

 

 

LECTURA BREVE           1P 4, 10-11

 

Que cada uno, con el don que ha recibido, se ponga al servicio de los demás, como buenos administradores de la múltiple gracia de Dios. El que toma la palabra, que hable palabra de Dios. El que se dedica al servicio, que lo haga en virtud del encargo recibido de Dios. Así, Dios será glorificado en todo, por medio de Jesucristo.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Te invoco de toco corazón, respóndeme, Señor.

R. Te invoco de toco corazón, respóndeme, Señor.

 

V. Guardaré tus leyes.

R. Respóndeme, Señor.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Te invoco de toco corazón, respóndeme, Señor.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Sirvamos al Señor con santidad, y nos librará de nuestros enemigos.

 

Cántico de Zacarías: Lc 1, 68-79

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Sirvamos al Señor con santidad, y nos librará de nuestros enemigos.

 

 

PRECES

 

Demos gracias al Señor, que dirige y guía con amor a su pueblo, y digámosle:

Gloria a ti, Señor, por los siglos.

 

Padre clementísimo, te alabamos por tu amor,

— porque de manera admirable nos creaste, y más admirablemente aún nos redimiste.

 

Al comenzar este nuevo día, pon en nuestros corazones el anhelo de servirte,

— para que te glorifiquemos en todos nuestros pensamientos y acciones.

 

Purifica nuestros corazones de todo mal deseo,

— y haz que estemos siempre atentos a tu voluntad.

 

Danos un corazón abierto a las necesidades de nuestros hermanos,

— para que a nadie falte la ayuda de nuestro amor.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Acudamos ahora a nuestro Padre celestial, diciendo:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Dios todopoderoso y eterno: a los pueblos que viven en tinieblas y en sombra de muerte, ilumínalos con tu luz, ya que con ella nos ha visitado el Sol que nace de lo alto, Jesucristo, nuestro Señor. Que vive y reina contigo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Oficio de lecturas – Jueves III Tiempo Ordinario

OFICIO DE LECTURA 

Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.


Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.



Himno: CON GOZO EL CORAZÓN CANTE LA VIDA

Con gozo el corazón cante la vida,
presencia y maravilla del Señor,
de luz y de color bella armonía,
sinfónica cadencia de su amor.

Palabra esplendorosa de su Verbo,
cascada luminosa de verdad,
que fluye en todo ser que en él fue hecho
imagen de su ser y de su amor.

La fe cante al Señor, y su alabanza,
palabra mensajera del amor,
responda con ternura a su llamada
en himno agradecido a su gran don.

Dejemos que su amor nos llene el alma
en íntimo diálogo con Dios,
en puras claridades cara a cara,
bañadas por los rayos de su sol.

Al Padre subirá nuestra alabanza
por Cristo, nuestro vivo intercesor,
en alas de su Espíritu que inflama
en todo corazón su gran amor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Salmo 88,39-53 – IV: LAMENTACIÓN POR LA CAÍDA DE LA CASA DE DAVID

Tú, encolerizado con tu Ungido,
lo has rechazado y desechado;
has roto la alianza con tu siervo
y has profanado hasta el suelo su corona;

has derribado sus murallas
y derrocado sus fortalezas;
todo viandante lo saquea,
y es la burla de sus vecinos;

has sostenido la diestra de sus enemigos
y has dado el triunfo a sus adversarios;
pero a él le has embotado la espada
y no lo has confortado en la pelea;

has quebrado su cetro glorioso
y has derribado su trono;
has acortado los días de su juventud
y lo has cubierto de ignominia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Ant 2. Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana.

Salmo 88,39-53 – V

¿Hasta cuándo, Señor, estarás escondido
y arderá como un fuego tu cólera?
Recuerda, Señor, lo corta que es mi vida
y lo caducos que has creado a los humanos.

¿Quién vivirá sin ver la muerte?
¿Quién sustraerá su vida a la garra del abismo?
¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia
que por tu fidelidad juraste a David?

Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos:
lo que tengo que aguantar de las naciones,
de cómo afrentan, Señor, tus enemigos,
de cómo afrentan las huellas de tu Ungido.

Bendito el Señor por siempre. Amén, amén.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana.

Ant 3. Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

Salmo 89 – BAJE A NOSOTROS LA BONDAD DEL SEÑOR

Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.
Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.

Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vigilia nocturna.

Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.

¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada:
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.

Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.

¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción,
y sus hijos tu gloria.

Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

V. En ti, Señor, está la fuente viva.
R. Y tu luz nos hace ver la luz. 

PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 24, 1-27

ABRAHAM ENVÍA A BUSCAR MUJER PARA ISAAC

En aquellos días, Abraham era viejo, de edad avanzada, y el Señor lo había bendecido en todo. Abraham dijo al criado más viejo de su casa, que administraba todas las posesiones:
«Pon tu mano bajo mi muslo, y júrame por el Señor, Dios del cielo y Dios de la tierra, que, cuando le busques mujer a mi hijo, no la escogerás entre los cananeos, en cuya tierra habito, sino que irás a mi tierra nativa, y allí buscarás mujer a mi hijo Isaac.»

El criado contestó:

«Y, si la mujer no quiere venir conmigo a esta tierra, ¿tengo que llevar a tu hijo a la tierra de donde saliste?» Abraham le replicó:

«De ninguna manera lleves a mi hijo allá. El Señor, Dios del cielo, que me sacó de la casa paterna y del país nativo, que me juró: “A tu descendencia daré esta tierra”, enviará su ángel delante de ti, y traerás de allí mujer para mi hijo. Pero, si la mujer no quiere venir contigo, quedas libre del juramento. Sólo que a mi hijo no lo lleves allá.»

El criado puso su mano bajo el muslo de Abraham, su amo, y le juró cumplirlo. Entonces, el criado tomó diez de los camellos de su amo y, llevando toda clase de regalos de su amo, se encaminó a Aram Naharaim, ciudad de Najor. Hizo arrodillarse a los camellos fuera de la ciudad, junto a un pozo, al atardecer; cuando suelen salir las aguadoras. Y dijo:

«Señor, Dios de mi amo Abraham, dame hoy una señal propicia y trata con amor a mi amo Abraham. Yo estaré junto a la fuente, cuando las muchachas de la ciudad salgan a por agua. Diré a una de las muchachas: “Por favor, inclina tu cántaro para que beba.” La que me diga: “Bebe, y también abrevaré tus camellos”, ésa es la que has destinado para tu siervo Isaac. Así sabré que tratas con amor a mi amo.»

No había acabado de hablar, cuando salía Rebeca -hija de Betuel, el hijo de Milca, la mujer de Najor, el hermano de Abraham-, con el cántaro al hombro. La muchacha era muy hermosa y doncella; no había tenido que ver con ningún hombre. Bajó a la fuente, llenó el cántaro y subió. El criado corrió a su encuentro y le dijo:

«Déjame beber un poco de agua de tu cántaro.» Ella contestó:

«Bebe, señor mío.»

Y, en seguida, bajó el cántaro al brazo y le dio de beber. Cuando terminó, le dijo:

«Voy a sacar también para tus camellos, para que beban todo lo que quieran.»

Y, en seguida, vació el cántaro en el abrevadero, corrió al pozo a sacar más, y sacó para todos los camellos. El hombre la estaba mirando, en silencio, hasta saber si el Señor daba éxito a su viaje o no. Cuando los camellos terminaron de beber, el hombre tomó un anillo de oro de medio siclo y se lo puso en la nariz, y dos pulseras de oro de diez siclos para los brazos. Y le preguntó:

«Dime de quién eres hija, y si en casa de tu padre encontraremos sitio para pasar la noche.»

Ella contestó:

«Soy hija de Betuel, el hijo de Milca y de Najor.» Y añadió:

«También tenemos abundancia de paja y forraje, y sitio para pasar la noche.»

El hombre se inclinó en adoración al Señor, y dijo:

«Bendito sea el Señor, Dios de mi amo Abraham, que no ha olvidado su misericordia y fidelidad con su siervo. El Señor me ha guiado a la casa del hermano de mi amo.»

RESPONSORIO    Cf. Gn 24, 27; cf. 35, 3

R. Bendito sea el Señor, Dios de mi amo Abraham, que no ha olvidado su misericordia y fidelidad con su siervo. * El Señor me ha guiado por un camino recto.
V. Subamos y hagamos un altar al Dios que me acompañó en mi viaje.
R. El Señor me ha guiado por un camino recto.

SEGUNDA LECTURA

De los Sermones de Juan Mediocre de Nápoles, obispo
(Sermón 7: PLS 4, 785-786)

AMA AL SEÑOR Y SIGUE SUS CAMINOS

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Dichoso el que así hablaba, porque sabía cómo y de dónde procedía su luz y quién era el que lo iluminaba. Él veía la luz, no esta que muere al atardecer, sino aquella otra que no vieron ojos humanos. Las almas iluminadas por esta luz no caen en el pecado, no tropiezan en el mal.

Decía el Señor: Caminad mientras tenéis luz. Con estas palabras se refería a aquella luz que es él mismo, ya que dice: Yo he venido al mundo como luz, para que los que ven no vean y los ciegos reciban la luz. El Señor, por tanto, es nuestra luz, él es el sol de justicia que irradia sobre su Iglesia católica extendida por doquier. A él se refería proféticamente el salmista, cuando decía: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

El hombre interior, así iluminado, no vacila, sigue recto su camino, todo lo soporta. El que contempla de lejos su patria definitiva aguanta en las adversidades, no se entristece por las cosas temporales, sino que halla en Dios su fuerza; humilla su corazón y es constante, y su humildad lo hace paciente. Esta luz verdadera que viniendo a este mundo ilumina a todo hombre, el Hijo, revelándose a sí mismo, la da a los que lo temen, la infunde a quien quiere y cuando quiere.

El que vivía en tiniebla y en sombra de muerte, en la tiniebla del mal y en la sombra del pecado, cuando nace en él la luz se espanta de sí mismo y sale de su estado, se arrepiente, se avergüenza de sus faltas y dice: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Grande es, hermanos, la salvación que se nos ofrece. Ella no teme la enfermedad, no se asusta del cansancio, no tiene en cuenta el sufrimiento. Por esto debemos exclamar plenamente convencidos, no sólo con la boca, sino también con el corazón: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Si es él quien ilumina y quien salva, ¿a quién temeré? Vengan las tinieblas del engaño: el Señor es mi luz. Podrán venir, pero sin ningún resultado, pues, aunque ataquen nuestro corazón, no lo vencerán. Venga la ceguera de los malos deseos: el Señor es mi luz. Él es, por tanto, nuestra fuerza, él que se da a nosotros y nosotros a él. Acudid al médico mientras podéis, no sea que después queráis y no podáis.

RESPONSORIO    Sb 9, 10. 4

R. De tu trono de gloria envía, Señor, la sabiduría para que me asista en mis trabajos * y venga yo a saber lo que te es grato.
V. Dame, Señor, la sabiduría asistente de tu trono.
R. Y venga yo a saber lo que te es grato.

ORACIÓN.

OREMOS,
Dios todopoderoso y eterno, dirige nuestras acciones según tu voluntad, para que, invocando el nombre de tu Hijo, abundemos en buenas obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.