El Papa en Sta. Marta: Si el amor de Dios disminuye, se pierde el sentido del pecado

Cuando disminuye la presencia de Dios entre los hombres, “se pierde el sentido del pecado” y así puede suceder que le hagamos pagar a otros el precio de nuestra “mediocridad cristiana”. Lo ha afirmado este viernes el papa Francisco, en la homilía de la misa matutina que ha celebrado en Santa Marta. Pidamos a Dios, ha exhortado el Papa, la gracia de que en nosotros nunca disminuya la presencia de “su reino”.

Un pecado grave, como por ejemplo es el adulterio, disminuido a “un problema para resolver”. La opción que elige el rey David, narrada en la primera lectura de hoy, se vuelve el espejo delante al cual el papa Francisco pone la conciencia de cada cristiano.

David se deslumbra con Betsabé, la esposa de Urías, su general, se la apropia y envía al marido a primera línea de batalla, causándole la muerte y de hecho perpetrando un asesinato. Y a pesar de ello ni el adulterio, ni el homicidio lo afectan. “David se encuentra delante a un enorme pecado, pero el no lo siente como un pecado”, observa el Papa. “No le pasa por su mente pedir perdón. Lo que le viene en mente es: ¿cómo resuelvo ésto?”:

“A todos nosotros nos puede suceder ésto. Todos somos pecadores y todos estamos sujetos a la tentación que es el pan nuestro de cada día. Si alguno de nosotros dijese: “Yo nunca tuve tentaciones”, o eres un querubín o un poco tonto, ¿no? Se entiende… Es normal en la vida la lucha y el diablo nunca se queda tranquilo, él quiere su victoria. Pero el problema más grave -el problema más grave en esta citación- no es tanto la tentación y el pecado contra el noveno mandamiento, sino el modo en el que actúa David. Y David aquí no habla de pecado, habla de un problema que tiene que resolver. ¡Esto es un signo! Cuando el reino de Dios disminuye, uno de los signos es que se pierde el sentido del pecado”.

Cada día, al rezar el “Padrenuestro”, nosotros le pedimos a Dios “Venga a nosotros tu Reino…”, lo que -explica el papa Francisco- quiere decir “crezca Tu Reino”. Cuando se pierde el sentido del pecado, se pierde también “el sentido del Reino de Dios” y en su lugar -subraya el Papa- emerge “una visión antropológica súper potente”, la del “yo lo puedo todo”:

“¡La potencia del hombre en lugar de la gloria de Dios! Este es el pan de cada día. Por esto la oración de todos los días a Dios ‘Venga tu Reino, crezca tu Reino’, porque la salvación no vendrá de nuestras astucias, de nuestra inteligencia al hacer negocios. La salvación vendrá de la gracia de Dios y del entrenamiento cotidiano que nosotros hacemos de esta gracia en la vida cristiana”.

“El pecado más grande de hoy es que los hombres han perdido el sentido del pecado”. El Santo Padre cita esta célebre frase de Pío XII y después centra su atención en Urías, el hombre inocente mandado a la muerte por la culpa de su rey. Urías, dice el Papa, se convierte en el emblema de todas las víctimas de nuestra inconfesada soberbia:

“Yo os confieso, cuando veo estas injusticias, esta soberbia humana, también cuando veo el peligro de que a mí mismo me suceda esto, el peligro de perder el sentido del pecado, me hace bien pensar en los muchos Urías de la historia, en los muchos Urías que también hoy sufren nuestra mediocridad cristiana, cuando nosotros perdemos el sentido del pecado, cuando nosotros dejamos que el Reino de Dios caiga… Estos son los mártires de nuestros pecados no reconocidos. Nos hará bien rezar hoy por nosotros, para que el Señor nos dé siempre la gracia de no perder el sentido del pecado, para que el Reino no disminuya en nosotros. También llevar una flor espiritual a la tumba de estos Urías contemporáneos, que pagan la cuenta del banquete de los seguros, de aquellos cristianos que se sienten seguros”.

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Vísperas – Viernes III Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES III SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

¿Quién es este que viene,

recién atardecido,

cubierto con sangre

como varón que pisa los racimos?

 

Este es Cristo, el Señor,

convocado a la muerte,

glorificado en la resurrección.

 

¿Quién es este que vuelve,

glorioso y malherido,

y, a precio de su muerte,

compra la paz y libra a los cautivos?

 

Este es Cristo, el Señor,

convocado a la muerte,

glorificado en la resurrección.

 

Se durmió con los muertos,

y reina entre los vivos;

no le venció la fosa,

porque el Señor sostuvo a su Elegido.

 

Este es Cristo, el Señor,

convocado a la muerte,

glorificado en la resurrección.

 

Anunciad a los pueblos

qué habéis visto y oído;

aclamad al que viene

como la paz, bajo un clamor de olivos. Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. El Señor es grande, nuestro dueño más que todos los dioses.

 

Salmo 134 (I)

 

Alabad el nombre del Señor,

alabadlo, siervos del Señor,

que estáis en la casa del Señor,

en los atrios de la casa de nuestro Dios.

 

Alabad al Señor porque es bueno,

tañed para su nombre, que es amable.

Porque él se escogió a Jacob,

a Israel en posesión suya.

 

Yo sé que el Señor es grande,

nuestro dueño más que todos los dioses.

El Señor todo lo que quiere lo hace:

en el cielo y en la tierra,

en los mares y en los océanos.

 

Hace subir las nubes desde el horizonte,

con los relámpagos desata la lluvia,

suelta a los vientos de sus silos.

 

Él hirió a los primogénitos de Egipto,

desde los hombres hasta los animales.

Envió signos y prodigios

-en medio de ti, Egipto-

contra el Faraón y sus ministros.

 

Hirió de muerte a pueblos numerosos,

mató a reyes poderosos:

a Sijón, rey de los amorreos;

a Hog, rey de Basán,

y a todos los reyes de Canaán.

Y dio su tierra en heredad,

en heredad a Israel, su pueblo.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. El Señor es grande, nuestro dueño más que todos los dioses.

 

 

Ant. 2. Casa de Israel, bendecid al Señor; tañed para su nombre, que es amable.

 

Salmo 134 (II)

 

Señor, tu nombre es eterno;

Señor, tu recuerdo de edad en edad.

Porque el Señor gobierna a su pueblo

y se compadece de sus siervos.

 

Los ídolos de los gentiles son oro y plata,

hechura de manos humanas:

tienen boca y no hablan,

tienen ojos y no ven,

 

tienen orejas y no oyen,

no hay aliento en sus bocas.

Sean lo mismo los que los hacen,

cuantos confían en ellos.

 

Casa de Israel, bendice al Señor;

casa de Aarón, bendice al Señor;

casa de Leví, bendice al Señor;

fieles del Señor, bendecid al Señor.

 

Bendito en Sión el Señor,

que habita en Jerusalén.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 2. Casa de Israel, bendecid al Señor; tañed para su nombre, que es amable.

 

 

Ant. 3. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

 

Cántico: Ap 15, 3-4

 

Grandes y maravillosas son tus obras,

Señor, Dios omnipotente,

justos y verdaderos tus caminos,

¡oh Rey de los siglos!

 

¿Quién no temerá, Señor

y glorificará tu nombre?

Porque tú solo eres santo,

porque vendrán todas las naciones

y se postrarán en tu acatamiento,

porque tus juicios se hicieron manifiesto.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

 

 

LECTURA BREVE           St 1, 2-4

 

Hermanos míos: Teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas. Sabed que, al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia. Y si la constancia llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros, sin falta alguna.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Cristo nos amó y nos ha librado, por su sangre.

R. Cristo nos amó y nos ha librado, por su sangre.

 

V. Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.

R. Por su sangre.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Cristo nos amó y nos ha librado, por su sangre.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

 

 

PRECES

 

Invoquemos al Señor Jesús, a quien el Padre entregó por nuestros pecados y lo resucitó para nuestra justificación, diciendo:

Señor, ten piedad de tu pueblo.

 

Escucha, Señor, nuestras súplicas, perdona los pecados de los que se confiesan culpables,

— y, en tu bondad, otórganos el perdón y la paz.

 

Tú que por el Apóstol nos han enseñado que, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia,

— perdona con largueza nuestros muchos pecados.

 

Hemos pecado mucho, Señor, pero confiamos en tu misericordia infinita;

— vuélvete a nosotros, para que podamos convertirnos a ti.

 

Salva a tu pueblo de los pecados, Señor,

— y sé benévolo con nosotros.

 

Tú que abriste las puertas del paraíso al ladrón arrepentido, que te reconoció como salvador,

— ábrelas también para nuestros difuntos.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Reconociendo que nuestra fuerza para no caer en la tentación se halla en Dios, digamos confiadamente:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Señor, tú que has suscitado en san Juan Bosco un padre y un maestro para la juventud, danos también a nosotros un celo infatigable y un amor ardiente, que nos impulse a entregarnos al bien de los hermanos y a servirte a ti en ellos con fidelidad. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

La “Carta Magna” del Reino

Las palabras de Jesús, como las de un nuevo Moisés, son una especie de cuerpo “constitucional” del nuevo Pueblo de Dios. No se trata de una nueva normativa externa, como las tablas de la Ley que nunca se llegaron a cumplir, sino la propuesta de un camino en el marco de una Nueva Alianza, que marca los hitos fundamentales de un nuevo concepto de felicidad. Porque lo que se nos promete es la felicidad que Dios ha querido para la humanidad. Y ése es el verdadero camino.

Lejos de la prepotencia y el ansia de riqueza y de consumo se nos abre el horizonte de un nuevo “decrecimiento” cuyo núcleo lo constituye la opción por el “ser” en vez de por el “tener” y, por tanto la consiguiente opción por la fraternidad y el “nosotros” antes que por el individualismo. El “ser” lleva a la misericordia, la compasión, la solidaridad, la paz y la justicia. Todo otro camino sólo conduce a la desdicha personal y a la de toda la humanidad.

UN TEXTO

“Convertirse a Dios no significa decidirse por una vida más infeliz y fastidiosa, sino orientar la propia libertad hacia una existencia más humana, más sana y, en definitiva, más dichosa, aunque ello exija sacrificios y renuncia. Ser feliz siempre tiene sus exigencias.

Ser cristiano es aprender a “vivir bien” siguiendo el camino abierto por Jesús. Las bienaventuranzas son el núcleo más significativo y “escandaloso” de ese camino. Hacia la felicidad se camina con corazón sencillo y transparente, con hambre y sed de justicia, trabajando por la paz con entrañas de misericordia, soportando el peso del camino con mansedumbre. Este camino diseñado en las bienaventuranzas lleva a conocer ya en esta tierra la felicidad vivida y experimentada por el mismo Jesús” (J. A. Pagola, El camino abierto por Jesús. Mateo, Ed. PPC, Madrid 2010, pág. 61)

UN POEMA

Dichosos vosotros,
que apostáis por lo mágico y lo invisible
y el talante poético.
porque veréis más allá de todo.

Dichosos vosotros,
que tendéis puentes de encuentro
y abrís túneles de comunicación.
Porque facilitáis los abrazos,
y los besos también son vuestros.
Dichosos vosotros,
que escucháis atentamente,
esperáis en silencio,
dáis tiempo y maduráis por dentro.
Porque la impaciencia
no malogrará vuestros impulsos.
Dichosos cuando jugáis
enfrascados, entregados,
despreocupados como niños.
Porque vuestra alma aún confía.
Dichosos cuando arrimáis el hombro
y dais la cara por la solidaridad.
Porque se puede contar con vosotros.
Dichosos cuando lloráis
de pena o de alegría,
o de rabia o de emoción.
Porque todavía tenéis remedio.
Dichosos vosotros
si dais la mano
y con ella os dais a vosotros.
Dichosos vosotros
si anteponéis el bien común
a vuestros intereses particulares.
Dichosos vosotros
si renunciáis al pluriempleo
en favor de los desempleados.
Dichosos,
no los incautos, los ingenuos,
sino los sencillos, los transparentes.
Dichosos
no los empobrecidos, los indigentes,
sino los que eligen vivir austeramente.
Dichosos
no lo de manos limpias,
sino los limpios de corazón y manos sucias.
Joaquín Suárez,
“Los otros Salmos”,
Ed. Sal Terrae, Santander 1992, págs. 192-193 

UN SÍMBOLO / GESTO

Al finalizar la homilía, o durante ella, van subiendo al presbiterio 8 personas que llevan 8 corazones negros por un lado, en los que va escrita una palabra correspondiente a lo contrario de cada bienaventuranza. Por contraste, dan la vuelta al corazón y su color es ahora rojo, con la palabra de la bienaventuranza correspondiente:

RIQUEZA
INDIFERENCIA
SUPERFICIALIDAD
INJUSTICIA
CORRUPCIÓN
VIOLENCIA
CONFORMISTAS
 

DECRECIMIENTO
MISERICORDIA
COMPUNCIÓN
HAMBRE Y SED DE JUSTICIA
LIMPIEZA DE CORAZÓN
PAZ
PERSEGUIDOS

Comentario al evangelio de hoy (31 de enero)

Un grupo notable de enseñanzas de Jesús es designado como “las parábolas del contraste”. En ellas Jesús resalta la sorpresa que causa la aparente contradicción entre el comienzo y el final: un comienzo que en apariencia es nada frente a un final que es plenitud. Lo veíamos hace un par de días con la parábola del sembrador impertérrito: al comienzo sólo había fracasos, sementeras frustradas; al final apareció una cosecha superior a todo lo imaginable.

Hoy se nos ofrecen dos parábolas que tienen ese mismo sentido. No hay proporción entre la semilla pequeñísima que se siembra y el árbol que de ella llega a surgir (observemos de pasada que, aunque nuestras matas de mostaza no pasan de metro y medio y en ellas no pueden anidar los pájaros, junto al lago de Galilea crecen hasta tres metros). Y el paso de semilla a árbol es un proceso misterioso, que se realiza de manera imperceptible, pero de forma continuada e indefectible. La parábola de la semilla que crece por sí misma, sin que el hortelano perciba cómo, puede servir de explicación generalizante o comentario a la del grano de mostaza. Jesús no podía percibir allí sino el actuar sorprendente y admirable del Dios creador.

Este tipo de enseñanza tuvo que ser muy frecuente, ¡y muy necesario!, en el ministerio de Jesús. Él quería transmitir esperanza a unas gentes que se tenían por pueblo elegido pero que, fijándose en tanta tribulación como habían padecido durante los seis últimos siglos, siempre sometidas a imperios fuertes y opresores, se sentían tentadas de pensar que Dios las había dejado de su mano. Por otro lado, Jesús quiere educar también en la esperanza al pequeño grupo de seguidores; éstos debieron de manifestar muchas veces su desencanto, al sentirse perseguidos por la autoridad política (“vete de aquí, que Herodes quiere matarte”: Lc 13,31) y por la religiosa (los escribas le tildan de actuar en connivencia con el diablo: Mc 3,22), y al percibir sus propias limitaciones como grupo, siempre propenso a pretensiones,  (“quién era el mayor”: Mc 9,34), envidias (“los diez se indignaron contra Santiago y Juan”: Mc 10,21), y rencores (“cuántas veces hay que perdonar al hermano”: Mt 18,21). ¡Malos mimbres había elegido el Maestro para tejer su cesto!

A todos estos factores de desilusión Jesús opone la bondad y el poder ilimitado del Padre, de ese Dios que –en frase de San Pablo- es capaz de “vivificar a los muertos y llamar a lo que no existe a la existencia” (Rm 4,17).

Pero Jesús no remitió solamente al principio teológico del poder ilimitado de Dios; invitó a abrir los ojos y percibir cosas que ya estaban sucediendo en presencia de sus oyentes: “dichosos vuestros ojos por lo que ven” (Lc 10,23); “si yo por el dedo de Dios… es que el Reino ha llegado a vosotros” (Lc 11,20). Los discípulos tienen ante sus ojos ejemplos luminosos, como el del convertido Zaqueo, que reparte sus bienes (Lc 19,8), o la viejecita, que da limosna hasta quedarse sin nada (Mc 12,44), y tantos más.

Aprendamos nosotros a percibir los numerosos signos de Reino de Dios que nos rodean, y no tanto los signos del antirreino residual que nos hieren; y, cuando confesemos a Dios como creador y señor del cielo y de la tierra, hagámoslo con convicción y extraigamos las consecuencias inmediatas e ineludibles, aunque no siempre del todo perceptibles.

Severiano Blanco cmf

Viernes III Tiempo Ordinario

Hoy es viernes, 31 de enero.

Jesús vive y habla en el camino y dice palabras sencillas para que todos podamos entenderle. Habla de vida que se siembra, que se cuida con paciencia y florece. De cosas pequeñas que creen hasta poder acoger y cobijar ellas mismas la vida. Habla de cosas sencillas, que encierran en ellas cuanto merece la pena. Jesús nos habla de las cosas que sembramos y que crecen mientras dormimos, sin que sepamos como. Nosotros sembramos quizá y las cosas  creen según él lo determina, sin que comprendamos el misterio que encierra. Como un maestro trata a los niños pequeños, Jesús nos enseña con parábolas y lo que no entendemos nos los explica al oído suavemente.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 4, 26-34):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.»

Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.»

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Hay un tiempo para sembrar, para germinar. Hay un tiempo  para crecer y un tiempo para dar fruto. Un tiempo para la cosecha. Todos pasamos por estos momentos a lo largo de nuestra vida, una y otra vez. A veces somos una semilla pequeña, a veces echamos ramas en las que se cobijan los pájaros. A la luz del evangelio intentamos reconocer el momento que vivimos. Intentamos saber si somos semillas o para nosotros ya es tiempo de dar fruto.

La vida nos envuelve con su misterio. La semilla se siembra en nosotros y a nuestro alrededor. Y crecen sin saber nosotros cómo. Nosotros mismos somos semillas que crecen y se preparan para dar fruto. Nos alimentamos de nuestras raíces, tenemos nuestras ramas para acoger la vida que nos reclama. Nos fundimos con el misterio del Reino de Dios, mientras Jesús nos explica todo con  palabras que podemos entender, acomodándose a nosotros.

¿Cómo enterrar los sueños, los deseos, las metas, en la tierra de lo concreto, donde acaso nada brote? ¿Cómo  sepultar la voz que lucha por hacerse oír? ¿Cómo encarnar sin sucumbir al miedo? Verbos difíciles que hablan de renuncia, de sacrificio, de entrega. ¿Cómo cargar con la cruz ingrata, austera, desnuda, que a veces te sepulta bajo su peso insoportable? Pero tú vuelves fecundo el suelo antes estéril. Contigo y a tu manera, echan raíz las historias enterradas y brota un árbol frondoso, cuyos frutos saciarán mil hambres. Tu verbo habla de amor, de encuentro, de una alianza indestructible. Y aunque no siempre se vea, los crucificados dejarán las cruces, vencedores, al fin, en esa batalla que es la vida.

Jesús nos busca y se encuentra con nosotros en el camino. Nos habla en el camino con palabras que podemos entender. Y caminamos junto a él, esperando, deseando que llegue para nosotros el tiempo de cosecha.

Tú has abierto nuestra tierra a tu siembra.
Cada uno de nosotros somos el surco
en el que siembras el excelente grano de tu Eucaristía.
Gracias te sean dadas:
¡nace el trigo de tu recolección,
crece tu mies!
¡Serán hermosos tus graneros
en la eternidad!

Laudes – Viernes III Tiempo Ordinario

VIERNES III SEMANA TIEMPO ORDINARIO

San Juan Bosco, presbítero

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

 

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

 

INVITATORIO

 

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

 

Salmo 94

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

 

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

 

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

La noche, el caos, el terror,

cuanto a las sombras pertenece

siente que el alba de oro crece

y anda ya próximo el Señor.

 

El sol, con lanza luminosa,

rompe la noche y abre el día;

bajo su alegre travesía,

vuelve el color a cada cosa.

 

El hombre estrena claridad

de corazón, cada mañana;

se hace la gracia más cercana

y es más sencilla la verdad.

 

¡Puro milagro de la aurora!

Tiempo de gozo y eficacia:

Dios con el hombre, todo gracia

bajo la luz madrugadora.

 

¡Oh la conciencia sin malicia!

¡La carne, al fin, gloriosa y fuerte!

Cristo de pie sobre la muerte,

y el sol gritando la noticia.

 

Guárdanos tú, Señor del alba,

puros, austeros, entregados;

hijos de luz resucitados

en la Palabra que nos salva.

 

Nuestros sentidos, nuestra vida,

cuanto oscurece la conciencia

vuelva a ser pura transparencia

bajo la luz recién nacida. Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Contra ti, contra ti solo pequé, Señor, ten misericordia de mí.

 

Salmo 50

 

Misericordia, Dios mío, por tu bondad;

por tu inmensa compasión borra mi culpa;

lava del todo mi delito,

limpia mi pecado.

 

Pues yo reconozco mi culpa,

tengo siempre presente mi pecado:

contra ti, contra ti solo pequé,

cometí la maldad que aborreces.

 

En la sentencia tendrás razón,

en el juicio brillará tu rectitud.

Mira, que en la culpa nací,

pecador me concibió mi madre.

 

Te gusta un corazón sincero,

y en mi interior me inculcas sabiduría.

Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;

lávame: quedaré más blanco que la nieve.

 

Hazme oír el gozo y la alegría,

que se alegren los huesos quebrantados.

Aparta de mi pecado tu vista,

borra en mí toda culpa.

 

¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme;

no me arrojes lejos de tu rostro,

no me quites tu santo espíritu.

 

Devuélveme la alegría de tu salvación,

afiánzame con espíritu generoso:

enseñaré a los malvados tus caminos,

los pecadores volverán a ti.

 

Líbrame de la sangre, ¡oh Dios,

Dios, Salvador mío!,

y cantará mi lengua tu justicia.

Señor, me abrirás los labios,

y mi boca proclamará tu alabanza.

 

Los sacrificios no te satisfacen;

si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado:

un corazón quebrantado y humillado

tú no lo desprecias.

 

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,

reconstruye las murallas de Jerusalén:

entonces aceptarás los sacrificios rituales,

ofrendas y holocaustos,

sobre tu altar se inmolarán novillos.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Contra ti, contra ti solo pequé, Señor, ten misericordia de mí.

 

 

Ant. 2. Reconocemos, Señor, nuestra impiedad; hemos pecado contra ti.

 

Cántico: Jr 14, 17-21

 

Mis ojos se deshacen en lágrimas,

día y noche no cesan:

por la terrible desgracia de la doncella de mi pueblo,

una herida de fuertes dolores.

 

Salgo al campo: muertos a espada;

entro en la ciudad: desfallecidos de hambre;

tanto el profeta como el sacerdote

vagan sin sentido por el país.

 

¿Por qué has rechazado del todo a Judá?

¿Tiene asco tu garganta de Sión?

¿Por qué nos has herido sin remedio?

Se espera la paz, y no hay bienestar,

al tiempo de la cura sucede la turbación.

 

Señor, reconocemos nuestra impiedad,

la culpa de nuestros padres,

porque pecamos contra ti.

 

No nos rechaces, por tu nombre,

no desprestigies tu trono glorioso;

recuerda y no rompas tu alianza con nosotros.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Reconocemos, Señor, nuestra impiedad; hemos pecado contra ti.

 

 

Ant. 3. El Señor es Dios, y nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

 

Salmo 99

 

Aclama al Señor, tierra entera,

servid al Señor con alegría,

entrad en su presencia con vítores.

 

Sabed que el Señor es Dios:

que él nos hizo y somos suyos,

su pueblo y ovejas de su rebaño.

 

Entrad por sus puertas con acción de gracias,

por sus atrios con himnos,

dándole gracias y bendiciendo su nombre:

 

“El Señor es bueno,

su misericordia es eterna,

su fidelidad por todas las edades.”

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. El Señor es Dios, y nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

 

 

LECTURA BREVE           2Co 12, 9b-10

 

Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. En la mañana, hazme escuchar tu gracia.

R. En la mañana, hazme escuchar tu gracia.

 

 

V. Indícame el camino que he de seguir.

R. Hazme escuchar tu gracia.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. En la mañana, hazme escuchar tu gracia.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. El Señor ha visitado y redimido a su pueblo

 

Cántico de Zacarías: Lc 1, 68-79

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. El Señor ha visitado y redimido a su pueblo

 

 

PRECES

 

Elevemos los ojos a Cristo, que nació murió y resucitó por su pueblo, diciendo confiados:

Salva, Señor, a los que redimiste con tu sangre.

 

Te bendecimos, Señor, a ti que por nosotros aceptaste el suplicio de la cruz,

— y nos redimiste con tu preciosa sangre.

 

Tú que prometiste a los que en ti creyeran un agua que salta hasta la vida eterna,

— derrama tu Espíritu sobre todos los hombres.

 

Tú que enviaste a los discípulos a predicar el Evangelio,

— ayúdalos, para que extiendan la victoria de la cruz.

 

A los enfermos y a todos los que has asociado a los sufrimientos de tu pasión,

— concédeles fortaleza y paciencia.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Llenos del Espíritu de Jesucristo, acudamos a nuestro Padre común, diciendo:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Señor, tú que has suscitado en san Juan Bosco un padre y un maestro para la juventud, danos también a nosotros un celo infatigable y un amor ardiente, que nos impulse a entregarnos al bien de los hermanos y a servirte a ti en ellos con fidelidad. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.