Para la homilía

La liturgia de este domingo nos presenta el relato de las Bienaventuranzas. La primera de ellas: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” vincula esta narración con la proclamada el domingo anterior cuando Jesús anuncia: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.”

Nos encontramos ante el primero de los cinco discursos que Mateo incluye en su Evangelio. En este discurso conocido como el Sermón del Monte, el evangelista ha agrupado y organizado las palabras de Jesús con la intención de proporcionar a su comunidad una serie de enseñanzas básicas para la vida cristiana que habría servido de referencia a muchas comunidades cristianas diferenciándolas así de los códigos éticos del judaísmo.

El Sermón del Monte se abre con una declaración solemne, en la que el reino de los cielos anunciado por Jesús aparece como buena noticia para los pobres. Esta solemne declaración constituye la obertura del discurso, en la que se propone el estilo de vida que se hace presente con la llegada del reino. Éste exige conversión y cambio de vida.

En este sentido la lectura de la primera carta a los Corintios del domingo anterior y de éste, hace de contrapunto a lo proclamado en los correspondientes evangelios dominicales. En ellos se habla de una nueva vida a la que debemos dejar paso y que contrasta con la realidad de lo que está sucediendo en la comunidad de Corinto. San Pablo se enteró que en ella se estaban formando grupos que disputaban a ver quién era el más auténtico. Aquellas diatribas partidistas que alimentaban los prejuicios y daban pábulo a todo tipo de enfrentamientos entre unos y otros fueron cortadas en seco.

Harto de tantas desavenencias, san Pablo tomó cartas en el asunto: “Fijaos a quiénes os llamó Dios: no a muchos intelectuales, ni a muchos poderosos, ni a muchos de buena familia; todo lo contrario: lo necio del mundo se lo escogió Dios para humillar a los sabios; y lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a lo fuerte” [1Cor 1, 26-27] No hay nada como el dato de realidad para situarnos de nuevo. A los de Corinto se les fue la mano y Pablo puso a unos y a otros en su sitio.

Con estas palabras, san Pablo saca el conflicto entre las distintas facciones del ámbito de los pareceres opinables y lo pone en referencia a una evidencia incuestionable que desarma posturas enconadas. Es un cambio de registro que obliga a todos a posicionarse de otra manera. Es una conversión necesaria en la que todos deberíamos andar metidos. Y para ello deberíamos, quizá, pedir la intercesión de los pobres, de los que lloran, de los que sufren, de los que pasan hambre y sed, de los misericordiosos, de los que trabajan por la paz. De ellos es el Reino de los cielos.

Ignacio Dinnbier Carrasco 

Comentario al evangelio de hoy (30 de enero)

Muchos de los refranes que el evangelio acaba de ofrecernos los hemos dicho nosotros quizá repetidas veces. ¿No hemos justificado ciertos males diciendo que “el que la hace la paga”? ¿No hemos dicho más de una vez, para explicar ciertos enriquecimientos, que “dinero llama dinero” o que “al que tiene se le dará”?

Jesús se inculturó plenamente en su pueblo y usó los mismos aforismos que sus contemporáneos. Para nosotros el problema consiste en no saber, en muchos casos, en qué situación concreta pronunció esos dichos de sabiduría popular, y por tanto, qué sentido quiso darles. Es incluso posible que los haya dicho más de una vez y con sentido diferente, según oyentes y circunstancias. De hecho, algunos de esos refranes los encontramos en los evangelios varias veces y para ilustrar enseñanzas diversas; el dicho de “lo oculto que se manifestará” lo usa Marcos para indicar que Jesús aclara las parábolas a sus discípulos, mientras que en Lucas significa que es inútil el esfuerzo de los hipócritas por fingir, pues la verdad acabará sabiéndose (Lc 12,2); Mateo, por su parte, lo utiliza para exhortar a los discípulos a la predicación a pesar de las posibles persecuciones que pueda suscitar (cf. Mt 10,26).

Por lo que se refiere al evangelio de hoy, que es una colección de cuatro refranes, podemos captar el sentido que les da el evangelista Marcos por el contexto en que los incluye. En el bloque precedente, que comentábamos ayer, se nos muestra cómo Jesús explica a los discípulos el sentido de la parábola del sembrado; se trata justamente de que la luz no quede oculta, sino que alumbre a todos. La comprensión de la palabra de Jesús no debe quedar reservada a un grupo esotérico; todo creyente está llamado a crecer en su comprensión, y, una vez que la ha comprendido, a comunicarla a otros; la luz no debe taparse con un cajón. Jesús, el primero de los heraldos del Reino de Dios, quiere que su acción sea prolongada por nosotros.

La correspondencia de medidas nos habla de una cierta ley de la retribución. A los discípulos de Jesús, por estar abiertos a él, se les comunica el misterio del Reino; son los que tienen, y a ellos se les da todavía más, son los que tienen receptividad, “apertura” , y a ellos se les “abre” el secreto del Reino de Dios. En cambio, a los que se cierran o endurecen, como consecuencia de ese endurecimiento, todo les resulta un enigma; se cierran a la palabra y a ellos se les cierra el contenido de la misma; hasta lo poco que sabían se les va a olvidar.

En conjunto hay una advertencia y una promesa. Advertencia: cuidado con actitudes autosuficientes, escépticas, o hipercríticas; nos empobrecerán. Promesa: tenemos posibilidades de crecer en la comprensión de lo divino; cuanta más hambre tengamos de ello, más alimento se nos dará. La sabiduría dice de sí misma: “los que de mí comen tienen más hambre de mí, y más sed de mí los que de mí beben” (Eclesiástico 24,21). Y la penetración en lo divino nunca concluye, pues, como decía San Juan de la Cruz, “hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que por más que los santos doctores y las almas santas ahonden, nunca les hallan fin ni término”.

Severiano Blanco cmf

Jueves III Tiempo Ordinario

Hoy es jueves, 30 de enero.

Este rato que te dispones a pasar en oración, no es un momento cualquiera del día. Esta oración es un regalo, una oportunidad. Jesús te está esperando. Y a través del evangelio de hoy, te invita a la misión, a confiar en él, a participar desde ya en el anuncio y realización del Reino. ¿Quién puede resistirse a participar, si es Jesús el que lo pide?

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 4, 21-25):

«Dijo Jesús a la gente: ¿Acaso se enciende la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo de la cama? ¿No se pone en el candelero? Pues no hay cosa escondida que no haya de saberse, ni hecho oculto que no haya de ser manifiesto. Si alguno tiene oídos para oír, que oiga. Y les decía: Prestad atención a lo que oís. Con la medida con que midáis, se os medirá, y aún se os añadirá. Porque al que tiene, se le dará; y al que no tiene, incluso lo que tiene se le quitará.»

La Palabra de Dios, la buena noticia del Reino, se nos ha entregado gratuitamente. Pero no para guardarla cuidadosamente para nosotros solos, y salvarnos. Eso sería poner la lámpara debajo del celemín, un comportamiento estúpido y egoísta. La buena noticia del reino se nos ha entregado para proclamarla a los cuatro vientos, para levantarla en alto, como lámpara encendida para que alumbre a todos los hombres. La fe ha de tener fuerza misionera. Y no la ha recibido de verdad, quien no siente la necesidad y urgencia de transmitirla. En el bautismo Dios nos iluminó con la fe y nos hizo luz para iluminar a los demás. “Vosotros sois la luz del mundo”, dijo Jesús. No lo olvidemos: lo nuestro es iluminar, expandir la fuerza salvadora de la Palabra recibida. Juan Pablo II, recordaba a los jóvenes, lo de santa Catalina de Siena: “si sois lo que debéis ser prenderéis fuego al mundo entero”. Señor, que lo seamos todos los cristianos. Que lo sea yo.

Los Apóstoles -y tantos cristianos que vinieron después- no escondieron la lámpara “debajo del celemín”. Y porque la transmitieron de generación en generación, la luz de Cristo -Luz del mundo- ha llegado hasta nosotros. Ahora nos toca a nosotros pasarla. Me toca a mí. ¿Lo hago? ¡Cuántos cristianos andan con la luz apagada o escondida! Y después nos sorprendemos de la descristianización de la gente de nuestro tiempo… ¿Qué hago con la fe, con la buena noticia del reino que se me ha regalado: la transmito, soy testigo de la Luz para los que conviven conmigo, me tratan y conocen?; ¿vivo yo como hijo de la luz?; ¿es la mía  una  vida iluminada por Cristo: una vida de  amor a Dios y amor a los demás,  de entrega, de servicio…? “Si alguno tiene oídos para oír que oiga.” Señor, que los cristianos de este generación prestemos oído al encargo que nos has hecho. Que lo escuche yo.

 “Y les decía: Prestad atención a lo que oís. Con la medida con que midáis, se os medirá, y aún se os añadirá. Porque al que tiene, se le dará; y al que no tiene, incluso lo que tiene se le quitará.»”. Escuchar la Palabra. Meditarla, rumiarla. Guardarla en el corazón. Dejar que la Palabra tome posesión de nosotros y nos habite. Quien esto hace, experimenta que su fe crece y madura, que su vida va cambiando, que cada vez más –y con menos esfuerzo- brotan en ella las buenas obras del Reino, convirtiéndose así en auténtico y luminoso testigo de Cristo. Pero quien no se abre a la Palabra, quien no la acoge y la lleva a la práctica, experimentará que hasta la fe lánguida y rutinaria que vive se le irá muriendo, y, al final, se encontrará con las manos vacías ante Dios. Señor, dame cada vez más hambre de ti, de tu palabra, de tu amor. Que descubra, por fin, que la medida del amor es amar sin medida.

Ahora que vas a volver a leer el evangelio, presta atención a las palabras que Jesús te dirige a ti, a lo que te invita hoy que hagas con su Palabra.

A la hora de lanzarse a construir y anunciar el Reino, no valen falsas seguridades ni miedos. Lo principal es la confianza en Jesús. Repasa con el Señor todo aquello que debes ofrecer al andar por el camino. Aquello que no te permite ponerte por entero a su servicio. Finaliza esta oración rezando el Padre nuestro, deteniéndote en el punto aquel en el que decimos: venga  nosotros tu Reino.

Reflejo de la Gloria de Dios,
Señor Jesús, ten piedad de nosotros
y revélanos su rostro.

Camino real que conduce al Padre,
sé tú nuestro camino
y ten piedad de nosotros.

Verbo eterno que expresas la ternura de Dios,
sé tú nuestra oración
y ten piedad de nosotros.

Laudes – Jueves III Tiempo Ordinario

JUEVES III SEMANA TIEMPO ORDINARIO

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

 

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

 

INVITATORIO

 

Ant. Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.

 

Salmo 94

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

 

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

 

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

Autor del cielo y el suelo,

que, por dejarlas más claras,

las grandes aguas separas,

Tú quedas cauce al riachuelo

y alzas la nube a la altura,

tú que en cristal de frescura

sueltas las aguas del río

sobre las tierras de estío,

sanando su quemadura,

danos tu gracia, piadoso,

para que el viejo pecado

no lleve al hombre engañado

a sucumbir a su acoso.

Hazle en al fe luminoso,

alegre en la austeridad,

y hágale tu claridad

salir de sus vanidades;

dale, Verdad de verdades,

el amor a tu verdad. Amén

           

 

SALMODIA

 

Ant. 1. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!

 

Salmo 86

 

Él la ha cimentado sobre el monte santo,

y el Señor prefiere las puertas de Sión

a todas las moradas de Jacob.

 

¡Qué pregón tan glorioso para ti,

ciudad de Dios!

«Contaré a Egipto y a Babilonia

entre mis fieles;

filisteos, tirios y etíopes

han nacido allí.»

 

Se dirá de Sión: «Uno por uno

todos han nacido en ella;

el Altísimo en persona la ha fundado.»

 

El Señor escribirá en el registro de los pueblos:

«Éste ha nacido allí.»

Y cantarán mientras danzan:

«Todas mis fuentes están en ti.»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!

 

 

Ant. 2. El Señor llega con poder, y su recompensa lo precede.

 

Cántico: Is 40, 10-17

 

Mirad, el Señor Dios llega con poder,

y su brazo manda.

Mirad, viene con él su salario

y su recompensa lo precede.

 

Como un pastor que apacienta el rebaño,

su brazo lo reúne,

toma en brazos los corderos

y hace recostar a las madres.

 

¿Quién ha medido a puñados el mar

o mensurado a palmos el cielo,

o a cuartillos el polvo de la tierra?

 

¡Quién ha pesado en la balanza los montes

y en la báscula las colinas?

¿Quién ha medido el aliento del Señor?

¿Quién le ha sugerido su proyecto?

 

¿Con quién se aconsejó para entenderlo,

para que le enseñara el camino exacto,

para que le enseñara el saber

y le sugiriese el método inteligente?

 

Mirad, las naciones son gotas de un cubo

y valen lo que el polvillo de balanza.

Mirad, las islas pesan lo que un grano,

el Líbano no basta para leña,

sus fieras no bastan para el holocausto.

 

En su presencia, las naciones todas, como si no existieran,

son ante él como nada y vacío.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. El Señor llega con poder, y su recompensa lo precede.

 

 

Ant. 3. Ensalzad al Señor, Dios nuestro, postraos ante el estrado de sus pies.

 

Salmo 98

 

El Señor reina, tiemblen las naciones;

sentado sobre querubines, vacile la tierra.

 

El Señor es grande en Sión,

encumbrado sobre todos los pueblos.

Reconozcan tu nombre, grande y terrible:

Él es Santo.

 

Reinas con poder y amas la justicia,

tú has establecido la rectitud;

tú administras la Justicia y el derecho,

tú actúas en Jacob.

 

Ensalzad al Señor, Dios nuestro;

postraos ante el estrado de sus pies:

Él es Santo.

 

Moisés y Aarón con sus sacerdotes,

Samuel con los que invocan su nombre,

invocaban al Señor, y él respondía.

 

Dios les hablaba desde la columna de nube;

oyeron sus mandatos y la ley que les dio.

Señor, Dios nuestro, tú les respondías,

tú eras para ellos un Dios de perdón

y un Dios vengador de sus maldades.

Ensalzad al Señor, Dios nuestro;

postraos ante su monte santo:

Santo es el Señor, nuestro Dios.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 3. Ensalzad al Señor, Dios nuestro, postraos ante el estrado de sus pies.

 

 

LECTURA BREVE           1P 4, 10-11

 

Que cada uno, con el don que ha recibido, se ponga al servicio de los demás, como buenos administradores de la múltiple gracia de Dios. El que toma la palabra, que hable palabra de Dios. El que se dedica al servicio, que lo haga en virtud del encargo recibido de Dios. Así, Dios será glorificado en todo, por medio de Jesucristo.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Te invoco de toco corazón, respóndeme, Señor.

R. Te invoco de toco corazón, respóndeme, Señor.

 

V. Guardaré tus leyes.

R. Respóndeme, Señor.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Te invoco de toco corazón, respóndeme, Señor.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. Sirvamos al Señor con santidad, y nos librará de nuestros enemigos.

 

Cántico de Zacarías: Lc 1, 68-79

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. Sirvamos al Señor con santidad, y nos librará de nuestros enemigos.

 

 

PRECES

 

Demos gracias al Señor, que dirige y guía con amor a su pueblo, y digámosle:

Gloria a ti, Señor, por los siglos.

 

Padre clementísimo, te alabamos por tu amor,

— porque de manera admirable nos creaste, y más admirablemente aún nos redimiste.

 

Al comenzar este nuevo día, pon en nuestros corazones el anhelo de servirte,

— para que te glorifiquemos en todos nuestros pensamientos y acciones.

 

Purifica nuestros corazones de todo mal deseo,

— y haz que estemos siempre atentos a tu voluntad.

 

Danos un corazón abierto a las necesidades de nuestros hermanos,

— para que a nadie falte la ayuda de nuestro amor.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Acudamos ahora a nuestro Padre celestial, diciendo:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Dios todopoderoso y eterno: a los pueblos que viven en tinieblas y en sombra de muerte, ilumínalos con tu luz, ya que con ella nos ha visitado el Sol que nace de lo alto, Jesucristo, nuestro Señor. Que vive y reina contigo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Oficio de lecturas – Jueves III Tiempo Ordinario

OFICIO DE LECTURA 

Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.


Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.



Himno: CON GOZO EL CORAZÓN CANTE LA VIDA

Con gozo el corazón cante la vida,
presencia y maravilla del Señor,
de luz y de color bella armonía,
sinfónica cadencia de su amor.

Palabra esplendorosa de su Verbo,
cascada luminosa de verdad,
que fluye en todo ser que en él fue hecho
imagen de su ser y de su amor.

La fe cante al Señor, y su alabanza,
palabra mensajera del amor,
responda con ternura a su llamada
en himno agradecido a su gran don.

Dejemos que su amor nos llene el alma
en íntimo diálogo con Dios,
en puras claridades cara a cara,
bañadas por los rayos de su sol.

Al Padre subirá nuestra alabanza
por Cristo, nuestro vivo intercesor,
en alas de su Espíritu que inflama
en todo corazón su gran amor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Salmo 88,39-53 – IV: LAMENTACIÓN POR LA CAÍDA DE LA CASA DE DAVID

Tú, encolerizado con tu Ungido,
lo has rechazado y desechado;
has roto la alianza con tu siervo
y has profanado hasta el suelo su corona;

has derribado sus murallas
y derrocado sus fortalezas;
todo viandante lo saquea,
y es la burla de sus vecinos;

has sostenido la diestra de sus enemigos
y has dado el triunfo a sus adversarios;
pero a él le has embotado la espada
y no lo has confortado en la pelea;

has quebrado su cetro glorioso
y has derribado su trono;
has acortado los días de su juventud
y lo has cubierto de ignominia.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Ant 2. Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana.

Salmo 88,39-53 – V

¿Hasta cuándo, Señor, estarás escondido
y arderá como un fuego tu cólera?
Recuerda, Señor, lo corta que es mi vida
y lo caducos que has creado a los humanos.

¿Quién vivirá sin ver la muerte?
¿Quién sustraerá su vida a la garra del abismo?
¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia
que por tu fidelidad juraste a David?

Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos:
lo que tengo que aguantar de las naciones,
de cómo afrentan, Señor, tus enemigos,
de cómo afrentan las huellas de tu Ungido.

Bendito el Señor por siempre. Amén, amén.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Yo soy el renuevo y el vástago de David, la estrella luciente de la mañana.

Ant 3. Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

Salmo 89 – BAJE A NOSOTROS LA BONDAD DEL SEÑOR

Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.
Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.

Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vigilia nocturna.

Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.

¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada:
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.

Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.

¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción,
y sus hijos tu gloria.

Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

V. En ti, Señor, está la fuente viva.
R. Y tu luz nos hace ver la luz. 

PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 24, 1-27

ABRAHAM ENVÍA A BUSCAR MUJER PARA ISAAC

En aquellos días, Abraham era viejo, de edad avanzada, y el Señor lo había bendecido en todo. Abraham dijo al criado más viejo de su casa, que administraba todas las posesiones:
«Pon tu mano bajo mi muslo, y júrame por el Señor, Dios del cielo y Dios de la tierra, que, cuando le busques mujer a mi hijo, no la escogerás entre los cananeos, en cuya tierra habito, sino que irás a mi tierra nativa, y allí buscarás mujer a mi hijo Isaac.»

El criado contestó:

«Y, si la mujer no quiere venir conmigo a esta tierra, ¿tengo que llevar a tu hijo a la tierra de donde saliste?» Abraham le replicó:

«De ninguna manera lleves a mi hijo allá. El Señor, Dios del cielo, que me sacó de la casa paterna y del país nativo, que me juró: «A tu descendencia daré esta tierra», enviará su ángel delante de ti, y traerás de allí mujer para mi hijo. Pero, si la mujer no quiere venir contigo, quedas libre del juramento. Sólo que a mi hijo no lo lleves allá.»

El criado puso su mano bajo el muslo de Abraham, su amo, y le juró cumplirlo. Entonces, el criado tomó diez de los camellos de su amo y, llevando toda clase de regalos de su amo, se encaminó a Aram Naharaim, ciudad de Najor. Hizo arrodillarse a los camellos fuera de la ciudad, junto a un pozo, al atardecer; cuando suelen salir las aguadoras. Y dijo:

«Señor, Dios de mi amo Abraham, dame hoy una señal propicia y trata con amor a mi amo Abraham. Yo estaré junto a la fuente, cuando las muchachas de la ciudad salgan a por agua. Diré a una de las muchachas: «Por favor, inclina tu cántaro para que beba.» La que me diga: «Bebe, y también abrevaré tus camellos», ésa es la que has destinado para tu siervo Isaac. Así sabré que tratas con amor a mi amo.»

No había acabado de hablar, cuando salía Rebeca -hija de Betuel, el hijo de Milca, la mujer de Najor, el hermano de Abraham-, con el cántaro al hombro. La muchacha era muy hermosa y doncella; no había tenido que ver con ningún hombre. Bajó a la fuente, llenó el cántaro y subió. El criado corrió a su encuentro y le dijo:

«Déjame beber un poco de agua de tu cántaro.» Ella contestó:

«Bebe, señor mío.»

Y, en seguida, bajó el cántaro al brazo y le dio de beber. Cuando terminó, le dijo:

«Voy a sacar también para tus camellos, para que beban todo lo que quieran.»

Y, en seguida, vació el cántaro en el abrevadero, corrió al pozo a sacar más, y sacó para todos los camellos. El hombre la estaba mirando, en silencio, hasta saber si el Señor daba éxito a su viaje o no. Cuando los camellos terminaron de beber, el hombre tomó un anillo de oro de medio siclo y se lo puso en la nariz, y dos pulseras de oro de diez siclos para los brazos. Y le preguntó:

«Dime de quién eres hija, y si en casa de tu padre encontraremos sitio para pasar la noche.»

Ella contestó:

«Soy hija de Betuel, el hijo de Milca y de Najor.» Y añadió:

«También tenemos abundancia de paja y forraje, y sitio para pasar la noche.»

El hombre se inclinó en adoración al Señor, y dijo:

«Bendito sea el Señor, Dios de mi amo Abraham, que no ha olvidado su misericordia y fidelidad con su siervo. El Señor me ha guiado a la casa del hermano de mi amo.»

RESPONSORIO    Cf. Gn 24, 27; cf. 35, 3

R. Bendito sea el Señor, Dios de mi amo Abraham, que no ha olvidado su misericordia y fidelidad con su siervo. * El Señor me ha guiado por un camino recto.
V. Subamos y hagamos un altar al Dios que me acompañó en mi viaje.
R. El Señor me ha guiado por un camino recto.

SEGUNDA LECTURA

De los Sermones de Juan Mediocre de Nápoles, obispo
(Sermón 7: PLS 4, 785-786)

AMA AL SEÑOR Y SIGUE SUS CAMINOS

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Dichoso el que así hablaba, porque sabía cómo y de dónde procedía su luz y quién era el que lo iluminaba. Él veía la luz, no esta que muere al atardecer, sino aquella otra que no vieron ojos humanos. Las almas iluminadas por esta luz no caen en el pecado, no tropiezan en el mal.

Decía el Señor: Caminad mientras tenéis luz. Con estas palabras se refería a aquella luz que es él mismo, ya que dice: Yo he venido al mundo como luz, para que los que ven no vean y los ciegos reciban la luz. El Señor, por tanto, es nuestra luz, él es el sol de justicia que irradia sobre su Iglesia católica extendida por doquier. A él se refería proféticamente el salmista, cuando decía: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

El hombre interior, así iluminado, no vacila, sigue recto su camino, todo lo soporta. El que contempla de lejos su patria definitiva aguanta en las adversidades, no se entristece por las cosas temporales, sino que halla en Dios su fuerza; humilla su corazón y es constante, y su humildad lo hace paciente. Esta luz verdadera que viniendo a este mundo ilumina a todo hombre, el Hijo, revelándose a sí mismo, la da a los que lo temen, la infunde a quien quiere y cuando quiere.

El que vivía en tiniebla y en sombra de muerte, en la tiniebla del mal y en la sombra del pecado, cuando nace en él la luz se espanta de sí mismo y sale de su estado, se arrepiente, se avergüenza de sus faltas y dice: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Grande es, hermanos, la salvación que se nos ofrece. Ella no teme la enfermedad, no se asusta del cansancio, no tiene en cuenta el sufrimiento. Por esto debemos exclamar plenamente convencidos, no sólo con la boca, sino también con el corazón: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Si es él quien ilumina y quien salva, ¿a quién temeré? Vengan las tinieblas del engaño: el Señor es mi luz. Podrán venir, pero sin ningún resultado, pues, aunque ataquen nuestro corazón, no lo vencerán. Venga la ceguera de los malos deseos: el Señor es mi luz. Él es, por tanto, nuestra fuerza, él que se da a nosotros y nosotros a él. Acudid al médico mientras podéis, no sea que después queráis y no podáis.

RESPONSORIO    Sb 9, 10. 4

R. De tu trono de gloria envía, Señor, la sabiduría para que me asista en mis trabajos * y venga yo a saber lo que te es grato.
V. Dame, Señor, la sabiduría asistente de tu trono.
R. Y venga yo a saber lo que te es grato.

ORACIÓN.

OREMOS,
Dios todopoderoso y eterno, dirige nuestras acciones según tu voluntad, para que, invocando el nombre de tu Hijo, abundemos en buenas obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

Francisco explica que la Confirmación afianza nuestra relación con la Iglesia y nos concede una fuerza especial del Espí­ritu Santo para defender la fe y confesar el nombre de Cristo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En esta tercera catequesis sobre los Sacramentos, nos detenemos en el de la Confirmación, que debe ser entendida en continuidad con el Bautismo, al que está vinculada de manera inseparable. Estos dos sacramentos, junto con la Eucaristía, constituyen un único acontecimiento salvífico – que se llama “la iniciación cristiana” –, en el que somos insertados en Jesucristo muerto y resucitado y nos convertimos en nuevas criaturas y miembros de la Iglesia. He aquí la razón por la que originariamente estos tres Sacramentos se celebraban en un único momento, al final del camino catecumenal, que era normalmente en la Vigilia Pascual. Así se articulaba este itinerario de formación y de inserción gradual en la comunidad cristiana que podía durar también algunos años. Se hacía paso a paso, para llegar al Bautismo, después la Confirmación y la Eucaristía.

Comúnmente se habla del sacramento de la “Confirmación”, palabra que significa “unción”. Y, de hecho, a través del aceite llamado “sagrado Crisma”, somos conformados, en la potencia del Espíritu, a Jesucristo, el cual es el único y verdadero “ungido”, el “Mesías”, el Santo de Dios. Hemos escuchado en el Evangelio como Jesús lo lee en Isaías, lo vemos más adelante. Es el ungido. Soy enviado y estoy ungido para esta misión.
El término “Confirmación” nos recuerda que este Sacramento aporta un crecimiento de la gracia bautismal: nos une más firmemente a Cristo; lleva a cumplimiento nuestro vínculo con la Iglesia; nos da una especial fuerza del Espíritu Santo para difundir y defender la fe, para confesar el nombre de Cristo y para no avergonzarnos nunca de su cruz (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1303). Y por eso es importante ocuparse de que nuestros niños y nuestros jóvenes reciban este sacramento. Todos nosotros nos ocupamos de que sean bautizados y esto es bueno, ¿eh? Pero, quizás, no le damos tanta importancia a que reciban la Confirmación. ¡Se quedan a mitad camino y no reciben el Espíritu Santo!, ¿eh? Que es tan importante para la vida cristiana, porque nos da la fuerza para seguir adelante. Pensemos un poco, ¿eh? Cada uno de nosotros. ¿Verdaderamente nos preocupamos de que nuestros niños y nuestros jóvenes reciban la Confirmación? ¡Pero es importante esto, es importante! Y si vosotros en vuestra casa tenéis niños o jóvenes que todavía no la han recibido y ya tienen la edad para recibirla, haced todo lo posible para que terminen esta iniciación cristiana y que ellos reciban la fuerza del Espíritu Santo. ¡Pero es importante!

Naturalmente es importante ofrecer a los confirmandos una buena preparación, que debe estar pensada para conducirlos hacia una adhesión personal a la fe en Cristo y a despertar en ellos su sentido de pertenencia a la Iglesia.

La Confirmación, como todo Sacramento, no es obra de los hombres, sino de Dios, el cual cuida de nuestra vida para plasmarnos a imagen de su Hijo, para hacernos capaces de amar como Él. Él lo hace infundiendo en nosotros su Espiritu Santo, cuya acción impregna a toda la persona y toda la vida, como se refleja de los siete dones que la Tradición, a la luz de la Sagrada Escritura, ha siempre evidenciado. Estos siete dones, yo no os voy a preguntar si os acordáis de los siete dones, ¿no? Quizás todos los decís, pero no es necesario, ¿eh? Todos dirán son este y este, pero no lo hacemos. Lo digo yo en vuestro nombre ¡Eh!. ¿Y cuáles son los dones? la Sabiduría, el Intelecto, el Consejo, la Fortaleza, la Ciencia, la Piedad y el Temor de Dios. Y estos dones nos han sido dados con el Espíritu Santo en el sacramento de la Confirmación. A estos dones tengo la intención de dedicar las catequesis que seguirán a las de los Sacramentos.

Cuando acogemos el Espíritu Santo en nuestro corazón y lo dejamos actuar, Cristo mismo se hace presente en nosotros y toma forma en nuestra vida, a través de nosotros, será Él, ¡Escuchad bien esto! A través de nosotros será el mismo Cristo quien rece, quien perdone, quien infunda esperanza y consuelo, quien sirva a los hermanos, quien se haga cercano a los necesitados y a los últimos, a crear comunión, a sembrar paz. Pero pensad que importante es esto, que por el Espíritu Santo viene el mismo Cristo para hacer todo esto en medio de nosotros y por nosotros. Por esto es importante que los niños y los jóvenes reciban este Sacramento.

Queridos hermanos y hermanas, ¡recordemos que hemos recibido la Confirmación todos nosotros! Recordémoslo antes que nada para agradecerle al Señor este don, y luego para pedirle que nos ayude a vivir como verdaderos cristianos, a caminar siempre con alegría según el Espíritu Santo que nos ha sido donado. Se ve que estos últimos miércoles, a mitad audiencia, nos bendicen desde el Cielo. ¡Pero sois valientes! ¡Adelante!

Vísperas – Miércoles III Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

MIÉRCOLES III SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

Ignorando mi vida,

golpeado por la luz de las estrellas,

como un ciego que extiende,

al caminar, las manos en la sobra,

todo yo, Cristo mío,

todo mi corazón, sin mengua, entero,

virginal y encendido, se reclina

en la futura vida, como el árbol

en la savia se apoya, que le nutre

y le enflora y verdea.

 

Todo mi corazón, ascua de hombre,

inútil sin tu amor, sin ti vacío,

en la noche te busca;

le siento que te busca, como un ciego

que extiende, al caminar, las manos llenas

de anchura y de alegría.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.

 

Salmo 125

 

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,

nos parecía soñar:

la boca se nos llenaba de risas,

la lengua de cantares.

 

Hasta los gentiles decían:

«El Señor ha estado grande con ellos.»

El Señor ha estado grande con nosotros,

y estamos alegres.

 

Que el Señor cambie nuestra suerte

como los torrentes del Negueb.

Los que sembraban con lágrimas

cosechan entre cantares.

 

Al ir, iban llorando,

llevando la semilla;

al volver, vuelven cantando,

trayendo sus gavillas.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.

 

 

Ant. 2. Que el Señor nos construya la casa y nos guarde la ciudad.

 

Salmo 126

 

Si el Señor no construye la casa,

en vano se cansan los albañiles;

si el Señor no guarda la ciudad,

en vano vigilan los centinelas.

 

Es inútil que madruguéis,

que veléis hasta muy tarde,

los que coméis el pan de vuestros sudores:

¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!

 

La herencia que da el Señor son los hijos;

una recompensa es el fruto de las entrañas;

son saetas en mano de un guerrero

los hijos de la juventud.

 

Dichoso el hombre que llena

con ellas su aljaba:

no quedará derrotado cuando litigue

con su adversario en la plaza.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Que el Señor nos construya la casa y nos guarde la ciudad.

 

 

Ant. 3. Él es el primogénito de toda criatura, es el primero en todo.

 

Cántico: Col 1, 12-20

 

Damos gracias a Dios Padre,

que nos ha hecho capaces de compartir

la herencia del pueblo santo en la luz.

 

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,

y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,

por cuya sangre hemos recibido la redención,

el perdón de los pecados.

 

Él es imagen de Dios invisible,

primogénito de toda criatura;

pues por medio de él fueron creadas todas las cosas:

celestes y terrestres, visibles e invisibles,

Tronos, Dominaciones,

Principados, y Potestades;

todo fue creado por él y para él.

 

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.

Él es también la cabeza y el cuerpo de la Iglesia.

Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,

y así es el primero en todo.

 

Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.

Y Por él quiso reconciliar todas las cosas:

haciendo la paz por la sangre de su cruz

con todos los seres, así del cielo como de la tierra.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 3. Él es el primogénito de toda criatura, es el primero en todo.

 

 

LECTURA BREVE           Ef 3, 20-21

 

A Dios, que puede hacer mucho más sin comparación de lo que pedimos o concebimos, con ese poder que actúa entre nosotros, a él la gloria de la Iglesia y de Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Sálvame, Señor, y ten misericordia de mí.

R. Sálvame, Señor, y ten misericordia de mí.

 

V. No arrebates mi alma con los pecadores.

R. Y ten misericordia de mí.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Sálvame, Señor, y ten misericordia de mí.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

 

 

PRECES

 

Invoquemos a Dios, que envió a su Hijo como salvador y modelo supremo de su pueblo, diciendo:

Que tu pueblo te alabe, Señor.

 

Te damos gracias, Señor, porque nos has escogido como primicias para la salvación;

— haz que sepamos corresponder, y así hagamos nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

 

Haz que todos los que confiesan tu santo nombre sean concordes en la verdad

— y vivan unidos por la caridad.

 

Creador del universo, cuyo Hijo, al venir a este mundo, quiso trabajar con sus propias manos,

— acuérdate de los trabajadores, que ganan el pan con el sudor de su frente.

 

Acuérdate, también, de todos los que viven entregados al servicio de los demás:

— que no se dejen vencer por el desánimo ante la incomprensión de los hombres.

 

Ten piedad de nuestros hermanos difuntos

— y líbralos del poder del Maligno.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Llegue a tus oídos, Señor, la voz suplicante de tu Iglesia, a fin de que, conseguido el perdón de nuestros pecados, con tu ayuda podamos dedicarnos a tu servicio y con tu protección vivamos confiados. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Mt 5, 1-12

Mucho se ha escrito sobre las bienaventuranzas, uno de los textos más sublimes de la literatura bíblica. Presentamos, telegráficamente, algunos rasgos de cada una de ellas.

La primera tiene un tono programático. Los pobres son los destinatarios primeros y primordiales del evangelio. La pobreza, en lenguaje bíblico, es una situación de carencia y dependencia absolutas, y, a la vez, de confianza plena en las manos de Dios. «Pobre de espíritu» es quien en su necesidad absoluta, confía y se abandona en Dios. Si el Reino es (presente) de los pobres, para encontrar a Dios hemos de ir, necesariamente, a los pobres.

La segunda habla de la tristeza y el sufrimiento de quien vive la distancia entre la realidad y la utopía del Reino. Sufre al expe- rimentar que Dios parece olvidar su promesa de salvación. El consuelo llegará al saber que este Dios nunca abandona, que se hace garante de la vida, en el presente y en el futuro.

La tercera está conectada con la primera: «pobres» y «sencillos» son categorías intercambiables. La sencillez es lo opuesto a la soberbia, al orgullo. Es el sometimiento a Dios, y la relación misericordiosa con los hombres. El mejor modelo lo encontramos en Jesús.

La cuarta introduce un concepto clave en el evangelio de Mateo: la justicia. Se entiende como el modo correcto de relacionarse con Dios y con los demás. ¿Quiénes «tienen hambre y sed de justicia»?: los que buscan el Reino de Dios en obediencia a su voluntad; y, los que en la relación con los otros actúan con misericordia.

La quinta. La misericordia se identifica con el actuar salvífico de Dios en la historia a favor de la humanidad sufriente. Ser misericordioso responde a una relación de fidelidad asociada siempre al hacer histórico-salvífico de Dios. El discípulo puede actuar con misericordia porque se sabe objeto de misericordia y perdón.

La sexta. En la mentalidad bíblica el corazón es el centro vital, el lugar donde se toman las decisiones más hondas. La «limpieza de corazón» es una dimensión ética en la relación con Dios y con los demás: decidirse operativamente por Dios, superando una relación farisaica, y por el prójimo, en una relación de misericordia.

La séptima conecta con el bien mesiánico por excelencia: la paz, que es plenitud de, vida, alegría, justicia… Ser «constructores de paz» es otro aspecto de la misericordia y el perdón, a imagen de Dios. La auténtica relación con los otros deriva de la relación con Dios. Ser «hacedores de paz» nos convierte en «hijos de Dios».

La octava recoge elementos de la primera y la cuarta, y es una “introducción” a la novena. En Mateo la persecución es una dimensión constitutiva del discipulado. En la relación de fidelidad a Dios es normal sufrir persecución. Lo importante es la motivación: «a causa de la justicia».

La novena rompe el ritmo del conjunto, profundizando lo ya dicho. Se ha hablado de persecución «a causa de la justicia» (fidelidad a Dios); ahora será «por ser mis discípulos» (fidelidad a Jesús). Anteriormente se dirigió a los discípulos en general (“ellos”); ahora se dirige a un “vosotros”, en el que todo discípulo está implicado directa y personalmente.

Óscar de la Fuente 

Comentario al evangelio de hoy (29 de enero)

Hoy debemos comenzar aclarando un malentendido procedente de un equívoco en la lengua original del evangelio. No es creíble que Jesús hable en parábolas –género didáctico sencillo y aclarador- para que no le entiendan y así no se abran a la salvación; él no afirma que “a los de fuera se les habla en parábolas”, sino que a quienes optan por mantenerse a distancia y no seguirle “todo les resulta un enigma”. Y ese “todo” abarca por igual los dichos y los comportamientos y acciones de Jesús; hace un par de días veíamos cómo los escribas, orgullosamente distanciados, malinterpretaban las curaciones realizadas por él y las atribuían al poder de Beelzebú. Para entender a Jesús no basta la fría inteligencia, sino que se requiere cercanía afectiva, actitud de comunión (en realidad nos sucede también con las demás personas; si no hay cercanía humana, acabamos constatando que “hablamos distinto lenguaje”). A los adeptos a Jesús, entusiasmados por su persona, “se les abre el misterio” del Reino de Dios.

Esta interesante llamada a la “cercanía afectiva” nos la ofrece el evangelio de hoy flanqueada por una parábola y su aplicación a la vida de la iglesia. La parábola de la semilla nos es muy conocida, aunque quizá no la leamos normalmente en el sentido que Jesús quiso darle. Los expertos en exégesis bíblica la designan como “la parábola del sembrador impertérrito”. En efecto, nos habla de una serie de sementeras frustradas y de un sembrador que no se rinde, que mantiene la ilusión; finalmente su afán tiene éxito, un éxito muy superior al esperado. Al parecer, en las tierras áridas de Palestina no solía contarse con una cosecha del sesenta o ciento por uno. Esto Jesús lo refiere al Reino de Dios, realidad que él nunca define pero de la que afirma que superará con creces las más optimistas expectativas humanas; lo que Dios realiza es siempre pasmoso. Ningún fracaso tiene derecho a marchitar nuestras ilusiones; el que cree de verdad en Dios Padre vive necesariamente en la esperanza, siempre abierto a la sorpresa deslumbradora.

Esta debió de ser una lección muy necesaria a los seguidores de Jesús, que se fijaban demasiado en las limitaciones de lo humano y a quienes el Maestro tuvo que llamar repetidas veces “gente de poca fe” y reprocharles su cobardía. Quizá hoy nos reprocharía también a nosotros la facilidad con que tiramos la toalla y contagiamos desencanto con frases irónicas, burlescas y asesinas.

La explicación detallada de la parábola parece haberse originado en otro momento, y con finalidad moralizante más bien que como llamada a la esperanza. En el caminar del creyente la Palabra le sigue llegando en el día a día; nos sigue llegando. Son nuevas llamadas que van dando forma a la llamada inicial al seguimiento de Jesús; y son llamadas que pueden ser acogidas o acalladas, conservadas u olvidadas rápidamente. Los ejemplos del texto evangélico son sumamente prácticos y actuales: la superficialidad, el engaño del dinero fácil, la cobardía ante la persecución o menosprecio, etc son otras tantas contraindicaciones para que la Palabra del Señor dé forma a nuestro vivir y a nuestro hacer. Que el señor nos conceda vivir con los ojos abiertos frente a esos enemigos de nuestro crecimiento espiritual.

Severiano Blanco cmf

Miércoles III Tiempo Ordinario

Hoy es miércoles, 29 de enero.

Hoy has reservado este espacio en tu vida para encontrarte con Dios. Quizás buscas respuestas a las preguntas que hay en tu corazón, o a tus dudas. Quizás estás aquí necesitado de luz para tomar una decisión o simplemente porque te gusta mantenerte cerca de Dios en tu día a día. Pero, ¿cuántas veces ha sido Dios el que ha salido a tu encuentro, sin que lo esperaras? ¿Cuántas veces ha sido él el que se ha acercado y ha salido a tu encuentro? ¿Cuántas veces te ha llamado por tu nombre cuando más lejos estabas de él?

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 4, 1-20):

En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago. Acudió un gentío tan enorme que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y el gentío se quedó en la orilla. Les enseñó mucho rato con parábolas, como él solía enseñar: -Escuchad: salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otro poco cayó entre zarzas; las zarzas crecieron, lo ahogaron, y no dio grano. El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno. Y añadió: El que tenga oídos para oír, que oiga. Cuando se quedó solo, los que estaban alrededor y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas. Él les dijo: – A vosotros se os han comunicado los secretos del reino de Dios; en cambio, a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y los perdonen. Y añadió: ¿No entendéis esta parábola? ¿Pues, cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero, en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la simiente como terreno pedregoso; al escucharla, la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y, cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben. Hay otros que reciben la simiente entre zarzas; éstos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la simiente en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno. (Marcos 4, 1-20)

Para pertenecer a la nueva familia de Cristo, hay que escuchar la Palabra y ponerla en práctica. ¿Cómo acojo la Palabra?, ¿está dando fruto o no? Porque el sembrador siembra el mensaje, pero la calidad de los terrenos donde cae es distinta y muy distinto el resultado. Hay semilla que cae en el camino -terreno duro-, donde ni llega a echar raíces. Y es que a veces el corazón del hombre puede endurecerse tanto que se hace incapaz de acoger la Palabra de Dios, que es palabra de amor, de esperanza, de cambio. Se oye, pero ni caso… Señor, me produce escalofríos pensar que yo pueda llegar a este endurecimiento. Te ruego por las personas que se encuentren en esta situación de dureza ante tu Palabra de salvación…

Otra semilla cae en terreno pedregoso, donde la tierra es escasa, y, aunque brota, el sol la seca pronto. Aquí, Señor, a veces sí he estado de lleno. Escucho tu Palabra: una homilía, unos ejercicios espirituales, una convivencia. Me lleno de entusiasmo. Y comienzo: más vida de oración, más entrega y servicio a los demás, más fidelidad a mis obligaciones, etc. Pero llega la dificultad, el ambiente que no acompaña, la rutina…, y el entusiasmo se marchita y muere.

También hay semilla que cae entre zarzas. Comienza a brotar, pero las zarzas crecen más, la ahogan e impiden que  la semilla dé fruto. ¿No ha ocurrido a veces también esto en mí? De pronto digo que sí a la Palabra. Pero las preocupaciones de la vida pueden más y la ahogan y queda sin fruto. Escribe Martín Descalzo: “la palabra de Dios sólo crece en la alta soledad de quienes han sabido limpiar su alma de sucias adherencias”. ¿Qué zarzas tengo que arrancar de mi corazón, Señor, de qué sucias adherencias necesito limpiarlo para que tu Palabra crezca y dé fruto?  Señor, ¡cambia este corazón inconstante! Dame más firmeza en mis propósitos, más perseverancia ante la dificultad…

Finalmente, está la tierra buena. Es el corazón abierto, que acoge la palabra y en él arraiga y crece y da fruto. En unos más, en otros menos, pero da fruto: la siembra –la predicación- nunca se frustra totalmente, al menos algunos sí acogen la Palabra y la viven y la encarnan en su vida. Señor, yo quiero ser de éstos; quiero ser tierra buena, donde tu Palabra dé fruto. Como lo fue tu Madre, María, y Francisco de Asís, de quien dice san Buenaventura, su biógrafo, que era “un oyente no sordo del evangelio”, y tantos otros. Señor, no te canses, sigue sembrando tu semilla en mi corazón hasta que dé fruto.

Al terminar este tiempo de oración, puedes hablarle a Dios de todos los sentimientos que tienes en tu corazón, o de todos los recuerdos que han venido a tu memoria. Háblale con confianza. El se acerca a tu vida para hablarte pero también para ayudarte. Hazle saber cómo te sientes. Pídele lo que necesita tu vida para responderle mejor a su llamada. Dale gracias por todo lo que te ofrece por su llamada.

Al resucitar a tu Hijo de entre los muertos,
lo consagraste, Dios y Padre nuestro,
y le hiciste Señor de todos los vivientes.
Gracias te sean dadas por la gloria que le diste.
Bendita sea tu misericordia,
porque en tu Hijo amado,
primogénito del mundo nuevo,
conocemos ya la gloria
que heredaremos para toda la eternidad.