Francisco en Sta. Marta: acompañar y no condenar a quien experimenta la derrota del amor

Detrás de la casuística hay siempre una trampa contra nosotros y contra Dios. Lo ha afirmado esta mañana el Santo Padre en la homilía de la misa celebrada en la Casa Santa Marta. El Papa, al comentar el Evangelio del día, se ha detenido sobre la belleza del matrimonio y ha advertido que es necesario acompañar, no condenar, a cuantos experimentan la derrota del propio amor. Por tanto, ha explicado, Cristo es el Esposo de la Iglesia y no se puede comprender la una sin el otro.

Francisco ha indicado que los doctores de la ley buscan poner trampas a Jesús para “quitarle autoridad moral”. Y así ha tomado referencia del Evangelio de hoy para ofrecer una catequesis sobre la belleza del matrimonio. Los fariseos, ha observado, se presentan donde Jesús con el problema del divorcio. Su estilo es siempre el mismo “la casuística”, “¿es lícito esto o no?”

Asimismo ha afirmado que “siempre el pequeño caso. Y esta es la trampa: detrás de la casuística, detrás del pensamiento casuístico, siempre hay una trampa. ¡Siempre! Contra la gente, contra nosotros y contra Dios ¡siempre! ‘¿pero es lícito hacer esto? ¿Repudiar a la propia mujer?’ Y Jesús responde, preguntándoles qué decía la ley y explicando porque Moisés ha hecho así esa ley. Pero no se para ahí: de la casuística va al centro del problema y aquí va precisamente a los días de la Creación. Es tan bonita esa referencia del Señor: ¡Desde el inicio de la Creación, Dios les hizo hombre y mujer, por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos se convertirán en una sola carne. Así ya no son dos, sino una sola carne'”.

El Papa ha continuado destacando que el Señor “se refiere a la obra maestra de la Creación”, que son precisamente el hombre y la mujer. Y Dios, ha dicho, “no quería el hombre solo, lo quería” con su “compañera de camino”. Es un momento poético cuando Adán se encuentra con Eva, ha reflexionado el Papa: “es el inicio del amor: ir juntos como una sola carne”. El Señor, ha afirmado Francisco, “siempre toma el pensamiento casuístico y lo lleva al inicio de la revelación”. Por otro lado, ha explicado, “este trabajo del Señor no termina ahí, en los días de la Creación, porque el Señor ha elegido este icono para explicar el amor que Él tiene hacia su pueblo”. Hasta el punto que “cuando el pueblo no es fiel Él habla con palabras de amor”, ha señalado el Santo Padre.

Y se ha detenido al respecto así: “El Señor toma este amor de la obra maestra de la Creación para explicar el amor que tiene por su pueblo. Y un paso más: cuando Pablo necesita explicar el misterio de Cristo, lo hace también en relación, en referencia a su Esposa: porque Cristo está casado, Cristo estaba casado, se había casado con la Iglesia, con su pueblo. Como el Padre se había casado con el Pueblo de Israel, Cristo se casó con su pueblo. Esta es la historia de amor, ¡esta es la historia de la obra maestra de la Creación! Y delante de este recorrido de amor, de este icono, la casuística cae y se convierte en dolor. Pero cuando este deja al padre y a la madre para unirse a una mujer, hacerse una sola carne e ir adelante y este amor falla, porque muchas veces falla, debemos sentir el dolor del fracaso, acompañar a esas personas que han tenido este fracaso en el amor. ¡No condenar! ¡Caminar con ellos! Y no hacer casuística con su situación”.

A continuación Francisco ha reflexionado que cuando uno lee esto “piensa a este diseño de amor, este camino de amor del matrimonio cristiano, que Dios ha bendecido en la obra maestra de su Creación”. Una “bendición que nunca se ha quitado. ¡Ni siquiera el pecado original la ha destruido!”, ha advertido el Pontífice. Por ello cuando alguien piensa en esto “ve qué bonito es el amor, qué bonito es el matrimonio, qué bonita es la familia, qué bonito es este camino y cuánto amor también nosotros, cuanta cercanía debemos tener para los hermanos y las hermanas que en la vida han tenido la desgracia de una fracaso en el amor”.

Haciendo referencia a San Pablo, el Santo Padre ha subrayado la belleza “del amor que Cristo tiene por su esposa, ¡la Iglesia!”: “¡También aquí debemos estar atentos que no falle el amor! Hablar de un Cristo demasiado soltero: ¡Cristo se casó con la Iglesia! Y no se puede entender a Cristo sin la Iglesia y no se puede entender a la Iglesia sin Cristo. Esto es el gran misterio de la obra maestra de la Creación. Que el Señor nos de a todos nosotros la gracia de entenderlo y también la gracia de no caer nunca en estas actitudes casuísticas de los fariseos, de los doctores de la ley”.

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Vísperas – Viernes VII Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES VII SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO

 

Oración de la tarde

 

V. Dios mío, ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

¿Quién es este que viene,

recién atardecido,

cubierto con sangre

como varón que pisa los racimos?

 

Este es Cristo, el Señor,

convocado a la muerte,

glorificado en la resurrección.

 

¿Quién es este que vuelve,

glorioso y malherido,

y, a precio de su muerte,

compra la paz y libra a los cautivos?

 

Este es Cristo, el Señor,

convocado a la muerte,

glorificado en la resurrección.

 

Se durmió con los muertos,

y reina entre los vivos;

no le venció la fosa,

porque el Señor sostuvo a su Elegido.

 

Este es Cristo, el Señor,

convocado a la muerte,

glorificado en la resurrección.

 

Anunciad a los pueblos

qué habéis visto y oído;

aclamad al que viene

como la paz, bajo un clamor de olivos. Amén.

 

 

SALMODIA

 

Ant. 1. El Señor es grande, nuestro dueño más que todos los dioses.

 

Salmo 134 (I)

 

Alabad el nombre del Señor,

alabadlo, siervos del Señor,

que estáis en la casa del Señor,

en los atrios de la casa de nuestro Dios.

 

Alabad al Señor porque es bueno,

tañed para su nombre, que es amable.

Porque él se escogió a Jacob,

a Israel en posesión suya.

 

Yo sé que el Señor es grande,

nuestro dueño más que todos los dioses.

El Señor todo lo que quiere lo hace:

en el cielo y en la tierra,

en los mares y en los océanos.

 

Hace subir las nubes desde el horizonte,

con los relámpagos desata la lluvia,

suelta a los vientos de sus silos.

 

Él hirió a los primogénitos de Egipto,

desde los hombres hasta los animales.

Envió signos y prodigios

-en medio de ti, Egipto-

contra el Faraón y sus ministros.

 

Hirió de muerte a pueblos numerosos,

mató a reyes poderosos:

a Sijón, rey de los amorreos;

a Hog, rey de Basán,

y a todos los reyes de Canaán.

Y dio su tierra en heredad,

en heredad a Israel, su pueblo.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. El Señor es grande, nuestro dueño más que todos los dioses.

 

 

Ant. 2. Casa de Israel, bendecid al Señor; tañed para su nombre, que es amable.

 

Salmo 134 (II)

 

Señor, tu nombre es eterno;

Señor, tu recuerdo de edad en edad.

Porque el Señor gobierna a su pueblo

y se compadece de sus siervos.

 

Los ídolos de los gentiles son oro y plata,

hechura de manos humanas:

tienen boca y no hablan,

tienen ojos y no ven,

 

tienen orejas y no oyen,

no hay aliento en sus bocas.

Sean lo mismo los que los hacen,

cuantos confían en ellos.

 

Casa de Israel, bendice al Señor;

casa de Aarón, bendice al Señor;

casa de Leví, bendice al Señor;

fieles del Señor, bendecid al Señor.

 

Bendito en Sión el Señor,

que habita en Jerusalén.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 2. Casa de Israel, bendecid al Señor; tañed para su nombre, que es amable.

 

 

Ant. 3. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

 

Cántico: Ap 15, 3-4

 

Grandes y maravillosas son tus obras,

Señor, Dios omnipotente,

justos y verdaderos tus caminos,

¡oh Rey de los siglos!

 

¿Quién no temerá, Señor

y glorificará tu nombre?

Porque tú solo eres santo,

porque vendrán todas las naciones

y se postrarán en tu acatamiento,

porque tus juicios se hicieron manifiesto.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

 

 

LECTURA BREVE         St 1, 2-4

 

Hermanos míos: Teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas. Sabed que, al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia. Y si la constancia llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros, sin falta alguna.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. Cristo nos amó y nos ha librado, por su sangre.

R. Cristo nos amó y nos ha librado, por su sangre.

 

V. Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.

R. Por su sangre.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Cristo nos amó y nos ha librado, por su sangre.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

 

Cántico de María. Lc 1, 46-55

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

El hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

-como lo había prometido a nuestros padres-

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

 

 

PRECES

 

Invoquemos al Señor Jesús, a quien el Padre entregó por nuestros pecados y lo resucitó para nuestra justificación, diciendo:

Señor, ten piedad de tu pueblo.

 

Escucha, Señor, nuestras súplicas, perdona los pecados de los que se confiesan culpables,

— y, en tu bondad, otórganos el perdón y la paz.

 

Tú que por el Apóstol nos han enseñado que, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia,

— perdona con largueza nuestros muchos pecados.

 

Hemos pecado mucho, Señor, pero confiamos en tu misericordia infinita;

— vuélvete a nosotros, para que podamos convertirnos a ti.

 

Salva a tu pueblo de los pecados, Señor,

— y sé benévolo con nosotros.

 

Tú que abriste las puertas del paraíso al ladrón arrepentido, que te reconoció como salvador,

— ábrelas también para nuestros difuntos.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Reconociendo que nuestra fuerza para no caer en la tentación se halla en Dios, digamos confiadamente:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Señor, Padre santo, que quisiste que Cristo, tu Hijo, fuese el precio de nuestro rescate, haz que vivamos de tal manera que, tomando parte en sus padecimientos, nos gocemos también en la revelación de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Estamos en buenas manos

Y todo esto que decimos, ¿no es excesivo? ¿No exigirá más “trabajo”, “conversión”, “abnegación”, “dedicación”, “esfuerzo”… más “estrés”? Jesús no hace más que plantearnos exigencias, y ser cristiano nos crea una tensión difícil de mantener, siempre tensos, siempre atentos, siempre “trabajando”… La corrección de Jesús viene al final: busca únicamente el Reino de Dios, porque el resto se os dará por añadidura. El labrador siembra y se echa a dormir y, sin que él sepa cómo, el trigo crece… (Mc 4,26-29). El Reino que anuncia Jesús es tranquilizador (Mt 11, 28-30). Dios está más allá de nuestro “hacer”. Nosotros simplemente sembramos, Él hace lo demás. Estamos en manos de Alguien que nos sostiene. Por eso, vivir del Espíritu de Jesús es vivir en paz. Y, viviendo así, pase lo que pase, no perdemos la calma, no nos agobiamos, no nos obsesionamos por lo sucedido: hay Alguien que cuida de nosotros.

UN TEXTO

“Apenas se oye hablar hoy de la “providencia de Dios”. Es un lenguaje que ha ido cayendo en desuso o que se ha convertido en una forma piadosa de considerar ciertos acontecimientos. Sin embargo, creer en el amor providente de Dios es un rasgo básico del cristiano.

Todo brota de una convicción radical. Dios no abandona ni se desentiende de aquellos a quienes crea, sino que sostiene su vida con amor fiel, vigilante y creador. No estamos a merced del azar, el caos o la fatalidad. En el interior de la realidad está Dios, conduciendo nuestro ser hacia el bien.

Esto no quiere decir quiere decir que Dios “intervenga” en nuestra vida como intervienen otras personas o factores… No es así. Dios respeta totalmente las decisiones de las personas y la marcha de la historia…. Por eso no se debe decir propiamente que Dios “guía” nuestra vida, sino que ofrece su gracia y su fuerza para que nosotros la orientemos y guiemos hacia nuestro bien.

Nosotros no somos capaces de abarcar la totalidad de nuestra existencia; se nos escapa el sentido final de las cosas… Todo queda bajo el signo del amor de Dios, que no olvidas a ninguna de sus criaturas (J. A. Pagola, El camino abierto por Jesús. Marcos, Ed. DDB, Bilbao 2011, págs. 99-100).

UN POEMA

Hijo mío,
hija mía
que estás en el mundo.
Eres mi gloria
y en ti está mi Reino.
eres mi voluntad y mi querer.

Tu nombre es mi gozo
cada día.
Te amo.
Te alzo y sostengo.
Te doy todo lo que es mío
-el pan, los hermanos, el Espíritu-.
Quiero que vivas feliz.
Te perdono siempre
y te pido que perdones. No temas.
Yo te libraré del mal
y de todas tus redes.
Día y noche pienso en ti,
hijo mío,
hija mía.
Florentino Ulibarri,
Al viento del Espíritu,
Ed. Verbo Divino, Estella (Navarra) 2004, pág. 533.

Un padre y un niño, o varios. Cada niño coloca sus manos con las palmas hacia abajo, sobre las palmas de las de su padre, que las pone hacia arriba. Voz en off, se lee la oración de Foucauld:

Padre,
me pongo en tus manos,
haz de mí lo que quieras:
sea lo que sea, te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo, con tal que tu voluntad
se cumpla en mí y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Padre.
Te confío mi alma,
te la doy con todo el amor de que soy capaz,
porque te amo y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con una infinita confianza,
porque tú eres mi Padre.

Comentario al evangelio de hoy (28 de febrero)

Querese incondicionalmente

No todo se ha desvanecido. No todo son palabras. Queda Dios envolviéndolo todo. Queda el abrazo de los que se quieren, el abrazo que une a los vivos y los muertos. Queda en nosotros la memoria viva de Jesús -Él sí que veía hondo- que puso ante nuestros ojos los planes de Dios sobre el hombre. Él quería que el encuentro amoroso de un hombre con una mujer fuera reflejo de aquel encuentro de amor intratrinitario y que, por lo mismo, fuera generoso, oblativo, incondicional y para siempre.

A nosotros estar juntos toda la vida nos parece una carga y, sin embargo, es un sueño. ¿Qué desea hondamente la persona que quiere? Que se la quiera generosamente, incondicionalmente, desinteresadamente y para siempre; que, aunque uno se olvide, no corresponda, en algunos momentos sea infiel, que la otra persona que me quiere no lo tenga en cuenta y se le olvide para siempre. Todos soñamos lo mismo. Los humanos cuando nos encontramos con un amor así es como si nos hubiéramos encontrado con Dios.

Después en la vida las cosas ruedan de otra manera. Sin embargo, los sueños son los sueños, y los sueños de Dios son lo mejor para el hombre.

La casa -el día que nos encontramos con un amor- tenía sol y tenía sueño. Hoy lo puede volver a tener. En el mundo del amor, nada hay irremediable, nada hay irrecuperable, nada hay irreconciliable. Los humanos decimos otras cosas. Jesús nos dice que queda Dios envolviéndonos a todos con su amor.

C.B

Viernes VII Tiempo Ordinario

Hoy es viernes, 28 de febrero.

Al comenzar a rezar, intento hacer un poco de silencio. Me detengo en medio del ritmo de cada día. Me hago especialmente consciente de que Dios está cerca. Me dispongo a escuchar su palabra. A dejar que resuene en mi interior e ilumine mi vida.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 10, 1-12):

“En aquel tiempo, Jesús marchó a Judea y a Transjordania; y otra vez se le fue reuniendo gente por el camino, y, según costumbre, les enseñaba. Pero se acercaron unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? Él les replicó: ¿Qué os ha mandado Moisés? Contestaron: Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer el acta de repudio. Jesús les dijo: Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se caso con otro, comete adulterio.”

El ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Y Dios es amor, y la vida de Dios es amar. De ahí que el ser humano esté hecho para amar. Y el amor empuja a la unión. Hoy el evangelio habla del matrimonio, la mejor expresión del amor humano. Con razón, en la Biblia, el amor de Dios a su pueblo Israel, viene expresado en términos de alianza matrimonial: Dios, el esposo; Israel, la esposa. Dios-esposo que es fiel en su amor; la esposa-Israel  que es infiel y adultera entregándose a otros dioses; pero Dios-esposo seguirá amando al Pueblo, y  lo llamará y, cuando el Pueblo se vuelve a él, lo perdona. Éste es el amor fiel que debe reflejar la unión del hombre y la mujer. Están llamados a ser ante el mundo, por su comunión de amor, testigos de la fuerza del amor de Dios y de la fidelidad de Dios a su alianza con los hombres. ¿No es una hermosa misión la de los esposos?

“Serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Este es el ideal que propone Jesús a los esposos cristianos. No están, pues,  llamados  sólo a no separarse. Lo suyo es amarse tanto que lleguen  a ser una sola carne, una sola cosa. Porque ¿de qué sirve no divorciarse oficialmente, si lo están en el corazón, porque no se aman? Y para que eso no ocurra, los esposos han de cultivar el amor y la unión, han de alimentarlos. Dice L. Evely: “Todos los días hay que trabajar para crear el matrimonio. La indisolubilidad no es una almohada sobre la que pueden dormirse los esposos, sino una llamada a hacer cada día más vivo su amor.” El camino es dialogar, comunicarse entre ellos, revisar sinceramente y con valentía lo que va bien y lo que no marcha. Y preguntarse: ¿qué podemos hacer para crecer como matrimonio y como familia?  Y, sabiéndose débiles y egoístas, los esposos necesitan orar mucho. Vivir unidos a Dios. Porque, como dice Juan J. Bartolomé, “la postura de Jesús sólo la comprende quien, como él, pone a Dios por encima de todas las cosas, quien le permite ser Dios siempre.”

Esto que dice el Señor del matrimonio de alguna manera podemos aplicarlo a otros compromisos de amor: el de la vida religiosa, el del sacerdocio, el de los laicos consagrados, por ejemplo. También ese amor exige fidelidad y entrega total, que hay que alimentar, cada día, con la oración, para  que crezca y se afiance el compromiso. Hoy debemos preguntarnos cada uno si estamos siendo fieles a nuestro compromiso de amor y entrega. Sea el que sea. ¿Cuidamos y alimentamos el amor que nos llevó a él? ¿Cada uno en su situación somos reflejo del amor de Dios al hombre? Señor, hoy quiero rogar por todos los matrimonios y por todos los que tienen cualquier otro compromiso de amor. Que seamos fieles cada uno a nuestra vocación de entrega. Cuídanos. Haz que el amor que nos llevó al compromiso crezca. Y sobre todo, te ruego por aquellos que lo ven peligrar y luchan por salvarlo. Ayúdales, ilumínalos. Y, finalmente, te ruego por los que, por diversas circunstancias, viven con dolor la ruptura de su matrimonio o de su compromiso de entrega. Que experimenten el consuelo de que tú, Señor, les sigues amando también en esa situación.

Termino este rato de oración, poniéndome, una vez más, en presencia de Jesús. Él es quien repite esas palabras y las hace vida. Él es quien abre las prisiones injustas, viste al que está desnudo, parte su pan con el hambriento. Quizás ante eso basta contemplar y agradecer.

Laudes – Viernes VII Tiempo Ordinario

VIERNES VII SEMANA TIEMPO ORDINARIO

 

LAUDES

(Oración de la mañana)

 

INVOCACIÓN INICIAL

 

V. Señor, abre mis labios

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

 

INVITATORIO

 

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

 

Salmo 94

 

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses:

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes;

suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

 

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo,

el rebaño que él guía.

 

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto;

cuando vuestros padres me pusieron a prueba

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

 

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso»

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

HIMNO

 

La noche, el caos, el terror,

cuanto a las sombras pertenece

siente que el alba de oro crece

y anda ya próximo el Señor.

 

El sol, con lanza luminosa,

rompe la noche y abre el día;

bajo su alegre travesía,

vuelve el color a cada cosa.

 

El hombre estrena claridad

de corazón, cada mañana;

se hace la gracia más cercana

y es más sencilla la verdad.

 

¡Puro milagro de la aurora!

Tiempo de gozo y eficacia:

Dios con el hombre, todo gracia

bajo la luz madrugadora.

 

¡Oh la conciencia sin malicia!

¡La carne, al fin, gloriosa y fuerte!

Cristo de pie sobre la muerte,

y el sol gritando la noticia.

 

Guárdanos tú, Señor del alba,

puros, austeros, entregados;

hijos de luz resucitados

en la Palabra que nos salva.

 

Nuestros sentidos, nuestra vida,

cuanto oscurece la conciencia

vuelva a ser pura transparencia

bajo la luz recién nacida. Amén.

           

 

SALMODIA

 

Ant. 1. Contra ti, contra ti solo pequé, Señor, ten misericordia de mí.

 

Salmo 50

 

Misericordia, Dios mío, por tu bondad;

por tu inmensa compasión borra mi culpa;

lava del todo mi delito,

limpia mi pecado.

 

Pues yo reconozco mi culpa,

tengo siempre presente mi pecado:

contra ti, contra ti solo pequé,

cometí la maldad que aborreces.

 

En la sentencia tendrás razón,

en el juicio brillará tu rectitud.

Mira, que en la culpa nací,

pecador me concibió mi madre.

 

Te gusta un corazón sincero,

y en mi interior me inculcas sabiduría.

Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;

lávame: quedaré más blanco que la nieve.

 

Hazme oír el gozo y la alegría,

que se alegren los huesos quebrantados.

Aparta de mi pecado tu vista,

borra en mí toda culpa.

 

¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme;

no me arrojes lejos de tu rostro,

no me quites tu santo espíritu.

 

Devuélveme la alegría de tu salvación,

afiánzame con espíritu generoso:

enseñaré a los malvados tus caminos,

los pecadores volverán a ti.

 

Líbrame de la sangre, ¡oh Dios,

Dios, Salvador mío!,

y cantará mi lengua tu justicia.

Señor, me abrirás los labios,

y mi boca proclamará tu alabanza.

 

Los sacrificios no te satisfacen;

si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado:

un corazón quebrantado y humillado

tú no lo desprecias.

 

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,

reconstruye las murallas de Jerusalén:

entonces aceptarás los sacrificios rituales,

ofrendas y holocaustos,

sobre tu altar se inmolarán novillos.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 1. Contra ti, contra ti solo pequé, Señor, ten misericordia de mí.

 

 

Ant. 2. Reconocemos, Señor, nuestra impiedad; hemos pecado contra ti.

 

Cántico: Jr 14, 17-21

 

Mis ojos se deshacen en lágrimas,

día y noche no cesan:

por la terrible desgracia de la doncella de mi pueblo,

una herida de fuertes dolores.

 

Salgo al campo: muertos a espada;

entro en la ciudad: desfallecidos de hambre;

tanto el profeta como el sacerdote

vagan sin sentido por el país.

 

¿Por qué has rechazado del todo a Judá?

¿Tiene asco tu garganta de Sión?

¿Por qué nos has herido sin remedio?

Se espera la paz, y no hay bienestar,

al tiempo de la cura sucede la turbación.

 

Señor, reconocemos nuestra impiedad,

la culpa de nuestros padres,

porque pecamos contra ti.

 

No nos rechaces, por tu nombre,

no desprestigies tu trono glorioso;

recuerda y no rompas tu alianza con nosotros.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. 2. Reconocemos, Señor, nuestra impiedad; hemos pecado contra ti.

 

 

Ant. 3. El Señor es Dios, y nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

 

Salmo 99

 

Aclama al Señor, tierra entera,

servid al Señor con alegría,

entrad en su presencia con vítores.

 

Sabed que el Señor es Dios:

que él nos hizo y somos suyos,

su pueblo y ovejas de su rebaño.

 

Entrad por sus puertas con acción de gracias,

por sus atrios con himnos,

dándole gracias y bendiciendo su nombre:

 

“El Señor es bueno,

su misericordia es eterna,

su fidelidad por todas las edades.”

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén

 

Ant. 3. El Señor es Dios, y nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

 

 

LECTURA BREVE         2Co 12, 9b-10

 

Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

 

 

RESPONSORIO BREVE

 

V. En la mañana, hazme escuchar tu gracia.

R. En la mañana, hazme escuchar tu gracia.

 

 

V. Indícame el camino que he de seguir.

R. Hazme escuchar tu gracia.

 

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. En la mañana, hazme escuchar tu gracia.

 

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

 

Ant. El Señor ha visitado y redimido a su pueblo

 

Cántico de Zacarías: Lc 1, 68-79

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo.

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas:

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

 

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Ant. El Señor ha visitado y redimido a su pueblo

 

 

PRECES

 

Elevemos los ojos a Cristo, que nació murió y resucitó por su pueblo, diciendo confiados:

Salva, Señor, a los que redimiste con tu sangre.

 

Te bendecimos, Señor, a ti que por nosotros aceptaste el suplicio de la cruz,

— y nos redimiste con tu preciosa sangre.

 

Tú que prometiste a los que en ti creyeran un agua que salta hasta la vida eterna,

— derrama tu Espíritu sobre todos los hombres.

 

Tú que enviaste a los discípulos a predicar el Evangelio,

— ayúdalos, para que extiendan la victoria de la cruz.

 

A los enfermos y a todos los que has asociado a los sufrimientos de tu pasión,

— concédeles fortaleza y paciencia.

 

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

 

Llenos del Espíritu de Jesucristo, acudamos a nuestro Padre común, diciendo:

 

Padre nuestro…

 

 

ORACIÓN

 

Ilumina, Señor, nuestros corazones y fortalece nuestras voluntades, para que sigamos siempre el camino de tus mandatos, reconociéndote como nuestro guía y maestro. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

CONCLUSIÓN

 

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R. Amén.

Oficio de lecturas – Viernes VII Tiempo Ordinario

OFICIO DE LECTURA 

Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.


Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.



Himno: DELANTE DE TUS OJOS

Delante de tus ojos
ya no enrojecemos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.
Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.

En medio de los pueblos
nos guardas como un resto,
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.

Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos.
Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.

¡Exulten mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor, que es justo,
revoca sus decretos:
la salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Salmo 68, 2-22. 30-37 I – LAMENTACIÓN Y PLEGARIA DE UN FIEL DESOLADO

Dios mío, sálvame,
que me llega el agua al cuello:
me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente.

Estoy agotado de gritar,
tengo ronca la garganta;
se me nublan los ojos
de tanto aguardar a mi Dios.

Más que los cabellos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;

más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver
lo que no he robado?

Dios mío, tú conoces mi ignorancia,
no se te ocultan mis delitos.
Que por mi causa no queden defraudados
los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.

Que por mi causa no se avergüencen
los que te buscan, Dios de Israel.
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.

Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.

Cuando me aflijo con ayunos, se burlan de mí;
cuando me visto de saco, se ríen de mí;
sentados a la puerta murmuran,
mientras beben vino me cantan burlas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Ant 2. En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Salmo 68, 2-22. 30-37 II

Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude:

arráncame del cieno, que no me hunda;
líbrame de los que me aborrecen,
y de las aguas sin fondo.

Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí.

Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia,
por tu gran compasión vuélvete hacia mí;
no escondas tu rostro a tu siervo:
estoy en peligro, respóndeme en seguida.

Acércate a mí, rescátame,
líbrame de mis enemigos:
estás viendo mi afrenta,
mi vergüenza y mi deshonra;
a tu vista están los que me acosan.

La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Ant 3. Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Salmo 68, 2-22. 30-37 III

Yo soy un pobre malherido;
Dios mío, tu salvación me levante.
Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias;
le agradará a Dios más que un toro,
más que un novillo con cuernos y pezuñas.

Miradlo los humildes, y alegraos,
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos.
Alábenlo el cielo y la tierra,
las aguas y cuanto bulle en ellas.

El Señor salvará a Sión,
reconstruirá las ciudades de Judá,
y las habitarán en posesión.
La estirpe de sus siervos la heredará,
los que aman su nombre vivirán en ella.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

V. El Señor nos instruirá en sus caminos.
R. Y marcharemos por sus sendas. 

PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Corintios 5, 1-21

LA ESPERANZA DE LA MORADA CELESTE. EL MINISTERIO DE LA RECONCILIACIÓN

Hermanos: Aunque se desmorone la morada terrestre en que acampamos, sabemos que Dios nos dará una casa eterna en el cielo, no construida por hombres. Y así gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celeste, si es que nos encontramos vestidos, y no desnudos. ¡Sí!, los que estamos en esta tienda gemimos oprimidos. No es que queramos ser desvestidos, sino más bien sobrevestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Y el que nos ha destinado a eso es Dios, el cual nos ha dado en arras el Espíritu.

Así pues, siempre tenemos confianza, aunque sabemos que mientras vivimos estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Y es tal nuestra confianza que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida.

Así pues, penetrados de este temor del Señor, intentamos persuadir a los hombres (que para Dios estamos transparentes, y espero que también así lo estaré para vuestras conciencias). Y no es que tratemos de justificarnos de nuevo ante vosotros, sino que queremos daros la oportunidad de que os mostréis orgullosos de nosotros y tengáis qué responder a los que ponen su gloria en las apariencias y no en el corazón. Que si alguna vez nos hemos portado como faltos de juicio, ha sido por Dios; si ahora somos razonables, es por vuestro bien. El amor de Cristo nos apremia, al pensar que, si uno murió por todos, consiguientemente todos murieron en él; y murió por todos, para que los que viven no vivan ya para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.

Así que desde ahora nosotros no conocemos ya a nadie con criterios puramente humanos; y si en un tiempo conocimos a Cristo con tales criterios, ya ahora no es así. Por tanto, el que es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.

Todo esto se lo debemos a Dios, que nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo, y nos ha confiado el ministerio de esta reconciliación. Dios, en efecto, reconciliaba consigo al mundo por medio de Cristo, no imputándoles a los hombres sus delitos, sino confiándonos el mensaje de la reconciliación. Por eso nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio nuestro. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.

A Cristo, que no experimentó el pecado, Dios lo hizo pecado en lugar nuestro, para que en él viniésemos a ser justificación de Dios.

RESPONSORIO    2Co 5, 18; Rm 8, 32

R. Dios nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo, * y nos ha confiado el ministerio de esta reconciliación.
V. Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros.
R. Y nos ha confiado el ministerio de esta reconciliación.

SEGUNDA LECTURA

De los Comentarios de san Ambrosio, obispo, sobre los salmos
(Salmo 48, 13-14: CSEL 64, 367-368)

ÚNICO ES EL MEDIADOR ENTRE DIOS Y LOS HOMBRES, CRISTO JESÚS, HOMBRE TAMBIÉN ÉL

El hermano no rescata, un hombre rescatará; nadie puede rescatarse a sí mismo, ni dar a Dios un precio por su vida; esto es, ¿por qué habré de temer los días aciagos? ¿Qué habrá que pueda dañarme a mí, que no sólo no necesito quien me rescate, sino que soy yo quien rescato a todos? Si soy yo quien libero a los demás, ¿habré de temer por mí mismo? He aquí que haré algo nuevo, superior al mismo amor y piedad fraternos. Ningún hombre puede rescatar a su hermano, nacido del mismo seno materno; esto sólo puede hacerlo aquel hombre del que se halla escrito: el Señor les enviará un hombre que los salvará; aquel que afirmó de sí mismo: Pretendéis quitarme la vida, a mí, el hombre que os he manifestado la verdad

Pero, aunque es un hombre, ¿quién podrá conocerlo? ¿Y por qué nadie puede conocerlo? Porque, así como Dios es único, así también único es el mediador entre
Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él.

Él es el único que puede rescatar al hombre, con un amor superior al de hermanos, ya que derrama su sangre por los extraños, cosa que nadie puede hacer por un hermano. Y así, para rescatarnos del pecado, no perdonó a su propio cuerpo, y se entregó a sí mismo como precio de rescate por todos, como atestigua su fidedigno apóstol Pablo, que dice: Digo la verdad, no miento.

Mas, ¿por qué sólo él rescata? Porque nadie puede igualar su afecto, que le lleva a entregar la vida por sus siervos; porque nadie puede igualar su inocencia, ya que todos estamos bajo pecado, todos sujetos a la caída de Adán. Sólo es designado como Redentor aquel que no podía estar sometido al pecado de origen. Por tanto, el hombre de que habla el salmo hemos de entenderlo referido al Señor Jesús, ya que él tomó la condición humana, para crucificar en su carne el pecado de todos y para borrar con su sangre el decreto condenatorio que pesaba sobre todos.

Pero quizá dirás: «¿Por qué se niega que el hermano rescatará, si él mismo dijo: Contaré tu fama a mis hermanos?» Es que él nos perdonó los pecados no en calidad de hermano nuestro, sino por la peculiar condición del hombre Cristo Jesús, en el que estaba Dios. Así, en efecto, está escrito: Dios reconciliaba consigo al mundo por medio de Cristo. En aquel Cristo Jesús, el único del que se ha dicho: La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Por consiguiente, cuando habitó hecho carne entre nosotros, habitó no como hermano, sino como Señor.

RESPONSORIO    Is 53, 12; Lc 23, 34

R. Se entregó a sí mismo a la muerte y fue contado entre los malhechores; * él tomó sobre sí el pecado de las multitudes e intercedió por los pecadores.
V. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
R. Él tomó sobre sí el pecado de las multitudes e intercedió por los pecadores.

ORACIÓN.

OREMOS,
Concédenos, Dios todopoderoso, que la constante meditación de tu doctrina nos impulse a hablar y a actuar siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.