Vísperas – Viernes XXVI Tiempo Ordinario

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: OH CRISTO, TÚ NO TIENES.

Oh Cristo, tú no tienes
la lóbrega mirada de la muerte;
tus ojos no se cierran:
son agua limpia donde puedo verme.

Oh Cristo, tú no puedes
cicatrizar la llaga del costado:
un corazón tras ella
noches y días me estará esperando.

Oh Cristo, tú conoces
la intimidad oculta de mi vida;
tú sabes mis secretos:
te los voy confesando día a día.

Oh Cristo, tú aleteas
con los brazos unidos al madero;
¡oh valor que convida
a levantarse puro sobre el suelo!

Oh Cristo, tú sonríes
cuando te hieren sordas las espinas;
si mi cabeza hierve,
haz, Señor, que te mire y te sonría.

Oh Cristo, tú que esperas
mi último beso darte ante la tumba,
también mi joven beso
descansa en ti de la incesante lucha. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Arranca, Señor, mi vida de la muerte, mis pies de la caída.

Salmo 114 – ACCIÓN DE GRACIAS

Amo al Señor, porque escucha
mi voz suplicante,
porque inclina su oído hacia mí
el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte,
me alcanzaron los lazos del abismo,
caí en tristeza y angustia.
Invoqué el nombre del Señor:
«Señor, salva mi vida.»

El Señor es benigno y justo,
nuestro Dios es compasivo;
el Señor guarda a los sencillos:
estando yo sin fuerzas me salvó.

Alma mía, recobra tu calma,
que el Señor fue bueno contigo:
arrancó mi vida de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.

Caminaré en presencia del Señor
en el país de la vida.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Arranca, Señor, mi vida de la muerte, mis pies de la caída.

Ant 2. El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Salmo 120 – EL GUARDIÁN DEL PUEBLO.

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Ant 3. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

Cántico: CANTO DE LOS VENCEDORES Ap 15, 3-4

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

LECTURA BREVE   1 Co 2,7-10a

Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria, que no conoció ninguno de los príncipes de este siglo; pues si la hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Pero, según está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman.» Pero a nosotros nos lo ha revelado por su Espíritu.

RESPONSORIO BREVE

V. Cristo murió por nuestros pecados, para llevarnos a Dios.
R. Cristo murió por nuestros pecados, para llevarnos a Dios.

V. Muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu.
R. Para llevarnos a Dios.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Cristo murió por nuestros pecados, para llevarnos a Dios.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Acuérdate, Señor, de tu misericordia como lo habías prometido a nuestros padres.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Acuérdate, Señor, de tu misericordia como lo habías prometido a nuestros padres.

PRECES

Bendigamos ahora al Señor Jesús, que en su vida mortal escuchó siempre con bondad las súplicas de los que acudían a él y enjugaba con amor las lágrimas de los que lloraban, y digámosle también nosotros:

Señor, ten piedad.

Señor Jesucristo, tú que consolaste a los tristes y desconsolados, pon ahora tus ojos en los sufrimientos de los pobres
y consuela a los deprimidos.

Escucha los gemidos de los agonizantes
y envíales tus ángeles para que los consuelen y conforten.

Que los emigrantes sientan el consuelo de tu amor en el destierro, que puedan regresar a su patria
y que un día alcancen también la patria eterna.

Que los pecadores escuchando tu voz se conviertan,
y encuentren en tu Iglesia el perdón y la paz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Perdona las faltas de los que han muerto
y dales la plenitud de tu salvación.

Con el gozo que nos da el saber que somos hijos de Dios, digamos con plena confianza:

Padre nuestro…

ORACION

Dios nuestro, que con el escándalo de la cruz has manifestado de una manera admirable tu sabiduría escondida, concédenos contemplar, con tal plenitud de fe, la gloria de la pasión de tu Hijo, que encontremos siempre nuestra gloria en su cruz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Anuncio publicitario

Recursos Domingo XXVII Tiempo Ordinario

• ¿Quiénes pueden entrar en el Reino de Dios? El evangelio habla: exclusión de los incluidos e INCLUSIÓN de lo excluidos. El “excluido” por excelencia, Jesús de Nazaret, es el primogénito de todos los incluidos, el “patrono” de todos ellos: «La piedra que desecharon los arquitectos…» Unos EXCLUIDOS INCLUIDOS.

UN TEXTO

Desde los esquemas valorativos de este mundo, el final de la vida de Jesús es un fracaso. Después del Viernes Santo, Jesús participa del silencio del Sábado Santo. Silencio del Dios que sigue «callando» en esta historia de fracaso y frustración para los más. Silencio de Dios sobre tantas utopías fracasadas, tantas ilusiones y proyectos que han sido devorados por la única realidad que aparece como eficaz: el poder y sarcasmo de los satisfechos, que, por tenerlo todo, no esperan nada. Silencio de Dios sobre tanta Bondad y Solidaridad diluida en la trama de egoísmos, injusticias, traiciones y vilezas. A Jesús lo ejecutaron, lo echaron de la «tierra de los vivos», y la historia de sufrimiento, injusticia, vileza y crimen siguió. Indudablemente, esto nos dice mucho sobre nuestro Dios solidario con los excluidos.

Pero, en un amanecer de domingo, los seguidores de Jesús dirán, con una profunda alegría, que el Crucificado vive. Que se les ha manifestado pronunciando una palabra de Ánimo y Consuelo… Expe- rimentan que sus vidas van cambiando. Pasan, de la frustración, al ánimo y la vitalidad. Cargan con el sufrimiento de su gente, y así lo alivian… No se ha dado un cambio mágico de la realidad injusta y sufriente del mundo; lo que se ha dado es la posibilidad de situarse en la realidad y en la historia desde la Vida. Ha cambiado el referente último de la historia de los excluidos: no es la muerte, sino la Vida.

En la vida, muerte y resurrección de Jesús se revela el Dios de vivos, no de muertos. No es un Dios legitimador del fracaso de Jesús y de los excluidos como él. Los que ejecutaron a Jesús no tenían razón…Los que se han quedado en el camino tienen futuro, los verdugos no tienen la última palabra sobre las víctimas; y éstas son afirmaciones teológicas. Se rompe el maleficio de «hay lo que hay», «esto es así, y no puede ser de otra manera», «sólo cabe esta política y este orden económico»; se rompen, al fin, las redes de muerte. (Toni Catalá, Salgamos a buscarlo. Notas para una teología y una espiritualidad desde el Cuarto Mundo, Cuadernos Aquí y Ahora no 21, Ed. Sal Terrae, Santander 1992, pp.21-22).

CINCO CACHORROS

Un vendedor estaba poniendo en la puerta de su tienda un letrero que decía: “Se venden cachorros”. Era un cartel muy atractivo, sobre todo para los niños, que les gustan tanto los animales. Así que … , no tardando mucho, un niño se colocó debajo del letrero y, después de leerlo, entró ilusionado a la tienda y preguntó al vendedor: «¿Cuánto cuestan los cachorros?». «Los hay de muchos precios. Entre 30 y 50 euros», respondió despreocupado. El niño metió la mano en su bolsillo y sacó unas monedas sueltas, mientras decía: «Tengo 2,87 euros. ¿Puedo verlos, por favor?» El señor sonrió y pensó en decirle al niño que se fuera, pero no había más clientes en la tienda y no tenía nada mejor que hacer.

Al mismo tiempo que pensaba todo esto, silbó y del fondo de la tienda salió corriendo una preciosa perra blanca seguida de cinco pequeños cachorros. Uno de ellos se estaba retrasando considerablemente. Venía el último y parecía que le costaba andar. El niño inmediatamente distinguió al cachorro rezagado… ¡era cojo! Interesado, preguntó: «¿Qué le pasa a ese perrito?» El vendedor le contó que el veterinario había dicho que tenía un defecto en la pata y cojearía durante toda su vida. De pronto, el niño se entusiasmó: «¡Ése, ése,… ¡. ¡Ése es el cachorro que quiero comprar!»

El vendedor, que no salía de su asombro, le dijo: «¿Ése? Si es ése el que quieres, no te preocupes… que te lo regalo». El niño se enfadó mucho. Miró al señor a los ojos y replicó: «No quiero que me lo regale. Ese perrito vale lo mismo que los demás y voy a pagárselo enterito. Si a usted le parece bien, ahora le doy 2,87 euros y luego 50 céntimos todas las semanas, hasta que termine de pagarlo. No puedo darle más porque es la propina que me dan mis padres». El vendedor intentó convencer al niño: «¿Pero no te das cuenta de cómo es ese perrito? Lo que pasa es que no te lo has pensado bien. ¿No ves que nunca va a poder correr, saltar y jugar contigo como los otros cachorros…? «

Pero el niño estaba seguro de lo que quería y, finalmente, el vendedor accedió a su propuesta. Mucho mejor, así se deshacía de aquel animal. Dicho y hecho. El vendedor cogió al cachorro cojo y se lo entregó. El niño se dio media vuelta y recorrió con el perrito en brazos la distancia que le separaba de la puerta de la tienda, mientras el vendedor miraba atónito la pierna torcida del niño sostenida por un gran aparato ortopédico.

Comentario al evangelio de hoy (3 de octubre)

Lo de que todos somos iguales es más un sueño, un deseo, que una realidad. Acabo de leer una estadística en la que se muestra como los hijos de las familias de clases medias y altas llegan a la escuela sistemáticamente mejor preparados que los niños nacidos en familias pobres. Decía el autor del comentario a la estadística que la solución no está sólo en incrementar los medios de las guarderías y de las escuelas. Es que además, las familias pobres son a veces más problemáticas. Aunque sólo sea porque los padres tienen que trabajar muchísimas horas y llegan cansados y tarde a casa sin posibilidad de atender a los niños como los progenitores de clase media y alta. Desde ese momento se marcan ya las diferencias entre las personas. 

Es decir, hay unos que tienen –tenemos– más posibilidades, más oportunidades que otros. Y, siendo honestos, debemos reconocer que eso no se debe a nuestra valía personal sino a la casualidad. Es algo que hemos recibido gratis. Otros han recibido gratis una posición peor en el teatro de este mundo. Ya decía Susanita, la amiga de Mafalda (la niña argentina creada por el genial Quino), que los pobres no dejarían de ser pobres nunca si iban a colegios pobres, compraban en mercados pobres y luego buscaban trabajos mal remunerados y casas en barrios pobres. 

Pero esto que es así genera para los que han tenido la suerte de tener más posibilidades no un privilegio de abuso sino un deber inexcusable: poner lo que tienen al servicio de los hermanos. Porque la verdad más importante es que somos hermanos, es que somos iguales a los ojos de Dios. Y los hermanos están para echarse una mano unos a otros, para compartir lo que tienen y ayudarse sin pedir nada a cambio. 

Corozaín, Betsaida, Cafarnaúm eran ciudades que habían sido privilegiadas por la presencia de Jesús. Eran además ciudades del mundo judío. Habían conocido la palabra de los profetas. Y luego la palabra de Jesús. Pero no habían respondido. ¿Cómo se les iba a exigir lo mismo que a Tiro y Sidón? 

¿Cómo se les va a pedir lo mismo a los pobres de este mundo que a los que nos han tocado en suerte tantos privilegios y no el menos importante, el de haber escuchado la Palabra?

Fernando Torres Pérez, cmf

Viernes XXVI del Tiempo Ordinario

Hoy es 3 de octubre, viernes de la XXVI semana de Tiempo Ordinario.

La gracia de Dios es un regalo, una ofrenda que nos hace. Pero Dios no nos obliga a recibirlo. Es una invitación. Una invitación a mirar, a ver, a estar con los ojos y los oídos abiertos. Me dispongo, al comenzar esta oración, a recibir su palabra y su llamada. Al comenzar mi oración te pido, Señor, que no sea sordo a tu voz, sino que esté atento para escucharte y cumplir tu voluntad.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 10, 13-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús: «¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidas de sayal y sentadas en la ceniza. Por eso el juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno. Quien a vosotros os escucha a mí me escucha; quien a vosotros os rechaza a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí rechaza al que me ha enviado.»

Hoy escuchamos cómo Jesús recrimina a las gentes de Corozaín y Betsaida y de Cafarnaúm, que no se hayan convertido, aunque han escuchado el anuncio del Reino de Dios y presenciado muchos milagros. Jesús les ha ofrecido la salvación, y los milagros que han visto pretendían manifestarles la voluntad de Dios y predisponerlos a la conversión. Ellos han escuchado y han visto, pero no han abierto el corazón  a la oferta de Jesús. Y ahí continúan en su incredulidad.  «¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida!”, exclama sobre ellos. Y yo, escuchando ese “¡ay de ti!” dolorido que brota del corazón despreciado de Cristo,  debo pensar en mí. Cada uno de nosotros somos Corozaín y Betsaida y Cafarnaúm. La ingratitud y dureza de corazón de aquellas gentes ¿no se albergan también en nuestros corazones? Como en aquellas ciudades, en las que Jesús ha desarrollado una intensa actividad y ha realizado muchos milagros, también sobre nosotros ha derramado abundantemente sus gracias. Y nosotros, desagradecidos,  ¿cuántas veces hemos rechazado sus llamadas? Pero el amor del Señor es tan grande que no se ha cansado de llamarnos.  Señor Jesús, te pido que deje ya de resistir a tu amor. Que tu gracia, Señor, gane, definitivamente, la batalla que llevas peleando conmigo tantos años: Que te abra el corazón y me convierta a ti.

De aquellas gentes dice Jesús que si los de Tiro y Sidón  -que era gente pagana-  hubieran recibido la oferta de salvación que ellos habían recibido y hubieran visto lo que ellos han visto, se habrían convertido y hecho penitencia. Por eso, el juicio les será más llevadero a los de Tiro y Sidón que a ellos.  Señor, cuando miro en torno a mí y veo cómo mucha gente sencilla, con apenas formación cristiana, vive y ama, me digo: “¿cómo habrían respondido a Dios estas personas, si hubiesen recibido las gracias que yo he recibido? ¡Qué vidas tan llenas de amor serían seguramente, Señor!  Y, sin embargo, ha sido a mí a quien has llamado y llenado de favores! ¡Qué misterio de amor, Señor, el tuyo! Que tu Espíritu enternezca y ablande este corazón mío, tan endurecido, para que el día del juicio sea para mí al menos tan llevadero como para esas buenas gentes sencillas que viven tu mensaje con más generosidad que yo.

Jesús había enviado setenta y dos de sus discípulos a anunciar el Reino de Dios. Refiriéndose a ellos, termina diciendo: «Quien a vosotros oye, a mi me oye». La palabra de los enviados es palabra de Jesús. Dios ha querido servirse de ellos para conducir a los hombres a la salvación. Sus mensajeros son servidores de la palabra.  ¿Lo soy yo? ¿Yo entrego tu palabra o la mía? Pero ¿cómo voy a ser “servidor de tu palabra”, si antes no soy buen oyente de tu palabra, y no la medito y la vivo? Pienso que necesito orar más. Ponerme delante de ti todos los días, para escucharte, meditar tu Palabra y recibir la fuerza necesaria para vivir tu evangelio. Entonces el que me escuche, sí te escuchará a ti.

Al volver a leer imagina cómo podrían sonar esas palabras de Jesús hoy en día. Pronunciadas aquí y ahora, en este contexto. Puedo ser yo de esos que teniéndolo todo son incapaces de sarse cuenta de la llamada a la conversión. Puedo pensar a veces que estoy en lo más alto, mientras en realidad ando con una fosa, lejos de la vida verdadera.

Señor, termino este rato de encuentro contigo. Tus palabras son severas y despiertan en mí preguntas y llamadas. Quiero recibir tu buena noticia. Quiero convertirme, avanzar hacia ti y tu proyecto. Quiero escuchar a tus mensajeros. Tener los ojos abiertos, los oídos atentos, las manos dispuestas para darme, a tu manera, tras tus huellas, hoy y siempre.

Alma de Cristo, santifícame,

Cuerpo de Cristo, sálvame,

Sangre de Cristo, embriágame,

Agua del costado de Cristo, lávame,

Pasión de Cristo, confórtame.

Oh buen Jesús, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme,

no permitas que me aparte de ti,

del maligno enemigo, defiéndeme.

y en la hora de mi muerte, llámame,

y mándame ir a ti, para que con tus santos te alabe

por los siglos de los siglos.

Amén.

Laudes – Viernes XXVI Tiempo Ordinario

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Ant. El Señor es bueno, bendecid su nombre. 

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: TE DOY GRACIAS SEÑOR.

Te doy gracias, Señor.
¡Tanto estabas enojado conmigo!
Tú eres un Dios de amor,
y ahora soy tu amigo,
te busco a cada instante y te persigo.

Eres tú mi consuelo,
tú eres el Dios que salva y da la vida;
eres todo el anhelo
de esta alma que va herida,
ansiándote sin tasa ni medida.

En mi tierra desierta,
tú de la salvación eres la fuente;
eres el agua cierta
que se vuelve torrente,
y el corazón arrasa dulcemente.

¡Quiero escuchar tu canto!
¡Que tu Palabra abrase mi basura
con alegría y llanto!
¡Que mi vida futura
espejo sea sin fin de tu hermosura! Amén.

SALMODIA

Ant 1. Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias, Señor.

Salmo 50 – CONFESIÓN DEL PECADOR ARREPENTIDO

Misericordia, Dios mío, por tu bondad;
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,
en el juicio brillará tu rectitud.
Mira, que en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.

¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, ¡oh Dios,
Dios, Salvador mío!,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen;
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado:
un corazón quebrantado y humillado
tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias, Señor.

Ant 2. En Tu juicio, Señor, acuérdate de la misericordia.

Cántico: JUICIO DE DIOS – Ha 3, 2-4. 13a. 15-19

¡Señor, he oído tu fama,
me ha impresionado tu obra!
En medio de los años, realízala;
en medio de los años, manifiéstala;
en el terremoto acuérdate de la misericordia.

El Señor viene de Temán;
el Santo, del monte Farán:
su resplandor eclipsa el cielo,
la tierra se llena de su alabanza;
su brillo es como el día,
su mano destella velando su poder.

Sales a salvar a tu pueblo,
a salvar a tu ungido;
pisas el mar con tus caballos,
revolviendo las aguas del océano.

Lo escuché y temblaron mis entrañas,
al oírlo se estremecieron mis labios;
me entró un escalofrío por los huesos,
vacilaban mis piernas al andar.
Tranquilo espero el día de la angustia
que sobreviene al pueblo que nos oprime.

Aunque la higuera no echa yemas
y las viñas no tienen fruto,
aunque el olivo olvida su aceituna
y los campos no dan cosechas,
aunque se acaban las ovejas del redil
y no quedan vacas en el establo,
yo exultaré con el Señor,
me gloriaré en Dios mi salvador.

El Señor soberano es mi fuerza,
él me da piernas de gacela
y me hace caminar por las alturas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. En Tu juicio, Señor, acuérdate de la misericordia.

Ant 3. Glorifica al Señor, Jerusalén.

Salmo 147 – RESTAURACIÓN DE JERUSALÉN.

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

hace caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Glorifica al Señor, Jerusalén.

LECTURA BREVE   Ef 2,13-16

Ahora estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos, judíos y gentiles, una sola cosa, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear en él un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte en él al odio.

RESPONSORIO BREVE

V. Invoco al Dios Altísimo, al Dios que hace tanto por mí.
R. Invoco al Dios Altísimo, al Dios que hace tanto por mí.

V. Desde el cielo me enviará la salvación.
R. El Dios que hace tanto por mí.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo
R. Invoco al Dios Altísimo, al Dios que hace tanto por mí.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto.

PRECES

Adoremos a Cristo, que se ofreció a Dios como sacrificio sin mancha para purificar nuestras conciencias de las obras muertas, y digámosle con fe:

En tu voluntad, Señor, encontramos nuestra paz.

Tú que nos has dado la luz del nuevo día,
concédenos también caminar durante sus horas por sendas de vida nueva.

Tú que todo lo has creado con tu poder y con tu providencia lo conservas,
ayúdanos a descubrirte presente en todas tus creaturas.

Tú que has sellado con tu sangre una alianza nueva y eterna,
haz que, obedeciendo siempre tus mandatos, permanezcamos fieles a esa alianza.

Tú que colgado en la cruz quisiste que de tu costado manara sangre y agua,
purifica con esta agua nuestros pecados y alegra con este manantial a la ciudad de Dios.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ya que Dios nos ha adoptado como hijos, oremos al Padre como nos enseñó Jesucristo:

Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios todopoderoso, te pedimos nos concedas que del mismo modo que hemos cantado tus alabanzas en esta celebración matutina así también las podamos cantar plenamente en la asamblea de tus santos por toda la eternidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Oficio de lecturas – Viernes XXVI Tiempo Ordinario

OFICIO DE LECTURA 

Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. El Señor es bueno, bendecid su nombre.


Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.



Himno: QUÉ HERMOSOS SON LOS PIES

¡Qué hermosos son los pies
del que anuncia la paz a sus hermanos!
¡Y qué hermosas las manos
maduras en el surco y en la mies!

Grita lleno de gozo,
pregonero, que traes noticias buenas:
se rompen las cadenas,
y el sol de Cristo brilla esplendoroso.

Grita sin miedo, grita,
y denuncia a mi pueblo sus pecados;
vivimos engañados,
pues la belleza humana se marchita.

Toda yerba es fugaz,
la flor del campo pierde sus colores;
levanta sin temores,
pregonero, tu voz dulce y tenaz.

Si dejas los pedazos
de tu alma enamorada en el sendero,
¡qué dulces, mensajero,
qué hermosos, que divinos son tus pasos! Amén.

SALMODIA

Ant 1. Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37 I – ORACIÓN DE UN PECADOR EN PELIGRO DE MUERTE

Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera;
tus flechas se me han clavado,
tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne
a causa de tu furor,
no tienen descanso mis huesos
a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza,
son un peso superior a mis fuerzas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Señor, no me castigues con cólera.

Ant 2. Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Salmo 37 II

Mis llagas están podridas y supuran
por causa de mi insensatez;
voy encorvado y encogido,
todo el día camino sombrío;

tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi carne;
estoy agotado, deshecho del todo;
rujo con más fuerza que un león.

Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,
no se te ocultan mis gemidos;
siento palpitar mi corazón,
me abandonan las fuerzas,
y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y compañeros se alejan de mí,
mis parientes se quedan a distancia;
me tienden lazos los que atentan contra mí,
los que desean mi daño me amenazan de muerte,
todo el día murmuran traiciones.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Ant 3. Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

Salmo 37 III

Pero yo, como un sordo, no oigo;
como un mudo, no abro la boca;
soy como uno que no oye
y no puede replicar.

En ti, Señor, espero,
y tú me escucharás, Señor, Dios mío;
esto pido: que no se alegren por mi causa,
que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer,
y mi pena no se aparta de mí:
yo confieso mi culpa,
me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,
son muchos los que me aborrecen sin razón,
los que me pagan males por bienes,
los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor,
Dios mío, no te quedes lejos;
ven aprisa a socorrerme,
Señor mío, mi salvación.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

V. Mis ojos se consumen aguardando tu salvación.
R. Y tu promesa de justicia. 

PRIMERA LECTURA

Del libro de Judit 12, 1–13, 5

EL BANQUETE DE HOLOFERNES

En aquellos días, Holofernes ordenó que llevaran a Judit a donde tenía su vajilla de plata, y mandó que le sirvieran de su misma comida y de su mismo vino. Pero Judit dijo:

«No los probaré, para no caer en pecado. Yo me he traído mis provisiones.»

Holofernes le preguntó:

«Y si se te acaba lo que tienes, ¿de dónde sacamos una comida igual? Entre nosotros no hay nadie de tu raza.»

Judit le respondió:

«¡Por tu vida, alteza! No acabaré lo que he traído antes de que el Señor haya realizado su plan por mi medio.»

Los oficiales de Holofernes la llevaron a su tienda. Judit durmió hasta la media noche, se levantó antes del relevo del amanecer y mandó este recado a Holofernes:

«Señor, ordena que me permitan salir a orar.»

Holofernes ordenó a los guardias de su escolta que la dejaran salir. Así pasó Judit tres días en el campamento. Por la noche, se dirigía hacia el barranco de Betulia y se lavaba en la fuente donde estaba el puesto de guardia. Después de lavarse, suplicaba al Señor, Dios de Israel, que dirigiera su plan para exaltación de su pueblo. Luego, purificada, volvía a su tienda y allí se quedaba hasta que, a eso del atardecer, le llevaban la comida.

El cuarto día, Holofernes ofreció un banquete exclusivamente para su personal de servicio, sin invitar a ningún oficial, y dijo al eunuco Bagoas, que era su mayordomo:

«Vete a ver si convences a esa hebrea que tienes a tu cargo para que venga a comer y beber con nosotros. Porque sería una vergüenza no aprovechar la ocasión de acostarme con esa mujer. Si no me la gano, se va a reír de mí.»

Bagoas salió de la presencia de Holofernes, entró donde Judit y le dijo:

«No tenga miedo esta bella jovencita de presentarse a mi señor como huésped de honor, para beber y alegrarse con nosotros, pasando el día como una mujer asiria de las que viven en el palacio de Nabucodonosor.»

Judit respondió:

«¿Quién soy yo para contradecir a mi señor? Haré en seguida lo que le agrade; será para mí un recuerdo feliz hasta el día de mi muerte.»

Se levantó para arreglarse. Se vistió y se puso todas sus joyas de mujer. Su doncella entró delante y le extendió en el suelo, ante Holofernes, el vellón de lana que le había dado Bagoas para que se recostase allí a diario mientras comía. Judit entró y se sentó. Al verla, Holofernes se turbó, y le agitó la pasión con un deseo violento de unirse a ella, pues desde la primera vez que la vio esperaba la ocasión de seducirla, y le dijo:

«Anda, bebe; alégrate con nosotros.»

Judit respondió:

«Claro que beberé, señor. Hoy es el día más grande de toda mi vida.»

Y comió y bebió ante Holofernes, tomando de lo que le había preparado su doncella. Holofernes, entusiasmado con ella, bebió muchísimo vino, como no había bebido en toda su vida. Cuando se hizo tarde, el personal de servicio se retiró en seguida. Bagoas cerró la tienda por fuera, después de hacer salir a los sirvientes. Todos fueron a acostarse, rendidos por lo mucho que habían bebido. En la tienda quedaron sólo Judit y Holofernes, tumbado en el lecho, completamente borracho. Judit había ordenado a su doncella que se quedara fuera de la alcoba y la esperase a la salida como otros días. Había dicho que saldría para hacer la oración, y había hablado de ello con Bagoas.

RESPONSORIO    Cf. Jdt 16, 16. 7; Sir 36, 18; cf. Jdt 6, 15

R. Señor, eres grande y glorioso, tú que has dado la salvación por mano de una mujer. * Escucha la súplica de tus siervos.
V. Bendito seas, Señor, que no desamparas a los que confían en ti, y abates a los que se jactan de su poder.
R. Escucha la súplica de tus siervos.

SEGUNDA LECTURA

Del Tratado de san Ambrosio, obispo, sobre la carta a los Filipenses
(PLS 1, 617-618)

ESTAD SIEMPRE ALEGRES EN EL SEÑOR

Como acabáis de escuchar en la lectura de hoy, amados hermanos, la misericordia divina, para bien de nuestras almas, nos llama a los goces de la felicidad eterna, mediante aquellas palabras del Apóstol: Estad siempre alegres en el Señor. Las alegrías de este mundo conducen a la tristeza eterna, en cambio, las alegrías que son según la voluntad de Dios durarán siempre y conducirán a los goces eternos a quienes en ellas perseveren. Por ello añade el Apóstol: Otra vez os lo digo: Estad alegres.

Se nos exhorta a que nuestra alegría, según Dios y según el cumplimiento de sus mandatos, se acreciente cada día más y más, pues cuanto más nos esforcemos en este mundo por vivir entregados al cumplimiento de los mandatos divinos, tanto más felices seremos en la otra vida y tanto mayor será nuestra gloria ante Dios.

Que vuestra bondad sea conocida de todos, es decir, que vuestra santidad de vida sea patente no sólo ante Dios, sino también ante los hombres; así seréis ejemplo de modestia y sobriedad para todos los que en la tierra conviven con vosotros y vendréis a ser también como una imagen del bien obrar ante Dios y ante los hombres.

El Señor está cerca; no os inquietéis por cosa alguna: El Señor está siempre cerca de los que lo invocan sinceramente, es decir, de los que acuden a él con fe recta, esperanza firme y caridad perfecta; él sabe, en efecto, lo que vosotros necesitáis ya antes de que se lo pidáis; él está siempre dispuesto a venir en ayuda de las necesidades de quienes lo sirven fielmente. Por ello no debemos preocuparnos desmesuradamente ante los males que pudieran sobrevenirnos, pues sabemos que Dios, nuestro defensor, no está lejos de nosotros, según aquello que se dice en el salmo: El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor. Si nosotros procuramos observar lo que él nos manda, él no tardará en darnos lo que prometió.

En toda necesidad presentad a Dios vuestras peticiones mediante la oración y la súplica, acompañadas con la acción de gracias, no sea que, afligidos por la tribulación, nuestras peticiones sean hechas -Dios no lo permita- con tristeza o estén mezcladas con murmuraciones; antes, por el contrario, oremos con paciencia y alegría, dando continuamente gracias a Dios por todos sus beneficios.

RESPONSORIO    Sal 39, 3-4

R. El Señor afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos; * y puso en mis labios un cántico nuevo.
V. El escuchó mi grito y me levantó de la charca fangosa.
R. Y puso en mis labios un cántico nuevo.

ORACIÓN.

OREMOS,
Señor Dios, que manifiestas tu poder de una manera admirable sobre todo cuando perdonas y ejerces tu misericordia, infunde constantemente tu gracia en nosotros, para que, tendiendo hacia lo que nos prometes, consigamos los bienes celestiales. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.