Sábado I de Adviento

ESTRELLAS, SOL Y BUENA NOTICIA

 

Isaías 30, 19-21.23-26. El pueblo se ha rebelado contra Dios. Hijos rebeldes, los Israelitas se niegan a obedecer a la Ley. Incluso llegan a pedir a los profetas que pronuncien tan sólo oráculos halagüeños. Por eso no se hace esperar el castigo: la erguida testa de Israel será quebrada (v.I4).

A pesar de ello, Isaías anuncia la reconciliación. En efecto, en cuanto Yahvé vea los primeros signos de arrepentimiento, perdonará. En la miseria, dará el pan y el agua, y la voz de los profetas se dejará oír de nuevo. Lluvias abundantes, tierras fértiles y rebaños prósperos son otras tantas señales de la divina benevolencia. El «forraje salado» mencionado en el salmo es un alimento especialmente apreciado por el ganado: un proverbio árabe dice que el forraje dulce es el pan de los camellos, y el forraje salado es su mermelada.

La descripción final se tiñe con una coloración apocalíptica. Cuando las orgullosos murallas sean derribadas, obras de regadío llevarán el agua a las colinas, mientras que los astros brillarán con inigualado resplandor.

El Salmo 146 es un himno de alabanza a la misericordia divina. El Señor sana los corazones destrozados y venda las heridas.

Mateo 9, 35—10, 1.6-8. Las muchedumbres están postradas como ovejas sin pastor. El Antiguo Testamento ha descrito muchas veces el errar de los hombres cuando son abandonados por sus legítimos dirigentes. A esos hombres viene Jesús a anunciar el plan de Dios. Poseedor de una autoridad única, que se manifiesta en palabras y en obras, se la transmite a un grupo de doce discípulos, en los que están presentes todos los hombres que reconocerán en Cristo el cumplimiento de la promesa divina. Gracias a su ministerio, calcado del Maestro, sobrevendrá el juicio: exorcismos y curaciones son los signos de la victoria sobre el mal. Subrayemos que, antes de transmitir su autoridad a los Doce, Jesús oró a su Padre. Este hecho pone de relieve que la misión cristiana no es obra humana; está animada por el Espíritu. Y si los discípulos son confirmados en su papel de apóstoles, no se debe a mérito alguno de su parte. Si recibieron gratuitamente, deben dar de la misma manera.

«El Señor cuenta el número de las estrellas; sana los corazones destrozados» (Sal 146). La relación entre la astrología y el consuelo de los afligidos no data de hoy; pero ¿qué son los innumerables «Señor Sol» ante el Dios que «hará brillar el sol —¡en aquel día!— siete veces más que lo ordinario?». ¿Qué tiene que ver la Buena Noticia de Dios con todos los inventores de buenas noticias, hacia los que corren tantos corazones desamparados? Y al cabo, la Biblia (sobre todo en su tradición apocalíptica) ¿no será más que una mixtificación suplementaria? ¿Pasaría el «misterio» de Dios por la bola de cristal de los astrólogos?

La cuestión es seria, porque, diga lo que diga al respecto el Evangelio, los enfermos no siempre son sanados (radicalmente), los muertos no resucitan hoy más que ayer, y si la lepra retrocede (bien poco, a decir verdad), es gracias a la medicina y a la abnegación de los hombres. Que se nos dispense, sobre todo, de esas traducciones del Evangelio falsamente espirituales que no dan la talla delante de la enorme miseria física de los que sufren. El cuerpo del hombre no es un producto inútil, y la promesa de un consuelo celestial (más tarde, ¡siempre más tarde…!) me deja con mi hambre y con mis lágrimas. Y eso, en el nombre mismo de la Biblia.

Es indudable que Jesús y los suyos curaron enfermos, pero siempre conforme a la creencia de la época, según la cual el alma y el cuerpo no eran extraños el uno al otro. Por otra parte, se vuelve a esa mentalidad. Pero no debería ser para incurrir en mixtificaciones neuróticas. ¿Comprenderemos algún día que la medicina, la preocupación por los hombres y la ternura del corazón, aliadas con la ciencia que investiga, son la única y auténtica traducción del Evangelio? El sol que brilla incesantemente es una imagen… Dios enjugando las lágrimas del que llora es la realidad. Y la una llama a la otra. Es preciso, además, que seamos los multiplicadores de ese Dios que se compadece de la humanidad abatida y desamparada. ¿No será el Adviento el tiempo en que Dios convoca, a todos los que quieren un mundo nuevo, al corazón mismo de un realismo comprometido? ¿Son esos, quizá, los únicos que viven sin trampas la verdadera poesía de Dios?

Recordad la vieja canción de las veladas alrededor de la lumbre…» ¿Has contado las estrellas?… ¿Sabes cuántas hay en la tierra!». Sí, si Dios «llama a cada una por su nombre», es que para él cada ser humano es una estrella que él quiere ver brillar en la noche. ¿Y nosotros?