Sábado III de Adviento

Lucas 1, 5-25

Zacarías y su esposa Isabel habían rezado muchos años pidiéndole a Dios un hijo, pero sin resultados, y con el paso de los años aumentaban en ellos el desánimo y la tristeza de no tener descendencia. 

Con todo, seguían orando y pidiendo.

Viendo que iban avanzando en edad, Dios les demostró su misericordia haciéndoles una increíble promesa: Les daría un hijo, al que llamarían Juan, y que sería una señal de su gracia. Al mismo tiempo, les permitió conocer algo de la asombrosa misión que tendría este niño como profeta que anunciaría la llegada del Mesías.

Dios es generoso y cuando el Señor escucha nuestras oraciones, su generosidad supera todo lo imaginable. Al igual que a Zacarías e Isabel, el Señor da vida a nuestras esperanzas incluso cuando humanamente ya hemos desistido de todo, y nos comunica fe para confiar en sus promesas, aunque los obstáculos parezcan ser insalvables.

¿Cómo fue que Zacarías e Isabel confiaron en las promesas de Dios? Lo hicieron recordando lo que Dios había hecho por sus antepasados en la historia de Israel: el Señor había bendecido a Abraham y Sara con el hijo que les había prometido, aunque éstos ya eran de avanzada edad; había sacado a su pueblo de la esclavitud en Egipto aunque el faraón se opuso tenazmente, y había librado a Israel de los feroces ataques de los filisteos por intermedio de Sansón, consagrado a Dios desde antes de nacer (Jueces 13).

¡Dios quiere hacer grandes cosas por sus hijos hoy también! Desea concedernos los tesoros de paz, alegría y rectitud, y quiere hacernos sanos y robustos en cuerpo, mente y espíritu. Cuando recordamos la fidelidad de Dios y todos los milagros que hizo en el pasado, la fe cobra vida en nuestro corazón y podemos tener una confianza cada vez mayor de que el Señor escuchará nuestras oraciones y actuará en favor nuestro.

Dios quiere que perseveremos en la oración y que no nos olvidemos de que nos ama con un amor compasivo: “Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2742).

“¡Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo por los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ven a librarnos, no tardes más!”