Ap 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab (1ª Lectura Festividad de la Asunción de María)

La literatura apocalíptica surge en Israel como respuesta a una época de crisis. Teológicamente hablando, la apocalíptica del Antiguo Testamento es heredera de la profecía, si bien las formas literarias distan de ella. Los profetas miran a un futuro de esperanza dentro de la historia; los escritores apocalípticos creen que no es posible la reforma de la historia, pero esperan en una intervención salvadora de Dios; no creen en una destrucción, sino una nueva creación. Los tiempos viejos deben dar paso a uno totalmente nuevo. 

Bajo las imágenes sorprendentes y ricas de la apocalíptica se esconde el anuncio de una buena noticia de Dios. No se trata ni de un lenguaje descriptivo, como algunos siempre están tentados de pensar, ni de un lenguaje esotérico para iniciados que oculta extraños y crípticos mensajes. Por tratarse de «palabra de Dios», la apocalíptica es una palabra reveladora, no ociosa. Nace en el marco de la Antigua Alianza (libro de Daniel), adquiere su desarrollo y madurez posteriormente en el judaísmo, y da paso al libro neotestamentario del Apocalipsis, ya en el marco de la salvación cristiana, donde el revelador y el revelado no es otro sino Cristo. La comunidad del Apocalipsis es con seguridad una iglesia probada, incluso perseguida, que tiene experiencia del mal; necesitan saber que Dios está con ellos. 

El texto de hoy presenta una lucha entre la mujer y el dragón. La mujer engendra la Vida (Cristo) y el dragón quiere destruirla. La «mujer» es la señal que hace referencia al amor de alianza entre YHWH y su pueblo; también es signo de fecundidad, de futuro, pues está de parto. El dragón, símbolo universal de la oposición del mal, intenta impedirlo; pero la victoria última pertenece a Dios, que coloca al niño junto a su trono, indicando gloria y majestad. 

La comunidad eclesial ve en esta figura femenina una imagen de María; en ella, la «nueva Eva», han sido vencidas para siempre las potestades maléficas que atenazan al género humano. El futuro del mundo y de la historia no está sometido al mal, a las potencias violentas, a la injusticia que dice la última palabra. En este contexto de la fiesta de la Asunción de la Virgen María, el Apocalipsis nos pide que elevemos la mirada y que miremos con confianza hacia el futuro. Desde el acontecimiento salvífico hecho realidad en Cristo, la historia puede mirar la realidad con ojos nuevos. 

Pedro Fraile Yécora 

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