Jer 38, 4-6. 8-10 (1ª Lectura Domingo XX de Tiempo Ordinario)

Cuando leemos la palabra de Dios, esperamos de forma espontánea una exhortación, una reflexión, una sentencia juiciosa, una motivación para nuestra vida humana, moral y espiritual. Buscamos en la Biblia, sin decirlo, una palabra de consuelo y de ánimo. No esperamos la narración de unos hechos «que ni nos van ni nos vienen»; mucho menos que sean violentos. ¿A qué viene esta historia de un personaje que meten en un pozo en el asedio de Jerusalén? ¿Qué puede decirnos eso en nuestra vida? 

La escena que se narra en tercera persona -lo hace un espectador desde fuera- relata la suerte del profeta Jeremías en el asedio de Jerusalén por parte de los babilonios. Un asedio que acabará en tragedia y destrucción, pues la ciudad y el Templo serán arrasados. Estamos en el año 587 a.C. La historia parece acabarse definitivamente para el reino de Judá. 

Jeremías es un verdadero profeta de Dios. Los falsos profetas, contemporáneos suyos, que también actúan en la ciudad, exhortan a la resistencia, pues Dios no va a permitir que la ciudad caiga. Jeremías, curiosamente, que habla en verdad de parte de Dios, les exhorta a la rendición. Los pecados de Judá y de Jerusalén han colmado el vaso y no hay escapatoria. Las autoridades interpretan estas palabras como una llamada a la deserción y le acusan al profeta de desanimar a los combatientes. 

Toda la lectura del libro del profeta Jeremías está atravesada por una palabra de Dios molesta que le complica la vida. La vida del profeta, en realidad, no es fácil, porque cuando Dios habla no lo hace para satisfacer nuestras curiosidades, sino para transmitir un mensaje de salvación que muchas veces no interpretamos o no sabemos vislumbrar. Jeremías tuvo que decir al rey primero, y a sus conciudadanos después, que el plazo dado por Dios ya se había cumplido. La intervención de los ejércitos enemigos, los babilonios, era inminente. Ni el rey ni sus conciudadanos lo querían oír. La solución que toman es, como se dice en castellano, ‘matar al mensajero’. A Jeremías no le llegan a matar sus conciudadanos, pero le encarcelan, le maltratan, le mandan callarse. No es fácil ni agradable la vida del profeta. La voz profética ha sido frecuentemente acallada por los que tienen que tomar las decisiones, por los que creen que gobiernan sensatamente; gobierno que ejercen, con frecuencia, no con Dios, sino al margen de él. 

Pedro Fraile Yécora