I Vísperas – Domingo XX de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: HOY ROMPE LA CLAUSURA

Hoy rompe la clausura
del surco empedernido
el grano en él hundido
por nuestra mano dura;
y hoy da su flor primera
la rama sin pecado
del árbol mutilado
por nuestra mano fiera.

Hoy triunfa el buen Cordero
que, en esta tierra impía,
se dio con alegría
por el rebaño entero;
y hoy junta su extraviada
majada y la conduce
al sitio en que reluce
la luz resucitada.

Hoy surge, viva y fuerte,
segura y vencedora,
la Vida que hasta ahora
yacía en honda muerte;
y hoy alza del olvido
sin fondo y de la nada
al alma rescatada
y al mundo redimido. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Desead la paz a Jerusalén.

Salmo 121 LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

Ant 2. Desde la aurora hasta la noche mi alma aguarda al Señor.

Salmo 129 – DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Desde la aurora hasta la noche mi alma aguarda al Señor.

Ant 3. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cántico: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL – Flp 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios,
al contrario, se anonadó a sí mismo,
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA BREVE 2Pe 1, 19-21

Tenemos confirmada la palabra profética, a la que hacéis bien en prestar atención, como a lámpara que brilla en lugar oscuro, hasta que despunte el día y salga el lucero de la mañana en vuestro corazón. Ante todo habéis de saber que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada; pues nunca fue proferida alguna por voluntad humana, sino que, llevados del Espíritu Santo, hablaron los hombres de parte de Dios.

RESPONSORIO BREVE

V. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
R. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

V. Su gloria se eleva sobre los cielos.
R. Alabado sea el nombre del Señor.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo
R. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Sabéis juzgar el aspecto del cielo, ¿y no sois capaces de juzgar las señales de los tiempos mesiánicos?

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sabéis juzgar el aspecto del cielo, ¿y no sois capaces de juzgar las señales de los tiempos mesiánicos?

PRECES

Invoquemos a Cristo, alegría de cuantos se refugian en él, y digámosle:

Míranos y escúchanos, Señor.

Testigo fiel y primogénito de entre los muertos, tú que nos purificaste con tu sangre
no permitas que olvidemos nunca tus beneficios.

Haz que aquellos a quienes elegiste como ministros de tu Evangelio
sean siempre fieles y celosos dispensadores de los misterios del reino.

Rey de la paz, concede abundantemente tu Espíritu a los que gobiernan las naciones
para que cuiden con interés de los pobres y postergados.

Sé ayuda para cuantos son víctimas de cualquier segregación por causa de su raza, color, condición social, lengua o religión
y haz que todos reconozcan su dignidad y respeten sus derechos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A los que han muerto en tu amor dales también parte en tu felicidad
con María y con todos tus santos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que has preparado bienes invisibles para los que te aman, infunde el amor de tu nombre en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos tus promesas que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio Divina (13 de agosto)

Lectio: Sábado, 13 Agosto, 2016

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno, a quien podemos llamar Padre; aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida. Por nuestro Señor.

2) Lectura del Evangelio

Del Evangelio según Mateo 19,13-15
Entonces le fueron presentados unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos.» Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.

3) Reflexión

• El Evangelio es bien breve. Apenas tres versículos. Describe cómo Jesús acoge a los niños.
• Mateo 19,13: La actitud de los discípulos ante los niños. Llevaron a los niños ante Jesús, para que les impusiera las manos y orase por ellos. Los discípulos reñían a las madres. ¿Por qué? Probablemente, de acuerdo con las normas severas de las leyes de la impureza, los niños pequeños en las condiciones en las que vivían, eran considerados impuros. Si hubiesen tocado a Jesús, Jesús hubiera quedado impuro. Por esto, era importante evitar que llegasen cerca y le tocaran. Pues ya había acontecido una vez, cuando un leproso tocó a Jesús. Jesús, quedó impuro y no podía entrar en la ciudad. Tenía que estar en lugares desiertos (Mc 1,4-45)
• Mateo 19,14-15: La actitud de Jesús: acoge y defiende la vida de los niños. Jesús reprende a los discípulos diciendo: “Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos”. A Jesús no le importa transgredir las normas que impedían la fraternidad y la acogida que había que reservar a los pequeños. La nueva experiencia de Dios como Padre marcó la vida de Jesús y le dio una mirada nueva para percibir y valorar la relación entre las personas. Jesús se coloca del lado de los pequeños, de los excluidos y asume su defensa. Impresiona cuando se junta todo lo que la Biblia informa sobre las actitudes de Jesús en defensa de la vida de los niños, de los pequeños:
a) Agradecer por el Reino presente en los pequeños. La alegría de Jesús es grande, cuando percibe que los niños, los pequeños, entienden las cosas del Reino que él anunciaba a la gente. “Padre, ¡yo te agradezco!” (Mt 11,25-26) Jesús reconoce que los pequeños entienden del Reino más que los doctores!
b) Defender el derecho a gritar. Cuando Jesús, al entrar en el Templo, derribó las mesas de los mercaderes, eran los niños los que gritaban: “¡Hosanna al hijo de David!” (Mt 21,15). Criticados por los jefes de los sacerdotes y por los escribas, Jesús los defiende y en su defensa invoca las Escrituras (Mt 21,16).
c) Identificarse con los pequeños. Jesús abraza a los niños y se identifica con ellos. Quien recibe a un niño, recibe a Jesús (Mc 9, 37). “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.” (Mt 25,40).
d) Acoger y no escandalizar. Una de las palabras más duras de Jesús es contra los que causan escándalo a los pequeños, esto es, son el motivo por el cual los pequeños dejan de creer en Dios. Para éstos, mejor sería que le cuelguen una piedra de molino y le hundan en lo profundo del mar (Lc 17,1-2; Mt 18,5-7). Jesús condena el sistema, tanto político como religioso, que es el motivo por el cual la gente humilde, los niños, pierden su fe en Dios.
e) Volverse como niños. Jesús pide que los discípulos se vuelvan como niños y acepten el Reino como niños. Sin eso, no es posible entrar en el Reino (Lc 9,46-48). ¡Coloca a los niños como profesores de adultos! Lo cual no es normal. Acostumbramos hacer lo contrario.
f) Acoger y tocar. (El evangelio de hoy). Las madres con niños se acercan a Jesús para pedir la bendición. Los apóstoles reaccionan y los alejan. Jesús corrige a los adultos y acoge a las madres con los niños. Los toca y les da un abrazo. “¡Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis!” (Mc 10,13-16; Mt 19,13-15). Dentro de las normas de la época, tanto las madres como los niños pequeños, todos ellos vivían prácticamente, en un estado de impureza legal. ¡Tocarlos significaba contraer impureza! Jesús no se incomoda.
g) Acoger y curar. Son muchos los niños y los jóvenes que acoge, cura y resucita: la hija de Jairo, de 12 años (Mc 5,41-42), la hija de la mujer Cananea (Mc 7,29-30), el hijo de la viuda de Naim (Lc 7,14-15), el niño epiléptico (Mc 9,25-26), el hijo del Centurión (Lc 7,9-10), el hijo del funcionario público(Jo 4,50), el niño de los cinco panes y de los dos peces (Jn 6,9).

4) Para la relación personal

• Niños: ¿Qué has aprendido de los niños a lo largo de tu vida? ¿Qué han aprendido los niños de ti sobre Dios y sobre la vida?
• ¿Qué imagen de Dios irradio para los niños? ¿La de un Dios severo, bondadoso, distante o ausente?

5) Oración final

Crea en mí, oh Dios, un corazón puro,
renueva en mi interior un espíritu firme;
no me rechaces lejos de tu rostro,
no retires de mí tu santo espíritu. (Sal 51,12-13)

Homilía Domingo XX del Tiempo Ordinario

1. Situación

La vida suele obligar a opciones de conciencia. Por ejemplo:

– Cuando te ofrecen un puesto de trabajo, en que tienes que venderte al juego sucio del empresario.

– Cuando tienes ocasión de echar una canita al aire y pegarte una juerga sexual, sin que tu mujer/marido se entere.

– Cuando has de elegir carrera, y la elección depende de los criterios que uses para valorar una carrera u otra.

– Cuando te han hecho una faena, y decides cerrarte al prójimo o no.

– Cuando te sientes llamado/a a entregarte a la vida religiosa y has de optar ante la negativa de los tuyos.

La vida misma es una opción de conciencia, aunque solemos vivirla como un problema de supervivencia o de cumplimiento de algunas normas, sociales o religiosas. Por ejemplo:

– Decido vivir en verdad o manejando la realidad en función de los propios intereses. Con frecuencia, no hay un momento especial para esta decisión; se va haciendo.

– Decido personalizar la fe o mantengo la fe sociológica, porque me resulta más cómo da.

Decido vivir abierto al riesgo o decido estar en orden, de modo que nada ni nadie me descontrole.

– Decido estar abierto a la iniciativa de Dios o me las arreglo para sentirme bueno y que Dios no tenga nada que decirme.

2. Contemplación

Dejemos que la experiencia del profeta Jeremías (primera lectura) y las palabras de Jesús (Evangelio) provoquen los fondos últimos de nuestra conciencia.

Siempre buscamos explicación a las exigencias «inhumanas» de Jesús. Por no optar, porque no queremos ver que la fe en Jesús sólo tiene sentido cuando totaliza la existencia, si es el Absoluto.

No confundamos el Amor con lo gratificante poseído. El amor de Jesús es fuego devorador.
 

3. Reflexión

Hay muchas instancias que obligan a decisiones de conciencia.

Pero la que coge a la persona entera, reorienta su vida, le obliga a las renuncias más radicales y le ofrece una nueva vida, es el Amor. Ocurre con el amor humano: «Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán uno» (Gén 2,23). Ocurre con el amor del Dios de la Alianza (Os 1-3). Ocurre con Jesús (Evangelio de hoy).

¿Por qué tan pocos cristianos, al parecer, llegan a esta experiencia, ni siquiera entre célibes que optaron por la exclusividad de Jesús y el Reino? No encuentro otra respuesta que otra pregunta: ¿Por qué tan pocas personas hacen del amor la totalización de su existencia, ni siquiera entre casados?

Hay que tener en cuenta algunos factores:

— El egocentrismo radical, que nos hace incapaces de salir de nosotros mismos.

— El miedo a perder el yo.

— Hace falta alguna experiencia que nos haya despertado al absoluto de la vida en relación con una persona.

— Centrar la fe en la persona (de Dios o de Jesús, el Señor) más que en sus ideas y proyectos.

— No confundir el amor vinculante con la proyección idealista del deseo.

— Estar fundamentado en el amor incondicional de Dios, no en el propio esfuerzo ni deseo.

4. Acciones

La opción por Jesús y el Reino suele tener dos formas: 

Primera: La opción como orientación global de la vida. Es un proceso que exige la sabiduría de la renuncia a lo que nos impide amar a Jesús por encima de todo y la integración de las necesidades humanas y el crecimiento positivo de la personalidad. Centración progresiva.

Segunda: La opción como salto. Salir de sí porque «estoy salido», porque Alguien me seduce y es más fuerte que yo.

Ambas formas se compenetran.

¿Qué sensación tienes ante estas reflexiones? ¿Miedo paralizador? ¿Miedo realista y confiado?

¿Deseo iluso, que se dispara a la ensoñación? ¿Agradecimiento gozoso y reconocimiento de lo que todavía te falta?

Javier Garrido

Jesús trae también división

No fáciles estas palabras de Jesús: «No he venido a traer paz al mundo, sino división. En adelante una familia estará dividida… el padre contra el hijo y el hijo contra el padre… ¿Se contradice Jesús cuando afirma: “mi paz os doy”?. ¿Qué nos quiere decir hoy? 

Sin duda que muchas palabras de Jesús de Nazaret se aceptan universalmente sin vacilar, pero hay otras que resultan difíciles de entender, incluso para sus propios seguidores. Algunas de estas palabras las hemos escuchado en el Evangelio de hoy; también hemos oído: “He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!”, y recordamos a Jesús, con un látigo en las manos, expulsando violentamente del templo a los mercaderes que querían convertir la casa de su Padre en “cueva de ladrones”. Sabemos que Jesús no fue violento. ¿Cómo entender las palabras de hoy? 

Jesús fue enviado por su Padre, para revelarnos la dignidad de la persona, que somos hijos de Dios; que el más pequeño de los humanos merece el mayor respeto. Jesús predicó ante todo amor, fue su mandamiento. En sus primeras palabras, en el sermón de la montaña, llamó bienaventurados a los que buscan la paz y son perseguidos por ser justos, asegurando que de ellos es el reino de los cielos. El Evangelio de Jesús es ante todo sembrador de paz, de justicia, de fraternidad.

Pero las palabras de Jesús del sermón del monte chocan con comportamientos de todos conocidos, actuales y siempre presentes en la historia: los ultrajes, las violencias, los abusos cometidos contra la dignidad de personas, las masas hambrientas desprovistas de todo derecho a merced de los poderosos que imponen su voluntad, que imponen ante todo sus privilegios que sancionan con leyes que exigen que sean respetadas, que sea guardado el orden social que ellos han impuesto para beneficio de determinados grupos, las crisis violentas que hoy padece la humanidad.

Es frecuente oír, incluso en ambientes cristianos, que ante todo es necesario observar la ley y el orden establecido. Es cierto que la ley y el orden son necesarios en toda sociedad, pero con frecuencia se defienden sin tener en cuenta si el orden establecido es o no es un auténtico desorden social en el que se garantizan o no los derechos de la persona; o si se ha logrado que las masas empobrecidas coman y encuentren trabajo, o si se han eliminado las guerras y las armas nucleares…

Justicia no es lo mismo que orden, es ciertamente necesario el orden social, el orden en la sociedad, pero es necesario el orden apoyado siempre en la justicia y en el respeto a los derechos inalienable de la persona. Habrá que considerar si el orden establecido es un verdadero orden o es desorden por ser injusto.

El Evangelio de Jesús no es belicoso, sino sembrador de paz, de justicia, de fraternidad para quien se comprometa a ser coherente con él. Y esto no siempre es «bien visto y compartido por todos».

Lucas nos ha presentado hoy en su relato a un Jesús que es “signo de contradicción”. Él sabe que su forma de vivir y su predicación le están llevando a una condena de muerte. Los poderosos de Jerusalén, religiosos y políticos no están dispuestos a que su mensaje se propague entre las gentes, resulta peligroso para su situación de poder.

El texto de hoy no tiene nada de extraño ni de escandaloso; no es la única vez que Jesús dice que su paz no es la paz del mundo. A sus discípulos les dijo en su despedida: «La paz os dejo, mi paz os doy y no os la doy como la da el mundo. (Jn 14, 27)”. La paz del mundo, lo que muchos en el mundo entienden falsamente por paz, y la paz de Jesús no son la misma paz, resultan con frecuencia antagónicas, incompatibles.

Ha habido en la historia cristianos que han seguido a Jesús, que han tomado sus enseñanzas muy en serio y que han terminado crucificados. Una lectura del santoral ofrece dolorosos espectáculos de incomprensiones y persecuciones llevadas a cabo no siempre por gentes ajenas a la propia Iglesia. La palabra de Jesús presentada con lealtad y honradez ha creado con frecuencia división, malestar, confrontaciónCon su vida y ejemplo cristianos humildes y sencillos, han desencadenado auténticas revoluciones a su alrededor. Han sido víctimas de violencias promovidas desde “el mundo”.

Hemos de afirmar que Jesús es signo de contradicción, que Jesús traía división, y no una división y una paz malentendidas promovidas con frecuencia para vivir cómoda y egoístamente. 

La “buena noticia” que Jesús anuncia complica la vida, la nuestra y posiblemente la de familias, la de amigos, y ¿qué hacer? Si queremos seguir a Jesús hemos de estar dispuestos a sufrir las consecuencias de estos enfrentamientos dolorosos en nuestra vida.

Jesús fue anunciado como «signo de contradicción» porque hace vivir a la gente en consonancia con su Evangelio o en contraposición con él. No es fácil ver a Jesús como alguien que trae fuego destinado a destruir tanta impureza, mentira, violencia e injusticia, como un Espíritu capaz de transformar el mundo, de manera radical, aun a costa de enfrentar y dividir a los hombres y mujeres. 

Quien quiera ser creyente en Jesús no puede ser fatalista, buscando, ante todo, tranquilidad y falsa paz. No puede ser inmovilista justificando el actual orden de cosas, sin trabajar con esfuerzo creador y solidario por un mundo mejor; ha de vivir y actuar movido por la aspiración de colaborar en cambiar la humanidad hacia la justicia y el establecimiento de un orden nuevo.

Es necesario un cambio, una “revolución” que transforme la conciencia de las personas y de los pueblos una revolución más profunda que las revoluciones económicas para que vaya siendo realidad entre nosotros el Reino de Dios que propugnaba Jesús, que es Reino de justicia y de paz.

No cabe duda alguna, Jesús afirma claramente que ante él hay que asumir decisiones por encima de los vínculos familiaresJesús afirma que su palabra, su presencia, va a provocar división en los grupos humanos, incluso en los que entendemos que existirá mayor unión y compenetración. 

Las palabras de Jesús, signo de contradicción, hoy, en la crisis que sacude a nuestro mundo nos interpelan a todos, nos han de hacer pensar a cada uno, cuál es la paz, la justicia que seguimos, cuál es la situación en que nos encontramos ante ellas. Si seguimos a Jesús o seguimos al mundo. Y habremos de tomar compromisos que nos llevarán a situaciones, a rupturas, a divisiones muy duras que podrán implicar y dividir a amigos, familiares.

José Larrea Gayarre

Amoris laetitia – Francisco I

82. Los Padres sinodales han mencionado que «no es difícil constatar que se está difundiendo una mentalidad que reduce la generación de la vida a una variable de los proyectos individuales o de los cónyuges»[90]. La enseñanza de la Iglesia «ayuda a vivir de manera armoniosa y consciente la comunión entre los cónyuges, en todas sus dimensiones, junto a la responsabilidad generativa. Es preciso redescubrir el mensaje de la Encíclica Humanae vitae de Pablo VI, que hace hincapié en la necesidad de respetar la dignidad de la persona en la valoración moral de los métodos de regulación de la natalidad […] La opción de la adopción y de la acogida expresa una fecundidad particular de la experiencia conyugal»[91]. Con particular gratitud, la Iglesia «sostiene a las familias que acogen, educan y rodean con su afecto a los hijos diversamente hábiles»[92].


[90] Relatio synodi 2014, 57.
[91] Ibíd., 58 .
[92] Ibíd., 57.

Domingo XX del Tiempo Ordinario

El domingo pasado nos recordaba Jesús que debíamos estar preparados. Este domingo, continuando el esquema propuesto, nos toca reflexionar sobre ¿para qué hemos de estar preparados? 

¿Para qué?

En parte ya lo vimos el domingo pasado: para que el Señor nos encuentre con las manos llenas. 

Hoy en el Evangelio Jesús nos señala uno de los contenidos con los que hemos de llenarlas: llevar adelante la gran revolución convocada por Él. Sí, no debemos sorprendernos; lo anunció abiertamente: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo ya que arda!”

Magnífico símbolo para manifestar su más profundo compromiso: acabar desde la raíz con los males que aquejan a la sociedadHay que quemar el odio, la injusticia, la violencia, la pereza, la imprudencia, el salvajismo, el desinterés por los demás. Jesús ha presentado un proyecto capaz de arrasar todo eso y con fuerza suficiente para engendrar una nueva civilización que no cree injusticia, hambre, violencia sobre los débiles, sumisión a los poderosos, en una palabra: violación de los derechos humanos.

Sí, Jesús ha venido a poner patas arriba al mundo. Sus bienaventuranzas son un código de valores diametralmente opuesto al vigente en aquella sociedad y en la nuestra, que no ha sido capaz de engendrar unos nuevos tiempos, sino más bien un “pastel” en el que casi todo cabe pero en el que nada sabe, de verdad, a Evangelio. El Papa sabedor de esta ausencia nos pedía en la “Evangelii Gaudium” que los cristianos trabajásemos para conseguir que el mundo oliera a Evangelio. 

Desde el punto de vista de nuestro compromiso cristiano en el campo de la política, hoy nos urge a todos el establecimiento de los derechos Naturales Humanos, y por consiguiente, inalienables, intocables, señalados en la Declaración del 10 de Diciembre del 48. 

En su origen tienen una fuerte impregnación cristiana cuando en su artículo primero reconoce que todos los hombres deben tratarse fraternalmente. El resto del articulado hasta 30 contiene un magnífico código de comportamiento a la hora de alumbrar un mundo más humano y por consiguiente más cristiano. 

El ejemplo del fuego es interesante porque el fuego destruye, es verdad,pero también sirve para iluminar y dar calor al mundo, a los corazones de los hombres y mujeres que lo integran. 

El fuego del que habla Jesús y que puede hacer que el mundo deje de tener un tufillo a podrido es el amor. El amor arrasa cuanto de malo hay en el corazón humano pero también es capaz de despertar cuanto de noble y grande es posible en la humanidad.

Jesús quiere encender nuestro corazón y también que nosotros incendiemos el de los demásQuiere convertir el mundo en una fraternidad universal donde todos seamos capaces de convivir pacíficamente, donde todos nos veamos como próximos, como cercanos.Donde las penas de unos sean las penas de todos, donde las alegrías de unos sean risas de todos, donde cada uno pueda realizarse plenamente como persona, donde se respete la dignidad de todos, donde haya igualdad de oportunidades para trabajar, estudiar, para vivir en general. 

Seguir a Jesús no es volver al pasado con sus luces y sombras sino mirar, encarar el futuro como una posibilidad realizable de dicha universal. 

Es una empresa grandiosa pero anunciada por Jesús como “peligrosa”. Él, que fue el predicador del amor, tuvo un dramático final que pronosticó idéntico para quienes le siguieran. No nos sorprenda que siendo los cristianos gente que va contra corriente, contra lo tradicional, contra lo convenido por los poderes del mundo, el final sea, o pueda serlo, trágico. Algo de esto debió querer decirnos cuando afirmó que la paz que yo os doy no es como la da el mundo. (Jn. 14,27). 

El próximo domingo, Dios mediante, volveremos sobre este punto.

Que estas reflexiones que nos ofrece Jesús nos aclaren nuestra verdadera postura cristiana en el mundo y los riesgos en los que nos metemos. 

Pero recordemos también sus prometedoras y esperanzadoras palabras:

“Tened confianza, yo he vencido al mundo” AMÉN.

Pedro Saez

La violencia del Reino

1. En el relato que hace del camino de Jesús de Galilea a Jerusalén, Lucas inserta una serie de enseñanzas relativas a determinadas actitudes cristianas y a los conflictos que originan. En el evangelio de hoy, Jesús, al estilo semita, emplea tres brevísimas parábolas para hablar de fuego, de muerte: «pasar por un bautismo» y de división.

2. La imagen bíblica del fuego no habla de destrucción, sino de fuerza de vida, tanto en la historia como en el momento último y decisivo. Según Juan Bautista, Jesús será bautizado «en el Espíritu Santo y en el fuego»; y, según el relato lucano de Pentecostés, el Espíritu es fuego; arder es dar fuego con la llama del Espíritu. La imagen del bautismo, por su parte, alude a las aguas de la prueba o al baño de sangre de la cruz y muerte de Cristo para el perdón de los pecados; los bautizados reciben el Espíritu y el perdón. 

Por último, los profetas y evangelistas anuncian la llegada del Mesías con la paz; una paz que no es fácil, debido a las divisiones y conflictos que ocasiona la implantación de la justicia; la paz de Cristo no es «tranquilidad», sino cruz y tensión en función del reino.
 

3. En este pasaje evangélico, Jesús es presentado como aquel que alumbra el fuego de Dios, afronta la muerte para el perdón del pecado y llama a todos rompiendo los lazos del orden injusto.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Qué lazos nos atan a determinados valores injustos?

¿Somos capaces de decidir evangélicamente, aunque sea costoso?

Casiano Floristán

La verdadera paz

La Escritura nos recuerda repetidas veces que el anuncio del amor de Dios choca siempre a los grandes de este mundo.

Ir a la raíz

El capítulo doce del evangelio de Lucas trae consejos y advertencias a los discípulos. Jesús prosigue su camino a Jerusalén, las resistencias a su misión se hacen más agresivas, el Señor prevé el desenlace y previene a sus seguidores. El texto de este domingo está escrito en términos paradójicos, es un modo de acercarnos a una realidad compleja y controvertida.

Jesús es mensajero de la paz, pero de una paz profunda y definitiva. No de un simple reposo, y menos aún de una etiqueta sobre un fiasco vacío. Se trata de una paz que implica justicia, respeto al derecho de los demás, en particular al de los más indefensos, «los pobres y oprimidos» como dicen insistentemente los obispos en Puebla. Proclamar esa paz encuentra la oposición de quienes se benefician de un orden social injusto. El egoísmo —y sus consecuencias— rechaza la llamada a la fraternidad basada en nuestra condición de hijas e hijos de Dios. Eso es lo que el Señor recuerda a sus discípulos. Su mensaje es de paz, pero él sufrirá por eso el bautismo de fuego (cf. Lc 3, 16), será sumergido en el dolor y en la muerte. Esto no es buscado, es encontrado y aceptado; el precio que debe pagar lo angustia desde ahora (Lc 12, 49-50).

La paz es fruto del amor, resultado de una comunión auténtica que elimina las causas de la división y el maltrato entre las personas. Señalar las razones de la falta de fraternidad y de justicia, les parecerá a algunos —de buena o de mala voluntad— querer provocar divisiones. Hay quienes, en efecto, prefieren no ver de dónde vienen los males, porque eso cuestionaría sus presentes privilegios. Jesús es consciente que su predicación del Reino desvela una realidad en la que, desgraciadamente, las divisiones están ya presentes. Busca eliminarlas yendo a su causa: la falta de amor concreto y comprometido. Esto exige una decisión: por o contra el Señor (cf. v. 51-53).

Las tribulaciones de un profeta

Jeremías es presentado muchas veces por los Padres de la Iglesia como prefigurando a Cristo. El texto de hoy nos refiere el intento de muerte de que fue objeto por cumplir con el mandato de Dios. Los «príncipes» del pusilánime rey Sedecías consideran que el profeta es un traidor a la patria (Jer 38, 4). Prefieren, como muchos hoy, que no se diga la verdad. Pretenden que quien lo hace está creando la situación que denuncia. Es la peor de las mentiras.

Ni Jeremías ni Jesús dan lugar a las divisiones, buscan suprimirlas. No ocultan la realidad, no juegan a escondidas con la tarea de anunciar la palabra de Dios, quieren una real reconciliación. No buscan ser apreciados por todos, recibir honores y recompensas de los grandes de este mundo. «Fijos los ojos en… Jesús» (Heb 12, 2) debemos dar testimonio de todas las exigencias del amor de Dios, pese a quien pese.

Gustavo Gutiérrez

Fuego

Jesús es inconfundible. Su palabra viva y penetrante, la frescura de sus imágenes y parábolas, su lenguaje concreto e imprevisible no engañan. A Jesús le encanta vivir y hacer vivir. Su pasión es la vida: la vida íntegra, pujante, sana, la vida vivida en su máxima intensidad: «Yo soy la vida.» «Yo he venido a traer fuego a la tierra.» «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.» 

Jesús capta la vida desde sus mismas raíces. Su mirada no está obsesionada por el éxito, lo útil, lo «razonable», lo convenido. Cuando se siente a Dios como Padre y a todos como hermanos y hermanas, cambia la visión de todo. Lo primero es la vida dichosa de todos por encima de creencias, costumbres y leyes. 

Por eso, Jesús no se pierde en teorías abstractas ni se ajusta a sistemas cerrados. Su palabra despierta lo mejor que hay en nosotros. Sabemos que tiene razón cuando llama a vivir el amor sin restricciones. No viene a abolir la Ley, pero no siente simpatía alguna por los «perfectos» que viven correctamente pero no escuchan la voz del corazón. Invita a «transgredir por arriba» los sistemas religiosos y sociales. La ley y los profetas dependen del amor: «Amad a los enemigos.» Buscad el bien de todos. 

Su mensaje sacude, impacta y transforma. Sus contemporáneos captan en él algo diferente. Tiene razón el norteamericano Marcus Borg cuando afirma que «Jesús no fue primariamente maestro de ningún credo verdadero ni de ninguna moral recta. Fue más bien maestro de un estilo de vida, de un camino, en concreto, de un camino de transformación.»

Las sociedades modernas siguen desarrollando ciegamente una vida muy racionalizada y organizada, pero casi siempre muy privada de amor. Hay que ser pragmáticos. No hay lugar para «la inteligencia del corazón». Mandan el dinero y la competitividad. Hay que ajustarse a las leyes del mercado. Se planifica todo, pero se olvida lo esencial, lo que respondería a las necesidades más hondas y entrañables del ser humano. 

El mundo actual necesita orientación, pero desconfía de los dogmas. Las ideologías no dan vida y lo que hoy se necesita es una confianza nueva para transformar la vida y hacerla más humana. Las religiones están en crisis, pero Jesús sigue vivo. Según las palabras tantas veces citadas de Proudhon, él es «el único hombre de toda la Antigüedad que no ha sido empequeñecido por el progreso». Las palabras de Jesús recogidas por Lucas nos invitan a reaccionar: «He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!»

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio (13 de agosto)

      ¿Eternos niños o adultos libres y responsables? Durante mucho tiempo, ese dilema se respondió afirmando la primera parte. Los cristianos debían ser como niños, obedientes siempre a la jerarquía, a los obispos y sacerdotes. En muchos lugares, los párrocos fueron respetados como los que tenían la última palabra en todas las cuestiones de la vida. Posiblemente, todo aquello venía de una mala comprensión de evangelios como el de este sábado. 

      Si Jesús dice que de los niños es el reino de los cielos, entonces es que nos tenemos que hacer niños para poder estar en él. Nada mejor entonces que comportarse como tales, confiando totalmente nuestra vida en las manos del Padre, de Dios. Y, por ende, en las manos de sus mediadores, de los que le representan, de los que tienen el encargo de enseñar la Palabra de Dios. Y, de paso, renunciar a tomar las propias decisiones, a ser, en la medida de lo posible, los dueños de nuestras propias vidas. 

      La realidad es que Jesús nos quiere libres y responsables, adultos capaces de tomar nuestras propias decisiones. “Para ser libres nos liberó el Señor” dice Pablo en la carta a los Gálatas. Y, a renglón seguido, nos exhorta a no volver a caer en ningún tipo de esclavitud. 

      La realidad es que el reino lo tenemos que ir construyendo entre todos. Nuestros obispos y sacerdotes son los que presiden una comunidad siempre en búsqueda, siempre comprometida al servicio del Reino. Y, precisamente por eso, haciendo que los más débiles, los más pobres, los marginados, los que sufren (los “niños” a que se refiere Jesús porque en su tiempo carecían de derechos y de valor) se sitúen en el centro de la comunidad, en el centro del Reino. Pero no para que sigan en su debilidad sino para empoderarlos, para devolverles la dignidad, para levantarlos y hacer que puedan participar en la vida del Reino con todos los derechos y con todas las obligaciones. 

      La primera lectura nos recuerda que cada uno es responsable de sus actos. No puede ser de otra manera en el Reino. Contamos, ciertamente, con la misericordia de Dios, con su perdón inmenso y sin límites. Pero eso no nos quita un ápice de nuestra responsabilidad, de nuestra libertad, de la necesidad de dialogar, de encontrarnos con los demás para ir haciendo juntos un camino del que no conocemos todos los detalles ni direcciones pero del que ya atisbamos la meta: la celebración eterna de la mesa común con el Padre. Vamos juntos, no como un rebaño sino como una comunidad de personas adultas y responsables. 

Fernando Torres, cmf