II Vísperas – Domingo III de Pascua

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: AL FIN SERÁ LA PAZ Y LA CORONA

Al fin será la paz y la corona,
los vítores, las palmas sacudidas,
y un aleluya inmenso como el cielo
para cantar la gloria del Mesías.

Será el estrecho abrazo de los hombres,
sin muerte, sin pecado, sin envidia;
será el amor perfecto del encuentro,
será como quien llora de alegría.

Porque hoy remonta el vuelo el sepultado
y va por el sendero de la vida
a saciarse de gozo junto al Padre
y a preparar la mesa de familia.

Se fue, pero volvía, se mostraba,
lo abrazaban, hablaba, compartía;
y escondido la Iglesia lo contempla,
lo adora más presente todavía.

Hundimos en sus ojos la mirada,
y ya es nuestra la historia que principia,
nuestros son los laureles de su frente,
aunque un día le dimos las espinas.

Que el tiempo y el espacio limitados
sumisos al Espíritu se rindan,
y dejen paso a Cristo omnipotente,
a quien gozoso el mundo glorifica. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. Aleluya.

Ant 2. El Señor envió la redención a su pueblo. Aleluya.

Salmo 110 – GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su poder,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó para siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que lo practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor envió la redención a su pueblo. Aleluya.

Ant 3. Aleluya. Reina el Señor, nuestro Dios: alegrémonos y démosle gracias. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Aleluya. Reina el Señor, nuestro Dios: alegrémonos y démosle gracias. Aleluya.

LECTURA BREVE   Hb 10, 12-14

Cristo, habiendo ofrecido un solo sacrificio en expiación de los pecados, está sentado para siempre a la diestra de Dios, y espera el tiempo que falta «hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies». Así, con una sola oblación, ha llevado para siempre a la perfección en la gloria a los que ha santificado.

RESPONSORIO BREVE

V. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.
R. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

V. Y se ha aparecido a Simón.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Jesús explicó a los discípulos el misterio de la Pascua en todos los pasajes de la Escritura, desde Moisés hasta los profetas. Aleluya

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesús explicó a los discípulos el misterio de la Pascua en todos los pasajes de la Escritura, desde Moisés hasta los profetas. Aleluya

PRECES

Oremos a Cristo, el Señor, que murió y resucitó por los hombres, y ahora intercede por nosotros, y digámosle:

Cristo, rey victorioso, escucha nuestra oración.

Cristo, luz y salvación de todos los pueblos,
derrama el fuego del Espíritu Santo sobre los que has querido fueran testigos de tu resurrección en el mundo.

Que el pueblo de Israel te reconozca como el Mesías de su esperanza
y la tierra toda se llene del conocimiento de tu gloria.

Consérvanos, Señor, en la comunión de tu Iglesia
y haz que con todos nuestros hermanos obtengamos el premio y el descanso de nuestros trabajos.

Tú que has vencido a la muerte, nuestro enemigo, destruye en nosotros el poder del mal, tu enemigo,
para que vivamos siempre para ti, vencedor inmortal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo Salvador, tú que te hiciste obediente hasta la muerte y has sido elevado a la derecha del Padre,
recibe en tu reino glorioso a nuestros hermanos difuntos.

Unamos nuestra oración a la de Jesús, nuestro abogado ante el Padre, y digamos como él nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Señor, que tu pueblo se regocije siempre al verse renovado y rejuvenecido por la resurrección de Jesucristo, y que la alegría de haber recobrado la dignidad de la adopción filial le dé la firme esperanza de resucitar gloriosamente como Jesucristo. Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

¡Era Jesús, el Maestro! ¡Estaba vivo!

1.- PLAN PREVISTO.- Todo estaba previsto. Hubo detalles que se anunciaron desde hacía mucho tiempo y que se cumplieron en el instante determinado por Dios. De momento todo parecía absurdo, extraño, incomprensible. Pero al final todo se vería claro, se comprendería el porqué de muchas cosas que antes no se podían explicar. El Hijo de Dios es condenado a muerte, y la muerte se ejecuta de modo terrible e implacable. El que venía a librar a la Humanidad de sus ataduras es maniatado, el que venía a dar la vida a los hombres pasa por la humillación de morir abandonado. Planes misteriosos de Dios, destinos extraños.

Hay que mirar la vida así, como un plan previsto por Dios. Algo que su sabiduría y su bondad han preparado de antemano. Y aunque nos cueste comprender, decir que sí. Aceptar siempre, sea lo que sea, con una gran confianza, con una enorme seguridad y serenidad de alma. Poner en sus manos nuestra vida y nuestra muerte, nuestros bienes y nuestros males, y permanecer tranquilos, conscientes de que pase lo que pase, realmente nunca pasa nada. Es un gran motivo para ser de verdad felices, para vivir contentos siempre. Saber que todo lo que ocurra está previsto por Dios nuestro Padre. Saber que Él nos ama y que sólo pretende nuestro bien. Saber que al final todo terminará felizmente para los que nos esforzamos en amarle.

Clima de gozo íntimo, de esperanza en carne viva, de alegría honda, de optimismo primaveral. Cristo ha vuelto a la vida. Aquellos hombres, los apóstoles que, a pesar de sus miserias, amaban entrañablemente a Jesús, se llenan de júbilo al verle de nuevo entre ellos, al oír su voz, al escuchar aquel saludo tan maravilloso: La paz sea con vosotros. Por encima de las nubes más densas siempre brilla el sol, y bajo el mar encrespado hay siempre una gran calma. Así tiene que ser continuamente nuestra vida, llena de serenidad y de calma. Anclados fuertemente en la fe, soportando con entereza todos los vaivenes de la vida, logrando conservar la paz de espíritu, sabiendo descubrir, tras lo que sea, la mano de Dios Padre que nos acaricia y nos consuela.

2.- AL PARTIR EL PAN.- Camino de Emaús. Camino triste a la ida y gozoso a la vuelta. Iban cabizbajos, en silencio, rumiando cada uno en su interior los hechos trágicos que habían presenciado en el Calvario. El Mesías había perdido su poder, lo habían maniatado sin que ofreciera la menor resistencia, aparecía vencido y a merced de sus enemigos. Y ellos habían pensado que Jesús de Nazaret sería el gran caudillo libertador de su Pueblo, el elegido de Yahvé, el nuevo Gedeón o el nuevo Moisés, que reduciría a la nada a sus poderosos enemigos, a la omnipotente Roma. En cambio, el Maestro había sido apresado, juzgado, condenado y ejecutado en la cruz.

Qué triste espectáculo el de aquel hombre desnudo y surcado por los latigazos de la flagelación, despreciado por los de su Pueblo, crucificado por los enemigos de Israel, colgado del madero a la vista de todas las gentes que habían llegado de todas partes para celebrar la Pascua. Dónde estaba el valor y la energía del Rabí, su poder de curar a los leprosos y de expulsar a los demonios, de calmar los vientos y el agua, de resucitar a los muertos. Parecía imposible que estuviera en la agonía de muerte quien había afirmado que Él era la Resurrección y la Vida.

Sumidos en estos pensamientos caminaban, mientras otro caminante se les acerca y les pregunta por la causa de su tristeza. Cuando le explican lo ocurrido, aquel desconocido les hace comprender que todo aquello estaba previsto en las Escrituras santas, era parte de los planes de Dios. Poco a poco iban entendiendo el sentido misterioso de aquella tragedia, se les disipaban gradualmente las tinieblas que les inundaban ahogándolos en un mar de tristeza. Les ardía el corazón al escucharlo, sin darse cuenta de quién era. Pero ellos le convencen para que se quede, pues ya es tarde y se echa encima la noche. Y él se queda, se sienta con ellos a la mesa y les parte el pan…

Fue entonces cuando lo reconocieron. ¡Era Jesús, el Maestro! ¡Estaba vivo! De improviso desapareció. Quedan atónitos. No podían quedarse allí. Se olvidan de que la noche ha llegado, y se vuelven corriendo a Jerusalén. El Señor ha resucitado, dicen enardecidos. Sí, le contestan, también Pedro lo ha visto. Desde ese momento el anuncio pascual se repite cada año, y despierta en nuestros corazones la alegría de saber que Cristo ha vencido a la muerte. La cruz no fue el final desastroso sino el comienzo feliz de esta historia que se inició en la Pascua y terminará al final de los tiempos, la historia de nuestra salvación.

Por Antonio García-Moreno

¡Quédate con nosotros!

Estamos en pleno tiempo de Pascua y hoy se nos ofrece un pasaje evangélico en el que dos discípulos, decepcionados porque depositan su confianza en el Señor, reconocen a Jesús y le reconocen en el gesto de bendecir y partir el pan. Estos discípulos, que están tristes, preocupados y muy decepcionados por lo que le ha pasado a Jesús, al reconocerlo se llenan de asombro y de alegría. Es un texto bellísimo que no [nos] podemos dejar de llenarnos de él y de apreciar todos los detalles. Escuchemos con cariño el texto de san Lucas, capítulo 24, versículo 13-35:

Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?”. Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?”. Él les dijo: “¿Qué?”. Ellos le contestaron: “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron”. Entonces él les dijo: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?”. Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída”. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros,que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Lc 24, 13-35

Querido amigo, hoy san Lucas nos da un texto bellísimo, uno de los más insuperables de su Evangelio: la aparición de Jesús a los discípulos de Emaús. Nos situamos y vemos cómo sería ya media tarde del Domingo de Resurrección y por esa calzada que baja de Jerusalén van dos discípulos tristes, desanimados, desconfiados, comentando: “Nosotros esperábamos que fuera el futuro liberador de Israel”. Esperaban… Pero ¿cómo podía haber ocurrido esto?, ¿cómo no podría haber sido el liberador y encima ha sido condenado, ha muerto y crucificado? Y van tristes.

Y así, en esa tristeza, en ese caminar, Jesús nunca abandona a nadie y a estos hombres que tanto creían en Él se acerca, aparece como un caminante más y camina con ellos. Un caminante más, como tantas veces se hacía en esos caminos —ese camino de Emaús largo, de unos once kilómetros—. Y Jesús con ellos, paso a paso, les escucha pacientemente y le preguntan, le interroga[n] las Escrituras, con toda paciencia le[s] explica desde Moisés, los profetas, cómo debía padecer para entrar en la gloria, hasta que estos discípulos van cambiando interiormente, su corazón [se] está empezando a arder, a brotar luz, a brotar fuego. Y ellos mismos lo confiesan: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba así?”.

Llegan ya con su camino y con su ruta y quieren caminar con Él, pero Él hace un ademán de seguir hacia delante y ellos le ruegan: “Quédate con nosotros porque atardece y el día ya está vencido”. Jesús no desperdicia ninguna ocasión, se sienta con ellos, preparan la mesa, le invitan como si fuese una persona de honor, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió, se lo dio y en ese momento… ¡le reconocieron al partir el pan! Esta es la cena de Emaús, una cena ordinaria, pero una cena extraordinaria. Jesús parte con nosotros nuestra vida, parte su vida y nos da todo.

¡Qué enseñanza tan profunda en este tercer domingo de Pascua, querido amigo! Cuántas veces nosotros también somos estos caminantes de Emaús, pero en el encuentro resucitado que le reconocemos en la palabra y en el partir el pan cambia nuestra vida. Tú y yo nos tenemos que urgir a estos encuentros, tenemos que sentir este pan que Él nos da, tenemos que sentir este vino que nos da fuerza.

Hoy le tenemos que gritar tú y yo: ¡Quédate con nosotros, Señor, como compañero de mi camino, como maestro, como huésped, como amigo, quédate con nosotros porque tenemos muchas noches, noches de incertidumbre, de sufrimiento, de preocupación, noches de soledad, noches de desaliento, crisis de fe! ¡Ven, Señor, a nuestros hogares! ¡Ven a nuestro corazón! ¡Siéntate con nosotros y reparte el pan! Se lo tenemos que pedir hoy mucho. Somos caminantes de Emaús, caminantes que dudan, que dudan, pero Jesús nos sacude el desencanto, nos sacude el desaliento, camina con nosotros, está vivo, está conmigo. Que yo tenga que… y pueda oír esa palabra, que yo no me decepcione nunca y que sea testimonio donde yo esté. El encuentro con Jesús cambia totalmente nuestra vida, simplemente dejarse mirar por Él. Vamos de camino y no entendemos mucho, pero Jesús siempre se hace el encontradizo de nuestra vida.

Querido amigo, vamos a escuchar sus palabras, vamos a sentir su fracción del pan, vamos a sentir fe, volvamos al camino, volvamos a la vida, volvamos al lugar donde vivimos y trabajamos, pero sintamos cómo arde nuestro corazón cuando lo reconocemos. Realmente —nos podemos preguntar—, ¿encontramos así a Jesús en el camino?, ¿le sentimos? Hoy le vamos a repetir muchas veces: ¡Quédate con nosotros, Señor, porque atardece! ¡Quédate con nosotros y comparte nuestra vida! ¡Quédate con nosotros, no nos dejes, no nos abandones! ¡Quédate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el camino es duro! Gracias por guiarnos, por llevarnos junto a ti y por estar en nuestro camino y ser amor en nuestras dudas, en nuestros desalientos, en mis huidas. Gracias, compañero de camino. Gracias, confidente mío. Gracias, Maestro mío. Gracias, Señor.

Vamos a pedirle también a la Virgen, a la Señora del camino, a la Señora de la huella, a la Señora… la Madre del caminante, nuestra Madre, que no nos abandone y nos acompañe en este camino con Jesús. Quédate con nosotros porque anochece y nuestra vida sin ti es una vida oscura.

¡Quédate con nosotros! Que así sea

Francisca Gómez Sierra

Andando por el camino

Veintidós kilómetros. Once de ida y once de vuelta. Al ir, desinflados por la desesperanza. Al volver, henchidos de alegría y júbilo. Once son los kilómetros que distan entre Jerusalén y Emaús… Efectivamente, desconsolados y taciturnos, los dos discípulos avanzan lentamente, como si les frenara la abulia y el desencanto. Ellos esperaban, pero… han pasado tres días desde entonces, y el tiempo les está ya quemando en sus relojes… Se les acerca un señor desconocido y entablan conversación. El señor se interesa por lo que están hablando. Les pregunta que qué pasa. Y ellos le toman por un extranjero que no tiene idea de lo sucedido en los días pasados. El tal señor es un hombre culto y muy versado en las Sagradas Escrituras.Intenta abrir los ojos a los dos de Emaús. Llegan a la ciudad de los dos y el señor desconocido hace ademán de seguir su camino. Se está haciendo de noche y le invitan a que se aloje en su casa. Accede, entra y se queda con ellos. Los estómagos reclaman ya su cena. Y he aquí que el invitado, sentados los tres en la mesa, toma el pan, da gracias a Dios, lo parte y se lo da.Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron; pero él desapareció de su vista.

Resulta curioso y admirable constatar cómo el trato y el roce entre personas sensatas y buenas va amasando paulatinamente la amistad. Los dos de Emaús y el “extranjero” (Jesús) han sintonizado sin conocerse, con la misma naturalidad con que el río baja desde el monte hasta la llanura. Y es que la amistad es el resultado de la comunicación entre personas sanas y sin prejuicios. Incluso hasta el punto de acoger al otro, al desconocido, y ofrecerle cobijo en tu propia casa.

Ayer asistí a una reunión, en Santander, de personas responsables del movimiento apostólico de personas mayores Vida Ascendente. Nos conocemos desde hace muchos años y nos sentimos ya tan amigos que aquella reunión fue una delicia. Cada uno expresaba libremente su opinión o parecer, el diálogo fluía sin esfuerzo y la sintonía fue perfecta. La amistad constituyó la atmósfera del encuentro.

Y es que la amistad es la hermana gemela del amor… Recordemos el final de la escena evangélica de Jesús y los dos discípulos cenando: “Jesús tomó el pan, dio gracias a Dios, lo partió y se lo dio a ellos”. En ese momento, dice el relato, se les abrieron los ojos y le reconocieron; pero él desapareció de su vista.

Le reconocieron “al partir el pan”. La Eucaristía fue el punto de encuentro de los discípulos de Emaús con Jesús. Y la Eucaristía es siempre la celebración del amor. De ahí que quien esté enemistado con el prójimo deba dejar la ofrenda en el altar e ir a reconciliarse con el hermano, que es siempre imagen certera de Jesús: “Lo que hagáis a uno de éstos…”.

A base de meditar el “mandamiento nuevo” de Jesús, he llagado a la conclusión de que me gustarla modificar o rectificar aquella pregunta-respuesta que aprendimos en el catecismo de nuestra niñez. Se cuestionaba: “¿Cuál es la señal del cristiano?”. Y la respuesta decía: “La señal del cristiano es la santa Cruz”. Y mi modesta sugerencia consiste en que pienso que lo más certero sería decir: “La señal del cristiano es el amor”. Y la amistad, por supuesto.

Pedro Mari Zalbide

Evangelii Gaudium – Francisco I

15. Juan Pablo II nos invitó a reconocer que «es necesario mantener viva la solicitud por el anuncio» a los que están alejados de Cristo, «porque ésta es la tarea primordial de la Iglesia»[14]. La actividad misionera «representa aún hoy día el mayor desafíopara la Iglesia»[15] y «la causa misionera debe ser la primera»[16]. ¿Qué sucedería si nos tomáramos realmente en serio esas palabras? Simplemente reconoceríamos que la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia. En esta línea, los Obispos latinoamericanos afirmaron que ya «no podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos»[17] y que hace falta pasar «de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera»[18]. Esta tarea sigue siendo la fuente de las mayores alegrías para la Iglesia: «Habrá más gozo en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7).


[14] Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 34: AAS 83 (1991), 280.

[15] Ibíd., 40: AAS 83 (1991), 287.

[16] Ibíd., 86: AAS 83 (1991), 333.

[17] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 548.

[18] Ibíd., 370.

Lectio Divina – 30 de abril

Lectio: Domingo, 30 Abril, 2017

En el camino de Emaús
Encontrar la llave que abre el significado de la Escritura
Lucas 24,13-35

1. ORACIÓN INICIAL

 Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Tí, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. LECTURA

a) Una clave de lectura:

Leamos el texto en el que Lucas nos presenta a Jesús que interpreta las Escrituras. Durante la lectura tratemos de descubrir cuáles son los diversos pasos del proceso de interpretación seguido por Jesús, desde el encuentro con sus discípulos en el camino hacia Emaús, hasta el reencuentro de los discípulos con la comunidad de Jerusalén.

b) Una división del texto para ayudar a la lectura:

Lc 24,13-24: Jesús trata de averiguar la realidad que hace sufrir a los discípulos
Lc 24,25-27: Jesús ilumina la realidad de los dos discípulos con la luz de la Escritura
Lc 24,28-32: Jesús comparte el pan y celebra con los discípulos
Lc 24,33-35: Los dos discípulos regresan a Jerusalén y comparten su experiencia de la resurrección con la comunidad.

c) El texto:

13-24: Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que dista sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y caminó a su lado; pero sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle. Él les dijo: «¿De qué discutís por el camino?» Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado allí éstos días?» Él les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.»
Lucas 24,13-3525-27: Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras.
28-32: Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le rogaron insistentemente: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Entró, pues, y se quedó con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
33-35: Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido al partir el pan.

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. ALGUNAS PREGUNTAS

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Cuál es el punto que te ha gustado más y porqué?
b) ¿Cuáles son los pasos de interpretación de la Escritura seguida por Jesús, desde el encuentro con los dos amigos por el camino, hasta el regreso de los discípulos a la comunidad de Jerusalén?
c) ¿Cuál es la situación en la que Jesús encuentra a los discípulos?
d) ¿Cuáles son las semejanzas y cuáles las diferencias entre la situación de los dos discípulos y nuestra situación actual? ¿Cuáles son hoy los factores que ponen en crisis nuestra fe y nos causan tristeza?
e) ¿Cuál fue el resultado en la vida de los dos discípulos de la lectura de la Biblia hecha por Jesús?
f) ¿En qué puntos la interpretación hecha por Jesús critica nuestra manera de leer la Biblia y en qué puntos la confirma?

5. UNA CLAVE DE LECTURA

para aquellos que quieran profundizar más en el tema.

a) El contexto en el que escribe Lucas:

* Lucas escribe hacia el año 85 para la comunidad de Grecia y del Asia Menor que vivían en una difícil situación, tanto interna como externa. Dentro existían tendencias divergentes que hacían difícil la convivencia: por los fariseos que querían imponer la ley de Moisés (Act 15,1); grupos estrechamente vinculados a Juan el Bautista que no habían oído hablar del Espíritu Santo (Act 19,1-6); judíos que se servían del nombre de Jesús para expulsar demonios (Act 19,13); existía los que se llamaban discípulos de Pedro, otros que eran de Pablo, otros de Apolo, otros de Cristo (1Cor 1,12). Fuera aumentaba siempre y cada vez más la persecución por parte del Imperio romano (Ap 1,9-10; 2,3.10.13; 6,9-10,12-16) y la infiltración engañosa de la ideología dominante del Imperio y de la religión oficial, como hoy el consumismo se infiltra en todos los sectores de nuestra vida (Ap 2,14.20; 13,14-16).

* Lucas escribe para estas comunidades, para que reciban una orientación segura en medio de las dificultades y para que encuentren la fuerza y la luz en lo vivido desde la fe en Jesús. Lucas escribe una única obra en dos volúmenes: el Evangelio y las Actas con el mismo objetivo general: “poder verificar la solidez de las enseñanzas recibidas” (Lc 1,4). Uno de los objetivos específicos es el de mostrar, mediante la historia tan bella de Jesús con los dos discípulos de Emaús, cómo la comunidad debe leer e interpretar la Biblia. En realidad, los que caminaban por el camino de Emaús eran las comunidades (y somos todos nosotros). Cada uno de nosotros y todos juntos, somos el compañero o la compañera de Cleofás (Lc 24,18). Junto a él, caminamos por los caminos de la vida, buscando una palabra de apoyo y orientación en la Palabra de Dios.

* El modo cómo Lucas narra el encuentro de Jesús con los discípulos de Emaús nos indica la forma cómo las comunidades del tiempo de Lucas usaban la Biblia y hacían lo que hoy llamamos Lectio Divina o Lectura Orante de la Biblia. Tres son los aspectos o los pasos que caracterizaban su manera de interpretar lo referente a la Biblia.

b) Los diversos pasos o aspectos del proceso de interpretación de la Escritura:

1º Paso: Partir de la realidad (Lc 24,13-24).
Jesús encuentra a los dos amigos en una situación de miedo y dispersión, de desconfianza y de turbación. Estaban huyendo. Las fuerzas de la muerte, la cruz, habían matado en ellos la esperanza. Jesús se acerca y camina con ellos, escucha la conversación y pregunta: “¿De qué estáis hablando?” La ideología dominante les impide entender y el tener una conciencia crítica: “Nosotros espérabamos que el fuese el liberador, pero…” (Lc 24,21). ¿Cuál es hoy la conversación del pueblo que sufre? ¿Cuáles son hoy los hechos que ponen en crisis nuestra fe?
El primer paso es éste: acercarte a las personas, escuchar la realidad, los problemas, ser capaces de hacer preguntas que ayuden a mirar la realidad con una mirada más crítica.

2º Paso: Servirse del texto de la Biblia (Lc 24, 25-27)
Jesús se sirve de la Biblia no para dar una lección sobre la Biblia, sino para iluminar el problema que hacía sufrir a sus dos amigos y luego clarificar la situación que estaban viviendo. Con la ayuda de la Biblia, Jesús coloca a los dos discípulos en el proyecto de Dios y les indica que la historia no se escapa de la mano de Dios. Jesús no usa la Biblia como un doctor que ya lo sabe todo, sino como un compañero que quiere ayudar a sus amigos a recordar lo que ellos habían olvidado: Moisés y los Profetas. Jesús no causa en ellos un complejo de ignorancia, sino que trata de ponerlos en condiciones de recordar, despierta por tanto su memoria.
El segundo paso es éste: con la ayuda de la Biblia, iluminar la situación y transformar la cruz, señal de muerte, en señal de vida y esperanza. Así lo que impide ver, se convierte en luz y fuerza a lo largo del camino.

3º Paso: Celebrar y compartir en comunidad (Lc 24,28-32)

La Biblia, por sí sola, no abre los ojos, pero ¡hace arder el corazón! (Lc 24,32). Lo que abre los ojos y hace descubrir a los amigos la presencia de Jesús es el compartir el pan, el gesto comunitario. En el momento en que es reconocido, Jesús desaparece. Y ellos mismos experimentan la resurrección, renacen y caminan solos. Jesús no se apropia del camino de sus amigos. No es paternalista. Resucitados, los discípulos son capaces de caminar por sus pies.
El tercer paso es éste: saber crear un ambiente orante de fe y fraternidad, donde el Espíritu pueda obrar. Es el Espíritu el que hace descubrir y experimentar la palabra de Dios en la vida y nos lleva a entender el sentido de las palabras que Jesús dice (Jn 14,26; 16,13). Y es sobre todo en este punto de la celebración, en el que la práctica de las comunidades eclesiales de base, sostenidas por las esparcidas por el mundo, nos ayudan a nosotros religiosos y religiosas a encontrar de nuevo el antiguo pozo de la Tradición para beber su agua.

El objetivo: Resucitar y regresar de nuevo a Jerusalén (Lc 24,33-35).
Todo ha cambiado en los dos discípulos. Ellos mismo resucitan, se animan y regresan a Jerusalén, donde continúan estando activas las fuerzas de muerte que mataron a Jesús, pero en donde se manifiesta también las fuerzas de la vida en el compartir la experiencia de la resurrección. Valor en lugar de miedo. Fe en vez de ausencia. Esperanza en vez de desesperación. Conciencia crítica, en vez de fatalismo ante el poder. Libertad en vez de opresión. En una palabra: ¡vida en vez de muerte! Y en vez de la noticia de la muerte de Jesús, ¡la Buena Noticia de la Resurrección!
El objetivo de la lectura de la Biblia es éste: experimentar la presencia viva de Jesús y de su Espíritu, presentes en medio de nosotros. Es el Espíritu el que abre los ojos sobre la Biblia y sobre la Realidad y nos lleva a compartir la experiencia de la Resurrección, como sucede también hoy en los encuentros comunitarios.

c) El nuevo modo de Jesús: hacer una lectura Orante de la Biblia:

* A veces, no es posible entender si el uso que los evangelios hacen del Antiguo Testamento viene de Jesús o se trata de una explicitación de los primeros cristianos, que de esta forma trataban de expresar su fe en Jesús. Pero lo que es innegable es el uso constante y frecuente que Jesús hace de la Biblia . Una simple lectura de los evangelios nos muestra que Jesús se orientaba en la Escritura para realizar su misión y para instruir a los discípulos y a la gente.

*A la raíz de la lectura que Jesús hace de la Biblia está la experiencia de Dios como Padre. La intimidad con el Padre da a Jesús un criterio nuevo que le pone en contacto directo con el autor de la Biblia. Jesús busca el significado en la fuente. No de la letra a la raíz, sino más bien de la raíz a la letra. La siguiente comparación nos ayuda a esclarecer este punto. La comparación de la fotografía, descrita en la Lectio Divina del Domingo de Pascua, nos ayuda a esclarecer este asunto. Como por un milagro, aquella fotografía de rostro severo se iluminó y adquirió trazos de gran ternura. Las palabras, nacidas de la experiencia vivida del hijo, cambiaron todo, sin cambiar nada (Véase Lectio Divina de Pascua).

* Y así, hojeando las fotografías del Antiguo Testamento, la gente del tiempo de Jesús, se hace la idea de un Dios muy distante, severo, de difícil acceso, cuyo nombre no puede ser pronunciado. Pero las palabras y los gestos de Jesús, nacidos de la experiencia de Hijo, sin siquiera cambiar una letra (Mt 5,18-19), cambiaron todo el sentido del Antiguo Testamento. El Dios que parecía tan distante y severo, adquiere los rasgos de un Padre lleno de ternura, siempre presente, pronto a acoger y ¡a liberar! Esta Buena Noticia de Dios, comunicada por Jesús, es la nueva clave para releer todo el Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento es una relectura del Antiguo Testamento, hecha a la luz de la nueva experiencia de Dios, revelada en Jesús. Este modo diverso de iluminar la vida con la luz de la palabra de Dios, le causa muchos conflictos, porque vuelve críticos a los pequeños y por consiguiente, incomoda a los grandes.

* Al interpretar la Biblia para el pueblo, Jesús muestra los rasgos del rostro de Dios, la experiencia que Él mismo tenía de Dios como Padre. Revelar a Dios como Padre era la fuente y el objetivo de la Nueva Noticia de Jesús. En su actitud Jesús manifiesta el amor de Dios hacia los discípulos, tanto hombres como mujeres. Revela al Padre ¡lo encarna en el amor! Jesús podía decir: “Quien me ve, ve al Padre” (Jn 14,9). Por esto, el Espíritu del Padre estaba también con Jesús (Lc 4,18) y en todo le acompañaba, desde la encarnación (Lc 1,35), al comienzo de su misión (Lc 4,14), hasta el final, en la muerte y resurrección (Ac 1,8).

* Jesús intérprete, educador y maestro, era una persona significativa para sus discípulos. Y por siempre ha marcado sus vidas. Interpretar la Biblia, no es solo enseñar la verdad que el otro debe vivir. El contenido que Jesús debía dar no se hallaba sólo en las palabras, sino que estaba presente en los gestos y en su modo de relacionarse con la gente. El contenido no está nunca separado de la persona que lo comunica. La bondad y el amor que afloran en sus palabras hacen parte del contenido. Son su temperamento. Un buen contenido sin la bondad es como leche derramada.

6. SALMO 23 (22)

Dios es nuestra herencia por siempre

Yahvé es mi pastor, nada me falta.
En verdes pastos me hace reposar.
Me conduce a fuentes tranquilas,
allí reparo mis fuerzas.
Me guía por cañadas seguras
haciendo honor a su nombre.
Aunque fuese por valle tenebroso,
ningún mal temería,
pues tú vienes conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas ante mí una mesa,
a la vista de mis enemigos;
perfumas mi cabeza,
mi copa rebosa.
Bondad y amor me acompañarán
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa de Yahvé
un sinfín de días.

7. ORACIÓN FINAL

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Se puso a caminar con ellos…

Nosotros esperábamos…

Si consiguiéramos atrapar, por alguno de nuestros caminos convulsos, a ese misterioso personaje «desinformado», no dejaríamos de ponerlo al tanto de la situación.

También nosotros necesitamos, como aquella pareja de desalentados, desahogarnos, desgranar ante él el rosario interminable de nuestras más acuciantes desilusiones, de nuestros fracasos humillantes, de los golpes que hemos tenido que encajar.

«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino? … ». Y entonces, ¡adelante con nuestras informaciones!

Sí… «nosotros esperábamos».

Esperábamos que el concilio no fuera sólo una fecha que celebrar. Esperábamos que «la Iglesia de los pobres» siguiera siendo la Iglesia de los pobres.

Esperábamos que nadie se avergonzara de los mártires por causa de la justicia.

Esperábamos que después de tantos documentos vinieran hechos concretos.

Que el diálogo no fuera sólo una fórmula.

Que ciertos moralistas quisquillosos, rígidos hasta rozar con la inhumanidad, estuvieran un poco más cerca de la vida y de los problemas de la gente común.

Que ciertos profetas un poco antes de su último suspiro, personajes grandilocuentes desapareciesen de la escena, al menos por un sentido común de pudor.

Que se abandonasen ciertos tonos polémicos y ciertas actitudes altaneras.

Que el dinero contase un poco menos.

Que ciertas carreras no fueran tan fulgurantes.

Esperábamos que después de dos mil años… Esperábamos que después del papa Juan… Y podríamos añadir:

Esperábamos que nuestro hijo, después de todo lo que le hemos dado y enseñado…

Esperábamos que la escuela… Esperábamos que la amistad… Esperábamos que la justicia…

Esperábamos que la honradez… Esperábamos que la información… «Y ya ves, hace dos días…».

Queremos ser más generosos que aquellos dos de Emaús; hemos aprendido la paciencia. En realidad, han pasado mucho más de dos días, de tres meses, de cuatro años… Pero todo sigue siendo como antes. Es inútil que nos hagamos ilusiones.

Ni siquiera me atrevo a imaginarme lo que él, dando la vuelta al papel, podría decir si abriera su «libro de reclamaciones»:

Yo esperaba que vosotros… que tú…

«Sin embargo», han pasado muchas ocasiones favorables. Mejor dicho: no han pasado, sois vosotros los que las habéis dejado pasar inútilmente…

Por tanto, más vale no tocar las cosas y seguir el guión del evangelio.

La dificultad de arriesgar el corazón

«Les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura…».

No. Ninguna receta milagrosa. Ninguna varita mágica bajo la capa para trasformar de golpe la realidad. Ninguna solución definitiva para nuestros males y problemas. Ninguna certeza prefabricada.

Simplemente, una invitación a leer y a comprender.

El estará poco informado, pero es capaz de hacernos descubrir el sentido de los acontecimientos, de enfocarlos con otra luz, de valorarlos con otros criterios.

Las cosas desagradables siguen siendo tan desagradables como antes.

Pero él nos enseña a verlas y a interpretarlas de una forma nueva, desde una óptica distinta de aquella a la que estábamos acostumbrados. Ciertamente, el suyo es un modo muy personal de leer y de comentar las Escrituras.

Lo constataron aquellos dos felices alumnos itinerantes: «…ardía nuestro corazón».

Seguir hoy contando con exegetas capaces de explicar, de hacer comprender (sí, ante todo aclarar las cosas, evitando complicarlas y embarullarlas terriblemente), pero no fríamente, impersonalmente, asépticamente, sino haciendo saltar al menos una chispa en el corazón, encendiendo un deseo, despertando una nostalgia, provocando un remordimiento, calentando, estimulando, dando ganas de intentar la aventura.

Pero esto depende también de nosotros. Si los maestros, como sucede a menudo, nos engañan con su tecnicismo exasperado y engolado, siempre tendremos la posibilidad de confiarnos a la guía del Espíritu, bajo el control tranquilizador de la Iglesia, y de acercarnos a la palabra de Dios como realidad viva, como fuego.

El hecho es que estamos demasiado preocupados de iluminar la mente, sin tener el coraje de arriesgar el corazón.

Pero la señal indudable de que la palabra nos alcanza, nos dice algo, sigue siendo aquel fenómeno que se verificó en el camino de Emaús: el corazón que arde en el pecho.

La lectura y la comprensión de las Escrituras no es cosa de expertos, de intelectuales. Es cosa de «apasionados», de enamorados.

Seguir adelante…

«Jesús hizo ademán de seguir adelante…». En el fondo, él debe seguir siempre adelante.

Y aunque lográsemos retenerlo un poco, «porque atardece» y nos da miedo la oscuridad, no hemos de hacernos peligrosas ilusiones. El seguirá su camino, irá más allá, y nos aguardará… más adelante, anticipando la aurora.

Y entonces es inútil que nos pongamos a lloriquear por verdaderos o presuntos retrasos de la comitiva de la que formamos parte, por patéticas «marchas atrás».

Nos basta con saber que él nunca nos cita en el pasado. Podemos encontrarlo de nuevo y hacer con él un trecho de camino, y luego otro, tan sólo si renunciamos a la pretensión de llevarlo hacia atrás, si nos damos cuenta de que él «tiene que» llegar más lejos. Y nosotros con él.

Su promesa de «estar-con-nosotros» no debe confundirse con la pretensión, por nuestra parte, de retenerlo.

El está con nosotros si nos decidimos a seguir caminando en medio de la noche.

Otras cosas en que pensar

«Ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan…».

Siempre hay una palabra que nos orienta de nuevo después de nuestros extravíos.

Siempre hay un «pan partido» que nos devuelve la fuerza, la confianza, el ánimo, después de haber acumulado tanto cansancio y no pocas desilusiones.

Entonces volvemos a nuestra personal Jerusalén. En donde, aparentemente, no ha cambiado nada. Volvemos a encontrarnos con todo lo que allí habíamos dejado. Ambigüedades, retrasos, incoherencias, opacidad. La historia parece como si hubiera caído en el cepo. La novedad da miedo, más aún que la oscuridad.

Pero si de veras se han abierto nuestros ojos y lo hemos reconocido en tomo a aquella mesa, aun cuando él se haya sustraído poco después a nuestras miradas, que se posan por el contrario en otras presencias no demasiado halagüeñas, sin embargo deberíamos haber aprendido que no se puede creer en Jesús Resucitado y seguir gimoteando, lamentando, denunciando fallos y defectos, entreteniéndonos en hacer el inventario de las cosas que podrían haber sido y que no son.

«A ese Jesús, Dios lo ha resucitado y nosotros somos testigos de ello», declara Pedro a la muchedumbre el día de Pentecostés (primera lectura).

No es posible ser testigos y plañideras a la vez, abandonarse a las quejas, caminar, como los dos de Emaús, «con rostro compungido». Los testigos no pierden el tiempo en historias ya pasadas (aunque algunos fingen no darse cuenta de ellas y les habría gustado que no hubieran sucedido jamás). Sino que anuncian y anticipan una historia nueva, ya presente, operante, a pesar de todos los obstáculos, de todas las negativas, de todos los aparentes fracasos.

La resurrección es una fuerza que sacude y transforma, aunque sea de manera escondida, no clamorosa, las realidades más mortificantes.

Pedro, en su primer sermón oficial, opone a una historia de muerte: «Vosotros lo matasteis en una cruz» otra historia donde triunfa la vida: «… pero Dios lo resucitó».

El «sendero de la vida», que pedimos al Señor que nos enseñe (versículo del salmo responsorial), nos permite dejar a nuestras espaldas los gruñidos, los refunfuños, los descorazonamientos, los suspiros, las frustraciones, las tonterías (nuestras y de los demás).

Hay otras cosas en que pensar, si estamos convencidos de que el Caminante misterioso y «poco informado» no desea en realidad informarse sobre las cosas pasadas, sino que intenta hacernos percibir las cosas nuevas que están germinando.

Lo que se toma en consideración

Convendrá recordar también la advertencia de la primera Carta en Pedro (tras el primer sermón, la primera encíclica…): Aquel a quien llamamos Padre «juzga a cada uno según sus obras».

Podemos desahogarnos con él, y él toma en serio incluso nuestras palabras más amargas.

Al final, sin embargo, no se nos juzgará por las palabras que hayamos pronunciado.

Sólo se tomarán en consideración las «obras». Pero las obras presuponen una opción concreta.

La segunda lectura pone la vida bajo el signo de un trozo de camino que se llama peregrinación.

Y la alternativa que se propone es un vivir sin objetivo («proceder inútil») o un vivir en la fe y la esperanza: «habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza».

Esta es la opción fundamental que no podemos eludir.

Todo está puesto bajo el signo de la cruz, o sea, del amor: fuisteis rescatados «a precio de la sangre de Cristo».

Como observa A. Séve, el Padre no le dijo a su Hijo: «Tendrás que morir en la cruz». Sino: «Los amarás cueste lo que cueste… Sólo con este amor excesivo, llevado hasta la entrega suprema en la cruz, aprenderán a amar».

En el fondo, nuestro trozo de camino no será un recorrido inútil si hemos aprendido esta lección fundamental.

A. Pronzato

Del “Jesús histórico” al “Cristo de la fe”

Muchas personas ven a Jesús como un personaje histórico, admirable, como tantos otros personajes extraordinarios de la historia, pero rechazan aceptar su divinidad, porque éste es un dato de fe. De hecho, han sido muchos los intentos para “demostrar” que la resurrección de Jesús fue una invención de los discípulos, y desde hace años han proliferado libros, películas, así como corrientes de opinión que utilizan cualquier medio para insinuar la falsedad de la resurrección.

Pero no hay contraposición entre el “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe”, no son dos realidades diferentes, sino la misma realidad, la misma Persona. De ahí que, en este tiempo de Pascua, una tarea que deberíamos hacer los cristianos, por nosotros y para poder dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza, es aprender a pasar del “Jesús histórico” al “Cristo de la fe”. Y la Palabra de Dios de este domingo nos da varias orientaciones al respecto.

En la 1ª lectura, Pedro comienza hablando del “Jesús histórico”: Os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros signos y prodigios que conocéis… os lo entregaron y vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Hasta aquí llegarían lo que podríamos denominar los “datos históricos”. Pero en continuidad directa, y basándose en la Escritura, Pedro añade: Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte… Dios resucitó a este Jesús y todos nosotros somos testigos. Esto es lo que estáis viendo y oyendo. El Cristo de la fe, el Resucitado, es el mismo Jesús Nazareno, el que vivió como verdadero hombre.

En el Evangelio, los discípulos de Emaús también comienzan hablando del “Jesús histórico”: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras… cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Ellos conocen y han vivido los “datos históricos”; más aún, conocen también el “dato de la resurrección”: Algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Pero es un dato que, aunque conocen, ellos no aceptan: no se fían de las mujeres, y no lo creen posible; el sepulcro vacío no es suficiente prueba. Pero Jesús les hace ver la continuidad del Jesús histórico al Cristo de la fe: comenzando pero Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura. Y además, sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.

Entonces se dan cuenta que Ése que tienen delante es el mismo al que habían conocido en persona, el mismo que murió en la cruz. Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén… y contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

La convicción de que verdaderamente Dios ha Resucitado a Jesús de Nazaret es el contenido y el fundamento de nuestra fe. Y Jesús de Nazaret es “el Cristo”: la palabra hebrea “Mesías” se traduce al griego por “kristós”, y en castellano por “Ungido” o “Cristo”. Por tanto, “Mesías” y “Cristo” son la misma palabra en diferentes lenguas. Tras la Resurrección, la manera como los seguidores de Jesús expresaron su fe en Él consistió en aplicarle títulos, que querían expresar su ser más profundo. Y por eso al nombre “histórico” de Jesús la comunidad cristiana añadió pronto un título de fe: “Cristo”. El título de “Cristo” se impuso como más característico, de tal manera que llegó a formar una sola cosa con su nombre: Jesucristo, porque Él es el mismo.

¿Admiro a Jesús como personaje histórico? ¿Alguna vez me han cuestionado la divinidad de Jesús? ¿Qué razones tengo para darle el título de “Cristo”? ¿La Escritura me ayuda a descubrir la continuidad entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe? ¿Reconozco en la Eucaristía a Jesucristo?

El Jesús histórico existió; pero el Cristo de la fe no es un mito. Es Alguien concreto con quien podemos encontrarnos: es el mismo Jesús de Nazaret, Crucificado y Resucitado, que se hace el encontradizo en las personas, en los acontecimientos, en la Palabra de Dios y en la Eucaristía. Ojalá se nos abran los ojos para reconocerlo, como a los de Emaús, y seamos ahora sus testigos creíbles, como lo fueron Pedro y los demás discípulos.

Acoger la fuerza del evangelio

Dos discípulos de Jesús se van alejando de Jerusalén. Caminan tristes y desolados. En su corazón se ha apagado la esperanza que habían puesto en Jesús, cuando lo han visto morir en la cruz. Sin embargo, continúan pensando en él. No lo pueden olvidar. ¿Habrá sido todo una ilusión?

Mientras conversan y discuten de todo lo vivido, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos. Sin embargo, los discípulos no lo reconocen. Aquel Jesús en el que tanto habían confiado y al que habían amado tal vez con pasión, les parece ahora un caminante extraño.

Jesús se une a su conversación. Los caminantes lo escuchan primero sorprendidos, pero poco a poco algo se va despertando en su corazón. No saben exactamente qué. Más tarde dirán: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?”

Los caminantes se sienten atraídos por las palabras de Jesús. Llega un momento en que necesitan su compañía. No quieren dejarlo marchar: “Quédate con nosotros”. Durante la cena, se les abrirán los ojos y lo reconocerán. Este es el primer mensaje del relato: Cuando acogemos a Jesús como compañero de camino, sus palabras pueden despertar en nosotros la esperanza perdida.

Durante estos años, muchas personas han perdido su confianza en Jesús. Poco a poco, se les ha convertido en un personaje extraño e irreconocible. Todo lo que saben de él es lo que pueden reconstruir, de manera parcial y fragmentaria, a partir de lo que han escuchado a predicadores y catequistas.

Sin duda, la homilía de los domingos cumple una tarea insustituible, pero resulta claramente insuficiente para que las personas de hoy puedan entrar en contacto directo y vivo con el Evangelio. Tal como se lleva a cabo, ante un pueblo que ha de permanecer mudo, sin exponer sus inquietudes, interrogantes y problemas, es difícil que logre regenerar la fe vacilante de tantas personas que buscan, a veces sin saberlo, encontrarse con Jesús.

¿No ha llegado el momento de instaurar, fuera del contexto de la liturgia dominical, un espacio nuevo y diferente para escuchar juntos el Evangelio de Jesús? ¿Por qué no reunirnos laicos y presbíteros, mujeres y hombres, cristianos convencidos y personas que se interesan por la fe, a escuchar, compartir, dialogar y acoger el Evangelio de Jesús?

Hemos de dar al Evangelio la oportunidad de entrar con toda su fuerza transformadora en contacto directo e inmediato con los problemas, crisis, miedos y esperanzas de la gente de hoy. Pronto será demasiado tarde para recuperar entre nosotros la frescura original del Evangelio.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio (30 de abril)

No sabemos ver a Jesús Resucitado, como les pasa a los dos discípulos de Emaús. Vamos por el camino de la vida, con una mentalidad miope, pensando en nuestros problemas, en nuestras esperanzas e ilusiones fracasadas. Cuando un desconocido se acerca a nuestro caminar, es un buen momento para hablarle de nosotros, lo de Jesús el Nazareno, una vez muerto, parece perder sentido: “Nosotros esperábamos que él fuera el futuro libertador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió ésto”. Muchas veces decimos buscar al Maestro, pero a los que nos buscamos es a nosotros mismos.

Por eso, el desánimo con el que miramos la vida, los quejidos constantes, nuestro alejarnos de la comunidad y volver a lo nuestro, la actitud cobarde… Nos hacen imposible reconocer en aquel peregrino, al Resucitado. Para verlo, hay que salir de nuestro ego, mirar al hombre que se cruza a nuestro paso, que está cerca de nosotros, el que no ve a su prójimo, no puede ver a Jesús. Hablamos demasiado y escuchamos poco, sólo cuando se callaron y empezaron a escuchar al compañero de camino, se abrió su corazón.

Comienza con dureza: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera todo esto para entrar en su gloria?”. Les comenzó a recordar las Escrituras, necesitamos volver a las fuentes, para no crearnos un Jesús a nuestra medida. ¿Cuántas veces después de escuchar el Evangelio o celebrar la Eucaristía?, podemos decir como ellos: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Se nos ofrece todo un modelo de acompañamiento, usando la Palabra de Dios. Jesús parte de la situación personal de los dos discípulos, primero los escucha, comprende su problema, y después les habla, interpretando su vida real y concreta a la luz de la Palabra.

Todo un proceso, que cuenta con un VER (acompañar por el camino, escuchar), un JUZGAR (desde las Escrituras y la fracción del pan) y un ACTUAR (desandar el camino, anunciar lo encontrado). Encontrar al Resucitado exige pasar por los tres momentos, no podemos pretender ver a Jesús sólo en las Escrituras y la Eucaristía. La Eucaristía es antes que nada una comida entre amigos, que quiere hacer perdurar la presencia de los compañeros de viaje, en el gesto de compartir el mismo pan, símbolo de la vida con sus problemas y alegrías, descubrimos al mismo Jesús.

Una vez descubierto como los dos de Emaús, olvidamos nuestros cansancios y aunque es de noche, nos levantamos y corremos gozosos, a comunicar la buena nueva a todos los hermanos: “Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan”. Es nuestra historia, tú y yo somos los dos caminantes, los que nos debatimos entre el ver y no ver. Creer en la Resurrección es la piedra de toque de nuestra fe. Por eso la Pascua, es un maravilloso tiempo para que reflexionemos sobre lo que creemos, sobre el que ahora llamamos Jesucristo, que en definitiva, es mirar nuestra propia vida y la de nuestros hermanos y captar en ellas los signos de esperanza, de amor, de alegría, de cambio, de Resurrección.

Podríamos terminar con la primera lectura de los Hechos, recordando con San Pedro: “Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua y mi cuerpo descansa esperanzado. Porque no me entregarás a la muerte no dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia”. Es Pascua y aunque invisible, el Resucitado se hace visible en la realidad cotidiana de nuestra vida.

PD: el lunes próximo celebramos el 1º de Mayo, Día del Trabajo, en el mundo laboral también debemos aportar signos de resurrección. Pidamos sobre todo por los que no tienen trabajo o un trabajo precario que les dificulta llegar a fin de mes.

Te pongo una oración hecha por un grupo de vida de nuestra Parroquia

ORACIÓN CAMINO DE EMAÚS

Danos el mejor pan que tengas, el vino más puro.
Venimos trastornados del camino;
han sido duros los días desde la noche aquella
en que nos dijeron que lo habían detenido:
vino el desprecio; las burlas y las bofetadas vinieron;
la tortura, la cruz, la muerte;
y aquel temblor de la tierra toda, como en despedida.
Si, danos ese vino oscuro, que traiga luz a nuestras almas tristes.
Nos ocultamos con miedo…un día y otro día…
¿Para qué fueron tantos signos prodigiosos,
tantas hermosas palabras en el monte,
tantas caricias a los que nunca tuvieron un amor?
Vino una noche honda, como un pozo terrible que no entiende de misericordia.
Pero esta mañana, al alborear, los gritos nos hicieron volver:
¡No está! ¡Ha resucitado!
¿Ha resucitado? ¿puede el amor inventarse vidas nuevas?
Dicen que estaba el sepulcro vacío. Eso dicen.
Pero en mi alma, créeme, aún era la noche.
Quizá aún lo sea,
aunque este peregrino que nos acompaña, ha encendido una luz incomprensible,
como si de nuevo fueran posibles los signos prodigiosos,
la hermosas palabras, las caricias….
Dame ese pan, sí: cenará con nosotros,
como tantas veces él lo hizo.
Partiremos el pan,
como lo hizo él a veces para los hambrientos.
¿Sabes? Siento que empieza en mí una alborada,
una luz que sana y libera…
Quizá este extraño peregrino…quizá…
Voy a la mesa con él.
Aunque es ya de noche, siento que ha empezado mi mañana.