I Vísperas – Domingo IV de Pascua

I VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: REVESTIDOS DE BLANCAS VESTIDURAS

Revestidos de blancas vestiduras,
vayamos al banquete del Cordero
y, terminado el cruce del mar Rojo
alcemos nuestro canto al rey eterno.

La caridad de Dios es quien nos brinda
y quien nos da a beber su sangre propia,
y el Amor sacerdote es quien se ofrece
y quien los miembros de su cuerpo inmola.

Las puertas salpicadas con tal sangre
hacen temblar al ángel vengativo,
y el mar deja pasar a los hebreos
y sumerge después a los egipcios.

Ya el Señor Jesucristo es nuestra pascua,
ya el Señor Jesucristo es nuestra víctima:
el ázimo purísimo y sincero
destinado a las almas sin mancilla.

Oh verdadera víctima del cielo,
que tiene a los infiernos sometidos,
ya rotas las cadenas de la muerte,
y el premio de la vida recibido.

Vencedor del averno subyugado,
el Redentor despliega sus trofeos
y, sujetando al rey de las tinieblas,
abre de par en par el alto cielo.

Para que seas, oh Jesús, la eterna
dicha pascual de nuestras almas limpias,
líbranos de la muerte del pecado
a los que renacimos a la vida.

Gloria sea a Dios Padre y a su Hijo,
que de los muertos ha resucitado,
así como también al sacratísimo
Paracleto, por tiempo ilimitado. Amén.

SALMODIA

Ant 1. La paz de Cristo reine en vuestros corazones. Aleluya.

Salmo 121 LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. La paz de Cristo reine en vuestros corazones. Aleluya.

Ant 2. Por tu sangre nos compraste para Dios. Aleluya.

Salmo 129 – DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Por tu sangre nos compraste para Dios. Aleluya.

Ant 3. Era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria. Aleluya.

Cántico: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL – Flp 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios,
al contrario, se anonadó a sí mismo,
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria. Aleluya.

LECTURA BREVE   1Pe 2, 9-10

Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa. Vosotros, que en otro tiempo no erais pueblo, sois ahora pueblo de Dios; vosotros, que estabais excluidos de la misericordia, sois ahora objeto de la misericordia de Dios.

RESPONSORIO BREVE

V. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.
R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.

V. Al ver al Señor.
R. Aleluya. Aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Yo soy la puerta – dice el Señor-; el que entre por mì se salvará y encontrará pastos abundantes». Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Yo soy la puerta – dice el Señor-; el que entre por mì se salvará y encontrará pastos abundantes». Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, que resucitando de entre los muertos destruyó la muerte y nos dio nueva vida, y digámosle:

Tú que vives eternamente, escúchanos, Señor.

Tu que eres la piedra rechazada por los arquitectos, pero convertida en piedra angular,
conviértenos a nosotros en piedras vivas de tu Iglesia.

Tú que eres el testigo fiel y el primogénito de entre los muertos,
haz que tu Iglesia sea también siempre testimonio ante el mundo.

Tú que eres el único esposo de la Iglesia, nacida de tu costado,
haz que todos nosotros seamos signos de tus bodas con la Iglesia.

Tú que eres el primero y el último, el que estabas muerto y ahora vives por los siglos de los siglos,
concede a todos los bautizados perseverar fieles hasta la muerte, a fin de recibir la corona de la victoria.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tu que eres la lámpara que ilumina la ciudad santa de Dios,
alumbra con tu claridad a nuestros hermanos difuntos.

Sintiéndonos verdaderos hijos de Dios, digamos a nuestro Padre:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo, te pedimos que nos lleves a gozar de las alegrías celestiales, para que así llegue también el humilde rebaño hasta donde penetró su victorioso Pastor. Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 6 de mayo

Lectio: Sábado, 6 Mayo, 2017

1) ORACIÓN INICIAL

¡Oh Dios!, que has renovado por las aguas del bautismo a los que creen en ti; concede tu ayuda a los que han renacido en Cristo, para que venzan las insidias del mal y permanezcan siempre fieles a los dones que de ti han recibido. Por nuestro Señor.

2) LECTURA

Del Evangelio según Juan 6,60-69

Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: «¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?…«El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. «Pero hay entre vosotros algunos que no creen.» Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y decía: «Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre.» Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él. Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?» Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»

3) REFLEXIÓN

• El evangelio de hoy trae la parte final del Discurso del Pan de Vida. Se trata de la discusión de los discípulos entre sí y con Jesús (Jn 6,60-66) y de la conversación de Jesús con Simón Pedro (Jn 6,67-69). El objetivo es mostrar las exigencias de la fe y la necesidad de un compromiso firme con Jesús y con su propuesta. Hasta aquí todo se pasaba en la sinagoga de Cafarnaún. No se indica el lugar para esta parte final.

• Juan 6,60-63: Sin la luz del Espíritu no se entienden estas palabras. Muchos discípulos pensaban que Jesús se estaba yendo ¡demasiado lejos! Estaba acabando con la celebración de Pascua y se estaba colocando a sí mismo en el lugar más central de la Pascua. Por ello, mucha gente se desligó de la comunidad y no iba más con Jesús. Jesús reacciona diciendo: “Es el espíritu que da vida, la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida”. No deben tomarse al pie de la letra las cosas que él dice. Sólo con la ayuda del Espíritu Santo es posible entender todo el significado de lo que Jesús dijo (Jn 14,25-26; 16,12-13). Pablo dirá en la carta a los Corintios: “¡La letra mata, mientras el Espíritu da vida!” (2Cor 3,6).

• Juan 6,64-66: Algunos de vosotros no creen En su discurso Jesús se había presentado como el alimento que sacia el hambre y la sed de todos aquellos y aquellas que buscan a Dios. En el primer Éxodo, muchos dudaron de que Dios estuviera con ellos: “¿Está o no está Yahvé en medio de nosotros?” (Es 17,7) y murmuraban contra Moisés (Cf. Es 17,2-3; 16,7-8). Querían romper y volver a Egipto. En esta misma tentación caen los discípulos, dudando de la presencia de Jesús en el partir el pan. Ante las palabras de Jesús sobre “comer mi carne y beber mi sangre”, muchos murmuraban como el pueblo en el desierto (Jn 6,60) y tomaron la decisión de romper con Jesús y con la comunidad “se volvieron atrás y no fueron con él” (Jn 6,66).

• Juan 6,67-71: Confesión de Pedro. Al final quedan sólo los doce. Ante la crisis provocada por sus palabras y sus gestos, Jesús se vuelve hacia sus amigos más íntimos, aquí representados por los Doce, y les dice: “¿También vosotros queréis marcharos?” Jesús no hace cuestión de tener a mucha gente que le sigue. No cambia el discurso cuando el mensaje no agrada. El habla para revelar al Padre y no para agradar a quién sea. Prefiere permanecer solo, y no estar acompañado por personas que no se comprometen con el proyecto del Padre. La respuesta de Pedro es linda: “¿A quién iremos? ¡Tú sólo tienes palabras de vida eterna y nosotros reconocemos que tú eres el Santo de Dios!” Aún sin entender todo, Pedro acepta a Jesús como Mesías y cree en él. Profesa en nombre del grupo su fe en el pan compartido y en la palabra. Jesús es palabra y el pan que sacia al nuevo pueblo de Dios (Dt 8,3). A pesar de todos sus límites, Pedro no es como Nicodemo que quería ver todo bien claro según sus propias ideas. Y aún así, entre los doce había quien no aceptaba la propuesta de Jesús. En este círculo más íntimo existía un adversario (diablo) (Jn 6,70-71) “quien mi pan compartía, me trata con desprecio” (Sal 41,10; Jn 13,18).

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL

• Me pongo en el lugar de Pedro ante Jesús. ¿Qué respuesta doy a Jesús que me pregunta?: “¿También tú quieres irte?”

• Me pongo en el lugar de Jesús. Hoy. Mucha gente está dejando de ir con Jesús. ¿Es culpa de quién?

5) ORACIÓN FINAL

¡Ah, Yahvé, yo soy tu siervo,
tu siervo, hijo de tu esclava,
tú has soltado mis cadenas!
Te ofreceré sacrificio de acción de gracias
e invocaré el nombre de Yahvé. (Sal 116,16-17)

Domingo IV de Pascua

Situación

El tema de la autoridad es delicado a nivel familiar, laboral, civil o eclesial. Porque nuestra cultura democrática se rebela contra la autoridad que se impone y porque la historia nos ha puesto alerta sobre el abuso de poder.

Jesús ha dado por supuesta la necesidad de la autoridad; pero la ha desacralizado radicalmente y la ha puesto siempre al servicio del hombre, no del Sistema.

Por eso nos sentimos tan incómodos cuando miramos a la Iglesia en cuanto institución, pues la autoridad tiene en ella un carácter muy monárquico y clerical.
 

Contemplación

A la luz de la Palabra, especialmente del Evangelio, queremos reflexionar sobre la autoridad de Jesús, el Señor resucitado, criterio definitivo de toda autoridad para los cristianos.

Jesús afirma su autoridad, la que ha recibido del Padre. Es la puerta y el pastor. No es ladrón ni mercenario. ¿En qué se le nota? En que ama y sirve desinteresadamente. En que establece una relación interpersonal, puesto que «conoce a sus ovejas y éstas le conoces a El». En que El va por delante, en el doble sentido: de que hace lo que dice a los suyos y de que se compromete enteramente a cumplir la tarea que se le ha encomendado.

Los Hechos nos presentan a Pedro con la autoridad del Evangelio, la autoridad de la Palabra, para ser testigo; elegido para este servicio, el primero y esencial en la Iglesia. Pero su autoridad consiste en afirmar el señorío de Jesús, la Salvación en el nombre de Jesús. Lo cual conlleva bautizar, es decir, celebrar los sacramentos, reunir y presidir la comunidad cristiana, sin duda; pero en función de congregar al Pueblo de Dios, cuya Cabeza es Cristo.

Es esto lo que celebra el salmo 22: la dicha de ser el Pueblo de Dios, de tener a Dios mismo como su Pastor, líder y guía. La autoridad ya no es una amenaza, sino presencia de amor, paz.
 

Reflexión

La Eucaristía, en cuanto acto social y religioso del Pueblo de Dios, refleja la realidad ambivalente de la Iglesia respecto a la autoridad y sus funciones. Por un lado, todo se concreta en los varones célibes, los clérigos, con una concepción patriarcal y jerárquica, que no manifiesta precisamente el espíritu de servicio, minoridad y fraternidad que Jesús inculcó a los suyos. Por otra parte, a la luz de la fe y de lo que se dice verbalmente, el centro de la celebración es Jesús, el Señor, única autoridad.

En la Eucaristía se realiza cumplidamente cómo Jesús ejerce su autoridad en la Iglesia: como Buen Pastor que entrega su vida por sus ovejas. No se afirma en poder; se da en alimento y bebida. No se distancia para proteger su autoridad, como hacemos los clérigos (sacralizamos nuestra autoridad reforzando nuestro rol de salvadores y mediadores, disponiendo de poderes espirituales exclusivos, teniendo la última palabra sobre las conciencias…), sino que nos da su espíritu, estableciendo una relación íntima de amor: «Ya no os llamo siervos, sino amigos» (Jn 15).

La madurez de la fe no está en hacer de la autoridad en la Iglesia algo intocable, justificado por el poder específico que tienen los, sacerdotes en la Eucaristía, sino en actualizar, unos y otros, las actitudes de Jesús, «que no se apropió su dignidad divina; por el contrario, se rebajó» (cf. Flp 2).

Praxis

En este tema, todos tenemos mucho que revisarnos.

Comencemos por el ámbito en que tenemos alguna autoridad sobre los demás (familia o trabajo). Es verdad que no hay que ser ingenuos y pensar que cabe transponer literalmente la humildad de Jesús a los conflictos de autoridad en la sociedad; pero, ¡que fácilmente justificamos nuestra necesidad de poder o nuestros mecanismos de autoafirmación!

Comencemos por posibilitar cauces reales de diálogo que no sean meras tretas de estrategia democrática.

Pasemos a la Iglesia. Los clérigos, que tenemos autoridad explícita en ella, hemos de ser los primeros en revisar no sólo actitudes, sino también medios prácticos que favorezcan progresivamente la participación de los seglares. Nos queda un camino largo, pero urgente. En este punto, la Iglesia resulta un escándalo grave para muchos creyentes y, por descontado, para los no creyentes.

Javier Garrido

Mujer oprimida y liberada

Palabra de Dios

Gál 5, 1: Para que seamos libres nos liberó el Mesías.

Jn 19, 25-27: Estaba su madre junto a la cruz.

Gál 3, 26-28: No hay diferencia entre hombre y mujer.

Mc 15, 37-41: Estaban allí unas mujeres, las que le habían seguido y servido en 4 Galilea, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.

Lc 8, 1-3: Le acompañaban los doce y muchas mujeres que le ayudaban con sus bienes.

Mc 15, 40-41: Magdalena, María y Salomé, cuando estaba en Galilea, lo seguían y lo atendían. Muchas mujeres habían subido con él a Jerusalén.

Texto antológico

“En Oriente no participa la mujer en la vida pública. Cuando la mujer judía de Jerusalén salía de casa, llevaba la cara cubierta con un tocado, que consistía en dos velos sobre la cabeza, una diadema sobre la frente con cintas colgantes hasta la barbilla y una malla de cordones y nudos; de este modo no se podían reconocer los rasgos de su cara. La mujer que salía sin el tocado que ocultaba su rostro ofendía hasta tal punto las buenas costumbres que su marido tenía el derecho, incluso el deber, de despedirla, sin estar obligado a pagarle la suma estipulada para el caso de divorcio en el contrato matrimonial. Había incluso mujeres tan estrictas que tampoco se descubrían en casa.

Las mujeres debían pasar en público inadvertidas. Las reglas de la buena educación prohibían encontrarse a solas con una mujer, mirar a una mujer casada e incluso saludarla; era un deshonor para un alumno de los escribas hablar con una mujer en la calle.

La situación de la mujer en casa corresponda a ,esta exclusión de la vida pública. Las hijas, en la casa paterna, debían pasar después de los muchachos; su formación se limitaba al aprendizaje de los trabajos domésticos. Respecto al padre, tenían ciertamente los mismos deberes que los hijos. Pero no tenían los mismos derechos que sus hermanos; respecto a la herencia, por ejemplo, los hijos y sus descendientes precedían a las hijas. La patria potestad era extraordinariamente grande respecto de las hijas menores antes de su matrimonio.

Los deberes de la esposa consistían, en primer lugar, en atender a las necesidades de la casa. Debía moler, coser, lavar, cocinar, amamantar a los hijos, hacer la cama de su marido y, en compensación de su sustento, elaborar la lana (hilar y tejer); otros añadían el deber de prepararle la copa a su marido, de lavarle la cara, las manos y los pies. La situación de sirvienta en que se encontraba la mujer frente a su marido se expresa ya en estas prescripciones; pero los derechos del esposo llegaban aún más allá. Podía reivindicar lo que su mujer encontraba, así como el producto de su trabajo manual, y tenía el derecho de anular sus votos. La mujer estaba obligada a obedecer a su marido como a su dueño, y esta obediencia era un deber religioso. Este deber de obediencia era tal que el marido podía obligar a su mujer a hacer votos. Los hijos estaban obligados a colocar el respeto debido al padre por encima del respeto debido a la madre. En caso de peligro de muerte había que salvar primero al marido.

Hay dos hechos significativos respecto al grado de dependencia de la mujer con relación a su marido: a) la poligamia estaba permitida. La esposa, por consiguiente, debía tolerar la existencia de concubinas junto a ella; b) el derecho al divorcio estaba exclusivamente de parte del hombre. La opinión de la escuela de Hillel reducía a pleno capricho el derecho unilateral al divorcio que tenía el marido.

La mujer viuda quedaba también en algunas ocasiones vinculada a su marido: cuando éste moría sin hijos (Dt 25,5-10; cf Mc 12,18-27). En este caso debía esperar -sin poder intervenir en nada ella misma- que el hermano o los hermanos de su difunto marido contrajesen con ella matrimonio o manifestasen su negativa, sin la cual no podía ella volver a casarse.

Las escuelas eran exclusivamente para los muchachos, y no para las jóvenes. Según Josefo, las mujeres sólo podían entrar en el templo al atrio de los gentiles y al de las mujeres. Había en las sinagogas un enrejado que separaba el lugar destinado a las mujeres. La enseñanza estaba prohibida a las mujeres. En casa la mujer no era contada en el número de las personas invitadas a pronunciar la bendición después de la comida. La mujer no tenía derecho a prestar testimonio, puesto que, como se desprende de Gén 18,15, era mentirosa. Se aceptaba su testimonio sólo en algunos casos excepcionales, los mismos en que se aceptaba también el de un esclavo pagano. El nacimiento de un varón era motivo de alegría, mientras que el nacimiento de una hija era frecuentemente acompañado de indiferencia, incluso de tristeza.

Sólo partiendo de este trasfondo de la época podemos apreciar plenamente la postura de Jesús ante la mujer. Lc 8,1-3 y Mc 15,41 hablan de mujeres que siguen a Jesús: es un acontecimiento sin parangón en la historia de la época. Jesús cambia conscientemente la costumbre originaria al permitir a las mujeres que le siguiesen. Jesús no se contenta con colocar a la mujer en un rango más elevado que aquel en que había sido colocada por la costumbre; la coloca ante Dios en igualdad con el hombre (Mt 21, 31-32)”.

Joaquim Jeremías

Reflexión

La crítica al “machismos sociocultural y los movimientos feministas son algo reciente, pero la realidad a la que se refieren ha sido quizá permanente en la historia humana. La mujer ha sido secularmente sometida al varón, marginada, despreciada y oprimida en muchas culturas. Los avances actuales de los estudios histórico-críticos sobre el mundo bíblico nos hacen saber mejor que nunca cómo fue el ambiente social del tiempo de Jesús y de María: la sociedad judía, por cultura, por instituciones sociales e incluso por tradiciones religiosas, fue fuertemente machista y marginadora de la mujer.

Es claro que Jesús sostuvo frente a la mujer un comportamiento radicalmente revolucionario frente a las costumbres de la época. No se trata de querer convertirlo en un explícito fundador de movimientos feministas, pero sí importa rescatar la impresionante protesta que Jesús, con sus hechos y con sus palabras, levantó contra aquella opresión de la mujer. Con ello estaba honrando también a su madre. María, como mujer, debió sentir el aire fresco liberador que desataba la conducta “feminista” de Jesús. En él se sintió ya anticipadamente liberada.

Ser cristiano, seguir a Jesús implica seguirle también en esta causa de la defensa de la mujer, en la lucha contra todas las injusticias de la historia. También ésa es una forma práctica de honrar a la madre de Jesús.

La Iglesia fue dejando entrar en su seno, con el tiempo, costumbres machistas, ideologías discriminatorias… Tampoco supo ver desde el principio todo el potencial liberador de la práctica de Jesús. Es la tarea de los cristianos en la historia. La Iglesia debería ser el lugar de máxima liberación y realización personal y social de la mujer. Los cristianos deberíamos participar en todos los frentes en los que se juegue la promoción de la mujer…, empezando por nuestra propia casa, nuestras propias costumbres cristianas, nuestras propias prácticas eclesiales y eclesiásticas, poniendo el evangelio y el seguimiento de Jesús también en esto por encima de todo reglamento, disciplina, disposición o canon…

Examen

  • ¿Está comprometida nuestra comunidad cristiana con la causa de la liberación de la mujer?
  • ¿Hay verdadera igualdad entre el hombre y la mujer en nuestra comunidad cristiana? ¿Pueden presentarse las mujeres que participan en nuestra comunidad cristiana como mujeres liberadas?
  • ¿Hacemos que la imagen que el evangelio nos presenta de Jesús ante la mujer pueda llegar a la mujer de hoy y a los movimientos sociales que luchan por su liberación?
  • ¿Observamos algunos rasgos de machismo, de explotación o marginación de la mujer en nuestra vida familiar, social, cultural, económica, política?… ¿Qué hacemos ante ello?
  • ¿Hacemos todo lo que podemos para que la Iglesia toda, también dentro de sí misma, apoye la igualdad de hombre y mujer?

Conversión

  • Tomar a Jesús como modelo de actitud frente a los problemas sociales de la mujer.
  • Comprometerse en favor de la promoción de la mujer tanto en la sociedad como en la Iglesia.
  • Vivir en el seno de nuestra comunidad cristiana una superación real del machismo y de la infravaloración de la mujer.
  • Analizar críticamente las actitudes, usos, costumbres, leyes… que nos rodean, tratando de descifrar los vestigios de ideologías machistas que aún persisten.

Invocación

  • María, madre de Jesús, mujer oprimida y liberada…
  • …para que fuéramos libres nos liberó tu hijo.

Oración

Dios, Padre nuestro: en Jesús, el hijo de María, nos has dado el ejemplo de la lucha que hemos de mantener contra las esclavitudes que oprimen al hombre, contra toda alienación de la dignidad humana. Ayúdanos a no descuidar la lucha contra toda forma de opresión de la mujer, hasta que venga tu Reino.

Cantos sugeridos

“Pienso en ti”, de E. V. Mateu, en Madre del pueblo.

“Dolorosa”, de J. A. Espinosa, en Madre nuestra.

“Mujer fuerte”, de F. Palazón, en Madre de los creyentes.

Evangelii Gaudium – Francisco I

21. La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera. La experimentan los setenta y dos discípulos, que regresan de la misión llenos de gozo (cf. Lc 10,17). La vive Jesús, que se estremece de gozo en el Espíritu Santo y alaba al Padre porque su revelación alcanza a los pobres y pequeñitos (cf. Lc 10,21). La sienten llenos de admiración los primeros que se convierten al escuchar predicar a los Apóstoles «cada uno en su propia lengua» (Hch 2,6) en Pentecostés. Esa alegría es un signo de que el Evangelio ha sido anunciado y está dando fruto. Pero siempre tiene la dinámica del éxodo y del don, del salir de sí, del caminar y sembrar siempre de nuevo, siempre más allá. El Señor dice: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido» (Mc 1,38). Cuando está sembrada la semilla en un lugar, ya no se detiene para explicar mejor o para hacer más signos allí, sino que el Espíritu lo mueve a salir hacia otros pueblos.

La entrada en la comunidad

1. Al permitir la entrada en la casa o en la ciudad antigua y defender la seguridad de sus moradores, la puerta expresa simbólicamente acogida o rechazo, defensa de peligros y entrada para compartir. Pero junto a «las puertas de la muerte» (Sal 107,18) o puerta de los «ladrones y bandidos», está «la puerta del cielo» (Gn 28,17), que es libre acceso a los dones de Dios (Mal 3,10) o entrada en el reino de la gloria (Sal 24,710). En definitiva, Dios es el dueño de las puertas. Cerradas las puertas del paraíso por el primer pecado (Gn 3,24), es necesario que Dios descienda por las puertas celestiales para que el ser humano las vuelva a franquear de nuevo (Is 63,19).

2. Con ocasión del bautismo de Cristo se abren de nuevo las puertas del cielo (Jn 1,51). Jesús es «la puerta» tras de la cual puede el hombre ponerse a salvo y encontrar los pastos, es decir, la comida que produce vida «abundante». Pero no todos los pastores son iguales; los hay «ladrones y bandidos» que no conocen la entrada, que entran por donde no deben y que son incapaces de hacer entrar o salir a las ovejas por su verdadero camino. Todos somos invitados a ser guardianes de nuestros hermanos, pero a veces nos comportamos como sus ladrones, al ser porteros descuidados o pastores mercenarios.
 

3. Ahora bien, aunque sean estrechas (o exigentes), las puertas del reino están abiertas a todos los que llaman con fe. Jesús abre a todo el que llama (Ap 3,20). La puerta de Cristo es puerta de libertad (bautismo) y de alimento (eucaristía). A veces hay en la Iglesia demasiados muros y escasas puertas. La Jerusalén celestial, con doce puertas, se abrirá de par en par al final de la historia (Ap 21,12-25). Allí no habrá mal alguno, y será el lugar de la perfecta justicia y seguridad (Is 1,26; 26,1-5).
 

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Nos cerramos o nos abrimos a los demás?

¿Cuáles son nuestras puertas?

Casiano Floristán

El buen pastor

En medio de las incertidumbres que vivimos hoy, la liturgia nos invita a reconocer en Jesús al buen Pastor.

La vida en abundancia

Al llamar a Jesús Buen Pastor, Juan encontró una imagen que ha marcado la conciencia y la memoria cristianas. Ella alude —como tantas veces en los evangelios— a una experiencia rural.

En el texto joánico Jesús se presenta como el pastor que ama y se preocupa por sus ovejas. Las conoce, las llama por su nombre una por una (Jn 10, 3), está cerca de ellas. Las ovejas también lo conocen a él, «conocen su voz» (v. 4). Doble conocimiento que los liga indisolublemente, sobre todo si se tiene en cuenta que en contexto bíblico conocer significa amar. Se trata pues de un conocimiento íntimo que crea, de alguna manera, una afectuosa dependencia mutua, donde al comienzo del texto el Buen Pastor es opuesto a su contrario: el ladrón y bandido(v. 1). Las ovejas «no conocen la voz de los extraños» (v. 5). El ladrón viene «a robar, matar y hacer estrago», Jesús en cambio ha venido para que tengamos vida en abundancia (v. 10).

¿Qué debemos hacer?

Estamos, una vez más, ante la disyuntiva central: vida o muerte. Jesús hace ver así lo que está realmente en juego en el interior de la Iglesia. Porque de eso se trata, de cómo se viven las responsabilidades en la comunidad cristiana. Quienes tienen una tarea de orientación en ella deben estar cerca del pueblo cristiano, conocer sus necesidades y esperanzas. Más todavía, compartir su vida. Como el buen pastor debemos ser la puerta por la que entran las personas a la justicia y la alegría del Reino (v. 7-9). La responsabilidad pastoral no es un privilegio, es un servicio. El pastor que se aleja de los sufrimientos cotidianos de los pobres, de los maltratos que recibe, se convierte en un extraño, y finalmente —por duros que puedan parecer los términos— en un «ladrón y bandido». En un riesgo permanente. La advertencia del Señor es severa y exigente para todos.

Ante la predicación de Pedro que anuncia a Jesús resucitado sus oyentes le preguntan: «¿Qué tenemos que hacer?» (Hech 2, 37). Es la pregunta correcta ante el mensaje de aquel que fue rechazado, pero que Dios eligió (1 Pe 2, 4). ¿Cómo proclamar al Buen Pastor que vino a traer vida en abundancia? ¿Qué debemos hacer para ser pastores y no salteadores en el mundo de hoy?

Gustavo Gutiérrez

Jesús, buen Pastor: “Conozco a mis ovejas”

Conmemoramos hoy en este 4º Domingo de Pascua de Resurrección a Jesús en la figura del buen Pastor. Hemos pasado tres domingos celebrando la presencia de Jesús resucitado y hoy le recordamos como buen Pastor, el que conoce a todos, el que nos lleva a la consagración, al sacerdocio, a la dedicación misionera: el buen Pastor. El texto de hoy de san Juan, capítulo 10, versículo 1 al 10 nos va a definir cómo es este pastor. Vamos a escucharlo con todo cariño y atención para entrar después en el encuentro y en la experiencia con Él:

“En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: “En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”.

Jn 10, 1-10

Jesús hoy se nos presenta, querido amigo, como el buen Pastor, esta figura que a lo largo de toda la Biblia aparece un montón de veces: Abraham, Isaac, Jacob…, todo son de este tipo de pueblos, este tipo de caudillos de Israel, y esta figura es muy conocida. Jesús aparece hoy como el buen Pastor, sabiendo que Él conocería perfectamente este oficio. Sabía cómo en Palestina se reunían en un mismo aprisco varios rebaños durante la noche, mientras los pastores velaban por turno que no les robaran —ni los lobos, ni los ladrones— a sus ovejas y que el aprisco tiene una sola puerta y que quien no entra por ella no puede, tiene que saltar y entonces es un ladrón. El pastor, cuando amanece el día, saca su rebaño, lo conduce a los pastos, lo cuida… Jesús se presenta como este buen Pastor, como el que abre la puerta: “Yo soy la puerta, quien entre por mí se salvará”, y que ningún otro puede salvar nada más que Él. Aparece así, absolutamente como nuestra puerta, nuestro camino: “Yo he venido para que mis ovejas tengan vida y la tengan en abundancia”.

Éste es Jesús hoy y es el Pastor de mi vida y me llama por mi nombre, porque Él conoce a cada una de sus ovejas por su nombre. Es el signo del amor, de la confianza, de la alianza conmigo. ¡Qué impresionante es contemplar esta figura de Jesús y este texto del Evangelio! Me conoce por dentro, conoce mi interior, conoce mi nombre, conoce mis hechos, siempre está en un encuentro conmigo, no es cualquier persona, Él conoce mis quejas… todo.

¡Cuántas gracias tengo que dar hoy en este Evangelio de sentirme tan querida! Esas figuras en que Jesús tiene cogida su ovejita y la cuida y la mima y sólo la conoce Él y sabe cómo es, tal y como es por dentro y por fuera. ¿Oigo su voz? Querido amigo, ¿oímos el latido de su corazón, conocemos a este buen Pastor, su lado fuerte, su lado débil? ¿Le conozco? Él sí me conoce, Él sí me conoce… En mis horas amargas, en mis momentos bajos Él está ahí, me cuida, me coge, yo no soy para Él nada extraño. Él me ha seleccionado, me ha querido, me ha puesto en la vida, pero para que tenga vida, una vida abundante, y Él me la da, camina conmigo, me orienta, me guía, me llama, me defiende por la vida, me saca, me da alimento, me saca a buenos pastos, me da sed para que yo vaya a su corazón, que Él es la puerta, que Él es mi vida. El Pastor siempre marca el camino, pero quien lo recorre con Él es una persona conocida, querida.

Querido amigo, vamos a ver si somos esas ovejas fieles, si sabemos reconocer esa voz cuando nos llama personalmente por nuestro nombre, cuando reconoce nuestras debilidades, nuestros buenos propósitos, pero que no cumplimos; pero siempre somos comprendidos por Él. ¡Felices de seguir a Jesús! Alégrate conmigo, amigo mío, porque estamos en el redil de su corazón. Él nos va a abrir la puerta, Él nos va a salvar, Él nos va a alimentar, Él nos va a dar todo, una vida para que sea una vida abundante, querida, feliz.

¡Qué encuentro tan profundo, Jesús, hoy! Gracias por ser mi Pastor, gracias por cargar conmigo amorosamente y llevarme sobre tus hombros, gracias por todo. ¡Ojalá sepa seguirte, ojalá sepa consagrar mi vida para ti, ojalá sepa ir a los pastos que Tú me das! Entra en la experiencia de este amor, de este cariño, de esta acogida, querido amigo, conmigo y con la Virgen, agarradas de ella. De su mano sigamos a este buen Pastor. Él es el que da la vida por ti y por mí y Él es el que realmente nos lleva a buenos pastos. Es nuestro guardián. Por tantas faltas, por tantos desamores, por tanto no seguirle también te digo, querido amigo, que le pidamos también perdón, pero con la esperanza, con la alegría y con la confianza de que Él me va a buscar, me va a cuidar cuando esté herido, cuando esté descarriado. Gracias, Jesús, y gracias, Madre mía, por acompañarme en este camino de la vida donde Tú me llevas a la alegría y al amor de tu corazón.

¡Gracias, buen Pastor! Que así sea

Francisca Sierra Gómez

El mandato de vivir

Nos quejamos tanto de los problemas, trabajos y penalidades de nuestro vivir diario que corremos el riesgo de olvidar que la vida es un regalo. El gran regalo que todos hemos recibido de Dios. Si no hubiéramos nacido, nadie nos habría echado en falta. Nadie habría notado nuestra ausencia. Todo habría seguido su marcha, y nosotros hubiéramos quedado olvidados para siempre en la nada.

Y, sin embargo, vivimos. Se ha producido ese milagro único e irrepetible que es mi vida. Como dice el genial pensador judío Martin Buber, «cada uno de los hombres representa algo nuevo, algo que nunca antes existió, algo original y único». Nadie, antes de mí, ha sido igual que yo ni lo será nunca. Nadie verá jamás el mundo con mis ojos. Nadie acariciará con mis manos. Nadie rezará a Dios con mis labios. Nadie amará nunca con mi corazón.

Mi vida es irrepetible. Es tarea mía y solo yo la puedo vivir. Si yo no lo hago, quedará para siempre sin hacer. Habrá en el mundo un vacío que nadie podrá llenar. Por eso, aunque muchas veces lo olvidamos, el primer mandato que los hombres recibimos de Dios es vivir. Mandato que no está escrito en tablas de piedra, sino grabado en lo más hondo de nuestro ser.

Nuestro primer gesto de obediencia a Dios es vivir, amar la vida, acogerla con corazón agradecido, cuidarla con solicitud, desplegar todas las posibilidades encerradas en nosotros.

Pero vivir no significa solo asegurar un buen funcionamiento de nuestro organismo físico o lograr un desarrollo armonioso de nuestro psiquismo, sino crecer como seres plenamente humanos. El ideal de mens sana in corpore sanomente sana en un cuerpo sano— puede ser algo perfectamente inhumano y empobrecedor si no vivimos escuchando la llamada del Creador, abiertos al amor, creando en nuestro entorno una vida siempre más humana.

Son bastantes los cristianos que no llegan siquiera a sospechar que la fe es precisamente un principio de vida, y vida sana. Les falta descubrir por experiencia personal que Dios no es alguien a quien conviene tener en cuenta por si acaso, sino que Dios es precisamente y antes que nada «alguien que hace vivir».

A pesar de sus dudas e incertidumbres, el creyente va descubriendo a Dios como alguien que sostiene la vida, incluso en los momentos más adversos, alguien que da fuerzas para comenzar siempre de nuevo, alguien que alimenta en nosotros una esperanza indestructible cuando la vida parece apagarse para siempre.

Al escuchar las palabras de Jesús: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante», el creyente no necesita acudir a otros para que le expliquen su sentido. Él sabe que son verdad.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 6 de mayo

Palabras. ¿Qué palabras?  Hay palabras y palabras; palabras dichas con la boca pequeña, palabrería, palabrotas, palabras de honor, te doy mi palabra … algunas permanecen, otras se las lleva el viento, otras regalan los oídos, otras son mentirosas, otras comprometidas, otras bellas, otras groseras, otras certeras…, pero PALABRA sólo hay una, la de Dios. Meditamos hoy con el último versículo del evangelio que se nos propone: “Señor, ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Y esta Palabra de vida eterna no sólo se escucha, sino que se lleva a la práctica. Entra por tu oídos y quiere llegar a tu corazón para poner en marcha tu voluntad y tus afectos. En el Evangelio de hoy, Jesús cansado de las críticas de sus discípulos porque sus palabras les escandalizan, les recuerda que sus palabras son “espíritu y vida”, no son palabrería ni palabras vacías.

Para este día te propongo que ores recordando las PALABRAS de Jesús que ya están en tu corazón grabadas a fuego, aquellas que te has atrevido a poner en práctica. Hazlo despacio, no es un ejercicio de memoria, sino de mirar a tu interior con paz y sinceridad de la mano de Jesús, nunca solo. Y si adviertes que tu corazón es pobre en Palabras, pídele a Él que lo haga receptivo, como el de María que supo muy bien acoger la Palabra y la hizo Carne, vida. Que Ella sea tu guía en la oración de hoy.

Juan Lozano, cmf