Una lluvia de valentía

Jesús nos ha dado varias autodefiniciones para explicarnos quien es Él:“Yo soy el pan de vida”; “yo soy la luz del mundo”; “la puerta de las ovejas”; “el buen pastor”; “la resurrección y la vida”; “la vid verdadera”,… Son algunas de las imágenes o comparaciones de las cuales se sirvió Jesús para darse a conocer. Metáforas, símiles que no sé si entrañan la suficiente fuerza como para darnos una idea briosa de Jesús. Para éste domingo nos reserva la imagen más radical “Yo soy el camino la verdad y la vida”, si bien la rutina de la vida nos ha robado la capacidad de impactar.

El diálogo que recoge el evangelio de hoy se desarrolla durante la larga sobremesa que siguió a la Última cena. Jesús se despide de los suyos, de sus amigos, los apóstoles. Se respira un ambiente cargado de tristeza, de inseguridad, de emoción. Hasta entonces Él les había defendido, orientado, se habían sentido protegidos. Los minutos o quizás las horas dedicadas a la sobremesa supusieron un canto a la amistad, a la fidelidad, incluso a la ternura y a la responsabilidad. Del ramillete de sentimientos, que anidaban en los comensales, me detengo en dos afirmaciones: “No perdáis la calma y creed en Dios y creed también en mi. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, si no, os lo habría dicho y me voy a prepararos sitio. Después, volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros”. Aparece aquí el amor por sus amigos y colaboradores. “No os dejaré huérfanos”. Posiblemente muchos añadiríamos algunos otros motivos menos espirituales para mantener la seguridad, por ejemplo riqueza material…

En un momento de la conversación con Felipe, uno de los apóstoles, Jesús siente que no le conoce. ”Hace tanto que estoy con vosotros ¿y no me conoces, Felipe?” Nosotros, los cristianos del siglo XXI no somos copiadores de Jesús entre otras razones porque las circunstancias nuestras y las de Jesús son distintas. Somos seguidores. Es decir, asumimos las palabras, el mensaje de Jesús, los valores de Jesús, el estilo de Jesús. Esto sería lo aceptable, lo deseable. Pero es fácil que en nuestro vivir se filtre la filosofía burguesa; y Mounier describió al burgués como un tipo de hombre totalmente vacío de toda locura, de todo misterio, del sentido del ser, del sentido del amor, del sufrimiento y de la alegría.

T. Radcliffe, religioso dominico, uno de los maestros espirituales más influyentes de nuestro tiempo, en uno de los capítulos de su libro titulado“¿Qué sentido tiene ser cristiano?” aborda el sentimiento del miedo. A éste religioso dominico, profesor, que cuidó a enfermos del Sida, le debo las ideas que aparecen en las líneas siguientes: No podemos ser testigos convincentes del evangelio a no ser que estemos poseídos por una valentía inexplicable. Los primeros siglos de la era cristiana fueron momentos de angustia e incertidumbre general. Se ha llegado a sugerir que el Imperio Romano se convirtió gracias al coraje que mostraron los mártires.

El coraje es una virtud que ejerce un gran atractivo, a diferencia de otras virtudes cristianas como la templanza. Nosotros a comienzos del siglo XXI vivimos tiempos de angustia. Si bien en muchos aspectos de la vida disfrutamos de una mayor seguridad que en cualquier otra época. Al menos en Occidente estamos muy protegidos contra las enfermedades, la violencia, la pobreza. Sin embargo tenemos miedo. ¿Cómo aprenderemos a ser valientes? ¿Y de qué clases de remedios estamos realmente necesitados? No precisamente de quienes llevan explosivos adosados al cuerpo dispuestos a explosionar matando a personas inocentes. “No perdáis la calma”. Nuestra sociedad necesita una fuerte dosis de valentía. La Iglesia no se la ofrece con la suficiente rotundidad aunque contemos con creyentes como Monseñor Romero y otros.

¿Cómo seguir y practicar el consejo de Jesús: “No tengáis miedo”?. “¿No perdáis la calma?

Josetxu Canibe