Yo soy la vida

Dar la vida es un servicio, una diaconía. Así lo entendió desde siempre la comunidad cristiana.

El camino hacia el Padre

En los versículos finales del capítulo once de Juan comienza el relato de la marcha de Jesús hacia Jerusalén. Allí encontrará la muerte, el Señor lo sabe, esa conciencia intranquiliza a los discípulos. Jesús les pide que ahonden su fe en esa hora de prueba, la adhesión a él es adhesión a Dios (14, 1). Los seguidores de Jesús son una familia, vivirán en la casa del Padre (v. 2). Lo garantiza el Señor (v. 3), él les había indicado el camino, pero no es fácil entender su enseñanza (v. 4). Tomás no está seguro, su pregunta arranca a Jesús una respuesta breve que constituye una profunda revelación de sí mismo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (v. 6). Por Jesús vamos al Padre, su vida y su mensaje nos dicen que el camino es la práctica del amor a Dios y a los hermanos. Es una senda que representa una exigencia cotidiana. Estar con Jesús es estar junto al Padre.

La verdad, el contenido de su mensaje, debe ser aceptada y como dice el propio Juan puesta en obra, de esa manera se va hacia la luz, otro gran tema joánico (3, 21); aquellos que rechazan el testimonio de Jesús, «piedra viva» (1 Pe 2, 4) sobre la que debemos construir nuestra existencia cristiana, viven en la mentira. El sentido último de su testimonio es la vida, ella viene del Padre que nos ama y nos hace sus hijos (Jn 1). Dar vida en una situación de hambre, dolor y soledad es poner en práctica la verdad que nos revela Jesús y emprender el camino hacia el Padre.

Un Dios cercano

Jesús nos anuncia un Dios cercano. Lo conocemos conociéndolo a él, viendo a Jesús vemos al Padre que lo envió (v. 7). Felipe (¿cuánto de él hay en nosotros?) no lo ha comprendido. Jesús responde reafirmando su profunda unidad con el Padre, sus obras lo revelan (v. 11). Las obras deben también ser expresión de nuestra fe: creer en Jesús es hacer las obras que él hace (v. 12). Así formaremos parte del linaje de Dios (1 Pe 4, 9).

Así lo entendió la primera comunidad cristiana. Testigos de los gestos de amor de Jesús por todos y en especial por los más postergados, nombran colaboradores de los discípulos, los diáconos, para asistir a los necesitados (Hech 6, 1-6). La diaconía, el servicio, es una dimensión fundamental de la Iglesia. La diaconía hoy consiste en la solidaridad hacia aquellos que el presente sistema económico excluye y lanza a una mayor pobreza; hacia quienes, debido a su insignificancia social (enfermos, ancianos) encuentran puertas y corazones cerrados. Pero la diaconía consiste también en alzar la voz y denunciar esa situación. Aunque esto incomode a algunos.

Gustavo Gutiérrez