Domingo V de Pascua

La pequeña comunidad de seguidores de Jesús va creciendo. Son muchos los que se unen a ella incluso del grupo sacerdotal judío. Ese agrandamiento es, al mismo tiempo que signo de la vitalidad de aquel pequeño grupo, causa de la aparición de nuevos problemas y situaciones a las que hacer frente. Por ejemplo: es preciso atender a las necesidades materiales de la comunidad. Unos cuantos hombres buenos son encargados de ello: los diáconos (1ªlec)

Esta solución nos orienta sobre los comportamientos a seguir ante los nuevos desafíos que se le presentan a la Iglesia.

La Iglesia actual no un “fosil”, residuo de aquello que inició Jesús. NO. Es, y deberá serlo siempre, un organismo vivo con capacidad de ir desarrollando todas sus virtualidades en orden a seguir iluminando evangélicamente la historia de la humanidad.

Jesús comparó muchas veces el Reino de Dios con una semilla que va creciendo con el tiempo.

La Iglesia, la Comunidad creyente, debe ir resolviendo en consonancia con su naturaleza, los nuevos problemas al ritmo con el que van haciendo su aparición.

Los Apóstoles saben exactamente cuál es su misión: Evangelizar. No pueden abandonarla para atender otros campos. Por eso “inventan” un recurso que al mismo tiempo sea conforme con la naturaleza de su propia misión y con la de la necesidad surgida: instituyen el diaconado como grupo de creyentes que se ponen a disposición de la comunidad para esas nuevas necesidades.

Hoy la Iglesia, animada por la virtualidad de aquel mismo y único Espíritu, sigue manteniendo grupos, o creando otros nuevos, con los que atender las diferentes demandas.

Nuestra Parroquia cuenta con un buen plantel de personas que se dedican a ir dando respuesta a las diferentes necesidades: grupo de caritas, de atención a los enfermos, de asistencia a los cultos, de catequesis, de confirmación, de publicaciones, de administración, etc. etc. Gente generosa que con su cooperación mantienen viva nuestra parroquia, esa pequeña célula de la Iglesia universal.

Los que ya lo hacéis, sabed que estáis en la buena línea. Si alguno más puede cooperar sepa que haciéndolo, contribuirá al enriquecimiento de la Iglesia.

San Pedro (2ª lec) remacha esta idea dinámica de la Iglesia, al compararla con un organismo vivo. La Iglesia no es un edificio construido con piedras inertes sino por piedras vivas. Es así como debemos sentirnos todos los cristianos. Vamos construyendo un edificio espiritual en el que queremos que quepa toda la humanidad. Un paraguas gigantesco bajo el que pueda cobijarse todo el que sienta hambre de Dios.

Otra idea fundamental que siempre hemos de tener ante la vista es la de que somos un edificio construido sobre una piedra muy concreta, muy precisa, piedra angular sobre la que descansa todo: Jesús de Nazaret.

Efectivamente. No podemos olvidar que el grupo de seguidores de Jesús es eso: un grupo de seguidores de Jesús. Quiere esto decir que toda nuestra razón de ser, toda nuestra acción y toda nuestra finalidad es injertarnos en Cristo para constituir la gran vid cuyo labrador es el Padre.

Nada de lo que nosotros hagamos o digamos puede estar fuera de la inspiración cristiana. No somos trabajadores de una empresa propia, sino de la de Dios.

Esto nos garantiza uno de los puntos fundamentales anunciado por los textos sagrados y que nos ha transmitido el Evangelista San Juan: LA GRAN ESPERANZA (3ª lec)

No estéis angustiados. Confiad en Dios, confiad también en mí. “En la casa de mi Padre hay sitio para todos; si no fuera así, os lo habría dicho; voy a prepararos un sitio… Cuando me vaya y os haya preparado el sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros”

Esperanza triunfal que da definitivo destino a la aventura humana, y al mismo tiempo, robustece los ánimos para superar las dificultades que brotan no solamente de nuestra propia debilidad sino también de los poderes mundanos que siguen siendo hostiles a Jesús.

Estos dos últimos domingos hemos recordado posturas enfrentadas, o poco correctas con Jesús, que repercuten de modo desfavorable sobre nosotros.

No deberíamos concluir esta pequeña reflexión sin considerar las veces en las que esos enfrentamientos, críticas, etc. puedan ser debidos a nuestra propia debilidad, a nuestros propios defectos. La autocrítica es absolutamente necesaria si queremos librarnos de esas hierbas malas que siempre aparecen en el campo, por cuidadoso que sea el hortelano. Sobre esto ya hablamos ampliamente, cuando reflexionamos sobre la exhortación papal: “La Alegría del Evangelio”, pero no está de más recordar que nunca debemos ser nosotros causa de que se menosprecie el Evangelio de Jesús.

Las lecturas de hoy deben animarnos a ello, a la autocrítica, para que realmente seamos piedras vivas que fundamentadas en Cristo vayamos construyendo en el mundo ese gran templo del Reino de Dios. AMÉN.

Pedro Sáez