II Vísperas – Domingo V de Pascua

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: AL FIN SERÁ LA PAZ Y LA CORONA

Al fin será la paz y la corona,
los vítores, las palmas sacudidas,
y un aleluya inmenso como el cielo
para cantar la gloria del Mesías.

Será el estrecho abrazo de los hombres,
sin muerte, sin pecado, sin envidia;
será el amor perfecto del encuentro,
será como quien llora de alegría.

Porque hoy remonta el vuelo el sepultado
y va por el sendero de la vida
a saciarse de gozo junto al Padre
y a preparar la mesa de familia.

Se fue, pero volvía, se mostraba,
lo abrazaban, hablaba, compartía;
y escondido la Iglesia lo contempla,
lo adora más presente todavía.

Hundimos en sus ojos la mirada,
y ya es nuestra la historia que principia,
nuestros son los laureles de su frente,
aunque un día le dimos las espinas.

Que el tiempo y el espacio limitados
sumisos al Espíritu se rindan,
y dejen paso a Cristo omnipotente,
a quien gozoso el mundo glorifica. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Resucitó el Señor y está sentado a la derecha del Padre. Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Resucitó el Señor y está sentado a la derecha del Padre. Aleluya.

Ant 2. Nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo. Aleluya.

Salmo 113 A – ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO; LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo. Aleluya.

Ant 3. Aleluya. Reina el Señor, nuestro Dios: alegrémonos y démosle gracias. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Aleluya. Reina el Señor, nuestro Dios: alegrémonos y démosle gracias. Aleluya.

LECTURA BREVE   Hb 10, 12-14

Cristo, habiendo ofrecido un solo sacrificio en expiación de los pecados, está sentado para siempre a la diestra de Dios, y espera el tiempo que falta «hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies». Así, con una sola oblación, ha llevado para siempre a la perfección en la gloria a los que ha santificado.

RESPONSORIO BREVE

V. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.
R. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

V. Y se ha aparecido a Simón.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Voy a prepararos un lugar; y os llevaré conmigo, para que donde yo esté estéis también vosotros. Aleluya

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Voy a prepararos un lugar; y os llevaré conmigo, para que donde yo esté estéis también vosotros. Aleluya

PRECES

Oremos a Cristo, el Señor, que murió y resucitó por los hombres, y ahora intercede por nosotros, y digámosle:

Cristo, rey victorioso, escucha nuestra oración.

Cristo, luz y salvación de todos los pueblos,
derrama el fuego del Espíritu Santo sobre los que has querido fueran testigos de tu resurrección en el mundo.

Que el pueblo de Israel te reconozca como el Mesías de su esperanza
y la tierra toda se llene del conocimiento de tu gloria.

Consérvanos, Señor, en la comunión de tu Iglesia
y haz que con todos nuestros hermanos obtengamos el premio y el descanso de nuestros trabajos.

Tú que has vencido a la muerte, nuestro enemigo, destruye en nosotros el poder del mal, tu enemigo,
para que vivamos siempre para ti, vencedor inmortal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo Salvador, tú que te hiciste obediente hasta la muerte y has sido elevado a la derecha del Padre,
recibe en tu reino glorioso a nuestros hermanos difuntos.

Unamos nuestra oración a la de Jesús, nuestro abogado ante el Padre, y digamos como él nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Dios nuestro, que nos has enviado la redención y concedido la filiación adoptiva, protege con bondad a los hijos que tanto amas, y concédenos, por nuestra fe en Cristo, la verdadera libertad y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

El triángulo de Jesús

El pasado domingo Jesús nos decía que el pastor va llamando a sus ovejas, a cada una por su nombre, que las acompaña a salir del aprisco y que, una vez que han salido, se pone delante de ellas y les va abriendo camino. Y hoy da un paso más afirmando taxativamente: “Yo soy el camino”. Es decir, el camino que nos lleva al Padre.

Cuando uno quiere dirigirse a un lugar, lo primero que necesita es conocer la ruta a seguir y ello se logra valiéndose de algún mapa, o bien preguntando a quien le puede informar, o dejándose acompañar por alguien que, casualmente, vaya también a la misma localidad. De lo contrario, se perdería irremediablemente… A mí me sucedió en una ocasión. Hace muchos años, iba yo con mi “Seat 600” por esos pueblos pequeños y distantes de los campos de Castilla y llegó un momento en que me sorprendió un cruce de caminos. No había ninguna señal que pudiese orientarme y yo no sabía si tenía que ir a la izquierda, a la derecha, o si debía seguir adelante. Al cabo de un tiempo, apareció un “ángel de la guarda” (otro 600) que aclaró mis dudas y tranquilizó mi desasosiego: “Usted vaya hacia delante”. Y fui hacia delante.

En nuestra peregrinación hacia el Padre, el camino es Jesús, y no la ocurrencia puntual de cualquier sabihondo o cualquier embaucador. A veces, somos nosotros mismos quienes dificultamos la marcha: puede suceder que, por ignorancia o por desidia, nos desviemos y salgamos del camino; también puede ocurrir que, por comodidad, inventemos atajos engañosos; en ocasiones, por despiste o dejadez, nos alejamos de quien nos dirige; y hasta podemos caer en la ingenuidad de seguir consejos de otros, que están equivocados o pretenden que nos perdamos.

Jesús también nos dice: “Yo soy la verdad”… Los veranos de mi infancia, debido a la delicada salud de mi madre, transcurrieron en Logroño, donde el clima se encargaba de aliviar a los asmáticos. El centro de gravedad de la ciudad riojana se encontraba en El Espolón, donde había bicicletas de alquiler, teatro de guiñol con sus muñecos, bancos para sentarse y un par de charlatanes emulando al legendario León Salvador. A mi me hacía feliz escucharlos: su facilidad de palabra, sus ocurrencias, la habilidad de que hacían gala para engatusar al auditorio. Pasé horas y horas boquiabierta, admirando a ambos “predicadores… Un día, detecté que había discrepancias entre lo que uno y otro decían refiriéndose al mismo asunto. Y me pregunté: “¿Quién de ellos dirá la verdad?”… Jesús, ante la avalancha que hay de criterios, opiniones, creencias, sale a nuestro encuentro: “Yo soy la verdad”. Y es que la verdad es tan manipulable, que fácilmente es suplantada por cualquier sofisma engañoso.

Y por último, Jesús afirma: “Yo soy la vida”. Ya el domingo pasado lo dejó bien claro: “El ladrón, cuando llega, no hace más que robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante”… La vida. Cada vez que leo o escucho este vocablo, mi mente vuela hacia esos escenarios macabros y desoladores que desfilan cada día en los telediarios: guerras que nunca terminan, muertes indiscriminadas, constantes y horribles, ríos de sangre de niños y mayores que se multiplican con una saña imparable… ¿Por qué se desprecia tanto a la vida humana?

Y en otro orden de cosas, me pregunto: “¿Qué es de nuestras vidas, de nuestra vida de cristianos?”. Jesús, que es fuente de vida, ¿en qué medida influye en mi existencia, en mis criterios, en mi forma de actuar, en mi estado de ánimo?, ¿doy testimonio de mi fe y razón de mi esperanza, o más bien ando por la vida desanimado, flojo, sin garra, sin entusiasmo, sin alegría? ¿me preocupan los problemas y las angustias del prójimo?…

Y Jesús repite: “Yo soy la vida”.

Camino Verdad. Y vida…

Un triángulo equilátero perfecto.

Pedro Mari Zaldibe

Domingo, Día del Señor

Sin duda, hemos leído este evangelio muchas veces. Y no nos damos cuenta de que, en realidad, no nos creemos lo que aquí dice Jesús. No lo creemos porque el Dios, que tenemos en nuestra cabeza, no es el Padre del que aquí habla Jesús. El mismo Jesús tendría que preguntarnos lo que le preguntó a Felipe: “¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?” Dios, el Padre, está en Jesús. Es decir, en Jesús lo divino se ha unido con lo humano. Por tanto, en la conducta de Jesús vemos cómo es la conducta de Dios. Y en las preferencias de Jesús aprendemos qué preferencias tiene Dios.

Probablemente preferimos que Dios esté en el cielo, allá lejos. Y nosotros aquí en nuestra tierra. Hay mucha gente que necesita un Dios lejano y grandioso al que adorar. Esa gente le teme a un Dios cercano, humano, tangible y visible, al que hay que imitar. La adoración es más fácil y menos exigente que la imitación. La adoración se hace en un rato y luego nos deja con paz y buena conciencia. La imitación es tarea de siempre, en el trabajo y en el descanso, en el templo y en la calle, en las alegrías y en las penas. La adoración se despacha pronto. La imitación es una carga pesada que no nos deja y nos exige constante vigilancia.

Las religiones son, por lo general, un proyecto de relación con Dios. El cristianismo es un proyecto de unión con Dios. La “relación” consiste en observar determinadas “mediaciones” (ritos, ceremonias, costumbres…). La “unión” consiste en hacer, a todas horas, lo que hace Dios. Por ejemplo,Dios manda el sol cada mañana a buenos y malos; y hace que caiga la lluvia al igual sobre justos y pecadores. O sea, Dios no hace diferencias. Creer en el Dios de Jesús es ir por la vida sin hacer jamás diferencias: ni entre amigos y enemigos; ni entre los de derechas y los de izquierdas; ni entre ricos y pobres; ni entre conocidos y desconocidos. Pero entonces, si esto es así. ¡Qué difícil es creer de verdad en nuestro Dios! Solo la bondad y la fuerza de Jesús pueden hacer eso posible.

Hay que preguntarse, con toda sinceridad y sin miedo: ¿Le tenemos miedo al Evangelio? Esta pregunta es capital. Porque, si nos olvidamos del Evangelio, si no lo tenemos constantemente presente en nuestros criterios, convicciones y pautas de conducta, ¿no será porque nos da miedo? ¿No nos sucederá que le tenemos pánico a tener que aceptar que la rectitud de nuestra vida depende de nuestra fidelidad al Evangelio?

José María Castillo

Tipo de la Iglesia

Palabra de Dios

He 1,12-14: María orando con la primera comunidad cristiana.

Texto antológico

“La Virgen Santísima, por el don de la maternidad divina y por sus gracias singulares, está íntimamente unida con la Iglesia. Como ya enseñó san Ambrosio, la madre de Dios es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, del amor y de la unión perfecta con Cristo” (LG 63).

“La Madre de Jesús, de la misma manera que, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es imagen y principio de la Iglesia que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura, así en la tierra precede con su luz al peregrinante pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor” (LG 68).

Reflexión

El Concilio Vaticano II optó, después de debatir el asunto, por colocar el texto sobre María como capítulo octavo y último de la constitución dogmática sobre la Iglesia. La otra opción era colocarlo como documento aparte, independiente.

Entraban en el debate conciliar dos mariologías diversas. Una que se podría denominar “cristotípica”, que elaboraba la reflexión mariana desde el modelo de Cristo redentor, y otra que partía del modelo de la Iglesia, “eclesiotípica”. El Concilio se inclinó por esta última, como más conforme al evangelio.

María, de cara a nosotros, está en la línea de la Iglesia. Es una creyente, la primera creyente, modelo de los creyentes. Y es tipo, modelo, maqueta de lo que es y debe ser la Iglesia. Pablo VI, en su Marialis cultus, en los números 16 y siguientes, desarrolla las facetas de esta ejemplaridad de María respecto a la Iglesia. Y la Lumen Gentium desarrolla su carácter de “tipo” de la Iglesia.

Examen

  • ¿Qué actitudes, ejemplos de María, debemos imitar en la vida de nuestra comunidad cristiana?
  • ¿Y en nuestra vida personal?
  • ¿Es relevante para mí la orientación eclesiológica que el Concilio quiere imprimir a la espiritualidad mariana?

Conversión

  • Tomar decisiones para configurar nuestra vida cristiana personal y comunitaria conforme al tipo de María.
  • Revisar nuestro compromiso personal dentro de la comunidad cristiana.
  • Sentirnos miembros constructores de la Iglesia.

Invocación

  • María, madre de la Iglesia…
  • …haznos fieles discípulos de Jesús.

Oración

Dios, Padre nuestro, que en la madre de Jesús nos has mostrado el ejemplo, el tipo de lo que ha de ser la Iglesia como fiel discípula de Jesús. Da a las comunidades cristianas su fe y esperanza, para que se comprometan con su mismo amor eficaz.

Cantos sugeridos

“Canto a María” (“Magnificat”), de J. A. Espinosa, en Madre nuestra.

“Santa María del Camino”, de J. A. Espinosa, en Madre nuestra.

Evangelii Gaudium – Francisco I

29. Las demás instituciones eclesiales, comunidades de base y pequeñas comunidades, movimientos y otras formas de asociación, son una riqueza de la Iglesia que el Espíritu suscita para evangelizar todos los ambientes y sectores. Muchas veces aportan un nuevo fervor evangelizador y una capacidad de diálogo con el mundo que renuevan a la Iglesia. Pero es muy sano que no pierdan el contacto con esa realidad tan rica de la parroquia del lugar, y que se integren gustosamente en la pastoral orgánica de la Iglesia particular[29]. Esta integración evitará que se queden sólo con una parte del Evangelio y de la Iglesia, o que se conviertan en nómadas sin raíces.


[29] Cf. Propositio 26.

Lectio Divina – 14 de mayo

Lectio: Domingo, 14 Mayo, 2017

Yo soy el camino, la verdad y la vida
Una respuesta a las eternas preguntas del corazón del hombre
Juan 14, 1-12

1. Oración inicial

 Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz , que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Tí, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

 

2. Lectura

a) Una clave de lectura:

Mientras haces la lectura, intenta escuchar como si estuvieras presente en aquel encuentro último de Jesús con sus discípulos/as. Escucha sus palabras como dirigidas a ti, hoy, en este momento.

b) Una división del capítulo 14 para ayudar a la lectura:

Juan 14, 1-12Jn 14, 1-4: ¡Nada te turbe!
Jn 14, 5-7. Pregunta de Tomás y respuesta de Jesús
Jn 14, 8-21: Pregunta de Felipe y respuesta de Jesús
Jn 14, 22-31: Pregunta de Judas Tadeo y respuesta de Jesús

c) El texto:

1-4: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino.»
5-7: Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.»
8-12: Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre.

 

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

 

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la reflexión personal.

a) ¿Qué palabras de Jesús te han llegado más al corazón? ¿Por qué?
b) ¿Qué huellas del rostro de Dios Padre, revelado por Jesús, aparecen en estos doce versículos?
c) ¿Qué nos revelan estos versículos sobre la relación de Jesús con el Padre?
d) ¿Qué nos dicen estos versículos sobre nuestra relación con Jesús y con el Padre?
e) ¿Cuáles son las “obras mayores” que podremos realizar según las palabras de Jesús?
f) Jesús dice: “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones”. ¿Qué significan estas afirmaciones hoy para nosotros?
g) ¿Qué problema o deseo aparece en las preguntas de Tomás y de Felipe?

 

5. Una clave de lectura

para aquellos que quieran profundizar más en el tema.

a) El Evangelio de Juan: un tejido hecho con tres hilos:

* La palabra texto quiere decir tejido. Así, el texto del evangelio de Juan es como un bonito tejido, hecho con tres hilos muy distintos y, al mismo tiempo, muy parecidos. Estos tres hilos se combinan tan bien entre ellos que nos confudimos y, a veces, ni siquiera percibimos cuándo se pasa de un hilo a otro.
a) El primer hilo: son los hechos de la vida de Jesús, acaecidos por el año 30 d.C y recordados por testigos oculares, las personas que han vivido con Jesús y que vieron las cosas que Él hizo y las palabras que enseñó. Es el Jesús histórico, conservado en los testimonios del Discípulo Amado (1 Jn 1, 1).
b) El segundo hilo: son los hechos y los problemas de la vida de las comunidades de la segunda mitad del siglo primero. Partiendo de la fe en Jesús y convencidas de la presencia del Resucitado en medio de ellas, las comunidades han iluminado estos hechos y problemas con las palabras y los gestos de Jesús. Así, por ejemplo, los litigios que tenían con los fariseos, acabaron por influir profundamente la narración y la transmisión de las discusiones entre Jesús y los fariseos.
c) El tercer hilo: son los comentarios hechos por el evangelista. En algunos pasajes, nos resulta difícil percibir cuándo Jesús deja de hablar y cuándo el evangelista comienza a hacer sus comentarios (Jn 2, 22; 3, 16-21; 7, 39; 12, 37-43; 20, 30-31).

* En los cinco capítulos que describen la despedida de Jesús (Jn 13 al 17), se nota la presencia de estos tres hilos: aquél en el que Jesús habla, aquél en el que hablan las comunidades y aquél en el que habla el evangelista. En estos capítulos los tres hilos están entrelazados de tal modo que el conjunto se presenta como una composición de extraña belleza e inspiración, donde es difícil distinguir qué es de uno y qué es de otro.

b) Los capítulos 13 al 17 del Evangelio de Juan:

* La larga conversación (Jn 13, 1 a 17, 26), que Jesús tuvo con sus discípulos en la última cena, en la vigilia de su prendimiento y muerte, es el Testamento que nos dejó. En él se expresa la última voluntad de Jesús respecto a la vida en comunidad de sus discípulos/as. Era una conversación amistosa, que quedó en la memoria del Discípulo Amado. Jesús, así quiere dar a entender el evangelista, quería alargar al máximo este último encuentro de amistad, momento de gran intimidad. Lo mismo sucede hoy. Hay modos y modos de conversar… Una conversación superficial que lanza palabras al aire y que revela el vacío de las personas, y hay una conversación que va profundamente al corazón. Todos nosotros, alguna vez, tenemos estos momentos para compartir amistosamente, lo cual ensancha el corazón y se convierte en fuerza cuando llega la dificultad. Ayuda a tener confianza y a vencer el miedo.

* Estos cinco capítulos (Jn 13 a 17) son también un ejemplo de cómo la comunidad del Discípulo Amado catequizaban. Las preguntas de los tres discípulos, Tomás (Jn 14, 5), Felipe (Jn 14, 8) y Judas Tadeo (Jn 14, 22), eran también las preguntas de las comunidades de finales del siglo primero. Las respuestas de Jesús a los tres era un espejo en el que las comunidades encontraban una repuesta a sus dudas y dificultades. Así, nuestro capítulo 14 era (y aún es hoy) una catequesis que enseña a las comunidades cómo vivir sin la presencia física de Jesús.

c) El capítulo 14, 1-12: Una respuesta a las eternas preguntas del corazón del hombre:

Juan 14, 1-4: Las comunidades preguntaban: “¿Cómo vivir en comunidad con ideas tan distintas?”. Jesús responde con una exhortación: “¡No se turbe vuestro corazón! En la casa de mi Padre hay muchas moradas”. La insistencia en tener palabras de ánimo que sirviesen de ayuda para superar las turbaciones y las divergencias, es signo de que debían existir tendencias muy distintas entre las comunidades, queriendo una ser más verdadera que la otra. Jesús dice: “¡En la casa de mi Padre hay muchas mansiones!”. No es necesario que todos piensen de la misma forma. Lo que importa es que todos acepten a Jesús como revelación del Padre y que, por amor suyo, tengan actitudes de servicio y de amor. Amor y servicio son el cemento que pega entre sí los ladrillos de la pared y hace que las distintas comunidades se conviertan en una Iglesia sólida de hermanos y hermanas.

Juan 14, 5-7: Tomás pregunta: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino? Jesús responde: “¡Yo soy el camino, la verdad y la vida!”. Tres palabras importantes. Sin camino, no se camina. Sin verdad, no se acierta. ¡Sin vida, sólo hay muerte! Jesús explica el sentido. Él mismo es el camino, porque “Nadie va al Padre sino por mí”. Ya que, Él es la puerta, por la que las ovejas entran y salen (Jn 10, 9). Jesús es la verdad, porque mirándole a él, vemos la imagen del Padre. “¡Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre!”. ¡Jesús es la vida, porque caminando como Jesús ha caminado, estaremos unidos al Padre y tendremos la vida en nosotros!

Juan 14, 8-11: Felipe pide: Le dice Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Jesús le responde: “¡El que me ha visto a mí, ha visto al Padre!”. Felipe ha expresado un deseo que era el de muchas personas de la comunidad de Juan y continúa siendo el deseo de todos nosotros: ¿qué debo hacer para ver al Padre del que tanto habla Jesús? La respuesta de Jesús es muy bella: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. No tenemos que pensar que Dios sea lejano, como alguien distante y desconocido. Quien quiera saber cómo es y quién es Dios Padre, le basta mirar a Jesús. ¡Él lo ha revelado en las palabras y en los gestos de su vida! “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”. Por su forma de ser Jesús revelaba un rostro nuevo de Dios que atraía al pueblo. A través de su obediencia, estaba totalmente identificado con el Padre. En cada momento hacía lo que el Padre le mostraba hacer (Jn 5, 30; 8, 28-29.38). ¡Por eso, en Jesús todo es revelación del Padre! ¡Y, los signos y obras que realiza son las obras del Padre! De la misma manera, nosotros, en nuestro modo de vivir y de compartir, tenemos que ser una revelación de Jesús. El que nos ve, tiene que poder ver y reconocer en nosotros algo de Jesús.
Lo que es importante meditar aquí es preguntarme: “¿Qué imagen me hago de Jesús?”. ¿Soy como Pedro que no aceptaba un Jesús siervo y sufriente y quería un Jesús a su propia medida? (Mc 8, 32-33). ¿Soy como aquéllos que saben decir sólo?: “¡Señor! ¡Señor! (Mt 7, 21). ¿Soy como aquéllos que quieren sólo un Cristo celeste y glorioso y olvidamos a Jesús de Nazaret que caminaba con los pobres, acogía a los marginados, curaba a los enfermos, reinsertaba a los excluidos y que, por causa de este compromiso con el pueblo y con el Padre, fue perseguido y matado.

Juan 14, 12: La promesa de Jesús. Jesús afirma que su intimidad con el Padre no es un privilegio sólo de él, sino que es posible para todos nosotros que creemos en Él. A través de Él, podemos llegar a hacer las mismas cosas que Él hacía por el pueblo de su tiempo. Él intercederá por nosotros. Todo lo que le pedimos, él se lo pedirá al Padre y lo obtendrá, con tal que sea para servir (Jn 14, 13).

6. Salmo 43 (42)

“Tu luz y tu verdad me guiarán por el camino”

Como anhela la cierva los arroyos,
así te anhela mi ser, Dios mío.
Mi ser tiene sed de Dios,
del Dios vivo;
¿cuándo podré ir a ver
el rostro de Dios?
Son mis lágrimas mi pan
de día y de noche,
cuando me dicen todo el día:
«¿Dónde está tu Dios?».
El recuerdo me llena de nostalgia:
cuando entraba en la Tienda admirable
y llegaba hasta la Casa de Dios,
entre gritos de acción de gracias
y el júbilo de los grupos de romeros.
¿Por qué desfallezco ahora
y me siento tan azorado?
Espero en Dios, aún lo alabaré:
¡Salvación de mi rostro, Dios mío!
Me siento desfallecer,
por eso te recuerdo,
desde el Jordán y el Hermón
a ti, montaña humilde.
Un abismo llama a otro abismo
en medio del fragor de tus cascadas,
todas tus olas y tus crestas
han pasado sobre mí.
De día enviará Yahvé su amor,
y el canto que me inspire por la noche
será oración al Dios de mi vida.
Diré a Dios: Roca mía,
¿por qué me olvidas?,
¿por qué he de andar sombrío
por la opresión del enemigo?
Me rompen todos los huesos
los insultos de mis adversarios,
todo el día repitiéndome:
¿Dónde está tu Dios?
¿Por qué desfallezco ahora
y me siento tan azorado?
Espero en Dios, aún lo alabaré:
¡Salvación de mi rostro, Dios mío!

Hazme justicia, oh Dios,
defiende mi causa
contra gente sin amor;
del hombre traidor
y falso líbrame.
Tú eres el Dios a quien me acojo:
¿por qué me has rechazado?,
¿por qué he de andar sombrío
por la opresión del enemigo?
Envía tu luz y tu verdad,
ellas me escoltarán,
me llevarán a tu monte santo,
hasta entrar en tu Morada.
Y llegaré al altar de Dios,
al Dios de mi alegría.
Te alabaré gozoso con la cítara,
oh Dios, Dios mío.
¿Por qué desfallezco ahora
y me siento tan azorado?
Espero en Dios, aún lo alabaré:
¡Salvación de mi rostro, Dios mío!

 

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén

Uno está en su lugar cuando invade el campo ajeno…

Finalmente hay algo que no funciona «Por aquellos días… se quejaron…».

Doy un suspiro de alivio y me entran ganas de comentar:

-¡Menos mal!

Deberíamos estar seriamente preocupados si todo transcurriese con normalidad, si no hubiera dificultades, si no se produjesen incidentes. Siempre existe el riesgo de idealizar demasiado el estilo de vida de las comunidades primitivas, como si el fervor de los comienzos garantizarse un funcionamiento perfecto, sin el menor traspiés, sin el más imperceptible sobresalto, sin el más modesto roce, en la «máquina» que Cristo puso en movimiento.

Por fortuna Hechos (primera lectura) nos habla de un primer tropiezo. La máquina ha tenido un pequeño fallo. Se ha producido un hecho lamentable (el primero -y quizás ni siquiera el primero- de una larga serie). Ha habido un altercado, que ha creado una tensión inevitable.
No debe cogernos por sorpresa.

No debemos asombrarnos de que la convivencia de individuos distintos provoque disensiones, incomprensiones, crisis, rupturas, choques, sinsabores.

La comunión, aun cuando se vea sostenida por una fuerte dosis de ideales, siempre corre el riesgo de tendencias… fraccionistas. Los hombres llevan siempre a sus espaldas, junto con su entusiasmo, su generosidad y su compromiso, también sus particularismos, su mentalidad algo estrecha, sus egoísmos, su mezquindad.

Con esto no quiero decir que haya que resignarse a las divisiones, a las tensiones continuas, a los pleitos que no acaban.

Al contrario, después de haber tomado nota de que son inevitables las rencillas -pequeñas o grandes- que afectan y desazonan a la comunidad, se trata de luchar sin tregua con otro peligro mayor, cuyo indicio más alarmante son esos incidentes: la aparición de la cicatería. La verdadera amenaza, el mal más solapado, no es la miseria de los hombres. Es más bien la cicatería, que asume diversas formas y disfraces: rivalidad, personalismos, envidias, sectarismos, favoritismos, envidias, intolerancias, intereses de grupo, visiones estrechas.

Como en la primera comunidad cristiana, hay que impedir que las pendencias sean una constante y ocupen el lugar de la serenidad y de la apertura frente a las ideas y posiciones de los otros.

Sobre todo hay que impedir que los favoritismos legitimen las más odiosas injusticias, que los privilegiados puedan aplastar impunemente a los pequeños.

La comunión se ve comprometida sobre todo por la mezquindad. La prepotencia -evidente o enmascarada- del que se siente protegido acaba debilitando a la comunidad.

El «descontento» constituye casi una necesidad (como los escándalos). Pero ¡ay del que lo atiza, lo alimenta… o saca provecho de él!

Cuestión de puestos y de equilibrio

«En la casa de mi Padre hay muchas estancias», asegura Cristo (evangelio de hoy).

También aquí abajo, en la Iglesia, hay muchos puestos.

Tras el primer síntoma de malestar que se advirtió en la comunidad, los doce se preocuparon de asignar tareas específicas, de definir funciones, de establecer competencias, de delimitar los campos respectivos de acción (aunque no todo tenía que estar regulado por normas tan rígidas, cuando asistimos a violaciones de frontera y a frecuentes «invasiones de terreno». Los mismos diáconos no se limitaron, afortunadamente, al «servicio de las mesas» al que estaban destinados. Cuando uno está «lleno de Espíritu» y no hinchado de amor propio, de ambición o de envidia, cuando lo que importa es el bien de todos y no el prestigio personal, entonces también las «invasiones de terreno» se acogen con simpatía y todos se alegran de ellas, en vez de criticarlas…).

Me gustaría hacer sólo dos observaciones.

En primer lugar, la organización es necesaria. Resulta indispensable un mínimo de estructura. Hoy no podemos evitar las exigencias de la especialización en los diversos campos. Y hasta se necesita una cierta programación.

Pero hay que evitar el peligro de la burocratización. El aparato no debe sofocar nunca al espíritu.

La programación no puede apagar la creatividad, reglamentar lo imprevisible.

Es vergonzoso ver cómo en algunas obras sociales, a pesar de llevar el cuño cristiano, hay algunos expertos jactanciosos que parecen preocuparse de mantener prudentemente su corazón al abrigo de sus frías y calculadas fórmulas psicológicas y tareas sociológicas. Y los pobres, los humildes, se sienten terriblemente a disgusto, intimidados, no comprendidos. Tienen la impresión -más que justificada- de que no se les trata como personas, sino que se les examina como casos, «despachados» asépticamente en una oficina.

Tiene que haber una solución intermedia entre la costumbre de hacerlo todo aprisa y a medias, en medio de la confusión, y la fría e implacable racionalidad y funcionalidad.

Podría pensarse en proceder a la imposición de manos… sobre el corazón de todos los que, en la comunidad cristiana, reciben el encargo de ocuparse de la causa de los pobres y de los débiles.

Segunda observación. A veces da la impresión de que todo se resuelve fácilmente trazando una línea de separación muy concreta. A unos se les asigna el «servicio de las mesas» (las mesas, por tanto, eran un «servicio», no un «negocio»), mientras que otros, los apóstoles, tienen que dedicarse «a la oración y al servicio de la palabra». En la vida concreta de muchos no es tan fácil trazar este surco. A menudo tenemos que interesarnos por las mesas y otros problemas similares, sin dejar naturalmente la oración, el ministerio de la palabra, los sacramentos.

Lo mismo que no se pueden fijar límites muy precisos e infranqueables, también resulta difícil, y hasta imposible, establecer de una vez por todas el equilibrio entre ambas dimensiones.

Nuestro sentido de la responsabilidad nos obliga a tomar continuamente decisiones.

Por eso hay que tener en cuenta lo urgente, sin perder por ello de vista lo importante. Encargarnos de las cosas, pero sin olvidar lo esencial.

No se trata de dosificar cuantitativamente la armonía, sino de tener lucidez, de hacer opciones costosas, de verificar constantemente la escala de valores, de tener la capacidad de ponerse continuamente en tela de juicio.

El pueblo de Dios no tiene necesidad de personas siempre atareadas, pero tampoco de remilgados «funcionarios de lo sagrado».

La prueba decisiva sigue siendo la de las manos. Manos consagradas y, por tanto, capacitadas para «manejar» tanto las cosas de Dios como las de los hombres. Que, casi siempre, se confunden.

Al final del texto de los Hechos hay una indicación que puede interpretarse en clave irónica: «…incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe».

He de decir, personalmente, que no me sentiría ofendido, sino que hasta me consideraría lisonjeado, como sacerdote, si alguno de la comunidad se asombrase del hecho de que… yo también creo.

La vocación de «constructores»

En la segunda lectura, Pedro nos invita a un acercamiento progresivo.

Nosotros tendemos a mantener un poco las distancias. Nos contentamos con cierta curiosidad.

Nos gustaría «ver los toros desde la barrera», asistir de lejos, sin comprometernos demasiado.

Pero tenemos que acercarnos a Cristo, ligamos a él, incluso «estrecharnos» con él.

No se trata evidentemente, de establecer un dúo intimista (aunque esta perspectiva ejerce cierta seducción sobre algunos creyentes, enfermos incurables de individualismo).

Nos acercamos, nos atamos unidos a los demás. Hacemos Iglesia todos juntos.

Porque se trata de una construcción.

Como si Pedro exhortase: «¡Entrad en la construcción!». Sería menos comprometido limitarnos a llevar los ladrillos.

Pero somos nosotros mismos el material de ese edificio del que Cristo es «piedra viva».

Por tanto, no somos solamente ovejas que lanzan un débil balido que resulta agradable «a los de arriba» (y a los de no tan arriba). Somos constructores, elementos activos, responsables en la Iglesia. Sujetos de su vida y de su historia.

Pero hay que dar un paso más.

«Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada…».

He aquí la última, la sorprendente «invasión de campo» a la que se nos invita: todos los miembros del pueblo de Dios son… ¡sacerdotes! Ciertamente, sigue en pie la distinción entre sacerdotes y laicos, entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los fieles. Pero, cuando nos «estrechamos» con Cristo, único sacerdote, nos sentimos autorizados a considerarnos sacerdotes a título pleno, legitimados para celebrar las obras del Señor, capacitados para presentar las ofrendas de nuestra vida cotidiana en la fe y en el amor. ¡Ese es nuestro lugar en el templo!

Por desgracia, muchas veces nos contentamos con un sitio que no es el que Cristo nos ha «preparado».

El sitio que escogemos, como es fácil de ver, sigue estando sin remedio un poco lejos, sigue siendo menos comprometido…

Aprender a Dios

«Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre».

Tengo la sospecha de que Felipe se quedó, si no desilusionado, al menos desconcertado.

El tenía una imagen grandiosa, solemne, de Dios.

Cristo, por el contrario, manifiesta un Dios tan humilde, tan cariñoso, tan familiar, tan débil, tan «humano», que nos asombra.

Y dice que no nos dejemos impresionar porque las dos imágenes no sólo no cuadran, sino que hasta parece que tienen poco que ver una con otra.

Es solamente la fe la que hace que coincidan, corrigiendo (y hasta borrando) la nuestra.

«Creed en Dios y creed también en mí».

Como si implorase: ¡Creedme al menos un poco! ¡Fiaos de mi manifestación, más que de vuestras representaciones!

La fe es la que nos permite realizar las mismas obras que realiza Cristo, e incluso otras «mayores» todavía.

El hecho es que muchas veces tenemos la presunción de realizar empresas grandiosas en el nombre de aquel Dios que tenemos en la cabeza nosotros, y no del Dios revelado, narrado por el Hijo, único exegeta autorizado, único espejo fiel del rostro del Padre.

Y todavía queda una pregunta: ¿Y de qué modo manifiesta Cristo al Padre? ¿cómo nos lo hace conocer?

Ante todo, con su enseñanza.

Pero no hemos de olvidar que la persona de Jesús es «lugar» e instrumento de revelación.

Por tanto, no sólo sus palabras, sino sus gestos, sus opciones, sus acciones, se convierten en signo, parábola, huella, transparencia del «Dios invisible».

Por eso cuando nosotros, en el evangelio, vemos que Cristo concede sus preferencias a los pequeños, que muestra compasión por los que sufren, que concede ampliamente el perdón a los pecadores, que devuelve la confianza a los descalificados, que atiende a los marginados, que ejerce su misericordia con todo tipo de miseria humana, que no esconde sus simpatías por los últimos, que se mantiene al margen de los poderosos, que se muestra humano y cariñoso, que llora por la muerte de un amigo, que agradece los pequeños gestos de delicadeza, aprendemos al Padre, estamos en disposición de esbozar los rasgos de su rostro. Y tenemos que concluir:

-¡Dios es así!

También a nosotros nos manifiesta Cristo su queja:

-Llevo tanto tiempo con vosotros… y todavía no os habéis decidido a romper la otra imagen (¡la imagen tan aplastante!)¿Cuándo aprenderéis a conocerme y, por tanto, a «ver» a Dios?

A. Pronzato

Clavaditos a nuestro Padre

En ocasiones decimos de alguien: “Es clavadito a su padre”. Unas veces lo decimos por las facciones, los rasgos físicos, apariencia, gestos… Y otras veces no nos referimos al físico sino a otras facetas: el buen carácter, o el mal genio, o la misma habilidad para algo, o la misma disposición para hacer las cosas… En definitiva, por esos rasgos o por el carácter, decimos: “no puede negar que es hijo de su padre”.

En este quinto domingo de Pascua, ante la petición que hace Felipe: Señor, muéstranos al Padre y nos basta, Jesús le responde: Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. A los discípulos se les hace difícil comprender que Jesús es Dios; saben que habla en nombre del Padre, que hace obras en su nombre… pero no consiguen ver en Él a Dios.

Esto mismo nos puede ocurrir a nosotros, que quizá estamos muy centrados en el hombre Jesús, el “Jesús de la Historia” (como decíamos hace unos domingos), pero se nos hace difícil entender que Él es también verdadero Dios, que es el Hijo del Padre.

Por eso Jesús le da esa respuesta; los discípulos, y nosotros, después de tanto tiempo con Jesús, después de todo lo que hemos oído de Él, deberíamos haber comprendido que Él es “clavadito a su Padre”, hasta tal punto que afirma Jesús: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. De ahí que quien le ve a Él, ve al Padre. Jesús es el rostro visible del Dios invisible.

Pero además, Jesús es “clavadito a su Padre” tanto por sus palabras (Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia) como por sus obras: El Padre, que permanece en mí, Él mismo hace las obras. Sabe que es fácil que duden de sus palabras, por eso afirma: Si no, creed a las obras, porque las obras que hace certifican y garantizan las palabras de Jesús.

En los signos, en las curaciones, en los gestos de compasión, de perdón, de misericordia, en su actitud frente a los poderosos, en su trato con los humildes, con los pecadores… en todas esas obras Jesús es “clavadito a su Padre”, y por Él podemos conocer cómo es Dios, ese Padre con entrañas de misericordia.

Sabemos que Jesús es el verdadero camino que nos lleva a la vida eterna, a la casa del Padre. Por eso Jesús afirma en el Evangelio de hoy con claridad: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Jesús es el acceso directo a Dios porque Él es “clavadito a su Padre”, porque Él es Dios que se ha acercado al hombre para que el hombre encuentre la salvación.

¿He dicho alguna vez de alguien, o lo han dicho de mí: “es clavadito a su padre”? ¿Por qué, en que se basaba el parecido? ¿Me centro más en la humanidad de Jesús que en su divinidad? ¿Sabría explicar qué significa “yo estoy en el Padre, y el Padre en mí”? ¿Las palabras y obras de Jesús me permiten conocer qué “rasgos” tiene Dios?

Nosotros somos hijos de Dios por nuestro Bautismo, y también deberíamos ser “clavaditos a nuestro Padre”. Qué importante sería que viéndonos a nosotros, sus hijos, viendo nuestras buenas obras, tratándonos como verdaderos hermanos, desde el amor, el perdón, el respeto…pudieran decir de todos nosotros “que no podemos negar que somos hijos de Dios Padre”. Como dice san Pedro en la 2ª lectura: también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu. Ser piedras vivas significa que nuestras palabras, gestos, valores, actitudes… han de ser las de Cristo y por tanto han de ser también las del Padre.

Como ha dicho Jesús en el Evangelio: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago. Sigámosle a Él, nuestro camino, verdad y vida, para que nuestras obras den buen testimonio del Dios revelado en Jesucristo. Ojalá puedan decir de nosotros: “Es clavadito a su Padre del cielo”.

El camino

Al final de la última cena, los discípulos comienzan a intuir que Jesús ya no estará mucho tiempo con ellos. La salida precipitada de Judas, el anuncio de que Pedro lo negará muy pronto, las palabras de Jesús hablando de su próxima partida, han dejado a todos desconcertado y abatidos. ¿Qué va ser de ellos?

Jesús capta su tristeza y su turbación. Su corazón se conmueve. Olvidándose de sí mismo y de lo que le espera, Jesús trata de animarlos: ”Que no se turbe vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí”. Más tarde, en el curso de la conversación, Jesús les hace esta confesión: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. No lo han de olvidar nunca.

“Yo soy el camino”. El problema de no pocos no es que viven extraviados o descaminados. Sencillamente, viven sin camino, perdidos en una especie de laberinto: andando y desandando los mil caminos que, desde fuera, les van indicando las consignas y modas del momento.

Y, ¿qué puede hacer un hombre o una mujer cuando se encuentra sin camino? ¿A quién se puede dirigir? ¿Adónde puede acudir? Si se acerca a Jesús, lo que encontrará no es una religión, sino un camino. A veces, avanzará con fe; otras veces, encontrará dificultades; incluso podrá retroceder, pero está en el camino acertado que conduce al Padre. Esta es la promesa de Jesús.

“Yo soy la verdad”. Estas palabras encierran una invitación escandalosa a los oídos modernos. No todo se reduce a la razón. La teoría científica no contiene toda la verdad. El misterio último de la realidad no se deja atrapar por los análisis más sofisticados. El ser humano ha de vivir ante el misterio último de la realidad.

Jesús se presenta como camino que conduce y acerca a ese Misterio último. Dios no se impone. No fuerza a nadie con pruebas ni evidencias. El Misterio último es silencio y atracción respetuosa. Jesús es el camino que nos puede abrir a su Bondad.

“Yo soy la vida”. Jesús puede ir transformando nuestra vida. No como el maestro lejano que ha dejado un legado de sabiduría admirable a la humanidad, sino como alguien vivo que, desde el mismo fondo de nuestro ser, nos infunde un germen de vida nueva.

Esta acción de Jesús en nosotros se produce casi siempre de forma discreta y callada. El mismo creyente solo intuye una presencia imperceptible. A veces, sin embargo, nos invade la certeza, la alegría incontenible, la confianza total: Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso la vida eterna. Nunca entenderemos la fe cristiana si no acogemos a Jesús como el camino, la verdad y la vida.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 14 de mayo

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, muestra los primeros síntomas de discordia en la comunidad cristiana. Los cristianos de origen griego sienten cierta discriminación, con respecto a los de lengua hebrea y así lo hicieron saber: “diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas”. Los Doce, resuelven el problema mediante un discernimiento: “No nos parece bien descuidar la Palabra de Dios para ocuparnos de la administración”, que someten a consideración de la comunidad, que escoge a siete (diáconos los llamaremos más tarde), para este servicio. Dice el texto que: “la propuesta les pareció bien a todos”.

Antes, en el Evangelio de hoy, que forma parte del discurso de despedida de Jesús, se escucha: “No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no, os lo había dicho, y me voy a prepararos sitio”. Entonces, parece claro  que los Doce no entienden nada, al menos Tomás y Felipe: “Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?”, “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Habrá que asumir la Pascua, para comprender los retos de los nuevos tiempos, las situaciones difíciles, los temores…, para no perder la calma y creer.

“Yo soy el camino y la verdad y la vida”, para evitar dudas, se nos presenta como el camino a seguir para llegar al Padre. Su vida es el modelo: pasó haciendo el bien, liberando a los oprimidos, curando a los enfermos, acercándose a los pobres y marginados, desviviéndose por todos. Para eso murió y resucitó, para mostrarnos el camino, la verdad y la vida, por eso es el Viviente. Ya sabemos entonces, que seguirle es estar cercanos a los pequeños, dar vida a los que viven en zonas de muerte, buscar la armonía en la comunidad y sobre todo saber, que ésto no es consecuencia de nuestro esfuerzos personales para imitarle, sino de nuestros esfuerzos, por hacer felices a los demás.

“Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Ese puede ser el problema, estar acostumbrados, nos darnos cuenta que sólo conocemos al Padre, a través de Jesús, él es nuestra mediación absoluta. En el camino que recorrió desde la encarnación (Navidad), a la resurrección (Pascua), se nos ha hecho presente el Padre. En Jesús lo tenemos todo, es la búsqueda más plena de nuestro corazón y el que cumple nuestro caminar hacia la casa del Padre-Dios. Como nos dice San Pedro en la segunda lectura, él es: “la piedra angular, escogida y preciosa”.

“Creedme: ya estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores”. Su presencia entre nosotros, lejos de ser un motivo para desentendernos de los problemas que nos aquejan, es un aliciente, para que asumamos nuestro lugar aquí y ahora, pues somos el Pueblo de Dios, y todos estamos llamados a ejercer el servicio fraterno (hacer las obras que yo hago). Dios nos ha elegido como piedras vivas, para la construcción de su comunidad y del mundo. Tenemos un lugar en la casa del Padre y en la comunidad cristiana, está preparado y nos espera.

“Somos una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa”. Que estas palabras de San Pedro, nos hagan seguir el camino, buscar la verdad y crear vida a nuestro alrededor, sabemos hacia donde debemos caminar, a donde queremos llegar, a la Pascua, a la felicidad de la que Dios disfruta viéndonos a nosotros y a todos felices.

PD: Mañana es San Isidro Labrador, santo laico junto con su mujer, patrón de los labradores y del mundo rural tan abandonado. Pidamos por toda la gente, que ayuda a la transformación del mundo y la conservación de la tierra creada por Dios. También por toda las personas mayores, solitarias y sin tantas infraestructuras, que han quedado en nuestros pueblos.

Julio César Rioja, cmf