Vísperas – Lunes V de Pascua

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: CANTARÁN, LLORARÁN RAZAS Y HOMBRES

Cantarán, llorarán razas y hombres,
buscarán la esperanza en el dolor,
el secreto de vida es ya presente:
resucitó el Señor.

Dejarán de llorar los que lloraban,
brillará en su mirar la luz del sol,
ya la causa del hombre está ganada:
resucitó el Señor.

Volverán entre cánticos alegres
los que fueron llorando a su labor,
traerán en sus brazos la cosecha:
resucitó el Señor.

Cantarán a Dios Padre eternamente
la alabanza de gracias por su don,
en Jesús ha brillado su Amor santo:
resucitó el Señor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. No temáis, yo he vencido al mundo. Aleluya.

Salmo 10 – EL SEÑOR ESPERANZA DEL JUSTO

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
«escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?»

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo detesta.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No temáis, yo he vencido al mundo. Aleluya.

Ant 2. Se hospedará en tu tienda, habitará en tu monte santo. Aleluya.

Salmo 14 – ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aún en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Se hospedará en tu tienda, habitará en tu monte santo. Aleluya.

Ant 3. Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Aleluya.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Aleluya.

LECTURA BREVE   Hb 8, 1b-3a

Tenemos un sumo sacerdote que está sentado a la diestra del trono de la Majestad en los cielos. Él es ministro del santuario y de la verdadera Tienda de Reunión, que fue fabricada por el Señor y no por hombre alguno. Todo sumo sacerdote es instituido para ofrecer oblaciones y sacrificios.

RESPONSORIO BREVE

V. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.
R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.

V. Al ver al Señor.
R. Aleluya. Aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que os he dicho. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que os he dicho. Aleluya.

PRECES

Con espíritu gozoso, invoquemos a Cristo, a cuya humanidad dio vida el Espíritu Santo, haciéndolo fuente de vida para los hombres, y digámosle:

Renueva y da vida a todas las cosas, Señor.

Cristo, salvador del mundo y rey de la nueva creación, haz que, ya desde ahora, con el espíritu vivamos en tu reino,
donde estás sentado a la derecha del Padre.

Señor, tú que vives en tu Iglesia hasta el fin de los tiempos,
condúcela por el Espíritu Santo al conocimiento de toda verdad.

Que los enfermos, los moribundos y todos los que sufren encuentren luz en tu victoria,
y que tu gloriosa resurrección los consuele y los conforte.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Al terminar este día, te ofrecemos nuestro homenaje, oh Cristo, luz imperecedera,
y te pedimos que con la gloria de tu resurrección ilumines a nuestros hermanos difuntos.

Porque Jesucristo nos ha hecho participar de su propia vida, somos hijos de Dios y por ello nos atrevemos a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios, que unes en un mismo sentir los corazones de los que te aman, impulsa a tu pueblo a amar lo que pides y a desear lo que prometes, para que, en medio de la inestabilidad de las cosas humanas, estén firmemente anclados nuestros corazones en el deseo de la verdadera felicidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 15 de mayo

Lectio: Lunes, 15 Mayo, 2017

Tiempo de Pascua

1) ORACIÓN INICIAL

¡Oh Dios!, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo; inspira a tu pueblo el amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones están firmes en la verdadera alegría. Por nuestro Señor.

2) LECTURA

Del Evangelio según Juan 14,21-26

El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.» Le dice Judas -no el Iscariote-: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?» Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.

3) REFLEXIÓN

• Como dijimos anteriormente, el capítulo 14 de Juan es un bonito ejemplo de cómo se practicaba la catequesis en las comunidades de Asia Menor al final del siglo primero. A través de las preguntas de los discípulos y de las respuestas de Jesús, los cristianos se iban formando la conciencia y encontraban una orientación para sus problemas. Así, en este capítulo 14, tenemos la pregunta de Tomás y la respuesta de Jesús (Jn 14,5-7), la pregunta de Felipe y la respuesta de Jesús (Jn 14,8-21), y la pregunta de Judas y la respuesta de Jesús (Jn 14,22-26). La última frase de la respuesta de Jesús a Felipe (Jn 14,21) constituye el primer versículo del evangelio de hoy.

• Juan 14,21: Yo le amaré y me manifestaré a él. Este versículo es el resumen de la respuesta de Jesús a Felipe. Felipe había dicho: “¡Muéstranos al Padre y esto nos basta!” (Jn 14,8). Moisés había preguntado a Dios: “¡Muéstranos tu gloria!” (Es 33,18). Dios respondió: “No podrás ver mi rostro, porque nadie podrá verme y seguir viviendo” (Es 33,20). El Padre no podrá ser mostrado. Dios habita una luz inaccesible (1Tim 6,16). “A Dios nadie le ha visto nunca” (1Jn 4,12). Pero la presencia del Padre podrá ser experimentada a través de la experiencia del amor. Dice la primera carta de San Juan: “Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor”. Jesús dice a Felipe: “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama, será amado de mi Padre. Y yo le amaré y me manifestaré a él”. Observando el mandamiento de Jesús, que es el mandamiento del amor al prójimo (Jn 15,17), la persona muestra su amor por Jesús. Y quien ama a Jesús, será amado por el Padre y puede tener la certeza de que el Padre se le manifestará. En la respuesta a Judas, Jesús dirá cómo acontece esta manifestación del Padre en nuestra vida.

• Juan 14,22: La pregunta de Judas, pregunta de todos. La pregunta de Judas: “¿Qué pasa que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?” Esta pregunta de Judas refleja un problema que es real hasta hoy. A veces, aflora en nosotros los cristianos la idea de que somos mejores que los demás y que Dios nos ama más que a los otros. ¿Hace Dios distinción de personas?

• Juan 14,23-24: Respuesta de Jesús. La respuesta de Jesús es sencilla y profunda. El repite lo que acabó de decir a Felipe. El problema no es si los cristianos somos amados por Dios más que los otros, o si los otros son despreciados por Dios. No es éste el criterio de la preferencia del Padre. El criterio de la preferencia del Padre es siempre el mismo: el amor. “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. Quien no me ama, no guarda mis palabras”. Independientemente del hecho que la persona sea o no cristiana, el Padre se manifiesta a todos aquellos que observan el mandamiento de Jesús que es el amor por el prójimo (Jn 15,17). ¿En que consiste la manifestación del Padre? La respuesta a esta pregunta está impresa en el corazón de la humanidad, en la experiencia humana universal. Observa la vida de las personas que practican el amor y hacen de su vida una entrega a los demás. Examina tu propia experiencia. Independientemente de la religión, de la clase, de la raza o del color, la práctica del amor nos da una paz profunda y una alegría que consiguen convivir con el dolor y el sufrimiento. Esta experiencia es el reflejo de la manifestación del Padre en la vida de las personas. Y es la realización de la promesa: Yo y mi Padre vendremos a él y haremos morada en él.

• Juan 14,25-26: La promesa del Espíritu Santo. Jesús termina su respuesta a Judas diciendo: Os he dicho estas cosas estando con vosotros. Jesús comunicó todo lo que oyó del Padre (Jn 15,15). Sus palabras son fuente de vida y deben ser meditadas, profundizadas y actualizadas constantemente a la luz de la realidad siempre nueva que nos envuelve. Para esta meditación constante de sus palabras Jesús nos promete la ayuda del Espíritu Santo: “Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL

• Jesús dice: Yo y mi Padre vendremos a él y haremos morada en él. ¿Cómo experimento esta promesa?

• Tenemos la promesa del don del Espíritu para ayudarnos a entender la palabra de Jesús. ¿Invoco la luz del Espíritu cuando voy a leer y a meditar la Escritura?

5) ORACIÓN FINAL

Todos los días te bendeciré,
alabaré tu nombre por siempre.
Grande es Yahvé, muy digno de alabanza,
su grandeza carece de límites. (Sal 145,2-3)

El amor es mi paz

Padre resucitado, que sienta la paz que me muestras,
Que no se cierren mis “puertas” por el miedo,
Que me aferre al Espíritu que me regalas,
Para vivir intensamente el compromiso de sentirme enviado…
Señor mío y Dios mío, perdona mis debilidades, mis dudas, mis temores…
Porque aun siendo a veces como Tomás, deseo buscarte, estar contigo…
Porque aunque me encierre en mis silencios o en mis ruidos, en mis comodidades o en mis ocupaciones…
Tú sabes como entrar en mi vida, como hacerla distinta, como insuflar aire en mis vacíos y oxigenar mi alma endurecida.
Que el Espíritu renovado de la resurrección,
Nacido de la victoria sobre la muerte y alimentado por el Amor más generoso…
Impulse mi fe, mi permanencia en Ti, y aliente el ánimo modesto de quien quiere quererte, seguirte y responderte, Padre…

Tu Amor es mi paz, mi paz es tu perdón, y tu perdón es mi camino de testimonio al amparo de tu Fuerza.

AMEN

La madre de Jesús

Palabra de Dios

Gál 4, 1-7: Jesús, nacido de mujer.

Lc 2, 1-7: Dio a luz a su hijo.

Lc 2, 51-52: Jesús vivía con ellos y les estaba sujeto.

Texto antológico

“María fue la madre de Jesús. Esto significa que Jesús, en cuanto hombre, fue criado por María y por José. Esto es, indudablemente, un gran misterio y muy difícil de entender para la mente humana. Sin embargo, hemos de afirmar el dogma de que Cristo fue verdadero ser humano, y de que -como tal- tuvo que ser criado y educado (en el más estricto sentido de la palabra) por su madre. Las cualidades humanas y el carácter de Jesús se formaron y fueron influenciados por las virtudes de su madre. Y cuando la Escritura nos dice que Jesús pasó por tierra de Israel haciendo el bien en derredor suyo, y nosotros nos damos cuenta de que esa bondad humana fue el amor de Dios traducido a expresiones humanas, hemos de reconocer -además- que María tuvo también su participación maternal en la interpretación cristiana de ese amor de Dios. Es una experiencia humana general el que los rasgos de la madre se reconozcan en el hijo. Y así ocurrió también en el caso de María y de Jesús. Fue una tarea continua, que llevaba consigo la formación humana del muchacho según iba creciendo de la niñez a la adolescencia y de la adolescencia a la adultez. La manera concreta con que esto se fue efectuando es algo que queda oculto a nuestros ojos.

Cristo y sólo Cristo -y Dios en su humanidad- fueron responsables de todo. Pero, en la Sagrada Familia, María llegó a ser la parte maternal, con el resultado de que todo lo que ocurrió en la familia quedó afectado por la cualidad maternal de María. Considerando las cosas a esta luz, podemos afirmar que María fue responsable también de todo, como madre que era del Redentor y de la redención. La redención de Cristo nos fue ofrecida por Cristo en su Iglesia saturada -como quien dice- de esta cualidad maternal. Así pues, todo el ser de María, toda su actividad, redundaba en esto: como madre, ella estaba convirtiendo constantemente en expresiones maternales todo lo que Cristo pensaba, deseaba, sentía y hacía con respecto a nuestra salvación. Este proceso de conversión continúa aún, ¡qué duda cabe! María es la traducción y expresión eficaz -en términos maternales- de la misericordia, gracia y amor redentor de Dios, que se nos manifestaron (en forma visible y tangible) en la persona de Cristo, Redentor nuestro. Su poder maternal, María lo sacó del hecho de estar tan cercana a Cristo, que era su propio Hijo, su Redentor y el nuestro, y que emanaba poder. Esto no difiere, ni mucho menos, de la actividad normal de Cristo. Pero, en el caso de María, contenía un elemento único e irreemplazable, ya que implicaba su participación (de María) como madre de él (de Jesús)”.

Edward Schillebeeckx

Reflexión

El misterio de la encarnación no fue una simple apariencia externa. Dios se hizo verdaderamente hombre, asumió plenamente la humanidad. Entró en la historia humana a través de María, su madre, y vivió plenamente esa historia, como proceso, como evolución, maduración, historia verdaderamente humana; en definitiva, desvalida como las demás y sujeta como todas a los cuidados y atenciones de los otros.

María, la madre de Jesús, tuvo ahí un papel singular. Ella fue verdaderamente madre de Jesús, con todo el papel que corresponde a una madre en la educación y configuración de la personalidad madura del hijo. La maternidad de María no fue simplemente biológica. María fue, de alguna manera, el instrumento que Dios tomó para ayudarse a configurar, a deletrear la propia Palabra que quería pronunciar en Jesús.

Examen

  • ¿Sentimos a María como alguien verdaderamente cercana a Jesús?
  • ¿Valoramos el puesto de María en la vida de Jesús?
  • ¿Valoramos el puesto de la mujer en la historia de la salvación?
  • (Las madres de familia), ¿somos conscientes de la influencia capital de la educación en la vida futura de los niños?

Conversión

  • Tomar decisiones para sentir a María verdaderamente cercana a nosotros.
  • Apoyar a los padres en la tarea de la educación de los hijos.
  • Crear un ambiente sano para la educación de los niños y jóvenes.

Invocación

  • Madre de Jesús…
  • ruega por nosotros.

Cantos sugeridos

“Cristo, nuestro hermano”, de C. Gabaráin, en Eres tú, María.

“Madre del Salvador”, de J. A. Espinosa, en Madre nuestra.

Oración

Dios, Padre nuestro, que quisiste que tu Hijo, por el misterio de la encarnación, tomara carne en el seno de María y se hiciera enteramente humano, obedeciendo sumisamente las leyes del desarrollo natural de nuestra condición humana. Haz que nosotros, por el ejemplo de María y de Jesús, seamos también enteramente humanos, hijos tuyos y buenos hermanos.

Evangelii Gaudium – Francisco I

30. Cada Iglesia particular, porción de la Iglesia católica bajo la guía de su obispo, también está llamada a la conversión misionera. Ella es el sujeto primario de la evangelización[30], ya que es la manifestación concreta de la única Iglesia en un lugar del mundo, y en ella «verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica»[31]. Es la Iglesia encarnada en un espacio determinado, provista de todos los medios de salvación dados por Cristo, pero con un rostro local. Su alegría de comunicar a Jesucristo se expresa tanto en su preocupación por anunciarlo en otros lugares más necesitados como en una salida constante hacia las periferias de su propio territorio o hacia los nuevos ámbitos socioculturales[32]. Procura estar siempre allí donde hace más falta la luz y la vida del Resucitado[33]. En orden a que este impulso misionero sea cada vez más intenso, generoso y fecundo, exhorto también a cada Iglesia particular a entrar en un proceso decidido de discernimiento, purificación y reforma.


[30] Cf. Propositio 41.

[31] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Christus Dominus, sobre el oficio pastoral de los Obispos, 11.

[32] Cf. Benedicto XVI, Discurso a los participantes en un Congreso con ocasión del 40 Aniversario del Decreto Ad Gentes (11 marzo 2006): AAS 98 (2006), 337.

Homilía – Domingo VI de Pascua

«En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos»… Así comienza el Evangelio de hoy. Y en este tiempo, hoy, también nos dice Jesús a nosotros, sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». Amarle a él, amarle personalmente.

Todos nosotros, por supuesto, nos consideramos incluidos entre los que amamos a Jesús. Sin embargo, es bueno que, al escuchar hoy estas palabras de Jesús, nos dejemos preguntar por él mismo. Como preguntó a Pedro, después de la resurrección, junto al lago: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Que cada uno de nosotros, con nuestro propio nombre, podamos escuchar esta pregunta de Jesús ¿me amas?

A veces, nuestro amor a Jesús lo damos demasiado por supuesto. Creemos en él y le queremos, pero puede ser que lo personalicemos poco y lo expresemos poco, que sea poco vivencial. Pueden pasar días y días, incluso acudiendo a Misa, sin tener ni siquiera unos momentos de conversación con él, sin dirigirle unas palabras que salgan del corazón, sentidas, personales.

Es verdad que el amor hay que ponerlo más en las obras que en las palabras, pero tampoco pueden faltar las palabras porque, como nos dice el mismo Jesús, “de lo que está lleno el corazón habla la boca”.

El evangelio está lleno de palabras dirigidas a Jesús que salen del corazón. Pedro, ante la pregunta de Jesús, le dice: “Sí, Señor, tú sabes que te amo”. Uno de los diez leprosos curados se vuelve para dar gracias a Jesús. ¡Cuántas veces tendríamos que volvernos a Jesús para darle gracias! Gracias, Jesús, porque me has llamado y elegido; gracias, Jesús, por el don de la fe; gracias, Jesús, porque has hecho que te conozca; gracias, Jesús, por la familia, por este día, porque has entregado tu vida por mí; Señor, si quieres puedes curarme; Jesús, que yo vea; Jesús, creo, pero ayuda mi poca fe. Petición, acción de gracias, palabras sentidas, conversación que tenemos con Jesús porque le amamos.

Pero no es un amor solo de palabra, aunque éstas no puedan faltar. Jesús añade algo más: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». En otro lugar dice: «guardaréis mi palabra». Sabemos muchas pa- labras de Jesús, pero no siempre las tenemos en cuenta cuando llega el momento de ponerlas en práctica en nuestra vida de cada día. Conocemos en qué dirección va el camino de Jesús, pero no siempre es el que seguimos.

También puede pasar que nos sentimos identificados solo con una parte del mensaje de Jesús, aquella que más se acomoda a nuestra sensibilidad y dejamos de lado el resto. Entonces pasamos a formar parte de los que no hacen caso de sus palabras y, por tanto, de los que no le aman o no le aman su cientemente.

Cuando nos damos cuenta de que nuestras acciones o nuestras palabras o nuestros sentimientos no son los de Jesús, entonces reconocemos que todavía nos queda camino por andar.

San Pablo pedía a los primeros cristianos: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús”. Esto es lo que tenemos que pedir nosotros hoy. Jesús nos dice que no estamos solos, promete que nos enviará el Espíritu Santo. Dentro de quince días celebraremos su esta, Pentecostés. Vamos a empezar ya desde ahora a pedirle al Espíritu Santo que nos haga tener esos mismos sentimientos de Cristo Jesús, para que seamos de los que de verdad le amamos con nuestras palabras, con nuestras obras y con toda nuestra vida.

Entonces, como nos dice Jesús en el evangelio de hoy, «al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él». Sentirnos amados por el Padre y por Jesús. «Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros». Resuenan en nosotros muchas palabras de Jesús: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el n del mundo”. Sentirnos unidos a Jesús y al Padre. Que podamos decir con San Pablo, desde el corazón: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo el que vive en mí”.

Si vivimos así, unidos al Padre y a Jesús, brotará en nosotros la alegría, como sucedió en Samaría al ver los signos que hacía Felipe: «la ciudad se llenó de alegría» (primera lectura). Es alegría personal, pero es también alegría comunitaria, de toda la ciudad. Este es el testimonio que nosotros podemos dar, en este tiempo pascual y siempre. Que al ver los signos, las obras que hacemos, contagiemos nuestra alegría a nuestro alrededor.

Como nos dice el Papa Francisco: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría… Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso».

Esto es lo que le hemos pedido al Señor al comienzo de esta Eucaristía: “Concédenos, Dios todopoderoso, continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado; y que los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se mani esten en nuestras obras” (oración colecta). Que así sea

Rafael Mateos Poggio, S.J.

Jn 14, 15-21 (Evangelio Domingo VI de Pascua)

Continúa el primer discurso de despedida en la Cena de Pascua. El domingo pasado se escuchaba una primera parte dominada por la idea de la partida de Jesús: «Ahora voy a prepararos un lugar en la casa de mi Padre». La segunda parte anuncia la vuelta de Jesús que «no dejará huérfanos a los suyos». Un retorno que se realizará en el envío del Paráclito y la venida de Jesús y del Padre junto a él.

Esta vuelta, ya sea en el Paráclito o en persona, establece una oposición entre el mundo y los discípulos. No se habla del mundo en sentido físico, ni como espacio humano en que se desarrolla la historia del encuentro entre Dios y el hombre (ambos aspectos también aparecen en Juan); aquí se refiere a la humanidad que se cierra a acoger la revelación de Dios en el Hijo.

La condena y muerte en la cruz es la manifestación extrema de esta oposición. Los discípulos experimentarán la venida del Señor como una visión a la que el mundo está cerrado; visión que se describe como conocimiento. Resuenan las palabras del buen pastor: «Ellas me conocen y yo conozco a mis ovejas».

El binomio “amor – mandato” encuadra esta perícopa. El amor a Jesús es inseparable del cumplimiento de sus mandatos, ya que en éstos se veri ca el amor. No se específica a qué mandatos se re ere, por lo que se puede entender que es toda la vida de Jesús la que está en juego. Vivir el estilo de vida iniciado por Jesús es cumplir sus mandatos y, por ello, vivir según el amor. De este modo, no se debe entender este cumplimiento en sentido moral o jurídico, sino como una dimensión existencial del discípulo. Vivido desde el amor, todo mandato deja de ser una “obligación” para convertirse en una experiencia interior de felicidad.

A lo largo de los “discursos del adiós” se dis- tribuyen cinco anuncios de la venida del Paráclito, el Espíritu de la verdad. En momentos de dificultad, las comunidades joánicas encontraron en el Espíritu Santo el aliento y la fuerza necesarios para perseverar en la fe. Los cinco anuncios ponen de relieve esta función del Espíritu en favor de los creyentes, tras la partida de Jesús.

El primer anuncio no describe una función concreta del Paráclito. Pone de relieve la promesa de que el Padre, por intercesión del Hijo, enviará el Espíritu sobre los discípulos. Su función se percibe de modo indirecto a través del sentido etimológico del término “Paráclito”: “defensor, abogado ante un tribunal, el que protege, el que asiste, el que guía, el que sustenta…”. Aquí lo importante es que Jesús habla del envío de «otro Paráclito».

Se puede entender que el “primer Paráclito” es el propio Jesús: es quien protege, guía, sustenta, conforta… a los discípulos, antes de la muerte en la cruz. Ahora, este «otro Paráclito» será quien continúe la función de Jesús, será su presencia divina hasta el fin de los tiempos. La revelación del Jesús encarnado finaliza y ahora se prolonga en la actuación del Espíritu Santo, quien conducirá al conocimiento pleno de la revelación de Dios manifestada en Jesús.

La presencia de Jesús resucitado en medio de la comunidad está garantizada por el «otro Paráclito» que estará unido íntimamente al discípulo y permanecerá siempre en medio de ellos como protector frente al “mundo”. El Espíritu es la garantía de la unión con Cristo, y en este, con el Padre.

Óscar de la Fuente de la Fuente

1Pe 3, 15-18 (2ª Lectura Domingo VI de Pascua)

Llegamos hoy al último de los pasajes de la primera carta de Pedro que vamos escuchando como segundas lecturas a lo largo de este tiempo pascual. El texto que se proclamaba el domingo pasado concluía recordando a los destinatarios de la carta (varias comunidades cristianas de Asia Menor) que eran un pueblo adquirido por Dios para anunciar «las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa». El pasaje escogido para hoy, tomado del capítulo 3, se podría decir que precisa las condiciones de ese anuncio testimonial.

«Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar el que os pida una razón de vuestra esperanza». La experiencia interior de la fe («en vuestros corazones») ha de ir acompañada de un testimonio, de una capacidad de transmitir esa experiencia y su sentido «a todo el que os pida»  una explicación. La esperanza cristiana no es un puro sentimiento intransferible; la fe posee una comunicabilidad, una «racionalidad» que ha de expresarse en términos comprensibles para el in- terlocutor no creyente. No es difícil ver aquí un fundamento de lo que será la re exión teológica en la vida de la Iglesia.

A continuación, se añade un matiz importante: «pero con delicadeza y con respeto» (uno no puede evitar preguntarse por qué este consejo se ha olvidado tanto en ciertas prácticas «pastorales» a lo largo de la historia). Por otra parte, el testimonio, para ser creíble, requiere una coherencia de vida: «teniendo buena conciencia, para que, cuando os calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en Cristo».

La invitación de los versículos siguientes a soportar la injusticia haciendo el bien y la referencia a los sufrimientos de Cristo en su pasión (como antes en 2,20ss), enlaza con la frase inmediatamente anterior a nuestro texto: «Pero si, además, tuvierais que sufrir por causa de la justicia, ¡bienaventurados vosotros! Ahora bien, no les tengáis miedo ni os amedrentéis» (1 Pe 3,14).

El testimonio cristiano se presenta, pues, en un marco de di cultad y sufrimiento, que ha hecho pensar a algunos que esta carta se escribió para animar a comunidades que estaban padeciendo una persecución por parte del poder romano.

No sabemos con certeza qué tipo de «tribulación» estaban viviendo los destinatarios de la carta, pero, independientemente de cuál fuera ésta, la exhortación del autor en el pasaje de hoy mantiene una validez permanente. Incluso resulta, quizá, especialmente actual en nuestro mundo de pluralismo religioso, tan semejante al que vivieron los primeros cristianos: también nosotros hemos de estar siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pida, con delicadeza y respeto, y esforzándonos por vivir de un modo coherente con el mensaje que anunciamos.

José Luis Vázquez Pérez, S.J.

Hech 8, 5-8. 14-17 (1ª lectura Domingo VI de Pascua)

Como anunciábamos el domingo pasado, comienza en esta sección (Hch 6,8-8,40) la expansión del cristianismo más allá de las murallas de Jerusalén, y en concreto el episodio de hoy nos narra la predicación de Felipe en Samaría. El hecho tiene relevancia en sí mismo pues es la primera vez que el evangelio es predicado a no judíos, ya que los samaritanos eran considerados como herejes. Con lo cual estamos en un paso intermedio, pero de inexorable apertura, para llegar a la predicación a los gentiles que encontramos a partir de Hch 9,32. No es aventurado intuir la di cul- tad que supuso superar las resistencias de esta apertura en los dos tiempos en que se describe la incorporación plena de los nuevos creyentes: en primer lugar, la aceptación de la predicación de Felipe; y en un segundo momento la ratificación de Pedro y Juan, venidos desde Jerusalén, que se sanciona con la recepción del Espíritu Santo. Tampoco es forzado leer este pasaje con la mirada puesta como Iglesia, que en nuestros días bajo el impulso del Papa Francisco, se siente llamada a situarse en las fronteras y acoger e incorporar a los separados, a los alejados, a los relegados… sean de dentro o de fuera.

La predicación de Felipe aunque presenta- da muy escuetamente, siguiendo el patrón de la predicación de Pedro en los capítulos precedentes y, en último término, del mismo ministerio de Jesús, comprende el anuncio de Cristo y la realización de los signos del Reino de Dios (expulsión de espíritus inmundos, curación de paralíticos y lisiados). Y, sin más dilación, su enseñanza es acogida y buen signo de ello es que la ciudad se llenó de alegría (v. 8, la alegría aparece reiteradamente en la obra lucana como el efecto de la Resurrección en los discípulos Lc 24,41.52; que acompaña la recepción del Espíritu Hch 13,52; que se da en los discípulos ante nuevas incorporaciones a la comunidad Hch 15,3, etc.; modulaciones diversas de la “alegría del evangelio”).

Mas al llegar las noticias a Jerusalén se produjo cierta conmoción: ¿cómo es posible que los samaritanos hayan recibido la palabra de Dios? La pregunta es ambigua, pero cualquiera de las dos interpretaciones o ambas simultáneamente suponían problema: bien que se les hubiera predicado la palabra de Dios a ellos, bien que ellos la hubieran acogido con gozo. Es conocido –máxime para los lectores de Lucas– que los samaritanos, descendientes también de Abraham pero separados de los judíos en lo referente a las tradiciones centradas en Jerusalén y el culto en el Templo, despertaban antipatía entre los judíos (Lc 9,50-56; 10,25-37; 17,11-19). Ahora se con- vierten precisamente ellos en los primeros destinatarios y en primeros nuevos seguidores que se adhieren a las comunidades cristianas. La salvación no tiene fronteras, y la Iglesia –la primitiva y la actual– no tiene legitimidad para levantar 

muros, solo para derribarlos, pues la presencia de Pedro y Juan es para “orar por ellos para que recibieran el Espíritu Santo”.

Prueba de ello es la insistencia en la legitima- ción de esta misión en Samaría que supone la imposición de las manos por parte de los apóstoles y la recepción del Espíritu Santo, mencionada explícitamente, aunque ya desde la antigua tradición cristiana el don del Espíritu estaba ligado al rito del bautismo. Con lo cual, la separación de ambos motivos en este episodio, vv. 15-17, es una construcción del autor de Hch para subrayar la incorporación de pleno derecho, “divino”, a la comunidad de seguidores de Jesús.

José Javier Pardo Izal, S.J.

Comentario al evangelio (15 de mayo)

Queridos compañeros y compañeras de camino, saludos pascuales y fraternos. A pesar de la victoria de la cruz sobre la muerte, que continuamos proclamando en el tiempo pascual, la Palabra de Dios para este día nos alerta sobre el peligro de la idolatría en nuestra vida. Sea porque nosotros caemos en idolatrar cualquier cosa o persona, o bien, porque hay una tendencia en el “ego” del ser humano que lo conduce a “hacerse idolatrar”.

Recordemos como los ídolos satisfacen todo afán desmedido de poder, tener y placer, consiguiendo una temporal satisfacción, en aquellos que se rinden ante ellos. Esto es lo que hace atractivo el culto a los “ídolos”. Lo que no se termina de saber es que los ídolos siempre pasan la factura de aquello que conceden, nada es gratuito. Para nadie queda oculto que el confort de unos pocos cuesta la “vida” muchos. Muchos que buscan el poder, la fama o el aplauso se olvidan de ser socialmente responsables.

La lectura de Hechos de los Apóstoles presenta el caso de Bernabé y Pablo a quienes, por la curación de un paralítico, el pueblo los toma por “dioses”. La respuesta inmediata de Pablo: “les predicamos el Evangelio, para que dejen los dioses falsos y se conviertan al Dios vivo”. Nunca los intereses personales de un seguidor de Jesús se pueden anteponer frente al bien común, y menos en beneficio propio.

Siguiendo el plan original de Dios para la humanidad debiéramos establecer relaciones donde todo sea compartido y no acaparado. Por eso, el Evangelista Juan expresa que en los verdaderos creyentes habita Dios y, en ellos no hay otro anhelo que cumplir sus mandamientos. Recordemos que el mandamiento por excelencia es el mandamiento del Amor. Un Amor que te hace libre y capaz de renunciar a cualquier “vanagloria” en este mundo. La idolatría es incompatible con el Amor a Dios y al prójimo.

Fredy Cabrera, cmf