Las diez palabras

Nuestro idioma nos permite jugar con los vocablos, utilizando a veces lo que en retórica se llama sinécdoque, esto es, tomar la parte por el todo. Así, cuando nos referimos a las siete frases que Jesús pronunció en la cruz como su último testamento, nos hemos acostumbrado a calificarlas como Las Siete Palabras. De la misma manera, Los Diez Mandamientos me gusta denominarlos, atendiendo a su etimología (Decálogo), Las Diez Palabras de Dios.

Los mandamientos de la ley de Dios no son sino las pautas de conducta a seguir para que la calidad de nuestra vida de creyentes sea recta y sana, saludable. En tiempos pasados, fueron entendidos como un imperativo tétrico cuyo incumplimiento nos conducía irremediablemente al infierno, con su parafernalia de demonios y de fuego. Hoy, tenemos otra percepción: entendemos que el móvil de nuestro comportamiento de creyentes debe ir sellado, según Jesús, con el marchamo del amor. “Si me amáis de verdad -dice-, guardaréis mis mandamientos… El que acepta mis mandamientos y los pone en práctica, es el que me ama de verdad”.

De Las Diez Palabras, las tres primeras se refieren a nuestras relaciones con Dios: amarlo sobre todas las cosas, no ponerlo por testigo y santificar las fiestas. Y las siete restantes están relacionadas con nuestro comportamiento con el prójimo: fomentar una sana convivencia familiar, respetar las vidas ajenas, fomentar una postura sana y positiva ante la sexualidad, respetar lo que no es nuestro, amar la verdad y detestar la mentira, respetar la intimidad afectiva del prójimo, y no codiciar los bienes ajenos… Jesús luego, a requerimiento de un doctor de la Ley, dirá que esta diez Palabras se resumen en dos: Amarás a Dios y amarás al prójimo.

Prójimo es cualquier persona respecto de otra. Así, sin más. Pero para un cristiano, prójimo es el hermano a quien debemos querer, respetar y ayudar, especialmente si se encuentra ante situaciones que requieren nuestra colaboración. Es el espejo de Jesús (“lo que hagáis a uno de éstos, a mí me lo hacéis”), y el campo más idóneo donde ejercitar la misericordia.

Comprendo que no todos los prójimos somos iguales. Los hay fáciles, intermedios y difíciles. Los primeros son aquellos que con su buen carácter, su amabilidad, su cordura y ecuanimidad, te facilitan el camino y no tienes más remedio que amarlos. Los segundos (la mayoría) son aquellos que con sus debilidades y sus aciertos van caminando por la vida tratando de rectificar sus fallos y fomentar sus buenas acciones. Y el tercer grupo lo engrosan aquellos que, por la acritud de su carácter, por su aspereza en el trato o por la tozudez e intransigencia en sus criterios, hacen casi imposible el diálogo y la convivencia… Por supuesto que el mandamiento del amor es extensivo a toda clase de prójimos, sin hacer excepciones ni dar pábulo a las preferencias.

La virtud de amar como Jesús quiere exige de nosotros un cúmulo de actitudes, a veces difíciles de poner en práctica. Cito algunas que pueden ayudarnos a cumplir el cometido y servirnos a la vez de termómetro para medir nuestros progresos: el espíritu de sacrificio, la capacidad de perdonar, la constancia, el ser receptivos, el saber escuchar, el desprendimiento, la dulzura… y, como colofón, la intención de buscar siempre el bien ajeno y no el propio… Esto lo entendió de maravilla, hace quinientos años, la heroína de Ávila, Teresa de Jesús, cuando escribía: “El amor perfecto tiene esta fuerza: que olvidamos nuestro contento para contentar a quien amamos”

Pedro Mari Zalbide

II Vísperas – Domingo VI de Pascua

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: AL FIN SERÁ LA PAZ Y LA CORONA

Al fin será la paz y la corona,
los vítores, las palmas sacudidas,
y un aleluya inmenso como el cielo
para cantar la gloria del Mesías.

Será el estrecho abrazo de los hombres,
sin muerte, sin pecado, sin envidia;
será el amor perfecto del encuentro,
será como quien llora de alegría.

Porque hoy remonta el vuelo el sepultado
y va por el sendero de la vida
a saciarse de gozo junto al Padre
y a preparar la mesa de familia.

Se fue, pero volvía, se mostraba,
lo abrazaban, hablaba, compartía;
y escondido la Iglesia lo contempla,
lo adora más presente todavía.

Hundimos en sus ojos la mirada,
y ya es nuestra la historia que principia,
nuestros son los laureles de su frente,
aunque un día le dimos las espinas.

Que el tiempo y el espacio limitados
sumisos al Espíritu se rindan,
y dejen paso a Cristo omnipotente,
a quien gozoso el mundo glorifica. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y lo hizo sentar en su gloria. Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y lo hizo sentar en su gloria. Aleluya.

Ant 2. Habéis renunciado a los ídolos para consagraros al Dios vivo. Aleluya.

Salmo 113 B – HIMNO AL DIOS VERDADERO.

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria;
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
«Dónde está su Dios»?

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas:

tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendiga a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
benditos seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se la ha dado a los hombres.

Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Habéis renunciado a los ídolos para consagraros al Dios vivo. Aleluya.

Ant 3. Aleluya. La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Aleluya. La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios. Aleluya.

LECTURA BREVE   Hb 10, 12-14

Cristo, habiendo ofrecido un solo sacrificio en expiación de los pecados, está sentado para siempre a la diestra de Dios, y espera el tiempo que falta «hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies». Así, con una sola oblación, ha llevado para siempre a la perfección en la gloria a los que ha santificado.

RESPONSORIO BREVE

V. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.
R. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

V. Y se ha aparecido a Simón.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El que me ama guardará mi palabra; mi Padre lo amará y vendremos a fijar en él nuestra morada. Aleluya

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El que me ama guardará mi palabra; mi Padre lo amará y vendremos a fijar en él nuestra morada. Aleluya

PRECES

Oremos a Dios Padre, que resucitó a su Hijo Jesucristo y lo exaltó a su derecha, y digámosle:

Haz que participemos, Señor, de la gloria de Cristo.

Padre justo, que por la victoria de la cruz elevaste a Cristo sobre la tierra,
atrae hacia él a todos los hombres.

Por tu Hijo glorificado, envía, Señor, sobre tu Iglesia al Espíritu Santo,
a fin de que tu pueblo sea en medio del mundo signo de la unidad de los hombres.

Conserva en la fe de su bautismo a la nueva prole renacida del agua y del Espíritu Santo,
para que alcance la vida eterna.

Por tu Hijo glorificado, ayuda, Señor, a los que sufren, da la libertad a los presos, la salud a los enfermos
y la abundancia de tus bienes a todos los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A nuestros hermanos difuntos, a quienes mientras vivían en este mundo diste el cuerpo y la sangre de tu Hijo glorioso,
concédeles la gloria de la resurrección en el último día.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:

Padre nuestro…

ORACION

Concédenos, Dios todopoderoso, continuar celebrando con amor ferviente estos días de alegría en honor de Cristo resucitado, y que los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Domingo, día del Señor

Jesús hace aquí a sus discípulos la primera promesa de que les va a dar un “Defensor” que les acompañará y estará siempre de su parte. Este Defensor es el “Espíritu de la verdad” o el “Espíritu Santo (Jn 14, 26). Este “Defensor”, es el “llamado” (por alguien para algo). En los escritos de Juan, lo define como el que es llamado para defender a los discípulos. Por tanto, se interpreta como el “abogado defensor” de los seguidores de Jesús.

Esto —concretando más— nos viene a decir que los cristianos, si son verdaderamente seguidores de Jesús, van a vivir de tal manera que necesitarán un “abogado defensor”, el Paráclito, del que habla de forma insistente el IV evangelio (Jn 14, 16 s; 14, 26; 15, 26; 16, 7-11; implícitamente también en 16, 13-15). Es el Espíritu que estará “con”, “junto a” y “en” los discípulos de Jesús. En otras palabras, los seguidores de Jesús van a vivir de tal manera que necesitarán constantemente un “abogado defensor” junto a ellos. Ahora bien, el que necesita siempre un abogado para que le defienda, sin duda es que se trata de una persona que se va a meter en problemas, que vivirá situaciones conflictivas y necesitará ayuda constante. En una sociedad, en la que se impone la desigualdad en dignidad y derechos, permanecer indiferente o en silencio es, en definitiva, hacerse cómplice del sufrimiento de los más débiles. Por eso, para ser coherente en la vida, necesitamos una luz y una fuerza, que solamente nos puede venir del Abogado Consolador, que es el Espíritu de Dios.

Por esto se comprende que la vida del que toma en serio el Evangelio, será inevitablemente una vida que se ve enfrentada a frecuentes situaciones problemáticas ante los poderes del “orden establecido”, que no soporta los criterios de vida, los valores y las pautas de conducta ética que niegan los valores que rigen el presente “desorden” en que vivimos. Esto, evidentemente, es un reto que asusta. Pero es también una luz de esperanza para el futuro de la humanidad. Porque solo personas de Espíritu podrán darle un giro nuevo a la civilización y a la historia.

José María Castillo

Dios existe. Pero es menester que exista también algún otro…

Imágenes superpuestas

Una liturgia, la de hoy, basada totalmente en contrastes, en rápidos cambios de escena, en continuos desplazamientos de un plano al otro. Te detienes, con evidente complacencia, en respirar la atmósfera de serenidad que reina en el cenáculo, o a saborear la sugerente expresión de Pedro: «Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor», pero enseguida te ves proyectado hacia fuera y arrojado a los caminos siempre peligrosos de Samaria.

Apenas te has contagiado del impulso misionero (y los relativos éxitos) de Felipe, cuando alguien (sobre todo Pedro) te conduce inmediatamente de nuevo a sopesar el estilo y el coste del testimonio.

Se destaca una dimensión de intimidad, pero también de irradiación hacia fuera. De invisibilidad y de visibilidad. De consuelo y de provocación.

Surgen igualmente varias imágenes de la Iglesia. La Iglesia de la interioridad, pero también la del anuncio público; la del confort y la de la inseguridad; la de la fuerza y la del respeto; la que interpela y la que es interpelada; la que predica y la que se ve cuestionada, obligada a rendir cuentas, llamada a la coherencia.

Así pues, ¿se nos invita a escoger entre las diversas dimensiones de la existencia cristiana, entre las diversas imágenes de Iglesia que aparecen en las lecturas de hoy?

No. Se trata de algo mucho más complejo. Se trata de compaginar las diversas realidades, de llevar a cabo los diversos desplazamientos, sin esquivar ningún pasaje.

De entrar en las profundidades y al mismo tiempo de no desertar de los compromisos (la intimidad no significa intimismo).

De sentimos consolados por el Espíritu del Señor, y de hacernos portadores de un mensaje de consuelo.

De llevar la palabra de la verdad y de ofrecer como garantía una conducta en la verdad.

De inquietar las conciencias y de dejarse cuestionar. De mostrarse fuertes y longánimes.

De ser capaces de soportar los pruebas («sufrir obrando el bien») y de compadecer las debilidades de los demás.

Así también la Iglesia tiene que ser la Iglesia de la interioridad, pero sin replegarse en sí misma.

Presente en los caminos del mundo, pero sin invadirlos. Garantizada por la presencia del Señor, pero modesta. Visible, pero también capaz de borrarse.

Sostenida por el Espíritu Paráclito en su proceso continuo con el mundo, pero sin asumir actitudes de desafío, de presunción, de agresividad, de fanatismo.

Contemplación y compromiso. Experiencia mística y pies cansados.

Comunión entre hermanos en la fe y gusto por mezclarse con la gente.

Palabra y silencio. Misterio y transparencia. Denuncias proféticas y disponibilidad a dejarse criticar.

Salir fuera, pero permitir también a los demás «que miren dentro»…
 

Necesidad de una verificación

Fijemos más de cerca algunas imágenes. La desconcertante serenidad que empapa discursos de despedida no debe hacernos olvidar el realismo que va poniendo ritmo regularmente a las palabras del Maestro.

Así por ejemplo, el Señor no se contenta con una vaga demostración de amor por parte de los discípulos.

Quiere una prueba concreta, decisiva. «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos».

La obediencia sigue siendo el criterio fundamental. Jesús exige una verificación puntual del amor que le declaramos. Y el criterio es único: la observancia de los mandamientos.

Aquí se habla de «mandamientos» en plural. Pero sabemos que, a lo largo del discurso, Cristo no enunció más que uno, el mandamiento que compendia todos los demás: «Amaos los unos a los otros».

Como si dijera: amaos y podré estar seguro de que seguís siendo mi camino.

Amaos y podré fiarme de vosotros. Amaos… y yo haré todo lo demás.

Amaos, y podréis pedírmelo todo, tendréis derecho a esperarlo todo de mí.

Amaos como hermanos, y ya no estaréis sin padre y sin madre: «¡no os dejaré desamparados!».

Un Maestro realmente exigente. Tan exigente que se contenta con una sola cosa: que sepamos amar.

Sigue en pie ese «SI» tan inquietante.

Los mandamientos no representan algo «opcional» para el cristiano (en relación con sus gustos, con sus comodidades, con sus preferencias).

Si se acepta el amor, se aceptan también los mandamientos. O sea, se acepta, una vez más, el amor, el compromiso de amar. Dicho en otras palabras: si no sois capaces de dar, os mostráis incapaces de recibir.

«…Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor».

Cristo se muestra preocupado por el futuro de sus amigos. No quiere que sufran la soledad, que se sientan abandonados, que caigan en el desaliento.

Después de haber permanecido entre nosotros, nos asegura que, apenas vuelva al Padre, le presentará la lista de las cosas más urgentes que necesitamos.

Esa «relación» no tendrá como base nuestras peticiones (de algunas necesidades ni siquiera somos conscientes), sino que se sacará de su experiencia directa.

El, al estar entre nosotros, se dio cuenta de que el ser humano no puede vivir sin consuelo. Ninguna persona puede prescindir de alguien que le consuele.

El mismo, a pesar de ser el primer consolador (el otro es el Espíritu prometido), experimentará dentro de poco de la manera más brutal la falta de consuelo, cuando se sumerja en la soledad más aplastante.

Con su oración, Cristo intenta ahorrarnos esta prueba que, a sus ojos, parece inhumana.

No puede, lógicamente, dispensarnos del sufrimiento y de la cruz. Pero le pide al Padre que la experiencia amarga del dolor vaya siempre acompañada de la experiencia del consuelo.

«No os dejaré desamparados, volveré… Vosotros me veréis…». ¡Ya no tendremos que dejarnos abatir!

Pero lo sabemos muy bien: no solamente nosotros no podríamos vivir sin él, sino que tampoco él logrará estar ya lejos de nosotros.

Por eso nos asegura y se asegura una presencia continuada. Distinta de la que estaba garantizada hasta ahora, pero igualmente real. «Entonces sabréis…».

Es el momento (hoy mismo, si queremos) del descubrimiento más asombroso, del consuelo mayor. Cristo no nos ha revelado su partida, sino su regreso.

Los llamados discursos de despedida, por consiguiente, no recogen tanto las recomendaciones de alguien que se va lejos, que nos abandona, como los propósitos y las promesas de uno que vuelve.

«Dios existe», en la carretera. Pero no basta…

Me gustaría atrapar a ese que escribe en las señales de la carretera: «Dios existe».

Y airearle en las narices la recomendación de Pedro (segunda lectura): «Estad siempre prontos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere».

Demasiado cómodo hacer una declaración de ese tipo y esconderse a continuación.

Lo que se necesita es salir fuera, dar la cara, justificar esa afirmación, ofrecer pruebas.

Hay que «explicarse», lo cual no significa limitarse a dar unas explicaciones.

Es necesario «responder», que es mucho más que dar simplemente una respuesta.

Sí, me gustaría encontrarme con ese tipo y observar el destello que debería irradiar en los ojos del celoso pintor de brocha gorda, oír cómo me cuenta, no ya unas fórmulas aprendidas del catecismo o sacadas de los libros de teología, sino cuáles son las cosas que le apasionan y por las que se ha jugado la vida, sus noches luminosas, la paz que maduró en la lucha, las exigencias de la fe enfrentadas con las implacables exigencias de la vida y de la tribulación cotidiana.

Ninguna propaganda, ningún adoctrinamiento, ninguna respuesta prefabricada. Sino la llama discreta de una esperanza capaz de encender una chispa en el camino del que avanza en la oscuridad, de calentar un corazón paralizado por el hielo.

Le oiría de buena gana hablar en susurros. Las cosas de Dios y las realidades que se aman más intensamente no se gritan, no se le echan al otro en la cara.

Hacedlo «con mansedumbre y respeto…».

Sí, la esperanza puede ser un primer punto de encuentro también para unos individuos que recorren caminos distintos.

Pero debe haber una esperanza cristiana que respete las dificultades y los problemas y las razones de los otros.

Tiene que haber una esperanza que tenga también un sentido, un alcance, una incidencia humana.

La esperanza cristiana es válida si se inserta con delicadeza en los espacios de las esperanzas humanas, minúsculas o mayores, inciertas o válidas.

El que habla de esperanza cristiana tiene que dejar los tonos altivos, la presunción, la agresividad, todo lo que exprese falta de respeto al prójimo.

No se puede trasmitir esperanza a los demás y humillarlos al mismo tiempo.

Amigo, tú que escribes en las paredes con letras capaces de competir con las señales de tráfico. Párate. Espera que se acerque alguien. Preséntate. Recorre un trecho de camino con él. Hazte cómplice de sus esperanzas, intenta comprender su cansancio, entra delicadamente en su angustia.

Cristo no dejó, a lo largo del camino de Emaús, un rollo bien visible de las Escrituras. Se hizo caminante. Se puso a acompañar a dos pobrecillos desalentados. Los escuchó. Dejó que se desahogaran. Luego les habló, les explicó pacientemente, encendió sus corazones. Y finalmente se dio a conocer.

«El Señor caminó al lado del ser humano y quiso sentarse junto a él. No impuso sus esperanzas, sino que entró en la desesperación del paralítico, del padre al que se le moría la hija, de la samaritana con el corazón agitado, etc.

La vida del Señor no es la predicación de una dura filosofía; es un viaje junto a cada persona…».

Hermano de fe y de esperanza, catequista de la velocidad, tienes que pararte alguna vez.

La fe no pasa a través del bastón (como algunos pretendieron en los tiempos pasados), ni tampoco a través de una brocha (como intentas patéticamente hacer tú). Pasa a través de las personas. Pasa a través de un encuentro.

Dios existe. Pero el verdadero problema es que existamos nosotros. Que no nos escondamos. Que estemos dispuestos a dar razones convincentes de nuestra fe en el plano concreto de la vida en que nos movemos.

Amigo, si alguno sintiera la tentación de tirarse desde la pilastra más alta de aquel puente, ¿crees que las palabras que has escrito podrían apartarlo de su gesto absurdo?

Si un parado estuviera volviendo a casa para anunciar a su mujer y a sus hijos que tampoco hoy ha encontrado trabajo, ¿crees que se sentirá consolado con la idea de que alguien va por ahí, con una flor o una brocha en la mano, gritando que el mundo es maravilloso?

Si uno que busca seriamente, debatiéndose en medio de la oscuridad y rechazando las seguridades de dudosa consistencia, leyese tu cartel en la carretera, anunciando que tú has encontrado a Dios, ¿crees que saldría del túnel?

Animo, amigo. La esperanza, si existe, no se esconde. Tiene que tener un rostro, una mirada; tiene que poseer el calor y la delicadeza de una mano amiga.

Cualquiera deberá tener la posibilidad de detenernos en la carretera. No tenemos derecho a evitar que nos coja.

Tenemos que presentarle pruebas, no pretextos

A, Pronzato

María, victoria de Dios contra el mal

Palabra de Dios

Gén 3, 14-16: El linaje de la mujer aplastará la cabeza a la serpiente.

Ap 12, 1-17: No pudiendo vencer el dragón a la mujer, se marchó a hacer la guerra a sus hijos, a los que hacen la voluntad de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.

1 Pe 4, 12-16: Alegría y coraje en la lucha contra el mal.

Mt 16, 24-28: El que quiera seguirme, que cargue con su cruz y me siga.

Texto antológico

“El Apocalipsis narra que la mujer dio a luz a un niño que fue arrebatado al cielo (cf Ap 12,5-

6). Es ésta la descripción más breve de la vida de Jesús: nació de María en la gruta de Belén, vivió treinta años en Nazaret, anduvo predicando al pueblo durante tres años, estuvo a punto de ser devorado por el dragón, que le condenó a muerte y lo mató en la cruz…, pero Dios intervino y le resucité. Le arrebató a la muerte de la boca del dragón malvado y le llevó al cielo, haciéndole sentar a su derecha (cf Ap 12,5). Allá arriba, Jesús recibió todo el poder y se convirtió en el Señor de la historia (cf Ap 12,10-12).

Humanamente hablando, la mujer iba a perder. Pero intervino Dios, poniéndose del lado de la vida. ¡Triunfó la mujer, triunfó la vida! El dragón de la maldad y de la muerte quedó derrotado. ¡No tuvo opción! ¡La debilidad venció a la fuerza!

Esta victoria de Dios nos garantiza la victoria final del bien en la lucha contra el mal, que sigue combatiéndose aún hoy día. Dios tomó partido y definió su posición. ¡El dragón de la maldad caerá derrotado!

Cuando nació Jesús sólo se presentaron unos pobres pastores. Unicamente los pobres consiguen descubrir la riqueza escondida en la pobreza. Sólo los pobres y los humildes descubren la grandeza del poder de Dios, presente en la debilidad de las cosas humanas. Jesús mismo decía al Padre: ‘Padre, Señor del cielo y de la tierra, yo te alabo porque has mantenido estas cosas ocultas a los sabios y prudentes y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, gracias porque así te pareció bien’ (Mt 11,25-26).

Por eso mismo los pobres pueden considerarse felices, porque es grande la misión que deben desempeñar. Han de descubrir y anunciar a los demás la Buena Noticia de la liberación que viene de Dios.

Ahí está la razón de que el pueblo humilde lleve las andas de Nuestra Señora por las calles y se proteja bajo el nombre de María. Es en ésta en quien los pobres se reconocen, como en un espejo que Dios pone ante ellos. En tal espejo de la vida de María, el pueblo descubre su rostro humano y la misión que debe cumplir. La historia de este pueblo pobre es igual a la historia de María, que sigue hasta hoy. Hasta hoy continúa entre nosotros la lucha de la mujer contra el dragón de la maldad, llenando el corazón de todos de una nueva esperanza. ¡La mujer va a vencer, porque Dios está con ella!”

Carlos Mesters

Reflexión

La realidad no está quieta, sino en movimiento. La realidad humana no es principalmente naturaleza sino ante todo historia. Todo es dinámico. El hombre es historia. Dios es el que era, el que es y el que será. El es el que infunde dinamismo a la realidad. Y este carácter dinámico de la realidad es conflictivo: la historia es una lucha entre el bien y el mal.

La historia de la salvación es la historia de Dios salvando a su pueblo, defendiéndolo del mal, comprometiéndose en las duras batallas a favor de la vida, de la justicia, el amor, el futuro, la liberación, la instauración de su reinado.

La lucha de Dios contra el mal a favor de su pueblo no pertenece a una etapa histórica pasada mitológico. Es actual. La instauración del Reino se juega en las luchas actuales. En ellas Dios ha revelado sus secretos a los pobres y sencillos, que se hacen portadores de su utopía. El Dios que nos revela Jesús no es un Dios abstracto, simétrico, neutral, aséptico, sino un Dios que toma partido, que escucha los clamores de su pueblo, que baja a liberarlo, que se identifica con los pobres…

En esta lucha histórica, María se presenta como una batalla victoriosa de Dios frente a las fuerzas del mal. Una victoria que sigue inspirando al pueblo de Dios en sus luchas en favor del reino.

Examen

  • ¿Sabemos ver, con los ojos de la fe, más allá de la superficie de los hechos y de las noticias las batallas de Dios en la historia?
  • ¿Estamos con Dios en vela frente a las asechanzas del mal y del pecado?
  • ¿Vivimos cómodamente desapercibidos y desentendidos de las batallas de Dios por la justicia, el amor…, el reino?
  • ¿Asumimos la conflictividad cristiana como militancia a favor del reino de Dios?
  • ¿Tenemos todavía una idea de Dios como simétrico, imparcial, abstracto, neutral, idealista, aristotélico, platónico, metafísico?

Conversión

  • Asumir la vida como militancia por el reino.
  • Abandonar toda actitud de pasividad, neutralidad, indiferencia.
  • Pronunciarse vitalmente a favor de Dios, de la vida, de la justicia, de los pobres, del reino.
  • Convertirnos al Dios vivo, abandonando todos los dioses falsos.

Invocación

  • Santa María, victoria de Dios frente al mal…
  • …ayúdanos en el combate por el reino de Dios.

Oración

Dios, Padre nuestro, que en María has conseguido una victoria perfecta contra las fuerzas del mal. Danos fuerza para luchar diariamente por la causa del hombre, tu causa, ¡el reino! Haz valer también hoy tu brazo poderoso junto a todos los que dan su vida por el triunfo de la paz, el amor y la justicia.

Cantos sugeridos

“Estrella y camino”, de C. Gabaráin, en María siempre.

“Mujer fuerte”, de F. Palazón, en Madre de los creyentes.

Evangelii Gaudium – Francisco I

36. Todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y son creídas con la misma fe, pero algunas de ellas son más importantes por expresar más directamente el corazón del Evangelio. En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado. En este sentido, el Concilio Vaticano II explicó que «hay un orden o “jerarquía” en las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana»[38]. Esto vale tanto para los dogmas de fe como para el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia, e incluso para la enseñanza moral.


[38] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 11.

Lectio Divina – 21 de mayo

Lectio:  aDomingo, 21 Mayo, 2017

La promesa del envío del Espíritu
Los mandamientos como camino del amor en Cristo
Juan 14,15-21

1. Oración inicial¡

Oh Padre!, ya Cristo tu Hijo está orando por nosotros, pero tú concédenos que nuestro corazón se abra a Tí en la plegaria profunda, intensa, verdadera, luminosa, dentro de las pautas de esta tu Palabra, que, para nosotros, es vida. Mándanos el Consolador, el Espíritu de la verdad, para que no sólo more junto a nosotros, sino que entre dentro de nosotros y se quede por siempre en nosotros. Él es el fuego de amor que te une a Jesús, es el beso que incesantemente os intercambiáis; haz que también nosotros, a través de tu Palabra, podamos entrar en este amor y vivir de él. Tocad nuestro espíritu, nuestra mente, y todo nuestro ser, para que podamos acoger los mandamientos, escondidos en estos pocos versículos, conservarlos, o sea, vivirlos en plenitud y en verdad, delante de ti y de nuestros hermanos. Amén.

 

2. Lectura

a) Para colocar el pasaje en su contexto:

Estos versículos nos conducen al lugar santo donde Jesús ha celebrado la última cena con sus discípulos: lugar de su revelación, de su gloria, de su enseñanza y de su amor. Aquí estamos invitados también nosotros a sentarnos a la mesa con Jesús, a inclinarnos sobre su pecho para recibir su mandamiento y prepararnos, así a entrar también nosotros, con Él, en la pasión y en la resurrección. Después del pasaje 13, 1-30,31, que relata los gestos, las palabras, los sentimientos de Jesús y de los suyos durante la cena pascual, con 13,31 entramos en las palabras del último gran discurso de Jesús, que terminará con la oración sacerdotal del capítulo 17. Aquí estamos, por tanto, todavía en los comienzos; en 14, 1-14 Jesús se había presentado, ofreciéndose como camino al Padre, mientras en estos pocos versículos introduce la promesa del envío del Espíritu Santo, como Consolador, como presencia cierta, pero también la promesa de la venida del Padre y de Él mismo en lo íntimo de los discípulos que, por la fe, creerán en Él y guardarán sus mandamientos.

b) Para ayudar en la lectura del pasaje:

vv. 15-17: Jesús ante todo, dice claramente, delante de sus discípulos, que el amor a Él, si es verdadero amor, lleva infaliblemente a la observancia de los mudamientos. Quiere decirnos, en suma, que si no hay observancia, significa que nosotros no tenemos el amor; élla es una consecuencia esencial, irrenunciable, que nos revela si nos amamos de veras o nos creemos ilusoriamente que amamos. Jesús dice también que el don del Espíritu Santo por parte del Padre es fruto de este amor y de esta observancia, que suscitan la oración de Jesús, gracias a la cual nosotros podemos recibir al Espíritu. Y explica lo que él sea: el Consolador, el Espíritu de la verdad, aquél a quien el mundo no ve, no conoce, pero los discípulos sí, y aquél que mora junto a ellos y que está dentro de ellos.
 

vv.18-20: Jesús promete su venida, su regreso, que está por realizarse en su resurrección; anuncia su desaparición en la pasión, en la muerte, en la sepultura, pero también su reaparición a los discípulos, que lo verán, porque Él es la resurrección y la vida. Y revela su relación con el Padre, dentro de la cuál invita a ellos y también a nosotros; dice, en efecto, que conoceremos, es decir que experimentaremos en lo profundo. Consolación más grande que ésta, no puede ser prometida, de ningún modo, por ninguno al mundo, sino por Jesús.
 

v. 21: Aquí el discurso de Jesús se extiende para todos; pasa del “vosotros” de los discípulos al “quien” de quienquiera que comience a amarlo, a entrar en relación con Él y a seguirlo. Lo que le ha sucedido a los discípulos, a los primeros elegidos, sucederá a todo el que crea en Él. Y aquí Jesús abre para nosotros, para cada uno, su relación de amor con el Padre, porque permaneciendo en Cristo, nosotros somos también conocidos y amados por el Padre. En fin, Jesús promete de nuevo su amor para quien lo ama y la revelación de sí mismo, a saber, una manifestación interrumpida de su amor por nosotros.

c) El texto:

Juan 14,15-2115 Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; 16 y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, 17 el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y estará en vosotros. 18No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. 19 Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. 20 Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. 21 El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.»

 

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

 

4. Algunas preguntas

a) Este pasaje se abre y se cierra con las mismas palabras: la proclamación e invitación al amor hacia el Señor. Comprendo que Él ha querido prepararme, con esta lectio divina, un encuentro fuerte con el amor; quizás me asusto un poco, sé que no estoy acostumbrado, quizás me avergüenzo, quizás me creo superior a estos temas tan empalagosos. Pero Él insiste y continúa en repetir sólo esto: sólo el Amor. ¿Qué decido hacer, entonces? ¿Permanezco y entro en esta relación tan empeñativa, tan comprometedora? O mejor, ¿me voy, me escapo, porque tengo miedo, porque no siento el valor de comprometerme? ¿Escojo el Amor, o sea, la relación, el poner a la vista, el intercambio, el don recíproco, la ofrenda de mí mismo? ¿O escojo el cierre, la soledad, el aislamiento absurdo de un hombre, que no quiere estar con su Dios y con sus semejantes? Jesús dice: “Si quieres”. Él no me obliga. Pero sé que me está esperando, por tanto tiempo…¿por qué tardar todavía?

b) Leo y releo el pasaje, para que estas palabras, tan cargadas de significado, se me impriman mejor en la mente y en el corazón. Noto que Jesús pronuncia con insistencia un pronombre “vosotros”, referido a sus discípulos, a los de entonces, pero también a los de hoy. Somos nosotros, cada uno visto y mirado por Él con amor único, personal, irrepetible, que no puede ser malvendido o permutado. Sé que también yo estoy presente en aquel “vosotros”, que parece genérico, pero no lo es. Pruebo a releer una vez más las palabras de Jesús, pero poniendo el “” en lugar de “vosotros” y me dejo alcanzar más directamente; me pongo cara a cara, ojos con ojos con Jesús y dejo que Él me diga todo, llamándome con un “tú” rebosante de amor, con mi nombre, que sólo Él verdaderamente conoce..Si tú me amas; el Padre te dará otro Consolador; tú lo conoces; él mora junto a ti y estará en ti; no te dejaré huérfano, volveré a ti; tú me verás; tú vivirás; tú sabrás que yo estoy en el Padre y tú en mí y yo en ti.

b) Surge ahora, una expresión importante de Jesús repetida dos veces: ¡guardar los mandamientos! Es una realidad importante, fundamental, porque de ella depende la autenticidad de mi relación de amor con el Señor; si yo no observo sus mandamientos, significa que no lo amo. Pero pruebo a preguntarme con más atención qué significado tenga este verbo, que quizás parece un poco frío, un poco distante: Lo encuentro, por ejemplo en Mt 27,36, donde se dice que los soldados hacían la guardia a Jesús crucificado; se trata por tanto de una custodia atenta, escrupulosa, una vigilancia sin descanso. En Juan 2,10, sin embargo, aparece con el significado de tener a parte, reservar, como dice Jesús del vino bueno, guardado para el final. En 2Timoteo 4,7 se me presenta en aquel versículo estupendo sobre la fe: “He combatido la buena batalla; he terminado la carrera, he conservado la fe”, diciendo claramente todo el esfuerzo, toda la atención gastada para salvaguardar y custodiar aquélla realidad tan preciosa. Jesús, en Jn 17,15, pide al Padre que guarde a los suyos del maligno; significa preservar, proteger, para que nada ni nadie pueda hacerles algo malo o dañarlos.
No es simplemente un guardar frío y al exterior de los mandamientos de Dios o de Jesús, sino que es mucho más, es una relación de amor, es tener en cuenta, proteger, tener en vida. En el fondo es realizar lo que ellos me dicen o me piden, en mi vida de cada día, en todo momento, en toda situación.

 

5. Una clave de lectura

Los personajes que se me presentan en el pasaje: el Padre, Jesús, el Espíritu, los discípulos, el mundo

El Padre. Esta presencia aparece enseguida como el punto de referencia de Jesús, el Hijo; es a Él a quien se dirige la propia oración. Dice, de hecho: “Yo rogaré al Padre”. Es este contacto tan particular e íntimo el que hace de Jesús el Hijo de su Padre, que lo confirma continuamente en esta realidad; la relación de amor con el Padre se alimenta y se tiene en vida precisamente por la oración, hecha durante las noches, en los momentos del día, en las necesidades, en las peticiones de ayudas, en el dolor, en la prueba más desgarradora. Si recorremos los Evangelios, muchas veces, encontraremos a Jesús así, unido en la relación con el Padre a través de la oración. Puedo leer algunos pasos: Mt 6,9; 11,25; 14,23; 26,39; 27,46; Lc 21,21s; 6,12; 10,21; 22,42; 23,34.46; Jn 11,41s; 17,1. Siento que este camino es también el mío; Jesús lo ha recorrido hasta el final, dejándome sus huellas luminosas y seguras, para que yo no tenga miedo de seguirlo en esta experiencia. También yo soy hijo del Padre, también yo puedo rezarle.
Inmediatamente después viene presentado por Jesús como Aquél que da. El dar, en efecto, es la característica principal de Dios, que es un don sin interrupción, sin medida, sin cálculo, para todos y en todo tiempo; el Padre es Amor y el Amor se da a sí mismo, da todo. No le basta habernos dado a Jesús, su Hijo predilecto, sino que aun quiere beneficiarnos, ofrecernos vida y nos envía el Espíritu Santo. Pues, como está escrito: “El que no perdonó a su propio Hijo, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar con Él todas las cosas?” (Rom 8,32).
Pero, todavía más: ¡el Padre nos ama! (Jn 14,23; 16,27) Y este su amor nos hace pasar de la muerte a la vida, de la tristeza del pecado al gozo de la comunión con Él, de la soledad del odio, al compartir, porque el amor de Dios comporta necesariamente el amor por los hermanos.

El Hijo Jesús. En estos pocos versículos la figura y la presencia de Jesús emergen con una fuerza, con una luminosidad enormes. Él aparece primero como el orante, aquél que ora al Padre en nuestro favor; alza las manos en oración por nosotros, así como las alza en ofrenda sobre la cruz. Jesús es aquél que no se va para siempre, que no nos deja huérfanos, sino que vuelve: “Yo volveré”. Si parece ausente, no debo desesperar, sino debo continuar creyendo que Él, verdaderamente, volverá. “¡Sí, vendré pronto!” (Ap 22,20) Volverá y, como ha dicho, nos tomará con Él, para que estemos en donde Él está. (Jn 14,3)

Jesús es el viviente por siempre, el vencedor de la muerte. Él está en el Padre y está en nosotros, con una fuerza omnipotente, que ninguna realidad puede desbaratar. Él está dentro del Padre, pero también dentro de nosotros, habita en nosotros, permanece con nosotros; no hay otra posibilidad de vida plena y verdadera, para nosotros, sino en esta compenetración de ser que el Señor Jesús nos ofrece. Él dice sí, incesantemente y no se arrepiente, no se retrae.
¡Al contrario! Él nos ama, como el Padre nos ama y se manifiestaa nosotros. Se da, se ofrece, dejándose conocer por nosotros, dejándose experimentar, tocar, gustar. Pero es una manifestación que se espera con amor, como dice Pablo (2Tim 4,8).

El Espíritu Santo. En este pasaje el Espíritu del Señor parece la figura necesaria, que abraza toda cosa: él une al Padre con el Hijo, lleva el Padre y el Hijo en el corazón de los discípulos; crea una unión de amor impagable, unión de ser. Se le llama con el nombre de Paráclito, o sea, Consolador, aquél que permanececon nosotros siempre, que no nos deja solos, abandonados, olvidados; él viene y nos recoge de los cuatro vientos, de la dispersión y sopla dentro de nosotros la fuerza para el regreso al Padre, al Amor. Sólo él puede hacer todo esto: es el dedo de la mano de Dios, que aún hoy, escribe sobre el polvo de nuestro corazón las palabras de una alianza nueva, que no podrá ya ser olvidada.
Es el Espíritu de la verdad, a saber, de Jesús; en él no hay engaño, no hay mentira, sino la luminosidad cierta de la Palabra del Señor. Él ha construido su morada en nosotros; ha sido enviado y ha realizado el pasaje de estar junto a nosotros a dentro de nosotros. Se ha hecho una sola cosa con nosotros, aceptando esta unión nupcial, esta fusión; él es el bueno, el amigo de los hombres, es el Amor mismo. Por eso se dona así, llenándonos de gozo. ¡Cuidado con entristecerlo, con arrojarlo fuera, sustituyendo su presencia con otras presencias, otras alianzas de amor; moriremos, porque ninguno podrá ya consolarnos en su lugar!

Los discípulos. Las palabras dirigidas a los discípulos de Jesús son las que me interpelan más de cerca, con mayor fuerza; son para mí, entran en mi vida de cada día, alcanzan mi corazón, mis pensamientos, mis deseos más ocultos. Se me pide un verdadero amor, que sepa transformarse en gestos concretos, en atención a la Palabra y al deseo de aquél al que yo digo que amo, el Señor. Un amor verificable a través de mi observancia de los mandamientos. El discípulo, aparece como aquél que sabe esperar a su Señor, que vuelve; ¿a medianoche, al canto del gallo o ya cuando es de mañana? No importa; Él volverá y por eso es necesario esperarlo, estando preparados. ¿Qué clase de amor es, un amor que no vigila, que no guarda, que no protege? El discípulo es también uno que conoce: se trata de un conocimiento venido de lo alto, que se realiza en el corazón, o sea, en la parte más íntima de nuestro ser y de nuestra personalidad, allá donde nosotros tomamos las decisiones para obrar, allá donde comprendemos la realidad, formulamos los pensamientos, vemos, amamos. Es el conocimiento en sentido bíblico, que nace de una experiencia fuerte, prolongada, íntima, nace de una unión profunda y del don recíproco. Esto sucede entre el Espíritu y el verdadero discípulo de Jesús. Un conocimiento incontenible, siempre en expansión, que nos lleva a Cristo, al Padre y nos coloca dentro de su comunión de amor, infinita eterna: “Sabed que yo estoy en el Padre y vosotros en mí y yo en vosotros”. El discípulo es también aquél, que está en, o sea dentro, en unión increíble con su Señor; no permanece en la superficie, a distancia, a intervalos, sino que él esta siempre en relación de amor. Él mismo se va, vuelve y regresa, se deja atraer, tratar. Y así realiza las palabras del Evangelio: “Quien me ama, será amado por mi Padre”.
El discípulo de Jesús, finalmente, es un amado, un predilecto, desde siempre y por siempre.

El Mundo. El pasaje nos ofrece pocas palabras en referencia a esta realidad, que sabemos que es muy importante en los escritos de Juan: el mundo no puede recibir el Espíritu, porque no lo ve y no lo conoce. El mundo es ciego y está inmerso en las tinieblas, en el error, no ve y no conoce, no realiza la experiencia del amor de Dios. El mundo permanece lejano, se vuelve atrás, se cierra, se va. El mundo responde con odio al amor que el Señor tiene por él: el Padre ha amado tanto al mundo que ha dado su Hijo unigénito. Quizás nosotros debemos también amar al mundo, criatura de Dios; amarlo uniéndonos en el ofrecimiento, en el sacrificio del Jesús por él. ¿Está aquí, en este punto preciso, en el ofrecimiento de Cristo, también nuestra llegada, nuestra verdad más plena, más luminosa, como hijos del Padre, como discípulos, como amantes?¿Está aquí la conclusión de esta lectio divina, de este encuentro con Cristo, con el Padre y con el Espíritu? A lo mejor, verdaderamente es así; debemos llegar a la plenitud del amor, que es la observancia de los mandamientos de Jesús: amad, como yo he amado.

 

6. Un momento de oración: Salmo 22

Rit. ¡Tú estás conmigo , Señor; no me falta nada!

Yahvé es mi pastor, nada me falta.
En verdes pastos me hace reposar.
Me conduce a fuentes tranquilas,
allí reparo mis fuerzas.
Me guía por cañadas seguras
haciendo honor a su nombre.

Aunque fuese por valle tenebroso,
ningún mal temería,
pues tú vienes conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas ante mí una mesa,
a la vista de mis enemigos;
perfumas mi cabeza,
mi copa rebosa.

Bondad y amor me acompañarán
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa de Yahvé
un sinfín de días.

 

7. Oración final

Señor, estoy lleno de ti, de tu amor: reboso de gozo, de paz profunda. Tú me has amado mucho en este encuentro a través de la Palabra. Tú te me has dado en plenitud; nada has dejado al olvido, de mí, de mi persona, de mi historia, de toda mi vida. Yo soy, porque tú eres; estás conmigo, en mí. Tú hoy me has hecho renacer de lo alto, me has vuelto nuevo, yo conozco, yo veo, yo siento en mí tu misma vida. Esta es la verdadera Pascua, verdadero paso de la muerte a la vida.¡Señor, gracias por este amor indecible, que me sumerge, me supera, incluso me levanta me realza!
Dejo aquí mi cántara vacía, inútil, incapaz y corro a la ciudad, Señor; voy a llamar a mis amigos, aquéllos que tú amas, para decirles: ¡Venid también vosotros a conocer el Amor!
Señor, una última cosa: que yo no te traicione. Si el Amor no se da, no se comparte, se aleja, desvanece, se transforma en enfermedad, en soledad. Ayúdame te ruego, haz que yo sea amor.

Domingo VI de Pascua

1. Situación

Los discursos de la Cena, llamados también de «despedida», nos sitúan en el corazón de la vida pascual: el don del Espíritu Santo, que nos recrea en lo más íntimo y nos hace vivir la vida del Resucitado, la vida teologal.

Pregúntate así, sin más preámbulos: ¿Te atreves a desear o, al menos, a pensar que estás llamado a ser un místico?

No pienses en cosas raras, sino en experimentar tú, precisamente tú, la vida del discípulo tal como la describe Jesús en Jn 14-17.

¿Qué sientes al hacerte esa pregunta?

– ¿Identificación y deseo? ¿De dónde nace ese deseo? Quizá despertaste al sentido de la vida desde la experiencia de relación con Dios, y, lógicamente, permanece como anhelo.

¿Qué te ha enseñado la vida sobre esos deseos?

– ¿Vértigo, miedo a un mundo desconocido? Tú has sido, quizá, mucho más normal en tus sueños y proyectos. Pero tal vez comienzas a estar desconcertado, porque Dios te está metiendo, imperceptiblemente, en horizontes insospechados de vida interior.

¿O prescindes de estas cuestiones, porque das por respuesta que la mística es para gente rara o muy especial?

2. Contemplación

Los Hechos: También a los samaritanos se les concede el Espíritu Santo. Para que no pienses que la plenitud de la vida teologal es para una minoría selecta.

El salmo celebra el poder de Dios. ¡Qué mal pensamos de Dios cuando creemos que no puede hacer maravillas con nuestra pequeñez!

El Evangelio insiste en la comunión entre Jesús y el discípulo, obra del Espíritu Santo. Se trata de una relación única: conocimiento íntimo, pero inobjetivable; es experiencia de vida nueva, pero no puedo disponer de ella, sino sólo recibirla; consiste en amar a Jesús, pero la verdad de este amor está en cumplir su mandamiento, el amor al prójimo. Esta comunión con Jesús es la máxima alegría del Padre. Está dada, y es inagotable; iniciada con la Resurrección, abarca la eternidad.

3. Reflexión

Un buen test de la calidad de nuestra vida teologal es confrontar nuestra experiencia espiritual y los discursos de la Cena.

Si te parecen muy bonitos, pero «música celestial», todavía no has descubierto lo mejor.

Nunca terminaremos de personalizar esa Palabra. A ella han vuelto siempre, como referencia esencial, nuestros místicos.

Sin embargo, es importante que percibas dentro de ti aquellas experiencias que conectan directamente con esa vida pascual del discípulo. Se dan en la mayoría de los creyentes que han hecho un cierto proceso de liberación interior; pero no saben valorarlas. Lo peor de todo es que tienen miedo a darles paso:

– Ese poner tu vida, confiadamente, en manos de Jesús, y experimentar que pierdes miedo al futuro, al riesgo, al sufrimiento.

– Descubrir que la vida crece «de dentro afuera», no por cumplimiento de normas ni por esfuerzos de voluntad.

– Haber cambiado de mirada en tu relación con el prójimo, de modo que ahora ya no piensas en los demás por justificar tu vida ni por impulsos de compasión, sino porque sientes que tu vida no te pertenece.

– Sabiduría para concentrar tus energías en lo esencial, el amor, de modo que todo lo que haces, oración y acción, trabajar y perder el tiempo, se unen en tu corazón.

– Esa ternura agradecida ante Dios y ante la vida, como subsuelo en que se asienta la actitud básica de la existencia.

¿Que todo esto es sólo inicial? Sin duda. Con todo, ¿no ves que has recibido el Espíritu Santo para que esa vida se despliegue? Tus miedos y tus cálculos se resisten a dejar que la Vida te crezca. El Espíritu es el Defensor, y El se encarga de salir a favor del Don de Dios. Confía, y El te irá fortaleciendo por dentro, suavemente, como quien nada hace. La obra de Dios suele ser pacífica, con la violencia liberadora del amor.

4. Praxis

Que alguna frase de los discursos de la Cena vaya resonándote durante el día, en medio de tus quehaceres.

Yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros.

Javier Garrido

Bautizados y confirmados

En su Memoria de Actividades, la Conferencia Episcopal Española indicó que durante el año 2014 la Iglesia en España celebró 244.252 primeras comuniones y 116.787 confirmaciones. Es decir: menos de la mitad de los niños que reciben la Primera Eucaristía reciben después el Sacramento de la Confirmación. Las causas de este abandono son variadas: por una parte no tiene la costumbre familiar o “presión social” que conservan el Bautismo y la Primera Eucaristía. Por otra parte, se suele entender sólo como el momento en el que la persona, a una edad más o menos adulta, “confirma”, es decir, da su asentimiento, a la fe que ha recibido de sus padres, y por eso la decisión de recibir este Sacramento se deja a la voluntad de cada uno. Y se va aplazando y cae en el olvido.

Hemos entrado en la segunda mitad del tiempo de Pascua, que culmina con la solemnidad de Pentecostés, que celebra la venida del Espíritu Santo. Y por eso en el Evangelio hemos escuchado la promesa de Jesús: Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. La liturgia nos va preparando para entender y recibir el don del Espíritu Santo.

Así, en la 1ª lectura hemos escuchado un texto que debemos releer con atención, porque nos ayuda a entender el sentido del Sacramento de la Confirmación y la necesidad de recibirlo. Tras la predicación de Felipe en Samaría, Pedro y Juan bajaron hasta allí y oraron por los fieles, para que recibieran el Espíritu Santo; aún no había bajado sobre ninguno, estaban sólo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

En este texto vemos expresada la diferencia y a la vez la unión entre el Sacramento del Bautismo y el Sacramento de la Confirmación. Como indica el Ritual para el Bautismo de Niños: El Bautismo es el primer sacramento, que Cristo propuso a todos para que tuvieran vida eterna, y que después confió a su Iglesia juntamente con su Evangelio, cuando mandó a los Apóstoles: «Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). El Bautismo es el sacramento de la fe con que los hombres, iluminados por la gracia del Espíritu Santo, responden al Evangelio de Cristo. Es además el sacramento por el que los hombres son incorporados a la Iglesia y hace a los hombres hijos de Dios.

Así pues, por el Bautismo comenzamos a vivir una nueva existencia; es la puerta a través de la cual el hombre empieza a ser cristiano, esto es, discípulo de Cristo e hijo de Dios. El bautizado es ya miembro de la Iglesia, a la que seguirá incorporándose por medio de los otros sacramentos de la iniciación cristiana y de la correspondiente catequesis. (CEE, Ésta es nuestra fe).

El Sacramento del Bautismo, por tanto, es el inicio de un proceso de crecimiento y maduración en la fe, y aquí encontramos de manera inseparable y complementaria el Sacramento de la Confirmación, como indica el Catecismo para Adultos de la ConferenciaEpiscopal Alemana: El Sacramento de la Confirmación sirve sobre todo para fortalecer y perfeccionar la gracia del Bautismo. Se halla íntimamente relacionado con el Bautismo y debe incrementar, robustecer y perfeccionar el fundamento puesto en el Bautismo.

Y, comentando el texto de la 1ª lectura de hoy, indica: El Nuevo Testamento señala también una donación del Espíritu distinta de la que tiene lugar en el Bautismo; es la que se concede por la imposición de manos.

En este texto se dicen dos cosas:
En primer lugar, que por la imposición de manos la comunidad de Samaría se une más estrechamente a la Iglesia de Jerusalén, centro de la unidad.

Y se dice también que, por la imposición de las manos a los cristianos del lugar se confiere de un modo especial el Espíritu Santo. Se sugieren así dos motivos para el Sacramento de la Confirmación: unión íntima con la Iglesia y fortalecimiento por el poder del Espíritu Santo.

Y además, ante la indicación de san Pedro en la 2ª lectura: estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere, la gracia conferida en el Sacramento de la Confirmación nos nombra testigos públicos de la fe y nos envía a colaborar responsablemente en el ámbito de la Iglesia.

¿He recibido el Sacramento de la Confirmación? ¿Cuándo? ¿Qué significó para mí? ¿Entiendo su razón de ser y su unión con el Bautismo y la Eucaristía? ¿Invoco al Espíritu Santo de manera habitual?

Frente a las dificultades que encontramos para vivir como cristianos y dar razón de nuestra esperanza, Jesús nos promete al Defensor, el Espíritu Santo, que recibimos de manera especial con el Sacramento de la Confirmación. No dejemos de recibirlo ni de promover su recepción, junto con el Bautismo y la Eucaristía, porque de este modo estaremos incorporados más perfectamente a la Iglesia y nos robustecerá para poder difundir y dar razón de nuestra fe con mayor fuerza, como verdaderos testigos de Cristo.

El Espíritu de la verdad

Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y abatidos. Pronto no lo tendrán con él. ¿Quién podrá llenar su vacío? Hasta ahora ha sido él quien ha cuidado de ellos, los ha defendido de los escribas y fariseos, ha sostenido su fe débil y vacilante, les ha ido descubriendo la verdad de Dios y los ha iniciado en su proyecto humanizador.

Jesús les habla apasionadamente del Espíritu. No los quiere dejar huérfanos. Él mismo pedirá al Padre que no los abandone, que les dé “otro defensor” para que “esté siempre con ellos”. Jesús lo llama “el Espíritu de la verdad”. ¿Qué se esconde en estas palabras de Jesús?

Este “Espíritu de la verdad” no hay que confundirlo con una doctrina. Esta verdad no hay que buscarla en los libros de los teólogos ni en los documentos de la jerarquía. Es algo mucho más profundo. Jesús dice que “vive con nosotros y está en nosotros”. Es aliento, fuerza, luz, amor… que nos llega del misterio último de Dios. Lo hemos de acoger con corazón sencillo y confiado.

Este “Espíritu de la verdad” no nos convierte en “propietarios” de la verdad. No viene para que impongamos a otros nuestra fe ni para que controlemos su ortodoxia. Viene para no dejarnos huérfanos de Jesús, y nos invita a abrirnos a su verdad, escuchando, acogiendo y viviendo su Evangelio.

Este “Espíritu de la verdad” no nos hace tampoco “guardianes” de la verdad, sino testigos. Nuestro quehacer no es disputar, combatir ni derrotar adversarios, sino vivir la verdad del Evangelio y “amar a Jesús guardando sus mandatos”.

Este “Espíritu de la verdad” está en el interior de cada uno de nosotros defendiéndonos de todo lo que nos puede apartar de Jesús. Nos invita abrirnos con sencillez al misterio de un Dios, Amigo de la vida. Quien busca a este Dios con honradez y verdad no está lejos de él. Jesús dijo en cierta ocasión: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Es cierto.

Este “Espíritu de la verdad” nos invita a vivir en la verdad de Jesús en medio de una sociedad donde con frecuencia a la mentira se le llama estrategia; a la explotación, negocio; a la irresponsabilidad, tolerancia; a la injusticia, orden establecido; a la arbitrariedad, libertad; a la falta de respeto, sinceridad…

¿Qué sentido puede tener la Iglesia de Jesús si dejamos que se pierda en nuestras comunidades el “Espíritu de la verdad”? ¿Quién podrá salvarla del autoengaño, las desviaciones y la mediocridad generalizada? ¿Quién anunciará la Buena Noticia de Jesús en una sociedad tan necesitada de aliento y esperanza?

José Antonio Pagola