Vísperas – Lunes VI de Pascua

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: CANTARÁN, LLORARÁN RAZAS Y HOMBRES

Cantarán, llorarán razas y hombres,
buscarán la esperanza en el dolor,
el secreto de vida es ya presente:
resucitó el Señor.

Dejarán de llorar los que lloraban,
brillará en su mirar la luz del sol,
ya la causa del hombre está ganada:
resucitó el Señor.

Volverán entre cánticos alegres
los que fueron llorando a su labor,
traerán en sus brazos la cosecha:
resucitó el Señor.

Cantarán a Dios Padre eternamente
la alabanza de gracias por su don,
en Jesús ha brillado su Amor santo:
resucitó el Señor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Bendito el que viene en nombre del Señor. Aleluya.

Salmo 44 I – LAS NUPCIAS DEL REY.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, ¡oh Dios!, permanece para siempre;
cetro de rectitud es tu cetro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Bendito el que viene en nombre del Señor. Aleluya.

Ant 2. Dichosos los invitados a la cena del Señor. Aleluya.

Salmo 44 II

Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna:
prendado está el rey de tu belleza,
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichosos los invitados a la cena del Señor. Aleluya.

Ant 3. De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Aleluya.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Aleluya.

LECTURA BREVE   Hb 8, 1b-3a

Tenemos un sumo sacerdote que está sentado a la diestra del trono de la Majestad en los cielos. Él es ministro del santuario y de la verdadera Tienda de Reunión, que fue fabricada por el Señor y no por hombre alguno. Todo sumo sacerdote es instituido para ofrecer oblaciones y sacrificios.

RESPONSORIO BREVE

V. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.
R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.

V. Al ver al Señor.
R. Aleluya. Aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Espíritu de verdad, que procede del Padre, él mismo declarará en mi favor; y también vosotros seréis testigos. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Espíritu de verdad, que procede del Padre, él mismo declarará en mi favor; y también vosotros seréis testigos. Aleluya.

PRECES

Llenos de gozo, oremos a Cristo, el Señor, que con su resurrección ha iluminado al mundo entero, y digámosle:

Cristo, vida nuestra, escúchanos.

Señor Jesús, que te hiciste compañero de camino de los discípulos que dudaban de ti,
acompaña también a tu Iglesia peregrina entre las dificultades e incertidumbres de esta vida.

No permitas que tus fieles sean tardos y necios para creer,
y aumenta su fe para que te proclamen vencedor de la muerte.

Mira, Señor, con bondad a cuantos no te reconocieron en su camino,
y manifiéstate a ellos para que te confiesen como salvador suyo.

Tú que por la cruz reconciliaste a todos los hombres, uniéndolos, en tu cuerpo,
concede la paz y la unidad a las naciones.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que eres el juez de vivos y muertos,
otorga a los difuntos que creyeron en ti la remisión de todas sus culpas.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:

Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Señor, que los dones recibidos en esta Pascua den fruto abundante en toda nuestra vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 22 de mayo

Lectio: Lunes, 22 Mayo, 2017
Tiempo de Pascua
 
1) Oración inicial
Te pedimos, Señor de misericordia que los dones recibidos en esta Pascua den fruto abundante en toda nuestra vida. Por nuestro Señor.
 
2) Lectura
Del Evangelio según Juan 15,26-16,4
Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.
 
3) Reflexión
• En los capítulos de 15 a 17 del Evangelio de Juan, el horizonte se amplía más allá del momento histórico de la Cena. Jesús reza al Padre “no ruego solamente por ellos sino por todos aquellos que por su palabra creerán en mí” (Jn 17,20). En estos capítulos, es constante la alusión a la acción del Espíritu en la vida de las comunidades después de Pascua.
• Juan 15,26-27: La acción del Espíritu Santo en la vida de las comunidades. La primera cosa que el Espíritu hace es dar testimonio de Jesús: “El dará testimonio de mí”. El Espíritu no es un ser espiritual sin definición. ¡No! El es el Espíritu de la verdad que viene del Padre, y que será enviado por el mismo y nos introducirá en la verdad plena (Jn 16,13). La verdad plena es Jesús mismo: “¡Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida!” (Jn 14,6). Al final del siglo primero, había algunos cristianos tan fascinados por la acción del Espíritu que habían dejado de mirarle a Jesús. Afirmaban que ahora, después de la resurrección, no precisaban fijarse en Jesús de Nazaret, aquel “que vino en la carne”. Se alejaron de Jesús y se quedaron solamente con el Espíritu, diciendo: “¡Anatema sea Jesús!” (1Cor 12,3). El Evangelio de Juan toma posición y no permite separar la acción del Espíritu de la memoria de Jesús de Nazaret. Al Espíritu Santo no le podemos aislar como una grandeza independiente, separada del misterio de la encarnación. El Espíritu Santo está inseparablemente unido al Padre y a Jesús. Es el Espíritu de Jesús que el Padre nos envía, aquel mismo Espíritu que Jesús nos conquistó por su muerte y resurrección. Y nosotros, al recibir este Espíritu en el bautismo, debemos ser la prolongación de Jesús: “¡Y vosotros también daréis testimonio!” No podemos olvidar nunca que fue precisamente la víspera de su muerte cuando Jesús nos prometió el Espíritu. Fue en el momento en que él se entregaba por los hermanos. Hoy en día, el movimiento carismático insiste en la acción del Espíritu de Jesús de Nazaret que, por amor a los pobres y a los marginados, fue perseguido, preso y condenado a muerte y que, por esto mismo, nos prometió su Espíritu para que nosotros, después de su muerte continuásemos su acción y fuésemos para la humanidad la misma revelación del amor del Padre por los pobres y oprimidos.
• Juan 16,1-2: No tener miedo. El evangelio advierte que ser fiel a este Jesús va a traer dificultades. Los discípulos serán expulsados de la sinagoga. Serán condenados a muerte. Les acontecerá lo mismo que a Jesús. Por esto mismo, al final del siglo primero, había personas que, para evitar la persecución, diluían el mensaje de Jesús trasformándolo en un mensaje gnóstico, vago, sin definición, que no contrastaba con la ideología del imperio. A éstos se aplica lo que Pablo decía: “No quieren ser perseguidos por la cruz de Cristo” (Gál 6,12). Y Juan mismo en su carta dirá respecto a ellos: “Hay muchos impostores por el mundo, que no quieren reconocer que Jesucristo vino en la carne (se hizo hombre). Quien así procede es impostor y Anticristo” (2 Jn 1,7). La misma preocupación aflora en la exigencia de Tomás: “No creeré sino cuando vea la marca de los clavos en sus manos, meta mis dedos en el lugar de los clavos y palpe la herida del costado.” (Jn 20,25) El Cristo resucitado que nos prometió el don del Espíritu es Jesús de Nazaret que continúa hasta hoy con las marcas de la tortura y de la cruz en su cuerpo resucitado.
• Juan 16,3-4: No saben lo que hacen. Todo esto acontece “porque no han conocido ni al Padre ni a mí”. Estas personas no tienen una imagen correcta de Dios. Tienen una imagen vaga de Dios en su cabeza y en su corazón. Su Dios no es el Padre de Jesucristo que congrega a todos en la unidad y en la fraternidad. En el fondo, es el mismo motivo que llevó a decir: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Jesús fue condenado por las autoridades religiosas porque, según su manera de pensar, él tenía una falsa imagen de Dios. En las palabras de Jesús no afloran ni odio ni venganza, sino compasión: son hermanos ignorantes que no saben nada de nuestro Padre.
 
4) Para la reflexión personal
• El misterio de la Trinidad está presente en las afirmaciones de Jesús, no como una verdad teórica, sino como expresión del compromiso del cristiano con la misión de Jesús. ¿Cómo vivo en mi vida este misterio central de nuestra fe?
• ¿Cómo vivo la acción del Espíritu en mi vida?
 
5) Oración final
¡Cantad a Yahvé un cántico nuevo:
su alabanza en la asamblea de sus fieles!
¡Regocíjese Israel en su Hacedor,
alégrense en su rey los de Sión! (Sal 149,1-2)

Demos gracias a Dios

¡Gracias, Señor, porque estás con nosotros!
Desde el cielo nos bendices, nos ves y nos hablas.
Oyes nuestras palabras y observas nuestros movimientos.
Nos conoces y, sobre todo, nos acompañas.
Aunque a menudo te ignoramos o no nos dirigimos a Ti,
te damos gracias, buen Jesús, porque pones tus manos
sobre nosotros desde la Casa del Padre.

El acontecimiento de tu estancia en el mundo
no se puede acabar con tu ascensión al cielo.
¡Quita de nosotros toda tristeza
porque pensarnos que te vas!
¡Llénanos de la esperanza que da saber que volverás
con el triunfo del amor por todos nosotros!

Madre del Salvador

Palabra de Dios

Lc 2, 1-14: Una gran alegría para todo el pueblo: “Os ha nacido un salvador”.

Lc 1, 26-38: Le pondrás por nombre Jesús, Salvador.

Is 7, 10-15: Le pondrán por nombre Emmanuel, Dios-con-nosotros.

Texto antológico

“Esta unión de la madre y del Hijo va mucho más allá de lo que parece a simple vista. Una madre ordinaria engendra a su hijo sin asociarse por eso a su obra futura. Ella echa las bases remotas, pero no se compromete con sus trabajos, que se llevarán a cabo mañana aparte de ella. No ocurre lo mismo con María: su maternidad la compromete en la obra redentora, así como la encarnación lleva ya en germen a la redención. María no es la madre de alguien que un día será redentor y salvador del mundo, como la madre de un sacerdote es la madre de un hijo que un día será llamado al sacerdocio. El Hijo que nace de ella viene al mundo como redentor y salvador. No es accidental para Jesús el ser sacerdote y la víctima de la Nueva Alianza. Nace ya sacerdote y nace ya cordero de Dios. Los Padres griegos han insistido fuertemente sobre esta salvación del mundo incluida en el nacimiento de Cristo. No debe jamás olvidarse que la madre del Salvador está asociada, desde el principio, a la obra de la salvación”.

Cardenal Suenens

Reflexión

Jesús significa “salvador”. Y Jesús lo es. El nos trajo el sentido, la paz, la utopía, la palabra definitiva y total de Dios, el sacramento original, la salvación presente. Jesús es el Emmanuel, el Dios con nosotros, Dios mismo en medio de nosotros, dándonos la salvación que desde siempre ofreció a los hombres. El vino para dar la vida. Para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia. El vino a salvar al mundo, no a condenar.

Y todo eso en una humanidad concreta histórica, en Jesús de Nazaret. Dios hecho hombre. Y María es la madre de este hombre, Jesús, el Salvador.

Por eso María siempre tendrá un puesto importante en la fe de los seguidores de Jesús. Además, su función materna no acabó entonces: “La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que en la misión apostólica cooperan a la salvación de los hombres” (LG 65).

Examen

  • ¿Somos signos y vehículos de la salvación que Dios nos ha hecho realidad en Jesús?
  • ¿Sentimos a María cercana, como madre de Jesús que es?
  • ¿Estamos animados de su espíritu de amor maternal, sintiéndonos corresponsables de la extensión de la salvación a todos los seres humanos?

Conversión

Procurar convertir nuestra vida en cauce de saIvación para todos los que nos rodean. Sentir como nuestra la preocupación por la salvación de los hombres en todo lo ancho del mundo.

Invocación

  • María, madre del Salvador…
  • …ayúdanos a colaborar en la gestación del mundo.

Oración

Dios, Padre nuestro, que, por María, nos diste al Salvador, haznos participar de su amor materno para sentirnos corresponsables con todos los hombres que esperan y hacen más próxima la salvación.

Cantos sugeridos

“Madre del Salvador”, de J. A. Espinosa, en Madre nuestra.

“Cristo, nuestro hermano”, de C. Gabaráin, en Eres tú, María.

Evangelii Gaudium – Francisco I

37. Santo Tomás de Aquino enseñaba que en el mensaje moral de la Iglesia también hay una jerarquía, en las virtudes y en los actos que de ellas proceden[39]. Allí lo que cuenta es ante todo «la fe que se hace activa por la caridad» (Ga 5,6). Las obras de amor al prójimo son la manifestación externa más perfecta de la gracia interior del Espíritu: «La principalidad de la ley nueva está en la gracia del Espíritu Santo, que se manifiesta en la fe que obra por el amor»[40]. Por ello explica que, en cuanto al obrar exterior, la misericordia es la mayor de todas las virtudes: «En sí misma la misericordia es la más grande de las virtudes, ya que a ella pertenece volcarse en otros y, más aún, socorrer sus deficiencias. Esto es peculiar del superior, y por eso se tiene como propio de Dios tener misericordia, en la cual resplandece su omnipotencia de modo máximo»[41].


[39] Cf. Summa Theologiae I-II, q. 66, art. 4-6.

[40] Summa Theologiae I-II, q. 108, art. 1.

[41] Summa Theologiae II-II, q. 30, art. 4. Cf. ibíd. q. 30, art. 4, ad 1: «No adoramos a Dios con sacrificios y dones exteriores por Él mismo, sino por nosotros y por el prójimo. Él no necesita nuestros sacrificios, pero quiere que se los ofrezcamos por nuestra devoción y para la utilidad del prójimo. Por eso, la misericordia, que socorre los defectos ajenos, es el sacrificio que más le agrada, ya que causa más de cerca la utilidad del prójimo».

Homilía – Domingo de la Ascensión

Bendecidos y enviados

¿Plantados o enraizados?

El tiempo pascual nos devuelve a nuestros orígenes y raíces de la fe apostólica, enraizada en el Espíritu del Resucitado, que bendice y envía desde una promesa que lo es de plenitud. La Iglesia y los cristianos, a lo largo de la historia, tenemos la tentación de olvidarnos de la raíz primera que nos lanza al futuro, del Espíritu del Resucitado, y plantarnos en el tiempo y en las medidas que no son del Espíritu, buscando la seguridad y la permanencia frente al deseo de la plenitud que nos ha sido prometida. Cuando eso ocurre, pintamos el paraíso de origen de jismo, para justificar nuestra comodidad y nuestro deseo de seguridad calculada, frente a la invitación al riesgo y a la plenitud. Nos agarramos a un alfa conservador, principio petrificante, frente a una omega de realización y esperanza verdaderas. La esta de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, con la fuerza de la Palabra de Dios, viene a recordarnos que Dios «no nos ha dejado plantados, sino bendecidos y enviados», enraizados en la fuerza y vida del Espíritu Santo en el que hemos sido bautizados. La Ascensión nos hace ver que somos la Iglesia del Espíritu; y la defensa y la conservación de la institución no deben apagar ni encerrar al don del Espíritu.

En misión, sin seguridades ni calendarios

La comunidad cristiana primitiva, tocada por la experiencia del Resucitado, tiene que hacer el traspaso de la concepción de una Jerusalén cerrada e hipotecada con el pasado, a la Jerusalén abierta al futuro y a la plenitud de lo universal, a un nuevo pueblo que solo tiene como bandera la libertad gloriosa del Cruci cado que ha resucitado. Se trata de una novedad que está cargada de riesgo y compromiso. Una vez más, la libertad verdadera, la que Dios promete, se gana en la confianza y en la vivencia del paso del desierto dificultoso que nos lleva a la verdad de lo único auténtico: el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Sólo la fuerza del Espíritu puede entrar en la revolución de la misión y el anuncio del Evangelio que salva y rompe todas la fronteras para que la bendición y la salud lleguen a todos los hombres en todos los lugares. La ascensión del Crucificado, que «sube entre aclamaciones y al son de trompetas», es la manifestación clara de que ya nada está atado y encerrado; los límites de los cerrojos de las puertas de frontera han saltado y ahora estará siempre con nosotros. El invierno de la historia ha pasado, ahora es primavera y se prepara la cosecha, es el tiempo de la Iglesia; y ésta no puede, ni debe, mantenerse encerrada en campamentos de inviernos ahora es primavera y se prepara la cosecha, es el tiempo de la Iglesia; y ésta no puede, ni debe, mantenerse encerrada en campamentos de inviernos. La Ascensión nos recuerda que nuestros motivos sólo lo son para salir y dar la vida, no para excluir ni descartar, sino para abrir y enredarnos, para universalizar en el horizonte de una fraternidad que ya ha sido estrenada y prometida como plenitud para todos los hombres y toda la creación.

Testigos de la Ascensión de Jesucristo

«Comprender cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados, cuál la riqueza de la gloria que dan en herencia a los santos, la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros», los que creemos, es el motivo de esta liturgia pascual de la Ascensión. En nosotros se realiza la fuerza del que ha resucitado a Jesús de entre los muertos y lo ha sentado a su derecha. Y lo comprobamos en el testimonio que damos de la Buena Noticia de la salvación: una noticia celestial que nos supera y llevamos en vasijas de barro –en medio de nuestras debilidades y pecados–, pero que se hace clara y notoria en el quehacer de una Iglesia compasiva y sanante, que tiene fuerza para perdonar, levantar, animar y esperanzar. O cio de salvación que pasa por las realidades más cotidianas y sencillas de la historia, alumbrando un futuro que lo será de gloria y de nitividad. La Ascensión sigue ocurriendo, dándonos sus frutos, cuando los bautizados, tocados por el Espíritu, hacen cielo en la tierra, cuando viven de la esperanza y de la promesa del Resucitado que nos envía su fuerza para pasar:

• Del deseo del éxito mundano al riesgo del amor entregado.
• Del jismo conservador y cómodo, de lo que tenemos asegurado, al compromiso de lo que está por construir para todos, sin exclusión ni descarte alguno.
• De la mirada pesimista y condenatoria de la realidad al testimonio de una esperanza que ya está dándose en las pequeñas esperas de los que se aman y comprometen sin condiciones ni seguridades, cada día.

• De la vivencia de lo material y del bienestar como único horizonte, a la dimensión de lo trascendente, de lo profundo del bien-ser y la alteridad, por la vía del amor, que genera y fecunda la realidad de lo humano.
• De la Iglesia conservadora y defensiva, que mira al pasado, a la Iglesia de la esperanza y del futuro que arriesga y sale con ardor y testimonio, porque se fía de que Dios cumple sus promesas, que el Resucitado –con su Espíritu– nos acompaña y protege todos los días, hasta el nal de la historia.

Eucaristía y Ascensión

La Eucaristía es celebración de esta novedad de la resurrección en la Ascensión. Se nos ha dado el poder de Cristo glorioso, su cuerpo y sangre, para salir de nosotros mismos y, tocados por su Espíritu, adentrarnos en el corazón del mundo. Hemos sido bautizados en el amor trinitario, en la fraternidad de un Padre que ha resucitado al Hijo con su Espíritu amoroso y nos ha adentrado a nosotros en esa corriente divina. Hemos ascendido al mayor de los sueños, en las promesas cumplidas de nuestro Dios: «Él se ha hecho hombre para que nosotros seamos divinos en Él». Vayamos, pues, sin miedo por todo el mundo.

José Moreno Losada

Mt 28, 16-20 (Evangelio Domingo de la Ascensión)

Las palabras finales del evangelio de Mateo cierran una gran inclusión que se abría con el anuncio a José del nacimiento del «Emmanuel, Dios-con-nosotros» (Mt 1,23) y que concluye con esta promesa: «Estaré con vosotros todos los días hasta el fin de este mundo» (Mt 28,20). Nunca faltará la presencia de Dios al lado de los discípulos. Jesús se compromete a no olvidarse de los suyos, a acompañar el caminar, no siempre fácil, de la Iglesia.

El episodio de la aparición de Jesús a los discípulos en el monte de Galilea solo aparece relatado por Mateo. Este encuentro se presenta como una especie de testamento del resucitado. Más que en la aparición (no se dice que se apareció, sino que «los discípulos vieron a Jesús»), el texto se centra en las palabras del resucitado, en la misión que deja a los discípulos. Estas palabras finales van a poner de relieve la identidad del resucitado y serán la expresión de su encargo misionero.

El encuentro se produce en un escenario especial. El monte es lugar de la presencia de Dios, de su manifestación gloriosa. Allí, Jesús se revela como Señor a quien se le ha dado «toda fuerza/poder sobre cielo y tierra». El que ha muerto en la cruz ha sido resucitado, y ha recibido ya el señorío sobre toda la creación. Sus palabras revelan el misterio de su persona: el que obedeció hasta las últimas consecuencias en delidad a la misión recibida del Padre, es ahora exaltado, es el Señor, vencedor de la muerte para siempre.

El señorío de Jesús es el fundamento del mandato misionero. Su autoridad constituye a los discípulos en testigos. El encargo que reciben los Once está expresado con el imperativo «haced discípulos». La insistencia no está en predicar o anunciar la buena noticia del Reino, como en los otros evangelios. Su tarea es construir el nuevo pueblo de Dios, una comunidad de discípulos que acogen las enseñanzas de Jesús y las ponen en práctica. Para ello han ponerse en marcha, salir a los caminos.

El imperativo «Haced discípulos» se concreta en dos verbos que explican el alcance del envío: «Bautizar y enseñar». El bautismo es el signo de pertenencia a la comunidad cristiana, el nuevo pueblo en el que entra el llamado a ser discípulo. No se trata del rito sacramental, sino de la experiencia de formar parte del grupo de los que quieren vivir obedientes a la voluntad del Padre, como lo hizo Jesús.

El que forma parte de esta comunidad de bautizados está llamado a vivir como auténtico discípulo haciendo vida las enseñanzas de Jesús. «Enseñar a guardar todo» pone el acento en el conjunto de la vida del Señor. No se trata de conservar las enseñanzas del Maestro, sino de tener una vida conforme a lo que él ha enseñado. Es una invitación a la praxis, a vivir como Jesús vivió; es decir, cumplir la voluntad del Padre, en obras y palabras. Es la dimensión práctica que adquiere el seguimiento.

El mandato misionero abarca a «todas las naciones», el carácter de esta tarea es universal; todos los pueblos son destinatarios del encargo que reciben los discípulos. El universalismo de la salvación, que se ha ido manifestando en las enseñanzas y acciones de Jesús a lo largo de todo el evangelio, encuentra aquí su culmen. Todos, tanto los judíos, destinatarios de la primera alianza, como todo el mundo pagano, son invitados a formar parte del nuevo pueblo de Dios.

Óscar de la Fuente de la Fuente

Ef 1, 17-23 (2ª lectura Domingo de la Ascensión)

Frente a la imagen de «elevación» física que presenta Lucas en la primera lectura (y que está detrás de la palabra «ascensión», con la que designamos la solemnidad de hoy), el enfático texto de Efesios que escuchamos como segunda lectura traduce más bien este misterio como «glorificación»: Cristo resucitado está sentado a la derecha del Padre y todo ha sido sometido a él.

Este pasaje, situado en la parte introductoria de la carta, expresa la petición que Pablo (o quien redacte la carta en su nombre) hace en su oración por los cristianos de Éfeso: «… no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo…». Lo que pide el apóstol es que Dios dé a los efesios su gracia para conocerlo; que los ilumine interiormente («los ojos de vuestro corazón») para que comprendan la esperanza a la que son llamados, la gloria que les espera y la grandeza del poder de Dios.

Esa «extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes» se ha desplegado de manera eficaz –continúa el autor– en Cristo, y concretamente en cómo ha rehabilitado Dios al Hijo ajusticiado en la cruz: «resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo». La resurrección de Cristo, en la comprensión paulina, está unida a su glorificación o exaltación junto a Dios.

La imagen de Cristo «sentado a la derecha del Padre» (cf. Rom 8,34; Col 3,1; Heb 8,1; 1 Pe 3,22) tiene como trasfondo el oráculo mesiánico de Sal 110,1 («Siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies»). El triunfo de Cristo sobre la muerte hace que todo lo creado esté bajo su dominio, comenzando por las potencias cósmicas, mencionadas con frecuencia en Efesios y Colosenses, pero también en algún otro texto paulino (Rom 8,38), y cuya naturaleza no es muy clara (¿ángeles o demonios?): «todo principado, poder, fuerza y dominación».

Cristo resucitado no solo está por encima de estas fuerzas creadas, sino «de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro». Para subrayar esta idea, en el versículo 22 se «adapta» Sal 8,7 («Todo lo sometiste bajo sus pies», referido al ser humano como dueño de la creación), convirtiéndolo en «todo lo puso bajo sus pies», aplicado a Jesucristo. Lo que el salmo decía del primer Adán, el hombre hecho a imagen y semejanza de Dios, este texto lo a rma del segundo y de nitivo Adán, Cristo.

El autor va aún más allá, al afirmar que Jesucristo, que como cabeza ostenta el dominio sobre todo, lo ha dado todo a la Iglesia, su cuerpo. La eclesiología paulina del «cuerpo de Cristo» (Rom 12,5; 1 Cor 12,27; Col 1,18; etc.) se lleva aquí a su extremo, al describir a la Iglesia como plérōma, «plenitud», en cuanto que participa de la plenitud de Cristo, glorificado junto al Padre.

José Luis Vázquez Pérez

Hech 1, 1-11 (1ª lectura Domingo de la Ascensión)

El inicio del libro de Hch contiene una declaración programática de los principales temas teológicos que se desarrollarán a lo largo de la obra, empezando por dejar clara con la primera parte de la obra lucana: el evangelio de Lc. Sirve, además, de introducción del gran hilo conductor de la obra: el testimonio sobre Jesús y los hechos de los discípulos que lo constituyen sustancialmente. Se presenta así el origen y la fundamentación del testimonio cristiano que se remonta al mismo Jesús: lo que él hizo y enseñó hasta que pasó el relevo, su misión, a los apóstoles y él fue elevado (vv. 1-2). En ese paso del testigo resulta esencial vincularlo con el mandato y voluntad expresa del mismo Jesús y el texto insiste en ello: sus instrucciones v. 2; sus órdenes v. 4; y especialmente las palabras del v. 8: «seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra» que, como hemos visto en las semanas anteriores, jalonan el desarrollo del libro de Hch.

La misión comienza en Jerusalén como lugar emblemático, clave teológica en las dos partes de la obra lucana, donde Jesús se “presenta vivo con muchas pruebas después de haber padecido”, e inseparablemente el “contenido” de las apariciones es el “reino de Dios” (por ello el testimonio de los apóstoles, como hemos visto en los domingos precedentes, es proclamar la palabra de Jesús y actuar el reino con signos y prodigios, con curaciones al modo de Jesús). Tras este tiempo, también simbólico y teológico, de cuarenta días Jesús, «fue llevado al cielo», la realidad de la ascensión, que desborda la imagen de la subida y que sirve para marcar el final de la historia de Jesús (vv.2.9.11, por tres veces se repite la elevación, la separación). Es la insistencia en el triunfo de Jesús y que simultáneamente inaugura el tiempo de la misión de los apóstoles, que se expresa de forma grá ca en la pregunta: « ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?», (v. 11), es hora de moverse. Por lo tanto una clave de interpretación de la ascensión está en no separar las dos cuestiones: la elevación de Jesús y el tiempo de los apóstoles. Dicho de otro modo, la ascensión no es algo que “solo” le pasa a Jesús, o más exactamente, que la ascensión tiene sus “efectos colaterales” en cada cristiano: ser testigo de Jesucristo.

El núcleo de la Ascensión es expresar la exaltación nal y rotunda de Jesús por parte de Dios. Es otra manera de contar la entronización (Salmo 46), el dar la razón, el triunfo merecido por Jesús en continuidad inseparable con su vida, su padecimiento y su resurrección, no como premio posterior y externo. Es el reconocimiento de su “estatus”, su estar a la derecha de Dios, su ser en Dios como glorificación, su ser Dios. Esa verdad se narra, paralelamente a Lc 24,50-51, según el arquetipo judío propio de la época de “ascensión”, evocando la ascensión de Elías (2 Re 2,1ss) y el viaje del “hijo del hombre” a la presencia de Dios (Dn 7,13-14). Esa exaltación de Jesucristo conlleva, de forma inherente, el don del Espíritu. También a los primeros discípulos les costó entender y desentrañar todo lo que estaba pasando. De ahí su pregunta « ¿es ahora cuando vas a restaurar…?». La respuesta de Jesús despeja las elucubraciones, pone en sus vidas la fuerza del Espíritu para llevar adelante lo que más urge: dar testimonio de la Resurrección.

José Javier Pardo Izal, S.J.

Comentario al evangelio (22 de mayo)

El episodio de Hechos de los Apóstoles presenta a San Pablo y a sus compañeros llevando el mensaje de la Buena Nueva por toda Grecia. Continúan encontrando personas a las que hace bien el mensaje liberador de Jesús.

En la región de Filipo, Dios abre el corazón de una mujer que escucha atenta el mensaje de Pablo. Un mensaje que será de provecho no sólo para la mujer sino para toda su familia. Y es esto lo que motiva a miles de personas alrededor del mundo a convertirse en misioneros y a entregar su vida a favor de los demás. Muchas personas continúan acercándose a Dios, creyendo en él, por el testimonio de un sin número de misioneros.

Y en el Evangelio de Juan, se continúan presentando las garantías y los riesgos a los que se toman en serio el seguimiento de Jesús. El Espíritu Santo es presentado como defensor y fortaleza de los discípulos (llamados: “hijos”) de Jesús. Pero, advierte del rechazo y peligro que corren todos aquellos que dan testimonio de su Palabra de Vida.

El Papa Francisco refiriéndose al martirio, cita al beato Mons. Romero, recordando sus valientes palabras: “debemos estar dispuestos a morir por nuestra fe, incluso, si el Señor no nos concede este honor”. Y explica el Papa: “dar la vida no significa sólo ser asesinado, dar la vida, tener el espíritu del martirio, es entregarla en el deber, en el silencio, en la oración, en cumplimiento honesto del deber, en ese silencio de la vida cotidiana, dar la vida poco a poco”.

Pidamos al Espíritu nos conceda estar dispuestos a esa entrega valiente de la vida, dando testimonio de que realmente hemos conocido a Dios y a su enviado, Jesucristo.

Fredy Cabrera, cmf.