I Vísperas – Domingo de la Ascensión

I VÍSPERAS DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: NO, YO NO DEJO LA TIERRA

«No, yo no dejo la tierra.
No, yo no olvido a los hombres.
Aquí, yo he dejado la guerra;
arriba, están vuestros nombres.»

¿Qué hacéis mirando al cielo,
varones, sin alegría?
Lo que ahora parece un vuelo
ya es vuelta y es cercanía.

El gozo es mi testigo.
La paz, mi presencia viva,
que, al irme, se va conmigo
la cautividad cautiva.

El cielo ha comenzado.
Vosotros sois mi cosecha.
El Padre ya os ha sentado
conmigo, a su derecha.

Partid frente a la aurora.
Salvad a todo el que crea.
Vosotros marcáis mi hora.
Comienza vuestra tarea. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y voy al Padre. Aleluya.

Salmo 112 – ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y voy al Padre. Aleluya.

Ant 2. Después de haber tratado con ellos, el Señor Jesús fue elevado al cielo, y allí está sentado a la diestra de Dios. Aleluya.

Salmo 116 – INVITACIÓN UNIVERSAL A LA ALABANZA DIVINA.

Alabad al Señor, todas las naciones,
aclamadlo, todos los pueblos:

Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Después de haber tratado con ellos, el Señor Jesús fue elevado al cielo, y allí está sentado a la diestra de Dios. Aleluya.

Ant 3. Nadie sube al cielo sino aquel que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Aleluya.

Cántico: EL JUICIO DE DIOS Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nadie sube al cielo sino aquel que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Aleluya.

LECTURA BREVE   Ef 2, 4-6

Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos por nuestros pecados, nos vivificó con Cristo -por pura gracia habéis sido salvados- y nos resucitó con él, y nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús.

RESPONSORIO BREVE

V. Dios asciende entre aclamaciones. Aleluya, aleluya.
R. Dios asciende entre aclamaciones. Aleluya, aleluya.

V. El Señor, al son de trompetas.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Dios asciende entre aclamaciones. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Padre, he dado a conocer tu nombre a los hombres que me diste; te ruego por ellos, no por el mundo, ahora que voy a ti. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Padre, he dado a conocer tu nombre a los hombres que me diste; te ruego por ellos, no por el mundo, ahora que voy a ti. Aleluya.

PRECES

Aclamemos, alegres, a Jesucristo, que se ha sentado hoy a la derecha del Padre, y digámosle:

Cristo, tú eres el rey de la gloria.

Rey de la gloria, que has querido glorificar por medio de tu cuerpo la fragilidad de nuestra carne, elevándola hasta la gloria del cielo,
purifícanos de toda mancha y devuélvenos nuestra antigua dignidad.

Tú que por amor descendiste hasta nosotros,
haz que también nosotros por amor subamos hasta ti.

Tú que prometiste atraer a todos hacia ti,
no permitas que nosotros seamos apartados de la unidad de tu cuerpo.

Tú que nos has precedido al cielo en tu ascensión gloriosa,
haz que te sigamos ahí con nuestro corazón y nuestra mente.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ya que te esperamos como Dios, juez de todos los hombres,
haz que un día podamos contemplarte en tu gloria y majestad, junto con nuestros hermanos difuntos.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre, repitiendo la oración que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Concédenos, Señor, rebosar de alegría al celebrar la gloriosa ascensión de tu Hijo, y elevar a ti una cumplida acción de gracias, pues el triunfo de Cristo es ya nuestra victoria y, ya que él es la cabeza de la Iglesia, haz que nosotros, que somos su cuerpo, nos sintamos atraídos por una irresistible esperanza hacia donde él nos precedió. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 27 de mayo

Lectio:  Sábado, 27 Mayo, 2017
Tiempo de Pascua

1) Oración inicial
¡Oh Dios!, que por la resurrección de tu Hijo nos has hecho renacer a la vida eterna; eleva nuestros corazones hacia el Salvador, que está sentado a tu derecha, a fin de que cuando venga de nuevo, los que hemos renacido en el bautismo seamos revestidos de una inmortalidad gloriosa. Por Jesucristo nuestro Señor.

 
2) Lectura
Del santo Evangelio según Juan 16,23b-28

En verdad, en verdad os digo:
lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre.
Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre.
Pedid y recibiréis,
para que vuestro gozo sea colmado.
Os he dicho todo esto en parábolas.
Se acerca la hora en que ya no os hablaré en parábolas,
sino que con toda claridad os hablaré acerca del Padre.
Aquel día pediréis en mi nombre
y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros,
pues el Padre mismo os quiere,
porque me queréis a mí
y creéis que salí de Dios.
Salí del Padre y he venido al mundo.
Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre.»
 
3) Reflexión
• Jn 16,23b: Los discípulos tienen pleno acceso al Padre. Ésta es la seguridad que Jesús anuncia a sus discípulos: que, en unión con él, pueden tienen acceso a la paternidad de Dios. La mediación de Jesús conduce a los discípulos hasta el Padre. Es evidente que la función de Jesús no es sustituir a “los suyos”: no los suplanta mediante una función de intercesión, sino que los une a sí; y en comunión con Él, ellos presentan sus carencias y necesidades.

Los discípulos están seguros de que Jesús dispone de la riqueza del Padre: “En verdad, en verdad os digo: si pedís alguna cosa al Padre en mi nombre, él os la dará” (v.23b). De esta manera, es decir, en unión con Él, la riqueza pasa a ser eficaz. El objeto de cualquier petición al Padre debe estar siempre conectado a Jesús, esto es, a su amor y a su proyecto de dar la vida al hombre (Jn 10,10). La oración dirigida al Padre en el nombre de Jesús, en unión con Él (Jn 14,13; 16,23), es atendida.
Hasta ahora, los discípulos no habían pedido nada en nombre de Jesús, lo podrán hacer después de su glorificación (Jn 14,13s) cuando reciban el Espíritu que irradiará plenamente sobre su identidad (Jn 4,22ss) y operará la unión con Él. Los suyos podrán pedir y recibir con pleno gozo, cuando pasen de la visión sensible a la visión de la fe.
• Jn 16,24-25: En Jesús tenemos contacto directo con el Padre. Los creyentes están incluidos en la relación entre el Hijo y el Padre. En Jn 16,26 Jesús insiste en el nexo operado por el Espíritu, que permitirá a los suyos presentar al Padre cualquier petición en unión con Él. Esto sucederá “en aquel día”. ¿Qué quiere decir “aquel día pediréis”? Es el día que vendrá a los suyos y les comunicará el Espíritu (Jn 20,19-22). Entonces, los discípulos, conociendo la relación entre Jesús y el Padre, sabrán que son escuchados. No será preciso que Jesús se interponga entre el Padre y los discípulos para pedir favorecerlos, no porque haya acabado su mediación, sino porque ellos, habiendo creído en la encarnación del Verbo y estando estrechamente unidos a Cristo, serán amados por el Padre como el Padre ama al Hijo (Jn 17,23.26). En Jesús experimentan los discípulos el contacto directo con el Padre.
• Jn 16,26-27: La oración al Padre. Así pues, orar es ir al Padre por medio de Jesús; dirigirse al Padre en el nombre de Jesús. Prestemos especial atención a la expresión de Jesús en los vv.26-27: “y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere”. El amor del Padre por los discípulos se basa en la adhesión de “los suyos” a Jesús, en la fe sobre su procedencia, es decir, en el reconocimiento de Jesús como don del Padre. Después de haber asemejado a los discípulos con él, parece como si Jesús se retirase de su condición de mediador, pero en verdad deja que nos tome y nos atienda sólo el Padre: “Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado” (v.24). Conectados en la relación con el Padre mediante la unión con Él, nuestro gozo es total y nuestra oración perfecta. Dios ofrece siempre su amor a todo el mundo, pero este amor se torna recíproco sólo si el hombre responde. El amor es incompleto si no es recíproco: hasta que el hombre no lo acepta, permanece en suspenso. Los discípulos lo aceptan en el momento en que aman a Jesús, y de esta manera se torna operativo el amor del Padre. La oración es esta relación de amor. En el fondo, la historia de cada uno de nosotros se identifica con la historia de su oración, incluyendo aquellos momentos que no parecen tales: el deseo es ya una oración, como también la búsqueda, la angustia…
 
4) Para la reflexión personal
• Mi oración personal y comunitaria, ¿se realiza en un estado de quietud, de paz y de gran tranquilidad?

• ¿Con qué empeño me dedico a crecer en la amistad con Jesús? ¿Estás convencido de que puedes lograr una identificación real a través de la comunión con Él y del amor al prójimo?
 
5) Oración final
Es rey de toda la tierra:

¡tocad para Dios con destreza!
Reina Dios sobre todas las naciones,
Dios, sentado en su trono sagrado. (Sal 47,8-9)

La ascensión

Los tres textos escenifican el remate y culminación de la obra de Jesús.

Vino a este mundo a ser la Palabra de Dios que iluminara nuestras vidas. Su fidelidad a la misión le costó la vida. Vida que le fue gloriosamente restituida por el Padre (2ª Lec.)

Cumplida su misión solo quedan dos cosas: Encargar a los Apóstoles que llevaran su obra a todas las gentes (3ª Lec.) y regresar al Padre de quien había salido (1ª Lec.)

El “modo” de ese “regreso” lo escenifican los Evangelistas a la manera de una ascensión física a los cielos, también físicos.

Es evidente que se trata de una escenificación con la que los Apóstoles nos quieren comunicar el hecho vivido por ellos del regreso de Jesús al misterio del Padre.

Jesús no se elevó físicamente, ni el Padre lo sentó a su derecha, ni el cielo está arriba. Pero de alguna manera han de decirnos lo que ellos SÍ VIVIERON: la marcha de Jesús, concluida su misión en la tierra. Nos encontramos con la misma situación de las apariciones. Se dieron, y se dieron realmente, por todo cuanto hemos recordado estos últimos domingos, pero se dieron al modo espiritual, como corresponde a un cuerpo espiritual, resucitado.

Como sobre el modo ya reflexionamos este y el año pasado, damos un paso adelante para meditar sobre las palabras de aquellos personajes que aparecen con Jesús en el monte, tras su Ascensión.

La expresión ¿Qué hacéis ahí mirando al cielo? generalmente se ha entendido como una especie de regañina, o si se prefiere de advertencia, a todos aquellos que conciben el cristianismo como un desasirse de los asuntos de este mundo para dedicarse a la contemplación de las “ideas” celestiales.

Esa “regañina” paso a ser una acerba crítica por pensadores como Marx, que consideró a la religión como una “ideología”, que a la manera del opio, alienaba a los creyentes retirándolos de los compromisos de la ciudad terrenal, o por Nietzsche que los acusaba de nihilistas por menospreciar lo terreno como algo sin valor en sí.

Nosotros no podemos ser sordos a las críticas que nos hagan desde fuera porque, es verdad que Cristo sigue siendo molesto para mucha gente que solo desearía eliminarlo, pero hay otra gente que con buena voluntad pone el dedo en la llaga de defectos que nos afectan por mil motivos, entre los cuales están la debilidad, la inteligencia limitada y lo complejo de las situaciones.

Agradecidos por la contribución de estos buenos colaboradores, y de la mano de la esencia misma del cristianismo, nos urge una seria reflexión sobre lo que pueda haber de verdad, es decir, de fallo por nuestra parte, a fin de corregirlo con rigor y valor.

Con esta sana intención hemos de entender las palabras de aquellos personajes a los Apóstoles: ¿Qué hacéis ahí mirando al cielo, cuando hay tantas cosas y tan urgentes que hacer?

Ya en homilías anteriores, siguiendo las orientaciones del Papa Francisco en su Exhortación “Laudato, Sí” recordábamos que Dios nos puso en la tierra para actuar, para hacer, no exclusivamente para contemplar. El “Dominad la tierra” que nos decía por medio de la revelación equivale a encargarnos que completáramos la obra de la creación iniciada por Él.

Dios nos ofreció un mundo como un formidable conjunto de posibilidades. Somos los humanos los que hemos de hacerlas emerger convirtiéndolas en ricas realidades. Entre todos hemos de conseguir:

una sociedad bien trabada en las relaciones humanas, – donde el amor y la justicia sean la atmósfera que impere-,

una comunidad perfectamente tecnificada -capaz de resolver los problemas de orden material-

una naturaleza bien cuidada y mimada – que sea espléndido almacén de productos alimenticios al mismo tiempo que hermosa vivienda para todos-

Eso es lo que significa el encargo de Dios: “Dominad la Tierra”.

Tal encargo, sin embargo, no debe hacernos olvidar que el compromiso cristiano con el mundo debe llevarse adelante “mirando al cielo” El cristianismo no es ni un sindicato ni un partido político, aunque pueda compartir con ellos su preocupación social, sino una actitud comprometida de fe, esperanza y acción.

Es una idea acertadamente expuesta por el papa Francisco en el Discurso con ocasión de la 54 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones”. “La relación con el Señor implica ser enviado al mundo como profeta de su palabra y testigo de su amor”.

Enviados al mundo pero enviados por Dios para rematar su gran obra.

En una época tan tecnificada y enamorada de sí misma, es necesario y urgente ayudar al hombre a mirar hacia arriba, si no queremos seguir naufragando en una civilización que ha equivocado los papeles. La civilización occidental ha terminado “amando” las cosas y utilizando a los hombres y mujeres. En el proyecto de Dios los hombres y mujeres debían ser amados y las cosas utilizadas en su bien.

Los cristianos debemos ser constructores del mundo pero embebiéndolo en la savia evangélica, aquella que hace brotar lo mejor de nosotros y de la naturaleza. Es lo que nos quiso decir Jesús con sus exhortaciones sobre ser la luz del mundo, la sal de la tierra, la levadura de la masa.

Quizás no haber sabido impregnar al mundo de esa savia ha sido la causa de que mucha gente haya dejado de mirar “Arriba” para concentrase exclusivamente en el “abajo”.

Todavía estamos a tiempo. Nos lo decía el Papa en la alocución antes citada. “Aunque experimentemos en nosotros muchas fragilidades y tal vez podamos sentirnos desanimados, debemos alzar la cabeza a Dios, sin dejarnos aplastar por la sensación de incapacidad o ceder al pesimismo, que nos convierte en espectadores pasivos de una vida cansada y rutinaria”. (J.M.O. por las Vocaciones)

Confiemos en Dios, confiemos en nuestras fuerzas, escuchemos el texto evangélico y sin dejar de pensar en el cielo luchemos por construir la tierra como esa casa común feliz y confortable que Dios quería para todos. AMÉN.

Pedro Sáez

Fiel hasta la muerte

Palabra de Dios

Jn 19, 25-27: Estaba su madre al pie de la cruz.

Mt 16, 24-28: El que quiera seguirme, cargue con su cruz.

Jn 15, 9-13: No hay mayor amor que dar la vida.

Texto antológico

“Aunque no siempre entendiese todo lo que Jesús enseñaba y hacía, ella le apoyó siempre. Por eso tuvo problemas con los parientes. ¿Quién no los tiene? Los parientes andaban preocupados por Jesús, creyendo que estaba yendo demasiado lejos, que había perdido el juicio (cf Mc 3,1 l). Querían llevárselo por la fuerza a casa (cf Mc 3,2 1) y habían logrado que María estuviese allí para mandarle ese recado (cf Mc 3,31-32). Pero Jesús no picó, y dio a entender a sus parientes que no tenían autoridad ninguna sobre él. Sólo Dios la tenía, y lo importante era hacer su voluntad (cf Mc 3,33-35). En otra ocasión los parientes querían que Jesús fuera un poco más osado y se presentase en seguida en Jerusalén para ganarse mayor fama (cf Jn 7,2-4).

Al fin y al cabo, los parientes no creían en Jesús (cf Jn 7,5). Eran oportunistas. Querían sólo aprovecharse de su famoso primo. Lo que Jesús había dicho: ‘Los enemigos de uno serán los de casa’ (Mt 10,36), estaba aconteciendo con él mismo, dentro de su propia familia. ¡Mucho debió sufrir María por ello!

Pero cuando al final Jesús fue apresado como subversivo (cf Lc 23,2) y condenado como hereje (cf Mt 26,65-66), los parientes desaparecieron todos y ninguno daba la cara, a no ser algunas mujeres. Pero María aguantó. No huyó, no tuvo miedo. Incluso los apóstoles, excepto Juan, se eclipsaron (cf Mt 26,56). Ella no. Se quedó con Jesús y le apoyaba. Estuvo con él hasta en el Calvario y allí permaneció, asistiéndole en su agonía (cf Jn 19,25). Eso formaba parte de su misión, asumida ante el ángel: ‘Soy la esclava del Señor; que se haga en mí lo que has dicho’ (Lc 1,38). Las autoridades condenaron a Jesús como anti-Dios y anti-pueblo. A María no le importó; fue la única de la familia que no retrocedió. Ella no abandona a las personas en la hora del aprieto. ¡Va con ellas hasta el final!

Lo mismo hizo con los apóstoles. Aunque había sido abandonada por ellos, no les dejó. Se quedó con ellos, perseverando en la oración por nueve días para que la fuerza de Dios les ayudase a superar el miedo que les acoquinaba y les hacía huir (cf He 1,14)”.

Carlos Mesters

Reflexión

La fidelidad es una de las formas de que se reviste la fe. Y la fe es creer, es confiar, entregar, poner la propia vida en manos de aquel en quien creemos, a quien nos confiamos. Creer es darle intervención en nuestra vida, apoyar nuestra vida en su palabra, en su testimonio, en su amor.

En la evolución de la fe, en el crecimiento espiritual, también se suele dar una primera etapa de ilusión, de colorido y atractivo. Después vienen las dificultades, las contradicciones, las implicaciones dolorosas.

Si en un primer momento la fe es entrega y confianza, en un momento posterior ha de convertirse en fidelidad, que es constancia, perseverancia, a pesar de todas las dificultades, a pesar del cansancio, a pesar de toda aparente evidencia contraria.

Y el toque final de consumación de toda vivencia humana es la muerte: ser fiel hasta la muerte es el broche de oro de toda fidelidad. Aceptar la muerte por fidelidad a Dios. Si no es ésta una situación que nos sea dada a todos, sí que todos debemos estar dispuestos a afrontarla:

“Si bien el martirio, suprema prueba de amor, es don concedido a pocos, sin embargo, todos deben estar dispuestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (LG 42).

Examen

  • ¿Cómo va nuestra perseverancia, nuestra constancia?
  • ¿Se mantiene o se tambalea nuestra fidelidad en los momentos difíciles?
  • ¿Seguimos teniendo una idea sensiblero o romántica respecto a la fidelidad a Jesús?
  • ¿Estaríamos dispuestos a dar, con la ayuda de Dios, la suprema prueba del amor?

Conversión

  • Tomar decisiones para acrecentar nuestra propia fidelidad a Jesús.
  • Apoyar la fidelidad de todos los que en la propia comunidad cristiana se sienten defraudados, desanimados, cansados.

Invocación

  • Madre de Jesús, fiel hasta su muerte, al pie de la cruz…
  • …danos fidelidad para seguir a Jesús.

Oración

Padre nuestro, que en la madre de Jesús nos has dado un ejemplo acabado de fidelidad a toda prueba. Danos la fuerza que ella tuvo para estar al pie de la cruz y ser fiel hasta la muerte, afrontando todos los riesgos y las consecuencias de ser madre y seguidora de Jesús.

Cantos sugeridos

“Dolorosa”. de J. A. Espinosa, en Madre nuestra.

“En el trabajo”, de C. Gabaráin, en Eres tú, María.

Evangelii Gaudium – Francisco I

42. Esto tiene una gran incidencia en el anuncio del Evangelio si de verdad tenemos el propósito de que su belleza pueda ser mejor percibida y acogida por todos. De cualquier modo, nunca podremos convertir las enseñanzas de la Iglesia en algo fácilmente comprendido y felizmente valorado por todos. La fe siempre conserva un aspecto de cruz, alguna oscuridad que no le quita la firmeza de su adhesión. Hay cosas que sólo se comprenden y valoran desde esa adhesión que es hermana del amor, más allá de la claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos. Por ello, cabe recordar que todo adoctrinamiento ha de situarse en la actitud evangelizadora que despierte la adhesión del corazón con la cercanía, el amor y el testimonio.

La misión universal

1. En el Nuevo Testamento, el «envío» se relaciona con la idea de misión o de embajada; así se pone de manifiesto la relación entre el que envía y el enviado. Aparecen en el envío dos aspectos: la elección de Dios y la salvación de los hombres. Rechazar al enviado de Dios es rechazar a Dios; recibirlo es recibir al Señor. Lo propio del misionero es su misión. Por consiguiente, lo que confiere valor al envío es la orden del Señor.
 

2. Después de enviar Dios a los profetas, envió a su Hijo. Para san Juan, todo lo que hace Jesús está en relación a Dios, «al Padre que le envió». Jesús conoce al Padre, porque es el enviado. A su vez, Jesús envía al Espíritu y a sus discípulos, que se convierten en «apóstoles» para la salvación del mundo. Pero en Jesucristo la persona del mensajero no desaparece frente al que lo envía, sino que se funde con ella. Jesús es el Apóstol, el Enviado (Heb 3,2). No es un siervo de Dios como Moisés; es el Hijo de Dios.
 

3.- Los discípulos son enviados por Jesús de dos en dos, sin dinero, sin provisiones, sin ropa de repuesto, como ovejas entre lobos… Su objetivo es proclamar el reino de Dios. Algunas embajadas fracasan, y otras deben ser rectificadas. Pero, en definitiva, la Iglesia es misión; todos sus miembros —cada cual según los carismas y servicios propios— son enviados. La finalidad de todos los envíos (profetas, Hijo de Dios, Espíritu, apóstoles) consiste en reunir a todo el pueblo bajo la justicia y la misericordia de Dios. El envío y la reunión definen a la Iglesia.
 

4. Antes de que Jesús confíe a sus discípulos la misión, los acoge y perdona: son creyentes vacilantes. En el encargo de Jesús, según Mateo, se observan las dos insistencias de Jesús: la enseñanza del mensaje y su puesta en práctica. El evangelio termina con la misión o evangelización.
 

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Nos sentimos enviados por Dios?

¿Somos misioneros?

Casiano Floristán

Todas las naciones

La ausencia física del Señor trae responsabilidades precisas para sus seguidores. En adelante serán sus continuadores.

Id por el mundo

Los cinco últimos versículos de Mateo constituyen un final sobrio y al mismo tiempo sintético del mensaje que nos ha sido presentado en este evangelio. La escena tiene lugar en Galilea, tal como se había dicho (28, 10). La Galilea es el lugar principal de la predicación de Jesús, discreto toque que busca subrayar la identidad entre el Jesús histórico y el Cristo resucitado. El encuentro tiene lugar en forma simple, ningún elemento maravilloso hace del momento algo espectacular. El monte es en la tradición bíblica el lugar de la revelación de Dios, eso es lo que tendremos acá (v. 16-17).

La presencia del Señor da lugar a veneración y a dudas (v. 17). Es el claroscuro de la fe, la duda forma parte del proceso de la creencia. Jesús dirige a los once discípulos sus últimas palabras, en ellas invoca su autoridad; «cielo y tierra» es una expresión clásica para decir todo lo existente, se trata de una autoridad universal (v. 18). Luego viene el envío, el cometido consiste en «hacer discípulos», es un modo muy concreto de decir «proclamar la buena nueva», expresión que encontramos en Marcos (16, 15). Ser discípulo es aceptar el evangelio, entrar en relación personal con Jesús y caminar según él, y la fe se vive como comunidad.

Se trata de hacer discípulos de «todos los pueblos» (v. 19), no hay límites nacionales o étnicos. Así como la autoridad de Jesús es universal, la tarea de hacer discípulos debe también serlo. «Pueblos» puede igualmente ser traducido por «naciones». Se trata sin duda del mundo pagano. La problemática Israel-gentiles puede parecernos lejana y poco actual. Pero nos recuerda el riesgo permanente de confiscar el evangelio al servicio de un mundo social o una cultura; o de apoderarnos de él para vivirlo en círculos pequeños y privados sin soplo misionero. El mandato del Señor nos toca a todos.

Guardar lo mandado

El bautismo es el signo eficaz, el sacramento, del ingreso a la comunidad cristiana (v. 19), al Cuerpo de Cristo dirá san Pablo. A él está ligada la prescripción de enseñar todo lo que el Señor nos dijo (20). El bautismo en nombre de la Trinidad es inseparable de la puesta en práctica de las enseñanzas de Cristo. Ese mensaje, gracias a la obra del Espíritu, ilumina los ojos del corazón para conocer la esperanza a la que hemos sido llamados (Ef 1, 18). Esa esperanza debe sostenernos en nuestra tarea de testigos que la fiesta de la Ascensión nos recuerda (Hech 1, 8).

Los discípulos reciben la misión en Galilea, región marginada, cercana al mundo pagano, y por eso mismo vista con desdén por los judíos observantes de Judea, en donde se encontraba Jerusalén. El anuncio del evangelio parte desde una tierra insignificante e incluso despreciada. No es un asunto puramente geográfico, está cargado de significación. Es una pauta para nosotros. El mundo de los pobres es nuestra Galilea hoy, de allí partimos para proclamar el evangelio a toda persona sin excepción. Lo haremos con la convicción de que el Señor estará siempre con nosotros (Mt 28, 20).

Gustavo Gutiérrez

Jesús asciende a los cielos

Hoy nos reunimos para celebrar la fiesta y la gran solemnidad de la Ascensión del Señor a los cielos. En esta celebración vemos resumida toda la vida de Jesús: subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso. Pero también nos dice que permanece con nosotros en los sacramentos y nos deja su Evangelio. Hoy nos va a recordar tres cosas muy importantes: la misión, la promesa y la confianza de que Él está siempre, siempre con nosotros. Escuchemos con atención el Evangelio que nos hace san Mateo en el capítulo 28, versículo 16 al 20:

Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”.

Lc 1, 26-38

Querido amigo, después de resucitar Jesús, de estar con sus discípulos, de darles tranquilidad, de darles fuerza, de insuflarles su Espíritu, asciende al cielo y se sienta a la derecha del Padre. Pero sus discípulos no se quedan solos, no van a permanecer huérfanos, más adelante serán bautizados con su Espíritu Santo y les dará fuerza para predicar la buena noticia, el Reino, hasta los confines del mundo. Es más, les dice que no les abandonará, que nunca estarán solos, que todos los días hasta el fin del mundo estará Él. Hoy, en este texto, se nos recuerda la gran misión que inició Jesús y que quiere que continuemos, quiere que organicemos, que trabajemos por otro tipo de mundo más humano, más cercano, más evangelizado, más llenos de Dios, pero siempre mirando al cielo porque sabemos que Él nunca, nunca nos va a fallar.

San Mateo nos ofrece al final de la vida de Jesús este lugar significativo, Galilea, donde el Señor había comenzado su misión, en un monte, donde siempre se había congregado y allí, para finalizar su misión, reúne a sus discípulos, aunque ya muchos estarían dispersados por la Pasión y por la muerte de Jesús, pero quiere fortalecer su fe vacilante y desconcertada y cuando están allí, les deja la misión, la promesa, el testigo: “Id por el mundo y proclamad todo lo que Yo os he enseñado, consagrando a todos los hombres y bautizándoles”. Esta es la misión, querido amigo, que a ti y a mí nos encomienda Jesús y que se nos presenta con exigencia, con una exigencia de vivir una fe sólida y fuerte en nuestra vida de cristianos. Tenemos que aceptar la misión que Él nos da: Jesús nos envía al mundo, al mundo donde trabajamos, al mundo donde vivimos, pero no nos retira del mundo, viene Él con nosotros, pero siempre mirando al cielo.

Querido amigo, esta solemnidad de la Ascensión del Señor es un recuerdo gozoso que nos encomienda el Señor: testimoniarle donde estemos. La fiesta del compromiso, la fiesta de la esperanza. Un compromiso de hacer presente a Jesús en nuestra vida, que sea la solución de nuestro entendimiento difícil de lo que nos sobrepasa, que seamos pequeños radios de acción donde estamos en el entorno de cada día, que vivamos con ojos y corazón la espera de Jesús. Esta es la misión y el compromiso de hoy.

¡Cuántas veces tenemos que pedirle al Señor perdón porque no somos ágiles en la misión! Pero le damos gracias porque Él va con nosotros, Él está siempre a nuestro lado, Él quiere que le veamos, que estemos con Él siempre. Y verle en la Transfiguración y verle en la Ascensión. Somos hombres humanos con mirada de cielo. Que no impidamos a nadie llegar a esta vida con nuestro testimonio y que seamos esa bienaventuranza feliz por donde vayamos porque anunciamos el Reino. Cómo hoy dice el salmo: “Portones, ¡alzad los dinteles!, ¡que se alcen las antiguas compuertas! ¡Va a entrar el Rey de la gloria, ese es el Rey del Universo!”. Y en la tierra Tú te quedas para quitarnos nuestras dudas y llenarnos de alegría, quitarnos nuestras tristezas y quitarnos todo lo que nos preocupa. ¡Aclamemos hoy al Señor que sube! Pero tengamos la confianza de que Él está siempre con nosotros. Unámonos al salmo de hoy: “¡Pueblos todos, batid palmas! Aclamad a Dios con gritos de júbilo, porque Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas. ¡Tocad para Dios, tocad! ¡Tocad para nuestro Rey, tocad!”.

Con gozo, con alegría, entramos en este encuentro y sentimos el compromiso y el deseo de Jesús hoy para que lo vivamos profundamente. Él nos da todo el poder y nos dice: “Id y haced discípulos míos”. Vamos a pedir a la Virgen que nos dé esa fuerza, la Madre de la Esperanza, la Madre de la fuerza, la Madre de la misión. Con ella nos unimos con gozo y… “hombres de Galilea, varones de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo?”. La vida en la tierra, pero los ojos y el corazón en el cielo…

Querido amigo, disfrutemos de esta fiesta y pensemos y reflexionemos en el compromiso de Jesús para poderlo glorificar y para poder ser testigos, como Él quiere, en todos los lugares del mundo donde trabajemos y estemos.

¡Que así sea, querido amigo!

Francisca Sierra Gómez

Pregustar el cielo

El cielo no se puede describir pero lo podemos pregustar. No lo podemos alcanzar con nuestra mente pero es imposible no desearlo. Si hablamos del cielo no es para satisfacer nuestra curiosidad sino para reavivar nuestra alegría y nuestra atracción por Dios. Si lo recordamos es para no olvidar el anhelo último que llevamos en el corazón.

Ir al cielo no es llegar a un lugar sino entrar para siempre en el Misterio del amor de Dios. Por fin, Dios ya no será alguien oculto e inaccesible.

Aunque nos parezca increíble, podremos conocer, tocar, gustar y disfrutar de su ser más íntimo, de su verdad más honda, de su bondad y belleza infinitas. Dios nos enamorará para siempre.

Pero esta comunión con Dios no será una experiencia individual y solitaria de cada uno con su Dios.

Nadie va al Padre si no es por medio de Cristo. «En él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9)

Sólo conociendo y disfrutando del misterio encerrado en este hombre único e incomparable, penetraremos en el misterio insondable de Dios. Cristo será nuestro «cielo». Viéndole a él «veremos» a Dios.

Pero no será Cristo el único mediador de nuestra felicidad eterna. Encendidos por el amor de Dios, todos y cada uno de nosotros nos convertiremos a nuestra manera en «cielo» para los demás.

Desde nuestra limitación y finitud, tocaremos el Misterio infinito de Dios saboreándolo en sus criaturas. Gozaremos de su amor insondable gustándolo en el amor humano. El gozo de Dios se nos regalará encarnado en el placer humano.

El teólogo húngaro L. Boros trata de sugerir esta experiencia indescriptible:

«Sentiremos el calor, experimentaremos el esplendor, la vitalidad, la riqueza desbordante de la persona que hoy amamos, con la que disfrutamos y por la que agradecemos a Dios.

Todo su ser, la hondura de su alma, la grandeza de su corazón, la creatividad, la amplitud, la excitación de su reacción amorosa nos serán regalados».

Qué plenitud alcanzará en Dios la ternura, la comunión y el gozo del amor y la amistad que hemos conocido aquí. Con qué intensidad nos amaremos entonces quienes nos amamos ya tanto en la tierra.

Pocas experiencias nos permiten pregustar mejor el destino último al que somos atraídos por Dios.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio (27 de mayo)

Este tiempo litúrgico se presenta para nosotros como una oportunidad. Oportunidad para que el encuentro con el resucitado nos reubique. Dejar de verlo únicamente en el templo y pasar a verlo en el “otro” y sus circunstancias (muchas veces crucificado y otras resucitando). Se trata, además, de hacer buen uso de nuestro ego pues, actualmente, estamos “conectados” a espacios que invitan a fomentar el individualismo y la indiferencia (bajo la ley del “sálvese quien pueda”).

Si alguno de nosotros quiere ser testigo del resucitado y así experimentar plenitud de vida, ha de “desconectarse” y salir al encuentro de los que le rodean, compartiendo la bondad, la generosidad y el amor que brotan del corazón. El mundo tan atemorizado por su futuro necesita de personas que, despertando, humanicen los espacios donde parece que ha triunfado y vencido el mal.

Dejando un poco de lado nuestras actitudes materialistas y haciendo brotar la fe, en nuestro interior, sigamos el consejo que hoy nos hace Jesús en el Evangelio: “si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará”. Recordemos que Pascua es el tiempo de la madurez en la fe.Sepamos pedir, entonces, aquellas cosas que nos conducirán a la alegría plena. Siendo capaces de amar y entregarnos sinceramente como Jesús, antes de su muerte.

Jesús olvidándose de su trágico destino continúa catequizando a sus discípulos para que no pierdan la fe y confíen. Su presencia, siempre novedosa, se manifestará en aquellos que crean. Él seguirá presente y acompañando el caminar de la comunidad creyente hasta que alcance la madurez.

A propósito de una fe madura, las comunidades creyentes están invitadas a realizar un proceso donde se facilite el unir la fe y la vida. Mons. Romero, beato salvadoreño nos decía en una de sus homilías: “Antes de ser cristianos, tenemos que ser muy humanos” (31-12-78). Pidamos a Dios nos ilumine y nos conceda ser testigos de su amor en el mundo.

Fredy Cabrera, cmf.