El último encargo

Así concluye Mateo su evangelio. Los discípulos fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado y él les da esta encomienda: “Haced discípulos entre los habitantes de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y sabed esto: que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Se trata del último recado de Jesús, antes de subir al cielo.

“Entre los habitantes de todas las naciones”. El encargo de Jesús declara manifiestamente el carácter misionero del cristiano en virtud del bautismo recibido. Esta vocación goza de una proyección universal, no está restringida a un lugar determinado o a un reducido número de personas. Admiro a los misioneros, que, dejando su tierra, su familia, sus costumbres, se embarcan en la honrosa aventura de dar a conocer el evangelio, pasando muchas veces calamidades, penurias, peligros, contagios de enfermedades. Son los misioneros que están en vanguardia. Y no me olvido de los que, desde la retaguardia, proporcionan vitalidad a la empresa. Recordad a santa Teresita del Niño Jesús que, en su corta vida (veinticuatro años), colaboró, con su oración y su amor, a la causa. Tan es así que el papa Pío XI la proclamó patrona de las Misiones.

“Haced discípulos”. Es decir, haced seguidores de Jesús, dadlo a conocer, contadles lo que habéis visto y oído, orientadlos con una clara inclinación hacia los pobres y necesitados, haced hombres y mujeres de fe, enseñadles que lo más esencial en un cristiano es el amor, un amor que culmina en el dar y compartir, no sólo riquezas y alimentos, sino también amistad, cercanía, sonrisas. Y todo ello con palabras, y sobretodo con el ejemplo… Pero comprenderéis que uno no puede hacer discípulos sin antes haber adquirido un certificado de capacitación para la docencia, ni ejercer una determinada actividad sin ofrecer garantía de que podrá realizarla dignamente. De ahí que, antes de ser mensajeros de la buena noticia, misioneros, tanto de vanguardia como de retaguardia, habremos de entrenarnos con seriedad y constancia en la tarea de empaparnos de evangelio hasta el corazón.

“Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Jesús nos ha dado un encargo, una encomienda y también una seguridad: no nos deja solos, abandonados, a nuestro albedrío. Dice que estará con nosotros todos los días; no que vendrá de vez en cuando a ver cómo nos va la tarea-, sino todos los días, es decir, siempre y en todo momento… A veces, en el desarrollo de nuestro apostolado, creemos inconscientemente que el resultado (éxito o fracaso) de las actividades que llevamos a cabo depende únicamente de nuestras propias fuerzas, olvidando que es Dios quien da el incremento; es Jesús, que está todos los días con nosotros… Ahora bien, él, en justa correspondencia, pide de nosotros entusiasmo y coraje al servicio del evangelio.

Conocí, hace años, un cartero con el que me tropezaba todas las mañanas y teníamos nuestra pequeña charla. Yo iba a mis cosas y él venía de Correos con un buen lote de correspondencia para repartirla a domicilio. Un día, le dije: “¿Qué tal, Manolo?”. Y él, visiblemente agobiado, me respondió: “Tengo prisa porque no sé si me dará tiempo para repartir toda esta mercancía”. “Tranquilo -le dije-. Lo que no puedas entregar hoy, déjalo para mañana”. Y él me repuso: “Ni hablar. Puede que haya alguna carta cuyo destinatario esté esperándola con ansiedad”.Y lo comprendí: “Claro”…

Pues bien, quiero pensar que Jesús, que nos ha dado el encargo de evangelizar, y que está todos los días con nosotros, espera de nosotros lógicamente un respuesta pronta, clara y decidida.

Como el destinatario de la anécdota.

Pedro Mari Zalbide

II Vísperas – Domingo de la Ascensión

II VÍSPERAS DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: RETORNA VICTORIOSO.

Retorna victorioso
la cruz en mano enhiesta como un cetro,
como la llave que abre el paraíso;
y a su lado retornan los cautivos
vuelto en gozo las lágrimas y el duelo:
¡Jesús entra en el cielo!

Vuelve el Esposo santo;
el hijo más hermoso de la tierra
regresa coronado de su viaje,
y la Iglesia, la Esposa de su sangre,
lo acompaña radiante de belleza:
¡Jesús entra en el cielo!

Alzad vuestra esperanza,
porque ha quedado el áncora clavada;
si la tormenta agita el oleaje,
no se agite la fe del navegante,
que en la ribera Cristo nos amarra:
¡Jesús entra en el cielo!

El Padre Dios se goza
porque descansa el Hijo en su regazo
al retorno triunfal de la pelea;
goce la Iglesia, goce en su Cabeza,
y alabe por los siglos a su Amado:
¡Jesús entra en el cielo!. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre. Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre. Aleluya.

Ant 2. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas. Aleluya.

Salmo 46 – ENTRONIZACIÓN DEL DIOS DE ISRAEL

Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra.

El nos somete los pueblos
y nos sojuzga las naciones;
El nos escogió por heredad suya:
gloria de Jacob, su amado.

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad.

Porque Dios es el rey del mundo:
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado.

Los príncipes de los gentiles se reúnen
con el pueblo del Dios de Abraham;
porque de Dios son los grandes de la tierra,
y él es excelso.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas. Aleluya.

Ant 3. Ya ha entrado el Hijo del hombre en su gloria, y Dios ha recibido su glorificación por él. Aleluya.

Cántico: EL JUICIO DE DIOS Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ya ha entrado el Hijo del hombre en su gloria, y Dios ha recibido su glorificación por él. Aleluya.

LECTURA BREVE   1Pe 3, 18. 21b-22

Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conduciros a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Lo que actualmente os salva no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios.

RESPONSORIO BREVE

V. Subo a mi Padre y a vuestro Padre. Aleluya, aleluya.
R. Subo a mi Padre y a vuestro Padre. Aleluya, aleluya.

V. A mi Dios y a vuestro Dios.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Subo a mi Padre y a vuestro Padre. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Oh Rey de la gloria, Señor del universo, que hoy asciendes triunfante al cielo: No nos dejes huérfanos, envía hacia nosotros la promesa del Padre, el Espíritu de verdad. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Oh Rey de la gloria, Señor del universo, que hoy asciendes triunfante al cielo: No nos dejes huérfanos, envía hacia nosotros la promesa del Padre, el Espíritu de verdad. Aleluya.

PRECES

Aclamemos, alegres, a Jesucristo, que se ha sentado hoy a la derecha del Padre, y digámosle:

Cristo, tú eres el rey de la gloria.

Rey de la gloria, que has querido glorificar por medio de tu cuerpo la fragilidad de nuestra carne, elevándola hasta la gloria del cielo,
purifícanos de toda mancha y devuélvenos nuestra antigua dignidad.

Tú que por amor descendiste hasta nosotros,
haz que también nosotros por amor subamos hasta ti.

Tú que prometiste atraer a todos hacia ti,
no permitas que nosotros seamos apartados de la unidad de tu cuerpo.

Tú que nos has precedido al cielo en tu ascensión gloriosa,
haz que te sigamos ahí con nuestro corazón y nuestra mente.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ya que te esperamos como Dios, juez de todos los hombres,
haz que un día podamos contemplarte en tu gloria y majestad, junto con nuestros hermanos difuntos.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre, repitiendo la oración que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Concédenos, Señor, rebosar de alegría al celebrar la gloriosa ascensión de tu Hijo, y elevar a ti una cumplida acción de gracias, pues el triunfo de Cristo es ya nuestra victoria y, ya que él es la cabeza de la Iglesia, haz que nosotros, que somos su cuerpo, nos sintamos atraídos por una irresistible esperanza hacia donde él nos precedió. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

La Ascensión del Señor

La fiesta de la Ascensión del Señor se presta a que nos hagamos montajes imaginativos, sobre Dios, sobre el cielo y sobre la “otra” vida, que no son nada más que eso, “representaciones”, lo que es decir que se trata de frutos de nuestra imaginación. Y, a veces, también de nuestra ignorancia.Dios no está ni arriba ni abajo. Ni el cielo está por encima de las nubes y de las estrellas. Ni los cuarenta días que van de la Resurrección a la Ascensión indican fechas fijas, como nosotros podemos calcular y pensar. Estas ideas no son sino “proyecciones” humanas que nosotros hacemos sobre realidades divinas, que no podemos saber.

Jesús fue “constituido Señor e Hijo de Dios” por la resurrección(Rom 1, 4). Es decir el acontecimiento de la Resurrección y el de la Ascensión no son sino dos formas de decir la misma cosa: que el Resucitado fue Glorificado. Y todo eso ocurrió a la vez, fue un solo y único acontecimiento. La Iglesia lo celebra en dos días distintos, con una diferencia de cuarenta días, porque el número 40 indicaba, en tiempos antiguos, la idea de “plenitud” o “totalidad”. La fiesta de la Ascensión sirve para que los cristianos recordemos esta plena y total glorificación con que el Padre exaltó a Jesús.

Esta fiesta, por tanto, nos viene a decir que aquel pobre y humilde trabajador manual, aquel desconocido vecino de la aldea de Nazaret, por su vida coherente, fiel al designio de Dios, llevada a cabo en libertad y audacia, para hacer lo que el Padre le pedía y esperaba de él: su lucha y su afán por hacer este mundo más habitable, menos ingrato sobre todo para los más desgraciados de la vida, aquel humilde y sencillo Jesús, aquel hombre tan humano y entrañable, es el que nos trazó el camino de la gloria, del ascenso hasta el logro de nuestras aspiraciones más profundas y más nobles. He ahí el significado de esta festividad de la Ascensión del Señor.

Jesús había dicho que sus discípulos estaban destinados a ver la comunicación de lo celestial con lo terrenal, cosa que se evoca en la imagen de la escala de Jacob (Jn 1, 51; cf. Gen 28, 12-17; 32, 28-30). Es la escala, por la que suben y bajan los mensajeros (y los mensajes) de Dios, la comunicación de Dios con los humanos. Tal escala es Jesús, la vida de Jesús, el seguimiento de Jesús o sea la identificación de vida con lo que fue la vida de Jesús. Es la imagen plástica que nos deja la festividad de la Ascensión.

José María Castillo

La tierra es “asunto” del cielo

Una fiesta difícil

Antes las cosas parecían más claras, más sencillas, lineales. Pero llegaba el momento de la despedida, de la partida. Se apagaba incluso, si bien recuerdo, el cirio pascual. La presencia de Cristo dejaba de iluminar la tierra.

La Iglesia, en cierto sentido, se encontraba viuda de su Señor. Y nosotros, huérfanos.

La maestra, en el catecismo, ofrecía una explicación mitad patética y mitad simplista: «Jesús, después de tantas fatigas, tenía derecho a irse a descansar en el cielo, en donde también nosotros, al final de nuestra estancia en este valle de lágrimas… ».

Faltaba poco para que no hablase de pasar un periodo de «convalecencia» tomando aires en su casa, en el clima celestial que le era familiar, después de las pruebas extenuantes de la pasión y del sepulcro.

Hoy nos damos cuenta de que no resulta fácil captar el sentido de la ascensión. Se trata de una fiesta difícil.

¿Cómo es que se habla de partida, siendo así que el Cristo de Mateo asegura: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo?».

Hojeando luego los discursos de despedida, salta a la vista aquella frase decisiva con la que Jesús nos garantiza que no volveremos a sentirnos huérfanos (Jn 14, 18). Ni siquiera se sustrae a nuestra vista: «…El mundo no me verá, pero vosotros me veréis…» (Jn 14, 19).

Nunca tanto como en la fiesta de la ascensión es preciso recuperar la dimensión del misterio.

Los mismos testigos del «hecho», más que ofrecernos una crónica detallada (condiciones atmosféricas, plan de vuelo, desplazamiento, último punto de visibilidad, último trazo capturable por nuestro radar…), intentan trasmitirnos su significado sirviéndose de unas imágenes que no hay que tomar ciertamente en su materialidad, sino como alusivas a una realidad distinta, imposible de expresar con nuestro lenguaje (aunque hubieran podido disponer de una tele-cámara, no habrían podido ofrecernos más, documentar el acontecimiento de otra manera) Su experiencia fue esencialmente una experiencia espiritual.

La única «prueba» es una certeza de fe: Jesús está vivo, está en medio de nosotros. Se vino abajo un cierto tipo de presencia. Pero han aparecido muchísimos más.

Basta con una mirada, hecha penetrante por el amor, para descubrirlo, para reconocerlo, para encontrar de nuevo sus huellas. No hay ya un rostro «único», una presencia «localizada», circunscrita en un punto concreto de esta tierra.

¿Y si la ascensión celebrase, además de la glorificación de Cristo, su señorío, su influencia universal, así como su desposorio definitivo con la tierra?

Para ello se trata de hacer el mismo descubrimiento que los apóstoles: lo mismo que Jesús no abandonó «el seno del Padre» (Jn 1, 18) cuando bajó del cielo, tampoco abandonó a los suyos cuando «volvió a subir» al cielo.
 

Le toca también a él

Ya. Terminado el caminar terreno de Jesús, comienza el camino de su Iglesia.

Prolongando un poco la reflexión deberíamos decir: ahora nos toca a nosotros. Ha llegado nuestra hora.

Pero las cosas no son exactamente así. De hecho, nos toca a nosotros. Pero le sigue tocando también a él. No ha pasado su «hora». ¡Ay si nos abandonase! ¡Ay si no estuviera con nosotros! («yo-estaré-con-vosotros»). ¡Ay si llegara a faltarnos la presencia de Jesús Resucitado!

¡Ay si creyésemos que podríamos solucionar las cosas nosotros solos, prescindiendo de la fuerza que nos viene exclusivamente de él y de su Espíritu: «cuando el Espíritu santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza…»!

Sí, nos ha dejado instrucciones concretas: «dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido…».

Pero nosotros tendemos a hacer que las cosas funcionen a nuestro modo, según nuestros métodos y criterios.

Nos dijo que «hiciéramos discípulos» a todos los pueblos, o sea, que ofreciésemos a todos la posibilidad de establecer una relación con él, dejando vislumbrar, a través de nuestra experiencia, la belleza y la evidencia de la liberación que hunde sus raíces en esa relación. Nosotros, por el contrario, empezamos desfigurando un poco la traducción, interpretando un poco abusivamente: «Adoctrinad».

Y así nos volvemos maestros exigentes, a veces incluso conquistadores, dominadores, manipuladores de las conciencias, como si fuéramos un paso obligado, un punto de referencia indiscutible, una meta inexorable de todos los itinerarios.

O sea, hemos pretendido vincularlos a nosotros en vez de vincularlos a él.

Así, aquel «nos toca a nosotros», más que ser una fórmula de humilde servicio, un compromiso serio pero modesto, la asunción de una responsabilidad total y… limitada, se ha trasformado en una operación de acaparamiento, en mentalidad de privilegio, en actitud de presunción, en reivindicación de exclusividad.

Será preciso que las cosas vuelvan a su sitio.

Ponerse de rodillas para adorarlo. Y admitir finalmente: «Desde el momento en que ha llegado nuestra hora, te toca a ti».

No nos echamos atrás, desde luego. Nos ponemos a tu disposición. Intentamos repartir.

Pero entretanto hemos dejado la seguridad jactanciosa y hemos vuelto a aquella «vacilación» fundamental de los comienzos: «al verlo ellos se postraron, pero algunos vacilaban…».

Sólo querríamos que nuestro «dudar», nuestra vacilación no fueran falta de fe, sino al contrario, maduración en la fe.

Cuanto más creamos, menos nos fiaremos de nosotros y de nuestros recursos.

Creer significa también tener conciencia de nuestros límites, tomar nota de nuestra desproporción, confesar nuestros errores, proclamar nuestra falta de adecuación, reconocer que somos especialistas en bobadas, dudar de nuestras posibilidades.

Nos gustaría que él nos encontrase, esta vez, vacilantes por estar llenos de fe.

Nos gustaría que cuando declaramos en voz baja: «Ahora nos toca a nosotros», él comprendiese que queremos decir: «Ahora te sigue tocando a ti».

O sea, «nos toca a nosotros» porque sabemos que él está con nosotros.

La tierra es «asunto» suyo. Es «asunto» del cielo.

La materia humana es demasiado peligrosa y compleja para dejárnosla a «nosotros, los hombres».

Así pues, comienza nuestra aventura. Porque no ha concluido la suya.

Podemos movemos hacia los territorios sin límite que él nos ha asignado, porque él anda envuelto, comprometido hasta el fondo en la empresa, que es suya, aunque nuestra parte no es ni mucho menos despreciable.

Deberíamos decir: ¡Quédate, Señor, con nosotros, porque te has hecho invisible, mientras que nosotros nos vemos obligados a ser demasiado visibles!

Nos has hecho depositarios de los inmensos tesoros adquiridos con tu pasión-muerte-resurrección. Haz que no tengamos que sustituirlos por nuestra miserable mercancía. Haz que no acojamos tu Espíritu, para obligarle a continuación a seguir nuestros programas.

El descubrimiento de la lentitud

«Ellos lo rodearon preguntándole: Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel? …».

Entra enseguida la prisa, la impaciencia, la pretensión de asistir a la realización fulgurante de los sueños más audaces.

Siempre el ansia de ver los resultados, la manía por la promoción final, el instinto por el éxito inmediato.

Deberían haber dicho:

-Señor, convendría retrasar un poco el plazo fatídico. Espera un poco más. No hemos aprendido todavía bien la lección. No estamos preparados. Concédenos un poco más de tiempo, danos una prórroga. Tú eres un Maestro incomparable. Pero nosotros somos unos alumnos francamente «retrasados».

En realidad tenemos necesidad -como nos recuerda Pablo (segunda lectura)- de un conocimiento más profundo de él.

Tenemos que aprender mejor nuestra vocación, pasar por un largo aprendizaje de nuestra misión.

Tenemos que aprender sobre todo a tener paciencia, acostumbrarnos a las largas esperas, respetar las interminables germinaciones subterráneas.

El mundo no se trasforma de golpe. La realidad no cambia con la rapidez de nuestros deseos. Hemos inventado la velocidad. Ahora se trata de inventar la lentitud.

«Sin lentitud no se puede hacer nada, ni siquiera la revolución» (Sten Nadolny).

Advertir la urgencia de una tarea, sentirse devorado por una pasión, no significa quemar las etapas, improvisar, saltarse las fases extenuantes de una maduración progresiva.

Es más fácil correr que caminar, lanzarse al sprint que mantener el paso. Proceder a saltos, a ráfagas, a convulsiones, que sostener la distancia.

Es más fácil organizar una procesión, una peregrinación, que educar en la fe.

Es más fácil gritar que decir una palabra justa, verdadera, que toque los corazones.

Es más fácil impresionar, deslumbrar a un auditorio, que convencer a una persona.

Es más fácil condicionar, secuestrando quizás los sentimientos, provocando quizás el miedo o el interés, que formar en la libertad.

Es más fácil el sensacionalismo, la espectacularidad, que la vivencia cotidiana.

Es más fácil convocar reuniones de masa, debidamente aireadas por la publicidad, insertando en el programa «provocaciones» bien calculadas (que no tienen nada que ver con las paradojas evangélicas) que acompañar y sostener a cada una de las personas en su fatigoso caminar.

Es más fácil adiestrar en el consenso organizado que enseñar el uso del cerebro y de la conciencia, y no sólo de los ojos y de la boca…

Es más fácil hacer que repiquen las campanas que lograr que vibre delicadamente una cuerda secreta en las profundidades de un individuo.

Es más fácil imponerse, destacar, hacerse valer, abrirse paso a codazos, ocupar puestos clave, reivindicar posiciones de fuerza, que seguir el «camino de muerte» de la semilla (Jn 12, 24).

Es más fácil derribar las puertas que entrar pacíficamente por ellas.

Es más fácil agitarse que trabajar.

Es más fácil una fe… fácil, basada incluso en las lágrimas…, que una fe seria, basada en la resurrección.

-«Señor, ¿es ahora cuando…?».

Y él nos interrumpe inmediatamente:

-No os toca a vosotros conocer el tiempo y la fecha que el Padre ha establecido con su autoridad… Pero, sí, éste es el tiempo. Ahora, enseguida. El tiempo de los comienzos. Y luego el de la paciencia. Para vosotros no hay más que un tiempo con el que tenéis que acompasar vuestros relojes frenéticos, dotados de todas las diabluras modernas. Os lo repito una vez más: es el tiempo de los comienzos. Sólo ése.

El fast food, o comida rápida, con el tiempo puede resultar fatal para el organismo.

Con la «religión ultra rápida» no se llega nunca a «los últimos confines de la tierra». Ni siquiera se mueve uno, a pesar de los veloces y continuos desplazamientos.

Con la prisa no se obtiene la adhesión de la fe.

«Les recomendó: …aguardad a que se cumpla la promesa del Padre. .. ».

¿Lograremos finalmente convencernos de que la ascensión inaugura el tiempo de la espera?

¿De que Cristo, antes de subir al cielo, nos ordenó ser sus testigos debidamente preparados, formados en la espera?

A. Pronzato

Madre de la comunidad cristiana

Palabra de Dios

He 1, 12-14: Perseveraban en la oración en un mismo espíritu con la madre de Jesús.

Jn 19, 25-27: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Jn 17,20-23: Que sean uno como tú y yo somos uno.

Texto antológico

“Bajo la figura de María madre del discípulo, esta maternidad de la Iglesia es la fuente de la unidad de los discípulos, de los hermanos, de los fieles de Cristo. En su oración sacerdotal (Jn 17), Jesús rezó por la unidad de los suyos: ‘Les he dado la gloria que tú me diste para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, a fin de que sean consumados en la unidad y conozca el mundo que tú me has enviado y que los he amado como a mí me amaste’ (Jn 17,22-23). La unidad del Padre y del Hijo es la fuente y el modelo de la unidad de los hermanos, y es posible gracias a la habitación de Cristo en su Cuerpo, la Iglesia, por el Espíritu Santo. La Iglesia, como madre de los fieles, suscita y conserva la unidad de los hermanos de Cristo. Como una madre, la Iglesia se preocupa constantemente por la unidad de sus hijos, los hijos del Padre y hermanos de Cristo.

María, figura de la Iglesia-madre, acoge al discípulo fiel como hijo suyo, y éste le recibe en su casa; simbolizan la unidad de la Iglesia. Esta escena contrasta con la que inmediatamente le precede. Los soldados se reparten las vestiduras del Crucificado, sortean su túnica inconsútil. Cristo, para los que carecen de fe, es objeto de división y de separación; realizan la profecía sobre la separación de los hombres: ‘Se repartieron mis vestiduras y acerca de mi túnica echaron suerte’ (Sal 22,19). Al contrario, el grupo de mujeres fieles al pie de la cruz, y sobre todo las palabras del Crucificado a su madre y al discípulo, significan la unidad de los creyentes en la única Iglesia. Desgraciadamente, los cristianos se asemejan demasiado a los soldados que se reparten los despojos de Cristo, en vez de parecerse a María y al discípulo unidos por el Crucificado en la misma comunidad espiritual y material.

Nosotros, unidos a la Iglesia-madre, somos los verdaderos discípulos bienamados y fieles, los auténticos hermanos de Jesús, como el discípulo bienamado que es el hijo de María. Como él, que acoge a María en su casa, y porque somos verdaderos hijos del Padre, verdaderos hermanos de Cristo, debemos también acoger en nuestra vida a la Iglesia, nuestra madre”.

Max Thurian

Reflexión

El Nuevo Testamento lo dice claramente a través de sus páginas: el cristianismo no surgió como consuelo para intimidades individuales, sino mensaje de transformación histórica y trascendente llevada adelante por los discípulos de Jesús en comunidad cristiana. El mensaje del Reino hizo surgir en seguida una red de comunidades por todo el mundo mediterráneo. Comunidades. No tiene sentido, es inconcebible en el Nuevo Testamento un cristiano solitario y aislado, fuera de una comunidad cristiana.

María, viuda y con su hijo muerto ajusticiado, podría haber aducido motivos para quedarse en casa, en su soledad, apartada de toda iniciativa comunitaria. Pero la vemos reunida con los discípulos, entre ellos, atrayendo al Espíritu de su Hijo con la potencia de su corazón, en la oración de la comunidad cristiana…

María no aparece en el evangelio en primera fila de cara a la galería, en puestos brillantes. Su puesto es humilde, silencioso, callado, pero activo…

María nos enseñó, con su compromiso comunitario, la importancia de la comunidad eclesial y su permanente acción en la Iglesia.

Examen

¿Creemos que tenemos motivos para participar en la comunidad cristiana? ¿Somos todavía de los que viven su cristianismo aisladamente, individualmente, s compartir la fe, sin formar comunidad cristiana?

¿Somos de los que ponemos nuestra participación en la comunidad cristiana en función de que nos aprecien, nos estimen, nos correspondan, nos guste…, o somos miembros de la comunidad incondicionales? ¿Nos esforzamos por dar participación todos en la comunidad? ¿Sabemos valorar a los miembros de la comunidad que trabajan por ella en silencio, en la oración, desde la enfermedad?…

Conversión

  • Renovar nuestro propósito de vida comunitaria.
  • Orar por la comunidad, apoyar su vida y d cisiones, no ser freno ni rémora para misma.
  • Tratar de educarnos para un cristianismo vivido en comunidad, más allá de individualismos.

Invocación

Madre de Jesús, madre de la Iglesia. Ayúdanos a vivir en comunidad cristiana.

Oración

Dios, Padre nuestro: tú has suscitado en la historia del pueblo de Dios como comunidad creyente y comprometida en la esperanza del reino. Envía sobre nosotros tu espíritu, como lo enviaste sobre la primera comunidad cristiana reunida en oración con la madre de Jesús.

Cantos sugeridos

“Santa María del Camino”, de J. A. Espinosa, en Madre nuestra.

“Salve Regina”, canto gregoriano, en Cantoral litúrgico nacional, 302.

Evangelii Gaudium – Francisco I

43. En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas. Del mismo modo, hay normas o preceptos eclesiales que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas pero que ya no tienen la misma fuerza educativa como cauces de vida. Santo Tomás de Aquino destacaba que los preceptos dados por Cristo y los Apóstoles al Pueblo de Dios «son poquísimos»[47]. Citando a san Agustín, advertía que los preceptos añadidos por la Iglesia posteriormente deben exigirse con moderación «para no hacer pesada la vida a los fieles» y convertir nuestra religión en una esclavitud, cuando «la misericordia de Dios quiso que fuera libre»[48]. Esta advertencia, hecha varios siglos atrás, tiene una tremenda actualidad. Debería ser uno de los criterios a considerar a la hora de pensar una reforma de la Iglesia y de su predicación que permita realmente llegar a todos.


47] Summa Theologiae I-II, q. 107, art. 4.

[48] Ibíd.

Lectio Divina – 28 de mayo

Lectio:  Domingo, 28 Mayo, 2017

Id por todo el mundo…
Misión universal
Mateo 28,16-20

1. ORACIÓN INICIAL

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Tí, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. LECTURA

a) Una clave de lectura:

El texto nos ofrece las últimas palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo. Es como si fuese un testamento, su última voluntad para la comunidad, aquello que más le preocupaba. A lo largo de la lectura, intentamos prestar atención a lo siguiente: “¿Sobre qué aspectos insiste más Jesús en sus últimas palabras?”

b) División del texto:

Mateo 28,16-20Mt 28,16: Indicación geo-gráfica: vuelta a Galilea
Mt 28,17: Aparición de Jesús y reacción de los discípulos
Mt 28,18-20a: Las últimas órdenes de Jesús
Mt 28,20b: La gran promesa, fuente de toda esperanza.

c) El texto:

16: Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
17: Y al verlo le adoraron; algunos sin embargo dudaron.
18-20a: Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.
20b: Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.»

3. UN MOMENTO DE SILENCIO ORANTE

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. ALGUNAS PREGUNTAS

para ayudarnos en la reflexión personal.

a) ¿Cuál es el punto que más te ha llamado la atención y que más te ha tocado el corazón?
b) ¿Cuáles son las informaciones cronológicas y geográficas que ofrece el texto?
c) ¿Cuál es la actitud de los discípulos? ¿Cuál es el contenido de las palabras de Jesús a los discípulos?
d) ¿En qué consiste “todo poder en el cielo y en la tierra ” que ha sido dado a Jesús?
e) ¿Qué significa “hacerse discípula-discípulo” de Jesús?
f) En este contexto ¿cuál es el significado del bautismo “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo?”
g) ¿Qué evocación del AT se transparenta en la promesa “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo?”

5. UNA CLAVE DE LECTURA

para aquéllos que quieran profundizar más en el tema.

a) El contexto del Evangelio de Mateo

* El Evangelio de Mateo, escrito hacia el año 85, se dirige a una comunidad de judíos convertidos que vivían en Siria-Palestina. Estaban pasando una profunda crisis de identidad en relación a su pasado. Después de haber aceptado a Jesús como el Mesías esperado, continuaban acudiendo a la sinagoga y observando la ley y las antiguas tradiciones. Mantenían además una cierta afinidad con los fariseos y, tras la revuelta de los judíos de Palestina contra Roma (65 al 72), ellos y los fariseos eran los dos únicos grupos judíos que habían sobrevivido a la represión romana.

* A partir de los años 80, estos hermanos judíos, fariseos y cristianos, únicos supervivientes, comenzaron a luchar entre ellos por la posesión de las promesas del AT. Todos pretendían ser los herederos. Poco a poco, creció la tensión entre ellos y comenzaron a excomulgarse mutuamente. Los cristianos no podían ya acudir a la sinagoga y quedaron desconectados de su propio pasado. Cada grupo comenzó a organizarse a su propio modo: los fariseos en la sinagoga; los cristianos en la Iglesia. Ello agravò el problema de la identidad de las comunidades de judíos cristianos, ya que suscitaba problemas muy serios que requerían una respuesta urgente: “La herencia de las promesas del AT… ¿de quién es: de la sinagoga o de la Iglesia? ¿Con quién está Dios? ¿Cuál es verdaderamente el pueblo de Dios?”

* Entonces Mateo escribe su Evangelio para ayudar a estas comunidades a superar la crisis y a encontrar una respuesta a sus problemas. Su Evangelio es fundamentalmente un Evangelio de revelación que pretende mostrar que Jesús es el verdadero Mesías, el nuevo Moisés, en el que culmina toda la historia del Antiguo Testamento con sus promesas. Es también el Evangelio de la consolación para todos aquéllos que se sentían excluidos y perseguidos por sus propios hermanos judíos. Mateo quiere consolarles y ayudarles a superar el trauma de la ruptura. Es el Evangelio de la nueva práctica, ya que indica el camino por el que se llega a una nueva justicia, mayor que la de los fariseos. Es el Evangelio de la apertura, pues indica que la Buena Noticia de Dios que Jesús nos trae no puede permanecer escondida, sino que debe ser puesta sobre el candelero, para que ilumine la vida de todos los pueblos.

b) Comentario del texto de Mateo 28,16-20

* Mateo 28,16: Volviendo a Galilea: Todo comenzó en Galilea (Mt 4,12). Fue allí donde los discípulos oyeron la primera llamada (Mt 4,15) y allí Jesús prometió reunirlos de nuevo, después de la resurrección (Mt 26,31). En Lucas, Jesús prohíbe a los suyos que salgan de Jerusalén (Hch 1,4). En Mateo, la orden consiste en salir de Jerusalén y retornar a Galilea (Mt 28,7.10). Cada evangelista tiene su modo particular de presentar la persona de Jesús y su proyecto. Para Lucas, tras la resurrección de Jesús, el anuncio de la Buena Noticia debe comenzar en Jerusalén para poder llegar desde allí a todos los confines de la tierra (Hch 1,8). Para Mateo, el anuncio comienza en la Galilea de los paganos (Mt 4,15) para prefigurar así el paso de los judíos hacia los paganos.
Los discípulos debían ir hacia la montaña que Jesús les había mostrado. La montaña evoca el Monte Sinai, donde se había llevado a cabo la primera Alianza y donde Moisés recibió las tablas de la Ley de Dios (Ex 19 a 24; 34,1-35). Evoca la montaña de Dios, donde el profeta Elías se retiró para redescubrir el sentido de su misión (1Re 19,1-18). Evoca también la montaña de la Transfiguración, donde Moisés y Elías, es decir, la Ley y los Profetas, aparecieron junto a Jesús, confirmando así que Él era el Mesías prometido (Mt 17,1-8).

* Mateo 28,17: Algunos dudaban: los primeros cristianos tuvieron mucha dificultad a la hora de creer en la Resurrección. Los evangelistas insisten en contarnos que dudaron mucho y que fueron incrédulos frente a la Resurrección de Jesús (Mc 16,11.13.14; Lc 24,11.21.25.36.41; Jn 20,25). La fe en la Resurrección fue fruto de un proceso lento y difícil, pero acabó por imponerse como la más grande certeza de los cristianos (1Cor 15,3-34).

* Mateo 28,18: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra: La forma pasiva del verbo indica que Jesús recibió su autoridad del Padre. Pero ¿en qué consiste esta autoridad? En el Apocalipsis, el Cordero (Jesús resucitado) recibe de la mano de Dios el libro con los siete sellos (Ap 5,7) y se convierte en el Señor de la historia, el que debe asumir la ejecución del proyecto de Dios, descrito en el libro sellado, y como tal debe ser adorado por todas las criaturas (Ap 5,11-14). Con su autoridad y con su poder vence al Dragón, que es el poder del mal (Ap 12,1-9), y captura a la Bestia y al falso profeta, símbolos del Imperio romano (Ap 19,20). En el Credo de la Misa decimos que Jesús subió al cielo y se sienta a la derecha de Dios Padre, convirtiéndose así en el Juez de vivos y muertos.

* Mateo 28,19-20a: Las últimas palabras de Jesús: tres órdenes a los discípulos: Revestido de la suprema autoridad, Jesús trasmite tres órdenes a los discípulos y a todos nosotros: (i) Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes; (ii); bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (iii) y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.

i) Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes: Ser discípulo no significa lo mismo que ser alumno. Un discípulo se relaciona con un maestro. Un alumno se relaciona con un profesor. El discípulo vive junto al maestro 24 horas al día; el alumno recibe lecciones del profesor durante algunas horas, y vuelve a su casa. El discipulado supone comunidad. Ser alumno supone solamente estar en un aula para las clases. En aquel tiempo, el discipulado se solía expresar con la frase Seguir al maestro. En la Regla del Carmelo se dice: Vivir en obsequio de Jesucristo. Para los primeros cristianos, Seguir a Jesús significaba tres cosas relacionadas entre sí:

Imitar el ejemplo del Maestro: Jesús era el modelo que se debía imitar y recrear en la vida del discípulo y de la discípula (Jn 13,13-15). La convivencia diaria permitía una continua revisión. En esta Escuela de Jesús se enseñaba solo una materia: ¡el Reino! Y este Reino se reconocía en la vida y en la práctica de Jesús.
Participar en el destino del Maestro: El que quería seguir a Jesús, debía comprometerse con Él: “estar con Él en las tentaciones” (Lc 22,28), e incluso en la persecución (Jn 15,20; Mt 10,24-25). Debía estar por tanto dispuesto a cargar con la cruz y a morir con Él (Mc 8,34-35; Jn 11,16).

Poseer en sí mismo la vida de Jesús: Después de la Pascua, se añade una tercera dimensión: “Vivo, pero no soy yo quien vivo, sino Cristo que vive en mí” (Gal 2,20). Los primeros cristianos intentaron identificarse profundamente con Jesús. Se trata de la dimensión mística del seguimiento de Jesús, fruto de la acción del Espíritu.

ii) Bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: La Trinidad es a la vez la fuente, el destino y el camino. Todo el que ha sido bautizado en el nombre del Padre que nos ha sido revelado por Jesús, se compromete a vivir como un hermano en la fraternidad. Y si Dios es Padre, nosotros somos todos hermanos y hermanas entre nosotros. Todo el que ha sido bautizado en el nombre del Hijo que es Jesús, se compromete a imitar Jesús y a seguirlo hasta la cruz para poder resucitar con Él. Y el poder que Jesús recibió del Padre es un poder creador que vence la muerte. Y el que ha sido bautizado en el nombre del Espíritu Santo que nos ha sido dado por Jesús en el día de Pentecostés, se compromete a interiorizar la fraternidad y el seguimiento de Jesús, dejándose llevar por el Espíritu que permanece vivo en la comunidad.

iii) Enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado: Para nosotros, cristianos, Jesús es la Nueva Ley de Dios, proclamada desde lo alto de la montaña. Jesús ha sido elegido por el Padre como el nuevo Moisés, cuya palabra es Ley para nosotros: “Escuchadlo” (Mt 17,15). El Espíritu mandado por Él nos recordará todo lo que Él nos ha enseñado (Jn 14,26; 16,13). La observancia de la nueva Ley del amor se equilibra con la gratuidad de la presencia de Jesús en medio de nosotros, hasta el final de los tiempos.

* Mateo 28,20b: yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo: Cuando Moisés fue enviado a liberar al pueblo de Egipto, recibió de Dios una certeza, la única certeza que ofrece una total garantía: “Ve, ¡Yo estaré contigo!” (Ex 3,12). Y esta misma certeza les fue dada a los profetas y a otras personas enviadas por Dios para desarrollar una misión importante en el proyecto de Dios (Jer 1,8; Jue 6,16). María recibió la misma certeza cuando el ángel le dijo: “El Señor está contigo” (Lc 1,28). Jesús, en persona, es la expresión viva de esta certeza, porque su nombre es Emmanuel, Dios con nosotros (Mt 1,23). Él estará con sus discípulos, con todos nosotros, hasta el final de los tiempos. Aquí se manifiesta la autoridad de Jesús. Él controla el tiempo y la historia. Él es el primero y el último (Ap 1,17). Antes del primero no existía nada y después del último no vendrá nada. Esta certeza es un apoyo para las personas, alimenta su fe, sostiene la esperanza y genera amor y donación de sí mismos.

c) Iluminando las palabras de Jesús: La misión universal de la comunidad

Abraham fue llamado a ser fuente de bendición, no sólo para sus propios descendientes, sino para todas las familias de la tierra (Gn 12,3). El pueblo de la esclavitud fue llamado, no sólo a restaurar las tribus de Jacob, sino también para ser luz de las naciones (Is 49,6; 42,6). El profeta Amós dijo que Dios no sólo liberó a Israel de Egipto, sino también a los filisteos de Kaftor y a los arameos de Quir (Am 9,7). Dios, por tanto, se ocupa y se preocupa, tanto de los israelitas como de los filisteos y de los arameos (¡que eran los mayores enemigos del pueblo de Israel!). El profeta Elías pensaba que era el único defensor de Dios (Re 19,10.14), pero tuvo que escuchar que además de él… ¡había otros siete mil! (1 Re 18,18). El profeta Jonás quería que Yahvé fuese Dios solo de Israel, pero tuvo que reconocer que Él es el Dios de todos los pueblos, incluso de los habitantes de Nínive, los más acérrimos enemigos de Israel (Jon 4,1-11). En el Nuevo Testamento, el discípulo Juan quería que Jesús fuese sólo del pequeño grupo, de la comunidad, pero el mismo Jesús le corrigió y le dijo: ¡Quien no está contra nosotros, está con nosotros! (Mc 9,38-40).

Al final del primer siglo después de Cristo, las dificultades y las persecuciones probablemente llevaron a las comunidades cristianas a perder algo de su fuerza misionera y a cerrarse en sí mismas, como si fueran las únicas que defendían los valores del Reino. Pero el Evangelio de Mateo, fiel a una larga tradición de apertura hacia todos los pueblos, les hizo saber que las comunidades no pueden cerrarse en sí mismas. No pueden pretender para ellas el monopolio de la acción de Dios en el mundo. Dios no es propiedad de las comunidades, sino que las comunidades son propiedad de Yahvé (Ex 19,5). En medio de la humanidad que lucha y resiste contra la opresión, las comunidades deben ser sal y fermento (Mt 5,13; 13,33). Deben hacer que resuene en el mundo entero, entre todas las naciones, la Buena Noticia que Jesús nos ha traído: ¡Dios está presente en medio de nosotros! Es el mismo Dios que, desde el Éxodo, se empeña en liberar a todos aquellos que gritan hacia Él (Ex 3,7-12). Esta es su misión. Si la sal pierde su sabor… ¿para qué servirá? “¡No sirve ni para la tierra ni para el estercolero!” (Lc 14,35).

6. SALMO 150

Alabanza universal

¡Aleluya!
Alabad a Dios en su santuario,
alabadlo en su poderoso firmamento,
alabadlo por sus grandes hazañas,
alabadlo por su inmensa grandeza.

Alabadlo con el toque de cuerno,
alabadlo con arpa y con cítara,
alabadlo con tambores y danzas,
alabadlo con cuerdas y flautas,
alabadlo con címbalos sonoros,
alabadlo con címbalos y aclamaciones.

¡Todo cuanto respira alabe a Yahvé!
¡Aleluya!

7. ORACIÓN FINAL

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Fiesta de la Ascensión

1. Situación

La Resurrección inicia la nueva creación. Lo hemos ido viviendo desde diversas perspectivas, especialmente, en cuanto se refiere a la transformación de la vida personal, que nunca se da fuera de la comunidad cristiana o de un modo intimista, sino siempre sacramental y eclesialmente.

Hoy celebramos la universalidad de la Resurrección.

Hay tantas cosas que nos impiden la universalidad: nuestro etnocentrismo, la tendencia a percibir a los otros como amenaza o, si no, como objeto de nuestra influencia, la estrechez de nuestro corazón ligado a lo conocido e inmediato.

¿Se puede vivir una espiritualidad de la vida ordinaria con horizontes de universalidad?

2. Contemplación

Lucas (primera lectura) ha retratado con lucidez tanto el significado salvífico universal de la Resurrección como la dificultad de la Iglesia primitiva de Jerusalén para abrirse a la misión universal. Que Jesús suba al cielo, al Padre, simboliza que ha sido elevado por Dios a la dignidad de Rey mesiánico para siempre. Pero produce en los discípulos la sensación de alejamiento y orfandad. Necesitamos del Espíritu Santo para comprender que Jesús está más cerca de nosotros que nunca; pero que ha llegado la hora de anunciar a todos los hombres la Buena Noticia. El peligro más sutil es quedarse quietos, contemplando a Jesús, aferrados a nuestra nostalgia o a nuestra experiencia de intimidad amorosa. El amor de Jesús no necesita ser protegido, por miedo a perderlo. Al contrario, se fortalece y crece en la misión, en la tarea.

La lectura de Ef 1 nos ayuda a contemplar la universalidad del señorío del Resucitado no sólo extensivamente, por así decirlo, sino intensivamente, es decir, como plenitud del que lo acaba todo en todos, pues es la Cabeza.

Escuchemos el Evangelio con la alegría de quien sabe que su vida no le pertenece, que su misión es universal y alcanza al mundo entero.

3. Reflexión

No suele ser fácil vivir la espiritualidad de la vida ordinaria con un espíritu de universalidad. En castellano se dice que «quien mucho abarca, poco aprieta»; y, en efecto, cuando uno es joven e idealista, se preocupa de las grandes causas, las misiones o el Tercer Mundo; pero, cuando deja de ser joven, el realismo le concentra en sus pequeñas, monótonas y áridas responsabilidades de todos los días. Algunos días, cuando se celebra el Domund o la campaña contra el hambre, renacen los antiguos deseos de universalidad, que se cumplen con la aportación económica y la oración.

Sin embargo, la madurez de la fe está en la síntesis entre concentración de amor en lo cotidiano y apertura universalista al prójimo. No hace falta ir al Tercer Mundo. Por ejemplo:

– Si el amor a los tuyos te ha ayudado a descubrir con ojos nuevos a los otros, y no se te ha quedado sólo en tu «nido».

– Si la información que recibimos constantemente sobre el Tercer Mundo nos va creando una mentalidad planetaria, por ejemplo, al valorar los problemas nacionales o los intereses económicos de nuestro primer mundo privilegiado.

– Si tratas al extranjero, cada vez más frecuente en nuestro país, como persona igual, no como amenaza.

– Si la alegría de tu fe se te hace contagiosa, y necesitas comunicarla en tu ambiente social. No hace falta ir predicando o haciendo proselitismo. Al contrario, la anchura del corazón universal te permite respetar los momentos y los múltiples caminos de Dios y te empuja, simultáneamente, a ser consciente de que el Don que has recibido no es sólo ni primordialmente para ti.

– Si en tu oración aparecen cada vez más los otros en una especie de círculos concéntricos que se dilatan: familia, parroquia, diócesis, nación, mundo…

4. Praxis

En la Eucaristía hay un momento específico para la oración universal, después de la homilía. Intenta vivirlo conscientemente.

¿Has pensado alguna vez en colaborar no sólo puntualmente sino permanentemente con alguna comunidad cristiana del Tercer Mundo, que tiene dificultades? En muchas parroquias se realiza este puente fraterno con las Iglesias recientes, teniendo en cuenta la ayuda económica y la espiritual. Algunos hermanos incluso se van de vacaciones o dedican algunos años a estar con ellos. ¿Qué podrías hacer tú, partiendo siempre de tu realidad?

Javier Garrido

Solos pero no abandonados

Generalmente, al llegar a una cierta edad los hijos comienzan a ir solos al colegio. Durante varios años, sus padres o sus abuelos les han acompañado, les han enseñado el camino que deben seguir, les han enseñado a cruzar la calle, en qué se deben fijar, cómo deben coger el autobús o el metro si hace falta… Pero llega un momento en que los hijos son lo suficientemente mayores para poder ir solos. Y no es que “pueden”, es que “deben” hacerlo. Pero que vayan solos no significa que se queden abandonados; los padres no se desentienden o despreocupan de ellos, sino que les están demostrando que confían en ellos. Aunque permanezcan vigilantes, los padres saben que deben retirarse para que los hijos aprendan a ser responsables, para que adquieran seguridad y confianza en sí mismos; si los padres continuasen acompañándoles, estarían provocando que sus hijos fueran inmaduros, inseguros, irresponsables.

Hoy estamos celebrando la solemnidad de la Ascensión del Señor. Como hemos escuchado en la 1ª lectura, Jesús se presentó a sus discípulos después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del Reino de Dios.

Jesús, antes de su Pasión y Resurrección, había estado instruyendo y acompañando a sus Apóstoles; pero una vez Jesús ha Resucitado, ha llegado el momento en que ellos deben ser los que continúen la misión evangelizadora anunciando el Reino de Dios. Por eso Jesús les deja el encargo que hemos escuchado en el Evangelio: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Jesús ha cumplido en la tierra la misión que el Padre le encomendó, y ahora debe volver junto al Padre.

Al igual que hacen los padres cuando los hijos deben empezar a ir solos al colegio, Jesús “se retira” para que los Apóstoles se sepan corresponsables en el plan de salvación de Dios. No podían seguir dependiendo de Él, deben actuar por sí mismos, deben crecer y madurar en la fe, poniendo en práctica todo lo que Jesús les ha enseñado. Deben saber que Jesús confía en ellos.

Pero como diremos en el Prefacio: No se ha ido para desentenderse de este mundo, y por eso, para que aunque ahora estén “solos” no se sientan abandonados, Jesús ha hecho a los Apóstoles una promesa: sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Una promesa que es también para nosotros, porque nosotros hoy somos los nuevos apóstoles y también somos corresponsables en el anuncio del Reino. Jesús, como los padres cuando los hijos empiezan a ir solos, continúa vigilante y atento a nuestros pasos. No nos deja abandonados.

Y el modo en que Jesús va a estar a nuestro lado para que anunciemos el Reino es a través de su Espíritu, como también nos ha prometido: Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos… Como veremos la próxima semana, el Espíritu Santo es el impulsor y el motor de la evangelización, y por eso debemos invocarlo para que, como hemos escuchado en la 2ª lectura, ilumine los ojos de vuestro corazón y podamos ser buenos apóstoles.

¿Recuerdo cuando empecé a ir solo al colegio? ¿Cómo me sentí? Si acompaño a mis hijos o nietos al colegio, ¿cómo actúo con ellos, de manera sobreprotectora o enseñándoles para que un día puedan ir por ellos mismos? ¿Entiendo la pedagogía de Jesús para que “caminemos solos pero no abandonados”? ¿Me siento apóstol, corresponsable en la misión evangelizadora? ¿Qué hago para crecer y madurar en la fe? ¿Tengo presente al Espíritu Santo en mi oración cotidiana?

Jesús confía en nosotros como confió con los primeros Apóstoles, y también nos da el mismo encargo: Id y haced discípulos… Una misión que, como nos recuerda el Papa Francisco en Evangelii gaudium 127, nos compete a todos como tarea cotidiana. Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata. Es la predicación informal que se puede realizar en medio de una conversación… tener la disposición llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino. Y podemos hacerlo porque, aunque Jesús no esté ya físicamente presente, no estamos abandonados, Él nos sigue acompañando por medio de su Espíritu, que nos capacita e impulsa para esta misión.

Abrir el horizonte

Ocupados solo en el logro inmediato de un mayor bienestar y atraídos por pequeñas aspiraciones y esperanzas, corremos el riesgo de empobrecer el horizonte de nuestra existencia perdiendo el anhelo de eternidad. ¿Es un progreso? ¿Es un error?

Hay dos hechos que no es difícil comprobar en este nuevo milenio en el que vivimos desde hace unos años. Por una parte, está creciendo en la sociedad humana la expectativa y el deseo de un mundo mejor. No nos contentamos con cualquier cosa: necesitamos progresar hacia un mundo más digno, más humano y dichoso.

Por otra parte, está creciendo el desencanto, el escepticismo y la incertidumbre ante el futuro. Hay tanto sufrimiento absurdo en la vida de las personas y de los pueblos, tantos conflictos envenenados, tales abusos contra el Planeta, que no es fácil mantener la fe en el ser humano.

Sin embargo, el desarrollo de la ciencia y la tecnología está logrando resolver muchos males y sufrimientos. En el futuro se lograrán, sin duda, éxitos todavía más espectaculares. Aún no somos capaces de intuir la capacidad que se encierra en el ser humano para desarrollar un bienestar físico, psíquico y social.

Pero no sería honesto olvidar que este desarrollo prodigioso nos va “salvando” solo de algunos males y de manera limitada. Ahora precisamente que disfrutamos cada vez más del progreso humano, empezamos a percibir mejor que el ser humano no puede darse a sí mismo todo lo que anhela y busca.

¿Quién nos salvará del envejecimiento, de la muerte inevitable o del poder extraño del mal? No nos ha de sorprender que muchos comiencen a sentir la necesidad de algo que no es ni técnica ni ciencia ni doctrina ideológica. El ser humano se resiste a vivir encerrado para siempre en esta condición caduca y mortal.

Sin embargo, no pocos cristianos viven hoy mirando exclusivamente a la tierra. Al parecer, no nos atrevemos a levantar la mirada más allá de lo inmediato de cada día. En esta fiesta cristiana de la Ascensión del Señor quiero recordar unas palabras del aquél gran científico y místico que fue Theilhard de Chardin: “Cristianos, a solo veinte siglos de la Ascensión, ¿qué habéis hecho de la esperanza cristiana?”.

En medio de interrogantes e incertidumbres, los seguidores de Jesús seguimos caminando por la vida, trabajados por una confianza y una convicción. Cuando parece que la vida se cierra o se extingue, Dios permanece. El misterio último de la realidad es un misterio de Bondad y de Amor. Dios es una Puerta abierta a la vida que nadie puede cerrar.

José Antonio Pagola