Vísperas – Lunes VII de Pascua

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: VEN, CREADOR, ESPÍRITU AMOROSO

Ven, Creador, Espíritu amoroso,
ven y visita el alma que a ti clama
y con tu soberana gracia inflama
los pechos que criaste poderoso.

Tú que abogado fiel eres llamado,
del Altísimo don, perenne fuente
de vida eterna, caridad ferviente,
espiritual unción, fuego sagrado.

Tú te infundes al alma en siete dones,
fiel promesa del Padre soberano;
tú eres el dedo de su diestra mano,
tú nos dictas palabras y razones.

Ilustra con tu luz nuestros sentidos,
del corazón ahuyenta la tibieza,
haznos vencer la corporal flaqueza,
con tu eterna virtud fortalecidos.

Por ti, nuestro enemigo desterrado,
gocemos de paz santa duradera,
y, siendo nuestro guía en la carrera,
todo daño evitemos y pecado.

Por ti al eterno Padre conozcamos,
y al Hijo, soberano omnipotente,
y a ti, Espíritu, de ambos procedente,
con viva fe y amor siempre creamos. Amén.

SALMODIA

Ant 1. El Señor será tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor. Aleluya.

Salmo 122 – EL SEÑOR, ESPERANZA DEL PUEBLO

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores,

como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor será tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor. Aleluya.

Ant 2. La trampa se rompió y escapamos. Aleluya.

Salmo 123 – NUESTRO AUXILIO ES EL NOMBRE DEL SEÑOR

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
-que lo diga Israel-,
si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.

Nos habrían arrollado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.

Bendito el Señor, que no nos entregó
como presa a sus dientes;
hemos salvado la vida como un pájaro
de la trampa del cazador:
la trampa se rompió y escapamos.

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. La trampa se rompió y escapamos. Aleluya.

Ant 3. Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Aleluya.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Aleluya.

LECTURA BREVE   Rm 8, 14-17

Todos cuantos se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Que no habéis recibido espíritu de esclavitud, para recaer otra vez en el temor, sino que habéis recibido espíritu de adopción filial, por el que clamamos: «¡Padre!» este mismo Espíritu se une a nosotros para testificar que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, si es que padecemos juntamente con Cristo, para ser glorificados juntamente con él.

RESPONSORIO BREVE

V. El Espíritu Santo. Aleluya, aleluya.
R. El Espíritu Santo. Aleluya, aleluya.

V. Os lo enseñará todo.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. El Espíritu Santo. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Abogado, el Espíritu, permanece con vosotros y estará en vosotros. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Abogado, el Espíritu, permanece con vosotros y estará en vosotros. Aleluya.

PRECES

Demos gracias a Cristo, que por medio del Espíritu Santo levantó la esperanza de los apóstoles y llena de dones a la Iglesia, y, unidos a todos los fieles, supliquémosle, diciendo:

Levanta, Señor, la esperanza de tu Iglesia.

Señor Jesús, mediador entre Dios y los hombres, tú que has elegido a los sacerdotes como colaboradores tuyos,
haz que por la acción de tus ministros todos los hombres lleguen al Padre.

Haz que los pobres y los ricos se ayuden mutuamente, reconociéndote a ti como único Señor,
y que los ricos no pongan su gloria en sus bienes.

Revela tu Evangelio a todos los pueblos,
para que todos alcancen el don de la fe.

Envía tu Espíritu consolador a los que viven desconsolados,
para que enjugue las lágrimas de los que lloran.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Purifica a los difuntos de todas sus culpas
y recíbelos en tu reino, junto con tus santos y elegidos.

Concluyamos nuestras súplicas con la oración que el mismo Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Ayúdanos, Señor, Dios nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos mantenernos fieles a tu voluntad y llevar una conducta digna de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina (29 de mayo)

Lectio: Lunes, 29 Mayo, 2017

Tiempo de Pascua

1) ORACIÓN INICIAL

Derrama, Señor, sobre nosotros la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos cumplir fielmente tu voluntad y demos testimonio de ti con nuestras obras. Por nuestro Señor.

2) LECTURA

Del santo Evangelio según Juan 16,29-33

Le dicen sus discípulos: «Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios.» Jesús les respondió: «¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo.»

3) REFLEXIÓN

• El contexto del evangelio de hoy sigue siendo el ambiente de la Ultima Cena, ambiente de convivencia y de despedida, de tristeza y de expectativa, en el cual se refleja la situación de las comunidades de Asia Menor de finales del primer siglo. Para poder entender bien los evangelios, no podemos nunca olvidar que no relatan las palabras de Jesús como si fuesen grabadas en un CD para transmitirlas literalmente. Los evangelios son escritos pastorales que procuran encarnar y actualizar las palabras de Jesús en las nuevas situaciones en que se encontraban las comunidades en la segunda mitad del siglo primero en Galilea (Mateo), en Grecia (Lucas), en Italia (Marcos) y en Asia Menor (Juan). En el Evangelio de Juan, las palabras y las preguntas de los discípulos no son sólo de los discípulos, sino que en ellas afloran también las preguntas y los problemas de las comunidades. Son espejos, en los que las comunidades, tanto las de aquel tiempo como las de hoy, se reconocen con sus tristezas y angustias, con sus alegrías y esperanzas. Encuentran luz y fuerza en las respuestas de Jesús.

• Juan 16,29-30: Ahora estás hablando claramente. Jesús había dicho a los discípulos: pues el Padre mismo os quiere, porque me queréis a mí y creéis que salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre (Jn 16,27-28). Al oír esta afirmación de Jesús, los discípulos responden: Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios. Los discípulos pensaban que lo entendían todo. Sí, realmente, ellos captaron una luz verdadera para aclarar sus problemas. Pero era una luz aún muy pequeña. Captaron la semilla, pero de momento no conocían el árbol. La luz o la semilla era una intuición básica de la fe: Jesús es para nosotros la revelación de Dios como Padre: Por esto creemos que has salido de Dios. Pero esto no era que el comienzo, la semilla. Jesús mismo, era y sigue siendo una gran parábola o revelación de Dios para nosotros. En él Dios llega hasta nosotros y se nos revela. Pero Dios no cabe en nuestros esquemas. Supera todo, desarma nuestros esquemas y nos trae sorpresas inesperadas que, a veces, son muy dolorosas.

• Juan 16,31-32: Me dejaréis solo, pero yo no estoy solo. El Padre está conmigo. Jesús pregunta: “¿Ahora creéis? El conoce a sus discípulos. Sabe que falta mucho para la comprensión total del misterio de Dios y de la Buena Nueva de Dios. Sabe que, a pesar de la buena voluntad y a pesar de la luz que acabaron de recibir en aquel momento, ellos tenían que enfrentarse todavía con la sorpresa inesperada y dolorosa de la Pasión y de la Muerte de Jesús. La pequeña luz que captaron no bastaba para vencer la oscuridad de la crisis: Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Esta es la fuente de la certeza de Jesús y, a través de Jesús, ésta es y será la fuente de la certeza de todos nosotros: El Padre está conmigo. Cuando Moisés fue enviado para la misión a liberar al pueblo de la opresión de Egipto, recibió esta certeza: “¡Va! Yo estoy contigo” (Ex 3,12). La certeza de la presencia libertadora de Dios está expresada en el nombre que Dios asumió en la hora de iniciar el Éxodo y liberar a su pueblo: JHWH, Dios con nosotros: Este es mi nombre para siempre (Ex 3,15). Nombre que está presente más de seis mil veces solo en el Antiguo Testamento.

• Juan 16,33: ¡Animo! Yo he vencido al mundo. Y viene ahora la última frase de Jesús que anticipa la victoria y que será fuente de paz y de resistencia tanto para los discípulos de aquel tiempo como para todos nosotros, hasta hoy: Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo. “Con su sacrificio por amor, Jesús vence al mundo y a Satanás. Sus discípulos están llamados a participar en la lucha y en la victoria. Sentir el ánimo que él infunde es ya ganar la batalla.” (L.A.Schokel)

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL

• Una pequeña luz ayudó a los discípulos a dar un paso, pero no iluminó todo el camino. ¿Has tenido una experiencia así en tu vida?

• ¡Animo! ¡Yo he vencido al mundo! Esta frase de Jesús ¿te ha ayudado alguna vez en tu vida?

5) ORACIÓN FINAL

Guárdame, oh Dios, que en ti me refugio.
Digo a Yahvé: «Tú eres mi Señor,
mi bien, nada hay fuera de ti».
Yahvé es la parte de mi herencia y de mi copa,
tú aseguras mi suerte. (Sal 16,1-2,5)

¡Ven Espíritu Santo!

Ven, Espíritu de Dios, Madre llena de ternura:
cuéntanos la historia de Dios.
Ven, Espíritu de Dios, Viento de compasión,
protege bajo tu manto a los pobres de toda la tierra.
Ven, espíritu de Dios, Fuego siempre encendido,
haz que todos los pueblos conozcan el sabor del pan,
lo coman en paz y lo compartan en justicia.
Ven, Espíritu de Dios, Árbol plantado junto al río,
haz que todas las religiones del mundo revelen el rostro de Dios
en toda su diversidad de matices y colores.
Ven, Espíritu de Dios, mirada de Cristo Resucitado,
haz que todas las Iglesias, en un nuevo Pentecostés,
continúen proclamando la Palabra que sana y libera.
Ven, Espíritu de Dios, Pies de todo caminante y peregrino,
haz que nadie se sienta ya extranjero,
que todo hombre y mujer puedan caminar libres
como buscadores del Absoluto.
Ven, Espíritu de Dios, Soplo de consuelo y esperanza,
vela por nuestros ancianos para que nunca se queden solos,
por nuestros jóvenes para que no se rompan sus sueños,
por nuestra Comunidad de…
para que ofrezca un espacio de contemplación y compasión
a todos los que buscan el rostro de Dios y el rostro del hombre.

Mujer del difícil todo

Palabra de Dios

Lc 10, 38-42: Marta y María. La mejor “parte”.

Lc 2, 50-52: María daba vueltas a todo esto meditándolo en su corazón.

Texto antológico

“El difícil todo

Tan sólo mejor
que la mejor parte
que escogió María,
el difícil todo.

Acoger al Verbo,
dándose al servicio.
Vigilar su Ausencia,
gritando su Nombre.
Descubrir su Rostro
en todos los rostros.

Hacer del silencio
la mayor escucha.
Traducir en actos
las Sagradas Letras.

Combatir amando.
Morir por la vida,
luchando en la paz.

Derribar los tronos
con las viejas armas
quebradas de ira,
forradas de flores.

Plantar la bandera,
la justicia libre,
en los gritos pobres.

Cantar sobre el mundo
el Advenimiento
que el mundo reclama,
quizá sin saberlo.

El difícil todo
que supo escoger
la otra María”.

Pedro Casaldáliga

Reflexión

El misterio de Dios es inefable, incomprensible, inabarcable. Nadie puede comprender sus insondables riquezas. A cada uno le es dado participar limitadamente en ese misterio, Por eso cada uno acentúa unos aspectos sobre otros, según su capacidad, según la sintonía de su propia propia gracia, de su carisma personal y comunitario. También ocurre que a lo largo de la historia cada verdad o cada faceta del misterio tiene su propio kairós, su momento más oportuno o el momento en que es más necesario que sea acentuada. Por eso, a lo largo de la historia (diacrónicamente) y a lo ancho de la comunidad cristiana, en un determinado momento de la historia (sincrónicamente) cabe el pluralismo, las diversas espiritualidades, los distintos acentos, las corrientes eclesiales.

Esto, que siempre ha ocurrido a lo largo de la historia, es hoy más visible que en otras épocas. Las distintas corrientes no se conllevan sin dificultad. No se encuentran siempre como complementarias, sino a veces como contrapuestas o incompatibles. Verticalismo-horizontalismo, ortopraxis-ortodoxia, cielo-tierra, oración-acción, escatología-historia, institución-profetismo, idealismo-materialismo, etc., son, en el fondo, otros tantos polos de dimensiones del cristianismo que se deben articular sin demasiadas tensiones, disyuntivas, oposiciones, alternativas rígidas. La virtud, al margen de lo que pensara la tradición, no está necesariamente “en el medio”, sino donde diga el evangelio, donde la puso Jesús, porque nos referimos a la virtud cristiana, no a la de Sócrates o Aristóteles.

El problema consiste en obedecer realmente a las exigencias del evangelio; en dialogar, para iluminarnos no con nuestras propias filosofías, sino con la luz que viene del seguimiento de Jesús.

El evangelio, a pesar de los escasos textos en que se refiere a ello, nos da pie para ver en María una experiencia espiritual de síntesis, de complementariedad, de integración, conjugándolo todo con la máxima radicalidad en el seguimiento de Jesús por la causa del reino.

Examen

  • ¿Qué polos o dimensiones de la vida cristiana tengo yo más abandonados?
  • ¿Tengo tendencias monocolores, parciales, unilaterales en lo que se refiere a la vida cristiana?
  • ¿Trato de aprovechar lo bueno que los hermanos que están en otra espiritualidad diversa de la mía pueden aportarme?
  • ¿Qué medios ponemos en mi comunidad cristiana para tratar de dialogar y enriquecernos mutuamente?
  • ¿Me escudo en la prudencia, el equilibrio, la madurez, la ponderación… para quedarme en posturas eclécticas y moderadas que renuncian al radicalismo en el seguimiento de Jesús?

Conversión

Hacer un esfuerzo para encontrar la síntesis cristiana. Apoyar en mi vida aquellas facetas para las que soy sensible, aquello que tiendo a descuidar.

Tratar de alcanzar una visión integradora, buscando también lo positivo, sin querer buscar siempre las oposiciones, tratando de ayudar pedagógicamente al interlocutor.

Invocación

  • María, madre del Cristo total…
  • …haz nuestro corazón semejante al suyo.

Oración

Dios, Padre nuestro: en María nos has dado un modelo de síntesis total, de complementación perfecta, de lucha y contemplación, de decir y hacer, de escuchar y responder, de hablar y callar, de profecía y compromiso, de orar y actuar, de denuncia y anuncio. Ayúdanos a acercarnos más a ese modelo, para situamos más y más en el camino de Jesús, tu Hijo.

Cantos sugeridos

“Canto a María” (“Magnificat”), de J. A. Espinosa, en Madre nuestra.

“Madre del Salvador”, de J. A. Espinosa, en Madre nuestra.

Evangelii Gaudium – Francisco I

44. Por otra parte, tanto los Pastores como todos los fieles que acompañen a sus hermanos en la fe o en un camino de apertura a Dios, no pueden olvidar lo que con tanta claridad enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales»[49].

Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día[50]. A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible. Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y caídas.


[49] N. 1735.

[50] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 34: AAS 74 (1982), 123

Homilía (Domingo de Pentecostés)

EL ESPÍRITU DE PUERTAS ABIERTAS

Ante las puertas del miedo

El miedo y el temor nacen de la división que produce el pecado, que rompe la fraternidad y hunde el paraíso de la armonía de lo divino con lo humano y la naturaleza, de los hombres entre sí, con Dios y con toda la realidad creada. Este miedo es paralizante, produce descon anza, genera inseguridad y cierra las puertas del corazón humano. El espíritu del miedo opta por la dureza y la oscuridad, para ganar en seguridad; y como el talento que se esconde para defenderse, se hace infecundo en su seguridad y dureza. Al enterrarse, el corazón queda sin el latido de lo vivo y lo generoso, sin respiración y comunicación, acaba cerrando sus puertas también a todo lo bueno y sanador que podría llegarle de la vida. Al no arriesgar, acaba con toda novedad posible y se esteriliza. Este miedo, a día de hoy, sigue ganando demasiadas batallas.

Un mundo de fronteras, cerrojos y parálisis

El mundo, llamado –en la era de la universalización y la globalización– a pensarse y hacerse de un modo nuevo, siente temor, pánico e inseguridad por la complejidad del proceso. Así, sin siquiera pensárselo, se encierra en la defensa de la seguridad como clave de salvación. Una salvación que, a fuerza de miedo, se hace excluyente y descartable, donde el otro comienza a ser enemigo y las  fronteras crecen y se endurecen, congelando toda relación posible de comunión y fraternidad.

Una mirada serena a nuestro propio interior, a nuestros espacios familiares, laborales, sociales, políticos, económicos, eclesiales, nos bastará para ponerle nombre a cientos de temores, a miles de puertas cerradas, a cerrojos con candados. Una mirada compasiva nos descubrirá, inmediatamente, a los que están fuera, a los que quieren entrar y llaman a las puertas cerradas pero no son de recibo, a los que estarían dispuestos a morir para llegar hasta nosotros; pero nuestra seguridad cruel no se lo permite y los ahoga en el mar. El faraón, también hoy, tiene miedo en su poder y en su riqueza, e impone su terror como clave de organización del mundo y de lo humano. Porque nada vale más que la seguridad y la defensa…

Otro Espíritu es posible, el de la confianza

Pero este miedo, fruto de la muerte, que se apodera expropiándonos de la confianza que hunde sus raíces en el amor, ya tiene sus días acabados. Cristo ha resucitado, la muerte ha sido vencida y el miedo, aunque conquistó algunas batallas, ha perdido la guerra. El Resucitado tiene el poder y la gloria, y cumple su promesa de nitiva: nos envía su Espíritu. Espíritu de valor y con anza, de fortaleza y verdad, de amor y gracia. Es el Espíritu de la libertad, que arranca las puertas de los temores y las seguridades para abrir las ventanas del riesgo en el amor comprometido; del fuego que aviva la lucha por la dignidad y la posibilidad de la reconciliación del hombre herido y hundido con Dios pródigo y sanante –el que enriquece el desierto de la división entre los humanos con la lluvia de la compasión y la misericordia–. Es el Espíritu que hace posible otro mundo, que nos lleva al cuidado de la naturaleza: la ecología que se hace comunión y se humaniza, frente al miedo del destrozo del universo y de los que lo habitan.

Es el Espíritu de Dios, del amor, de lo comunitario y lo común. En Él ya no es posible encerrarse, ha traspasado las puertas y los cerrojos a anzados, nos hace abiertos de corazón y de mente, frente a las reservas y las dudas del temor. Con sus dones, comprendemos que el universo es nuestra casa y nosotros no somos extraños en ella, que la humanidad no va al vacío de una existencia de la nada, sino a la Casa Común del Padre, y que la senda es la de los hermanos en la comunidad, para llegar al sentir del amor trinitario en su eternidad y su libertad absolutas.

Ahora es el tiempo de la comunidad en libertad, el tiempo de la Iglesia

Somos la Iglesia del Espíritu Santo, del Espíritu de Cristo Resucitado. Ahora es el momento de acabar con todos los miedos y los temores para vivir eternamente desde la con anza. En medio de este mundo, siempre tentado por un poder y una riqueza miedosos y encerrados en su deseo de seguridad, la Iglesia está llamada a abrir todas sus puertas y ventanas para que el Espíritu que ha recibido, se haga extensivo para todo el mundo y toda la creación. Ella no puede ser frontera cerrada para la libertad. Hoy, ha de abrirse al impulso del Espíritu que le dice que ha de ser «Iglesia en misión, en salida, compasiva, generosa, de perdón y sanación, de fuerza para los débiles y denuncia para los injustos y los inmisericordes», para llamarlos a la conversión de corazón.

Los retos a los que le empuja el Espíritu a la Iglesia actual siguen siendo los de aquel Pentecostés primero:

• Abrirse a las sugerencias del Espíritu para tener un lenguaje nuevo, una lengua de luz y de verdad, de libertad y de justicia, de coherencia y entrega radical.

• Llegar al hombre de hoy y hablarle en su propio idioma, en su dolor y angustia, en su pobreza y cansancio, en su desnortamiento y agobio, para, más allá de las diferencias y las divisiones implantadas, llegar a entender a todos y ser entendida en su mensaje de amor y gracia.

• Le toca abrirse, como nunca, al lenguaje del ecumenismo y del diálogo, en la verdadera libertad y en el deseo del encuentro de lo más humano y lo más digno. Ahora no estamos para distinguirnos, sino para salvarnos; para salvarnos todos los cristianos en Cristo y todas las religiones en el amor. Nos toca amar sin fronteras y sin límites porque es lo propio de nuestro Espíritu.

• La Iglesia, en su interior, hoy como nunca, se siente impelida por el Espíritu para vivir la diversidad de dones, ministerios y funciones atendiendo al bien común, sabiendo que es un mismo Dios el que obra todo en todos. Sólo así será una Iglesia creíble.

• El mundo, hoy, lo que más necesita y pide, en todo su dolor y división, en todos sus miedos, temores y parálisis, es el Espíritu en el que todos nosotros hemos bebido.

• Pentecostés desea manifestarse hoy en todos los que hemos sido bautizados en el Espíritu de libertad, que ha vencido todos los miedos y los temores que hieren el corazón de lo humano. La Eucaristía, la liturgia de hoy, quiere prolongar el único Pentecostés del Resucitado. Por eso, una vez más, nos dará a comer su Cuerpo y su Sangre. Y así, nos da su propio Espíritu: para que no desfallezcamos en la misión y para que nuestra fuerza sea, aún mayor, que toda nuestra cobardía.

José Moreno Losada

Jn 20, 19-23 (Evangelio Domingo de Pentecostés)

Juan ha construido una secuencia in crescendo para describir el hecho de la resurrección y la experiencia que ésta provocó en los discípulos: María Magdalena, Pedro y el otro discípulo, el conjunto de discípulos reunidos, son los testigos del paso desde la incredulidad a la confesión de fe. De hecho, se puede decir que el nacimiento de la fe pascual constituye el leit motiv del capítulo 20 de su evangelio.

Tras el encuentro con la Magdalena cerca del sepulcro, el Señor se aparece a los discípulos cuando estaban reunidos en una casa. Las circunstancias que enmarcan este hecho son importantes. Juan sitúa esta aparición «el primer día de la semana»: para este evangelista se trata

del mismo acontecimiento de la resurrección que se realiza a lo largo de todo el día. Los discípulos están «con las puertas cerradas»: a pesar del testimonio de María Magdalena, no han dado el paso a la fe y por eso permanecen encerrados «por miedo a los judíos». La ausencia del Señor les deja temerosos, como ya les había dicho durante la cena de despedida. Solo la presencia del resucitado transformará su miedo en alegría.

Jesús llega donde están reunidos y «se coloca en medio». Como había anunciado, después de su partida volvería a ellos. El saludo y la visión del Señor les llenan de alegría: el temor se convierte en valentía, la tristeza en gozo, la duda en fe. El encuentro con el resucitado, que es el crucificado («les mostró las manos y el costado»), transforma por completo la vida del discípulo y de la comunidad. El saludo «Paz a vosotros» es el don pascual de Jesús, el deseo de plenitud para el ser humano y el bien para la creación.

El saludo de paz, repetido una segunda vez, marca un nuevo momento en la narración de este encuentro. Tras describir la aparición, la atención se centra en las palabras del resucitado. El Señor encarga a los discípulos una misión, la que él ha recibido del Padre. La comunidad cristiana, de este modo, se constituye en torno a la misión; la misma que Jesús ha desarrollado a lo largo de su existencia histórica: revelar el rostro del Padre, darlo a conocer a la humanidad. Los destinatarios de este envío son el conjunto de los discípulos; la comunidad entera es llamada a prolongar en el mundo la misión de Jesús. El verbo en presente («os envío») pone de manifiesto que la hora de la misión es “ésta”, no hay que esperar, es urgente el anuncio del Evangelio. Con la resurrección se inicia el tiempo nuevo: el tiempo de la misión, el tiempo del Espíritu.

El envío del Espíritu Santo supone el cumplimiento de las promesas hechas durante la cena  (los cinco anuncios de la venida del Paráclito), es la garantía de la presencia del Señor resucitado para siempre y la fuerza que capacitará a los dis- cípulos para desarrollar la misión encomendada.

El «perdón de los pecados» remite a la misión: dar a conocer la revelación de Cristo a toda la humanidad. En la acogida o rechazo de esta revelación cada persona se abrirá a recibir el perdón y la vida nueva inaugurada con la gloria de la cruz, o se cerrará para vivir en las tinieblas del pecado. El anuncio misionero supone para los que lo acogen el perdón, y para quienes lo rechazan vivir en el pecado y en la lejanía de Dios.

Óscar de la Fuente de la Fuente

1Cor 12, 3b-7. 12-13 (2ª lectura Domingo de Pentecostés)

En esta solemnidad de Pentecostés, el texto escogido como segunda lectura (formado por dos fragmentos del capítulo 12 de la primera carta a los Corintios) se ja más bien en los efectos del Espíritu Santo en la comunidad cristiana, es decir, en los dones espirituales o carismas. Pablo dedica una larga sección de la carta (capítulos 12 a 14) a esta cuestión de los carismas, que, según parece, despertaba ciertas tensiones en la comunidad de Corinto.

Un primer efecto del Espíritu en la vida de los creyentes es la confesión de fe: «Nadie puede decir “Jesús es Señor” sino por el Espíritu Santo». Solo el Espíritu suscita una auténtica adhesión interior a Jesús, expresada verbalmente en esa profesión de fe concentrada: Jesús es Señor. Aquí también hay un primer principio de discernimiento: solo hay certeza de actuación del Espíritu donde hay sintonía con el evangelio de Jesús.

Manifestación de la acción del Espíritu es también la unidad en la diversidad, que debe caracterizar a la comunidad cristiana: diversidad de carismas (dones particulares), pero un mismo Espíritu; diversidad de ministerios (funciones en el interior de la comunidad), pero un mismo Señor; diversidad de actuaciones («tareas apostólicas», distintas maneras de servir a la construcción del reino), pero un mismo Dios que obra todo en todos. Es de notar la articulación trinitaria de este párrafo (un mismo Espíritu, un mismo Señor, un mismo Dios).

Esta primera parte del texto concluye con la a rmación de que «a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común». La diversidad de dones espirituales es una riqueza para la Iglesia, y aquí encontramos otro criterio de discernimiento: si algo viene del Espíritu Santo, debe contribuir verdaderamente al bien común, a la edificación de la comunidad. En los versículos que se han omitido en la lectura litúrgica (8-11) se enumeran algunos de esos carismas particulares: sabiduría, inteligencia, fe, curaciones, milagros, profecía, discernimiento…

La segunda parte, formada por los versículos 12-13, presenta a la Iglesia como el cuerpo de Cristo. El influjo de textos profanos de la época en los que la sociedad era comparada con un cuerpo y sus diversos miembros se une aquí a una convicción de Pablo que apa- rece repetidamente en sus cartas: la existencia

de una profunda comunión entre Cristo como cabeza y los cristianos, unidos a él por el bautismo, que formamos su cuerpo. La diversidad de los miembros del cuerpo tiene el fundamento de su unidad en Cristo.

La diversidad de situaciones que se da en el seno de la comunidad, sea de carácter religioso-cultural («judíos y griegos», es decir, cristianos procedentes del judaísmo y de la gentilidad) o socioeconómico («esclavos y libres»; curiosamente ha desaparecido la distinción de género –varón y mujer– de Gal 3,28), no resulta una amenaza para la unidad de la Iglesia porque «todos nosotros […] hemos sido bautizados en un mismo Espíritu […] y todos hemos bebido de un solo Espíritu».

José Luis Vázquez Pérez, S.J.

Hech 2, 1-11 (1ª Lectura Domingo de Pentecostés)

La venida del Espíritu Santo, leída en continuidad con el relato de la ascensión que veíamos la semana pasada, es la realidad llevar a cabo la misión: ser testigos de Jesús como comunidad renovada. Literariamente, esta escena da cumplimiento a lo que se anunciaba como promesa en Hch 1,4-5.8, es decir, tanto narrativamente como teológicamente, aquel acontecimiento queda incompleto a la espera de la recepción del Espíritu («recibiréis la fuerza del Espíritu y seréis mis testigos»). También leído este fragmento de Hch en el orden propuesto por la liturgia, tras la lectura de capítulos y escenas posteriores, entendemos que el quid de la cuestión que explica el desarrollo de las primeras comunidades está en la presencia del Espíritu. Formulado en negativo, no terminaríamos de entender la consolidación y el crecimiento de la Iglesia sin el don del Espíritu.

Tras el relato, es posible identi car una tradición original basada en el hecho histórico de una irrupción del Espíritu sobre un grupo de cristianos reunidos y cuyo don se hubiera manifestado en forma de glosolalia, pero en la formulación actual se descubre toda una construcción teológica de Lucas, especialmente, y visto con una mirada amplia, el paralelismo con la escena de Lc 4,14-22 (Jesús en la sinagoga de Nazaret: «la fuerza del Espíritu está sobre mí», todos dando testimonio de él y admirados de sus palabras). Este paralelismo pone en continuidad a los apóstoles con Jesús. Si en Lc 4 era Jesús el que daba comienzo con un discurso público a su actividad misionera, ahora los discípulos también, en un discurso público, iniciarán la misión de y sobre Jesús. En ambos casos, la experiencia del Espíritu es interpretada a la luz de la Escritura (en Lc con la referencia al profeta Isaías, en Hch con referencia a Jl 3,1-5 que es mencionado en el discurso de Pedro Hch 2,17ss).

Sobre esa base, el tiempo señalado es la esta de Pentecostés, que, según una tradición judía, tenía su origen como la conmemoración de la revelación de Dios en el monte Sinaí. Así la puesta en escena juega con evocaciones de la teofanía en el monte Sinaí (viento, ruido, fuego), cuando Dios entregó los diez mandamientos y hace de aquel grupo de tribus caminantes por el desierto su propio pueblo (Ex 19,16-19); e igualmente con la evocación de la Tabla de las Naciones, en torno a la torre de Babel de Gn 11, contrastando que ahora la diversidad de lenguas no es obstáculo para formar un solo pueblo. Todo apunta a una nueva creación del pueblo, a una refundación de la comunidad donde el idioma no es motivo de separación, es más, la diversidad de pueblos y culturas mencionadas se presenta como riqueza, y en ella es posible la fraternidad.

Aunque narrativamente haya que contarlo secuencialmente, la experiencia de Pascua está conformada inseparablemente por los siguientes acontecimientos: el triunfo de Jesús sobre la muerte por la acción de Dios, el don y la presencia de la fuerza del Espíritu, el congregarse como comunidad de distintos y como comunidad incluyente e inclusiva (misionera: generadora de comunidad), el testimonio con la palabra y con los prodigios y señales (curaciones), que son consecuencia y presencia del Resucitado. La venida del Espíritu es el tiempo del testimonio de Jesús, es el tiempo del testimonio de la Iglesia, y a nosotros nos corresponde que hoy sea realidad y que también pueda leerse de forma inversa: la vida y testimonio de la Iglesia es tiempo de la venida del Espíritu que obra salvación en nuestro mundo.

José Javier Pardo Izal, S.J.

Comentario al evangelio (29 de mayo)

Estamos ya a punto de terminar el tiempo pascual. Tanto que ahora ya la mirada de la liturgia ya no se dirige hacia atrás (meditar e interiorizar la resurrección de Jesús) sino hacia delante: la gran fiesta de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, que llenará de gozo nuestras celebraciones del próximo domingo. El Espíritu Santo es el gran tema de la semana. 

      De eso va la primera lectura. Aquella primera iglesia iba creciendo poco a poco. No estaban las normas ni los caminos escritos. En aquel tiempo se hacía camino al andar, se aprendía sobre la marcha. La memoria de Jesús era el gran faro orientador de lo que iban haciendo los discípulos. A cada paso que daban se encontraban con nuevas situaciones, con personas diferentes. Y tenían que ir dando respuesta. Siempre desde la memoria del Señor Jesús. 

      En esta primera lectura, Pablo se encuentra en una ciudad nueva. Nuevas gentes a las que predicar el Evangelio. O no tan nuevas. Algunos ya habían oído algo. Con la distancia confundían a Jesús con Juan Bautista. Hay que hablarles de Jesús. Hay que explicarles que Jesús es aquél al que el mismo Bautista anunció, que hay un bautismo nuevo, ya no de conversión sino del Espíritu. 

      Lo más interesante de esta lectura es que se invierte el orden de los factores a que estamos acostumbrados. Nosotros ponemos primero la catequesis y luego el sacramento. Al menos, así lo hacemos con los adultos. Primero se les da una larga catequesis y luego, cuando se estima que están preparados, se les imparte el sacramento del bautismo, se les acoge en la comunidad cristiana. 

      Pablo hace exactamente lo contrario. Lo primero, es bautizarlos en el nombre de Jesús e imponerles las manos. Ahí ya se hizo presente la fuerza del Espíritu. Luego, Pablo se dedicó a la catequesis. A los que había bautizado y a los demás que querían escuchar. Tres meses dedicó a hablar con libertad del reino de Dios. 

      Nosotros ya estamos bautizados. Pero, casi seguro, todavía tenemos mucho que aprender –de ideas y de corazón– para asimilar de verdad lo que es acoger el reino de Dios en nuestras vidas. Tenemos que hacer mucho camino, aprender sobre la marcha. Hasta actuar en todo momento como lo haría el señor Jesús, hasta dar la vida por los demás, hasta ser faros de amor, de misericordia, de justicia, de perdón, de esperanza para todos aquellos con los que nos encontramos. Como lo fue Jesús. Como nos incita el Espíritu a ser.

Fernando Torres, cmf