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Archive for 30 junio 2017

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: ERES LA LUZ Y SIEMBRAS CLARIDADES.

Eres la luz y siembras claridades,
eres amor y siembras armonía
desde tu eternidad de eternidades.

Por tu roja frescura de alegría,
la tierra se estremece de rocío,
Hijo eterno del Padre y de María.

En el cielo del hombre, oscuro y frío,
eres la luz total, fuego del fuego,
que aplaca las pasiones y el hastío.

Entro en tus esplendores, Cristo, ciego;
mientras corre la vida paso a paso,
pongo mis horas grises en tu brazo,
y a ti, Señor, mi corazón entrego. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Día tras día te bendeciré, Señor, y explicaré tus proezas.

Salmo 144 I – HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.

Día tras día te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.

Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus creaturas.

Que todas tus creaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;

explicando tus proezas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Día tras día te bendeciré, Señor, y explicaré tus proezas.

Ant 2. Los ojos de todos te están aguardando, Señor, tú estás cerca de los que te invocan.

Salmo 144 II

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.

Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.

Satisface los deseos de sus fieles,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.

Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Los ojos de todos te están aguardando, Señor, tú estás cerca de los que te invocan.

Ant 3. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

Cántico: CANTO DE LOS VENCEDORES Ap 15, 3-4

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

LECTURA BREVE   Rm 8, 1-2

No hay ya condenación alguna para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del espíritu de vida en Cristo Jesús me libró de la ley del pecado y de la muerte.

RESPONSORIO BREVE

V. Cristo murió por nuestros pecados, para llevarnos a Dios.
R. Cristo murió por nuestros pecados, para llevarnos a Dios.

V. Muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu.
R. Para llevarnos a Dios.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Cristo murió por nuestros pecados, para llevarnos a Dios.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Acuérdate, Señor, de tu misericordia como lo habías prometido a nuestros padres.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Acuérdate, Señor, de tu misericordia como lo habías prometido a nuestros padres.

PRECES

Invoquemos a Cristo, en quien confían los que conocen su nombre, diciendo:

Confirma, Señor, lo que has realizado en nosotros.

Señor Jesucristo, consuelo de los humildes,
dígnate sostener con tu gracia nuestra fragilidad, siempre inclinada al pecado.

Que los que por nuestra debilidad estamos inclinados al mal,
por tu misericordia obtengamos el perdón.

Señor, a quien ofende el pecado y aplaca la penitencia,
aparta de nosotros el castigo merecido por nuestros pecados.

Tú que perdonaste a la mujer arrepentida y cargaste sobre los hombros la oveja descarriada,
no apartes de nosotros tu misericordia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que por nosotros aceptaste el suplicio de la cruz,
abre las puertas del cielo a todos los difuntos que en ti confiaron.

Siguiendo las enseñanzas de Jesucristo, digamos al Padre celestial:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste que tu Hijo sufriese por la salvación de todos, haz que, inflamados en tu amor, sepamos ofrecernos a ti como víctima viva. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio: Viernes, 30 Junio, 2017
Tiempo Ordinario
  
1) Oración inicial
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor.
 
2) Lectura
Del santo Evangelio según Mateo 8,1-4
Cuando bajó del monte, fue siguiéndole una gran muchedumbre. En esto, un leproso se acercó y se postró ante él, diciendo: «Señor, si quieres puedes limpiarme.» Él extendió la mano, le tocó y dijo: «Quiero, queda limpio.» Y al instante quedó limpio de su lepra. Y Jesús le dice: «Mira, no se lo digas a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda que prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio.»
 
3) Reflexión
• En los capítulos de 5 a 7 oímos las palabras de la nueva Ley proclamada por Jesús en lo alto de la Montaña. Ahora en los capítulos 8 y 9, Mateo muestra como Jesús practicaba aquello que acababa de enseñar. En los evangelios de hoy (Mt 8,1-4) y de mañana (Mt 8,5-17), vamos a ver de cerca los siguientes episodios que revelan como Jesús sanaba: la curación de un leproso (Mt 8,1-4), la curación del siervo del centurión romano (Mt 8,5-13), la curación de la suegra de Pedro (Mt 8,14-15) y la curación de numerosos enfermos (Mt 8,14-17).
• Mateo 8,1-2: El leproso pide: “¡Señor, si quieres puedes limpiarme!” Un leproso llega cerca de Jesús. Era un excluido. Quien le tocaba quedaba impuro. Por esto, los leprosos debían ser alejados (Lv 13,45-46). Pero aquel leproso tiene mucho valor. Transgredió las normas de la religión para poder entrar en contacto con Jesús. al llegar cerca, dice: ¡Si quieres, puedes limpiarme! O sea: no precisas tocarme. Basta con que el Señor lo quiera, para que yo quede limpio.” Esta frase revela dos enfermedades: 1) la enfermedad de la lepra que lo volvía impuro; 2) la enfermedad de la soledad a la que era condenado por la sociedad y por la religión. Revela asimismo la gran fe de ese hombre en el poder de Jesús.
• Mateo 8,3: Jesús lo toca y dice: ¡Quiero! Sé purificado. Profundamente compadecido, Jesús cura las dos enfermedades. Primero para curar la soledad, antes de decir cualquier palabra, toca al leproso. Es como si dijera: “Para mí, tú no eres un excluido. No tengo miedo en quedarme impuro si te toco. ¡Te acojo como hermano!” Luego cura la lepra diciendo: ¡Quiero! ¡Queda limpio! El leproso, para poder entrar en contacto con Jesús, había transgredido las normas de la ley. Asimismo, Jesús para poder ayudar a aquel excluido y, así, revelar un nuevo rostro de Dios, transgrede las normas de su religión y toca al leproso.
• Mateo 8,4: Jesús ordena al hombre que vaya a conversar con los sacerdotes. En aquel tiempo, para que un leproso fuera admitido en la comunidad, necesitaba tener un certificado de curación confirmado por un sacerdote. Es como hoy. El enfermo sale del hospital solamente si tiene un certificado de alta firmado por el médico. Jesús obliga al fulano a que busque el documento, para poder convivir con normalidad. Obligó a las autoridades a que reconocieran que el hombre había sido curado. Jesús no solamente cura, sino que quiere que la persona curada pueda convivir. Reintegra a la persona en la convivencia fraterna. El evangelio de Marcos añade que el hombre no se presentó a los sacerdotes. Por el contrario “el hombre en cuanto salió, empezó a hablar y a contar detalladamente todo el asunto. Resultó que Jesús ya no podía entrar públicamente en el pueblo; tenía que andar por las afuera, en lugares apartados (Mc 1,45). ¿Por qué Jesús no podía entrar ya públicamente en una ciudad? Había tocado al leproso y ante las autoridades religiosas y ante la ley de la época se había vuelto impuro. Por eso, ahora, Jesús mismo era un impuro y tenía que ser alejado de todos. No podía entrar en las ciudades. Pero Marcos muestra que a la gente poco le importaban estas normas oficiales, pues ¡de todas parte venían donde Jesús! ¡Subversión total! El recado que Marcos nos da es éste: para anunciar la Buena Nueva de Dios a la gente, no hay que tener miedo a transgredir las normas religiosas que son contrarias al proyecto de Dios y que impiden la fraternidad y la vivencia del amor. Aunque esto traiga dificultades para la gente, como le ocurrió a Jesús.
• En Jesús, todo es revelación de aquello que ¡lo anima por dentro! El no sólo anuncia la Buena Nueva del Reino. El mismo es una muestra, un testimonio vivo del Reino, una revelación de Dios. En el aparece aquello que acontece cuando un ser humano deja reinar a Dios, le deja ser el centro de su vida.
 
4) Para la reflexión personal
• En nombre de la Ley de Dios, los leprosos eran excluidos, no podían convivir. En nuestra Iglesia existen costumbres y normas no escritas que, hasta hoy, marginan a las personas y las excluyen de la convivencia y de la comunión. ¿Conoces a personas así? ´¿Qué opinas con relación a esto?
• Jesús tuvo el valor de tocar al leproso. ¿Tú tendrías ese valor?
 
5) Oración final
Bendeciré en todo tiempo a Yahvé,
sin cesar en mi boca su alabanza;
en Yahvé se gloría mi ser,
¡que lo oigan los humildes y se alegren! (Sal 34,2-3)

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“He venido a prender fuego”:
a encender las conciencias apagadas, a despejar las mentes embotadas,
a levantar los ánimos decaídos, a infundir energías a los abatidos.
A eso he venido, a eso os envío:
a alentar, a estimular, a espabilar a los postrados,
a reconfortar a los esforzados, a reavivar las mechas humeantes,
a prender fuego, dice el Señor.

“He venido a prender fuego”:
El mío es el fuego de la verdad, el amor que quema y cura.
Pasaréis un bautismo de fuego que os purificará, que os abrasará las entrañas.
A eso he venido, a eso os envío:
a saltar la hoguera, a caminar sobre ascuas,
a prender fuego, dice el Señor.

“He venido a prender fuego”:
El mío es el fuego que arde sin consumirse,
el fuego que ilumina a todo hombre, el fuego que incendia los corazones,
el fuego que alumbra la oscuridad, el fuego que brilla en las tinieblas.
A eso he venido, a eso os envío:
a arder e incendiar, a brillar e iluminar,
a prender fuego, dice el Señor.

“He venido a prender fuego”:
Mi palabra es fuego abrasador, llamarada incontenible, es calor de vida palpitante, vino y sangre caliente, es antorcha en lo alto y lumbre interior.
A eso he venido, a eso os envío:
a elevar la temperatura humana, a dar calor al mundo,
a cauterizar heridas, a reavivar rescoldos, a prender fuego, dice el Señor.

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I

LAS misericordias que dispensa el Señor acá en la tierra a sus criaturas no son más que una pálida sombra de las inefables que reserva para ellas en la eternidad. El cielo será nuestro estado perfecto, y allí será realizado el ideal más perfecto de felicidad que pueda imaginarse siquiera ahora el hombre en sus más optimistas ensueños. O mejor, será tal nuestra dicha, que ni en la más pequeña proporción le es dado imaginarla a la fantasía humana. Si una gota sola de sus consuelos que derrame hoy el Señor en nuestro corazón basta para que olvide éste sus mayores tristezas y quebrantos, ¿qué será colmarlo en aquel mar sin fondo de bienaventuranza y de paz? Si unos destellos de su perfección y belleza ha querido dejar el Autor de lo creado en algunas de sus criaturas, y que el arte inspirado por El reproduce en sus obras maestras, así nos eleva y perfecciona el alma, ¿qué será ver cara a cara a la suprema Belleza y perfección, que abiertamente y sin velos se comunica a sus elegidos? Allí existe la salud sin el menor riesgo de enfermedad o molestia; allí la vida sin la dolorosa perspectiva de una muerte próxima o lejana; allí el amor sin tibieza ni desfallecimiento; allí la fiesta perpetua del alma sin tregua en el regocijo. El aleluya glorioso que allí se canta no es como acá, mezclado con los gemidos de la persecución o con las voces de combate. Ni se vence allí con fatigas y sudores, sino que se reina pacíficamente. Vivir con lo que significa de más absoluto la pala- bra vida; gozar con lo que tiene de más puro y embriagador la palabra goce; amar con la mayor plenitud y alcance que es dado concebir en la palabra amor. He aquí lo que me promete Dios; he aquí lo que me reserva.

¡Gracias, Corazón de Jesús, gloria de los bienaventurados, sol de la felicísima ciudad de Dios! Gracias por esos dones que por Ti esperamos, y que mediante tu gracia y nuestras buenas obras estamos seguros de poseer.

Medítese unos minutos.

II

Alma mía, alza los ojos a ese cielo azul repleto de estrellas por la noche y de día radiante de claridad; álzalos y contempla allí tu patria, el dulce hogar de tu padre, la mansión feliz que en breve va a ser tu patrimonio. Esa región maravillosa de paz, de felicidad y eterna bienaventuranza, con sus Ángeles y Santos, con la Reina gloriosa de ellos, María, con la Humanidad resplandeciente de Cristo, con la augusta majestad de la Trinidad Beatísima, todo, todo es para ti. Ensancha tu corazón, dilata lo más que puedas tu imaginación, sé codiciosa hasta donde pueda creerlo tu más exigente anhelo; todo excederá tus esperanzas, todo sobrepujará tu ilusión. No bienes perecederos que la muerte arrebata; no amores inconstantes que la edad marchita y la ausencia entibia; no fortuna incierta y veleidosa que a la menor vicisitud se cambia; nada de eso con que prometiéndote el mundo hacerte feliz te hace profundamente desgraciada, nada de eso será tu recompensa. Contempla la grandeza de tu porvenir, lo magnífico de tus esperanzas. Enciéndete en ardor de poseerlas, y dale mil gracias al Corazón Divino, que es quien te las ha de proporcionar.

¡Oh Sagrado Corazón de Jesús! No quiero esperar recibir tus grandiosos dones para mostrarme agradecido. El hijo que sabe que su padre le dará parte de su herencia, no espera darle las gracias cuando ya esté en posesión del patrimonio. No, el testamento en que se le promete, equivale ya para él a un título de posesión. Y esta página la has escrito Tú repetidas veces en tu testamento, y en ella me has nombrado infinidad de veces a mí, nada y ceniza, como heredero de tu gloria. ¡Gracias, soberano Señor! Te tributamos las gracias, aquí presentes en este día de tu devoto mes, y anhelamos todos los que aquí estamos, reunirnos contigo en el cielo para cantar el gran himno de acción de gracias allí en unión del Padre y del Espíritu Santo, a quien sea toda alabanza, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. Amén.

Medítese, y pídase la gracia particular.

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II. Tentaciones de los agentes pastorales

76. Siento una enorme gratitud por la tarea de todos los que trabajan en la Iglesia. No quiero detenerme ahora a exponer las actividades de los diversos agentes pastorales, desde los obispos hasta el más sencillo y desconocido de los servicios eclesiales. Me gustaría más bien reflexionar acerca de los desafíos que todos ellos enfrentan en medio de la actual cultura globalizada. Pero tengo que decir, en primer lugar y como deber de justicia, que el aporte de la Iglesia en el mundo actual es enorme. Nuestro dolor y nuestra vergüenza por los pecados de algunos miembros de la Iglesia, y por los propios, no deben hacer olvidar cuántos cristianos dan la vida por amor: ayudan a tanta gente a curarse o a morir en paz en precarios hospitales, o acompañan personas esclavizadas por diversas adicciones en los lugares más pobres de la tierra, o se desgastan en la educación de niños y jóvenes, o cuidan ancianos abandonados por todos, o tratan de comunicar valores en ambientes hostiles, o se entregan de muchas otras maneras que muestran ese inmenso amor a la humanidad que nos ha inspirado el Dios hecho hombre. Agradezco el hermoso ejemplo que me dan tantos cristianos que ofrecen su vida y su tiempo con alegría. Ese testimonio me hace mucho bien y me sostiene en mi propio deseo de superar el egoísmo para entregarme más.

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Guión litúrgico Domingo XIII del Ciclo A, 2 de julio de 2017.

Guión Litúrgico Domingo XIII de Tiempo Ordinario

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Domingo XIII Ordinario – Ciclo A
2 de julio de 2017

Lecturas:
– 2Reyes 4, 8-11.14-16a: “vamos a prepararle una habitación”.
– Romanos 6, 3-4.8-11: “por el bautismo… fuimos incorporados a su muerte”.
– Mateo 10, 37-42: “el que os recibe a vosotros, merecibe a mí”…

Homilía

En el Evangelio de hoy Jesús continúa instruyendo a sus discípulos para prepararlos a su misión de anunciar el Reino de Dios. Uno de los temas del Evangelio del domingo anterior se prolonga en el texto que acabamos de escuchar. El “no tengáis miedo” y el ponerse de parte de Jesús delante de los hombres se concreta hoy en el tomar su cruz, es decir, en asumir de modo activo el modo de vivir propio del discípulo del Señor, en identificarse con Él. Como vemos, la misión que Jesús encomienda a sus discípulos configura totalmente la persona de éstos.

Según Él, este modo de vida tiene sus consecuencias dolorosas. Así, por ejemplo, puede haber un conflicto entre el seguimiento de Jesús y la lealtad a la familia. En este caso, habría que amarle “más” a Él. Porque necesariamente el anuncio de Jesucristo ha de llegar también a la propia familia. Jesús podría haber referido más ejemplos que demuestran que frecuentemente su seguimiento resulta doloroso, e, incluso, puede conllevar la muerte.

Por esto Jesús invita a cargar con su cruz. Ésta puede aparecer en nuestras propias vidas y también en las personas con las que compartimos nuestra existencia. Pero no debemos hacer casuística en torno a la expresión cargar con la cruz. Ésta se refiere, no a actos aislados, sino a un modo de vida caracterizado por el darse uno a sí mismo, como Jesús lo hizo. Cargar con la cruz es lo contrario a vivir encerrados en nosotros mismos, en nuestros espacios y tiempos, dosificando nuestra entrega y espaciándola según nuestros intereses. El discípulo no “vive para sí mismo”, sino que vive para Dios y para los demás, alimentando el encuentro con ellos, especialmente con los más pobres y abandonados. Y el que vive para Dios vive con Él para siempre: “el que pierda su vida por mí, la encontrará Jesús nos invita a pensar en la verdadera vida que Él nos dará para siempre. Ésta no será fruto de nuestro esfuerzo, sino un don suyo. Nos lo ha dicho Pablo, de otra manera, en la segunda lectura: “los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte, para que… andemos en una vida nueva”.

Pero el texto evangélico de hoy pone el acento en el “recibir”. El verbo “recibe” aparece seis veces, y siempre en el contexto de la acogida que merecen los discípulos, enviados por el Maestro a anunciar el Reino de Dios: el que os recibe, me recibe a mí y al que me ha enviado… La idea es adelantada en la primera lectura: una mujer de Sunem invita habitualmente al profeta Eliseo, primeramente, a comer, pero posteriormente también le brinda su hospitalidad preparándole una habitación, porque percibe que es un hombre de Dios, un santo… Recibir, acoger, hospedar… constituye un gesto de gratuidad. Los primeros recibidos somos nosotros, pues lo más importante de lo que somos y tenemos lo hemos recibido… Dios, llamándonos a la existencia, nos ha acogido, en Jesús, como hijos, y nos acompaña con su constante misericordia, de modo que siempre seremos para Él sus hijos muy amados… Pero también somos recibidos por nuestros padres y familiares: ellos nos han recibido y acogido en su entorno afectivo, y nos han transmitido la vida y la fe, nos han alimentado y educado… Asimismo somos lo que somos gracias a la comunidad cristiana, que también nos ha transmitido su fe, esperanza y caridad, nos ha incorporado a la familia de Dios y nos pone en comunión con la vida divina por los sacramentos… Vivimos porque previamente hemos sido recibidos. Hoy es un buen momento para tomar conciencia de esta realidad y para alimentar los sentimientos de gratitud que han de caracterizar nuestra vida, tanto desde el punto de vista humano como desde el punto de vista creyente. No nos cansemos de agradecer. La gratitud nos humaniza y nos fortalece como hijos de Dios y de la Iglesia.

Pero las palabras de Jesús también nos invitan a pensar en cómo recibimos nosotros. Somos recibidos y, como discípulos de Jesús, hemos recibido de Él la misión de recibir… Hemos de recibir, no sólo a todos los que nos reciben, sino también a todos los que el Señor pone a nuestro lado. Éstos son sus enviados: el que los recibe, recibe a Jesús… Hay, por tanto, una clave cristológica en la acogida de la que Jesús habla. La alusión al que da de beber un vaso de agua a los más pobres evoca otras palabras que el evangelista Mateo pone en labios del mismo Jesús: tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme… ¿Cómo es nuestra acogida? ¿Qué capacidad de recibir tenemos? El recibir y acoger han de ser una característica del discípulo, pues éste no sólo recibe de su Señor, sino que también debe acoger en su nombre y como si lo acogiera a Él mismo. Los momentos que nos toca vivir nos obligan a recibir como él mismo Señor lo haría. ¿Contemplamos a nuestra sociedad con los mismos ojos de Jesús y con su mismo amor? ¿Esa misma mirada se extiende también a todos los miembros de nuestra comunidad cristiana, especialmente a aquéllos marcados por la debilidad, sea cual sea ésta? ¿Con qué actitud acogemos y escuchamos a aquéllos que tienen la responsabilidad de guiarnos y acompañarnos hacia el encuentro con Jesucristo? ¿Cómo vivimos la dinámica de dar y recibir en nuestro entorno familiar y social? ¿Qué tipo de acogida practicamos en relación a tantos inmigrantes que ya están a nuestro lado, o en relación a los refugiados que poco a poco vendrán? ¿Cómo luchamos y sensIbilizamos a las personas de nuestro entorno para que nuestra sociedad sea más acogedora?…

Tomar la cruz, acoger y ser conscientes de que somos acogidos… son dinámicas propias del seguimiento de Jesús. Estamos celebrando la eucaristía. En ella somos acogidos por Dios en la mesa de su Palabra y en la mesa del pan de vida que Jesús nos da. Y, como comunidad convocada por el Señor, nos acogemos unos a otros como hermanos, formando un solo corazón y una sola alma y animándonos mutuamente en el camino de la fe. Y, como familia de Dios, dejamos que Él ensanche nuestro corazón para que en nuestra comunidad tengan su lugar tantos hombres y mujeres, de cualquier edad y condición, que carecen de un espacio existencial digno en nuestra sociedad. De este modo no haremos otra cosa que seguir a Jesucristo. Su cruz es el signo de que nos amó hasta el extremo. Este amor posibilita que nuestras pequeñas o grandes cruces sean también signo de nuestro amor a Él y a nuestros hermanos. Quizás nos parezca difícil, pero para esto estamos aquí: para que el Señor nos fortalezca con su entrega y haga posible, como Dios, lo que nos parece imposible a los hombres.

Carlos García Llata

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