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Archive for 1/07/17

I VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: LOS PUEBLOS QUE MARCHAN Y LUCHAN

Los pueblos que marchan y luchan
con firme tesón
aclamen al Dios de la vida.
Cantemos hosanna que viene el Señor.

Agiten laureles y olivos,
es Pascua de Dios,
mayores y niños repitan:
«Cantemos hosanna que viene el Señor.»

Jesús victorioso y presente
ofrece su don
a todos los justos del mundo.
Cantemos hosanna que viene el Señor.

Resuenen en todo camino
de paz y de amor
alegres canciones que digan:
«Cantemos hosanna que viene el Señor.»

Que Dios, Padre nuestro amoroso,
el Hijo y su Don
a todos protejan y acojan.
Cantemos hosanna que viene el Señor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Salmo 140, 1-9 – ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Señor, te estoy llamando, ven de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos;
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo opondré mi oración a su malicia.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Ant 2. Tú eres mi refugio y mi heredad, Señor, en el país de la vida.

Salmo 141 – ORACIÓN DEL HOMBRE ABANDONADO: TU ERES MI REFUGIO

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Me vuelvo a la derecha y miro:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio
y mi heredad en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tú eres mi refugio y mi heredad, Señor, en el país de la vida.

Ant 3. El Señor Jesús se rebajó; por eso Dios lo levantó sobre todo, por los siglos de los siglos.

Cántico: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL – Flp 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios,
al contrario, se anonadó a sí mismo,
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor Jesús se rebajó; por eso Dios lo levantó sobre todo, por los siglos de los siglos.

LECTURA BREVE   Rm 11, 33-36

¡Qué abismo de riqueza es la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus juicios y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién ha conocido jamás la mente del Señor? ¿Quién ha sido su consejero? ¿Quién le ha dado primero, para que él le devuelva? Él es origen, camino y término de todo. A él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

V. Cuántas son tus obras, Señor.
R. Cuántas son tus obras, Señor.

V. Y todas las hiciste con sabiduría.
R. Tus obras, Señor.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El que a vosotros recibe a mí me recibe, y recibe también a aquel que me ha enviado.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El que a vosotros recibe a mí me recibe, y recibe también a aquel que me ha enviado.

PRECES

Glorifiquemos a Dios, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, y supliquémosle diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Padre todopoderoso, haz que abunde en la tierra la justicia
y que tu pueblo se alegre en la paz.

Que todos los pueblos entren a formar parte de tu reino
y que el pueblo judío sea salvado.

Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia
y que sean siempre fieles a su mutuo amor.

Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores
y concédeles la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge con amor a los que han muerto víctimas del odio, de la violencia o de la guerra
y dales el descanso eterno.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Dios nuestro, que quisiste hacernos hijos de la luz por la adopción de la gracia, concédenos que no seamos envueltos por las tinieblas del error, sino que permanezcamos siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio: Sábado, 1 Julio, 2017
Tiempo Ordinario
  
1) Oración inicial
Concédenos vivir siempre, Señor, en el amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor. Por nuestro Señor.
 
2) Lectura
Del santo Evangelio según Mateo 8,5-17
Al entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos.» Dícele Jesús: «Yo iré a curarle.» Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: `Vete’, y va; y a otro: `Ven’, y viene; y a mi siervo: `Haz esto’, y lo hace.» Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.» Y dijo Jesús al centurión: «Anda; que te suceda como has creído.» Y en aquella hora sanó el criado. Al llegar Jesús a casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle.
Al atardecer, le trajeron muchos endemoniados; él expulsó a los espíritus con una palabra, y curó a todos los enfermos, para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías:
Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades.
 
3) Reflexión
• El evangelio de hoy sigue describiendo las actividades de Jesús para mostrar como practicaba la Ley de Dios, proclamada en el Monte de las Bienaventuranzas. Después de la curación del leproso del evangelio de ayer (Mt 8,1-4), sigue ahora la descripción de varias otras curaciones:
• Mateo 8,5-7: La demanda del centurión y la respuesta de Jesús. Al analizar los textos del evangelio, es oportuno prestar atención siempre a los pequeños detalles. El centurión es un pagano, un extranjero. No pide nada, sino que apenas informa a Jesús que su empleado está enfermo y que sufre horriblemente. Detrás de esta actitud de la gente ante Jesús está la convicción de que no era necesario pedir las cosas a Jesús. Bastaba comunicarle el problema. Y Jesús haría el resto. ¡Actitud de ilimitada confianza! De hecho, la reacción de Jesús es inmediata: “¡Yo iré a curarle!”
• Mateo 8,8: La reacción del centurión. El centurión no esperaba un gesto tan inmediato y tan generoso. No esperaba que Jesús fuera hasta su casa. Y desde su experiencia como capitán saca un ejemplo para expresar la fe y la confianza que tenía en Jesús. Dice: “Señor, yo no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: `Vete’, y va; y a otro: `Ven’, y viene; y a mi siervo: `Haz esto’, y lo hace”. Esta reacción de un extranjero ante Jesús revela cómo era la opinión del pueblo respecto a Jesús. Jesús era alguien en el cual podían confiar y que no rechazaría a aquel que recorriese a él o que le revelase sus problemas. Es ésta la imagen de Jesús que el evangelio de Mateo nos comunica hasta hoy a nosotros, sus lectores y lectoras del siglo XXI.
• Mateo 8,10-13: El comentario de Jesús. El oficial quedó admirado con la reacción de Jesús. Jesús quedó admirado con la reacción del oficial: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande.!” Y Jesús previó aquello que estaba aconteciendo en la época en que Mateo escribía su evangelio: “Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. El mensaje de Jesús, la nueva Ley de Dios proclamada en lo alto del Monte de las Bienaventuranzas es una respuesta a los deseos más profundos del corazón humano. Los paganos sinceros y honestos como el centurión y tantos otros que vinieron de Oriente o de Occidente, perciben en Jesús una respuesta a sus inquietudes y le acogen. El mensaje de Jesús no es, en primer lugar, una doctrina o una moral, ni tampoco un rito o un conjunto de normas, sino una experiencia profunda de Dios que responde a lo que el corazón humano desea. Si hoy muchos se alejan de la Iglesia o van hacia otras religiones la culpa no siempre es de ellos, sino que puede ser de nosotros que no sabemos vivir ni irradiar el mensaje de Jesús.
• Mateo 8,14-15: La curación de la suegra de Pedro. Jesús entró en la casa de Pedro y curó a su suegra. Estaba enferma. En la segunda mitad del siglo primero, cuando Mateo escribe, la expresión “Casa de Pedro” evoca la Iglesia, construida sobre la roca que era Pedro. Jesús entra en esta casa y cura a la suegra de Pedro: “Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle. ”. El verbo usado en griego es diakonew, servir. Una mujer se vuelve diaconisa en la Casa de Pedro. Era lo que estaba ocurriendo en aquel tiempo. En la carta a los Romanos, Pablo menciona a la diaconisa Febe de la comunidad de Cencreas (Rom 16,1). Tenemos mucho que aprender de los primeros cristianos.
• Mateo 8,16-17: La realización de la profecía de Isaías. Mateo dice que: “al atardecer”, llevaron a Jesús muchas personas que estaban poseídas por el demonio”. ¿Por qué sólo al atardecer? Porque en el evangelio de Marcos, de donde Mateo saca su información, se trata de un día de sábado (Mc 1,21), y el sábado terminaba en el momento en que aparecía la primera estrella en el cielo. En ese momento la gente podía salir de casa, cargar con el peso del enfermo y llevarlo ante Jesús. Y “¡Jesús con su palabra, expulsaba los espíritus y curaba todas las enfermedades!” Usando un texto de Isaías, Mateo ilumina el significado de este gesto de Jesús:”para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías: Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades”.De este modo, Mateo enseña que Jesús era el Mesías – Siervo, anunciado por Isaías (Is 53,4; cf. Is 42,1-9; 49,1-6; 50,4-9; 52,13-53,12). Mateo hacía lo que hacen hoy nuestras comunidades: usa la Biblia para iluminar e interpretar los acontecimientos y descubrir en ellos la presencia de la palabra creadora de Dios.
 
4) Para la reflexión personal
• Compara la imagen que tú tienes de Jesús con la del centurión y de la gente que iba detrás de Jesús.
• La Buena Nueva de Jesús no es, en primer lugar, una doctrina o una moral, ni un rito o un conjunto de normas, sino una experiencia profunda de Dios que responde a lo que el corazón humano desea. La Buena Nueva de Jesús ¿cómo repercute en ti, en tu vida y en tu corazón?
 
5) Oración final
Ensalzad conmigo a Yahvé,
exaltemos juntos su nombre.
Consulté a Yahvé y me respondió:
me libró de todos mis temores. (Sal 34,4-5)

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Contentarse con el cura

Aquel día mi madre zanjó la discusión con una severidad mayor que de costumbre (que ya es decir). Se trataba de un sacerdote bastante criticado por ciertas debilidades (en el fondo poca cosa, visto desde ahora), por ciertas meteduras de pata que le habían ocasionado algunos disgustos con la curia, y sobre todo por ciertas palabras que se le solían escapar en los sermones.

Mi madre zanjó la discusión, entre divertida y escandalizada, con un perentorio:

-Es cura y basta.

En aquella ocasión no estuve de acuerdo con ella (me sucedía casi siempre, especialmente en temas de religión). Sobre todo porque interpreté esa frase en el sentido de que, cuando andaba por medio el sacerdote, no había nada que discutir, ya que toda crítica -aunque justificada- no tenía razón de ser. El cura, por el mero hecho de ser cura, tenía siempre la razón.

Hoy reconozco que mi madre dijo algo muy hermoso. A ella le bastaba el sacerdote. No le interesaba el marco poco brillante, los defectos, las meteduras de pata, los vacíos culturales, las miserias, alguna que otra acción discutible, los frecuentes deslices teológicos y gramaticales.

-Es sacerdote y basta.

Mi madre se contentaba con el sacerdote. Y se mostraba agradecida por lo que recibía de él como sacerdote. Todo lo demás, aunque constituía un motivo de desaprobación silenciosa, no le impedía ver, respetar y apreciar al siervo del Señor y de la comunidad.

Me he acordado hoy de aquella frase que no admitía réplicas y que entonces me dejó helado y me molestó, mientras leía el episodio de la hospitalidad cordial que ofreció aquella generosa mujer de Sunem al profeta Eliseo, reconociéndolo como «hombre de Dios», y sobre todo las dos frases de Jesús que nos refiere el evangelio: «El que recibe a un profeta porque es profeta…» y «…el que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo…».

El tema, obligado, es el de la acogida, el de la hospitalidad. Y las conclusiones pueden darse ya por descontadas.

No obstante, quedan algunos equívocos por disipar. Y nos pueden venir bien en este caso dos detalles:

«Porque es profeta», «porque es mi discípulo».

Los adjetivos, o sea un suplemento de credenciales

Hoy parece que el que uno sea sacerdote no le basta a nadie. Sacerdote no es un título suficiente. Se necesita un suplemento dé… credenciales.

La acogida se subordina a un riguroso control de documentos. Y los «signos particulares» resultan decisivos, aunque se refieran sólo a la fachada y no al contenido. Entonces el hábito es más importante que la persona que lo lleva. La adhesión a un grupo es más importante que la pertenencia a Cristo.

A veces cierto pasaporte constituye una garantía indiscutible.

La adhesión, o la mera simpatía hacia una cierta «comente» (favorecida por el viento que sopla), constituye un criterio absoluto de fiabilidad.

Otras veces basta con exhibir una amistad que se juzga importante para que se le abran a uno todas las puertas (y quizás, detrás de la puerta, un puesto deseado).

Y entonces, ¡adelante con las etiquetas y los adjetivos!

Abierto. Simpático. Inteligente. Dinámico. Piadoso. Comprensivo. Moderno. Humano. Muy devoto de la Virgen (naturalmente, se trata de un cierto tipo de devoción…).

Se reparten adjetivos casi como signos de identidad para facilitar el reconocimiento, como cartas de recomendación, o como señales de… alarma. Incómodo. Original. Demasiado dócil. Atrevido. Fiel. Extremista. Prudente. Exaltado…

¡Mira, aquel tiene tres doctorados! Habla cinco lenguas (y me entran ganas de comentar: ¡y así puede equivocarse incluso fuera de los límites nacionales…!).

¿No lo has visto en televisión? Ha tenido un gran éxito. Ha publicado… Lo han citado… Incluso han hablado de él… Ser sacerdote no basta. Es demasiado poco, reductivo, casi una desilusión, un motivo de sospecha.

«No es un cura como los demás…». Este asunto del cura que no es como los demás revela una vulgaridad intolerable. Y sobre todo, este elogio resulta ofensivo para el propio interesado. Es como si se le apreciara por ser cualquier cosa menos sacerdote…

Conozco a algunos cristianos que, antes de ir a confesarse, les gustaría someter al ministro de la reconciliación a rigurosos exámenes de santidad, preguntarle qué cursos universitarios de psicología ha seguido, informarse de si posee una especialización en el terreno psicoanalítico.

Otros hay que, cuando se trata de escuchar la palabra de Dios, parece como si tuvieran en la mano un telecomando. Si no es el canal preferido, el divo aclamado y cacareado, se apaga con desdén el aparato (algo muy distinto de acoger «al profeta porque es profeta». Aquí estamos ante el profeta «por ser» famoso, brillante, o «de los nuestros». Es el profeta que piensa como nosotros).

También hay otros que, ante un libro, un artículo, una conferencia, se preguntan sobre todo a propósito del autor:

-¿Quién lo recomienda? ¿a qué tendencia pertenece? ¿qué ideas defiende?

Ya. Están dispuestos a leer o escuchar o aprender sólo lo que ya saben. Están dispuestos a acoger al profeta, con tal que se sepa de antemano, con certeza, que no va a poner en tela de juicio nuestras ideas, nuestra mentalidad, nuestras costumbres.

Conozco una parroquia en donde algunos «fieles» han levantado una especie de compacto y erizado parapeto defensivo en torno al cura, reo confeso y recalcitrante de posturas pastorales más bien cerradas. Esto podría alegrarme, si pienso en mi madre. Pero el fenómeno me resulta sospechoso cuando me entero de que esos «fieles» son «pretorianos» o defensores de oficio: defienden al sacerdote no por ser sacerdote, sino porque… es de su cuerda. Si fuera un extraño, no simpatizante, lo pondrían verde, incluso post mortem, como ha sucedido con su predecesor, que se había manchado de la culpa grave de ser solamente de Cristo y no «de los nuestros».

Le pido hoy a mi madre, con cierto retraso, perdón por no haber sabido captar el significado de aquella frase, dicha quizás en un tono un tanto brusco, pero que conserva intacto su valor. Puede y debe bastar con ser cura.

Si, para abrir la puerta del corazón, necesito a otro y exijo controlar sus documentos, esto significa que no busco al sacerdote, que no me interesa el hombre de Dios, que no tengo necesidad de la palabra del Señor.

Honrar a los «deshonrados»

«Un vaso de agua fresca a uno de estos pobrecillos…».

Los pequeños son los que deben ser acogidos de manera preferencial. Sin embargo, con frecuencia cuentan los grandes, los títulos, los bien colocados, los hábitos «de firma», sobre todo si tienen algún ribete colorado…

Muchas veces se corre el riesgo de honrar a los que ya reciben demasiados honores, olvidando a los otros, a los «deshonrados».Cuando quieren justificar ciertas muestras de respeto, demasiado llamativas para no resultar sospechosas, a algunas personas distinguidas, dicen que quieren así dar gloria a Cristo.

Pero él se identificó con los pobres, con los desamparados, con los que no son nada.

Según nos informa el evangelio (Mt, capítulo 25), el último día no resonará un improbable: «Ocupaba un alto cargo y me reservasteis una acogida triunfal…».

O bien: «Lo tenía todo -y algo más- y me colmasteis de atenciones; no dejasteis que me faltara nada…».

Queriendo ilustrar con una parábola la dinámica del encuentro con el prójimo, Jesús pone en escena, exactamente en medio de ella, a un individuo del que no sabemos absolutamente nada (edad, religión, nacionalidad, conducta, cultura, color de la piel, consistencia patrimonial). Un don-nadie.

Y el samaritano adivina cuál es el comportamiento justo, al menos según la óptica de Cristo, ya que presta atención a este «don-nadie». No le pide la documentación. No atiende a las etiquetas. No necesita de adjetivos. Le basta con saber que es un hombre.

Ser hombre puede y debe bastar.

Ser seguidor de Cristo puede y debe bastar. Nunca he podido imaginarme que, en el seguimiento de Cristo, uno sea más alto y otro más bajo. Todo lo más, que alguien esté más cerca de él y otros lo sigan de lejos; pero no es fácil trazar medidas, ni siquiera aproximadas, en este sentido…

Discípulo es el título que nos une a todos y que por tanto debería excluir todo favoritismo o discriminación.

Y si nos empeñamos en señalar algunas precedencias, las palabras de Cristo nos ayudan en este sentido. Hay que comenzar por los más pequeños. Los privilegiados son los que no cuentan.

En todo caso, «un vaso de agua fresca», tanto en el lenguaje como en la praxis del cristiano, debería tener siempre más importancia que todas las zalamerías.

Elogio de la normalidad

«¿Qué podemos hacer por ti?», le pregunta Eliseo a la mujer utilizando a su criado como intérprete.

Entran ganas de responderle a él y a todo «hombre de Dios»:

-No necesitamos nada. Nos basta con lo que eres.

Y si insistes, danos lo que no es tuyo, lo que no depende de ti, de tus capacidades; danos lo que te ha confiado otro y que pasa simplemente a través de tus manos poco hábiles y de tu lengua que se traba (sobre todo cuando quiere ser desenvuelta).

Lo único que esperamos de ti es lo que no te pertenece. No pretendemos títulos de doctor. Nos basta saber que sigues acudiendo a la escuela obligatoria del evangelio.

Tampoco exigimos que sepas hablar varias lenguas. Nos basta con que seas capaz de comprender y de hacerte comprender con suficiente claridad.

No te pedimos que aparezcas de vez en cuando en la televisión. Nos contentamos con verte aparecer por la puerta de nuestras casas siempre que haya una pena, un problema, un gozo que compartir.

Para respetarte no necesitamos ver tu nombre en la portada de un libro o incluido en la lista de personajes importantes. Nos consideramos bien pagados por la amistad y el cariño del Señor que tú nos comunicas con espontaneidad.

Sí, quizás sea éste el tiempo en que más se advierte la necesidad de que haya sacerdotes «normales» (que no quiere decir mediocres). Sacerdotes cualesquiera. Sacerdotes sin adjetivos. Individuos que iniciaron y concluyeron su carrera en el mismo momento en que, habiendo amado a Cristo por encima de todas las cosas del mundo, decidieron seguirle sin olvidar la cruz, tomando al pie de la letra las palabras del evangelio de hoy. Y modestamente, sin gritar, pero con seriedad y convicción, establecieron que valía la pena «perder» la vida por la causa del evangelio.

Creo que hoy, en la crisis tan desoladora de modelos que tanto se denuncia por todas partes -no sé si con mucha convicción… ya que si apuntasen unos modelos extraordinarios, llamativos, resultarían sospechosos por su escandalosa carga profética, por su fastidiosa provocación, por su insoportable e incómoda postura-, tenemos necesidad de modelos comunes, normales, bajo el signo de la vida ordinaria.

Sí. Creo que mi madre tenía razón en aquella ocasión. Puede bastar con ser cura.

Y si un cura cualquiera, quizás pecador como yo, titular de las mismas miserias, no me basta, la culpa no es del sacerdote.

Y si no me quedo contento, si quiero algo más, en realidad lo que quiero es algo menos.

A. Pronzato

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  • Procura no hablar ni reírte. Actúa siempre con la mayor seriedad posible; para ello, procura pensar en ti y en lo que te dice esta sencilla hoja. No te preocupes de más…
  • Pasea despacio. Procura no pensar en nada.
  • Siéntate y piensa en tus HIJOS, en lo que estarán haciendo ahora, cómo es cada uno de ellos,
  • Ahora fíjate en las cosas… Toma una hoja seca del suelo. Pártela en trocitos, poco a poco. Fíjate en el movimiento de tus dedos. Fíjate en cómo se deshace la hoja. Procura no hacer ruido. Límpiate las manos la una contra la otra. Despacio. Sigue en silencio y cierra los ojos. Contempla con el oído todos los ruidos que te vienen de fuera. Déjalos que te llenen un momento.
  • Levántate y pasea de nuevo, despacio. Fíjate en el cielo, cómo está. Su azul, lo que sientes al contemplarlo; las nubes…
  • Siéntate y sin que nadie se dé cuenta fíjate en un compañero. Piensa en él. Síguele un momento con tu vista. Piensa en cómo es. Lo que más admiras de él, piensa en sus fallos, en sus necesidades…
  • Cierra otra vez los ojos y pregúntate cuatro veces seguidas en silencio: ¿Quién soy yo? ¿Qué hago yo en esta sociedad? ¿Qué hago? ¿A quién quiero de verdad? ¿Qué busco? ¿Dónde tengo puesto el corazón? ¿Qué es lo más importante para mí en la vida?… (no te intranquilices, quédate en paz).

 

  • CLAVES PARA MEDITAR
  • ¿Cómo vives la soledad y el silencio?
  • ¿Conoces que el viaje nunca acaba?
  • ¿Tienes suficiente coraje para aquietar tu mente?
  • ¿Disfrutas el aquí y el ahora?
  • ¿Cómo vives la locura-sana?
  • ¿Qué vivencias tienes de tu propia verdad?

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77. No obstante, como hijos de esta época, todos nos vemos afectados de algún modo por la cultura globalizada actual que, sin dejar de mostrarnos valores y nuevas posibilidades, también puede limitarnos, condicionarnos e incluso enfermarnos. Reconozco que necesitamos crear espacios motivadores y sanadores para los agentes pastorales, «lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales»[62]. Al mismo tiempo, quiero llamar la atención sobre algunas tentaciones que particularmente hoy afectan a los agentes pastorales.


[62] Azione Cattolica Italiana, Messaggio della XIV Assemblea Nazionale alla Chiesa ed al Paese (8 mayo 2011).

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Situación

Vivir en cristiano, ser coherente con la fe, ser discípulo de Jesús, está asociado en la conciencia a ciertos modelos de vida, los «santos», que, tal como nos han sido presentados, han sido hombres extraordinarios, gigantes del espíritu o de actos heroicos.

El problema es que la mayoría nos movemos en una línea media, que no somos ni santos ni mediocres. Andamos en serio o, al menos, queremos vivir en serio nuestra vocación cristiana; pero no terminamos de liberarnos por dentro. Estamos como atenazados (tendencias que nos esclavizan, miedos que nos paralizan, egocentrismo insuperable, amor a medio gas…).

Lo peor de todo es que luchamos en dos frentes, sin aclararnos: Deberíamos ser santos; pero, si no somos ilusos, sabemos de antemano que no podemos hacer lo que han hecho los llamados «santos». Por otra parte, si hemos de ser fieles a nuestro momento, es decir, no proponernos metas desmedidas a nuestro proceso real, tenemos miedo de acomodarnos y estancarnos.

No sabemos cómo integrar el radicalismo evangélico y nuestra realidad aquí y ahora.

Contemplación

La primera lectura nos presenta a Eliseo, el santo extraordinario, y a la sunamita, una mujer rica con auténtico espíritu de pobreza.¿Por qué, cuando leemos esta página, sólo nos fijamos en Eliseo?

El Evangelio, igualmente, nos presenta al discípulo radical, que lo deja todo (familia y bienes) para dedicarse a anunciar el Evangelio, y a la gente sencilla que da acogida a los predicadores.

Hay que meditar en esta complementariedad. Recordemos a los amigos de Jesús, Lázaro, Marta y María, o a las mujeres que acompañaban al grupo de Jesús. ¿Por qué han sido desplazados en la valoración cristiana?

El salmo responsorial nos sitúa en la luz última de toda santidad personal y de toda acción por el Reino, sean extraordinarias o sencillas, la soberanía de Dios, «el Santo de Israel, nuestro rey».

Reflexión

No se trata de preguntarse quién es más santo, el radical que lo deja todo o el sencillo que no hace nada especial, pero comparte todo lo que tiene. El que juzga, a nivel de conciencia, es el amor; a nivel práctico, sólo importa hacer la voluntad de Dios, de modo que da lo mismo irse a una isla apartada de Oceanía o dedicarse a explicar matemáticas.

Mi problema es éste: que estoy llamado a ser radical allí donde estoy (radical en el amor, en el olvido de mí, en el compartir mi tiempo y mis bienes), a fiarme incondicionalmente de Dios, dejándome en sus manos; pero no me fío de mi buena voluntad, y sospecho que la uso para quedarme donde estoy.

Si me pregunto por algo concreto, si debiera renunciar a algo o hacer una opción más radical, veo claramente que los tiros no van por ahí. El problema es más hondo: de libertad interior, de transformación del corazón. ¿Qué hacer?

Praxis

Lo primero, mirar a ver si, en el fondo, todavía pretendo controlar mi vida espiritual, justificarme. En este caso, he de volver a la conciencia lúcida y gozosa de que mi transformación es obra de la Gracia. Confiar en la fidelidad de Dios, primer requisito.

A continuación, preguntarme por la estrategia del Señor. Es probable que yo tenga mis planes de perfección cristiana. ¿Coincidirán con los de Dios? Los años me han enseñado que somos tan ciegos, nos buscamos tanto, incluso cuando nos entregamos a la radicalidad cristiana, que el Señor tiene que frustrar casi siempre nuestras expectativas, obligándonos —suave y fuertemente— a fiarnos de sus caminos.

En todo caso, mientras no estemos bien fundamentados en humildad, es decir, mientras no seamos radicalmente conscientes de que no podemos nada respecto a las fuentes vivas del corazón, el Señor, estemos seguros, no nos dará la libertad de su Espíritu.

Por eso, la fidelidad real consiste: por una parte, en hacer lo que puedas según tu conciencia, en intentarlo cada día (subrayo, sólo e intensamente cada día); por otra, en estar abierto a los caminos imprevisibles de Dios, confiando en que El sabe mejor que nosotros lo que nos conviene.

Javier Garrido

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1. Hoy hablamos más de seguimiento que de imitación, ya que no se trata de copiar materialmente a Jesús, sino de captar su persona, su palabra y su obra para traducirlas al momento presente. El seguimiento de Cristo es la base fundamental de la vida religiosa y de toda vida cristiana.

2. El Nuevo Testamento habla constantemente del seguimiento de Jesús que deben practicar sus discípulos; un seguimiento que incluye la donación total de la persona. Jesús invita a sus discípulos a seguirle hasta la muerte y la resurrección. Dicho de otra manera: la adhesión a Cristo es un acto personal que entraña una decisión pública, ya que atañe a la construcción del reino. Los evangelios sinópticos relatan los primeros seguimientos del Jesús histórico; Juan y Pablo describen el seguimiento del Cristo resucitado. En el fondo, lo que caracteriza al seguimiento es la praxis, el compromiso profundo y total, ya que lo característico del seguimiento está en la vida.

3. En el marco del itinerario de Jesús hacia Jerusalén, el seguimiento es la clave del discipulado. Siempre van unidos seguimiento, negación y cruz. Pero la negación y la cruz no tienen un sentido negativo. Negarse no es cerrarse, sino todo lo contrario: vencer al propio yo para abrirse a los demás. La cruz tampoco tiene sentido en sí misma; no es más que el precio que conlleva la entrega. Recordemos que la cruz era suplicio cruel y afrenta vergonzosa. Por consiguiente, la negación y la cruz —en cuanto actos positivos vitales— son criterios de discernimiento. De este modo, el discípulo se identifica con el Señor.

4. La opción personal por Cristo exige renunciar, entre otras cosas, a la familia y a uno mismo (en el sentido de que no hay que absolutizar ni divinizar nada que no sea Dios). Esa opción se basa en el amor a Dios y al prójimo —el mandamiento nuevo—, teniendo en cuenta que en el trabajo por el reino hay profetas y místicos que responden con una entrega radical, «justos» o «militantes» que hacen de su vida un servicio, y sencillos «ayudantes» que hacen lo que buenamente pueden…

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Quiénes son hoy los seguidores de Jesús?

¿Por qué nos cuesta tanto seguir a Jesús?

Casino Floristán

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