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Archive for 9/07/17

Estamos dentro de este Tiempo Ordinario y hoy se nos regala un texto de mucha paz, de mucha tranquilidad y de mucho bienestar: Jesús nos invita dentro de la sencillez y de la humildad a ir a Él, a todas las preocupaciones que tengamos, entregárselas a Él. Escuchemos con atención el Evangelio de Mateo, capítulo 11, versículo 25-30:

En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

Mt 11, 25-30

Querido amigo, después de escuchar este texto, vemos a Jesús que está contento, feliz, porque han regresado los setenta y dos discípulos —éstos que Él había elegido para su misión— y venían contentos porque todo les había salido bien, todo [lo] habían dominado. Pero este gozo de Jesús entra en una oración de humildad y de sencillez. Como haciendo Él una oración solitaria, entra en un monólogo y ora en alto, contento, lleno de gozo, lleno de alegría, porque todo le ha salido bien a sus queridos discípulos. Da gracias a su Padre: “Te doy gracias, oh Padre, porque has descubierto a los pequeñitos todo. Ése es tu agrado. Todas las cosas las has puesto en mis manos, pero nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien lo quisiere revelar”. Y como invitándoles al descanso, a la liberación, a la tranquilidad, les dice —y nos lo dice a ti y a mí, querido amigo—: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso, porque mi yugo es llevadero y mi carga es ligera”.

¡Qué perla de Evangelio, querido amigo, hoy! ¡Es un Evangelio precioso! Mateo nos lo entrega y vemos a un Jesús lleno de gozo, de alegría, porque ve que todo le ha salido bien a estos sencillos discípulos, y se sobrecoge y se llena de alegría porque ve [que] en lo débil está la gran riqueza. Y cómo les dice: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados”. Esta frase nos invita a ti y a mí a consolarnos en Jesús, a acercarnos, a ver cómo es su bondad, su perdón, su olvido. Nos invita a todos los que andamos fatigados con tantos jaleos, con tantas incomodidades, con tantas prisas, con tantas penalidades: “Yo os aliviaré”. ¡Qué palabra tan preciosa: “aliviar”! Ser el gozo de la esperanza, aliviar en la soledad, aliviar en el dolor, aliviar… “Pero sólo en mí encontraréis vuestro descanso, en mi corazón, en mis brazos”. Y añade: “Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. ¿Y cuál es el yugo? Todo su mensaje, todo su Evangelio, todo. “Mi yugo es llevadero y mi carga es ligera”. No te canses, querido amigo, no nos cansemos, porque el mensaje de Jesús siempre es llevadero.

Entremos en su corazón, comprendamos su bondad y oigamos: “¡Ven a mí!”. Y yo le tengo que decir: “Jesús, tu corazón está lleno de bondad, rebosa alegría, rebosa paz. Envuélveme en estas olas de amor y que yo lata al mismo ritmo que Tú. Soy pobre, pero comprendo tu invitación”. Me dices: “Si estás cansado y agobiado ¡ven! Estate atento a la vida y a todo, pero ven a mí, porque en mi corazón te saciarás, porque en mi corazón te llenarás”. Es el bálsamo de mi vida, el descanso de mi cansancio, la tranquilidad de mis agobios, la solución de todas mis dificultades.

¡Qué encuentro tan profundo y tan bonito, querido amigo! Desgranemos palabra por palabra y veamos a este Jesús, que en su monólogo habla y nos dice todo lo que es su corazón, nos descubre lo que es su corazón. Así es Jesús, así es Jesús… San Agustín decía: “¿No vale la pena dejarse cortar y quemar un momento para entrar a su corazón?”, porque su yugo es suave y su carga es ligera.

No podemos seguir hablando más… Entremos en el encuentro, llenémonos de fe, de cariño, y acojamos este regalo que nos deja el Señor y aprendamos también a alejarnos de la soberbia, del orgullo, porque la gran sabiduría, la gran gratuidad de Dios sólo se hace a los humildes y esta gran sabiduría rechaza a los orgullosos y soberbios. Gracias, Jesús, por demostrarnos y abrirnos tu corazón. En mis dudas, en mis cansancios, en mis dificultades iré a ti y escucharé tu gran monólogo, el monólogo del amor. Entremos en el encuentro y con toda profundidad, descubramos cómo es el corazón de Jesús: bueno, cariñoso, deseando quitarnos los cansancios y los agobios. Pongámonos al lado de Él y aprendamos la gran lección de la paz, de la liberación y del amor y entremos en el encuentro, querido amigo.

¡Y que así sea!

Francisca Sierra Gómez

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II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: ¿DONDE ESTÁ MUERTE, TU VICTORIA?

¿Dónde está muerte, tu victoria?
¿Dónde está muerte, tu aguijón?
Todo es destello de su gloria,
clara luz, resurrección.

Fiesta es la lucha terminada,
vida es la muerte del Señor,
día la noche engalanada,
gloria eterna de su amor.

Fuente perenne de la vida,
luz siempre viva de su don,
Cristo es ya vida siempre unida
a toda vida en aflicción.

Cuando la noche se avecina,
noche del hombre y su ilusión,
Cristo es ya luz que lo ilumina,
Sol de su vida y corazón.

Demos al Padre la alabanza,
por Jesucristo, Hijo y señor,
denos su espíritu esperanza
viva y eterna de su amor. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Cristo es sacerdote eterno según el rito de Melquisedec. Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cristo es sacerdote eterno según el rito de Melquisedec. Aleluya.

Ant 2. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

Salmo 113 B – HIMNO AL DIOS VERDADERO.

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria;
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
«Dónde está su Dios»?

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas:

tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendiga a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
benditos seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se la ha dado a los hombres.

Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

Ant 3. Alabad al Señor sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Alabad al Señor sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA BREVE   2Ts 2, 13-14

Nosotros debemos dar continuamente gracias a Dios por vosotros, hermanos, a quienes tanto ama el Señor. Dios os eligió desde toda la eternidad para daros la salud por la santificación que obra el Espíritu y por la fe en la verdad. Con tal fin os convocó por medio del mensaje de la salud, anunciado por nosotros, para daros la posesión de la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

RESPONSORIO BREVE

V. Nuestro Señor es grande y poderoso.
R. Nuestro Señor es grande y poderoso.

V. Su sabiduría no tiene medida.
R. Nuestro Señor es grande y poderoso.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Nuestro Señor es grande y poderoso.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Venid a mí todos los que andáis rendidos y agobiados, que yo os daré descanso.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Venid a mí todos los que andáis rendidos y agobiados, que yo os daré descanso.

PRECES

Demos gloria y honor a Cristo, que puede salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive para interceder en su favor, y digámosle con plena confianza:

Acuérdate, Señor, de tu pueblo.

Señor Jesús, sol de justicia que iluminas nuestras vidas, al llegar al umbral de la noche te pedimos por todos los hombres,
que todos lleguen a gozar eternamente de tu luz.

Guarda, Señor, la alianza sellada con tu sangre
y santifica a tu iglesia para que sea siempre inmaculada y santa.

Acuérdate de esta comunidad aquí reunida,
que tú elegiste como morada de tu gloria.

Que los que están en camino tengan un viaje feliz
y regresen a sus hogares con salud y alegría.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge, Señor, a tus hijos difuntos
y concédeles tu perdón y la vida eterna.

Terminemos nuestras preces con la oración que Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída, conserva a tus fieles en continua alegría y concede los gozos del cielo a quienes has librado de la muerte eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Jesús no tuvo problemas con las gentes sencillas del pueblo. Sabía que le entendían. Lo que le preocupaba era si algún día llegarían a captar su mensaje los líderes religiosos, los especialistas de la Ley, los grandes maestros de Israel. Cada día era más evidente: lo que al pueblo sencillo le llenaba de alegría, a ellos los dejaba indiferentes.

Aquellos campesinos que vivían defendiéndose del hambre y de los grandes terratenientes le entendían muy bien: Dios los quería ver felices, sin hambre ni opresores. Los enfermos se fiaban de él y, animados por su fe, volvían a creer en el Dios de la vida. Las mujeres que se atrevían a salir de su casa para escucharle, intuían que Dios tenía que amar como decía Jesús: con entrañas de madre. La gente sencilla del pueblo sintonizaba con él. El Dios que les anunciaba era el que anhelaban y necesitaban.

La actitud de los «entendidos» era diferente. Caifás y los sacerdotes de Jerusalén lo veían como un peligro. Los maestros de la Ley no entendían que se preocupara tanto del sufrimiento de la gente y se olvidara de las exigencias de la religión. Por eso, entre los seguidores más cercanos de Jesús no hubo nunca sacerdotes, escribas o rabinos.

Un día, Jesús descubrió a todos lo que sentía en su corazón. Lleno de alegría, le rezó así a Dios: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla».

Siempre es igual. La mirada de la gente sencilla es, de ordinario, más limpia. No hay en su corazón tanto interés torcido. Van a lo esencial. Saben lo que es sufrir, sentirse mal y vivir sin seguridad. Son los primeros que entienden el Evangelio.

Esta gente sencilla es lo mejor que tenemos en la Iglesia. De ellos tenemos que aprender obispos, teólogos, moralistas y entendidos en religión. A ellos les descubre Dios algo que a nosotros se nos escapa. Los eclesiásticos tenemos el riesgo de racionalizar, teorizar y «complicar» demasiado la fe.

Sólo dos preguntas: ¿Por qué hay tanta distancia entre nuestra palabra y la vida de la gente? ¿Por qué nuestro mensaje resulta más oscuro y más complicado que el de Jesús?

José Antonio Pagola

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El Evangelio que acabamos de escuchar tiene diversos puntos de contacto con el Magnificat de la Virgen María, que son sumamente interesantes y reveladores en extremo

En primer lugar, glorifica Jesús a su Padre porque ha revelado a los “pequeños” lo que ha ocultado a los sabios y a los juiciosos. Y a continuación nos invita a todos a que tomemos sobre nuestras espaldas su yugo y nos convirtamos en discípulos suyos, ya que, dice Él, “Yo soy manso y humilde de corazón”.

Los humildes, los pequeños ocupan un lugar muy especial en el Evangelio. El Padre tiene un amor preferencial para con ellos. Uno de ellos es María y al comienzo del Magnificat lo proclama: “Mi alma enaltece al Señor…porque se ha inclinado sobe la pequeñez de su sierva”. La expresión griega que aquí se utiliza (tapeinosin) ha sido traducida de diferente manera en las diferentes traducciones de la Biblia: humildad, pequeñez, condición humilde. Ahora bien, es el adjetivo correspondiente que utiliza Jesús en el Evangelio de hoy cuando dice de si mismo que es manso y “humilde” (tapeinos) de corazón Y es asimismo la misma expresión que utiliza María más adelante en su Magnificat, cuando dice que el Señor ha arrojado de sus tronos a los poderosos y exaltado a los “pequeños”, a los humildes (tapeinous).

Cuando glorifica Jesús a su Padre por haber revelado a los pequeños las cosas ocultas a los sabios, son sus discípulos esos pequeños a los que se refiere. Y no es que fueran niños cándidos. Eran hombres adultos que conocían muy bien las maneras de actuar del mundo. Mateo, el cobrador de impuestos, sabía muy bien cómo hacerse con dinero. Judas, el Celote, conocía el arte de la guerrilla. Pedro, Santiago y Juan eran pescadores que sabían guardar su barca en el lago y echar la red. Habían abandonado cuanto tenían para hacerse discípulos de Cristo. Cuando les invita y nos invita a nosotros – Jesús – a la sencillez de corazón, no nos invita en manera alguna a una actitud infantil o a un tipo infantil de espiritualidad. Nos invita a una forma sumamente exigente de pobreza de corazón. Nos invita a seguirle como discípulos y a abandonar por consiguiente todas nuestras fuentes de seguridad, especialmente nuestra sed de poder, de la misma manera que sus discípulos habían abandonado todo para seguirle.

La primera lectura tomada del libro de Zacarías, nos describe a un Mesías que llega no como rey potente sobre su caballo, sino como un sencillo y dulce salvador sentado sobre su asno. S. Pablo, el sabio y poderoso Fariseo que fue descabalgado en el camino de Damasco, aprendió la vía de la humildad y de la pequeñez, y pudo describirla como la vida conforme al espíritu, muy otra de la vida según la carne.

Lo que ante todo caracteriza al niño es su incapacidad , A su manera puede un niño ser tan inteligente, tan amante, etc., como un adulto. Pero, como no le ha sido aún posible acumular sus conocimientos, posesiones materiales y relaciones sociales, se ve totalmente desprovisto de poder. Una vez que llegamos a ser adultos, queremos ejercer poder y control: sobre nuestras propias vidas, sobre las demás personas, sobre las cosas materiales, ey incluso, a veces, sobre el mismo Dios. Jesús nos pide que renunciemos a esto cuando nos pide que seamos como pequeños niños.

Un ejercicio útil de conocimiento de si mismo podría consistir en examinar las diversas formas en las cuales se expresa, en los aspectos más diversos de nuestra vida, nuestra sed de poder, y cómo defendemos este poder. Es entonces cuando hemos de contemplar a nuestro señor que se allegado a nosotros no como un rey poderoso sobre su trono, sino como un profeta humilde y desprovisto de todo, poder, sobre un asno.

Contemplemos asimismo la pequeñez de su tan santa sierva, su madre, y cantemos con ella con alegría y espíritu renovados: “Arroja a los poderosos de sus tronos, y exalta a lo humildes” Y ojalá podamos cantar un día, todos juntos, a lo largo de los siglos de los siglos: “Bendito sea el Señor Dios de Israel, ya que ha fijado sus ojos en la pequeñez de sus siervos”

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Jesús hoy nos ofrece un regalo maravilloso. Se ha vestido de arquitecto y nos invita a que conozcamos y utilicemos un hermoso edificio que ha ideado para nosotros. Consta de dos módulos perfectamente equipados. El primero está dedicado a una adecuada relajación de nuestros músculos, de nuestras preocupaciones, de nuestros agobios; y el otro lo ha destinado para la docencia: una especie de universidad donde aprender a vivir.

La vida humana es un constante caminar hacia delante. En el itinerario encontramos flores, panoramas soleados, sonrisas agradecidas… En ocasiones, también nos topamos con escollos, con tramos pedregosos, con problemas, con ingratitudes. La ruta, a veces nos depara un banco para descansar, reflexionar y contemplar animalitos pequeños qué reptan a nuestro alrededor como compañeros de viaje. Ese pequeño oasis de relajación nos reconforta y anima a seguir caminando… Y seguimos caminando, para volver a cansarnos. Con los años, los pensamientos, las preocupaciones, los achaques pesan cada vez más. Hasta que, decididamente, lo confesamos sin ningún pudor: “Estamos cansados”. Es entonces cuando Jesús sale al encuentro de nuestras fatigas y nos invita a que nos acomodemos en el primer módulo del edificio, el de la relajación: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso”.

El descanso que nos regala Jesús no es una anestesia para dormirnos y despreocuparnos de todo. Se trata de un remanso de paz, de sosiego, de alivio para nuestro corazón atormentado. Y la paz no hace ruido, es como una semilla que anida en nuestro interior con vocación de dar fruto; la paz nos conduce a ver en el prójimo al hermano a quien debemos ayudar, valorar y querer. Una vez más, comprobaremos que la paz, cuando se hace extensiva hacia los otros, crece y se convierte en más paz… Desde esta perspectiva, estaremos siempre ocupados en remediar situaciones angustiosas, en solucionar problemas que detectemos en nuestra sociedad; trabajaremos y no percibiremos el cansancio, porque todo lo que hagamos con quien nos necesita, se lo estamos haciendo al mismo Jesús. Jesús, que es el refugio de los desvalidos.

El segundo módulo del edificio en cuestión está destinado a la docencia. En él se enseña a vivir con honradez, a respetar los derechos de todos, a colaborar desinteresadamente en todas las causas nobles, a tratarnos con amabilidad... El director de la escuela, el Maestro es Jesús, que nos dice: “Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón. Así encontraréis descanso para vuestro espíritu, porque mi yugo es fácil de llevar, y mi carga ligera”… Cuando Jesús afirma: “Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón”, no pretende que seamos también nosotros sencillo y humildes (que también), sino que intenta presentarse no como un profesor “hueso” que martiriza al alumno, sino como un maestro delicado y cordial con sus alumnos. Es como si hubiera dicho: “Venid a mi escuela, que soy un docente respetuoso y afable”. Y hubiera añadido, como de hecho lo hizo: “Mi yugo es fácil de llevar, y mi carga ligera”.

Yo he optado por inscribirme en esta escuela y ser alumno de Jesús. En ella voy a aprender a: olvidarme de mí mismo por estar ocupado en los demás;

ser sencillo y no mirarme en el espejo de la autocomplacencia;

ser afable y dominar mis rarezas;

solidarizarme con quienes luchan contra las injusticias;

ser más respetuoso con mis seres queridos;

ceder de mi persona, de mis caprichos y, si hiciese falta, hasta de mis derechos por favorecer a mis prójimos necesitados…

Quiero vaciar mi mochila de sus cansancios y llenarla de paz. Y a propósito de lo que digo, dejadme que recuerde la leyenda que reza en el cementerio de Salamanca, en la tumba donde yace el cuerpo del eminente profesor bilbaíno don Miguel de Unamuno. Dice así:

“Méteme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioso hogar,

dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar”.

Pedro Mari Zaldibe

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85. Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a san Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad» (2 Co 12,9). El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal. El mal espíritu de la derrota es hermano de la tentación de separar antes de tiempo el trigo de la cizaña, producto de una desconfianza ansiosa y egocéntrica.

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Lectio: Domingo, 9 Julio, 2017

La Buena Noticia del Reino de Dios revelada a los pequeños
El espejo del evangelio nos hace entender lo que acontece hoy
Mateo 11,25-30

1. ORACIÓN INICIAL

 Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Tí, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. LECTURA

a) Una clave de lectura:

Cuando Jesús se dio cuenta que los pequeños entendían la buena nueva del Reino, se alegró intensamente.
Espontáneamente se dirigió al Padre con una plegaria de acción de gracias e hizo una invitación generosa a todos los que sufren, oprimidos por el peso de la vida. El texto revela la ternura de Jesús al acoger a los pequeños y su bondad al ofrecerse a los pobres como fuente de reposo y de paz.

b) Una división del texto para ayudar a la lectura:

Mt 11,25-26; Oración de acción de gracias al Padre
Mt 11,27; Jesús se presenta como el camino que lleva al Padre
Mt 11,28-30; Invitación a todos los que sufren y a los oprimidos

c) El texto:

25-26: En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito.
27: Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
28-30: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»

3. UN MOMENTO DE SILENCIO ORANTE

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. ALGUNAS PREGUNTAS

para ayudarnos en la reflexión personal.

a) ¿Cuál es el punto del texto que más ha llamado mi atención y que más me gusta?
b) En la primera parte (25-27), Jesús se dirige al Padre. ¿Qué imagen del Padre revela en su oración? ¿Cuáles son los motivos que le empujan a dar alabanza a Dios? Y yo ¿qué imagen tengo de Dios? ¿Cómo y cuándo alabo al Padre?
c) ¿A quién se dirige Jesús en la segunda parte (28-30)? ¿Cuál es el yugo que mayormente pesaba sobre el pueblo de aquel tiempo? Y ahora ¿cuál es el yugo que más cansa?
d) ¿Cuál es el yugo que me da descanso?
e) ¿Cómo pueden las palabras de Jesús ayudar a nuestra comunidad a ser un lugar de reposo para nuestras vidas?
f) Jesús se presenta como revelador y como camino al Padre. ¿Quién es Jesús para mí?

5. UNA CLAVE DE LECTURA

para aquéllos que quieran profundizar más en el tema.

a) El contexto literario de las palabras de Jesús: capítulos 10-12 del Evangelio de Mateo.

* En el Evangelio de Mateo, el discurso de la Misión ocupa todo el capítulo 10. En la parte narrativa que sigue después de los capítulos 11 y 12, donde se describe cómo Jesús realiza la Misión, aparecen incomprensiones y resistencias que Jesús debe afrontar. Juan Bautista, que miraba a Jesús con una mirada del pasado, no lo comprende (Mt 11, 1-15). El pueblo, que miraba a Jesús sólo por interés, no es capaz de entenderlo (Mt 11, 16-19). Las grandes ciudades en torno al lago, que habían oído la predicación y habían visto los milagros, no quieren abrirse a su mensaje (Mt 11, 20-24). Los escribas y doctores que juzgaban todo a partir de su ciencia, no son capaces de entender la predicación de Jesús (Mt 11,25). Ni siquiera los parientes lo entienden (Mt 12,46-50) Sólo los pequeños entienden y aceptan la buena nueva del Reino (Mt 11,25-30). Los otros quieren sacrificios, pero Jesús quiere misericordia (Mt 12,8). La resistencia contra Jesús lleva a los fariseos a intentar matarlo (Mt 12,9-14). Ellos lo llaman Beelzebul (Mt 12, 22-32). Pero Jesús no cede; él continúa asumiendo la misión del Siervo, descrito por el profeta Isaías (Is 43, 1-4) y citado al completo por Mateo (Mt 12, 15-31).

* Así, este contexto de los capítulos 10-12 sugiere que la aceptación de la buena nueva por parte de los pequeños es la realización de la profecía de Isaías. Jesús es el Mesías esperado, pero es diverso de lo que la mayoría imaginaba. No es el Mesías glorioso nacionalista, ni siquiera un juez severo, ni un Mesías rey poderoso. Sino que es el Mesías humilde y siervo que “no rompe la caña cascada, ni apagará la mecha humeante” (Mt 12,20). Él proseguirá luchando, hasta cuando la justicia y el derecho prevalezcan en el mundo (Mt 12,18. 20-21). La acogida del Reino por parte de los pequeños es la luz que brilla (Mt 5,14), es la sal que da sabor (Mt 5,13), es el grano de mostaza que (una vez convertido en árbol grande) permitirá a las aves del cielo anidar entre sus ramas (Mt 13, 31-32).

b) Breve comentario a las palabras de Jesús:

* Mateo 11, 25-26: Sólo los pequeños pueden entender y aceptar la buena nueva del Reino.

De frente a la acogida del mensaje del Reino por parte de los pequeños, Jesús tiene un gran gozo y espontáneamente, transforma su gozo en una oración al Padre: “Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos. Sí, Padre, porque así te plugo”. Los sabios, los doctores de aquel tiempo, habían creado una serie de leyes en torno a la pureza legal, que después imponían al pueblo en nombre de Dios (Mt 15, 1-9). Ellos pensaban que Dios exigía todas estas observancias, para que el pueblo pudiese tener paz. Pero la ley del amor, revelada por Jesús, afirmaba lo contrario. De hecho, lo que cuenta, no es lo que hacemos por Dios, sino más bien, ¡lo que Dios, en su gran misericordia, hace por nosotros! Los pequeños oían esta nueva noticia y se alegraban. Los sabios y doctores no conseguían entender tal clase de enseñanza. Hoy, como en aquel tiempo, Jesús está enseñando muchas cosas a los pobres y a los pequeños. Los sabios e inteligentes harán bien en convertirse en discípulos de estos pequeños.

¡Jesús oraba mucho! Oraba con los discípulos, oraba con el pueblo, oraba solo. Pasaba noches enteras en oración. Llegó a resumir todo su mensaje en una oración de siete peticiones, que es el Padre Nuestro. A veces, como en este caso, los evangelios nos informan del contenido de la oración de Jesús (Mt 11,25-26; 26-39; Jn 11,41-42; 17,1-26). Otras veces nos dan a conocer que Jesús rezaba los Salmos (Mt 26,30; 27,46). En la mayoría de los casos, sin embargo, dicen simplemente que Jesús oraba. Hoy por todas partes se están multiplicando los grupos de oración.
En el Evangelio de Mateo, el término pequeños (elachistoi, mikroi, nepioi) a veces indican a los niños, otras veces indica sectores excluídos de la sociedad. No es fácil distinguir. A veces lo que se llama pequeño en un evangelio, es llamado niño en otro. Además, no siempre es fácil distinguir entre lo que pertenece a la época de Jesús y lo que es, por el contrario, del tiempo de las comunidades para las que han sido escritos los evangelios. Pero, aun siendo esto así, lo que resulta claro es el contexto de exclusión que reinaba en aquella época y la imagen de persona acogedora de los pequeños que las comunidades primitivas tenían de Jesús.

* Mateo 11,27: El origen de la nueva Ley: el Hijo conoce al Padre
Jesús siendo el Hijo, conoce al Padre y sabe lo que el Padre quería, cuando en el pasado, había llamado a Abrahán y a Sara para formar un pueblo o cuando consignó la Ley a Moisés para reforzar la alianza. La experiencia de Dios como Padre ayudaba a Jesús a entender de una manera nueva las cosas que Dios había dicho en el pasado. Lo ayudaba a reconocer errores y límites, dentro de los cuales la buena nueva de Dios había estado prisionera de la ideología dominante. La intimidad con el Padre le ofrecía un criterio nuevo que lo colocaba en contacto directo con el autor de la Biblia. Jesús no iba de la letra a la raíz, sino de la raíz a la letra. Él buscaba el sentido en la fuente. Para entender el sentido de una carta es importante estudiar las palabras que contiene. Pero la amistad con el autor de la carta puede ayudar a descubrir una dimensión más profunda en esas palabras, que el solo estudio no es capaz de revelar.

* Mateo 11,28-30

Jesús invita a todos aquéllos que están cansados y promete su descanso. El pueblo de aquel tiempo, vivía cansado, bajo el doble peso de los impuestos y de las observancias exigidas por las leyes de pureza. Y Jesús dice: “Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas, pues mi yugo es blando y mi carga ligera”. A través del Profeta Jeremías Dios había invitado al pueblo a investigar en el pasado para conocer qué camino bueno podría dar descanso a las almas (Jer. 6,16). Este camino bueno aparece ahora en Cristo. Jesús ofrece descanso a las almas. Él es el camino (Jn 14,6).

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. Como Moisés, Jesús era manso y humilde (Num 12,3). Muchas veces esta frase ha sido manipulada para pedir al pueblo sumisión, mansedumbre y pasividad. Lo que Jesús quiso decir es todo lo contrario. Él pide que el pueblo, para poder entender las cosas del Reino, no le dé tanta importancia a “los sabios y doctores” esto es, a los profesores oficiales de la religión del tiempo y que confíen más en los pequeños. Los oprimidos deben comenzar a aprender de Él, de Jesús, que es “manso y humilde de corazón”.
En la Biblia muchas veces la palabra humilde es sinónimo de humillado. Jesús no hacía como los escribas que se envanecían de su ciencia, sino que era como el pueblo humilde y humillado. Él, el Maestro, sabía por experiencia qué cosa pasaba por el corazón del pueblo y cuánto el pueblo sufría en la vida de cada día.

c) Para iluminar las actitudes de Jesús:

* El estilo de Jesús en el anuncio de la buena nueva del Reino
En su modo de anunciar la buena nueva del Reino, Jesús revela una gran pasión por el Padre y por el pueblo humillado. Diferente de los doctores de su tiempo, Jesús anuncia la buena nueva de Dios, en cualquier lugar en donde encuentra gente que lo escucha. En las sinagogas durante la celebración de la Palabra (Mt 4,23). En las casas de los amigos (Mt 13,36). Caminando por los caminos con los discípulos (Mt 12,1-8). En el mar, a lo largo de las playas, sentado en la barca (Mt 13,1-3). Sobre la montañadonde proclama las bienaventuranzas (Mt 5,1). En las plazas de los pueblos y de las ciudades, donde el pueblo transporta a los enfermos (Mt 14,34-36). También en el templo de Jerusalén durante las peregrinaciones (Mt 26,35). En Jesús ¡todo es revelación de lo que dentro le anima! No sólo anuncia la buena nueva del Reino, sino que Él es una prueba viva del Reino. En Él aparece ya lo que acontece cuando una persona humana deja que Dios reine y tome posesión de su vida.

* La invitación de la Sabiduría Divina a todos los que la buscan
Jesús invita a todos los que sufren bajo el peso de la vida a encontrar en Él reposo y alivio (Mt 11,25-30) En esta invitación resuenan las palabras tan bellas de Isaías que consolaba al pueblo cansado por el destierro (Is 55,1-3). Esta invitación está en relación con la Sabiduría Divina, que convoca en torno a sí a las personas (Sir 24,18-19) afirmando que ” sus caminos son caminos deleitosos y son paz todas sus sendas” (Prov 3, 17). También dice: ” La sabiduría exalta a sus hijos y acoge a los que la buscan. El que la ama, ama la vida, y los que madrugan para salir a su encuentro, serán llenos de alegría” (Sir 4, 11-12). Esta invitación revela un aspecto importante del rostro femenino de Dios, la ternura y el acogimiento que consuela, revitaliza las personas y les hace sentir bien. ¡Jesús es el alivio que Dios ofrece al pueblo fatigado!

6. SALMO 132 (131)

La oración de los pequeños

Mi corazón, Yahvé, no es engreído,
ni son mis ojos altaneros.
No doy vía libre a la grandeza,
ni a prodigios que me superan.

No, me mantengo en paz y silencio,
como niño en el regazo materno.
¡Mi deseo no supera al de un niño!
¡Espera, Israel, en Yahvé
desde ahora y por siempre!

7. ORACIÓN FINAL

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén

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