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Archive for 10/07/17

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: PRESENTEMOS A DIOS NUESTRAS TAREAS.

Presentemos a Dios nuestras tareas,
levantemos orantes nuestras manos,
porque hemos realizado nuestras vidas
por el trabajo.

Cuando la tarde pide ya descanso
y Dios está más cerca de nosotros,
es hora de encontrarnos en sus manos,
llenos de gozo.

En vano trabajamos la jornada,
hemos corrido en vano hora tras hora,
si la esperanza no enciende sus rayos
en nuestra sombra.

Hemos topado a Dios en el bullicio,
Dios se cansó conmigo en el trabajo;
es hora de buscar a Dios adentro,
enamorado.

La tarde es un trisagio de alabanza,
la tarde tiene fuego del Espíritu:
adoremos al Padre en nuestras obras,
adoremos al Hijo. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia.

Salmo 44 I – LAS NUPCIAS DEL REY.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, ¡oh Dios!, permanece para siempre;
cetro de rectitud es tu cetro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia.

Ant 2. Llega el esposo, salid a recibirlo.

Salmo 44 II

Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna:
prendado está el rey de tu belleza,
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Llega el esposo, salid a recibirlo.

Ant 3. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios proyectó hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, cuando llegase el momento culminante.

LECTURA BREVE   1Ts 2, 13

Nosotros continuamente damos gracias a Dios; porque habiendo recibido la palabra de Dios predicada por nosotros, la acogisteis, no como palabra humana, sino – como es en realidad- como palabra de Dios, que ejerce su acción en vosotros, los creyentes.

RESPONSORIO BREVE

V. Suba, Señor, a ti mi oración.
R. Suba, Señor, a ti mi oración.

V. Como incienso en tu presencia.
R. A ti mi oración.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Suba, Señor, a ti mi oración.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame mi alma tu grandeza, Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame mi alma tu grandeza, Dios mío.

PRECES

Alabemos a Cristo, que ama a la Iglesia y le da alimento y calor, y roguémosle confiados diciendo:

Atiende, Señor, los deseos de tu pueblo.

Haz, Señor, que todos los hombres se salven
y lleguen al conocimiento de la verdad.

Guarda con tu protección al papa Francisco y a nuestro obispo N.,
ayúdalos con el poder de tu brazo.

Ten compasión de los que no encuentran trabajo
y haz que consigan un empleo digno y estable.

Señor, sé refugio de los oprimidos
y protégelos en todas sus necesidades.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Te pedimos por el eterno descanso de los que durante su vida ejercieron el ministerio para el bien de tu iglesia:
que también te celebren eternamente en tu reino.

Fieles a la recomendación del Salvador nos atrevemos a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que has querido asistirnos en el trabajo que nosotros, tus siervos inútiles, hemos realizado hoy, te pedimos que, al llegar al término de este día, acojas benignamente nuestro sacrificio vespertino de acción de gracias y recibas con bondad la alabanza que te dirigimos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio: Lunes, 10 Julio, 2017
Tiempo Ordinario

1) Oración inicial
¡Oh Dios!, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída; concede a tus fieles la verdadera alegría, para que, quienes han sido librados de la esclavitud del pecado, alcancen también la felicidad eterna. Por nuestro Señor.
 
2) Lectura
Del Evangelio según Mateo 9,18-26
Así les estaba hablando, cuando se acercó un magistrado y se postraba ante él diciendo: «Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá.» Jesús se levantó y le siguió junto con sus discípulos. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto. Pues se decía para sí: «Con sólo tocar su manto, me salvaré.» Jesús se volvió, y al verla le dijo: « ¡Ánimo!, hija, tu fe te ha salvado.» Y se salvó la mujer desde aquel momento. Al llegar Jesús a casa del magistrado y ver a los flautistas y la gente alborotando, decía: « ¡Retiraos! La muchacha no ha muerto; está dormida.» Y se burlaban de él. Mas, echada fuera la gente, entró él, la tomó de la mano, y la muchacha se levantó. Y esta noticia se divulgó por toda aquella comarca.
 
3) Reflexión
• El evangelio de hoy nos lleva a meditar dos milagros de Jesús a favor de dos mujeres. El primero fue a favor de una mujer considerada impura por una hemorragia irregular, que padecía desde hacía doce años. El otro, a favor de una muchacha que acababa de fallecer. Según la mentalidad de la época, cualquier persona que tocara la sangre o un cadáver era considerada impura y quien la tocaba, quedaba impuro/a. Sangre y muerte ¡eran factores de exclusión! Por esto, esas dos mujeres eran personas marginadas, excluidas de la participación en comunidad. Quien las tocara, quedaría impuro/a, impedido/a de participar en la comunidad y no podía relacionarse con Dios. Para poder ser readmitida en la plena participación comunitaria, la persona tenía que pasar por el rito de la purificación, prescrito por las normas de la ley. Ahora, curando a través de la fe la impureza de aquella señora, Jesús abrió un camino nuevo para Dios, un camino que no dependía de los ritos de purificación, controlados por los sacerdotes. Al resucitar a la muchacha, venció el poder de la muerte y abrió un nuevo horizonte para la vida.
• Mateo 9,18-19: La muerte de la muchacha. Mientras Jesús estaba hablando, un jefe del lugar vino a interceder para su hija que acababa de morir. El pide a Jesús que fuera a imponer la mano a la muchacha, “y ella vivirá”. El jefe cree que Jesús tiene el poder de devolver la vida a la hija. Señal de mucha fe en Jesús, de parte del padre de la muchacha. Jesús se levanta y va con él, llevando consigo a que siguen: la curación de la mujer con doce años de hemorragia y la resurrección de la muchacha. El evangelio de Marcos presenta los mismos dos episodios, pero con muchos detalles: el jefe se llamaba Jairo, y era uno de los jefes de la sinagoga. La muchacha no estaba muerta todavía, y tenía doce años, etc. (Mc 5,21-43). Mateo abrevió la narración tan viva de Marcos.
• Mateo 9,20-21: La situación de la mujer. Durante la caminada hacia la casa del jefe, una mujer que sufría desde hacía doce años de hemorragia irregular, se acerca a Jesús en busca de curación. ¡Doce años de hemorragia! Por esto vivía excluida, pues, como dijimos, en aquel tiempo la sangre volvía impura a la persona. Marcos informa que la mujer se había gastado todo su patrimonio con los médicos y, en vez de estar mejor, estaba peor (Mc 5,25-26). Había oído hablar de Jesús (Mc 5,27). Por esto, nació en ella una nueva esperanza. Decía: “Con sólo tocar su manto me salvaré”. El catecismo de la época mandaba decir: “Si toco su ropa, quedo impuro”. La mujer pensaba exactamente lo contrario. Señal de mucho valor. Señal de que las mujeres no estaban del todo de acuerdo con todo lo que las autoridades religiosas enseñaban. ¡La enseñanza de los fariseos y de los escribas no consiguió controlar el pensamiento de la gente! ¡Gracias a Dios! La mujer se acercó a Jesús por detrás, tocó su manto, y quedó curada.
• Mateo 9,22: La palabra iluminadora de Jesús. Jesús se da la vuelta y, viendo a la mujer, declara: “¡Animo, hija! Tu fe te ha salvado.” Frase breve, pero que deja transparentar tres puntos muy importantes: (a) Al decir “Hija”, Jesús acoge a la mujer en la nueva comunidad, que se formaba a su alrededor. Ella deja de ser una excluida. (b) Acontece de hecho aquello que ella esperaba y creía. Queda curada. Muestra esto, de que el catecismo de las autoridades religiosas no era correcto y que en Jesús se abría un nuevo camino para que las personas pudiesen obtener la pureza exigida por la ley y entrar en contacto con Dios. (c) Jesús reconoce que, sin la fe de aquella mujer, él no hubiera podido hacer el milagro. La curación no fue un rito mágico, sino un acto de fe.
• Mateo 9,23-24: En la casa del jefe. En seguida, Jesús va para la casa del jefe. Viendo el alboroto de los que lloraban por la muerte de la muchacha, Jesús manda que todo el mundo salga de la casa Dijo: “La muchacha no ha muerto. ¡Está dormida!”. La gente se ríe, porque sabe distinguir cuando una persona está dormida o cuando está muerta. Para la gente, la muerte era una barrera que nadie podía superar. Es la risa de Abrahán y de Sara, esto es, de los que no consiguieron creer que nada es imposible para Dios (Gn 17,17; 18,12-14; Lc 1,37). Las palabras de Jesús tienen un significado más profundo aún. La situación de las comunidades del tiempo de Mateo parecía una situación de muerte. Ellas también tenían que oír: “¡No es muerte! ¡Ustedes están durmiendo! ¡Despiértense!”
• Mateo 9,25-26: La resurrección de la muchacha. Jesús no dio importancia a la risa del pueblo. Esperó que todos estuvieran fuera de la casa. Luego entró, tomó a la muchacha por la mano y se levantó. Marcos conserva las palabras de Jesús: “Talita kúmi!”, lo que quiere decir: Muchacha, ¡levántate! (Mc 5,41). La noticia se esparció por toda aquella región. Y la gente creyó que Jesús es el Señor de la vida que vence la muerte.
 
4) Para la reflexión personal
• Hoy, ¿cuáles son las categorías de personas que se sienten excluidas de la participación en la comunidad cristiana? ¿Cuáles son los factores que hoy causan la exclusión de tantas personas y le dificultan la vida tanto en familia como en la sociedad?
• “La muchacha no ha muerto. ¡Está dormida!” ¿Estás durmiendo? Pues, ¡despierta! Este es el mensaje del evangelio de hoy. ¿Qué me dice a mí? ¿Soy de aquellos que se ríen?
 
5) Oración final
Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey,
bendeciré tu nombre por siempre;
todos los días te bendeciré,
alabaré tu nombre por siempre.
Grande es Yahvé, muy digno de alabanza,
su grandeza carece de límites. (Sal 145,1-3)

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¡Levántate otra vez!

PUIG SAGI-VELA, Carlos y GUERRERO, Andrés y Ana

Editorial San Pablo, Madrid, 2016, 74 páginas.

Séptimo número de la colección “Sendero-Autoayuda práctica”, dedicado en esta ocasión a las personas que han vivido algún fracaso. Las ilustraciones presentan a una persona que no se rinde ni tira la toalla, acompañado a menudo de un simpático perrito. Los textos nos ofrecen hasta 37 consejos para hacer del fracaso parte del éxito final.

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Objetivo: Centrar la visión de uno mismo en una perspectiva cristiana

MOTIVACIÓN: Ejercicio de Imaginación: La silla vacía (un experimento)

Ponte en una posición cómoda, en la silla o en el suelo. Cierra los ojos. Suelta tus músculos, relaja tu cuerpo y cierra los ojos. Respira suavemente, inhala… y exhala… inhala… y exhala… inhala… y exhala… inhala… y exhala… inhala… y exhala… huye de los ruidos exteriores y entra en tu interior…, escucha tu corazón…siente cómo palpita en todo tu cuerpo, en tus sienes… en tus manos… en tu pecho… entra en él…

Imagínate una silla a unos tres metros de distancia de ti. Fíjate, por favor, en el aspecto de la silla, su peso, su anchura, su color. Fíjate también en el tipo de silla de que se trata: con respaldo recto o no, si es o no mecedora, tapizada, de madera… Cuando logres que la silla se convierta en algo vívido en tu imaginación, haz que alguien a quién tú conoces muy bien, salga de entre los bastidores de tu imaginación y se siente en la silla. Por favor, mira con mucho cuidado a esta persona y fíjate en el modo como te mira. Debes tomar nota de tu “captación sensorial” de esa persona: física (corporal) – emocional – y –perceptual. Todas tus experiencias previas con esta persona o “captación sensorial” tuya. Todo lo que has juzgado anteriormente acerca de esta persona -reacciones previas emocionales, recuerdos almacenados de pasadas experiencias con esta persona- todo esto plasmará y coloreará tu reacción y contribuirá ella.

Al terminar de captar estas reacciones, mira como la primera persona se levanta y se va. Luego una segunda persona, a quien tú conoces muy bien, viene y se sienta en la misma silla. Otra vez tú, conscientemente, registras tu “captación sensorial” de esta segunda persona.

Puedes comparar esta captación con la primera.

Cuando termines con estas dos personas, deja que una tercera entre al escenario y se siente en la silla, cara a cara contigo: ¡esa persona eres tú mismo!… Fíjate y aumenta cada vez más tu conciencia de la “captación sensorial” de ti mismo. Fíjate y recuerda la reacción inmediata que tienes ante ti mismo: cálida o fría, molesta o agradable, alegre o dolorosa, atractiva o repulsiva… Lo principal que hay que conservar es tu reacción de “captación sensorial” ante las tres personas mencionadas, la última de las cuales eres tú mismo.

Toma conciencia de ese sentimiento… siente la sangre cómo vitaliza y cómo se llenan de aire tus pulmones… respira suavemente, inhala y exhala… inhala y exhala… inhala y exhala… inhala y exhala… inhala y exhala… siente los ruidos exteriores, vuelve lentamente a la sala, y abre lentamente tus ojos… y acostúmbrate a la luz, estírate si así te sientes mejor…

Comentario:

* ¿Qué nos pareció el ejercicio?

* ¿Cómo nos sentimos?

* ¿De qué nos sirvió el ejercicio?

Ahora recuerda:

* ¿Te gustaste a ti mismo o te disgustaste?

* ¿Te sentiste cálido y amistoso, iluminado o ensombrecido por la imagen de ti mismo?

* ¿Qué te gustaría haberte dicho a ti mismo?

* ¿Qué te estaba diciendo el lenguaje de la cara y del cuerpo del “otro tú”?

Aporte a la reflexión:

El ejercicio que acabas de realizar es un esfuerzo por descubrir la imagen de ti mismo. Imaginar a las primeras dos personas sólo te sirvió de entrenamiento para que te fueras acostumbrando a la “captación sensorial”. La prueba real fue la reacción que experimentaste ante ti mismo. Tus pensamientos y tus juicios, tus sentimientos y tus re- cuerdos de ti mismo, todo ello alimentó Y determinó tu reacción.

La primera vez que hice este experimento, mi “otro yo” parecía dudoso e incómodo, como si se estuviera reprimiendo para evitar que lo criticaran. Instintivamente me sentí apenado por él. Repentinamente empecé a comprender que yo siempre había sido mi propio critico más constante y más severo. Yo nunca he sido capaz de revisar mis propias actuaciones. No he podido verme en una película o escucharme en una grabación. Siempre me ha costado trabajo leer lo que he escrito. El crítico que hay en mí siempre ha estado comentando: “¿Por qué dijiste eso? ¿Por qué no usaste otra ilustración? Tu voz tiene un tono muy alto y es nasal. Esa idea no fluye con claridad”. Cuando, después de la fantasía de la silla, caí en 1a cuenta de ello, me pedí perdón: “¡Hombre, perdóname! Yo nunca he sido de veras un amigo. Sólo he sido un crítico negativo. De ahora en adelante trataré de se, tu amigo. Me fijaré en tus cualidades y te las diré, y también tus debilidades. Me fijaré en tus talentos y tu bondad y también en tus defectos y limitaciones”…

La más importante actitud y sus efectos

Es indiscutible que la actitud de uno mismo para consigo mismo es la más importante de todas nuestras actitudes. Comparamos hace tiempo nuestras actitudes con los lentes de nuestra mente. Continuando con esta comparación, los lentes o la actitud que uno tiene hacia sí mismo, siempre están puestos sobre los ojos de nuestra mente. Los otros lentes o actitudes pueden o no estar sobrepuestos, cuando estamos reaccionando ante algo. Pero los lentes con que nos vemos a nosotros mismos siempre afectarán favorable o desfavorablemente el modo como vemos todo lo demás. De acuerdo con el asunto de que se trate, nuestras diferentes actitudes siempre están listas para interpretar, evaluar y dictar una respuesta apropiada. Pero ésta, con la que nos vemos a nosotros, siempre estará afectando todas nuestras actitudes, coloreando el modo como yo el modo como vemos cada parte de la realidad. Repetimos: indudablemente es la actitud fundamental de todos y, cada uno de nosotros.

Quizá la función más crítica, que es el resultado de la actitud hacia uno mismo, es ésta: cada uno de nosotros proyecta su propia imagen. Por ejemplo: si yo me percibo como un perdedor, actuaré como un perdedor; me acercaré a una persona desconocida o a una situación desconocida con mentalidad de perdedor. Todas mis esperanzas están coloreadas por esta percepción de mí mismo, como perdedor, y como sabemos, con mucha frecuencia la esperanza es la madre del resultado. La expectación del fracaso da a luz nuestros fracasos actuales, y ya cuando de hecho perdemos o fallamos, nos confirmamos en nuestra actitud derrotista: “¿Ya ves? Te dije que no eras bueno para eso. Has fallado otra vez”… Tremendo círculo vicioso…

Un cuento del folklore de los indios estadounidenses ilustra muy claramente esta verdad. Un indio encontró un huevo de águila, que se había caído de su nido y no se había roto. Como no pudo hallar el nido, el indio colocó el huevo en el nido de una gallina clueca, en la pradera. La gallina incubó el huevo; y aquel aguilucho, recién nacido, con sus proverbiales ojos penetrantes vio el mundo por primera vez… Y siguió mirando aquel mundo de gallinas y aprendió a hacer lo que ellas hacían: a escarbar la tierra, a picotear por aquí y por allá, a buscar granos y cáscaras. De vez en cuando se elevaba unos cuantos metros por encima de la tierra y luego descendía. Imitaba y aceptaba la rutina diaria de las gallinas de la pradera, que estaban ligadas a la tierra. Y así pasó la mayor parte de su vida.

Pero, dice el cuento, un día un águila sobrevoló los corrales de las gallinas. Entonces, aquella vieja águila, que seguía pensando que era gallina, miró hacia arriba aterrada y con admiración, mientras que aquel enorme pájaro se cernía por el cielo. “¿Qué es esto?”, jadeó asombrada. Una de las gallinas más viejas le dijo: “Yo ya he visto eso antes: es un águila, el más orgulloso, el más fuerte y magnífico de todos los pájaros… Pero no se te ocurra soñar que tú podrías ser como ella… Tú eres una de nosotras: una gallina de la pradera” … Y aquella pobre águila, impedida por esa creencia, vivió y murió pensando que era una gallina de la pradera…

Moraleja: así vivimos y morimos nosotros. Nuestra vida está determinada por el modo como nos percibimos a nosotros mismos. Las actitudes más importantes por medio de las cuales nos percibimos y evaluamos, nos dicen quiénes somos y describen el comportamiento adecuado para esa persona que nos dicen que somos. Vivimos y morimos de acuerdo con la percepción de nosotros mismos.

DINÁMICA DE LOS “ROTULOS”

Objetivo:

  • Tomar conciencia de los efectos de la actitud hacia nosotros mismos y que tal actitud determina no sólo la forma como actuaremos nosotros, sino también la forma como los demás van a actuar con nosotros.
  • Experimentar las presiones que ejercen las expectativas acerca de los diversos “roles” o funciones.
  • Mostrar los efectos de dichas expectativas en el comportamiento individual dentro de un grupo. Examinar los efectos que las mencionadas expectativas producen en el funcionamiento total de un grupo.  

Tiempo: 10 minutos.

Material: Etiquetas adhesivas (una por participante), cada uno de las cuales tiene que llevar uno de los siguientes “rótulos”. La frase tiene que estar previamente escrita antes de la dinámica. Las frases pueden ser:

“Apréciame”                             “Ignórame”                   “Aconséjame”

“Búrlate de mí”                         “Enséñame”                 “Ten compasión de mí”

“Ríete de mí”                            “Ayúdame”                   “Respétame”

“Dame una patata”                   “Sonríeme”                   Hazme caso a lo que te digo”

“Tócame la espalda”                “Juega conmigo”         “Hazme cariñito”

“Toma las distancias                “Felicítame                  “Mírame fijamente…”

“Mueve la cabeza como negación“

Desarrollo:

  1. Algunos animadores pegan en la frente de los participantes una etiqueta con una frase previamente escrita en ella, procurando que nadie pueda ver su propio rótulo.
  2. A continuación el animador hacer ver a todos que deben reaccionar para con los demás miembros del grupo, conforme a lo que aparece escrito en los respectivos rótulos, pero sin formular nunca lo que figura en ellos, porque esto deberá ser adivinado por el interesado en función de las reacciones que observe en los demás hacia él / ella. Cada uno tratará a los demás como lo dice la etiqueta, pero siempre con moderación y respeto.
  3. Por último se hace un plenario para que cada cual exprese lo que ha sentido ante las reacciones de los demás miembros del grupo.

Comentario:

* ¿Qué nos pareció el ejercicio?

* ¿Cómo nos sentimos?

* ¿De qué nos sirvió el ejercicio?

  1. El animador podrá resumir los papeles desempeñados.

Comediante:                 Ríete de mí

Consejero:                    Haz caso a lo que te digo

Desamparado:              Ayúdame

Perdedor:                     Ten compasión de mí

Insignificante:               Ignórame

Estúpido:                      Búrlate de mí

Persona importante:     Respétame

Ignorante:                     Enséñame

Necesitado de afecto: Apréciame

Inseguro:                       Aconséjame

 

Aporte a la reflexión:

Hay todavía otro efecto muy importante de la actitud hacia nosotros mismos. Tal actitud determina no sólo la forma como actuaremos nosotros, sino también la forma como los demás van a actuar con nosotros. Quizá en la primaria nos hicieron aquella travesura de colgarnos un letrero en la espalda, que decía: “Dame una patada”… Claro, nuestros compañeros nos dieron la patada… Pues bien, es cierto que nuestra actitud hacia nosotros mismos, el modo como nos percibimos, redacta un mensaje o letrero. Ese letrero que llevamos en la frente es un anuncio de quiénes somos. Les dice a los demás quiénes somos y los invita a reaccionar en una forma de-terminada.. Como nuestros compañeros en la primaria, la gente nos trata de acuerdo con ese letrero. Si mi letrero dice que yo no valgo mucho, conseguiré tantita atención, poquito respeto y apoyo. Y, al contrario, si el letrero redactado por mis actitudes hacia mí mismo, dice que yo soy una persona que merece respeto, seré tratado con respeto.

A esto que hemos escrito hay que añadir una nota referente a ese “letrero”, que mantenemos delante de nosotros y que refleja nuestras actitudes hacia nosotros mismos. Conscientemente podemos simular públicamente una personalidad que desmiente lo que en realidad pensamos y sentimos acerca de nosotros mismos. Podemos disfrazar nuestra ansiedad con una manifestación externa de arrogancia. Podemos aparentar seguridad, cuando por dentro estamos temblando de miedo… Con todo y eso, no iremos lejos, porque la mayor parte de la gente mira a través de nuestras máscaras transparentes. Hay un sexto sentido que nos hace descubrir si la persona está siendo genuina o si está adoptando una pose. Podríamos preguntarle a la persona que presume: “¿A quién estás tratando de convencer, a ti o a nosotros?”… De mil maneras subconscientes podemos tratar de ocultar -y de revelar públicamente-, las imágenes que tenemos de nosotros mismos. Como si tuviéramos colgado un letrero para que todos lo vieran, decimos a los demás en forma patente lo que realmente pensamos de nosotros mismos. La gente lee esos letreros nuestros, indiscretos y reveladores, y nos trata de acuerdo con lo que han leído.

La intuición humana puede ser tan precisa, que da miedo. La gente es mucho más perspicaz de lo que nosotros suponemos. Por todo esto, cuando las personas llevan sus problemas ante un consejero y le preguntan cómo pueden cambiar a los demás con quienes tratan, escuchan casi siempre este consejo: “Cambia tú primero, cambia primero tus actitudes hacia ti mismo, y los demás cambiarán (casi) automáticamente contigo“.

Amor a sí mismo y amor a los demás

Es un hecho que no podemos amar a los demás, si no nos amamos a nosotros mismos. El mandamiento del Señor es que amemos al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. Una versión psicológica de este mandamiento podría ser la siguiente: “Ámate a ti mismo y podrás amar a tu prójimo”. El Jesús que yo conozco nos insiste en que dejemos nuestras balanzas, en que dejemos de medir lo que entra y lo que sale, en que hagamos del amor la regla y el motivo de nuestra vida. “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado”. Más aún, Jesús nos asegura: “Si hacen ustedes esto, serán muy felices” (Evangelio de san Juan 13, 17). Sin embargo, es crucial comprobar que nuestra actitud hacia nosotros mismos regula nuestra capacidad activa de amar a los demás. Lo difícil es que sólo en la medida en que nos amemos a nosotros mismos, podremos amar verdaderamente a los demás e incluso a Dios.

Si nuestra actitud hacia nosotros mismos es mutilante, nuestra capacidad para amar se disminuye proporcionalmente. Tener una pobre imagen de uno mismo es algo tan doloroso como una sangrienta guerra civil dentro de uno mismo. Esa pobre imagen magnetiza toda nuestra atención hacia nosotros mismos y nos permite muy poca libertad para salir hacia los demás. Cuando tenemos un dolor, aunque sea algo tan sencillo (!) como un dolor de muelas, nuestra disponibilidad hacia los demás se reduce. Si nuestra actitud hacia nosotros mismos nos deja con un dolor como de vacío, no tendremos ni fuerza n¡ deseos de salir hacia los demás. En cambio, a medida que nuestra actitud hacia nosotros mismos se hace más positiva y resistente, nuestro dolor se reduce en esa medida, y entonces somos más libres para descubrir las necesidades de las personas que nos rodean y para responder a ellas. Brevemente: mientras mejor sea la imagen de uno mismo, mayor será la capacidad para amar. Y al contrario, mientras más grande sea la distracción que tengamos por el dolor, tanto más pequeña será nuestra capacidad para ocuparnos de los demás y para amarlos.

Voy a ilustrar esta verdad con un recuerdo de mi pasado. Una brillante mañana de septiembre, en una escuela para muchachos, empezó mi carrera como maestro. Los maestros novatos habíamos recibido instrucciones para que fuéramos tan eficientes como los negociantes: hábiles, claros, simpáticos, inspiradores… Nos advirtieron que no empezáramos a sonreír sino hasta Navidad. En otra forma, los bribones adolescentes se nos subirían a las barbas. Y recuerdo esa mañana de septiembre…, cuando sentía fuertes mareos y la vaga esperanza de recordar mi nombre… Todo aquel primer año de enseñanza, que fue un verdadero bautismo de fuego para mí, la única pregunta que me importaba era ésta: “¿Qué tal lo estaré haciendo?”… Mi interés por enseñar bien y mantener la disciplina se centraban en mi deseo de triunfar como maestro. Estaba tan preocupado en captar y responder a las necesidades de mi propia inseguridad, que mi capacidad para comprender las necesidades de mis alumnos y para responder a ellas estaba reducida al mínimo.

Pero gradualmente me fui dando cuenta de que en realidad yo era un maestro competente (¡modestia aparte!). A medida que ganaba confianza en mí mismo, mis ansiedades internas sobre mi éxito personal y el temor a fracasar fueron disminuyendo. Así, mi capacidad para atender a las necesidades e intereses de los alumnos fue creciendo proporcionalmente. Sentí entonces que, de la pregunta centrada en mí mismo: “¿Cómo lo estaré haciendo?”, me desplazaba hacia la pregunta más amorosa: “¿Cómo les está yendo a ustedes, mis alumnos?”.

Exactamente lo mismo pasa con nuestra actitud hacia nosotros mismos. Si enfocamos principalmente nuestras limitaciones, si recordamos vívidamente nuestros fracasos y vemos en nosotros únicamente los valores dudosos, entonces nos preocuparemos sólo de nosotros mismos. Siempre nos estaremos preocupando nerviosamente: “¿Cómo lo estoy haciendo?”… La ansiedad interna, el sentimiento de inferioridad, el temor de fracasar, nos dejarán muy poca libertad y disponibilidad para descubrir las necesidades de los demás y responder a ellas. Pero, a medida que en forma lenta y segura vayamos tomando una actitud más saludable hacia nosotros mismos, lograremos aumentar nuestra capacidad para ocuparnos de aquellos a quienes Jesús nos pidió que amemos.

Lista de mis cualidades agradables

Estoy convencido personalmente de que solamente amándome de veras a mí mismo, seré capaz de amar a mi prójimo y a mi Dios. Y este amor es la ambición de mi vida. A él se lo he apostado todo. Por eso trato de equilibrar mis esfuerzos por atender a las necesidades de los demás y contribuir al Reino de Dios, con el trabajo mío consciente de incrementar mi propia imagen. Lo que más profundamente deseo es, con la gracia de Dios, hacer de mi vida un acto de amor. Y sé que el primer paso indispensable es amarme a mí mismo, reconocer y apreciar los singulares dones personales que Dios me ha concedido. Por eso he hecho una lista alfabética de todo lo que me gusta de mí mismo. Incluye todo, desde el color de mis ojos y mi amor a la música, hasta la profunda e instintiva compasión que siento por aquellos que sufren.

Guardo mi lista en el cajón central de mi escritorio por dos razones: está cerca y a la mano para leerla cuando me siento deprimido. Además, la tengo a la mano para añadir alguna nueva cualidad que descubro. La segunda razón parecerá graciosa. Yo les digo a los demás que en el cajón central de mi escritorio hay una lista que, en caso de que yo muera repentinamente, les servirá para redactar mi semblanza… Esta lista me sirve, además, en otros casos. A veces me viene a ver una persona que sufre problemas debidos a actitudes mutilantes consigo misma. Les sugiero entonces que escriban una lista como la mía. Cuando se asombran y me dicen que no les estoy hablando en serio, saco mi lista, se la enseño y los dejo que la lean (¡En mi lista tengo unas trescientas anotaciones!… )

Asimismo, cuando las personas me echan una flor, mi reacción espontánea, medio en broma, medio en serio, es pedirles que me expliquen “la flor”: “Porque me ayudará a aumentar el aprecio a mí mismo y mi gratitud a Dios, que ha sido tan bueno conmigo”. La línea fundamental es ésta: mi única oportunidad para amarlos a ustedes y a Dios se basa en mi habilidad para apreciarme y amarme a mí mismo y por eso me empeño en esto. Amarnos a nosotros mismos es nuestra única oportunidad para tener una vi- da feliz. Más aún, si una persona se ama de veras a sí misma, no habrá muchas cosas que puedan hacerla infeliz. Esa persona vivirá internamente aislada en contra de la aspereza y la crítica malévola. Podrá aceptar y gozar de veras el amor de los demás. Como remate de todo esto: si de veras me amo a mí mismo, veinticuatro horas al día estaré con una persona que me gusta.

Por otra parte, si no me amo a mí mismo, casi nada puede o podrá hacerme feliz. Sentiré que la crítica me despedaza, porque en secreto creo que me la merezco. No seré capaz de aceptar los cumplidos, ni el ofrecimiento de amor que me hagan los demás, porque pensaré: “Si de verdad me conocieras, no me amarías”. Si la gente insiste en amarme, voy a tener que preguntarles por qué me quieren y averiguar sus puntos de vista. Las oscuras sombras y las distorsiones de una actitud mutilante hacia mí mismo y el modo como yo me percibo a mí mismo decolorarán y distorsionarán todo lo que yo vea. No me cansaré de repetir que para mí es obvio que una actitud sana de aprecio a sí mismo es esencial para tener un alma llena de paz y para lograr una vida feliz.

El peligro del amor propio o del orgullo

Podríamos preguntarnos en este punto: “¿Puede una persona amarse a sí misma demasiado?”’. Me atrevo a afirmar, casi sin temor a equivocarme: “¡No!”. En cambio, estar centrado en sí mismo no es producto del amor a sí mismo, sino del dolor; es el resultado de una imagen pobre de sí mismo. Supongamos. que una persona centrada en sí misma tiene un dolor de muelas o un dolor de vacío interno. Esta pobre persona intenta llenar el vacío doloroso con presunción, con impresionantes contactos sociales, con poses autoritarias en todos los asuntos, grandes y pequeños. Lo que parece exceso de amor a sí mismo, de hecho manifiesta una ausencia de amor a sí mismo. Erích Fromm prueba muy bien que el egoísmo y el amor verdadero de sí mismo se oponen radicalmente. No se desliza uno impensadamente desde el aprecio verdadero de uno mismo hasta la trampa del egoísmo. En realidad, cuanto mayor sea el aprecio de uno mismo, menos peligro habrá de caer en el egoísmo.

Entre el amor a sí mismo y la virtud cristiana de la humildad no hay una oposición. San Ambrosio propuso que “la perfecta expresión de la humildad” se encuentra en el “Magnificat” de María, la madre de Jesús. Según el Evangelio, el marco era el siguiente: Isabel, prima de María, iba a dar a luz a su hijo (Juan el Bautista). Era una costumbre judía que todas las parientas fueran a visitar a la futura madre, para ofrecerle su ayuda en el tiempo del parto. Me imagino yo que María, además de querer ayudar a Isabel, quería compartir con ella el secreto de su propio vientre. Sea de esto lo que fuere, María, poco después del mensaje del ángel a ella, se puso en camino desde Nazaret hasta Aim Karim, suburbio de Jerusalén, situado al suroeste de la capital. Cuando llegó María, Isabel se sorprendió. “¿Por qué este honor de que la madre de mi Señor venga a mí?”.

Podemos representarnos la escena: María se arroja calurosamente en brazos de su prima y exclama: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre”. (Evangelio de san Lucas 1, 46-49)

En estas palabras, san Ambrosio encontró “la perfecta expresión de la humildad” … Lo primero que implica la virtud de la humildad es un agradecimiento sincero de todos los dones de Dios. En segundo lugar, reconoce que todos estos dones son precisamente dones. Nadie puede reclamarle a Dios. Todos los dones que nos hace proceden totalmente de su bondad y no de nuestros merecimientos. Por su exclusivísima sonrisa, Dios nos ha dotado a cada uno de nosotros con ciertos dones exclusivos que nadie, aun- que nos conozca bien, podría conocer. Nadie sabe todo aquello en que nuestro Padre nos ha bendecido. Y si nosotros no hemos apreciado estos singulares dones, de veras hemos sido muy ingratos con nuestro generoso y buen Dios. Un maestro sabio y anciano enseñaba un día a un grupo de jóvenes y fogosos estudiantes. Les dijo que fueran a buscar junto al camino una florcita ignorada. Les pidió que estudiaran un rato la flor. “Consigan una lupa y estudien las delicadas venas de los pétalos y fíjense en los matices del color. Adviertan también la simetría de los pétalos. . . Y recuerden, si ustedes no hubieran encontrado y admirado esta flor, ella hubiera quedado en el olvido”… Cuando regresaron a clase, después de cumplir la tarea, el anciano maestro observó: “Las personas son como las flores: cada quien ha sido cuidadosamente hecho y singularmente dotado. Pero…, tú tienes que emplear tu tiempo con ellos para que ellos sepan esto. Y hay mucha gente ignorada y no apreciada, porque no hay quien se ocupe de ellos y admire lo singulares que son”. Pues en un sentido muy verdadero, cada uno de nosotros es una obra maestra única de Dios.

El único y singular tú

Obviamente -y espero que mi sugerencia no se interprete como narcisismo- el lugar y la persona con quien hay que comenzar es con uno mismo. Carl Jung dice que todos sabemos lo que dijo Jesús sobre el modo de tratar al último de sus hijos… Pero a continuación Jung pregunta: “¿Qué pasaría si tú descubrieras que ese último hijo de Dios fueras tú?… ¿Si te juzgaran a ti como el último de sus hijos únicamente por lo bien que te hubieras apreciado y amado a ti mismo, te darían una espléndida sentencia absolutoria?”.

El verdadero aprecio de nuestra singularidad personal nos lo ofrece a cada uno de nosotros la verdad que nos libera de esos penosos e inacabables combates. Dios nos dice a cada uno de nosotros: “Tú eres único e individual. Exclusivamente tú desde toda la eternidad; y en toda ella sólo habrá un tú a quien yo amo con amor eterno. Yo no enriquezco mis ideas ni tampoco las empobrezco. Por eso el pensamiento de ti ha estado siempre en mí. Y tu imagen siempre ha tenido un lugar acogedor y especial en mi corazón. Yo te he otorgado un papel muy importante que realizar en mi mundo. Tú tienes un mensaje único, que transmitir; una canción única, que cantar; un acto de amor único, que entregar… Este mensaje, esta canción, este acto de amor, te han sido con-fiados a ti, en exclusiva, a tu individual y único tú”.

La palabra de Dios nos lo asegura:

“Había muchos mundos posibles que yo hubiera podido haber creado. Podría haber hecho un mundo sin ti… Pero, ¿no te das cuenta de que yo no quiero un mundo sin ti? Un mundo sin ti hubiera sido incompleto para mí. Tú eres el hijo de mi corazón, la delicia de mis pensamientos, la niña de mis ojos. Por supuesto yo hubiera podido hacerte diferente: más alto, más bajo…, de diferente nacionalidad y con otra cultura, con un conjunto distinto de dones… Pero yo no quería un tú diferente. Este “tú” es el que yo amo… Exactamente como cada granito de arena en la playa del mar, como cada copo de nieve que cae en invierno tiene su composición y estructura propia y única, así tú estás compuesto y estructurado única y exclusivamente, como ningún otro ser humano. Este “tú” es el que yo amo y siempre he amado y siempre amaré. Si tú pudieras bajar un día a tus profundidades internas y sentir que tú eres una persona a quien solamente su madre podría amar…, recuerda mis palabras: “Aunque una madre se olvidara del hijo de sus entrañas, yo nunca me olvidaré de ti” (Isaías 49, 15).

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86. Es cierto que en algunos lugares se produjo una «desertificación» espiritual, fruto del proyecto de sociedades que quieren construirse sin Dios o que destruyen sus raíces cristianas. Allí «el mundo cristiano se está haciendo estéril, y se agota como una tierra sobreexplotada, que se convierte en arena»[66]. En otros países, la resistencia violenta al cristianismo obliga a los cristianos a vivir su fe casi a escondidas en el país que aman. Ésta es otra forma muy dolorosa de desierto. También la propia familia o el propio lugar de trabajo puede ser ese ambiente árido donde hay que conservar la fe y tratar de irradiarla. Pero «precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza»[67]. En todo caso, allí estamos llamados a ser personas-cántaros para dar de beber a los demás. A veces el cántaro se convierte en una pesada cruz, pero fue precisamente en la cruz donde, traspasado, el Señor se nos entregó como fuente de agua viva. ¡No nos dejemos robar la esperanza!


[66] J. H. Newman, Letter of 26 January 1833,enThe Letters and Diaries of John Henry Newman, III, Oxford 1979, 204.

[67] Benedicto XVI, Homilía durante la Santa Misa de apertura del Año de la Fe (11 octubre 2012): AAS 104 (2012), 881.

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El Reino de Dios

Aunque se ha generalizado bastante la idea de que el Reino de Dios es para este mundo, todavía muchas personas refieren el Reino de Dios únicamente al más allá después de la muerte o al fin del mundo. Sería bueno consultar el texto de la Constitución Lumen Gentium (nº9) para constatar la síntesis que presenta entre historia y escatología. Por nuestra parte, podríamos decir, en de nitiva, que el Reino de Dios es “el sueño de Dios para este mundo” y la “Palabra del Reino” es el mensaje que Dios nos envía para que conozcamos y actuemos ese Reino, ese “sueño”: un universo reconciliado y unido (Ef 1, 10; 1Cor 15, 28) a todos los niveles: unificación personal, familia y fraternidad universal, universo natural (ecología) y unión de todo en Dios (Trinidad), todo ello realizado nalmente en Cristo según su deseo: que «todos sean uno» (Jn 17,21).

Sembrador, semilla y tierra

El “sueño de Dios” lo llevamos todos dentro del corazón, con él hemos nacido. Es una semilla plantada dentro, porque es nuestra vocación personal y es la vocación de toda la humanidad y el universo entero (2ª lectura). La historia de la evolución es, en definitiva, la lucha por crecer hacia la unidad, atravesando todas las dificultades y obstáculos que nos nacen de dentro y de fuera, y se reflejan luego en la triste historia de todas las guerras, violencias, injusticias y miserias que día a día estamos experimentando. “Todo está conectado”, dirá el papa Francisco. Somos la tierra donde ese “sueño” está sembrado como semilla y el Padre es el labrador.

La libertad

Ese el misterio profundo que hace que la vida entera sea historia. Porque es algo que “puede” y “debe” irse construyendo, pero no es algo ya realizado. Es algo por realizar, es decir, hacerse realidad. Jesús, en el evangelio, nos interpela, porque no todo el mundo lo “escucha y entiende”. Es la parábola de este domingo: muchos de nosotros vivimos “en otro mundo” de preocupaciones y de intereses. Oímos “como quien oye llover” porque estamos al borde del camino y todo se lo lleva el aire. Nuestra atención está puesta en “otras cosas” Las emisiones de CO2 están a punto de hacer estallar nuestro planeta, pero es algo demasiado grande para preocuparme por ello. ¿Qué puedo hacer? No es “mi” problema…

Somos una tierra sin “humus” suficiente para que la semilla crezca. La fe no nace de repente ni en cualquier sitio. Es necesario vivir un mundo de valores y de inquietudes como estadio previo al anuncio de la Buena Noticia. El mundo de la educación, por ejemplo, debería ser el ámbito donde cultivar esos valores. Pero hoy la educación, en gran parte, es una simple “enseñanza” de medios instrumentales para poder entrar en el engranaje tan complicado “mercado laboral”. ¿Qué haremos cuando estemos técnica y científicamente te preparados, pero no exista ya el planeta tierra? Sin ir más lejos: cuando ya no ha empleo para tanta preparación. Pero… no es “mi” problema…

Para otros, ciertamente, el mundo del consumo y el dinero ahogan y matan literalmente la semilla de los sueños. No hay otra utopía que el dinero. No hay otro sistema que el del beneficio, la usura y la especulación. Lo demás no es “mi” problema…

Que la semilla crezca depende de nuestra libertad, no puede imponerse más que por el deseo.

Que la semilla crezca depende por completo de nuestra libertad. Es una oferta libre que no puede imponerse más que por el deseo. El evangelizador no impone a nadie su propia fe: la ofrece libre y gratuitamente como quien siembra “a voleo”…, como lo hace el mismo Dios, el labrador. Pero Dios es sembrador paciente que sabe que su Palabra, en definitiva, tiene una fuerza interior que es como una lluvia suave que va empapando poco a poco y, al final, termina dando fruto, en tantos por cientos relativos a la capacidad que cada uno ha hecho posible (1ª lectura y Salmo).

Compromiso y responsabilidad

Estamos llamados a ser “tierra buena”. Y es algo urgente. El “sueño de Dios” puede venirse abajo… Es el “precio” que Dios paga por la libertad humana… A nadie se le exige que sea creyente, pero sí que cultive dentro de sí aquellos valores humanos que nos hacen más plenamente nosotros mismos y que indiscutiblemente se hallan abiertos al interrogante sobre el sentido de “mi” vida y de la vida del universo. Escuchar la Palabra del Reino y entenderla es escuchar la llamada interior que nos pregunta sobre nuestra responsabilidad en el mundo que estamos construyendo y sobre nuestro modo de realizarnos como personas.

¿Me cultivo yo como persona humana en toda su riqueza y dignidad?
¿Me preocupa “el sueño de Dios” para este mundo o sólo pienso en “mis cosas”?
Pensando en el futuro de nuestros hijos, que es el mundo del futuro para todos, ¿me preocupa el mundo valores de la educación?
¿Me preocupa el futuro de nuestro planeta y de la posibilidad futura de la vida en él? ¿Escucho la Palabra del Reino, la entiendo y la pongo por obra?
¿Soy realmente “tierra buena”?

Ángel Luis Gutiérrez de la Serna

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La parábola del sembrador es la obertura del Discurso de las parábolas del Reino (Mt 13,1-52). A lo largo de este capítulo, formado por unas tradiciones comunes a los Sinópticos y otras propias del evangelista, Jesús va dando a conocer los misterios del Reino de Dios, su presencia y crecimiento callado, su acogida y comprensión por parte de los discípulos y de quienes se abren a la Buena noticia, y el rechazo de aquellos que «aunque miran no ven, aunque oyen no escuchan ni comprenden».

Con un lenguaje sencillo e imágenes extraídas de la vida cotidiana, las parábolas ofrecen variedad de interpretaciones que, sin forzar los textos, les dan gran riqueza de significados. Es el caso de la parábola del sembrador, a la que el evangelio añade la explicación que Jesús dirige a los discípulos. En esta explicación leemos, probablemente, la actualización que Mateo hace de esta parábola pensando en su comunidad.

Ante el rechazo con que sus palabras y obras están siendo acogidas, Jesús trata de alentar la esperanza de los discípulos: el Reino de los cielos sigue creciendo, ya se está haciendo presente en medio de ellos. La semilla del Reino encuentra muchas dificultades, cae en diversos tipos de terreno, pero a pesar de ello está dando y dará un fruto espectacular: el cien, sesenta o treinta por uno. Dios es quien hace fructificar el Reino; su crecimiento, aunque aún no se contempla en plenitud, es imparable.

La acogida con la que el discípulo responde a la predicación del Reino determinará el fruto que dé en su vida. A través de imágenes típicas de la literatura sapiencial, el oyente se ve confrontado con las diferentes reacciones que puede tener ante la siembra del mensaje del Reino. Es posible que Mateo esté pensando en las actitudes que los cristianos de su comunidad tenían ante la predicación de la palabra.

La semilla es esta palabra que cae en todo tipo de terreno. Unos son como el camino: escu- chan la palabra, pero no la entienden; en ellos no fructifica el reino. Otros son como un terreno pedregoso: abandonan la palabra ante las dificultades de la vida. Hay quienes se dejan llevar por los valores del mundo y ahogan la Buena noticia del Reino. Pero aquellos que preparan su corazón, oyen la palabra y la acogen con sinceridad, esos darán fruto; en ellos irá creciendo el Reino. Y Mateo añade: «El que tenga oídos para oír, que oiga».

Esta sentencia final sirve a Jesús para explicar el sentido de las parábolas y la reacción que provocan. ¿Por qué a unos, a los discípulos, se les han dado a conocer los misterios del Reino y a la gente no? ¿Por qué ellos oyen y entienden, y los otros no? Una cita de la profecía de Isaías explica el sentido de estas palabras. No son las parábolas las que provocan la comprensión o incomprensión del mensaje. Es la actitud de quien escucha la que vela o desvela su significado. Quien oye la palabra y no abre su corazón para acogerla no puede comprender su significado. La dureza de corazón y la negativa a la conversión llevan a rechazar el mensaje del Reino. Es responsabilidad del discípulo acoger o rechazar la palabra. Quien no quiere, aunque oiga no entenderá, aunque mire no verá.

Los discípulos son bienaventurados porque están disponibles para acoger el Reino de Dios y su justicia. Han descubierto que en Jesús se hace presente la voluntad de Dios, su reino de salvación, que como la semilla que cae en tierra buena, ya va dando fruto.

Óscar de la Fuente de la Fuente

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