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Archive for 13/07/17

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: CUANDO LA LUZ SE HACE VAGA

Cuando la luz se hace vaga
y está cayendo la tarde,
venimos a ti, Señor,
para cantar tus bondades.

Los pájaros se despiden
piadosamente en los árboles,
y buscan calor de nido
y blandura de plumajes.

Así vuelven fatigados
los hombres a sus hogares,
cargando sus ilusiones
o escondiendo sus maldades.

Quieren olvidar la máquina,
olvidar sus vanidades;
descansar de tanto ruido
y morir a sus pesares.

Ya todo pide silencio,
se anuncia la noche amable:
convierte, Padre, sus penas
en abundancia de panes.

Alivie tu mano pródiga,
tu mano buena de Padre,
el cansancio de sus cuerpos,
sus codicias y sus males. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta el fin de la tierra.

Salmo 71 I – PODER REAL DEL MESÍAS

Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud.

Que los montes traigan paz,
y los collados justicia;
que él defienda a los humildes del pueblo,
socorra a los hijos del pobre
y quebrante al explotador.

Que dure tanto como el sol,
como la luna, de edad en edad;
que baje como lluvia sobre el césped,
como llovizna que empapa la tierra.

Que en sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna.

Que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra.

Que en su presencia se inclinen sus rivales;
que sus enemigos muerdan el polvo;
que los reyes de Tarsis y de las islas
le paguen tributo.

Que los reyes de Saba y de Arabia
le ofrezcan sus dones;
que se postren ante él todos los reyes,
y que todos los pueblos le sirvan.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta el fin de la tierra.

Ant 2. Socorrerá el Señor a los hijos del pobre; rescatará sus vidas de la violencia.

Salmo 71 II

Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres;

él rescatará sus vidas de la violencia,
su sangre será preciosa a sus ojos.

Que viva y que le traigan el oro de Saba;
él intercederá por el pobre
y lo bendecirá.

Que haya trigo abundante en los campos,
y ondee en lo alto de los montes,
den fruto como el Líbano,
y broten las espigas como hierba del campo.

Que su nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol;
que él sea la bendición de todos los pueblos,
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
el único que hace maravillas;
bendito por siempre su nombre glorioso,
que su gloria llene la tierra.
¡Amén, amén!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Socorrerá el Señor a los hijos del pobre; rescatará sus vidas de la violencia.

Ant 3. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

Cántico: EL JUICIO DE DIOS Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

LECTURA BREVE   1Pe 1, 22-23

Por la obediencia a la verdad habéis purificado vuestras almas para un amor fraternal no fingido; amaos, pues, con intensidad y muy cordialmente unos a otros, como quienes han sido engendrados no de semilla corruptible, sino incorruptible, por la palabra viva y permanente de Dios.

RESPONSORIO BREVE

V. El Señor es mi pastor, nada me falta.
R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

V. En verdes praderas me hace recostar.
R. Nada me falta.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. A los que tienen hambre de ser justos el Señor los colma de bienes.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A los que tienen hambre de ser justos el Señor los colma de bienes.

PRECES

Elevemos a Dios nuestros corazones agradecidos porque ha bendecido a su pueblo con toda clase de bienes espirituales y digámosle con fe:

Bendice, Señor, a tu pueblo.

Dios todopoderoso y lleno de misericordia, protege al Papa Francisco y a nuestro obispo N.,
que tú mismo has elegido para guiar a la Iglesia.

Protege, Señor, a nuestros pueblos y ciudades
y aleja de ellos todo mal.

Multiplica como renuevos de olivo alrededor de tu mesa hijos que se consagren a tu reino,
siguiendo a Jesucristo en pobreza, castidad y obediencia.

Conserva el propósito de aquellas de tus hijas que han consagrado a ti su virginidad,
para que, en la integridad de su cuerpo y de su espíritu, sigan al cordero donde quiera que vaya.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Da la paz a los difuntos
y permítenos encontrarlos nuevamente un día en tu reino.

Ya que por Jesucristo hemos llegado a ser hijos de Dios, acudamos con confianza a nuestro Padre:

Padre nuestro…

ORACION

Al ofrecerte, Señor, nuestro sacrificio vespertino de alabanza, te pedimos humildemente que, meditando día y noche en tu palabra, consigamos un día la luz y el premio de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio: Jueves, 13 Julio, 2017
Tiempo Ordinario

1) Oración inicial
¡Oh Dios!, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída; concede a tus fieles la verdadera alegría, para que, quienes han sido librados de la esclavitud del pecado, alcancen también la felicidad eterna. Por nuestro Señor.
 
2) Lectura
Del Evangelio según Mateo 10,7-15
Yendo proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. No os procuréis oro, ni plata, ni cobre en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento.
«En la ciudad o pueblo en que entréis, informaos de quién hay en él digno, y quedaos allí hasta que salgáis. Al entrar en la casa, saludadla. Si la casa es digna, llegue a ella vuestra paz; mas si no es digna, vuestra paz se vuelva a vosotros. Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, al salir de la casa o de la ciudad aquella sacudíos el polvo de vuestros pies. Yo os aseguro: el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad.
 
3) Reflexión
• El evangelio de hoy nos presenta la segunda parte del envío de los discípulos. Ayer vimos la insistencia de Jesús en dirigirse primero a las ovejas perdidas de Israel. Hoy vemos las instrucciones concretas de cómo realizar la misión.
• Mateo 10,7: El objetivo de la misión: revelar la presencia del Reino. “Id y anunciad: El Reino del Cielo está cerca”. El objetivo principal es anunciar la proximidad del Reino. Aquí está la novedad traída por Jesús. Para los otros judíos faltaba mucho todavía para que el Reino llegara. Sólo llegaría cuando ellos hubieran puesto de su parte. La llegada del Reino dependía de su esfuerzo. Para los fariseos, por ejemplo, el Reino llegaría sólo cuando la observancia de la Ley iba a ser perfecta. Para los Esenios, cuando el país fuera purificado. Jesús piensa de otra forma. Tiene otra manera de leer los hechos. Dice que el plazo ya está vencido (Mc 1,15). Cuando dice que el Reino está cerca, Jesús no quiere decir que estaba llegando en aquel momento, pero sí que ya estaba allí, independientemente del esfuerzo hecho por la gente. Aquello que todos esperábamos, ya estaba presente en medio de la gente, gratuitamente, pero la gente no lo sabía y no lo percibía (cf. Lc 17,21). ¡Jesús lo percibió! Pues él mira la realidad con una mirada diferente. Y él va a revelar y a anunciar esta presencia escondida del Reino en medio de la gente a los pobres de su tierra (Lc 4,18). He aquí el grano de mostaza que recibirá la lluvia de su palabra y el calor de su amor.
• Mateo 10,8: Los signos de la presencia del Reino: acoger a los excluidos. ¿Cómo anunciar la presencia del Reino? ¿Sólo por medio de palabras y discursos? ¡No! Las señales de la presencia del Reino son ante todo gestos concretos, realizados gratuitamente: “Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis, dadlo gratis”. Esto significa que los discípulos tienen que acoger dentro de la comunidad aquellos que de la comunidad fueron excluidos. Esta práctica solidaria critica tanto la religión como la sociedad excluyente, y apunta hacia salidas concretas.
• Mateo 10,9-10: No llevar nada por el camino. Al contrario que los otros misioneros, los discípulos y las discípulas de Jesús no pueden llevar nada: “No os procuréis oro, ni plata, ni cobre en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento. Esto significa que deben confiar en la hospitalidad de la gente. Pues el discípulo que va sin nada llevando sólo la paz (Mc 10,13), muestra que confía en la gente. Cree que será acogido, que participará en la vida y en el trabajo de la gente del lugar y que va a poder sobrevivir con aquello que recibirá a cambio, pues el obrero tiene derecho a su alimento. Esto significa que los discípulos tienen que confiar en el compartir. Por medio de esta práctica critican las leyes de la exclusión y rescatan los antiguos valores de la convivencia comunitaria.
• Mateo 10,11-13: Compartir la paz en comunidad. Los discípulos no deben andar de casa en casa, sino que deben procurar ir a donde hay personas de Paz y permanecer en esta casa. Esto es, deben convivir de forma estable. Así por medio de esta nueva práctica, critican la cultura de la acumulación que marcaba la política del imperio romano y anuncian un nuevo modelo de convivencia. Del caso de haber respondido a todas estas exigencias, los discípulos podían gritar: ¡El Reino ha llegado! Anunciar el Reino no consiste, en primer lugar, en verdades y doctrinas, sino en tratar de vivir de forma nueva y fraterna, y compartir la Buena Nueva que Jesús nos trajo: Dios es Padre, y nosotros somos todos hermanos y hermanas.
• Mateo 10,14-15: La severidad de la amenaza. ¿Cómo entender esta amenaza tan severa? Jesús nos vino a traer una cosa totalmente nueva. Vino a rescatar unos valores comunitarios del pasado: la hospitalidad, el compartir, la comunión alrededor de la mesa, la acogida de los excluidos. Esto explica la severidad contra los que rechazaban el mensaje. Pues no rechazaban algo nuevo, sino su propio pasado, su propia cultura y sabiduría. La pedagogía tiene como objetivo desenterrar la memoria, rescatar la sabiduría de la gente, reconstruir la comunidad, renovar la Alianza, rehacer la vida.
 
4) Para la reflexión personal
• ¿Cómo realizar hoy la recomendación de no llevar nada por el camino cuando se va en misión?
• Jesús manda dirigirse a una persona de paz, para poder vivir en su casa. ¿Cómo sería hoy una persona de paz a la que dirigirnos en el anuncio de la Buena Nueva?
 
5) Oración final
¡Oh Dios Sebaot, vuélvete,
desde los cielos mira y ve,
visita a esta viña, cuídala,
la cepa que plantó tu diestra! (Sal 80,15-16)

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RICCARDI, Andrea

Ed. San Pablo, Madrid 2017, 192 págs.

“Los grandes cambios de la historia se realizan -nos dice el autor citando al Papa- cuando la realidad se ve no desde el centro, sino desde la periferia”. Las periferias siempre han existido y han supuesto un gran desafío. Con el pontificado del papa Francisco, se han convertido en gran desafío y en llamada programática para una Iglesia que se adormece fuera de ellas: “salir y acercarse a las periferias saliendo la Iglesia de sí misma”. Pero en realidad es un grito y una llamada que está presente en toda la historia del Pueblo Elegido, remontándose incluso hasta nuestros primeros orígenes cuando nuestros primeros padres abandonaron el Paraíso original y se recolocaron en la periferia.

Este es el tema que se va desarrollando a lo largo del libro, como tema de reflexión muy serio para la Iglesia, ya que la periferia se constituye en lugar teológico privilegiado para saber mirar. Como la mirada salvífica del Padre, que llega a mirar a la humanidad herida, desde la encarnación de su Hijo en la periferia. El autor, al ser catedrático de historia y fundador de la Comunidad de san Egidio, sabe trans- mitir con especial sensibilidad ese espíritu de opción por la periferia, constitutivo de la misma esencia del cristianismo, y que exige una “recolocación fundamental” de una Iglesia en su permanente tensión dialéctica a lo largo de los siglos.

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“Habiéndose enterado los fariseos de que Jesús habla dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó, para ponerlo a prueba: —Maestro, ¿cuáles el mandamiento más grande de la ley?- Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Evangelio de san Mateo 2-2, 34-39.)

¿Qué son fundamentalmente las personas?

Con cierta frecuencia visito a un preso en la cárcel estatal de Illinois, aquí en los Estados Unidos. No me inclino porque sean puestos en libertad todos los presos que hay en esa cárcel, pero me siento mal emocional mente, cuando veo a unos seres humanos encerrados en las celdas. Conviene saber que en nuestras prisiones estadounidenses se maltrata a más del 90% de los presos, come si fueran niños. En la terminología del análisis transaccional, ellos piensan de sí mismos “que no están bien”, pero piensan que “usted tampoco está bien”. Hay un fuerte y vengativo Papillón mental, que los hace exclamar: “¡Pégame y verás cómo te queda tu preciosa naricita!”. Los presos más violentos son trasladados con fuertes cinturones de cuero, en donde van clavadas tremendas esposas de acero. La mayoría de aquellos que he visto son descarados, insolentes y desafiantes con los musculosos vigilantes encargados de conducirlos. Un día yo estaba siguiendo el proceso rutinario de visitas a la prisión (o sea: me estaban interrogando, investigando, analizando con rayos X y registrando por medio de un formulario). Junto a mí estaba una señora negra, de edad madura, que iba a visitar a su nieto. Era tan extremadamente amable y bondadosa con todos los que la rodeaban, que no pude aguantarme las ganas de comentarle: “Señora, tengo que decirle una cosa: me parece que usted vive lo que yo predico. Usted es muy cariñosa con las personas. Apuesto a que usted le da gran alegría al mundo”. Me sonrió y me dio las gracias. Luego me dijo: “Padre, es que yo soy cristiana. En mi mundo no hay extraños, sólo hermanos y hermanas. Es cierto que a algunos de ellos no los he tratado todavía personalmente”. Instintivamente reconocí aquella actitud en su modo de ser y su comportamiento. Entonces le dije: ‘Usted sí cree eso que me ha dicho, ¿verdad?’. Ella me respondió sencilla y dulcemente: “Sí, padre”. En cambio, el preso que visité ese día era el reverso de la medalla: tenía una actitud total- mente distinta respecto de la humanidad. Me contó la conducta infrahumana de muchos presos y su desconfianza general hacia los demás. Su lema parecía ser: “Nunca confíes en nadie y lleva siempre contigo una pistola”.

La actitud hacia uno mismo es la cosa más importante que uno puede llevar en la cabeza. Enseguida viene, en importancia, el modo como vemos a los demás. Por supuesto, siempre que hablamos de los demás y de nuestra actitud hacia ellos, inmediatamente hacemos distinciones: “Algunos me caen bien; otros, no. Algunos son simpáticos; otros, no”. Más aún, existe en nosotros un instinto general acerca de los demás. Hay un prejuicio que nos hace afirmar: “La gente es así”, hasta que nos demuestren lo contrario. ¿Cómo calificaría tu actitud-jurado a los demás: la gente es fundamentalmente buena o mala, egoísta o amorosa, cruel o amable, honrada o mentirosa, dominante o miedosa, manipuladora o generosa, etc. etc.? Escoge uno o más calificativos, pero deja que tus opiniones broten espontáneamente de tu corazón y no del repertorio de res- puestas memorizadas que guardas en tu cabeza. Responde desde el verdadero “tú” y no desde el “tú” ideal.

Debo confesar a ustedes que en mis esfuerzos de introspección e investigación de mis actitudes personales, esta actitud mía hacia los demás es la que necesita más trabajo de revisión de mi parte. Las personas, como la señora negra que me encontré en la prisión estatal, me dan verdadera envidia. Cuando yo llegue a tener su edad, quisiera ser como ella: quisiera pensar que todos, aun aquellos que no conozco, son mis hermanos y hermanas.

Por supuesto que debemos darnos cuenta de los extremos. Hay personas de mejillas sonrosadas, ingenuas y cándidas. Parece que les chorrea todavía el agua del bautismo. Hay otras personas con cara de amargura o de cinismo. Cuando miramos de reojo a los demás, sospechamos y casi estamos seguros de que están podridos hasta la raíz… Pero éstos son los extremos. La mayoría de nosotros vamos dando bandazos y tropezones de un lado para otro y vamos buscando una posición intermedia.

Origen de nuestra actitud hacia los demás

Las primeras actitudes que los niños heredan, generalmente las reciben de sus padres, comunicadas “por ósmosis”. Cuando éramos niños y nos entreteníamos con nuestros juguetes, oíamos que nuestros padres hablaban de los demás. Escuchábamos sus conversaciones sobre las personas de la oficina, de la familia, del vecindario… Nos enviaban, así, mensajes implícitos-explícitos, que se nos grababan en nuestras “cintas paternales”. Estas “cintas paternales” tienden a reproducirse insistente, aunque suavemente, en nuestra cabeza, por el resto de nuestra vida. Y si en estas cintas grabadas hay mensajes que nos parecen perjudiciales, debemos hacer un esfuerzo consciente por borrarlos.

Además de brotar de esta fuente paternal, nuestras actitudes se apoyan también en nuestra experiencia personal. Seguramente recordamos a aquel presumido fortachón en el patio de la escuela; o el ridículo que hicimos una vez ante nuestros compañeros de primaria; o la decepción traumática que nos causó un supuesto amigo; o el ataque o abuso de que fuimos objeto cuando éramos niños… Todas esas experiencias quizá sembraron en nosotros la semilla de la sospecha y la desconfianza, que no son fáciles de desarraigar. Todos hemos tenido experiencias desagradables con los demás, que se han quedado almacenadas en nuestros bancos de memoria.

El desarrollo psicológico propio también influye profundamente en nuestra visión de los demás. En el curso normal del crecimiento, el primer grado del desarrollo del niño conlleva un apego o dependencia, El niño se apega profundamente (primariamente) a su madre, de tal manera, que ella es la fuente indispensable de su seguridad, alegría y afirmación. Después de este período, el niño generalmente se inclina hacia su padre para buscar un guía. En este período el niño busca y necesita la aprobación de su padre y teme su desaprobación y rechazo. Viene enseguida un período de separación, durante el cual el joven- cito deja la protección y dirección de sus padres y se con- vierte en su propio padre y madre… En esta forma, durante el primer escalón, los padres les dan raíces a sus hijos; y en el último, les han de ofrecer alas, con las cuales puedan abandonar el nido de la seguridad y aventurarse hacia sus propias vidas independientes.

Si la persona no supera estas etapas someramente de- lineadas, pasará gran parte de su vida buscando las piezas que le faltan. Dicha persona se volverá, quizá, demasiado dependiente de la aprobación y tranquilidad que le den los demás, o puede permanecer indecisa y necesitada de que la lleven gratis por la vida, mientras ella se abandona a los juicios y decisiones de los demás. Hay personas que parecen pozos sin fondo: experimentan una insaciable necesidad de que los demás los apoyen o un incontrolable temor por una supuesta inferioridad ante los demás. Pues bien, en cualquiera de los casos, nuestra actitud hacia los demás tiene profundas raíces en el suelo de nuestra vida joven. Como lo he insinuado, los niños maltratados físicamente llegan a su madurez, irritados y cargados de violentas venganzas. Aquellos que han tenido una familia unida, que los ha apoyado y les ha comunicado su afecto, llegarán a su madurez plenamente equipados con raíces y con alas, listos para bendecir a los demás y ser bendecidos por ellos. “Nuestra vida está determinada por aquellos que nos aman y por aquellos que se rehúsan a amarnos”.

La visión clave de los demás

La vida, el mensaje y la persona de Jesús nos entrega a los cristianos una visión clave que nos invita a ser canales de amor los unos con los otros. “Dios es amor” y nos creó con un acto de amor. Toda bondad es, de alguna manera, comunicativa de sí misma. En el acto de crear, la bondad de Dios se comunicó a sí misma. A partir de nuestra experiencia sabemos lo que significa esta comunicación de la bondad. Un buen chiste, una receta de cocina, una buena noticia…, instintivamente nos invitan a comunicarlos. Lo mismo sucede con el amor: el instinto es comunicarlo. Pues bien, nuestro Padre Dios, al experimentar en sí mismo el éxtasis del amor y la felicidad, quiso compartir con nosotros su felicidad y aun su propio hogar. El ha planeado todo esto desde la eternidad y nos ha escogido a cada uno de nosotros para que seamos los receptores especiales de su amor. Nuestro Padre Dios nos ha querido y nos ha amado, y por esa sola razón cada uno de nosotros ha sido concebido y ha nacido en este mundo.

Desde el principio ha existido un sistema de arterias y de venas para llevar el amor de Dios a todas las partes de la familia humana, que es la familia de Dios. Sin embargo, algo, de algún modo ha salido mal. Lo llamamos “pecado original”. El pecado y el egoísmo, el odio y el homicidio…, llegaron a formar parte de nuestra herencia humana. Pero el llamamiento de Dios no ha dejado de ser el mismo, a pesar de todo. Jesús nos enseña claramente:

“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas” (Evangelio de san Mateo 22, 37-40).

En la visión cristiana, estos dos mandamientos están íntimamente eslabonados. No puedo pronunciar mi “sí” al amor de Dios, a menos que pronuncie también mi “sí” al amor de todos y cada uno de los miembros de la familia humana de Dios. Charles Péguy, poeta francés, dijo que, si tratáramos de presentarnos solos ante Dios, él nos haría algunas preguntas desconcertantes: “¿Dónde están tus hermanos y hermanas? ¿Por qué no los trajiste contigo? ¿No viniste solo, verdad?’… El “sí” de amor que exige cada uno de los mandamientos es inseparable del otro “sí”. Jesús lo dijo muy claramente. No podemos negarle a nadie nuestro amor.

“Han oído ustedes que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos. Porque, si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus herma- nos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos? (Evangelio de san Mateo 5, 43-47)

Los dos “sí” del amor son inseparables. De hecho, Jesús nunca habla del amor a Dios sin añadir la segunda parte del gran mandamiento, es decir, el amor al prójimo. Más aún, excepto cuando habla del gran mandamiento mismo, Jesús no habla explícitamente del amor a Dios. Nos enseña que Dios toma como hecho a sí mismo lo que hagamos con el último de sus hijos. Nos enseña, además, que no debemos ofrecerle nuestros dones a Dios, sino hasta que nos hayamos reconciliado unos con otros (Evangelio de san Mateo 5, 23-26). Finalmente, Jesús insiste en que no podemos esperar que Dios nos perdone nuestros pecados, a menos que nosotros estemos preparados para perdonar a los que nos han ofendido (Evangelio de san Mateo 6, 12). En el mensaje y en la visión clave de Jesús el principal lugar de encuentro con Dios es en los demás: nuestras familias, nuestros vecinos, nuestros conocidos ¡y nuestros enemigos!

Dice una tonadilla irlandesa:

“Es una gloria completa vivir con los santos de arriba a quienes amamos. Pero es cosa muy distinta vivir con santos de abajo, demasiado conocidos”.

Y es cierto: es difícil vivir con algunas personas…, pero tratemos de amarlas. Aquellos que aman de verdad se ocupan de la gente y seguramente ven en las personas aquello que yo no veo.

Dos personas en cada uno de nosotros

Estoy convencido de que mi compromiso cristiano me pide amar a los demás por ellos mismos y no a pesar de ellos mismos. Me parece que este enfoque nos capacita para amar a las personas claramente desagradables. Pienso que en realidad hay dos personas diferentes en cada uno de nosotros, en cada uno de aquellos que nos encontramos. Una de estas dos personas está ofendida, herida y enfadada; es una persona detestable, que muestra diferentes aspectos externos; es una persona generalmente influenciada por rasgos odiosos… Probablemente a esta persona nos referimos con nuestras críticas mordaces y sarcasmos, con nuestras ridiculizaciones y enojos. Pero existe, además, en cada uno de nosotros una persona buena y decente, solícita y cariñosa… Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, y esta semejanza nunca ha sido totalmente destruida. La benévola atención, el amor y la comprensión ponen de manifiesto a esta bella y amorosa persona.

Poco después de haber sido ordenado sacerdote, me ofrecí a dar un retiro de ocho días a un grupo de sacerdotes. Me sentí seguro en el momento de aceptar la invitación que me hacían: “¡Predica y viajarás!”… Pero cuando llegó la hora de iniciar el retiro y estaba yo de pie, fuera de la capilla, viendo desfilar ante mí a las personas a quienes yo les iba a proponer el retiro, me quedé frío…

Había dos obispos y el más joven de los sacerdotes participantes parecía unos quince años mayor que yo. Con los ojos desorbitados los iba mirando: me parecían confiados y dignos de la más respetuosa veneración. Cuando acepté la invitación, pensé que las tenía todas conmigo, pero ya cuan- do la suerte estaba echada, yo me sentía inseguro. El anciano sacerdote encargado de la casa de retiro estaba junto a mí, cerca de la puerta de la capilla… Pasábamos revista a las tropas y él me sonrió cuando el último sacerdote entró a la capilla.

-¿Cómo te sientes?- me preguntó.

-¡Asustado!- le respondí con espontánea y total honradez.

-¿Por qué?

-¿Cómo que por qué? ¿Está usted bromeando?… ¿No los vio?…

-¡Hombre! Si ellos necesitan lo único que todos necesitamos: un poco de amor y comprensión.

-Pero a mí no me parece que estos compañeros estén haciendo cola para que les den amor y comprensión… ¿De veras está usted seguro de que eso es lo que necesitan?…

-Sí, estoy seguro -me dijo con una sonrisa de conocedor y con un guiño amistoso.

Y comenzó el retiro… Durante la primera plática yo sentía la boca seca, las manos frías y sudorosas… En la expresión de la cara de mis oyentes yo leía esta pregunta- “¿De dónde habrán sacado a este niño?” Juraría que escuchaba sus pensamientos: “Hijito, todavía está fresco en tus manos el óleo de la ordenación… Cuando hayas rodado más por las difíciles carreteras de la vida y hayas recorrido un buen kilometraje, vuelve y te escucharemos”…

Terminé esta primera conferencia y lo único que yo sentía es que yo me había equivocado rotundamente: que me debía haber apuntado para las misiones extranjeras, en lugar de andar presumiendo con dar retiros a personas importantes… Sin embargo, aun en ese primer día del retiro, los sacerdotes empezaron a venir a consultarme en privado… ¡Yo no podía creerlo! … Eran tan buenos y humildes, y algunos parecía que estaban sumamente lastimados… Uno, ya grande de edad, de pelo blanco, me abrió su alma atribulada, como si fuera un chiquillo, que habla con su padre. Pensé para mis adentros: “Cuando yo tenga tus años, ojalá que tenga también por lo menos la mitad de tu humildad, del conocimiento de ti mismo y de la apertura que tú tienes”… Cuando el retiro terminó, indudablemente sabía yo la verdad.

Siempre será cierto que todos necesitamos un poco de amor y de comprensión, y que el amor y la comprensión hacen brotar en nosotros toda la bondad y todos los dones con los que cada uno de nosotros ha sido bendecido por nuestro Padre Dios. Probablemente también es cierto que nosotros mismos no podemos conocer la profundidad de nuestra propia bondad y los dones que Dios nos ha concedido, hasta que otra persona nos ame y haga salir de nosotros esas cualidades. La siguiente poesía se le atribuye a Roy Croft:

Te amo no sólo por lo que eres,
sino por lo que soy,
cuando estoy contigo.

Te amo no sólo por lo que has hecho de ti,
sino por lo que estás haciendo de mí

Te amo por la parte de mí
que tú has hecho brotar

Te amo porque pones tu mano
dentro de mi colmado corazón
y pasas por alto la debilidad y tonterías
que no puedes remediar,
y entonces miras mi oscuridad
y sacas a la luz todas las hermosas posesiones,
que nadie había mirado nunca
y que eran difíciles de hallar.

Te amo porque con la madera de mi vida
me ayudas a construir no una taberna, sino un templo.

Al terminar el trabajo de mi jornada diaria,
no me recibes con reproches sino con canciones.

Te amo porque para hacerme bueno
has hecho más que la religión,
y para hacerme feliz has hecho más que el destino.

Jesús: su comprensión y su amor

Estoy convencido de que Jesús amó a las personas de su pueblo con un amor comprensivo. Y estoy convencido de que en la misma forma nos ama a ti y a mí. Ese amor comprensivo no es ciego, al contrario, tiene una vista estupenda, porque alcanza a ver bajo las apariencias cómo cumplimos sus mandamientos: “Que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Juan 13, 34).

Jesús hace que broten de lo profundo de las personas la bondad y los dones sepultados en ellas. Con la misma seguridad con que hizo salir de la tumba a Lázaro, muerto hacía cuatro días, así también, amando a los proscritos y marginados, a los solitarios y vencidos, los hace volver a la plenitud de la vida.

Zaqueo era “un enano” e indudablemente más de una vez se había subido a un árbol para ver mejor alguna cosa. Era físicamente pequeño y, sin embargo, era el jefe de los publicanos de Jericó, un rico recaudador de impuestos, hábil en arrancarles el dinero a sus compañeros judíos, para entregárselo al pomposo emperador romano. A nadie le caía bien. Seguramente que ni a ti ni a mí nos hubiera simpatizado tampoco. Sin embargo, un día, cuando Jesús avanzaba lentamente con la multitud que lo seguía, Zaqueo fue a subirse entre las ramas de una higuera, precisamente para alcanzar a ver a ese Jesús. Nunca soñó Zaqueo lo que le iba a pasar. Se quedó pasmado cuando vio que Jesús se dirigía hacia la higuera en donde él estaba.

Zaqueo escuchó estas increíbles palabras: “Oye, Zaqueo, quisiera quedarme hoy en la noche aquí en Jericó. ¿Podría quedarme en tu casa?’ (Evangelio de san Lucas 19, 1-10). El corazón de aquel hombrecillo latía acelerada- mente. Se decía interiormente: “El quiere estar conmigo”… Es obvio que la multitud no compartía el gozo alborotado de Zaqueo. El Evangelio dice que la gente “comenzó a rezongar”. Entonces Zaqueo brincó del árbol y en medio de su inexplicable alegría prometió dar la mitad de sus bienes a los pobres y devolver el cuádruplo a quien hubiera estafado. Entonces Jesús le aseguró al hombrecillo que la salvación había llegado a su casa ese día, porque el Hijo del hombre había venido “para buscar y salvar a los que estaban perdidos”. La bondad y los dones de Zaqueo estaban enterrados y al contacto de Jesús y de su amor comprensivo, salieron a la luz. Aquel hombrecito y su mundo no volvieron a ser lo que habían sido.

Magdala era una pequeña población situada en la costa occidental del mar de Galilea. Era muy conocida ahí una prostituta, llamada María, a quien frecuentemente se identifica como la mujer que se introdujo de repente en un banquete que Simón, el fariseo, ofrecía a Jesús, y que lloró a los pies del Señor. Sin embargo, no hay fundamento en el Evangelio para hacer dicha identificación, o sea, no hay razones para decir que la prostituta del banquete era María Magdalena. Sin embargo, tanto Marcos (16, 9), como Lucas (8, 2), afirman que Jesús había arrojado de ella siete demonios… Pues bien, sea lo que fuere, María Magdalena acompañó frecuentemente al Señor para ayudarle en todo lo que hiciera falta. La comprensión amorosa de Jesús hizo brotar de ella a una persona buena y hermosa, que lo amó en una forma total. Ella estuvo al pie de la cruz cuando Jesús moría (Evangelio de san Mateo 27, 56). No faltarían allí los comentarios de algunos que conocían su pasado y le gritaban: “¡María!, ¿qué estás haciendo ahí?… ¡Ya sabemos quién eres!” Pero María era mucho más fuerte que todos los vituperios del mundo.

María Magdalena asistió al apresurado sepelio de Jesús (Evangelio de san Mateo 27, 61). Ella descubrió que la tumba estaba vacía, el domingo de resurrección (Mateo 28, 1-10). La importancia de María Magdalena en toda la narración de la resurrección es clarísima en el Evangelio de san Juan (20, 1-18). Da la impresión de que ella fue la primera en ver a Jesús resucitado. Como en Zaqueo, en esta gran mujer el amor de Jesús hizo brotar unas profundidades de fortaleza y una vehemente lealtad en el amor. Zaqueo, María Magdalena e incontables personas más podemos decir de verdad a Jesús: “Te amo por lo que estás haciendo de mí… Te amo por la parte de mí que has hecho brotar… Te amo porque pasas por alto la debilidad y tonterías que no puedes remediar y entonces miras mi oscuridad y sacas a la luz todas las hermosas posesiones que nadie había mirado nunca y que eran difíciles de hallar”.

El principio del amor: la empatía

Me parece que la llave del éxito en el ver y amar a los demás radica en la empatía. La empatía empieza con un escuchar atento y un captar intuitivo de lo único exclusivo que es la otra persona. La empatía hace una sola pregunta: “¿Cómo eres tú?’ Se mete dentro de la piel de la otra persona, se pone en su lugar, ve y experimenta la realidad como la otra persona lo hace. Finalmente, la empatía no regaña, sino comprende… “Sí, te escucho”… Repito: la esencia de la empatía consiste en escuchar y vivir en lugar de la otra persona su experiencia vital. Y tiene un precio: necesita uno salir de uno mismo temporalmente, de los pensamientos y sentimientos propios, de los propios valores y creencias. Cuando empatizo contigo, salgo de donde estoy y voy a estar contigo, donde tú estás.

Carl Rogers sugiere que nuestra experiencia de la condición humana se parece mucho a los sentimientos de la persona que ha caído en un pozo profundo… seco. El hombre atrapado en el pozo, no puede salir de él, de modo que se pone desesperadamente a golpear las paredes, esperando contra toda esperanza que alguien lo oiga y se dé cuenta de su situación.

Finalmente, después de aporrear largo rato la pared del pozo, escucha un toquido desde el exterior… “¡Ya me oyó alguien!”… Y siente una explosión de alegría. “¡Gracias, Dios mío, porque finalmente alguien sabe dónde estoy¡”. Rogers dice que cuando alguien de veras nos escucha y nos demuestra su comprensión, sentimos la misma explosión agradecida de alivio: “¡Gracias, Dios mío! ¡Finalmente alguien sabe dónde estoy! ¡Finalmente alguien sabe cómo soy!”.

La experiencia de la mayoría de la gente parece indicar que no hay entre nosotros muchos realmente buenos para escuchar. Cuando tratamos de compartir con otros lo que somos, la mayoría de las personas se precipitan hacia nosotros y nos reducen tanto a nosotros como a nuestra comunicación a un solo problema, que proceden a resolver. Se ofrecen voluntariamente a decirnos lo que tenemos que hacer. Otras veces, parece que dudan de la sinceridad de nuestra comunicación: “Bueno, en realidad no quieres decir eso, ¿verdad?” En otras ocasiones se suben a la parra y nos cuentan largamente lo que ellos mismos han pasado; nos aseguran que ellos ya han vivido ampliamente lo que nosotros apenas estamos experimentando… Ninguna de estas formas significa escuchar con empatía. Yo sé que tú de veras me estás escuchando, cuando la ex- presión de tu rostro registra mis pensamientos actuales, cuando tu voz y tu lenguaje me dicen: “¿De veras así eres tú?… Te escucho”. Quien escucha con empatía no juzga ni critica ni dirige. En el actuar con empatía abandonamos nuestras propias posiciones y percepciones y la mayor parte de nuestros prejuicios. Nuestra concentración se entrega a vivir en lugar de la otra persona su propia experiencia. Rompemos la fijación en nosotros mismos, salimos de nosotros mismos y nos metemos en los pensamientos, sentimientos y situaciones vitales de la otra persona. Una vez que nos hemos identificado con la otra persona en la forma dicha, estamos satisfaciendo esa necesidad primaria que todos tenemos de conseguir a alguien que comprenda cómo somos. “Todo lo que ellos necesitan -me dijo el sacerdote anciano- es un poco de comprensión y de amor”. Sólo después de sumergirnos nosotros mismos en la experiencia de la empatía, podremos saber lo que tenemos que ser, decir o hacer para conseguir el bienestar y la felicidad de la otra persona. Amar es un arte. No hay decisiones automáticas ni fórmulas fijas y definitivas, para responder a las necesidades de la otra persona. Tendremos que ser rudos o tiernos, tendremos que hablar o estar callados, o bastará que nos sentemos al lado de esa persona o que le dejemos el lujo de su soledad. Sólo la persona que practica la empatía puede conocer a fondo este arte.

Los dos dones esenciales del amor

En un caso concreto, ¿qué podría pedirnos el amor?… Hay dos dones indispensables, que son siempre parte del amor. Podemos estar seguros de que estos dones son necesarios. El primero es el don de sí mismo, por medio de la revelación de sí mismo, a los demás. Los demás dones del amor (flores, joyas, dulces, cigarros …) son expresiones simbólicas de uno mismo. Si no te doy mi verdadero y auténtico yo, no te estoy dando nada. Lo único que te he comunicado ha sido apariencia y ficción. Te he propuesto una adivinanza. El segundo don esencial del amor es la afirmación del valor de la otra persona. Si voy a amarte, debo de alguna manera apreciarte y reflejarte por tu bondad y belleza individual. Yo no puedo entenderme contigo sin hacer alguna contribución positiva o negativa a tu imagen, que es tan importante. Tampoco puedo entenderme contigo sin sacar algún aumento o pérdida en mi propia valía personal. Somos espejos los unos de los otros. Nos percibimos a nosotros mismos en la retroalimentación de las reacciones del otro. Continuamente estamos contribuyendo en forma positiva o negativa con nuestras propias reacciones a la imagen del otro. Yo puedo saber que soy valioso única- mente en el espejo de tu cara sonriente, únicamente en el amable tono de tu voz y en el delicado contacto de tu mano. Y tú, por tu parte, puedes comprender lo que vales únicamente en mi rostro, en mi voz y en mi contacto. “Todo lo que ellos necesitan es un poco de comprensión y de amor”…

Como resumen: los ojos del amor ven en cada uno de los demás, no a una, sino a dos personas: a la lastimada y enojada, así como a la buena y talentosa. En esta forma amó Jesús a personas como Zaqueo y María Magdalena y a los doce apóstoles, para que tuvieran plenitud de vida. El preludio esencial para el amor es siempre la empatía, que quiebra nuestra propia fijación, centrada en nosotros mismos y proporciona a la otra persona el inestimable y agradable sentimiento de ser comprendida. Cuando con nuestra empatía escuchamos y ofrecemos el corazón, debemos ir adelante para responder a las necesidades con- cretas de aquellas personas a quienes amamos. Las dos necesidades concretas de las que podemos estar seguros son: el don de nosotros mismos, mediante la revelación propia a los demás, y el don de nuestra afirmación del valor de la otra persona.

Al principio de este capítulo llenamos una respuesta acerca de lo que pensábamos que la gente es, mediante la siguiente fórmula: “La gente fundamentalmente es (esto)”. Una respuesta segura es que la gente es necesitada. Podremos quizá ocultar indefinidamente nuestra necesidad de ser comprendidos y amados, pero todos estamos sedientos de que nos comprendan y hambrientos de que nos amen. Solamente saciando nuestra sed por medio de la comprensión y nuestra hambre por medio del amor, podremos llegar a ser la persona plenamente viva que el Señor nos ha llamado a ser. Esta es la forma como Jesús nos ve y su visión clave nos invita a utilizar este mismo modo de vernos los unos a los otros.

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89. El aislamiento, que es una traducción del inmanentismo, puede expresarse en una falsa autonomía que excluye a Dios, pero puede también encontrar en lo religioso una forma de consumismo espiritual a la medida de su individualismo enfermizo. La vuelta a lo sagrado y las búsquedas espirituales que caracterizan a nuestra época son fenómenos ambiguos. Más que el ateísmo, hoy se nos plantea el desafío de responder adecuadamente a la sed de Dios de mucha gente, para que no busquen apagarla en propuestas alienantes o en un Jesucristo sin carne y sin compromiso con el otro. Si no encuentran en la Iglesia una espiritualidad que los sane, los libere, los llene de vida y de paz al mismo tiempo que los convoque a la comunión solidaria y a la fecundidad misionera, terminarán engañados por propuestas que no humanizan ni dan gloria a Dios.

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Avanza el mes de julio y también el Tiempo Ordinario con el que vamos descubriendo, siguiendo y escuchando los pensamientos y estilo de Jesús de Nazaret.

En estos tres próximos domingos, incluido el de hoy, vamos a meditar tres impresionantes parábolas conocidas como las parábolas del Reino.

¿Qué pretenden? Ni más ni menos que sensibilizarnos, interpelarnos seriamente en el cómo vivimos nuestra fe y si hacemos algo por transmitirla a los demás.

¡Cuántas cosas recibimos de Dios! Hay algunos que dicen que no; que todo lo que son, adquieren, mueven y disfrutan, es fruto de la casualidad o del propio esfuerzo. 

Los creyentes, sin embargo, sabemos que Dios dirige como nadie esta complicada maquinaria del mundo y que, nada de lo que acontece en él, ocurre sin su consentimiento. 

Qué bueno sería que saboreásemos la parábola de este domingo. Salió el sembrador a sembrar y, encontró a gente como nosotros. Y por si no nos hemos dado cuenta, nosotros, somos campo y sembradores a la vez. ¿Que…cómo puede ser? ¿Que es imposible? ¡Somos siembra y sembrador!

Desde el día de nuestro Bautismo, el Señor, puso en nosotros la semilla de la fe. A continuación, con el paso de los años, en el campo de nuestra vida espiritual, el Señor ha ido depositando, una y otra vez, simientes de su amor, de su Eucaristía, del Sacramento de la Reconciliación. ¿O es que, los sacramentos, no son pepitas de las buenas, de esas que crecen y nos hacen fuertes frente a tantas adversidades? 

Pero, como en los campos castigados por la sequía o por la cizaña, también con nosotros ocurre algo parecido: o queremos y no podemos, o dejamos malograr aquello que Dios depositó en lo más hondo de nuestras entrañas.

¿Qué tal va la cosecha? Nos pregunta el Señor en este domingo. Que ¿qué tal va, Señor? ¡Aquí nos tienes! Lo intentamos; queremos ser de los tuyos, pero somos muy nuestros; queremos dar la cara por ti, pero tenemos miedo a que nos lastimen; nos gustaría anunciar tu Reino, pero preferimos sentarnos frente al televisor y dejarnos seducir por los anuncios de bienes pasajeros. 

Es así, amigos; nuestra vida cristiana ha estado muy acostumbrada a recibir. ¿Y cuándo vamos a dar? ¿Cómo San Pablo, sabemos de quién nos hemos fiado? Un campo, como el de los cristianos, no puede estar en permanente vacación. Mejor dicho; una vida, como la de los cristianos, no puede conformarse con mirar hacia el cielo; con esperar a que todo se nos dé hecho. Hemos recibido mucho y, en justicia y por contraprestación, por amor a Dios y por coherencia, hemos de brindar algo de lo mucho que Dios nos da. ¿Lo intentamos?

-Los que sois padres ¿por qué no os involucráis un poco más en la educación cristiana de vuestros hijos? ¿Estáis dando el tanto por ciento que Dios espera de vosotros?

-Los que somos sacerdotes ¿anunciamos el Reino con todas las consecuencias o…lo hacemos de una forma dulce y descafeinada para no herir sensibilidades? ¿Tal vez –como dice Papa Francisco- más funcionarios que consagrados?

-Los que sois políticos o tenéis algún cargo de responsabilidad ¿Lo hacéis para todos o sólo para algunos?

-Los que sois jóvenes ¿sentís, en vuestra vida, algo más que la pura apariencia, las prisas, el disfrute o la fiesta? 

-Los que sois niños ¿os dais cuenta de lo mucho que otros hacen por vosotros?

Un campo, el espiritual, que no se cuida, el día de mañana nos pasa factura.

Sí; es verdad. Tenemos que hacer todos, algo más. ¡Hemos recibido tanto! ¡No podemos guardar, el tesoro de la fe, en el banco de nuestros propios intereses! No podemos consentir que, la semilla de la fe, se pierda por falta de interés, por timidez, por falsas vergüenzas o, simplemente, porque ya no nos hemos preocupado de regalarla con el abono de la oración, la Palabra de Dios, la caridad o la Eucaristía dominical.

Por cierto, hoy más que nunca, el sembrador sigue mirando y saliendo a sus campos. El Señor, sigue observando a los creyentes y ¡cuánto espera de ellos! ¡Cuánto espera de nosotros!

¿Estamos dispuestos hacer algo por Cristo? Para muestra un botón; miremos a nuestro alrededor. ¡Cuántas almas secas! ¡Cuántos corazones que palpitan con todo y de todo, menos con Dios! ¡Cuánto maligno disfrazado de bienestar aparente!

Si, amigos; a tiempos difíciles… cristianos valientes y convencidos. En tiempos de incredulidad; hombres y mujeres que sepan en quién creen, por qué y para qué. Hay que huir del “cristiano bajo mínimos” y lanzarnos con todas las consecuencias, con audacia y entusiasmo, a la siembra de Cristo en el mundo. Y es que, un domingo más, sale el sembrador….y malo será que nos encuentre al “0” por ciento.

 

3.- QUIERO, SEÑOR

Ser campo, donde tu mano siembre,
y trabajo donde yo me afane.
Ser camino por donde tú te acerques,
y sendero por el que otros, al avanzar con ellos,
puedan llegar a conocerte y amarte.

QUIERO, SEÑOR

Que las piedras que entorpecen tu gran obra
las deje a un lado, con la ayuda de tu Palabra
Que la superficialidad en la que navego
dé lugar a la profundidad de tu Misterio

QUIERO, SEÑOR

Que nunca se seque en mí
lo que, en mi Bautismo, Tú iniciaste
Que las zarzas del materialismo
no ahoguen la vida del Espíritu
que en mi alma habita
Que el sol abrasador, de la comodidad
o del materialismo,
nunca sean más grandes que mi deseo
de amarte, seguirte y ofrecer mi vida por Ti.

QUIERO, SEÑOR

Dar el diez, o el veinte o el treinta por ciento
por Ti y por tu Reino,
más, bien Tú lo sabes,
que eres el Dueño de mi hacienda
el responsable de mis campos
la mano certera de mis sembrados

QUIERO, SEÑOR

Que lo que me des, yo esté dispuesto
a entregarlo a todos aquellos
que todavía no te conocen

QUIERO, SEÑOR

Que, siendo campo con tantas posibilidades,
metas Tú, la mano del Buen Sembrador,
y recojas lo que más necesites
para el mundo y para mis hermanos
Amén.

Javier Leoz

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 Aquel día, Jesús salió de su casa y se sentó a la orilla del lago. Acudió a él tanta gente, que subió a sentarse en una barca, y toda la gente quedó en la playa. Y les dijo muchas cosas en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar y, al sembrar, parte de la semilla cayó junto al camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en un pedregal, donde no había mucha tierra, y brotó en seguida porque la semilla no tenía profundidad en la tierra; pero al salir el sol la abrasó y, por no tener raíz, se secó. Otra cayó entre zarzas; las zarzas crecieron y la ahogaron. Otra parte cayó en tierra buena, y dio frutos; una ciento, otra sesenta, otra treinta. ¡El que tenga oídos que oiga!»

Los discípulos se le acercaron y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?». Y él les res- pondió: «A vosotros se os ha dado conocer los misterios del reino de Dios, pero a ellos no. Pues al que tiene se le dará más y tendrá de sobra; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por esto les hablo en parábolas, porque miran y no ven, escuchan y no oyen ni entienden. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: Oiréis pero no entenderéis, miraréis pero no veréis. Porque la mente de este pueblo está embotada, tienen tapados los oídos y los ojos cerrados, para no ver nada con sus ojos ni oír con sus oídos, ni entender con la mente ni convertirse a mí para que yo los cure. «¡Dichosos vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron».

«Así que vosotros entended la parábola del sembrador. Si uno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el maligno y le arrebata lo sembrado en el corazón. Éste es lo sembrado junto al camino. El pedregal es el que oye la palabra de momento y la acepta con alegría; pero no tiene raíz, es inconstante y, cuando llega la prueba o la persecución a causa de la palabra, inmediata- mente se viene abajo. Lo sembrado entre zarzas es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de esta vida y la seducción de la riqueza ahogan la palabra y queda sin fruto. Lo sembrado en tierra buena es el que oye la palabra y la entiende y da fruto, ciento, sesenta y treinta por uno».

Mateo 13, 1-23

Comentario del Evangelio

“Salió el sembrador a sembrar…” El Evangelio de hoy está muy claro. Lo primero “SALIR” como nos dice el Papa Francisco. Todos debemos salir, atrevernos y anunciar el Evangelio, hablar de Jesús, hacer el bién. Salir, pero salir para sembrar, para dar lo mejor de nosotros mismos.
No podemos estar callados, quietos o escondidos. Debemos estar abiertos a todos y atentos a todas las cosas en las que un cristiano debe hacer algo.

Para hacer vida el Evangelio

• Escribe el nombre de una persona que sale a sembrar como dice el Evangelio. Explica por qué crees que es un sembrador.

• ¿Por qué debemos los cristianos sembrar en el mundo la semilla de Jesús? ¿Qué es sembrar para los cristianos?

• Escribe un compromiso que te ayude a ser un sembrador hoy en día.

Oración

Señor Jesús,
haz de mí, haz de nosotros, unos sembradores permanentes de tu Palabra
y de tu Proyecto.

Siembro con mi palabra y con mis hechos,
siembro con toda mi vida, con mi testimonio.
Soy un sembrador, con lo que soy
y con lo que hago.
¡Que sea, Señor Jesús, un buen sembrador
tuyo!
¡Que tu Iglesia, Señor Jesús,
que nuestros equipos… sean sembradores tuyos!
¡Con cuanta facilidad cunde el desánimo
entre tus sembradores
porque no vemos los frutos,
porque creemos que todo ha de ser
tierra buena…
Soy tierra, somos tierra
donde la semilla del Reino es depositada.
¿Qué tal es mi tierra?
Soy tierra llamada a acoger la Palabra,
tierra en la que generosamente
Dios va depositando su semilla
para que arraigue, crezca y dé mucho fruto.

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