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Archive for 16/07/17

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: SANTA UNIDAD Y TRINIDAD BEATA.

Santa unidad y Trinidad beata:
con los destellos de tu brillo eterno,
infunde amor en nuestros corazones,
mientras se va alejando el sol de fuego.

Por la mañana te cantamos loas
y por la tarde te elevamos ruegos,
pidiéndote que estemos algún día
entre los que te alaban en el cielo.

Glorificado sean por los siglos
de los siglos el Padre y su Unigénito,
y que glorificado con entrambos
sea por tiempo igual el Paracleto. Amén

SALMODIA

Ant 1. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha.» Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha.» Aleluya.

Ant 2. El Señor piadoso ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Salmo 110 – GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su poder,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó para siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que lo practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor piadoso ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Ant 3. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA BREVE   1Pe 1, 3-5

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.

RESPONSORIO BREVE

V. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
R. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

V. Digno de gloria y alabanza por los siglos.
R. En la bóveda del cielo.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Jesús dijo a sus discípulos: «A vosotros ha concedido Dios conocer los misterios del reino de los cielos.»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesús dijo a sus discípulos: «A vosotros ha concedido Dios conocer los misterios del reino de los cielos.»

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que maravillosamente creó el mundo, lo redimió de forma más admirable aún y no cesa de conservarlo con amor, y digámosle:

Renueva, Señor, las maravillas de tu amor.

Señor, tú que en el universo, obra de tus manos, nos revelas tu poder,
haz que sepamos ver tu providencia en los acontecimientos del mundo.

Tú que por la victoria de tu Hijo en la cruz anunciaste la paz al mundo,
líbranos de todo desaliento y de todo temor.

A todos los que aman la justicia y trabajan por conseguirla,
concédeles que cooperen con sinceridad y concordia en la edificación de un mundo mejor.

Ayuda a los oprimidos, consuela a los afligidos, libra a los cautivos, da pan a los hambrientos
y fortalece a los débiles, para que en todos se manifieste el triunfo de la cruz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que al tercer día resucitaste a tu Hijo gloriosamente del sepulcro,
haz que nuestros hermanos difuntos lleguen también a la plenitud de la vida.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados, para que puedan volver al camino recto, concede a todos los cristianos que se aparten de todo lo que sea indigno de ese nombre que llevan, y que cumplan lo que ese nombre significa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Hoy Jesús nos regala una gran parábola y clases de tierra para acoger esta semilla: la parábola de la semilla que cae en varios lugares y, o no tiene fruto o tiene fruto; o se muere, o tiene vida y florece. Escuchemos con atención el Evangelio de Mateo, capítulo 13, versículo 1 al 23:

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas: “Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?”. Él les contestó: “A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: «Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure». Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril.

Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno”.

Mt 13, 1-23

Hoy Jesús nos regala una gran parábola, la parábola de la semilla o la parábola del sembrador. Vemos cómo Jesús ha terminado esas disputas de los escribas y fariseos y se dirige hacia Cafarnaún rodeado de gente, rodeado de sus discípulos y Él con su infatigable deseo de predicar, comienza su enseñanza con la parábola del sembrador o la parábola de la semilla. Y conocedor de todo el terreno y habiendo visto sembrar un montón de veces —habría visitado todos estos lugares, sabía mucho de cómo era esta tierra, de sembrados, de rocas, de zarzas, de espinos, de laderas, de camino de viandantes—, les explica gráficamente cómo es el mensaje que quiere transmitirles. ¿Y qué pasa con ese mensaje?

Salió un sembrador a sembrar y al sembrar, parte cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y comieron la semilla; otra parte de semilla cayó en terreno de piedras, pero como apenas tenía tierra, se secó; otra parte cayó entre zarzas y espinos, estas espinas crecieron y la ahogaron; pero otra parte cayó en tierra buena y dio fruto de ciento, de sesenta, etc. Y Jesús siempre termina sus enseñanzas: “El que tenga oídos, que oiga”. Y le dice mucho más a los discípulos: “A vosotros se os ha concedido todos los secretos del Reino”, y les explica claramente lo que es esta semilla y lo que es el sembrador.

Gráficamente, querido amigo, nos lleva a pensar en las actitudes que tenemos ante Jesús y ante su mensaje, el tipo de tierra que podemos ser: tierra- espina que ahoga con juicios, con críticas esta palabra; tierra de piedras, que tampoco, como no hay nada no tenemos decisiones, falta de criterio, falta de voluntad, falta de amor, no tiene raíces y se seca; o también tierra-camino, donde pasa todo, donde humanamente todo ahí entra y sale de mi mente, de mi corazón y es imposible que la semilla crezca; o tierra en donde hay una acogida, donde hay una apertura y fructifica, porque mi actitud personal receptiva es una actitud de amor.

Este encuentro es un encuentro de mucha reflexión y de mucho compromiso, querido amigo. Tenemos que pensar mucho qué hacemos con Jesús, con su palabra, qué agentes externos dominan nuestra vida —o los pájaros, que la comen, o las piedras o las zarzas— y cómo Jesús descubre esto a los pobres, a los sencillos y a los pecadores. ¿Cómo aceptamos a este Jesús? ¿Cómo? Jesús es ese sembrador, ese labrador que echa la semilla al voleo y puede caer en tantas situaciones mías: puedo ser piedra, puedo ser zarza que asfixio todo, puedo ser tierra buena. Nos lleva mucho a la reflexión personal, sobre todo a la actitud de cómo acogemos, qué clase de tierra somos, cómo la tratamos, cómo la cuidamos, cómo la defendemos. El riesgo que tenemos continuamente de asfixiar esta palabra…

Hoy tenemos que elevar una oración de petición para que estemos abiertos a lo que Él quiera, a lo que quiera sembrarnos, que estemos pendientes de los labios de Jesús. Jesús, que yo esté pendiente de tus labios, que esté pendiente de tus enseñanzas, que sepa acoger tu palabra. ¡Quita la dureza de mi corazón, quita esas piedras duras, quita esos espinos, quita esas malas hierbas, quita esos caminos que no te gustan y que no son nunca queridos por ti! Siembra, siembra en mí esa palabra tuya y abre mi corazón, a pesar de las dificultades y preocupaciones, que yo comprenda tu vida, comprenda tu mensaje, comprenda tu amor. Cuatro clases de tierra: tierra-camino, tierra-piedra, tierra-zarza y tierra buena. Cómo tenemos que entrar en nuestra reflexión y ahí preguntarle a Jesús: Jesús, ¿qué clase de tierra soy para ti? ¿Qué es lo que impide que Tú no entres en mí?, ¿mi inconstancia?, ¿los afanes que tengo?, ¿la seducción de todo lo que tengo? ¡Entra, Sembrador divino, entra en mi campo y que fructifique en mí tu palabra! Hazme una tierra esponjosa, abonada, querida por ti.

Querido amigo, tú y yo vamos a preguntarnos claramente qué clase de tierra somos, vamos a pedirle al Señor que nos ayude a tener base, que no seamos borde del camino, terreno pedregoso, zarzas, sino tierra buena. Te preguntaré y me preguntaré: “Jesús, lo que siembras en mí, ¿en qué tipo de terreno cae?”. Entremos en la reflexión, entremos en el encuentro, metidos en el corazón de Dios, pidámosle ser tierra buena, pidámosle empaparnos de su palabra, para que dé fruto, para que nuestra vida no sea vacía, sino que sea crecida, florezca y esté llena de fruto —un fruto de amor, fruto de alegría y fruto de esperanza—. Tú que riegas la tierra y la enriqueces sin medida, Tú que riegas los surcos, Tú que riegas todo, riega mi corazón para que escuche tu palabra y dé fruto a lo que Tú quieras de mí.

Entremos en el encuentro, en el silencio, en la reflexión y llenemos estos momentos de petición, de alegría y de agradecimiento a un Jesús que siempre está sembrando y que siempre espera mucho de mí. Se lo vamos a pedir por intercesión de la Virgen —ella que acogió tan fuertemente la palabra—, que nos enseñe a abrir nuestro corazón y a acoger su palabra para que seamos tierra buena que dé un fruto del cien por cien.

¡Que así sea, mi querido amigo!

Francisca Sierra Gómez

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¿Compromisos serios?

Conocí, en mis años de Salamanca, a un estudiante de Medicina que, sobre la mesa de estudio de su habitación, había colocado un slogan, a modo de acicate o aliciente, que decía: “El que no consigue lo que desea es porque no lo ha querido de verdad, o porque no ha puesto los medios para lograrlo”.

Me viene a la memoria el recuerdo de aquel futuro galeno, y de su slogan, cuando leo y medito el evangelio de hoy: la parábola del sembrador. Él lanza a voleo la semilla y parte de ella cae al borde del camino, otra parte entre piedras, un tercer lote cae entre cardos, y finalmente el último lote cae en tierra fértil. Trato de conocer a qué parcela del campo pertenezco, y llego a la conclusión de que mi fe se ajusta al trozo de terreno salpicado de piedras.

Jesús, en la explicación de la parábola, dice: “Estos son como la semilla que cayó entre las piedras: oyen el mensaje y de momento lo reciben con mucha alegría; pero no tienen raíces y son volubles; así que, cuando les llegan pruebas o persecuciones a causa del propio mensaje, no pueden mantenerse firmes”. No soy como la semilla que cae al borde del camino, donde están los que no prestan atención al mensaje, ni tampoco la que cae entre cardos, esto es, como los que oyen el mensaje, pero lo dejan morir sin que dé fruto, porque sólo se preocupan de los problemas y negocios de esta vida. Pero tampoco puedo afirmar con la boca grande que pertenezca a la tierra fértil donde la semilla da un fruto cumplido y generoso.

Tengo bien claro que la fe es el resultado de un encuentro importante con Dios, que nos conduce a algún compromiso decidido y serio. Como le sucedió a Zaqueo, que devolvió cuatro veces lo que había robado; y a la Samaritana, que cambió de vida porque se encontró con el agua viva que calma de verdad la sed; y a los dos de Emaús, que se les abrieron los ojos y creyeron en el resucitado al partir el pan.

Cuando he afirmado que mi parcela es el trozo de campo que se halla entre piedras, he intentado manifestar sencillamente que, aunque oigo el mensaje del sembrador, lo recibo, y sigo recibiendo con alegría, ante las dificultades, escollos y pruebas que me visitan en mi caminar, no siempre estoy a la altura de las circunstancias, me acoquino y me arrugo, escatimando un algo mi generosidad y casi nunca logro alcanzar “el sobresaliente”. La semilla da fruto, pero no cumplido y sabroso… Ha llegado la hora de que me comprometa seriamente con Jesús.

En cualquier caso, me atrevo a comentar las otras parcelas del campo: A quienes personifican el borde del camino, los que no prestan atención al mensaje, a los alejados, a los ausentes de Dios, yo les aconsejaría que se acerquen a Jesús ya que la primera condición para para conocer algo es la aproximación, la cercanía; como decía a quien se interesaba por su modo de vida: “Venid y lo veréis”… A quienes encarna el trozo de campo repleto de cardos, esto es, a los que dejan morir a la semilla sin que dé fruto ocupados locamente en los problemas y negocios de esta vida, yo les rogaría que no se apeguen como lapas a los bienes de este mundo y vuelvan su rostro hacia Jesús, el verdadero rico: rico en misericordia… Y por último, a quienes representan la tierra fértil donde la semilla da fruto sano y abundante yo les diría, sencilla y llanamente, que les envidio y voy a intentar emularlos. Prometo despojarme de todos mis estorbos y acoger la semilla y mimarla hasta que fructifique cumplidamente… También yo quiero alcanzar “el sobresaliente”.

Pedro Mari Zalbide

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Para entender esta parábola, lo primero que hay que tener en cuenta es que la “palabra”, en las culturas del antiguo Oriente, no era meramente un “signo” que trasmite una “idea, sino que era una “fuerza” que transmitía una “realidad”. La realidad que expresaba la palabra. En esta parábola, lo que Jesús explica es por qué muchas veces la palabra no es fuerza, sino que se frustra y, por eso, resulta ineficaz o su eficacia queda disminuida, limitada.

Tal como se habla de esto en la Biblia, la “palabra de Dios”, no se asocia al sacerdote (Zacarías, el padre del Bautista, se quedó sin palabra, mudo: Lc 1, 20), mientras que la palabra vino sobre Juan, no en el templo, sino en el desierto (Lc 3, 2). Y es que la palabra era el medio con el que los profetas comunican su fuerza al pueblo (Am 1, 6).

Pero con Jesús, el tema de la palabra da un paso adelante que resulta decisivo: la palabra de Dios es la palabra de Jesús: “Pero yo os digo” (Mt 5, 22. 28…). La palabra de Jesús tiene tal fuerza, que hace milagros (Mt 8, 8. 16; Jn 4, 50-53), perdona pecados (Mt 9, 1-7 par), transmite su poder personal (Mt 18, 18; Jn 20, 23), perpetúa su presencia (Mt 26, 26-29 par). Ahora bien, todo esto supuesto, la pregunta que tenemos que afrontar es fuerte: ¿Por qué, con tanta frecuencia, la palabra del clero, de los catequistas, de los profesores de religión, no es semilla para nada? ¿Por qué esa palabra resulta tan inexpresiva, tan pesada, tan incómoda, tan rutinaria? ¿No será que, en lugar de “profetas” de la palabra, tenemos “funcionarios” del templo? ¿No indicará todo esto que nos hemos apegado a una religión rutinaria y cómoda, al tiempo que nos hemos alejado del Evangelio de Jesús?

Pero, si vamos hasta el fondo de lo que entraña todo este asunto, lo que queda claro es que la Palabra, que ha dicho Dios al mundo, es Jesús mismo y Jesús solo. Porque la encarnación de la Palabra no alude a Jesús como a un enviado escatológico en quien Dios actúa actualmente, sino que afirma la presencia de Dios mismo en la carne. En otras palabras: la encarnación de la Palabra significa la presencia de Dios en la persona de Jesús. Es decir, que en Jesús, en su vida, sus hechos y sus palabras, es donde aprendemos quién es Dios, cómo es Dios, lo que tenemos que hacer para relacionarnos con Dios.

José María Castillo

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92. Allí está la verdadera sanación, ya que el modo de relacionarnos con los demás que realmente nos sana en lugar de enfermarnos es una fraternidad mística, contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe descubrir a Dios en cada ser humano, que sabe tolerar las molestias de la convivencia aferrándose al amor de Dios, que sabe abrir el corazón al amor divino para buscar la felicidad de los demás como la busca su Padre bueno. Precisamente en esta época, y también allí donde son un «pequeño rebaño» (Lc 12,32), los discípulos del Señor son llamados a vivir como comunidad que sea sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-16). Son llamados a dar testimonio de una pertenencia evangelizadora de manera siempre nueva.[70] ¡No nos dejemos robar la comunidad!


[70] Cf. Propositio 8.

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Lectio: Domingo, 16 Julio, 2017

¡He ahí, a tu hijo!
¡He ahí, a tu madre!

Juan 19,25-27

1. Recojámonos en oración –Statio

Ven, Espíritu Santo, llena de tu luz nuestras mentes para entender el verdadero significado de tu Palabra.
Ven, Espíritu Santo, enciende en nuestros corazones el fuego de tu amor que inflame nuestra fe.
Juan  19,25-27Ven, Espíritu Santo, llena nuestra persona con tu fuerza para reforzar lo que en nosotros es débil en nuestro servicio a Dios.
Ven, Espíritu Santo, con el don de la prudencia para frenar nuestro entusiasmo que nos impide amar a Dios y al prójimo.

2. Lectura orante de la Palabra – Lectio

Del Evangelio según Juan

25 Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleopás, y María Magdalena. 26 Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» 27 Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

3. Rumiar la Palabra – Meditatio

3.1. Para entender la lectura

– Con tu espíritu sube al Calvario hasta la cruz de Jesús y trata de entender lo que está sucediendo.
– Del pasaje leído, pídete a ti mismo lo que más te ha llamado la atención y porqué.
– ¿Cuáles son los sentimientos suscitados en este breve pasaje evangélico?

3.2. Clave de lectura

Jesús tiene en sus manos su destino

Nos encontramos a mitad del capítulo 19 del evangelio de Juan que comienza con la flagelación, la coronación con la corona de espinas de Jesús, la presentación de Jesús a Pilatos a la gente: “He ahí al hombre” (Jn 19,5), la condena a la muerte de cruz, el vía-crucis y la crucifixión. En la narración de la Pasión según Juan, Jesús tiene en sus manos el control de su propia vida y de todo lo que está sucediendo a su alrededor. Por este motivo encontramos por ejemplo frases como: “Jesús salió, llevando la corona d e espinas y el manto de púrpura” (v.5) o las palabras pronunciadas a Pilatos: “ Tú no tendrías ningún poder sobre mí, si no te lo hubiesen dado de lo alto” (v.11) También el texto presentado por la liturgia de hoy muestra que Jesús no solamente tiene control de todo lo que le está sucediendo, sino también de lo que está sucediendo alrededor. Es muy importante lo que describe el evangelista: Jesús entonces, viendo a la madre y allí junto a élla al discípulo que lo amaba, dice….”(v.26). Las palabras de Jesús en su sencillez son palabras de revelación, palabras con las cuáles quiere expresar su voluntad: “He ahí a tu hijo” (v.26). “He ahí a tu madre” (v,27). Estas palabras de Jesús nos traen a la mente las palabras de Pilatos con las cuáles ha presentado la persona de Jesús a la gente; “He ahí al hombre” (v.5). Jesús desde su trono, la cruz, con sus palabras, no sólo pronuncia su voluntad, sino también quién está verdaderamente en su amor por nosotros y cuál es el fruto de este amor. Es el cordero de Dios, el pastor que da su vida para reunir a todos en un solo rebaño, la Iglesia.

Junto a la cruz

En este pasaje encontramos también una palabra muy importante que se repite dos veces cuando el evangelista habla de la madre de Jesús y del discípulo amado. El evangelista cuenta que la madre de Jesús estaba “junto a la cruz” (v.25) y el discípulo amado estaba ”junto a ella” (v.26). Este importante detalle tiene un significado bíblico muy profundo. Sólo el cuarto evangelista cuenta que la madre de Jesús estaba junto a la cruz. Los otros evangelistas no especifican. Lucas narra que “todos sus conocidos asistían desde lejos y así las mujeres que lo habían seguido desde la Galilea, observando estos sucesos.” (Lc 23,49). Mateo escribe: “Había también allí muchas mujeres que estaban observando desde lejos; ellas habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas, María Magdalena, María madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos del Zebedeo” (Mt 27,55-56). Marcos cuenta que “ había también muchas mujeres, que estaban observando desde lejos, entre las cuáles María Magdalena, María madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que lo seguían y servían desde cuando estaba en Galilea, y muchas otras que habían subido con Él a Jerusalén” ( Mc 15,40-41). Por tanto sólo Juan subraya que la madre de Jesús estaba presente, no siguiéndolo de lejos, sino junto a la cruz en compañía de las otras mujeres. Recta de pie, como una fuerte mujer que continúa creyendo, esperando y teniendo confianza en Dios, incluso en aquel momento tan difícil. La madre de Jesús está en el momento importante en el cuál “Todo se ha consumado” (v.30) en la misión de Jesús. Además, el evangelista subraya la presencia de la madre de Jesús en el comienzo de su misión, en las bodas de Caná, donde Juan usa casi la misma expresión: “Estaba allí la madre de Jesús” (Jn 2,1)

La mujer y el discípulo

En las bodas de Caná y en la cruz, Jesús muestra su gloria y su madre está presente de modo activo. En las bodas de Caná se hace evidente, de modo simbólico, lo que ha sucedido en la cruz. Durante la fiesta de las bodas de Caná, Jesús transformó el agua contenida en seis tinajas (Jn 2,6). El número seis simboliza la imperfección. El número perfecto es el siete. Por este motivo Jesús responde a su madre:” No ha llegado mi hora” (Jn 2,4). La hora, en la cuál Jesús ha renovado todo, ha sido la hora de la cruz. Los discípulos le preguntaron: “Señor, ¿es este el tiempo en el que reconstruirá el reino de Israel?” (Hechos 1,6). En la cruz, con agua y sangre, Jesús hace nacer la Iglesia y al mismo tiempo ella se convierte en su esposa. Es el comienzo del nuevo tiempo. Tanto en las bodas de Caná como en la cruz, Jesús no llama a su madre por el propio nombre, sino que le da el bellísimo título de “Mujer” (Jn 2,19,26). En la cruz Jesús no está hablando con su madre movido solamente por un sentimiento natural, de el hijo con su madre. El título de “Mujer” pone en claro que en aquel momento Jesús estaba abriendo el corazón de su madre a la maternidad espiritual de sus discípulos, representados en la persona del discípulo amado que se encuentra siempre cerca de Jesús, el discípulo que en la última cena ha reclinado la cabeza sobre el pecho de Jesús (Jn 13,23-26). El discípulo que ha entendido el misterio de Jesús y ha permanecido fiel a su maestro hasta la crucifixión, y más tarde debería ser el primer discípulo en creer que Cristo ha resucitado al ver la tumba vacía y las vendas por tierra (Jn 20.4-8), mientras María de Mágdala asegura que se habían llevado fuera el cuerpo de Jesús (Jn 20,2). Por tanto el discípulo es quien cree y permanece fiel a su Señor en todas las pruebas de la vida. El discípulo amado de Jesús, no tiene nombre, porque el representa a ti y a mí, y a cuantos son verdaderos discípulos. La mujer se convierte en madre del discípulo. La mujer, que nunca es llamada por el evangelista con el nombre propio, no es sólo la madre de Jesús, sino también la Iglesia. Al evangelista Juan le agrada llamar a la Iglesia “mujer” o “señora”. Este título se encuentra en la 2ª carta de Juan (2 Jn 1.5) y en el libro del Apocalipsis: “En el cielo apareció un grandiosa señal: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas. Estaba encinta y gritaba por los dolores y trabajos del parto” (Ap 12,1-2) La mujer, pues, es la imagen de la Iglesia madre que está con los dolores del parto para engendrar a Dios nuevos hijos. La madre de Jesús es la imagen perfecta de la Iglesia esposa de Cristo que está de parto para engendrar nuevos hijos a su esposo.

El discípulo recibe en su casa a la mujer

Si Jesús ha dejado en las manos de la Mujer (su Madre y la Iglesia) a sus discípulos representados en la persona del discípulo amado, igualmente ha dejado en las manos de los discípulos a la Mujer (su Madre y la Iglesia). El evangelista cuenta que apenas Jesús ha visto al discípulo que amaba junto a su madre le ha dicho: “¡He ahí a tu madre!” (v.27)

El evangelista continúa: “Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa” (v. 27). Esto significa que el discípulo ha recibido a la mujer como una valiosa y querida persona. Esto de nuevo nos recuerda cuanto Juan dice en sus cartas, cuando se llama a sí mismo el presbítero que ama a la Señora electa (2 Jn 1), que ora por ella (2Jn 5), para que la cuide y la defienda contra el anticristo, esto es, cuantos no reconocen a Cristo y tratan de perturbar a los hijos de la Iglesia, los discípulos de Jesús (2 Jn 7,10).

Las palabras del versículo 27 “y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa”, nos recuerda lo que encontramos también al comienzo del evangelio de Mateo. El evangelista abre su narración con la visión del ángel en el sueño de José, el esposo de María. En esta visión el ángel dice a José: “José, hijo de David, no temas recibir contigo a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella viene del Espíritu Santo” (Mt 1,20). Mateo abre su evangelio con el Señor confiando María y Jesús a José, mientras Juan concluye su relato con Jesús confiando su Madre y la Iglesia en las manos del discípulo amado

3.3 Preguntas para orientar la meditación y la actualización

● ¿Qué es lo que te ha llamado más la atención en este pasaje y en la reflexión?
● En la cruz, Jesús nos ha dado todo: su vida y su Madre. Y tú, ¿estás preparado para entregar algo por el Señor? ¿Eres capaz de renunciar a tus cosas, a tus gustos, etc. para servir a Dios y ayudar al prójimo?
● “ Desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa” ¿Crees que las familias de hoy siguen el ejemplo del discípulo amado de Jesús? ¿Qué significado tienen estas palabras para tu vida cristiana?.

4. Oratio

Cántico de la Virgen María: Lucas 1,46-55

Alaba mi alma la grandeza del Señor
y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador
porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava,
por eso desde ahora todas las generaciones 
me llamarán bienaventurada,
porque ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso, 
Santo es su nombre
y su misericordia alcanza de generación en generación 
a los que le temen.
Desplegó la fuerza de su brazo, 
dispersó a los de corazón altanero.
Derribó a los potentados de sus tronos 
y exaltó a los humildes.
A los hambrientos colmó de bienes 
y despidió a los ricos con las manos vacías.
Acogió a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como había anunciado a nuestros padres- 
en favor de Abrahán y de su linaje por los siglos.

5. Contemplatio

Adoremos juntos la bondad de Dios que nos ha dado a María, la Madre de Jesús, como nuestra madre, repitiendo en silencio:

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en un principio ahora y siempre 
por los siglos de los siglos . Amén.

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El día en que Jesús no preparó el sermón…

Ante todo quiero subrayar un detalle que pasa casi inobservado. No faltan ni mucho menos los comentarios sobre la parábola del sembrador y la consiguiente explicación de la misma. La semilla, los diversos tipos de terreno, el rendimiento de cada uno, Cristo en equilibrio precario sobre aquel púlpito insólito que era la barca meciéndose a la orilla del lago.

Pero se olvidan de la escena introductoria, que me parece muy sugestiva.

«Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago».

Parece que no tenía nada programado, que no tenía ninguna cita con nadie, que no había ningún compromiso especial.

Se sentó a contemplar el panorama familiar de «su» lago.

Creo que es también éste un rasgo significativo de la humanidad de Cristo.

Juan nos presenta a un Jesús agotado por el viaje, que descansa junto al brocal de un pozo.

Marcos nos habla de un Jesús que duerme sobre la barca sacudida por olas furiosas, con la cabeza apoyada en una almohada.

Mateo nos regala esta escena sorprendente del Maestro en un momento de distensión, a la orilla del mar. Quizás está alabando al Padre por aquella obra maravillosa de sus manos. O, simplemente, deja que se empapen sus ojos de la belleza que lo rodea, permaneciendo en silencio.

«Y acudió a él tanta gente, que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla…»

No se nos dice cuánto tiempo duró aquella soledad extática. El evangelista quema los intervalos, entrelazando las secuencias sin darnos la posibilidad de medir el tiempo.

De todas formas, todo parece desarrollarse con la mayor naturalidad y bajo el signo de lo imprevisible, casi de la improvisación. Aquel día Jesús no había pensado quizás en encontrarse con el público, que acudió llamado nadie sabe por quién y de qué manera. ¿Quiere decir esto que no se había preparado para el sermón? Hay muchas circunstancias que así lo hacen suponer. Pero hay que reconocer que, en el evangelio, Jesús toma la palabra casi siempre con espontaneidad, estimulado por las circunstancias, provocado por los acontecimientos más accidentales, tal como se presenta. Para él no hay tiempos ni lugares privilegiados. Puede ser la explanada del templo, o una habitación cualquiera, o el recinto de una sinagoga, o -como hoy- una playa.

Sorprende que, en estas circunstancias, casi todo el discurso «en parábolas» se sitúa en un ambiente campesino: se habla de la siembra, de los campos, del grano y de la cizaña.

Solamente al final, después de volver a casa, el Maestro utiliza una imagen relacionada con el lago (los pescadores que, después de sacar las redes, se sientan y seleccionan los peces). Quizás se trate de una escena que contempló él mismo por la mañana, antes de que su soledad se viera interrumpida por la llegada de un público inesperado.

Pero saquemos enseguida una modesta conclusión de tipo práctico. A saber. Una forma esencial de preparación consiste en la capacidad para observar la realidad. Uno «encuentra» a las personas sólo cuando encuentra el mundo que les es familiar y se sumerge en él.

La gente rodea a Jesús, de pronto; casi le obliga a hablar, aunque él no se lo había propuesto, porque sabe que comparte sus problemas, que es experto en la vida de cada cual, que no es un extraño, que no está lejos de las situaciones concretas de la existencia «común».

No es sólo Jesús el que sabe hacerse escuchar. Es en primer lugar la gente que quiere escucharlo, porque se reconoce en lo que él les dice.

El problema del lenguaje es también un problema de capacidad de «sentarse», como Jesús, a la orilla del mar (y en lugar del mar podemos pensar en cualquier otro panorama, aunque no tenga un contenido tan poético) y ponerse a mirar…

Aquella mañana, el Maestro no se fue a la playa a preparar el sermón. Lo que quería era estar solo, contemplar. Deseaba establecer un contacto con la naturaleza, con un cierto mundo, sin ninguna preocupación inmediata…

Por casualidad, el problema del lenguaje ¿no será también un problema de ojos abiertos más aún que de lengua?

Eficacia y riesgo de la palabra

El tema de fondo de la liturgia de hoy podría enunciarse de esta manera: eficacia y, al mismo tiempo, riesgo de la palabra de Dios. La perspectiva en que podemos interpretarlo es doble: por parte del predicador y por parte de los oyentes.

Isaías nos informa que Dios nos manda «cada una de sus palabras», encargándola de que obtenga un objetivo concreto, un efecto bien determinado.

No podemos hacer con la palabra de Dios o sacar de ella lo que nosotros queramos o decidamos. Es la palabra misma la que tiene que producir lo que Dios ha establecido.

Si obtiene resultados distintos, vuelve al cielo «sin efecto».

Son los deseos de Dios los que cuentan, no nuestras intenciones (por muy laudables que sean).

No está en manos del que anuncia fijar de antemano, según sus puntos de vista o sus propios gustos, las consecuencias de su sermón. Y mucho menos le está permitido aprovecharse de la palabra para desahogar sus resentimientos reprimidos o lanzar «advertencias» a su antojo o tomarse la revancha contra los adversarios que él sabe…

La palabra de Dios no puede jamás ser un pretexto… para otra cosa.

Todavía es más preocupante el caso en que el predicador recibe una orden, por así decirlo, del director de orquesta de turno, y se pone a tocar temas, a templar cuerdas, a machacar teclas, a iniciar motivos, para llegar -forzando quizás las cosas- a conclusiones «musicales» que pueden agradar mucho a los oyentes y entrar en los intereses de algunos, pero que no tienen nada que ver con la palabra de Dios. También es poco honrado apelar al evangelio para cosas y problemas -o soluciones de problemas- que el evangelio ni siquiera rozó.

En la otra parte, no es el destinatario (y también el predicador, lógicamente, es un destinatario) el que tiene derecho a escoger las ideas que más le agradan.

Me atrevería a decir que las ideas no las proponemos nosotros después de haber leído o escuchado el sermón.

¡Las ideas las tiene Dios antes de que comience el sermón!

En una palabra: si nuestras ideas -y, desde luego, su actuación son reductivas respecto a las suyas, o están desfasadas de ellas, la palabra resulta ineficaz.

Por muy paradójico que parezca, las ideas son anteriores a la audición de las mismas. Y no se formulan en el aire.

Dios «piensa» algo sobre nosotros cuando nos dirige la palabra. Cada palabra suya contiene un deseo, una esperanza, un proyecto, una… idea de Dios.

Por tanto, no es importante que el predicador baje del púlpito más o menos satisfecho. Ni que los oyentes se muestren contentos o desilusionados, según hayan oído decir lo que se esperaban, lo que les gustaba, lo que entraba en sus esquemas mentales o en su programa de vida.

Lo interesante, por el contrario, es saber si la palabra ha vuelto a su sitio después de «haber cumplido aquello para lo cual» la había enviado Dios.

Y el deseo de Dios, evidentemente, no se limita al hecho de que alguien exclame: «¡Qué bonita homilía! ¡esto es precisamente lo que quería oír!».

Y, sin embargo, esto es un grave riesgo.

El peor enemigo: la costumbre

La interpretación de los diversos tipos de terreno, más o menos prometedores, más o menos productivos, nos la dio ya Cristo. Los comentaristas de todos los tiempos han dado otras muchas.

Me gustaría aludir solamente al peligro más grave que corre la palabra de Dios. Que no es el rechazo explícito, sino más bien la costumbre.

El fenómeno, una vez más, se verifica en dos lugares. Encima y debajo del púlpito.

Por parte del predicador, la costumbre toma la forma de oficio, de repetitividad, de falta de originalidad, de discursos grises y manidos, de vulgaridad, de desánimo.

Por parte de los oyentes, la costumbre quiere decir desencanto, aburrimiento, rutina, sensación de tenerlo todo archisabido, desconfianza, interés superficial, indiferencia, distracción, tedio mal disimulado.

Tanto de una parte como de otra, no hay un verdadero compromiso, ninguna vibración interior, ninguna participación profunda.

A ninguno se le ocurre pensar que la proclamación de la palabra de Dios se hace con vistas a la conversión.

No se dan cuenta de que en esa palabra -como nos recuerda Isaías, en el trozo que cita el mismo Cristo- tienen que implicarse los ojos, los oídos y sobre todo el corazón. Sí, se trata precisamente de «entender con el corazón».

Uno puede decir que ha hablado o escuchado sólo si la palabra ha sido captada en el corazón. La palabra germina, es guardada, explota en el corazón, y encuentra la complicidad de otros corazones.

En el camino de Emaús, Cristo abrió a los dos discípulos desilusionados la inteligencia de las Escrituras, practicando la hermenéutica del corazón. «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»: Lc 24, 32. Su mente se despertó, iluminada por un conato de incendio en el terreno del corazón.

Me pregunto muchas veces personalmente cuál es el antídoto más eficaz contra el endurecimiento de la costumbre (endurecimiento que afecta a los oídos, al corazón… y también a la vista).

Y hasta ahora no he encontrado otro remedio que éste: hay que acercarse a la palabra de Dios, a una página del evangelio, a cada una de sus frases, como si fuese la primera vez. Y en realidad se trata siempre de la primera vez, porque esa palabra es viva, eficaz, nueva, inspirada e inspiradora «al instante».

El sacerdote que preside los domingos la Eucaristía debería acercarse al trozo del evangelio de aquella misa con la actitud de quien «no sabe» aún lo que está escrito y qué es lo que va a decir (aunque esté bien preparado y haya masticado, «rumiado», durante toda la semana aquella palabra).

Todo el que abra el Libro y se disponga a leer, debería hacerlo como principiante, como inexperto.

La palabra es irrepetible y no reproducible. Aunque uno la haya oído mil veces, no es nunca lo mismo.

Decir que la palabra es ciertamente eficaz, no significa que ilumine siempre de la misma manera y produzca los mismos frutos, obteniendo resultados «standard».

No se trata de una cadena de montaje, en la que todo puede calcularse, preverse y obtenerse «en serie». Se trata de una creación. Jesús nos informa que es posible ver el Reino sólo como recién nacidos. Y el viejo y experimentado y un poco encallecido Nicodemo se quedó pasmado ante aquella revelación.

Así pues, ver y acoger la palabra sólo es posible si se renuncia a la experiencia anterior y se acerca uno a ella con la actitud y la frescura de un parvulillo que empieza a leer, a comprender, a descifrar y a silabear alguna palabra.
La impermeabilidad es derrotada con la vulnerabilidad.
No gente resabiada, escéptica, experimentada y resignada. Sino individuos indefensos, receptivos, con afición de exploradores.

El endurecimiento puede desaparecer sólo si se recupera el sentido de la sorpresa.

Sí, es cuestión (encima y debajo del púlpito) de dejarse sorprender por la palabra.

Los dolores que anuncian el parto

Y añadamos finalmente el sufrimiento como elemento necesario para la fecundidad de la palabra de Dios.

En este sentido podemos leer el texto de Pablo (segunda lectura), donde se habla de los «trabajos de ahora» y de una creación «expectante… aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios». Sí, aquellos hijos que nacen de la palabra y no de la charlatanería de los hombres.

El mismo Pablo alude de manera realista, a propósito de la creación, a los «dolores de parto».

Es evidente que no se trata aquí de la preocupación del sacerdote que tiene que preparar la homilía dominical. Ni tampoco del malestar y del fastidio que a veces sienten los feligreses al oír ciertos sermones.

No, más radicalmente es esa misma palabra la que nos hace sufrir, la que nos desgarra en carne viva, la que sacude nuestro equilibrio normal, la que nos hace sentir mal. Y entran ganas de gritar: «¡Ya basta, Señor! ¡déjame un poco tranquilo, dame una tregua, no me atormentes así!».

Muchos de nosotros pretenden exclusivamente saborear la palabra, gozarla, admirar su belleza y su perfume, como en un jardín.

Pero la palabra no pertenece solamente al terreno de la consolación. Ni mucho menos al del goce estético (aunque sea de una estética espiritual).

La palabra es semilla que produce la vida. Y la vida, para nacer, nos hace un daño… de muerte.

Que la palabra está viva dentro de mí puedo percibirlo, no por las exclamaciones devotas que brotan de mis labios, sino por las heridas dolorosas, casi insoportables, que me produce por dentro.

Isaías nos advierte que también puede haber «falsos dolores» de «falsos partos»: «Habíamos concebido, nos retorcimos de dolor y dimos a luz, pero sólo era viento; no trajimos salvación a la tierra, no nacieron habitantes al mundo… » (Is 26, 18).

De todas formas, es mejor advertir la insoportabilidad de la palabra que la anestesia de la costumbre (¡aunque a veces se disfrace de familiaridad!).

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