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Archive for 5/08/17

I VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: EN LA CUMBRE DEL MONTE.

En la cumbre del monte,
su cuerpo de barro
se vistió de soles.

En la cumbre del monte,
su veste de nieve
se cuajó de flores.

En la cumbre del monte,
excelso misterio:
Cristo, Dios y hombre.

En la cumbre del monte,
a la fe se abrieron
nuestros corazones. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Jesús tomó consigo a sus discípulos y subió a un monte, y se transfiguró en su presencia.

Salmo 112 – ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesús tomó consigo a sus discípulos y subió a un monte, y se transfiguró en su presencia.

Ant 2. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Jesús.

Salmo 116 – INVITACIÓN UNIVERSAL A LA ALABANZA DIVINA.

Alabad al Señor, todas las naciones,
aclamadlo, todos los pueblos:

Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Jesús.

Ant 3. Señor, qué bien estaría quedarnos aquí; si lo deseas, haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Señor, qué bien estaría quedarnos aquí; si lo deseas, haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

LECTURA BREVE   Flp 3, 20-23

Para nosotros, nuestros derechos de ciudadanía radican en los cielos, de donde esperamos que venga como salvador Cristo Jesús, el Señor. Él transfigurará nuestro cuerpo de humilde condición en un cuerpo glorioso, semejante al suyo, en virtud del poder que tiene para someter a su imperio todas las cosas.

RESPONSORIO BREVE

V. Apareciste revestido de belleza y majestad en presencia del Señor. Aleluya, aleluya.
R. Apareciste revestido de belleza y majestad en presencia del Señor. Aleluya, aleluya.

V. Y el Señor te envolvió de luz como de un manto.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Apareciste revestido de belleza y majestad en presencia del Señor. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Jesucristo es el resplandor del Padre, la imagen de su ser; con su poderosa palabra sostiene al universo; él, después de haber llevado a cabo la expiación de nuestros pecados, ha manifestado hoy su gloria desde un monte excelso.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesucristo es el resplandor del Padre, la imagen de su ser; con su poderosa palabra sostiene al universo; él, después de haber llevado a cabo la expiación de nuestros pecados, ha manifestado hoy su gloria desde un monte excelso.

PRECES

Acudamos a nuestro Salvador, maravillosamente transfigurado ante sus discípulos en el monte santo, y digámosle con fe:

Ilumina, Señor, nuestras tinieblas.

Oh Cristo, que, antes de entregarte a la pasión, quisiste manifestar en tu cuerpo transfigurado la gloria de la resurrección futura, te pedimos por la Iglesia que sufre:
que, en medio de las dificultades del mundo, viva transfigurada por la esperanza de tu victoria.

Cristo, Señor nuestro, que tomando a Pedro, Santiago y Juan los llevaste contigo a un monte alto, te pedimos por el papa Francisco y por los obispos:
que, llenos de aquella paz y alegría que son fruto de la esperanza en la resurrección, sirvan fielmente a tu pueblo.

Cristo Jesús, que desde el monte santo hiciste brillar tu rostro sobre Moisés y Elías, te pedimos por Israel, el pueblo que hiciste tuyo desde tiempos antiguos:
concédele que alcance la plenitud de la redención.

Cristo, esperanza nuestra, que iluminaste al mundo entero cuando sobre ti amaneció la gloria del Creador, te pedimos por todos los hombres de buena voluntad:
haz que caminen siempre siguiendo el resplandor de tu luz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo, Salvador nuestro, que transformarás nuestro frágil cuerpo en cuerpo glorioso como el tuyo, te pedimos por nuestros hermanos difuntos:
transfórmalos a imagen tuya y admítelos ya en tu gloria.

Llenos de esperanza, oremos al Padre como Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios, que en la gloriosa transfiguración de Jesucristo confirmaste los misterios de la fe con el testimonio de Moisés y de Elías, y nos hiciste entrever en la gloria de tu Hijo la grandeza de nuestra definitiva adopción filial, haz que escuchemos siempre la voz de tu Hijo amado y lleguemos a ser un día sus coherederos en la gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio: Sábado, 5 Agosto, 2017
Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, protector de los que en ti esperan; sin ti nada es fuerte ni santo. Multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros que podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro Señor.

2) Lectura del Evangelio

Del Evangelio según Mateo 14,1-12
En aquel tiempo se enteró el tetrarca Herodes de la fama de Jesús, y dijo a sus criados: «Ese es Juan el Bautista; él ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él fuerzas milagrosas.» Es que Herodes había prendido a Juan, le había encadenado y puesto en la cárcel, por causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe. Porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla.» Y aunque quería matarle, temió a la gente, porque le tenían por profeta. Mas, llegado el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio de todos gustando tanto a Herodes, que éste le prometió bajo juramento darle lo que pidiese. Ella, instigada por su madre, «dame aquí, dijo, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.» Entristecióse el rey, pero, a causa del juramento y de los comensales, ordenó que se le diese, y envió a decapitar a Juan en la cárcel. Su cabeza fue traída en una bandeja y entregada a la muchacha, la cual se la llevó a su madre. Llegando después sus discípulos, recogieron el cadáver y lo sepultaron; y fueron a informar a Jesús.

3) Reflexión

• El evangelio de hoy describe cómo Juan Bautista fue víctima de la corrupción y de la prepotencia del gobierno de Herodes. Fue condenado a muerte sin proceso, durante un banquete del rey con los grandes del reino. El texto nos da muchas informaciones sobre el tiempo en que Jesús vivía y sobre la manera en que los poderosos de aquel tiempo ejercían el poder.
• Mateo 14,1-2. Quién es Jesús para Herodes. El texto inicia informando sobre la opinión de Herodes respecto a Jesús: Ese es Juan el Bautista; él ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él fuerzas milagrosas. Herodes trataba de entender a Jesús desde los miedos que le asaltaban después del asesinato de Juan. Herodes era un grande supersticioso que escondía el miedo detrás de la ostentación de su riqueza y de su poder.
• Mateo 14,3-5: La causa escondida del asesinato de Juan.Galilea, la tierra de Jesús, estaba gobernada por Herodes Antipas, hijo del rey Herodes, el Grande, desde el 4 antes de Cristo. ¡43 años en todo! Durante el tiempo en que Jesús vivió, no hubo mudanza de gobierno en Galilea! Herodes era dueño absoluto de todo, no rendía cuenta a nadie, hacía lo que se le pasaba por la cabeza. ¡Prepotencia, falta de ética, poder absoluto, sin control por parte del pueblo! Pero quien mandaba en Palestina, desde el 62 antes de Cristo, era el Imperio Romano. Herodes, en Galilea, para no ser depuesto, procuraba agradar a Roma, en todo. Insistía sobre todo en una administración eficiente que diera lucro al Imperio. Su preocupación era su propia promoción y seguridad. Por ello, reprimía cualquier tipo de subversión. Mateo informa que el motivo del asesinato de Juan fue la denuncia que el Bautista hace a Herodes por haberse casado con Herodíades, mujer de su hermano Felipe. Flavio José, escritor judío de aquella época, informa que el motivo real de la prisión de Juan Bautista era el miedo que Herodes tenía a un levantamiento popular. A Herodes le gustaba ser llamado bienhechor del pueblo, pero en realidad era un tirano (Lc 22,25). La denuncia de Juan contra Herodes fue la gota que hizo rebosar el vaso: “No te está permitido casarte con ella”. Y Juan fue puesto en la cárcel.
• Mateo 14,6-12: La trama del asesinato. Aniversario y banquete de fiesta, ¡con danzas y orgías! Marcos informa que la fiesta contaba con la presencia “de los grandes de la corte, de los oficiales y de personas importantes en Galilea” (Mc 6,21). Es éste el ambiente en que se trama el asesinato de Juan Bautista. Juan, el profeta, era una denuncia viva de este sistema corrupto. Por esto fue eliminado bajo pretexto de un problema de venganza personal. Todo esto revela la flaqueza moral de Herodes. ¡Tanto poder acumulado en mano de un hombre sin control de sí! En el entusiasmo de la fiesta y del vino, Herodes hizo un juramento liviano a Salomé , la joven bailarina, hija de Herodíades. Supersticioso como era, pensaba que debía guardar ese juramento, atendiendo a los caprichos de la muchacha y mandó el soldado a traerle la cabeza de Juan sobre una bandeja y entregarla a la bailarina, que a su vez la entregó a su madre. Para Herodes, la vida de los súbditos no valía nada. Disponía de ellos como disponía de la posición de las sillas en la sala.
Las tres características del gobierno de Herodes: la nueva Capital, el latifundio y la clase de los funcionarios:
a) La Nueva Capital. Tiberíades fue inaugurada cuando Jesús tenía 20 años. Era llamada así para agradarle a Tiberio, el emperador de Roma. Allí moraban los dueños de la tierra, los soldados, la policía, los jueces muchas veces insensibles (Lc 18,1-4). Para allá llevaban los impuestos y el producto del pueblo. Allí Herodes hacía sus orgías de muerte (Mc 6,21-29). Tiberíades era la ciudad de los palacios del Rey, donde vivía el personal que viste con elegancia (cf Mt 11,8). No consta en los evangelios que Jesús hubiese entrado en esta ciudad.
b) El latifundio. Los estudiosos informan que, durante el largo gobierno de Herodes, el latifundio creció en prejuicio de las propiedades comunitarias. El libro de Henoc denuncia a los dueños de las tierras y expresa la esperanza de los pequeños: “¡Entonces los poderosos y los grandes dejarán de ser los dueños de la tierra!” (Hen 38,4). El ideal de los tiempos antiguos era éste: “Cada uno se sentaba a la sombra de su parra y de su higuera, y nadie lo inquietaba” (1 Mac 14,12; Miq 4,4; Zac 3,10). Pero la política del gobierno de Herodes volvía imposible la realización de este ideal.
c) La clase de los funcionarios. Herodes creó toda una clase de funcionarios fieles al proyecto del rey: escribas, comerciantes, dueños de tierras, fiscales del mercado, recaudadores de impuestos, militares, policías, jueces, promotores, jefes locales. En cada aldea o ciudad había un grupo de personas que apoyaban al gobierno. En los evangelios, algunos fariseos aparecen junto a los herodianos (Mc 3,6; 8,15; 12,13), lo cual refleja la alianza entre el poder religioso y el poder civil. La vida de la gente en las aldeas estaba muy controlada tanto por el gobierno como por la religión. Se necesitaba mucho valor para comenzar algo nuevo, ¡como lo hicieron Juan y Jesús! Era lo mismo que atraerse sobre sí la rabia de los privilegiados, tanto del poder religioso como del poder civil.

4) Para la reflexión personal

• ¿Conoces a personas que murieron víctima de la corrupción y de la dominación de los poderosos? Y aquí entre nosotros, en nuestra comunidad y en nuestra iglesia, ¿hay víctimas de desmando y de autoritarismo?
• Herodes, el poderoso, que pensaba ser el dueño de la vida y de la muerte de la gente, era un cobarde ante los grandes y un adulador corrupto ante la muchacha. Cobardía y corrupción marcaban el ejercicio del poder de Herodes. Compáralo con el ejercicio del poder religioso y civil, hoy, en los diversos niveles de la sociedad y de la Iglesia.

5) Oración final

Lo han visto los humildes y se alegran,
animaros los que buscáis a Dios.
Porque Yahvé escucha a los pobres,
no desprecia a sus cautivos. (Sal 69,33-34)

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…Y Dios creó al nómada.

¡Que nadie te diga: «Quédate tranquilo, acomódate, instálate»! Sino más bien: «Vete… Sal de tu tierra» (como a Abrahán). «Seguidme» (como a los discípulos). «Levántate» (como a Elías). En una palabra: siempre y solamente una orden perentoria de marcha.

¡Y pensar que nos gustaría tanto vivir bien instalados! Tenemos la mentalidad de los «acomodados»; sufrimos «el mareo del camino». Nos gustaría dejar bien protegido el terreno o la casa que hemos comprado, dar una vuelta para vigilar nuestras posesiones, gozar de la posición que hemos alcanzado.

Nuestra aspiración es la de conservar; más aún, la de acumular. Nos gustaría vivir en paz el presente.

Pero Dios se empeña en retirar de tus pies los apoyos habituales. Pretende que dejes lo que es seguro (y tranquilizante), para meterte en lo incierto, en lo que todavía no es.

No te permite seguir «agarrado» a la situación actual, sino que exige el cambio, la superación, el desplazamiento.

El creyente debe estar «tenso» hacia el futuro, continuamente en camino hacia el «todavía no».

«La isla más bella es la que no se ha encontrado todavía», canta Guccini.

La grandeza del hombre está en la decisión de emprender el viaje. Y surge la sospecha de si la isla «más bella» no será el mismo viaje.

Estar de camino es lo más fascinante. El corazón no puede sentirse saciado contemplando lo que ha amontonado, contabilizando los resultados conseguidos, sino que ha de comenzar a palpitar tumultuosamente ante la llamada de un horizonte que se adivina en la lejanía, de un territorio todavía por explorar.

Con Dios no se juega

Como a María de Magdala, nos gustaría pararlo, dejarlo clavado en nuestros espacios familiares. Pero él no está de acuerdo: «No me retengas más… Anda, vete.. . » (Jn 20, 17).

Como a Pedro, nos gustaría prepararle una tienda, prolongar para siempre su presencia gratificante. Pero él obliga a bajar de nuevo al llano.

Ni siquiera en la iglesia podemos secuestrarlo. Ni mucho menos en nuestro grupo, en nuestro pequeño círculo.

El está fuera. Disfrazado de pobre, de caminante, sin morada fija. Dios no acepta que lo encerremos en el área del templo o del culto. No nos hagamos ilusiones. El Enmanuel, el Dios-con-nosotros (Mt 1, 23), asegura su compañía exclusivamente a los que están decididos a recorrer todos los caminos del mundo. «Poneos, pues, en camino, haced discípulos a todos los pueblos… Sabed que yo estoy con vosotros» (Mt 28, 19-20). Está con nosotros cuando caminamos. Está con nosotros «todos los días» en que nos ponemos de viaje.

Entre él y nosotros puede haber tan sólo una relación, una complicidad itinerante.

Tengo la impresión de que Dios, cuando es considerado como una conquista, cuando se le tiene como una posesión adquirida, puede convertirse -permítaseme la expresión- en un juguete de nuestros juegos religiosos.

Pero Dios es el descubrimiento eterno, desconcertante, siempre nuevo. Y cuando crees que lo has alcanzado, él se va más allá.

Y cuando quieres ver que está ya contigo, se esconde. Para obligarte a que te adentres en el misterio, en el despojo, sin la protección de las ideologías o de los tratados o de las certezas o de los revestimientos de tipo cultural, a través de rodeos insospechados, de senderos sin señalar, entre pasadizos helados y oscuros y destellos pasmosos de luz.

¿Cuándo dejaremos de deshojar las cebollas?

Marcel Légaut distingue entre religiones de autoridad y religiones de llamada (o de invitación).

Las religiones de autoridad consideran la verdad como un patrimonio que sólo hay que guardar y defender. Ven a los hombres como rebaño que hay que dominar y someter. Para conseguir con mayor seguridad -y sin riesgos- el objetivo, se apoyan en el poder y tienden a condicionar a la sociedad (haciéndose cómplices de cualquier autoridad constituida).

Consideran todo cambio como una amenaza a su vocación inmovilista y conservadora. Eliminan toda disensión y consideran toda crítica como una falta de fidelidad. Tienen respuestas prefabricadas para cualquier problema.

Ya no tienen que buscar. Sólo se sienten encargadas de dar, de proporcionar, no de recibir. Tienen las llaves y no necesitan que nadie les abra las puertas. Todo lo más que pretenden, si se presenta el caso, es derrumbar. Construyen a sus fieles desde fuera (comportamientos, prácticas, reglamentos rigurosos).

Adoctrinan minuciosamente sobre todo lo que se debe hacer u omitir (moralismo, prohibiciones, imposición de cargas insostenibles). La religión de llamada, por el contrario, pone al hombre en pie, lo convierte en una criatura en movimiento.

Se dirige a la conciencia y solicita la libre y gozosa adhesión de los individuos.

Construye al hombre por dentro. Lo despierta, lo anima, le abre los ojos… y la boca, le da confianza, estimula su creatividad, lo responsabiliza, le hace vislumbrar sus posibilidades.

Le dice lo que es, lo que puede ser, lo que está llamado a ser, más que lo que tiene que hacer. En una palabra, es una religión liberadora.

Mientras que la religión de autoridad es estática, repetitiva, la otra es dinámica, siempre sorprendente.

Snoopy, el célebre perro de las historietas de Charles Schulz, observaba: «Toda una montaña de recuerdos no igualará jamás a una pequeña esperanza».

Dios es el Dios de la promesa, no el de la lamentación. Tenemos que aprender a suspirar por lo que ha de venir, más que por lo que hemos dejado atrás.

El «mareo del camino» tiene que desaparecer y dejar sitio al «placer del caminar».

Tenemos que dejar de deshojar las cebollas (como se pasan las hojas del álbum de recuerdos), que sólo nos producen lágrimas nostálgicas.

Las cebollas, más que hacernos llorar, deberían hacernos reír. El creyente es el que, como Abrahán, decide ponerse en camino cada día.

La fe no te protege, te despoja

La fe te hace aceptar el riesgo, la aventura.

La fe no te cubre como un manto. Sino que te despoja. Te «expone» a todas las intemperies.

La fe te hace vivir en la provisionalidad.

Uno es de veras «fuerte en la fe» cuando acepta vivir una situación permanente de precariedad, de falta de seguridad.

También a los apóstoles, cegados por aquel relámpago de luz anticipadora de la pascua, les bastó una palabra («escuchadle»), para encontrar la fuerza de bajar del monte de la transfiguración y recorrer, con el Maestro, el camino de la cruz.

«Tu palabra es antorcha para mis pasos» (Sal 119, 105).

Dios no tiene prisa en cumplir sus promesas. Parece incluso que las ha olvidado. Y cuando alude a ellas, se limita a recordarlas (como se hace con una letra de cambio cuyo pago se aplaza y se renueva una vez, diez veces, hasta quién sabe cuándo…), no a honrarlas aunque sólo sea con un minúsculo anticipo.

Muchos hombres, cuando se levantan las sombras de la tarde y la realidad ha roto inexorablemente sus sueños, renuncian a la esperanza, caen en el desaliento, tratan de olvidar.

A. Pronzato

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1. Situación

Deseamos convertirnos, pero tenemos miedo. El camino no es de rosas. No lo fue para Jesús, ni para sus discípulos.

El miedo nos acobarda.

Lo peor de todo no es que tengamos miedo, sino que el miedo sea algo difuso, sin un perfil concreto. En efecto, no sabemos a qué tenemos miedo. Nos refugiamos en él, a modo de mecanismo de defensa.

La solución no está en hacernos los fuertes. Cuando el punto de referencia es el Crucificado, cuando el Mesías nos dice (leer Mt 16,21-28) que «hay que perder la vida para ganarla», más vale ser realistas y quedar desconcertados como Pedro y los discípulos.

2. Contemplación

La Transfiguración es la respuesta de Dios-Padre al miedo de los discípulos y de Jesús mismo. Hay que suponer que Jesús no sabía de antemano su destino trágico en el Calvario. Lo fue descubriendo a la luz del rechazo de su mensaje. Por eso, se retiró al monte con sus íntimos, porque tenía miedo y quiso encontrar en el Padre luz y fortaleza. Después de oración prolongada, los discípulos vieron cómo salía transfigurado, convertido en un hombre nuevo, decidido a subir a Jerusalén, asumiendo hasta el final las consecuencias de su vocación mesiánica, iluminado por la certeza interior de que estaba en buenas manos, en las de Dios, su Padre.

3. Reflexión

¿Cómo pasa el creyente del miedo, que se defiende, que no se fía, que no se entrega a la voluntad de Dios, a la fortaleza interior capaz de asumir con decisión el sufrimiento actual o el previsible?

El miedo defensivo aparece en la incapacidad para salir de nosotros mismos. Por eso, el secreto de la fortaleza no está en afirmarse, sino en poner la mirada en la Roca firme, el Señor.

No es bueno querer superar el miedo. Esa crispación impaciente delata angustia. Más vale sentirlo, permitirse ser pequeño, y, puesta la confianza en Dios, adherirse a su voluntad.

Este aprendizaje es esencial para la libertad interior. Hay que hacerlo en acto de oración. Entregarle a El nuestro miedo y dejar que El nos fortalezca por dentro. Normalmente no se logra a la primera. A veces es una lucha tensa.

Cuidemos bien este punto: A nosotros nos suele preocupar el lograr la paz, el sentirnos fuertes. Lo esencial es la confianza en obediencia.

Confiar sin estar dispuesto a hacer su voluntad sólo crea una paz inconsistente. Obediencia sin confianza viene a ser voluntarismo crispado. Cuando la libertad personal se adhiere afectivamente, porque confía, entonces brota la paz que fortalece por dentro, signo luminoso que transfigura nuestros miedos.

Importante: Esta paz no elimina siempre el miedo; se da a un nivel más hondo.

4. Praxis

Dedica un tiempo de silencio a hacerte consciente de tus miedos, y haz oración con ellos. Pero como Jesús, poniendo tu mirada en el Padre, confiando y entregándote a su voluntad.

NOTA: Hay creyentes que, al hacer estos ejercicios espirituales, experimentan un crecimiento de su angustia. Y no porque se resisten a hacer la voluntad de Dios. Al contrario, experimentan que su voluntad racional dice a Dios que sí, pero su afectividad no confía, no logra la paz de fondo. En estos casos, es probable que la imagen inconsciente de Dios sea negativa o ambivalente. La confianza en Dios está mediatizada por el miedo a Dios.

Hay que vivir un proceso previo de reestructuración sicológica y espiritual de la imagen de Dios, o aprovechar este momento de angustia para una experiencia nueva de confianza.

Javier Garrido

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114. Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio.

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La idea de que la ciencia es un artificio mental con el que los científicos tratan de entender los fenómenos de la Naturaleza está actualmente más o menos generalizada. Ya Ortega y Gasset en su trabajo ”Ideas y Creencias” (Cap 2º) “afirmaba que la ciencia está mucho más cerca de la poesía que de la realidad, …..que su función en el organismo de nuestra vida se parece mucho a la del arte…. (la ciencia es) …un edificio imaginario”.

Las leyes, cristalizaciones de lo que la experiencia va mostrando, se van modificando, precisamente en función de nuevos descubrimientos. El gran tema de hoy para los científicos es “encontrar” una ley, “crear un sistema” que sea capaz de integrar los fenómenos del micro y macrocosmos.

En la actualidad los científicos, en general, son bastante humildes sobre el carácter definitivo de las proposiciones científicas.

Esto no quiere decir que se desentiendan de la “realidad” Después de que Hume despertara a Kant de su sueño dogmático, la fuerza de lo empírico, de lo experimentable, es imprescindible para que una proposición sea tomada como científica. En un mundo tan pragmático como el conseguido por la mentalidad cientificista del hombre del siglo XXI toda afirmación debe ser corroborada con datos. Lo que puede experimentarse es lo que tiene carácter científico. De lo que no tenemos experiencia sensible no tenemos conceptos propios y en consecuencia no podemos hablar científicamente de ello. Lo propuso como “dogma” Wittgenstein en la última afirmación de su “Tractatus”: “Sobre lo que no podemos hablar debemos guardar silencio”.

Este “hambre” de verificación empírica ataca no pocas veces a las proposiciones de carácter religioso tachándolas de “imaginaciones”, mitos, leyendas superadas, tradiciones que se pierden en la noche de los tiempos; algo trasnochado, superado científicamente.

No es cierto. Y no lo es de ninguna manera. Es verdad que hay afirmaciones que exigen fe por la imposibilidad de ser “comprendidas en su totalidad” por la mente humana. Pero el origen del cristianismo no es ninguna invención calenturienta o malintencionada de nadie.

A este respecto son extraordinariamente importantes las declaraciones de los Apóstoles. Nos lo acaba de recordar San Pedro:( 1ª Lec. 2ª, 1, 16-19) “No os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo basados en fábulas hábilmente imaginadas, sino COMO TESTIGOS OCULARES”.

Nuestra fe, la que ahora nos ha congregado aquí, se basa en el testimonio de gente que VIVIÓ AQUELLO, que lo vio y que lo defendió como hecho, como verdad incuestionable, hasta el extremo de dar su vida defendiéndolo, en medio de tremendos tormentos.

Todos creemos en la existencia de Alejandro Magno, no obstante tener menos datos de él que de Jesús. Nadie duda de la existencia de Julio César aunque su “De bello Galico”, su obra sobre la guerra de las Galias, está llena de exageraciones.

Nosotros tenemos unas narraciones en las que se cuentan las cosas en sus lados blancos y negros, gratos y no gratos, de éxito y de fracaso. No se ve ningún interés ni de tipo económico, ni político, ni social. Los primeros cristianos murieron simple y llanamente por afirmar que Jesús había muerto y resucitado. Fiados de su Resurrección, como signo de divinidad, vivían y enseñaban a los demás según las enseñanzas del resucitado.

Esas mismas enseñanzas son las que han llegado hasta nosotros y las que nos han convocado aquí esta mañana del 6 de agosto del 2017.

Nada, pues, de ingenuos tragadores de leyendas y mitos medievales. Conocemos perfectamente las exigencias de las ciencias pero también sus límites y por eso estamos perfectamente capacitados para establecer un campo de fe que “cubra” las sombras que nos deja la limitación de nuestra capacidad cognoscitiva, pero que hunde sus raíces en hechos concretos y reales.

La segunda lectura nos habla de un acontecimiento especialmente importante en los tiempos en los que vivimos. Frente la ola de materialismo; ante la ceguera por las realidades espirituales causada en gran parte por el embrujo ejercido por las cosas materiales, presentadas hasta obsesivamente en muchos casos por la publicidad, Jesús nos ofrece otros horizontes, otras metas para nuestra vida.

Nos las escenifica en el monte Tabor. (3ª lec. Mt. 17, 1-9) Poco antes ha hablado a los apóstoles por segunda vez de lo tremendo de su inmediato futuro. Va a subir a Jerusalén, allí le van a crucificar y ellos van a huir despavoridos.

Todo eso va a ser verdad pero no la única verdad. Jesús les muestra un destello de su gloria, de su grandeza, de la que hará partícipe a todo aquel que le siga. En medio de la oscuridad de muchos duros acontecimientos Jesús enciende la luz de la esperanza: nada será en vano. Si escuchamos a Jesús, siguiendo la exhortación del Padre, el triunfo, la profunda transformación que experimentó Jesús en el Monte Tabor, será el anticipo de la que experimentará todo aquel que le tome en serio.

Estos domingos nos hemos sentido llamados a ser hombres y mujeres que quiten a la humanidad y a la naturaleza los dolores de parto que la afligen. Hoy Dios nos habla del resultado final de quienes participen en esa gran empresa.

No miremos a otra parte por comodidad, ni nos dejemos dominar por el miedo al fracaso. La comodidad hará que permanezcamos en el desastre que nos acosa. El miedo al fracaso no tiene justificación si pensamos que, por una parte, hay mucha gente de buena voluntad que está dispuesta a luchar por cambiar esto y, por otra, que en ese esfuerzo no estamos solos. Jesús nos prometió que estaría con nosotros hasta la consumación de los siglos.

Terminemos recordando las palabras de San Pedro: “Por tanto, vosotros hacéis bien en poner en la palabra de Dios vuestra atención, como en lámpara que luce en lugar tenebroso hasta que llegue el día en el que alboree y el lucero de la mañana despunte en vuestros corazones”. AMÉN.

Pedro Sáez

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1. La transfiguración de Jesús —situada en los sinópticos al comienzo del camino de Jesús— es una glorificación anticipada de la resurrección final. Es la contrapartida de la tentación, el lado opuesto de la desfiguración. El relato de la transfiguración significa la consagración de Jesús como Mesías o Cristo, como nuevo Moisés en el monte de Dios y como segundo Elías que pronuncia y cumple toda profecía, delante de sus discípulos (lo ven orante) y de Dios (la voz del cielo y la nube). El «rostro resplandeciente» de Jesús y sus «vestidos blancos» son sinónimos de resurrección, de disfrute de la gloria de Dios.
 

2. La palabra gloria es empleada popularmente como algo maravilloso que nos hace felices: «esto da gloria», «es gloria bendita», «estamos en la gloria»… Pero que nadie se gloríe con orgullo, fanfarronería o jactancia; eso es «vanagloria». El cristiano puede gloriarse en Dios por Jesucristo. Evidentemente podemos aspirar a la gloria y, de hecho, la deseamos para todos y, muy en concreto, para el difunto: «que en gloria esté», es decir, que disfrute de la gloria de Dios. La gloria es, en definitiva, manifestación de Dios.
 

3. El relato de la transfiguración de Jesús, nos muestra el camino de los cristianos a la gloria, no sólo la definitiva, sino también la que debemos vivir y compartir ahora. Supone vencer la tentación o las pruebas en el desierto de la vida; subir al monte a contemplar, a celebrar; ir con hermanos creyentes y con Jesús en comunidad; escuchar la palabra de Dios; gozar de la presencia salvadora del Señor; bajar de la montaña para caminar con el pueblo en el valle; finalmente, compartir la experiencia vivida a su debido tiempo, en el momento oportuno, mediante el testimonio. La transfiguración es un relato de aliento ante las desfiguraciones que se dan constantemente en la vida.
 

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Buscamos la gloria de Dios o nuestra propia gloria?

¿Cuándo hay gloria en este mundo?

Casiano Floristán

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