Homilía (Domingo XXI de Tiempo Ordinario)

¿Quién  dice la gente que soy, quién decís vosotros, quién dices tú que soy yo? Lo primero, esta reflexión: Jesús no hace esta pregunta por su propio interés. Jesús hace la pregunta para bien, entonces, de los discípulos, hoy, de nosotros. Y ¿qué decirle qué es para mí?

Cuando se prepara la homilía de este evangelio, no puede uno menos de responder personalmente para poder trasmitir lo que vive. Se llega a descubrir que Jesús se va confiando en la intimidad, hasta sentir que no se tiene otro objetivo que vivirlo y darlo a conocer. Tanta es la fuerza de la amistad que ofrece.

Se dedicaron años de formación para conocer y asimilar algo de Jesús, las circunstancias que con guraron su carácter y misión, los anhelos, los conflictos que pasó hasta morir crucificado sin otra razón que pasar haciendo el bien, la alegría de su resurrección.

Se renueva diariamente la relación personal con él; la vida no tiene mejor sentido que Jesús vivido y trasmitido; quien lo conoce, se siente amado; sintiéndose amado, lo seguirá en sus criterios y compromisos.

Amar a Jesús es vivir transformado, recibir impulso para pasar la vida haciendo el bien, mejorando las condiciones de los necesitados, sin otro objetivo que implantar el Reino de Dios, Reino de justicia, amor y paz.

Tenemos ejemplos recientes de qué es amar a Jesús y seguirlo: los papas más recientes, Juan XXIII, Juan Paulo II, Benedicto XVI, Francisco…, con su peculiaridad, mostró cada uno qué es estar poseído por Jesús hasta no tener otro empeño que darlo a conocer, trabajando para que su proyecto se haga realidad, que se reconozca la dignidad de Dios y, consecuentemente, de todo ser humano, hijos todos de tal Padre. Un mundo donde se actualice el mayor interés de Jesús: que desaparezca el pecado, sobre todo el social; que los pobres se sientan dignificados; que cada persona de toda raza y lengua tenga acceso a la sanidad, la educación, el trabajo, a practicar su religión con libertad de conciencia; que la llamada de Jesús a compartir los bienes espirituales y materiales sea fuente de reconciliación, de fraternidad, impulso para cambiar la historia.

De la respuesta personal a la pregunta ¿quién es Jesús? surge necesariamente un estilo de vida. Casaldáliga, Arrupe, Teresa de Calcuta, padres y madres, maestros, o cinistas, jubilados…: cuánta gente inunda el mundo de santidad inspirada en Jesús. Quien lo desconoce, pierde el sabor y el valor in nitos de aquella vida y doctrina. Quien ve en él un humano ejemplar, no puede menos de acoger sus ideales, como Gandhi, que meditaba cada día en el Sermón del Monte, apasionado por su doctrina de paz y fraternidad. Quien ve en él un líder social, queda marcado por su entrega a la causa de la justicia, como reconocía el agnóstico Tierno Galván. Quien lo reconoce Dios y es consecuente, no puede menos de dejarse formar  por sus actitudes: no se puede pensar que Jesús es Dios metido en el mundo sin las consecuencias que tiene en la vida propia y en la pública.

Pero no siempre somos consecuentes; con una relación lejana no se gusta la amistad que ofrece. Lo que dijo a los discípulos es también para nosotros: no sois siervos, sois mis amigos, no guardo secretos para mí. Palabras que piden una respuesta pareja en con anza y sinceridad. ¿No debemos responder a su pregunta teniéndolo como Amigo?

Hermanos: todos, yo el primero, podemos sentir la llamada de Jesús a su amistad, a la amistad con el Hijo de Dios y Dios como el Padre, con las consecuencias de una alegría única y de una vida de servicio a los demás como era la suya. Si siento que me pregunta quién soy para ti, ¿no podré decirle: Jesús, eres el Mesías, mi Señor, el mejor Amigo y Maestro?

Pero, cómo no acabar con una aplicación que le agradará: ¿quién dices que es para ti ese pobre, ese emigrante, ese enfermo…? ¿Son para ti lo mismo que para mí?

Modesto Vázquez Gundín, S.J.

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