Mt 16, 13-20 (Evangelio Domingo XXI de Tiempo Ordinario)

El episodio de la confesión de Pedro en la región de Cesarea es una especie de bisagra entre la segunda y la tercera parte del evangelio de Mateo. Jesús ha ido revelando poco a poco su identidad como Mesías, en sus obras y palabras. Esta manifestación ha provocado diferentes reacciones: mientras los discípulos van comprendiendo su mensaje, aún con muchas di cultades, los escribas, fariseos y la gente en general, comienzan a rechazar sus pretensiones mesiánicas. El diálogo en Cesarea es como un resumen de lo acontecido: después de todo lo que ha hecho y dicho, ¿qué ha comprendido la gente? ¿Quién dicen que es él?

El final del pasaje introduce un cambio significativo en el desarrollo de la misión de Jesús: a partir de ahora se centrará principalmente en la enseñanza privada a los discípulos. El mandato de guardar silencio pone de manifiesto que la gente no está preparada aún para conocer la identidad del Mesías; los discípulos lo irán comprendiendo paso a paso, aunque solo con la muerte y resurrección lo entenderán plenamente. Hasta entonces han de guardar silencio.

Para comprender mejor la impronta teológica que Mateo con ere a este relato conviene tener en cuenta las modificaciones que ha realizado sobre la narración de Marcos, de un modo especial la respuesta de Pedro a la pregunta de Jesús, y las palabras dirigidas personalmente a este apóstol.

La primera parte se articula entorno a la doble pregunta de Jesús acerca de lo que la gente piensa sobre él y lo que ellos opinan personalmente. La gente no ha comprendido quién es Jesús a pesar de haber sido testigos de sus obras y palabras, y lo identifican con alguno de los profetas. Entre estos llama la atención la presencia de Jeremías. Para Mateo, la experiencia de este profeta, perseguido y despreciado por su fidelidad a la voluntad de Dios, es un buen ejemplo para comprender la misión y destino de Jesús, aunque tampoco sea Jeremías vuelto a la vida.

Pedro se hace portavoz de los discípulos cuando son interrogados personalmente: «Vo- sotros, ¿quién decís que soy yo?». Su respuesta identifica a Jesús con el Mesías esperado, el Salvador que Dios había prometido. A este reconocimiento añade la confesión de fe que los discípulos habían pronunciado cuando vieron caminar a Jesús sobre el lago: «Verdaderamente eres el Hijo de Dios». Jesús, confesado como el Mesías Salvador, es el Hijo que hace presente a Dios en la historia. A la confesión de su mesianismo se une también la confesión de su filiación divina.

La segunda parte del relato, propia de Mateo, recoge las palabras dirigidas a Pedro, en tres declaraciones: una bienaventuranza por la revelación divina de la que ha sido objeto; el cambio de nombre, constituyendo a Pedro en piedra fundamental del edi cio de «mi Iglesia»; y la misión que debe realizar en el seno de la misma: ser garante del anuncio del Evangelio, para que toda la humanidad pueda alcanzar en él la salvación.

La importancia que tiene aquí la gura de Pedro dirige la atención no solo a la revelación cristológica de Jesús, sino también a la dimensión eclesial de la confesión de fe. Pedro aparece como auténtico discípulo, modelo de creyente, cuya fe es una mezcla de con anza y debilidad. A pesar de la duda, es la piedra sobre la que se asienta la Iglesia, el nuevo templo de Dios, un edificio que permanecerá («el poder del abismo no lo hará perecer») porque nunca faltará la presencia del Mesías, el Hijo de Dios vivo.

Óscar de la Fuente de la Fuente

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