Rom 11, 33-36 (2ª lectura Domingo XXI de Tiempo Ordinario)

El texto de la segunda lectura de hoy es continuación directa del que escuchábamos el domingo pasado. Constituye la conclusión de la sección dedicada a la “cuestión de Israel” (capítulos 9 a 11) y, por lo tanto, también de la parte expositiva o doctrinal de la epístola –la más extensa–, que ocupa los 11 primeros capítulos. Como corresponde a su posición clave dentro de la carta a los Romanos, se trata de un texto bastante trabajado retóricamente, que incluye en su centro citas directas del Antiguo Testamento.

La convicción, expresada en los versículos anteriores, de que la misericordia y la delidad de Dios acabarán llevando a Israel a aceptar el evangelio, como lo han hecho ya las naciones, mueve al apóstol a desatarse en un himno de alabanza al Señor, estructurado en tres partes. La primera está compuesta por una doble exclamación: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!». Pueden advertirse aquí ecos del libro de Job, así como de los salmos (cf. Sal 139,17: «¡Qué incomparables encuentro tus designios, Dios mío, qué inmenso es su conjunto!»).

A esta doble exclamación le sigue una triple interrogación retórica: « ¿Quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa?». Las dos primeras preguntas son una cita prácticamente literal de Is 40,13 según la Septuaginta, mientras que la tercera interrogación adapta Job 41,11, citado esta vez, en cambio, siguiendo el texto masorético hebreo. Mediante esta conflación de citas, Pablo, muy familiarizado con la Escritura judía, refuerza con la autoridad de esta su tesis de lo inabarcable de los designios divinos.

El himno concluye con una doxología (proclamación de la gloria de Dios), semejante a las que encontramos en otros escritos paulinos (Gal 1,5; Ef 3,21; etc.), precedida de la triple afirmación de Dios como el origen (cf. 1 Cor 8,6), el fundamento y el sentido de todo lo que existe: «Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén».

La larga y atormentada re exión paulina sobre el problema de Israel termina, pues, centrando su mirada y la nuestra en la providencia de Dios: solo remitiéndonos a él y a sus designios amorosos para toda la humanidad es posible aceptar el misterio de la acogida o el rechazo del anuncio de Jesús por parte de los seres humanos y de la respuesta siempre misericordiosa del Padre.

José Luis Vázquez Pérez, S.J.

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