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Archive for 5/11/17

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: SANTA UNIDAD Y TRINIDAD BEATA.

Santa unidad y Trinidad beata:
con los destellos de tu brillo eterno,
infunde amor en nuestros corazones,
mientras se va alejando el sol de fuego.

Por la mañana te cantamos loas
y por la tarde te elevamos ruegos,
pidiéndote que estemos algún día
entre los que te alaban en el cielo.

Glorificado sean por los siglos
de los siglos el Padre y su Unigénito,
y que glorificado con entrambos
sea por tiempo igual el Paracleto. Amén

SALMODIA

Ant 1. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha.» Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha.» Aleluya.

Ant 2. El Señor piadoso ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Salmo 110 – GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su poder,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó para siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que lo practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor piadoso ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Ant 3. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA BREVE   1Pe 1, 3-5

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.

RESPONSORIO BREVE

V. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
R. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

V. Digno de gloria y alabanza por los siglos.
R. En la bóveda del cielo.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Uno solo es vuestro maestro, el que está en el cielo: Cristo, el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Uno solo es vuestro maestro, el que está en el cielo: Cristo, el Señor.

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que maravillosamente creó el mundo, lo redimió de forma más admirable aún y no cesa de conservarlo con amor, y digámosle:

Renueva, Señor, las maravillas de tu amor.

Señor, tú que en el universo, obra de tus manos, nos revelas tu poder,
haz que sepamos ver tu providencia en los acontecimientos del mundo.

Tú que por la victoria de tu Hijo en la cruz anunciaste la paz al mundo,
líbranos de todo desaliento y de todo temor.

A todos los que aman la justicia y trabajan por conseguirla,
concédeles que cooperen con sinceridad y concordia en la edificación de un mundo mejor.

Ayuda a los oprimidos, consuela a los afligidos, libra a los cautivos, da pan a los hambrientos
y fortalece a los débiles, para que en todos se manifieste el triunfo de la cruz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que al tercer día resucitaste a tu Hijo gloriosamente del sepulcro,
haz que nuestros hermanos difuntos lleguen también a la plenitud de la vida.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Cristo nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Señor de poder y de misericordia, cuyo favor hace digno y agradable el servicio de tus fieles, concédenos caminar sin tropiezos hacia los bienes que nos prometes. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Para una comunidad que se dispone a elegir a su Superiora, no sería fácil dar con textos bíblicos más adaptados que los de la Misa de hoy. Todos los textos nos hablan de la Paternidad / Maternidad espirituales, y de la manera de realizarlas en el seno de una comunidad cristiana.

La afirmación principal y más absoluta es la de Jesús: “…no tenéis más que un Padre , el de los cielos”. De donde se sigue que quienquiera que ejerza, en la familia, la sociedad o la Iglesia, una paternidad o una maternidad, está ejerciendo la de Dios, de quien es representante o vicario. Una vez que se ha reconocido este hecho, todo lo demás es fácil de armonizar. La comunidad cristiana, en lo que en nada se diferencia de cualquier otra sociedad humana, no puede ser un grupo amorfo, sin estructura. Habida cuenta del carácter social del ser humano, la comunidad humana se halla constituida por un conjunto de relaciones, relaciones que se hallan unidas a los diferentes servicios que se prestan mutuamente los miembros de la comunidad.

El problema no lo plantean los nombres que puedan darse a los diferentes servicios y los títulos que se dan a quienes, hombres o mujeres, llevan a cabo estos servicios. Títulos que, por otra parte varían conforme a la sensibilidad propia de cada época y de cada cultura. Lo que es en verdad importante es el espíritu en que son realizados estos servicios.

A todo lo largo del Evangelio dice una y otra vez Jesús con toda claridad y de diferentes maneras (véase, por ejemplo, todo el largo discurso del capítulo 18 del Evangelio de Mateo) que en el corazón de su comunidad se encuentran lo pequeños y los necesitados. Si es tan severo Jesús en sus relaciones con los Fariseos, y tiene palabras tan duras para con ellos, se debe ello a que habían creado un tipo de comunidad en que se hallaban ellos mismos en el centro y en que ellos mismos imponían su voluntad al pueblo, y ello en nombre de Dios.

Una comunidad unida en la misma búsqueda de Dios respeta a sus dirigentes y a cuantos, en su seno, tienen servicios que procurar, de cualquier orden que sean estos servicios, sabiendo muy bien que al actuar de esta manera, se está respetando a si misma. En la lectura de Malaquías (lectura 1ª de la Misa de hoy), el profeta estigmatiza a un tiempo a los sacerdotes que no “se hallan interesados en glorificar el nombre de Dios” y al pueblo que ha olvidado que tenía a Dios como Padre: “(Y nosotros, el pueblo de Dios) ¿No tenemos todos un solo Padre? ¿No nos creó el mismo Señor? ¿Por qué, pues, el hombre despoja a su prójimo profanando la alianza de nuestros padres?”

Los problemas estigmatizados por las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy brotan cuando consideran los responsables que les son debidos personalmente a ellos esos honores.

La carta de Pablo a los Tesalonicenses es un bello ejemplo del espíritu en que han de ser cumplidos en el seno de la Iglesia esos ministerios o servicios. Pablo es muy consciente de su autoridad sobre las comunidades que ha fundado él personalmente o incluso sencillamente visitado. Y más de una vez afirma esa autoridad con una autoridad que casi se nos hace molesta. No obstante, el texto que acabamos de leer nos indica con toda claridad el espíritu en el que él lo hacía. Lo hacía con un afecto que tenía más de materno que de paterno. “(Hermanos) Os hemos tratado con toda delicadeza, como un madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor”. Es sin duda este bello texto donde se inspira San Benito cuando recomienda al abad que se haga amar más bien que temer.

Si, pues, es Dios, y Él sólo, nuestro padre y nuestra madre, esforcémonos también nosotros en todas nuestras relaciones fraternas y en todos los servicios que hemos de procurar en el seno de nuestra comunidad, ser unos / unas para con los demás como verdaderos madres y padres .

A. Veilleux

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Jesús hoy nos previene y nos informa acerca de la conducta de los maestros de la Ley y de los fariseos. Nos dice que éstos enseñan lo que hay que hacer, pero que ellos no lo ponen en práctica: no hacen lo que enseñan. Afirma que estos señores echan cargas pesadas sobre los hombros de los demás, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo. Y, entre las “lindezas” que acompañan a su proceder, señala las siguientes: Todo lo hacen para que los vea la gente, usan ropajes llamativos para impresionar al público, les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y sentarse en los lugares preferentes en la sinagogas… Y, como antídoto contra toda esta ostentación de vanidad, Jesús nos propone: “El más grande entre vosotros es aquel que está dispuesto a servir a los demás”… Es decir que, si queremos pertenecer a la familia de Jesús, es de todo punto necesario que adoptemos en nuestra vida su primer apellido: “No he venido a ser servido, sino a servir”.

En una sociedad como en la que vivimos, donde todo son derechos y reivindicaciones y se fomenta el egoísmo y el lucro, resulta anacrónico y obsoleto hablar de “servicio a los demás”. Nos tomarían por locos o por trasnochados, ajenos al devenir de los tiempos. Sin embargo, los seguidores de Jesús, que creemos en la utopia del evangelio, estamos convencidos de que el camino más certero para llegar al prójimo es sirviéndole.

Ahora bien, nuestro servicio a los demás, para ser el que Jesús nos pide, debe estar adornado de una serie de características ineludibles. Ha de ser:

* Sincero, sentido y eficaz. No se trata de un cumplido ni de una carga pesada, sino que debe obedecer al talante del Maestro: “No he venido a ser servido, sino a servir”. Se trata de la actitud más hermosa de Jesús.

* Realizado en silencio. En el más riguroso anonimato. Sin alborotos, sin ruido de trompetas. No lo hacemos para que nos vea la gente, como los fariseos. Nuestra mano izquierda no tiene por qué enterarse de lo que hace nuestra derecha.

* Ejercitado con sencillez. Como quien inhala oxigeno cada vez que respira. Sin alardes ni sobresaltos. Como quien hace únicamente lo que tenía que hacer. ¿Qué ave se enorgullece de sus vuelos, si es lo suyo, su oficio?

* Hecho con el convencimiento de que se lo estamos haciendo al propio Jesús. “Lo que hagáis con uno de éstos, me lo estáis haciendo a mi”.Tenemos que mentalizarnos de que, en nuestro entorno, en nuestra vida, estamos rodeados de muchos ejemplares del mismo Jesús.

Huelga decir que, a lo largo de los evangelios y en el libro de los Hechos de los Apóstoles, nos encontramos con ejemplos maravillosos de servicio al mensaje Jesús, personas que se entregaron con sencillez y tesón a propagarlo por doquier; y todo ello con sencillez y humildad y llenos de gozo por ejercer su apostolado, sin ninguna necesidad del aplauso de las gentes, y sin ambicionar los primeros puestos, como los fariseos, que sólo buscaban el ser admirados… El Si de María, todo un derroche de humildad y generosidad… La actitud de Jesús lavando los pies a sus discípulos… La predicación incansable de los apóstoles dando vida y consistencia a la incipiente Iglesia; y la alegría con que iban al martirio por extender la doctrina de Jesús… Y todas aquellas multitudes de gente sencilla de pueblo, que defendieron con fogosidad a su Maestro, a su Médico, su Sanador…

A lo largo de veintiún siglos, son innumerables las personas que han ido, que hemos ido sirviendo al evangelio que se nos transmitió, dando vitalidad a la Iglesia, santa y defectuosa…

Un día recibiremos la felicitación y el premio tras el que corrimos nuestra carrera: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer…”.

Pedro Mari Zalbide

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Tres cosas dice aquí Jesús que, en cualquier caso, deben retener nuestra atención. Lo primero que Jesús censura, en la forma de vida de aquellos dirigentes religiosos, es que “no hacen lo que dicen”. Y no lo hacen porque a los demás les imponen cargas insoportables, mientras que ellos no mueven ni un dedo. En la actualidad, esto se cumple al pie de la letra con demasiada frecuencia: si los predicadores cumplieran todo lo que dicen, serían santos. Si hicieran todo lo que les imponen a los demás, serían héroes. Hay casos en que lo son. Pero abundan demasiado los que imponen cargas que los clérigos ni sospechan lo que cuesta llevarlas.

Segunda cosa: “todo lo que hacen es para que los vea la gente”. Exactamente lo que ahora palpamos cuando vemos cómo se preparan las concentraciones papales o episcopales, para reunir mucha gente. Porque se tiene la impresión de que lo que interesa es que la gente los reciba con todos los honores, los vea, los admire, los aplauda. Como si con eso se cambiara el mundo y la gente se hiciera mejor. La pena es que, con esas cosas, la gente de Iglesia se da por satisfecha. Y se imagina que las cosas no van tan mal como algunos dicen.

Tercera cosa: lo que Jesús prohíbe es usar vestimentas para distinguirse del resto de la gente, ponerse en los primeros puestos, que les hagan reverencias, y que los reconozcan en su dignidad utilizando títulos de poder, honor y dignidad. Es importante caer en la cuenta de lo que Jesús nunca prohibió y de lo que ciertamente prohibió con severidad. Lo que prohibió, ya está dicho. Lo que nunca prohibió fue la libertad para pensar y decir lo que se piensa. Jesús nunca hizo problema de las ideas que cada uno tenía. Cuando murió Jesús, sus mismos discípulos no tenían claro quién era él; ni estaban seguros de su resurrección, ni de tantas cosas que ahora se ven como intocables. Sin embargo, lo que Jesús les dejó claro es que no podían ir por la vida como iban los escribas y fariseos. Y menos aún como los sumos sacerdotes, a los que siempre presenta como agentes de sufrimiento y muerte. Por todo esto, ¿no cabe pensar que hemos cambiado las cosas, de forma que ponemos toda la importancia en cosas a las que Jesús no parece que diera especial importancia, mientras que vemos con toda naturalidad y hasta como un deber lo que Jesús prohibió severamente? En nuestra religiosidad hay algo muy serio que no funciona.

José María Castillo

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199. Nuestro compromiso no consiste exclusivamente en acciones o en programas de promoción y asistencia; lo que el Espíritu moviliza no es un desborde activista, sino ante todo una atención puesta en el otro «considerándolo como uno consigo»[166]. Esta atención amante es el inicio de una verdadera preocupación por su persona, a partir de la cual deseo buscar efectivamente su bien. Esto implica valorar al pobre en su bondad propia, con su forma de ser, con su cultura, con su modo de vivir la fe. El verdadero amor siempre es contemplativo, nos permite servir al otro no por necesidad o por vanidad, sino porque él es bello, más allá de su apariencia: «Del amor por el cual a uno le es grata la otra persona depende que le dé algo gratis»[167]. El pobre, cuando es amado, «es estimado como de alto valor»[168], y esto diferencia la auténtica opción por los pobres de cualquier ideología, de cualquier intento de utilizar a los pobres al servicio de intereses personales o políticos. Sólo desde esta cercanía real y cordial podemos acompañarlos adecuadamente en su camino de liberación. Únicamente esto hará posible que «los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como en su casa. ¿No sería este estilo la más grande y eficaz presentación de la Buena Nueva del Reino?»[169]. Sin la opción preferencial por los más pobres, «el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día»[170].


[166] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 27, art. 2.

[167] Ibíd., I-II, q. 110, art. 1.

[168] Ibíd., I-II, q. 26, art. 3

[169] Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 50: AAS 93 (2001), 303.

[170] Ibíd.

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Lectio: Domingo, 5 Noviembre, 2017

1. Oración inicial

Señor Jesús, envíanos tu Espíritu para que podamos leer tu Palabra libres de prejuicios, para que podamos meditar tu anuncio en su integridad y no fraccionariamente, para que podamos orar para crecer en la comunión contigo y con los hermanos. Para que podamos, finalmente, obrar, contemplando la realidad en la que vivimos cada día, con tus mismos sentimientos y tu misma misericordia. Tú que vives con el Padre y nos das el Amor. Amén.

2. Lectura

a) Introducción:

Este pasaje evangélico es el último que habla de las enseñanzas públicas de Jesús iniciadas con el Sermón de la Montaña (cc.5-7). Jesús se encuentra en Jerusalén, se está acercando el momento de su prendimiento, está teniendo duras controversias con las diversas categorías de personas: sumos sacerdotes, ancianos, herodianos, escribas, fariseos, etc. Jesús no está contestando la religiosidad judaica en cuanto tal, sino que pronuncia duras palabras sobre los intentos de algunos, jefes del pueblo sobre todo, de mezclar los auténticos valores con conductas incoherentes. El evangelista Mateo, en esta primera parte del capítulo 23, reportando estas palabras de Jesús, pone en guardia a las comunidades de los primeros cristianos para que no caigan en un estilo de vida incompatible con la fe en Él. En el fondo se percibe el conflicto entre la Iglesia naciente y la sinagoga.

b) Una posible división del texto:

Mateo 23,1-12Mateo 23,1-7: Puesta en guardia de los que escuchan y denuncia de las conductas de los escribas y fariseos
Mateo 23, 8-12:
Recomendaciones a las comunidades de discípulos

c) Texto

1 Entonces Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos 2 y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. 3 Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. 4 Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas.5 Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; ensanchan las filacterias y alargan las orlas del manto; 6 quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, 7 que se les salude en las plazas y que la gente les llame `Rabbí’.
8 «Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar `Rabbí’, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos.9 Ni llaméis a nadie `Padre’ vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. 10 Ni tampoco os dejéis llamar `Instructores’, porque uno solo es vuestro Instructor: el Cristo. 11El mayor entre vosotros será vuestro servidor. 12 Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.

3. Momento de silencio

Para escuchar al Espíritu, hacer entrar la Palabra de Dios en el corazón e iluminar nuestra vida

4. Algunas preguntas

¿A quiénes están dirigidas las palabras de Jesús?
¿Quiénes son los interlocutores del evangelista Mateo?
¿Pueden convivir observancia e hipocresía?
¿Cuál es la novedad del mensaje de Jesús?

5. Meditación

Estas palabras de Jesús se presentan duras y polémicas. Intentemos meditarla con relación al primer discurso de Jesús, el de la Montaña, según la redacción de Mateo. Ellas entonces se convierten en un parangón entre el ideal de vida del discípulo de Cristo y las conductas que no corresponden a este ideal, evidentes en aquéllos que todavía están “bajo la ley”, diría Pablo. El discurso está dirigido a las gentes y en particular a los discípulos, no a los escribas y fariseos, al menos en esta primera parte del capítulo. Pues hay también muchos escribas “no lejos del reino de Dios” (Mt 12,34). Y hay muchos también que “dicen y no hacen”.

La referencia a las enseñanzas de los escribas, que están “sentados en la cátedra de Moisés”, era real en las sinagogas, pero tiene también una connotación simbólica, porque se convirtió en un signo de poder; así Jesús enseñaba estando sentado en la tierra (Mt 5,1). La relación de Jesús con la Ley se aclara en el Sermón de la Montaña, Él no ha venido para abolirla, sino para llevarla a cumplimiento (Mt 5,17-19), por lo que los mandamientos auténticos están para practicarlos: “cuanto os digan hacedlo y observadlo”. Pero Jesús añadía en el discurso anterior: “Yo os digo: si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 5,20). Seguía la auténtica interpretación de la Ley: “Habéis oído que se dijo…pero yo os digo” . Jesús supera la observancia formal de la ley (Mc 7,15), porque ha llegado el reino de Dios (Mt 4,17) y con su llegada el Amor está sobre la Ley. No basta ya recurrir a la Ley para justificar la validez de los actos culturales (el sábado, lavarse las manos), ni para imponer “cargas pesadas”; ahora todo debe hacer referencia al amor de Dios que es el único que confiere al obrar del hombre su último significado. Para los discípulos de Cristo son válidas las motivaciones interiores, las intenciones auténticas (Mt 6,22-23). Anunciando que el reino de Dios ya está aquí, Jesús ofrece un nuevo criterio de acción que no suprime a la Ley, sino que revela su sentido auténtico. El mandamiento del amor es el patrón de medida en la crítica de la Ley. ”Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados…Mi yugo es dulce y mi carga ligera” (Mt 11,28-30). Las “cargas pesadas” son las prescripciones elaboradas por la tradición oral. Éstas pueden ayudar a la observancia de la Torah, pero también la pueden adulterar y suplantar con usos humanos.

La religiosidad puede ser motivo de exhibicionismo (vv.5-7) contrario a cuanto ha enseñado en el discurso de la montaña. “Guardaos de realizar vuestras buenas obras delante de los hombres” (Mt 6,1): la limosna (Mt 6,3) , la oración (Mt 6,5) el ayuno (Mt 6,16) que eran las obras buenas más frecuentes para un judío, deben ser hechas “en secreto” por el discípulo de Cristo, porque tienen como única motivación la adoración de Dios. Lo más importante para el discípulo no es el beneplácito social o el respeto humano, ni los títulos de honor, “rabbi”, sino ser “pobres en el espíritu” (Mt 5,3) porque todo, si está puesto en las manos de Dios y no tiene nada para sí, allí está el propio tesoro (Mt 6, 21), en el cielo. Esto conlleva persecución (Mt 5,10-11), más que aplausos y alabanzas (Mt 23,6-7). Dios es “Nuestro Padre” (Mt 6,9), ninguno puede interponerse a Él. Por esto el discípulo debe guardarse de dar algunos títulos: rabbí, maestro, padre, una importancia o poder que oscurezca el hecho de que uno sólo es el rabbí, padre, maestro y vosotros todos sois hermanos. Juan que bautizaba, cuando vio pasar al verdadero Maestro, envió sus discípulos a Él (Jn 1,35), el único Maestro, y no los retuvo consigo. La comunidad de Jesús es la que se haya delineada en las “Bienaventuranzas” con sus radicales exigencias Una comunidad de hermanos capaz de acoger a Dios que viene a salvar gratuitamente. Esta comunidad tiene su ideal en “el servicio” (Mt 20,28) del Hijo del Hombre modelo de la Iglesia. La autoridad del jefe pierde su atracción, no es ya un ideal, “El más grande entre vosotros sea vuestro siervo” (conf. Mc 10,41-44; Jn 13), no se habla más de modelo jerárquico, sino de servir y rebajarse, “ pues quien se ensalza será humillado y quien se humilla será ensalzado”. En las palabras de Jesús hay mucho más que una polémica con los escribas y fariseos, mucha más que una exhortación a ser coherentes. Es un reclamo a la identidad misma de sus discípulos, a la novedad que ellos están llamados a testimoniar.

6. Oración

Oremos con el salmo 131

Mi corazón, Yahvé, no es engreído,
ni son mis ojos altaneros.
No doy vía libre a la grandeza,
ni a prodigios que me superan.

No, me mantengo en paz y silencio,
como niño en el regazo materno.
¡Mi deseo no supera al de un niño!

¡Espera, Israel, en Yahvé
desde ahora y por siempre!

7. Contemplación

Me has puesto en guardia, Señor, de un comportamiento hipócrita, que no refleja la novedad de vida que anima la comunidad de tus discípulos. ¡Cómo es fácil volver a colocar en el centro a nosotros mismos, aferrarse a las usanzas, a permanecer inmóbiles, escuchando tu Palabra! Sí, yo también estoy entre aquéllos que “dicen y no hacen”; tu Palabra me desasosiega. La búsqueda de signos exteriores, de alabanzas, de títulos y honores turba mis pensamientos y debilita la fraternidad. Como era pura de corazón tu Madre, María, sean así mis intenciones y conducta de modo que pueda construir una comunidad según tus sentimientos con tu misma compasión para con todos. Amén.

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Un Dios que te despoja

Alérgicos a las críticas… y a los buenos ejemplos

No sé si hacen más daño las duras invectivas de Malaquías contra los sacerdotes y las descarnadas denuncias de Cristo contra los que se habían instalado en la cátedra, o el ejemplo «maternal» que ofrece Pablo en su comunidad de Tesalónica.

Es verdad que las críticas hacen pupa, son enojosas. Pero también los modelos concretos resultan igualmente irritantes, casi insoportables.

Y de todas formas pronto se encuentra la manera de desembarazarse tanto de las unas como de los otros.

A propósito de las críticas se emplean algunos exorcismos a base de fórmulas ya probadas y de efecto seguro: son siempre, naturalmente, negativas, demoledoras (los elogios incondicionados, las adulaciones, las complicidades, por el contrario, serían elementos constructivos); vulneran la unidad del tejido eclesial (mientras que ciertos escándalos la reforzarían); son el fruto -según he oído decir hace poco solemnemente- de una «cultura de la sospecha» (sería interesante saber si también el profeta Malaquías y el propio Cristo adoptaban una «cultura de la sospecha»).

En cuanto a los ejemplos luminosos, se defienden insinuando que se trata de evidentes exageraciones, de actitudes «irrepetibles», y precisando de todas formas que no todos somos iguales (y sólo faltaría sostener que se necesitan varios evangelios, y que cada uno tiene la posibilidad de escoger el que más se adapte a sus costumbres e inclinaciones…).

Bromas aparte, la liturgia de la palabra de este domingo presenta algunos retazos de una crítica áspera respecto a todo el que ocupe un puesto de responsabilidad en favor de los demás.

Entendámonos: no hemos de escandalizarnos de que en la Iglesia haya abundantes miserias, comportamientos no siempre en armonía con el mensaje de Cristo y con las lecciones impartidas severamente a los demás.

Como decía don Mazzolari, basta con ser hombres para ser unos pobres hombres.

El escándalo está en no querer reconocer los errores, en empeñarse en defender (y en reclutar defensores dóciles) las posiciones más discutibles.

El escándalo está en creerse con derecho a usar los tonos más duros cuando se trata de las faltas ajenas, y en rasgarse las vestiduras y hablar de «ofensas intolerables» cuando alguien nos dice que nuestra cara no le parece demasiado limpia. Y en reaccionar violentamente, decir que se trata de juicios inaceptables, sin advertir antes el deber elemental de mirarse ante el espejo del evangelio…

Cómo se corrigen los defectos ajenos

«Lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros; pero no están dispuestos a mover un dedo para empujar». Me acuerdo ahora de una anécdota que tiene a Gandhi como protagonista.

Una madre acudió a él diciendo que estaba muy preocupada por su hija, que había contraído la mala costumbre de atiborrarse de dulces. Le pidió:

-Por favor, Mahatma, habla con mi hija y convéncela para que deje ese vicio. ¿Quieres?

Gandhi se quedó unos momentos en silencio, un poco embarazado; luego dijo:

-Trae aquí a tu hija dentro de tres semanas y entonces hablaré con ella. No antes.

La mujer se marchó perpleja, pero sin replicar. Volvió tres semanas más tarde, como le había propuesto el Mahatma, acompañando a su hija golosa insaciable.

Esta vez Gandhi tomó aparte a la muchacha y le habló dulcemente, con palabras sencillas y muy persuasivas. Le comunicó los efectos perjudiciales que pueden causar los dulces, si se toman con exceso. Luego le recomendó una mayor sobriedad.

La madre entonces, después de haberle dado las gracias, al despedirse le preguntó:

«Aclárame una cosa, Mahatma… Me gustaría saber por qué no dijiste esas cosas a mi hija hace tres semanas…».

-Hace tres semanas, replicó tranquilamente Gandhi, también yo tenía el vicio de comer dulces.

Creo que si ciertos sesudos moralistas tuvieran que adoptar el estilo de Gandhi, sus clientes potenciales tendrían que aguardar pacientemente mucho más de tres semanas…

De todas formas, nadie con sentido común pretenderá imponer ciertas cargas, sin saber si podrán llevarlas las espaldas de los demás. Algunas veces esto es imposible. La carga de la familia, por ejemplo, tratándose de sacerdotes, está excluida de antemano.

Sin embargo, sería de desear que antes de sentenciar, de imponer, de deplorar, hicieran al menos un esfuerzo… de imaginación. Y probasen, al menos con la fantasía, a ensimismarse en la situación concreta de ciertos pobrecillos.

Apuesto cualquier cosa a que de no pocos confesionarios, de bastantes textos, desaparecerían ciertos tonos condenatorios.

¿Es demasiado pedir que algunos intenten llevar, al menos con la fantasía, determinadas cargas que pretenden imponer a las conciencias de los otros?

Una voz desde los bancos

«… No hacen lo que dicen».

Este episodio lo he escuchado directamente de la propia interesada. El cura de una aldea de montaña -un religioso de tupida barba- empezó a hablar por enésima vez de que sus parroquianos faltaban a misa los domingos.

Era ya una costumbre. Y la gente empezó a refunfuñar. Entre otras cosas, porque no siempre sus quejas eran justificadas.

Esta vez añadió un nuevo elemento que sonaba a chantaje:

-Si seguís así, tendré que hacer las maletas y marcharme. Entonces ella -una vivaz viejecita- no pudo contenerse. Se levantó en plena asamblea eucarística y, con el tono más suave que podía, replicó:

-Mire, padre. Si desea marcharse, nadie le retendrá, aunque lo sentiremos. Deje de lamentarse. Siempre nos habla de paciencia. A las mujeres nos dice que soportemos a los maridos cuando son intratables, cuando vuelven a casa borrachos y dicen ciertas palabrotas… Entonces, procure también usted tener paciencia con nosotros, aunque no seamos como debemos. Sea usted el primero en darnos ejemplo… Os aseguro que esta anécdota es absolutamente auténtica.

Giuseppe Marotta, en uno de sus relatos, dice que los difuntos se ven condenados a practicar en la otra vida las virtudes que se les atribuye, con cierta generosidad, en las lápidas que ponen en sus sepulcros.

Si se adoptara este mismo procedimiento para las lecciones que se imparten en las cátedras y en los púlpitos (el mío, naturalmente, en primer lugar), creo que muchos de nosotros tendrían bastante tiempo de purgatorio…

La marca no está en el hábito

«Alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto». ¡Quién lo habría dicho! Parece ser que han vuelto a estar de moda las filacterias, en versión actualizada y refinada.

De pronto hemos visto organizar desfiles de moda en clave eclesiástico-litúrgica, con casullas y ornamentos sagrados «de marca». Muchos se han quedado perplejos, algunos -invitados de honor-han caído. Tampoco han faltado algunos que no han dejado de expresar su indignación por lo que consideraba un escándalo y una concesión a la lógica consumista que habría contagiado hasta a las sacristías.

Más allá de todas las interpretaciones que puedan darse de este episodio (que, de todos modos, no refuerza mucho la fe), está el hecho de que a Dios le importa poco que los trajes -incluso sagrados sean «de marca». Lo que de veras le importa es la persona que está bajo aquellos trapos (en el fondo sólo son trapos, aunque costosos, sobre todo si son costosos…). Es importante que la persona tenga «marca» y que ésta ofrezca garantías a nivel evangélico.

Dios no viste a sus ministros a la moda de los estilistas famosos. Lo que hace es despojarlos. Su palabra, implacable, les arranca los hábitos y las caretas (y hasta un poco de piel, si es necesario) y desnuda toda la persona…

El original y las copias

«No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno sólo es vuestro Padre, el del cielo».

Y nosotros, como hijos desobedientes, no hacemos más que multiplicar los padres, regalar con desenvoltura este título. Sobre todo a los padres «abusivos».

Y esto explica también por qué nos fabricamos una imagen distorsionada de Dios. A fuerza de distribuir con ligereza certificados de paternidad (que ocultan a veces actitudes opuestas a las del Padre que nos ha revelado Jesucristo), acabamos atribuyendo a Dios los rasgos deformados de los que usurpan su nombre.

Cuando se parte de la desemejanza, de la caricatura, no se llega a la imagen auténtica, sino que se acaba por no reconocerla ya, pues está desfigurada, devaluada, oscurecida, irremediablemente estropeada por las copias poco fieles.

Cuando se conoce el original, pueden soportarse las copias (o sea, las malas imitaciones). De todas formas, no resultan peligrosas.

Lo realmente imperdonable es pretender «reconstruir» el original… a partir de la copia defectuosa.

Alguien que «habla en humano» Pero vengamos a Pablo.

«Recordad, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas; trabajando día y noche para no serle gravoso a nadie, proclamamos entre vosotros el evangelio de Dios».

El apóstol apela a la memoria. Pero no pretende que los cristianos recuerden los sermones, las recomendaciones o los reproches.

Pablo se contenta con que recuerden su estilo de vida, su entrega apasionada y desinteresada, su cariño maternal, sus penas.

Se pone en evidencia no tanto lo que enseñó, sino lo que fue en medio de ellos.

Las reacciones se recuerdan fácilmente… con la ayuda del ejemplo personal.

El ciertamente no se reservó. Pero es consciente de que todo dependió de la fuerza del evangelio, de la acción del Espíritu.

Por su parte puso una pasión incontenible, el cansancio, y sobre todo la humanidad.

Se ha dicho que Pablo «habla a Dios», lo mismo que uno habla italiano, español o inglés.

Yo añadiría que «habla en humano».

Por eso su mensaje parece creíble y fácilmente memorizable.

A. Pronzato

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