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Archive for 12/11/17

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: HACEDOR DE LA LUZ: TÚ QUE CREASTE

Hacedor de la luz: tú que creaste
la que brilla en los días de este suelo,
y que, mediante sus primeros rayos,
diste principio al universo entero.

Tú que nos ordenaste llamar día
al tiempo entre la aurora y el ocaso,
ahora que la noche se aproxima
oye nuestra oración y nuestro llanto.

Que cargados con todas nuestras culpas
no perdamos el don de la otra vida,
al no pensar en nada duradero
y al continuar pecando todavía.

Haz que, evitando todo lo dañoso
y a cubierto de todo lo perverso,
empujemos las puertas celestiales
y arrebatemos el eterno premio.

Escucha nuestra voz, piadoso Padre,
que junto con tu Hijo Jesucristo
y con el Santo Espíritu Paráclito,
reinas y reinarás en todo siglo. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Yo mismo te engendré entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Yo mismo te engendré entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

Ant 2. Dichosos los que tienen hambre y sed de ser justos, porque ellos serán saciados.

Salmo 111- FELICIDAD DEL JUSTO

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichosos los que tienen hambre y sed de ser justos, porque ellos serán saciados.

Ant 3. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Cántico: LAS BODAS DEL CORDERO – Cf. Ap 19,1-2, 5-7

El cántico siguiente se dice con todos los Aleluya intercalados cuando el oficio es cantado. Cuando el Oficio se dice sin canto es suficiente decir el Aleluya sólo al principio y al final de cada estrofa.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios
(R. Aleluya)
porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor sus siervos todos.
(R. Aleluya)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del cordero.
(R. Aleluya)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA BREVE   Hb 12, 22-24

Vosotros os habéis acercado al monte de Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a la asamblea de los innumerables ángeles, a la congregación de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino, al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel.

RESPONSORIO BREVE

V. Nuestro Señor es grande y poderoso.
R. Nuestro Señor es grande y poderoso.

V. Su sabiduría no tiene medida.
R. Nuestro Señor es grande y poderoso.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Nuestro Señor es grande y poderoso.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. A medianoche se oyó una voz que decía: «Mirad, el Esposo viene, salid a su encuentro.»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A medianoche se oyó una voz que decía: «Mirad, el Esposo viene, salid a su encuentro.»

PRECES

Alegrándonos en el Señor, de quien vienen todos los dones, digámosle:

Escucha, Señor, nuestra oración.

Padre y Señor de todos, que enviaste a tu Hijo al mundo para que tu nombre fuese glorificado desde donde sale el sol hasta el ocaso,
fortalece el testimonio de tu Iglesia entre los pueblos.

Haz que seamos dóciles a la predicación de los apóstoles,
y sumisos a la fe verdadera.

Tú que amas la justicia,
haz justicia a los oprimidos.

Libera a los cautivos, abre los ojos al ciego,
endereza a los que ya se doblan, guarda a los peregrinos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que nuestros hermanos que duermen ya el sueño de la paz
lleguen, por tu Hijo, a la santa resurrección.

Unidos entre nosotros y con Jesucristo, y dispuestos a perdonarnos siempre unos a otros, dirijamos al Padre nuestra súplica confiada:

Padre nuestro…

ORACION

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, con el alma y el cuerpo bien dispuestos, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Ya hemos llegado al penúltimo domingo de los llamados «ordinarios». El año litúrgico camina rápido y está próximo a su fin. Y Jesús hoy nos da una gran lección, una parábola que pertenece al llamado «ciclo de la vigilancia», que es propio de Mateo, y esta parábola que nos pone hoy es la parábola de las diez vírgenes. Escuchemos con atención la narración de este texto en Mateo 25, del 1 al 13. Escuchemos con atención:

Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”. Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.

Mt 25, 1-13

Nos situamos en el tiempo de Jesús y vemos cómo Jesús toma esta parábola de las costumbres judías de su tiempo: de la celebración de una boda. La esposa prometida está en casa de sus padres y hacia la caída del día, rodeada de diez amigas, espera al esposo. Él sale de la suya con sus amigos para ir a buscarla y se forma el cortejo de jóvenes. Cada uno lleva su lámpara encendida y entre cantos y al son de instrumentos se dirigen a la casa del esposo. Y Jesús dice el número de diez, que significa totalidad, universalidad. Y nos habla de diez vírgenes que toman sus lámparas, las llenan de aceite y salen al encuentro del esposo y de la esposa. Cinco eran previsoras y cinco más ligeras, no se preocupan. Y Jesús, aprovechando esta parábola, nos habla de la vigilancia. En cambio las prudentes tenían aceite, se precavieron bien de tener todo arreglado y recibieron al esposo. Este tarda en venir y se durmieron todas, pero súbitamente a medianoche se oyó gritar: “¡Mirad que viene el esposo! Salid a su encuentro”. Las cinco que tenían el aceite entraron en el banquete y las [que] no, no entraron. Y le pidieron al señor, suplicándole, cuando vieron las puertas cerradas: “¡Señor, señor, ábrenos!”.

¿Qué nos quieres decir, Jesús, con esta gran parábola? Muchas cosas, querido amigo, muchas; nos quiere decir muchas lecciones. En primer lugar, una llamada a la vigilancia: “Velad y orad porque no sabéis el día ni la hora”. En segundo lugar, cómo está el aceite de nuestro corazón. ¿Cómo está? ¿Tenemos encendido nuestro corazón, nuestra fe? ¿Estamos orientados hacia Cristo? Tenemos que progresar y así, nos habla de que tenemos que tener encendida nuestra lámpara, no descuidarnos; nuestra alcuza tiene que estar llena de aceite de amor, de alegría, de fe, de Él. Es una llamada a la no-negligencia, para que disminuyan nuestras apatías, para que llenemos y nos aprovisionemos del aceite del amor, para que no pongamos en peligro nuestra lámpara que se extingue rápidamente.

“¡Que llega el Señor, salid al encuentro!”. “Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora”. En cada momento puede aparecer el Señor… ¿Tendré encendida mi lámpara? Tengo que tener esperanza y emprender este viaje hacia Dios, hacia el Padre, con mi alcuza y mi lámpara encendida. ¿Estaré así? ¿Tendré esperanza? ¿Tendré fe? ¿O me dejaré llevar de la desgana, de la tristeza, de la flojedad? Es un Evangelio de mucha responsabilidad y de mucha reflexión: tener encendida la lámpara porque el Señor llega en cualquier momento; en cualquier momento Él se puede presentar. Hoy nos dice así: “Estad preparados porque no sabéis ni el día ni la hora”. No sabemos nada, solo sabemos que el Señor llega en todos los momentos.

Te invito, querido amigo, a sacar jugo de la vida, a aprovechar el tiempo, a no dejarnos conducir por la flojedad, por la tibieza, no siendo que seamos también arrojados fuera. “Estad preparados porque no sabemos ni el día ni la hora”. Llamada a la esperanza, llamada a vivir en Jesús. Hoy nos tenemos que preguntar cómo está nuestra lámpara, cómo está. Y decirle: “Señor, limpia, limpia mi corazón para ser una persona digna de ti”. Que Él llene mi alcuza de detalles, de cosas pequeñas, que viva pendiente del amor y que no llegue con tristeza a oír: “No os conozco, porque no traéis amor”. ¿Me conoces ahora a mí, Señor? ¿Me conoces? Sabes que tengo amor, sabes que tengo esperanza…

Querido amigo, invoquemos hoy a la Virgen, la Virgen prudente, que conservó su aceite limpia, que conservó su aceite lleno y ardiendo, lleno de amor; la Virgen, que tenía encendida siempre su lámpara y que salió al encuentro del Señor para entrar en el banquete del Reino de los cielos. Que yo aprenda a ser así, Jesús.

Dame fuerza, dame sabiduría, dame alegría, dame amor. ¡Que así sea, mi querido amigo!

Francisca Sierra Gómez

 

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1.- El Reino de los cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo… Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora. Jesús vuelve a usar una parábola para hablarnos del Reino de los cielos: esta vez lo compara con diez doncellas, cinco necias y cinco prudentes. Les dice a sus discípulos que el que espera el Reino de los cielos debe imitar a las cinco doncellas prudentes que esperaron al esposo con las lámparas encendidas. ¿Qué quiere decirnos a nosotros esta parábola? Que debemos vivir siempre preparados para encontrarnos con Jesús, con Dios, cuando tengamos que comparecer ante él, en cualquier momento que él nos llame. Y como no sabemos cuándo nos va a llamar, debemos vivir preparados, es decir, esperándole siempre, durante toda nuestra vida. Y debemos hacerlo con esperanza activa, como lo hicieron las cinco vírgenes prudentes; no imitar nunca a las cinco vírgenes necias. Las vírgenes prudentes esperaron al esposo con esperanza activa, es decir, velando, estando continuamente vigilantes. No podemos pensar que es suficiente dejar la preparación para cuando seamos viejos, o estemos gravemente enfermos. La esperanza activa supone una vigilancia continua sobre nuestra manera de pensar, de hablar, de comportarnos. ¿Cómo pensamos, cómo hablamos, cómo nos comportamos? ¿Lo hacemos pensando sólo en nuestros intereses psicológicos y materiales, o lo hacemos como lo haría en nuestro caso el mismo Jesús? Ser buen cristiano supone un esfuerzo, una lucha, contra nuestras malas inclinaciones naturales. Porque, de hecho, todos nacemos con una inclinación original al pecado, al mal. Es cierto que también nacemos con buenas inclinaciones, con inclinación al bien, pero nuestras buenas inclinaciones naturales siempre, durante toda nuestra vida, están mezcladas y muy limitadas por nuestras inclinaciones malas. Ser bueno, ser buena persona, no es un regalo de ningún dios, supone, como hemos dicho, lucha continua y un esfuerzo personal continuado. Imitemos a las cinco doncellas prudentes de la parábola, con el aceite de la virtud siempre encendido, para que podamos recibir a Dios, cuando nos llame, con nuestras lámparas de la virtud encendidas. Sólo así podremos entrar al banquete de bodas que es el Reino de los cielos, y que Dios tiene preparado para todos sus hijos desde el principio de la creación.

2.- Radiante e inmarcesible es la sabiduría; fácilmente la ven los la aman y la encuentran los que la buscan. Este bello relato del libro de la Sabiduría nos habla de la belleza de la sabiduría, y nos dice que los que de verdad la aman y la buscan terminan encontrándola. La sabiduría de la que aquí se habla es algo muy distinto de lo que habitualmente entendemos por ciencia o conocimientos sobre una materia determinada. Un científico puede no ser nada sabio y un sabio puede ser una persona no científica. El sabio es la persona que sabe comportarse con prudencia, con justicia, con fortaleza y con templanza ante Dios, ante el prójimo y consigo mismo. Todos conocemos a alguna persona con pocos conocimientos científicos y a la que de verdad consideramos muy sabia, porque sabe discernir muy bien entre el bien y el mal, entre lo que se debe hacer en cada momento y lo que no se debe hacer. Es evidente que la verdadera sabiduría de la que habla este bello libro de la Sabiduría es siempre un don de Dios. Pero los dones de Dios debemos nosotros trabajarlos con humildad y perseverancia. Todos los cristianos debemos aspirar a ser sabios, a saber comportarnos en cada momento como Dios quiere que nos comportemos, como lo haría en nuestro lugar Jesús de Nazaret en cada momento determinado. Pidamos a Dios que nos conceda el don de la sabiduría y que nosotros la amemos y la busquemos constantemente y digámosle al Señor con humildad, como nos dice el salmo 62: ¡Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío!

3.- No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza. En el momento en el que escribe San Pablo esta primera carta a los cristianos de Tesalónica, estos primeros cristianos esperaban ansiosamente la segunda venida, que creían inminente, del Señor Jesús. La pregunta que se hacían era esta: ¿qué será de los cristianos que han muerto antes de que venga el Señor? San Pablo les dice que tendrán la misma suerte que los que vivan cuando él venga: todos los que hemos creído en él resucitaremos con él. Nosotros, los cristianos de ahora, no nos hacemos, evidentemente, esta pregunta. Nuestra fe nos dice que todos los que hayamos creído en Cristo durante nuestra vida resucitaremos con él, después de nuestra muerte. Creamos firmemente esto y consolémonos con las palabras del Señor que nos ha prometido que si le seguimos mientras vivimos en esta tierra, resucitaremos para siempre, para toda la eternidad, con él en el cielo. Consolémonos, pues, mutuamente, con estas palabras.

Gabriel González del Estal

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Hay que espabilarse

El tema obsesivo de Jesús fue sin duda el del reino de los cielos, y prodigó parábolas con el único objeto de que tuviéramos una idea más o menos aproximada de lo que este reino de los cielos habría de suponer para nosotros. Hoy nos sorprende con el símil de las diez muchachas que, ante un banquete de bodas, acuden con sendas lámparas de aceite encendidas cumpliendo con el ritual de esperar al novio. De estas diez muchachas, cinco eran descuidadas y las, otras cinco, previsoras. Tardó mucho en llegar el novio, y las diez muchachas se durmieron. Al cabo de bastante tiempo, una voz les alertó de que el novio estaba ya cerca. Se despertaron las diez muchachas. Las descuidadas se percataron de que se les iba acabando el aceite y se habían olvidado de comprar liquido de repuesto. Pidieron ayuda a las previsoras, pero éstas, temiendo que no les llegara para todas, les instaron a que fueran a la tienda a comprarlo. Fueron y, cuando regresaron, la puerta estaba ya cerrada para ellas. No pudieron entrar.

Yo creo que Jesús, con esta parábola, pretende espolearnos y redimirnos de nuestra inercia que, evidentemente, nos atrofia y adormece. Es como la madre que, por la mañana, apremia al hijo joven y trasnochador para que se levante de la cama: “¡Hala! ¡Arriba! ¡Que ya es la hora!”.

En definitiva, que Jesús quiere que nos espabilemos. Nos dice con toda claridad que el reino de los cielos no es para los dormidos. Y tengo la impresión de que a menudo nos parecemos a las cinco muchachas descuidadas. Tenemos las lámparas, sí (cumplimos con nuestros actos piadosos, colaboramos con algún donativo, ponemos la cruz, como Dios manda, en nuestra declaración de la renta…), pero nos falta el aceite (el entusiasmo por el mensaje de Jesús, la energía ilusionada por dar a conocer el evangelio, el coraje necesario para ser consecuentes con nuestra fe…). Y claro, nuestras lámparas no iluminan a nadie, por falta de combustible.

Siempre se ha dicho que “quien algo quiere, algo le cuesta”. Y el acceso al reino de los cielos es gratuito, pero no barato. Como también es obvio que quien desea obtener algo, debe poner los medios adecuados para conseguirlo. Se acabaron aquellos tiempos en que el maná venía llovido del cielo y nos alimentábamos sólo con abrir la boca; como si dijéramos, “a mesa puesta”.

Pero llegamos siempre a la misma conclusión: que nos falta coraje para decidirnos. Y esto sucede porque no nos hemos dejado, todavía, cautivar por Jesús. Sentimos cierta complacencia, pero nuestra voluntad no ha dado aún el paso hasta embriagarnos locamente de las enseñanzas del Nazareno, de su estilo de vida, de su riqueza interior.

Sin embargo, nuestra sociedad y nuestro mundo están necesitados, hoy como nunca, de luz para andar el camino, de modelos vivientes en quienes fijarse, de “señales de tráfico” que les orienten, de testigos de la fe en Jesús y su evangelio...Están necesitados de “lámparas”… Pero con aceite.

Pedro Mari Zalbide

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208. Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política. Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor. Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra.

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Cristo Rey

La esta de hoy nos acerca a aquella imagen arquetípica del rey, donde muchas culturas identificaban en él una especie de lugar espiritual central, reconocían que era un intermediario entre el cielo y la tierra y que a través de su poder divino traía orden a su territorio. Además de reconciliar las fuerzas opuestas. De ese modo, no es de extrañar que la liturgia concluya todo el Ciclo litúrgico con esta intención, la de centrar en Cristo Rey la plenitud de la vida de la Iglesia.

El amén con el que se concluye quiere ser el resultado de un proceso de fe. Sus notas características señalan más la convicción y la responsabilidad de quien lo profiere. No es lo mismo ser un testigo a ser un mero repetidor de doctrinas. Las etapas que componen este discipulado guardan cierta semejanza con el proceso de crecimiento natural de una persona. Por ejemplo, la etapa infantil se distingue por ese sentido de apropiación de la realidad, como si el niño fuera el centro del universo. Las etapas posteriores quieren lograr que el sujeto salga de esa auto-referencia y descubra la relación que le abre a los demás. El reconocimiento profundo del señorío de Cristo y la aceptación como rey universal requieren la humildad y la madurez de quien se ha dispuesto a ser siervo y amigo.

Un rey desconcertante

Pero este Rey desconcierta. Lleva un rumbo singular. Si hemos seguido sus pasos, nos daremos cuenta cómo es Él. Del mismo modo descubriremos su reinado. Por eso, si Él ha venido a ganarnos, al precio de su muerte, el derecho a ser perdonados, nos habla de lo imprescindible que es para Él la reconciliación y la paz. Le gusta el diálogo que salva toda relación. No se apropia del reino de su Padre. Trabaja por gratuidad y no por una paga. No solo predica palabras bonitas, sino que cumple la voluntad del Padre. Es muy paciente. Busca hasta los que no le quieren oír. Su invitación no excluye a nadie. No se apropia de títulos que busquen honor y fama. Muestra un camino de fe que, a diferencia de la religión que mostraban los fariseos, no se vuelve una carga insoportable. Nunca pierde de vista su verdadera patria: el cielo. Vigila constantemente su relación con el Padre y con los demás. Pone  sus talentos a consideración del Reino y de los demás. Lava los pies, sirve a los demás. Ahí se resume su vida entera y su doctrina. Su forma de reinar es un mapa que se abre para que nos ubiquemos en la forma de seguirlo. Él quiere a sus discípulos libres, en todo momento, para seguirlo y para amar.

El tipo de ayuda

La clave del examen nal que ocupa este rey es la de amar. Especí camente expresado en la ayuda a los demás. Las cosas que Jesús elige como ayuda a los otros están al alcance de todos. No son cosas extraordinarias que requieran de virtudes sobrenaturales. Más bien se re ere a un tipo de ayuda que tiene que ver con lo sencillo y lo cotidiano. Por eso, a los sabios y entendidos, esto les confunde. Pero a la gente sencilla la acerca y le abre el camino hacia Dios.

Por otra parte, queda demostrado que la ayuda se debe ofrecer de manera desinteresada. Con generosidad y sin esperar algún bene cio a cambio, sea cual fuere. Los que reaccionaron ante la necesidad del otro de manera natural, espontánea y con un corazón libre para amar, fueron los que acertaron. Ayudaron porque lo quisieron hacer. Sin embargo, los de la otra parte dejaron de ayudar. Tal vez esperaban ayudar para con ello merecer la aprobación de Dios, o querían lograr con ello publicidad, alabanzas y gratitud. Pero eso no es ayudar. Ahí no hay nada de generosidad, sino solo una mera acumulación nas corrientes, a las que no de méritos. Curiosamente, la ayuda que Jesús reconoce es la que se da a las personas corrientes, “a las que no vale la pena ayudar”. Ése es el tipo de ayuda que agrada a Dios.

Se rectifica, entonces, que todo auxilio y ayuda que prestemos a nuestros semejantes se le da a Él. La negación hacia el más pequeño es la negación a Él. El corazón del Padre se alegra cuando mostramos ayuda y apoyo a uno de sus hijos. Es la mejor manera de enternecerle y moverle a gratitud. El único interés implicado es la ayuda que brota del corazón. Es la dinámica profunda del Reino. Miremos y contemplemos la imagen del Rey de reyes que nos transmite la canción:

«Lo esperaban como rico
y habitó entre la pobreza.
Lo esperaban poderoso

y un pesebre fue su hogar.
Lo esperaban un guerrero
y fue paz toda su guerra.
Lo esperaban Rey de reyes
y servir fue su reinar».

(J. A. Olivar)

 

O bien, estas palabras de la Ofrenda lírica de Rabindranach Tagore:
«Día tras día, Señor de mi vida,

¿te podré mirar frente a frente?
En este presuroso mundo tuyo
hirviente de luchas y fatigas,
entre las presurosas muchedumbres,
¿te podré mirar frente a frente?
Cuando mi obra haya sido cumplida en este mundo,
Rey de reyes,

¿te podré mirar frente a frente?»

Artemio Dominguez Ruiz

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Lectio: Domingo, 12 Noviembre, 2017

La Parábola de las diez vírgenes
Prepararse para la llegada inesperada de Dios en la vida
Mateo 25, 1-13

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz , que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Una clave de lectura:

Meditamos la parábola de las diez vírgenes o de las diez jóvenes doncellas. En las parábolas, Jesús gusta de usar hechos bien conocidos de la vida del pueblo como medios de comparación para aclarar un aspecto desconocido del Reino de Dios. En el caso de la parábola de las diez vírgenes, Él construye una historia en torno al comportamiento diferente de las doncellas que acompañan al esposo en el día de la fiesta del matrimonio. Este hecho bien conocido de todos, es usado por Jesús para poner en claro la llegada de improviso del Reino de Dios en la vida de las personas.
Generalmente, Jesús no explica las parábolas, sino que dice: “¡Quien tenga oídos para entender, que entienda! O sea: “¡Así es! Lo habéis oído. Ahora tratar de entender”. Él provoca a las personas, para que los hechos conocidos en la vida cotidiana les ayuden a descubrir las llamadas de Dios en sus vidas. Él compromete a los oyentes en el descubrimiento del significado de la parábola. La experiencia que cada uno tiene del hecho de vida narrado en la parábola, contribuye a descubrir el sentido de las parábolas de Jesús. Señal era de que Jesús tenía confianza en la capacidad de comprensión de las personas. Ellos se convierten en coproductores del significado.
Al final de la Parábola de las diez vírgenes, Jesús dice:” Velad, pues que no sabéis ni el día ni la hora”. Esta advertencia final sirve como clave de lectura. Ella indica la dirección del pensamiento de Jesús. Durante la lectura tratar de descubrir cuál sea el punto central de esta parábola que sirve a Jesús como semejanza del Reino de Dios.

b) Una división del texto para ayudar a la lectura:

Mt 25, 1-4: La conducta diferente de las doncellas que acompañan al esposo; cinco prudentes y cinco necias.
Mt 25,5-6: El retardo del esposo y su llegada de improviso en la noche
Mt 25, 7-9: El comportamiento diferente de las prudentes y de las necias
Mt 25, 10-12: La suerte diferente de las prudentes y de las necias
Mt 25, 13: Conclusión de la parábola

c) El texto:

Mateo 25, 1-131-4: «Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas.
5-6: Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: ‘¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!’
7-9: Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: ‘Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan.’ Pero las prudentes replicaron: ‘No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis.’
10-12: Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: ‘¡Señor, señor, ábrenos!’ Pero él respondió: ‘En verdad os digo que no os conozco.’
13: Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora.

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la reflexión personal.

a) ¿Cuál es el punto de la parábola que más te ha llamado la atención? ¿Por qué?
b) ¿Cuál es el contexto de la vida normal del pueblo, sobre el cuál Jesús insiste en esta parábola?
c) Desde el principio, hacer una distinción entre “prudentes y “necias”. ¿En qué consiste la prudencia y la necedad o estulticia?
d) ¿Cómo juzgar la respuesta tan dura del esposo: “En verdad no os conozco?”
e) ¿De qué día y de qué hora habla Jesús al final de la parábola?

5. Una clave de lectura

para aquéllos que quieran profundizar más en el tema.

El contexto en el cuál Mateo conserva las palabras de Jesús

El Evangelio de Mateo tiene dos tipos de parábolas: Las que ayudan a percibir el Reino de Dios presente en las actividades de Jesús y las que nos ayudan a prepararnos para la venida futura del Reino. Unas son las que aparecen sobre todo en la primera parte de la vida apostólica de Jesús. Las otras son más frecuentes en la segunda parte, cuando parece evidente que Jesús será perseguido, arrestado y muerto por manos de las autoridades civiles y religiosas. En otras palabras, en las parábolas se mezclan las dos dimensiones del Reino: (1) el Reino ya presente, aquí y ahora, escondido en el cotidiano de nuestra vida y que se descubre y profundiza por parte nuestra; (2) el Reino futuro que todavía debe venir y para el cuál cada uno debe prepararse desde ahora. La tensión entre el ya y el todavía no invade toda la vida cristiana. La Navidad es al mismo tiempo, una celebración del Reino ya presente y un anticipo del Reino que todavía debe venir.

Comentario de las palabras de Jesús, conservadas por Mateo

Mateo 25, 1-4: La conducta diferente de las doncellas que acompañan al esposo: cinco prudentes y cinco necias
Jesús comienza la parábola con las palabras: ” El Reino de los cielos será semejante…” Significa que la parábola de las diez vírgenes se refiere a la venida futura del Reino, para el cuál debemos prepararnos desde ahora. Para aclarar esta dimensión del Reino, Jesús recurre a la costumbre bien conocida de invitar a algunas jóvenes para acompañar al esposo a su llegada para la fiesta de la boda. Ellas debían acompañar al esposo con las lámparas encendidas. Pero las lámparas eran pequeñas y el aceite que contenían bastaban sólo para un tiempo determinado. Por esto era prudente que cada una llevase consigo un poco de aceite de reserva. Porque el recorrido con el esposo podía durar más del tiempo limitado del aceite en la lámpara.
Esto es lo que se sobreentiende en esta historia de las diez vírgenes: que quien acepta un determinado oficio debe prepararse en base a las exigencias del mismo oficio. La joven que acepta ser dama de honor en las bodas debe comportarse de modo adecuado a esta función. Debe ser previsora y llevar el aceite necesario para su lámpara.. Quien debe hacer un viaje de 100 kilómetros en una carretera sin señales de tráfico, y sabiendo esto, sale con gasolina para apenas unos 50 kilómetros, no es previsora ni prudente. La gente exclama: “Qué estúpido, no tiene cabeza”.

Mateo 25, 5-6: El retardo del esposo y su llegada de improviso en la noche
La secuencia de los hechos narrados por Jesús es muy normal. Es de noche y el esposo tarda. Aun sin quererlo, por muy grande que sea la voluntad de las jóvenes, comienzan a adormilarse. Y al mismo tiempo se esfuerzan por estar atentas, porque el esposo puede llegar de un momento a otro. De pronto el grito: “Ahí está el esposo”. Es la señal que todas estaban esperando. Es en este momento de crisis en el que se revela el valor de las personas. Los hechos que acaecen de improviso, independientes de nuestra voluntad, demuestran si somos previsores o necios.

Mateo 25, 7-9: Actitudes diferentes de las sabias y de las necias
Una vez despiertas, las jóvenes empiezan a preparar las lámparas que deben servir para alumbrar el camino. Había llegado la hora de echar más aceite, porque las lámparas se estaban extinguiendo. Las jóvenes que no tenían consigo aceite de reserva, piden aceite prestado a las otras. Estas responden que no pueden darles, porque al final faltaría para unas y otras. Si fuese sido solo para alumbrar el camino, las sabias hubieran podido decir: ” Caminad junto a nosotras y veréis donde ponéis los pies”. Pero no se trata de alumbrar el camino. Las lámparas servían también para festejar e iluminar la llegada del esposo. Este era el deber de las damas de honor: que cada una tuviese una lámpara encendida en la mano.
En el momento de la crisis las jóvenes necias piden el compartir. Piden que las sabias compartan con ellas el aceite que han llevado. El compartir es una práctica muy importante y fundamental en la vida del pueblo de Dios. Pero aquí no se trata solo de compartir: porque si las prudentes hubieran compartido el aceite hubieran provocado daño al esposo, arruinando la fiesta de las bodas y hubieran terminado por no cumplir ni ellas ni las otras la tarea que habían asumido. Por esto las prudentes, de frente a la petición de las necias, responden que no pueden compartir y dan un consejo realista: “¡Id a comprarlo!”. Siendo ya medianoche, sería difícil encontrar una tienda abierta.

Mateo 25, 10-12: Destino diferente de las prudentes y de las necias
Mientras las necias iban a comprar, llegó el esposo y las que estaban preparadas entraron con él a la fiesta de las bodas, y se cerró la puerta. En la historia de la parábola, las necias encontraron una tienda abierta, y compraron el aceite. Aunque retardadas, llegaron y gritaron:” ¡Abridnos la puerta! El esposo ( a lo menos parece que es él) responde con dureza: “En verdad os digo: que no os conozco”.

Mateo 25, 13: Conclusión: vigilancia
La conclusión del mismo Jesús, al final de la historia, es una frase que puede servir de clave para toda la parábola: “Vigilad, pues que no sabéis el día ni la hora”. Dios puede venir en cualquier hora de nuestra vida. Todos debemos estar preparados. Como las jóvenes de la boda, todos deben ser prudentes y previsores, llevando cada uno consigo aceite suficiente. O sea, deben estar atentos de no ser causa de descarrilamiento para otros, aunque insistan sobre cosas buenas como el compartir. Deben aprender a estar siempre atentos al servicio que deben dar a Dios y al prójimo.

Para complementar

¿Cómo explicar la frase tan severa: “¡No os conozco!”? Ponemos aquí dos sugerencias para la respuesta:

— Muchas parábolas tiene algo de extraño: el padre que no reprueba al hijo pródigo, el pastor que deja las noventa y nueve ovejas para preocuparse de una sola, el samaritano, que obra mejor que el sacerdote y que el levita, etc. Generalmente estos aspectos extraños y sorprendentes esconden una clave importante para descubrir el punto central de la parábola. Así, en la parábola de las diez vírgenes hay varias cosas extrañas, que por lo regular no suceden: (1) De noche no hay tiendas abiertas. (2) En las bodas no se acostumbra a cerrar las puertas. (3) En situaciones normales, el esposo nunca dice: “No os conozco”. Es por estos aspectos extraños por los que pasa el hilo central de la enseñanza de la parábola. ¿Cuál sería? “El que tenga oídos para entender, que entienda”.

— El esposo de la parábola es (también) el mismo Jesús, que llega repentinamente de noche. Es lo que el contexto de otros textos del Evangelio y del Antiguo Testamento sugieren. En la conversación con la samaritana Jesús le dice que tenía cinco maridos y que el que tiene ahora, o sea el sexto, no es su verdadero marido. El séptimo es Jesús el esposo verdadero (Jn 4, 16-18). Mientras el esposo está con los discípulos ellos no tienen necesidad de ayunar (Mc 2, 19-20). Desde los tiempos del profeta Oseas, siglo VIII antes de Cristo, crecía en el pueblo la esperanza de poder llegar un día a una intimidad tal con Dios, semejante a la intimidad del esposo con la esposa. (Os 2, 19-20). Isaías dice claramente: es deseo de Dios ser el marido del pueblo (Is 54, 5; Jer 3, 14), gozar con el pueblo como un esposo goza con la presencia de su esposa (Is 62, 5). Esta esperanza se realiza con la llegada de Jesús. Cuando Jesús hace su entrada en la vida de las personas, todo debe retirarse, porque Él es el esposo. Esta visión de fondo de la historia y de la esperanza secular del pueblo ayuda a comprender mejor el sentido de la frase tan severa del esposo: “¡No os conozco”! Por la falta de empeño y seriedad, las cinco jóvenes necias mostraron claramente que todavía no estaban preparadas para el compromiso definitivo del matrimonio con Dios. Tenían necesidad de otro tiempo para prepararse: “Vigilad, porque no sabéis el día ni la hora”.

6. Salmo 63, 2-9

El deseo de Dios

Dios, tú mi Dios, yo te busco,
mi ser tiene sed de ti,
por ti languidece mi cuerpo,
como erial agotado, sin agua.
Así como te veía en el santuario,
contemplando tu fuerza y tu gloria,
-pues tu amor es mejor que la vida,
por eso mis labios te alaban-,
así quiero bendecirte en mi vida,
levantar mis manos en tu nombre;
me saciaré como de grasa y médula,
mis labios te alabarán jubilosos.
Si acostado me vienes a la mente,
quedo en vela meditando en ti,
porque tú me sirves de auxilio
y exulto a la sombra de tus alas;
mi ser se aprieta contra ti,
tu diestra me sostiene.

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén

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