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Archive for 4/01/18

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: TE DIRÉ MI AMOR, REY MÍO

Te diré mi amor, Rey mío,
en la quietud de la tarde,
cuando se cierran los ojos
y los corazones se abren.

Te diré mi amor, Rey mío,
con una mirada suave,
te lo diré contemplando
tu cuerpo que en pajas yace.

Te diré mi amor, Rey mío,
adorándote en la carne,
te lo diré con mis besos,
quizá con gotas de sangre.

Te diré mi amor, Rey mío,
con los hombres y los ángeles,
con el aliento del cielo
que espiran los animales.

Te diré mi amor, Rey mío,
con el amor de tu Madre,
con los labios de tu Esposa
y con la fe de tus mártires.

Te diré mi amor, Rey mío,
¡oh Dios del amor más grande!
¡Bendito en la Trinidad,
que has venido a nuestro valle! Amén.

SALMODIA

Ant 1. Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta el fin de la tierra.

Salmo 71 I – PODER REAL DEL MESÍAS

Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud.

Que los montes traigan paz,
y los collados justicia;
que él defienda a los humildes del pueblo,
socorra a los hijos del pobre
y quebrante al explotador.

Que dure tanto como el sol,
como la luna, de edad en edad;
que baje como lluvia sobre el césped,
como llovizna que empapa la tierra.

Que en sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna.

Que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra.

Que en su presencia se inclinen sus rivales;
que sus enemigos muerdan el polvo;
que los reyes de Tarsis y de las islas
le paguen tributo.

Que los reyes de Saba y de Arabia
le ofrezcan sus dones;
que se postren ante él todos los reyes,
y que todos los pueblos le sirvan.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta el fin de la tierra.

Ant 2. Socorrerá el Señor a los hijos del pobre; rescatará sus vidas de la violencia.

Salmo 71 II

Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres;

él rescatará sus vidas de la violencia,
su sangre será preciosa a sus ojos.

Que viva y que le traigan el oro de Saba;
él intercederá por el pobre
y lo bendecirá.

Que haya trigo abundante en los campos,
y ondee en lo alto de los montes,
den fruto como el Líbano,
y broten las espigas como hierba del campo.

Que su nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol;
que él sea la bendición de todos los pueblos,
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
el único que hace maravillas;
bendito por siempre su nombre glorioso,
que su gloria llene la tierra.
¡Amén, amén!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Socorrerá el Señor a los hijos del pobre; rescatará sus vidas de la violencia.

Ant 3. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

Cántico: EL JUICIO DE DIOS Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

LECTURA BREVE   Rm 8, 3b-4

Dios envió a su propio Hijo, sometido a una existencia semejante a la de la carne de pecado. Así dictó sentencia de condenación contra el pecado, que ejercía su poder en la vida según la carne. De este modo la exigencia y el fin de la ley tuvieron cumplimiento en nosotros, que no vivimos la vida puramente natural según la carne, sino la vida sobrenatural según el espíritu.

RESPONSORIO BREVE

V. La Palabra se hizo carne. Aleluya, aleluya.
R. La Palabra se hizo carne. Aleluya, aleluya.

V. Y puso su morada entre nosotros.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. La Palabra se hizo carne. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Yo procedo y vengo del Padre; no he venido por cuenta propia, sino que he sido enviado por él.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Yo procedo y vengo del Padre; no he venido por cuenta propia, sino que he sido enviado por él.

PRECES

Cristo ha venido a nosotros y se ha entregado por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y para reservarse para sí, como posesión propia, un pueblo purificado y lleno de fervor por las buenas obras; invoquémoslo, pues, con plena fe, diciendo:

Señor, ten piedad.

Por tu santa Iglesia, para que todos sus hijos renazcan a nueva vida.
Señor, ten piedad.

Por los pobres, prisioneros y fugitivos, para que en nuestro amor te descubran a ti, Hijo de Dios hecho hombre.
Señor, ten piedad.

Para que nuestro gozo llegue a ser pleno y comprendamos la grandeza del don que el Padre nos ha dado en tu persona.
Señor, ten piedad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Para que los fieles difuntos, iluminados por la claridad de tu nacimiento, contemplen tu rostro y no haya ya más noche ni tinieblas para ellos.
Señor, ten piedad.

Gracias a Jesucristo somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Dios todopoderoso, que tu Salvador, que has enviado del cielo como una luz nueva para redimir al mundo, nazca también en nuestros corazones y los renueve continuamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio: Jueves, 4 Enero, 2018

1. Oración
Oh Padre, Tú que eres Dios omnipotente y misericordioso, acoge la oración de nosotros tus hijos; el Salvador que tú has enviado, luz nueva al horizonte del mundo, surja y brille sobre toda nuestra vida. Él es Dios…

2. Lectura

Del Evangelio según San Juan (1, 35-42)
35 Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. 36 Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios.» 37 Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. 38Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: «¿Qué buscáis?» Ellos le respondieron: «Rabbí – que quiere decir, “Maestro” – ¿dónde vives?» 39 Les respondió: «Venid y lo veréis.» Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima. 40 Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. 41Este se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías» – que quiere decir, Cristo. 42 Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» – que quiere decir, “Piedra”.
 
3. Meditación
* En el primer capítulo de su Evangelio, Juan nos conduce a través de una especie de viaje temporal, en una semana, con tres repeticiones de la expresión “al día siguiente” (vv. 29, 35 y 43). Nuestro pasaje nos ubica en el segundo de estos momentos, el central, y por lo tanto el más importante, caracterizado por el itinerario físico y espiritual que hacen los primeros discípulos de Juan hacia Jesús. Es el “día siguiente” del encuentro, de la elección, del seguimiento.
* Nuestra escena está  atravesada de manera muy viva por el intercambio intenso de miradas: de Juan hacia Jesús (v. 35); de Jesús a los dos discípulos (v. 38); de los discípulos a Jesús (vv. 38-39); y finalmente es Jesús el que dirige nuevamente su mirada a nosotros, en la persona de Pedro (v. 42).
El evangelista utiliza verbos diferentes, pero todos cargados de distintos matices, de intensidad; no se trata de miradas superficiales, distraídas, fugaces, sino más bien de contactos profundos, intensos, que parten del corazón, del alma. Es así que Jesús, el Señor, mira a sus discípulos y nos mira a nosotros; es así también que nosotros deberíamos aprender a mirarlo a Él. De manera especial es bello el verbo que abre y cierra el pasaje: “fijar la mirada”, que significa literalmente “mirar dentro”.
* Jesús está  caminando por el mar, por las orillas de nuestra vida; es así que Juan lo retrata, lo fija, usando el verbo en el participio para decirnos que, en el fondo, Jesús aún hoy está pasando a nuestro lado, como en aquel día. También Él puede visitar y atravesarse en nuestras vidas; nuestra tierra puede acoger las huellas de sus pasos.
* Talvez el centro del pasaje se encuentra precisamente en el movimiento de Jesús; primero Él camina, luego se vuelve y se detiene, con la mirada, con el corazón, en la vida de los dos discípulos. Jesús “se vuelve”, es decir, cambia, se adapta, deja su condición de antes y asume otra. Jesús aquí se nos revela como Dios encarnado, Dios que ha descendido en medio de nosotros, hecho hombre. Se ha vuelto del seno del Padre y se ha dirigido a nosotros.
* Es bello ver cómo el Señor nos hace participar en sus movimientos, en su propia vida; Él, de hecho, invita a los dos discípulos a “venir a ver”. No se puede estar detenido cuando se ha encontrado al Señor; su presencia nos pone en movimiento, nos hace levantar de nuestras viejas posiciones y nos hace correr. Tratemos de recoger todos los verbos que hacen referencia a los discípulos en este pasaje: “siguieron” (v. 37); “le seguían” (v. 38); “fueron… vieron… se quedaron con Él” (v. 39).
* La primera parte del pasaje se cierra con la experiencia bellísima de los primeros dos discípulos que se quedaron con Jesús; lo han seguido, han entrado en su casa y se han quedado allí con Él. Es el viaje de la salvación, de la verdadera felicidad, que se ofrece también a nosotros. Basta solamente con aceptar quedarse, con ser firmes, decididos, estar enamorados, sin ir de acá para allá, hacia uno u otro maestro del momento, uno u otro nuevo amor de la vida. Porque cuando está Jesús, el Señor, cuando hemos sido invitados por Él, realmente no hace falta nada.
 
4. Algunas preguntas
* El relato temporal de esta parte del Evangelio, con sus “al día siguiente” nos hace entender que el Señor no es una realidad abstracta y distante, sino que Él entra en nuestros días, en nuestros años que pasan, en nuestra existencia concreta. ¿Me siento dispuesto a abrir a Él mi tiempo, a compartir con él mi vida? ¿Estoy listo a entregar en sus manos mi presente, mi futuro, para que sea Él quien guíe cada “día siguiente” de mi vida?
* Los discípulos realizan un bellísimo camino espiritual, evidenciado por los verbos “oyeron, siguieron, vieron, se quedaron”. ¿No deseo, yo también, comenzar esta bella aventura con Jesús? ¿Tengo los oídos abiertos para oír, para escuchar con profundidad y así yo también poder dar la misma respuesta positiva al Amor del Padre que desea llegar a mí? ¿Siento nacer en mí el gozo de poder comenzar un camino nuevo, caminando detrás de Jesús? ¿Tengo los ojos del corazón totalmente abiertos como para comenzar a ver lo que realmente sucede dentro de mí y a mi alrededor, y para reconocer en cada acontecimiento la presencia del Señor?
* Pedro recibe un nombre nuevo por parte de Jesús; su vida se ve completamente transformada. ¿Me atrevo, hoy, a entregar al Padre mi nombre, mi vida, mi persona toda, así como es, para que Él pueda generarme de nuevo como hijo, como hija, llamándome con el nombre que él, en su infinito Amor, ha pensado para mí?
 
5. Oración final
El Señor es mi pastor, nada me falta;
en verdes praderas me hace reposar, y me conduce hacia aguas frescas.
Conforta mi alma, me guía por el camino justo
por amor de su nombre.
Aunque camine por valles oscuros,
no temo ningún mal, porque Tú estás conmigo.
                                    (del Salmo 23)

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“II. Transmitir la fe: la catequesis

  1. Muy pronto se llamó catequesis al conjunto de los esfuerzos realizados en la Iglesia para hacer discípulos, para ayudar a los hombres a creer que Jesús es el Hijo de Dios a fin de que, creyendo esto, tengan la vida en su nombre, y para educarlos e instruirlos en esta vida y construir así el Cuerpo de Cristo (cf. Juan Pablo II, Catechesi tradendae [CT] 1).”

Este punto del catecismo está tomando literalmente de la Exhortación Apostólica “Catequesis Tradendae”, documento del año 1979, que fue en el segundo año de pontificado de Juan Pablo II. Escribió este documento recogiendo lo que Pablo VO había convocado con el cuarto Sínodo General de los Obispos para hablar del tema de la catequesis. En aquel momento Karol Wojtyla participó como obispo polaco y siendo Papa le tocó escribir la Exhortación Apostólica que era como conclusiva de lo que se había hablado en el Sínodo.

La Iglesia realiza un esfuerzo para hacer discípulos. En nuestra cultura muy individualista y muy celosa de autonomía, la independencia del hombre, en un contexto de una crisis de autoridad, estamos llenos de esclavitudes y nos están continuamente indicando cómo pensar y manipulándonos para que pensemos. En teoría se pinta una imagen de un hombre independiente y autónomo, aunque luego en la práctica sabemos lo que pasa, se manipula totalmente al personal para que piense lo que es políticamente correcto y lo que la cultura nos lleva a pensar.

La palabra “hacer discípulos”, en nuestra cultura “suena mal”. Qué es eso de conducir a la gente y hacer “tú déjales que ellos piensen lo que quieran…”. El esfuerzo de la Iglesia por hacer discípulos en seguida es puesto bajo sospecha de proselitismo, de apología, y es que incluso estas palabras han llegado a tener un tono negativo.

La Iglesia ha utilizado la palabra apología en sentido positivo. Quiere decir “hacer una defensa de la verdad que se quiere proclamar”; apologeta es el que da razones, se confronta con otra persona, entra en diálogo con ella para hacerle ver las razones de lo que él quiere exponer. Y la palabra proselitismo también se refiere a los “prosélitos”, a aquellos que han sido convencidos, que han sido ganados para la causa de Cristo.

Tenemos que desacomplejarnos a este respecto, el esfuerzo de “hacer discípulos” es palabra sale del mismo Jesucristo: “Id y haced discípulos”, fue la última consigna de Cristo, es el apostolado, que es básico en la vida cristiana. No nos avergoncemos por ello.

Existe esta especie de concepción de la sociedad en que cada uno se construye la verdad a su medida y entonces lo de “hacer discípulos” suena a antipático.

Es Jesús mismo quien nos pide que hiciéramos discípulos, por lo tanto lo primero no acomplejarnos de nuestra cultura que ve bajo sospecha la acción catequética de la Iglesia. Desenmascaremos ese pensamiento porque, esta cultura nuestra que alardea de autonomía y de que cada uno piense como quiera, en el fondo es verdaderamente impositiva en sus ideologías. Pretende igualar todas las ideologías que las impone.

No es cierto que esta cultura secularizada y anticristiana sea totalmente autónoma y respetuosa. Es totalmente apologeta, lo que pasa es que su apología no es limpia y transparente como la catequesis que realiza la Iglesia, que cuando habla de Cristo nos anuncia que nos está anunciando. Cuando la Iglesia anuncia un mensaje lo hace de una manera explícita y no subliminal.

Esta cultura de la secularización está haciendo que tú te sientas ridículo a través de modelos televisivos, de modelos audiovisuales, se ríen de esto, se ríe de lo otro.

La Iglesia propone con plena libertad; mientras esta cultura dice que no propone y sin embargo, impone. Por lo tanto “Id y haced discípulos”, y ayudar a creer, dice, para ayudarles a creer.

“No podemos creer por el otro”; a veces un creyente quisiera que a las personas a las que ama fuesen creyentes porque obviamente les desea lo mejor y como el creyente sabe que lo mejor es Dios y lo mejor es Cristo y no puede haber nada más precioso que pueda desearles a las personas amadas pues les encantaría que creyesen y eso es signo de que les ama pero claro, no pueden creer por los otros, no pueden abrir la cabeza e introducirles la fe.

No pueden creer por él pero sí es verdad que pueden, llevados de la mano, compartir su experiencia, en la medida en que esa persona también les abra su corazón les puede conducir hasta la puerta de la fe.

Dios nos ha permitido tener como un puesto especial y específico a cada uno de nosotros en la fe de otras personas. San Pablo les dice a los corintios: mira habéis tenido muchos pedagogos, muchos que os han enseñado cosas referentes a la fe, os han introducido en la liturgia, os han introducido en el comportamiento moral, pero yo he tenido la suerte de ser el que os engendré en Cristo Jesús por medio del Evangelio.

Hay personas que han tenido el ejemplo de las madres o los padres. Estos los han introducido en la fe, les han engendrado en la fe. Es verdad que luego un hijo tiene que creer por sí mismo y la prueba es que a veces aunque el padre engendre en la fe, el hijo puede terminar rechazando la fe. Pero la labor catequética de los padres, es una labor que engendra en la fe a los hijos.

La labor de los catequistas, lo mismo, ejercen un auténtico madrinazgo o padrinazgo. Los catequistas tienen un lugar muy especial. El sacerdote, ciertas amistades, son padrinazgos a distintos niveles. Es decir, necesitamos puntos de referencia para llegar a creer; nadie llega a creer sin ningún punto de referencia.

Es ser cristiano, es decir, el catequista, el pedagogo, aquel que acompaña, que hace de padrino, de madrina en la fe, tiene que ser también un punto de referencia para poder decir como san Pablo a los corintos: “Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo”.

Por lo tanto la catequesis es el conjunto de esfuerzos realizados en la Iglesia para hacer discípulos. Es verdad que son esfuerzos compartidos, que no lo realiza uno individualmente y por libre, sino que a veces uno es el que siembra y otro el que cosecha. A veces, el Señor nos da la alegría y la satisfacción de poder tener un acompañamiento personal, con alguna persona de manera, que uno ha podido ayudarle a acercarse y puede ser testigo; puede vivir todo ese proceso pero muchas veces en la vida de la Iglesia no es así y es uno mismo el que va dando los pasos.

Existen esfuerzos muy diversos en el seno de la Iglesia y no siempre somos capaces de saber hasta dónde hemos podido llegar o a veces un testimonio que uno ha dado en su vida, en su trabajo, él no es consciente de lo que ha generado después. El fruto de la catequesis no siempre se ve a corto plazo.

Termina este punto haciendo como una especie de pequeño resumen de qué es llegar a creer:

– creer que Jesús es el Hijo de Dios,

– tener vida en su nombre,

– educarse e instruirse y construir el Cuerpo de Cristo.

El resumen de la fe no es sólo creer en la existencia de Dios sino creer que ese Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo y, por lo tanto, que Jesucristo, es el Hijo de Dios hecho carne, el Hijo de Dios encarnado.

La segunda característica es tener vida en su nombre. Quiere decir “vivir en Cristo”, es un creer que no es teórico, no es abstracto sino que es seguir a una persona, vivir en Cristo. La catequesis no sólo pretende que uno se aprenda unos contenidos, sino que busca, persigue que tengamos vida en Cristo, que nuestra vida se moldee desde Jesucristo y luego sí, dice que seamos educados, instruidos, porque obviamente tenemos que conocer su doctrina, sus palabras, sus mandamientos. Es importante educar e instruir de esta manera construir el Cuerpo de Cristo.

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En el año decimoquinto del imperio de Tiberio Cesar… momento ruidoso y solemne en los fastos de Israel, a la manera de los antiguos profetas, vino la palabra de Dios sobre el mayor de ellos, Juan, hijo de Zacarías, en el desierto (Lc. 3,1-2), donde crecía su recia juventud desde que dejara las rientes montañas de Aïn Karim.

Obedeciendo al instante, vino por toda la región cercana al bajo Jordán, frondosa de vastas praderas y estepas, predicando en el despoblado un bautismo de penitencia para la remisión de los pecados (v.3).

Después de varios siglos reanudaba la tradición de los profetas, encarnando el espíritu y las trazas del más austero de ellos, Elías. Avasallaba con su ejemplo. Un vestido de pelos hirsutos de camello, y un ceñidor paupérrimo de cuero alrededor de sus lomos. Cual su indumento, tal su comida: langostas, secadas al sol o al horno y estrujadas luego, manjar de gentes pobres, y miel silvestre, destilación gomosa de ciertos árboles, a falta de la exquisitez de las abejas. Su austeridad de profeta, el tema de su predicación de profeta, que recrimina los vicios sin acepción de personas, y su mensaje de más que profeta sobre el Mesías próximo, junto con el rito inusitado de un bautismo, figurativo de la reforma interior de vida, conciliándole gran autoridad, promovía un fuerte movimiento religioso, que aquellas caravanas orientales se cuidaban de extender hasta los últimos confines.

Las turbas sencillas, los publicanos y soldados, arrepentidos, se inmergían en el baño, confesando sus pecados, con una especie de confiteor general.

Los soñadores de apocalipsis no veían represalias, ni desquites contra los gentiles, sino ejemplos de conversión real y verdadera,

El “juicio” del Mesías estaba próximo: Ya el bieldo está en sus manos para limpiar su era, y meter su trigo en el granero y quemar la paja en un fuego inextinguible (Mt 3.12). Los saduceos, escépticos, y los fariseos, aferrados a sus tradiciones muertas, se mantenían, ciegos, a la expectativa. ¡Raza de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira de Dios inminente? Haced, pues, frutos dignos de penitencia. La segur está ya puesta a la raíz del árbol. Así que, todo árbol que no dé buen fruto, será cortado y arrojado al fuego (Mt. 3,7-10).

POR AQUEL TIEMPOJesús, que tendría unos treinta años, vino de Galilea al Jordán en busca de Juan para ser de él bautizado (v.13).

Juan, empero, iluminado interiormente, con profundo respeto, se resistía diciendo: Yo he menester ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mi? (v. 14). Y Jesús responde: Déjame hacer ahora, porque así nos conviene cumplir toda justicia.

Juan entonces condescendió con él (v. 15).

Por las mismas razones que en la circuncisión, Jesús, el Santo de los Santos, se somete a toda la Ley. Aquí da autoridad al bautismo de Juan, verdadera preparación y preanuncio del que establecerá, más tarde, el mismo Jesús para que sean los hombres incorporados de verdad en su reino, la Iglesia. Muestra prácticamente la real senda de la penitencia, necesaria a todos; y consagra el agua, comunicándole “la virtud santificadora”, para que sea instrumento adecuado de regeneración.

Bautizado, pues, Jesús, al instante que salió del agua se le abrieron los cielos y vio bajar al Espíritu de Dios a manera de paloma (o en forma corporal como de una paloma [Lc. 3,22] ) y posar sobre Él. Y oyóse una voz del cielo que decía: Este es mi querido Hijo, en quien tengo puesta mi complacencia (vv. 1 b- 17).

Ante este movimiento religioso, la autoridad teocrática no pudo por más tiempo permanecer indiferente y quiso tomar informes directos del caso. Era su obligación, por otra parte, investigar sobre ritos nuevos, y sobre cuanto tuviera alguna relación con el advenimiento del Mesías.

Y los judíos le enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas, miembros del Sanedrín, para preguntarle: ¿Tú quién eres?

Y Juan responde, tajante, que no es el Cristo, ni Elías, ni el profeta legendario esperado; sino simplemente la voz del que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como lo tiene dicho el profeta Isaías (Jn. 1,20-23).

– Pues, ¿cómo bautizas…?

Respondióles Juan: Yo bautizo con agua – un rito exterior, extraordinario, que simboliza la remisión de los pecados, y a lo más, excita a penitencia interna, por contraste con el bautismo – en el Espíritu y en el fuego (Mt. 3,11), que conferirá el Mesías.

– Yo bautizo con agua –dice -, pero en medio de vosotros está Aquel a quien no conocéisÉl es el que ha de venir después de mí, el cual ha sido preferido a mí, y a quien yo no soy digno de desatar las agujetas de sus zapatos (vv.26-27).

¡En medio de vosotros está el Rey de los judíos! ¡Qué emocionante revelación oficial a la autoridad teocrática! Un poco más y podrá señalarle con el dedo a sus propios discípulos: ¡Ved ahí el Cordero de Dios!

Al día siguiente de esta embajada, vio Juan a Jesús que venía, victorioso del desierto de la cuarentena, a encotrarle. Y Juan, gozoso, le señala a sus discípulos anhelantes: He aquí el Cordero de Dios; ved aquí el que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: En pos de mí viene un varón, el cual ha sido preferido a mi, por cuanto era ya antes que yo. Yo no le conocía, personalmente; pero yo he venido a bautizar con agua, para que él sea reconocido por Mesías en Israel (vv.29-3 1).

Y dio entonces Juan este testimonio de Jesús, diciendo: Yo he visto al Espíritu Santo descender del cielo en forma de paloma y reposar sobre él. Yo antes no le conocía (de una manera cierta, completa, oficial); mas el que me envió a bautizar con agua, me dijo: Aquel sobre quien vieres que baja el Espíritu Santo y reposa sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Yo lo he visto y por eso doy testimonio de que él es el Hijo de Dios (vv.32-34).

Tres grandes cosas entraña este nuevo, precioso y más explícito testimonio de Juan, de grandes alcances teológicos y escriturísticos.

Es el Cordero de Dios.

  1. a) El cordero pascualsacrificado por los israelitas antes de salir de la esclavitud de Egipto, significaba que el mundo iba a salir, con la venida del Mesías, de la servidumbre del pecado.
  2. b) El cordero que mañana y tarde se ofrecía en el templo en expiación de los pecados del pueblo, anunciaba que Jesús iba a quitar con su sacrificio el pecado (raíz, suma y carga de todos los) del mundo. ¡Aspecto doloroso y al mismo tiempo el más noble del destino de Jesús! ¡Su vida, pasióny muerte aseguran la universalidad de la Redención!
  3. c) Numerosos textos del Antiguo Testamento presentan al futuro Mesías manso y humilde, como un cordero. Isaías, más claramente que los demás profetas, en su llamada Passio secundum Isaiam, nos descubre el cuadro impresionante del “Siervo de Yahvé”. Aquel “Varón de dolores” tomó sobre sí nuestras enfermedades, y le reputamos como leproso y herido de Dios. Llagado por nuestros crímenes, con sus cardenales fuimos sanados. Se ofreció porque quiso, y no abrió su boca como oveja que va al matadero, y como cordero que enmudece delante del que le trasquila. Habiendo Él ofrecido su vida en sacrificio por el pecado, verá una descendencia muy duradera, y la voluntad (redentora) del Señor se cumplirá por su mano (en la Iglesia) hasta el fin de los siglos (Is. cc.49 a 57).
  4. d) La doctrina de la satisfacción substitutiva del verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, la satisfacción vicaria, ofrecida por el Mesías en vez del hombre pecador y aceptada por Dios – o sea el desagravio, la reparación de los daños y el restablecimiento del orden quebrantado, está aquí tan típicamente perfilada que el Nuevo Testamento no hace más que llenar del nuevo y perfecto contenido las frases correspondientes del profeta.
  5. e) Hemos sido redimidos – dirá San Pedro -, no con oro ni plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como del Cordero inmaculado y sin defectos, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos en gracia de vosotros (1 Petr. 1,19-20).
  6. f) San Pablo, resumiendo la economía del Cordero pascual, añadirá: Él por medio de la muerte destruyó al que tenia el señorío de la muerte, libró del poder del ángel exterminador infernal a todos aquellos que con el miedo de muerte estaban sujetos a la esclavitud (Hebr. 2,14-15).
  7. g) San Juan Evangelista, en su Apocalipsis, presentará la visión del Cordero ante el trono de Dios, de pie, resucitado, como degollado, por conservar gloriosas sus llagas, digno de abrir los siete sellos del libro misterioso que contiene los destinos escatológicos de la Iglesia, pues que Él fue degollado y nos rescató para Dios en su sangre, de toda tribu y lengua, pueblo y nación, y nos hizo para nuestro Dios reyes y sacerdotes (Apoc. 5,6-9).
  8. Otra gran cosa destaca en este último testimonio de Juan. Él es el que bautiza en el Espíritu y en el fuego. El Precursor bautiza con agua, un signo exterior que prepara los ánimos y los estimula a penitencia, solamente. Él, que ha sido preferido a todo profeta, por su dignidad intrínseca y divina, propina, con los dones óptimos, la gracia que nos hará consortes de la divina naturaleza (2 Pet. 1,4).
  9. Y, finalmente, da testimonio de que Él es el Mesías esperado de Israel; y este Mesías es el Hijo de Dios, propio, coeterno con su Padre, que imparte a los hombres la adopción de hijos y los hace herederos del cielo.

 ¡Qué cúmulo de ideas elevadas, de verdades consoladoras, de importantes perspectivas apologéticas, suministra este último testimonio de Juan! El propio Bautista hace resaltar que sus testimonios de la mesianidad y divinidad de Jesús se fundan en una revelación recibida de Dios, y en el prodigio que se obró en el momento del bautismo.

Yo antes no le conocía personalmente; cosa que no es de maravillar, dice el Crisóstomo, porque desde su niñez vivía Juan en el desierto, y quizá nunca había visto a Jesús, que habitaba en Nazaret. Pero el que le envió a bautizar con agua (cosa, por tanto, de lo alto y con un significado de preparación mesiánica), me dijo: Aquel sobre quien vieres que baja el Espíritu Santo y reposa sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Yo lo he visto, y por eso doy testimonio de que es el Hijo de Dios.

Sube Jesús del agua, brota el milagro, se abren los cielos, baja el Espíritu de Dios (Mt. 3.16). en forma corporal como de una paloma (Lc. 3,22), y oye la voz del cielo: Este es mi querido Hijo, en quien tengo puestas mis complacencias.

Así, con esta teofanía, de rasgos trinitarios, y con aquella voz misteriosa, quedó Jesús acreditado por Dios como el Mesías prometido, cual le vaticinaron los profetas; ungido con la plenitud del Espíritu Santo, Hijo de Dios verdadero y predilecto del Padre.

No lo fue Jesús por el bautismo, per aquam; pues lo era en su sacratísima humanidad desde el momento de la encarnación, per sanguinem, por la sangre recibida entonces y derramada “a borbotones” en la cruz. Pero Dios lo quiso atestiguar solemnemente en aquella ocasión inaugural del reino de Dios.

En el “gran conflicto” del Martes Santo, la comisión oficial de “los príncipes de los sacerdotes y ancianos del pueblo”, arrogantes, ante la multitud del pueblo sencillo, le interrogan: ¿Con qué autoridad haces estas cosas, y quién te ha dado esta potestad? (Mt. 21.23).

Con hábil evasiva les contrapregunta el Maestro: El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿del cielo o de los hombres? Mas ellos, desleales siempre, discurrían consigo mismos esta cobardía falsa: Si respondemos: Del cielo, nos dirá: Pues ¿por qué no habéis creído en él? Si respondemos: De los hombres, tememos que el pueblo nos apedree. Porque todos miraban a Juan como a profeta (vv.25-26).

Y rompen con el pasado y con los profetas, representados en el ultimo y más grande de ellos, fingiendo ignorar una cuestión esencial: No lo sabemos. Pues tampoco yo os diré – replica Jesús – con qué autoridad hago yo estas cosas (vv. 26-27).

Y tomó, a su vez, la ofensiva contra aquellos hipócritas confundidos ya entre el vulgo: En verdad os digo que los pecadores y meretrices os precederán en el reino de Dios. Por cuanto vino Juan por las sendas de justicia, y no vosotros, sino éstos, creyeron en él (vv. 28-32). Su causa estaba ligada con la de Juan. Con su Precursor comenzó Jesús la carrera mesiánica; y ahora, agradeciendo emocionado su testimonio de sangre, va a terminarla también de una manera cruenta.

La manifestación de la Santísima Trinidad que se esbozó, augural, en el bautismo de Jesús, preside la iniciación cristiana.

Instruid – dice el Señor – a todas las naciones en el camino de la salud, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt. 28,19). El bautismo, eficaz como todo sacramento, producirá en el alma la limpieza y santidad que significa, en virtud de la invocación y confesión de las tres divinas Personas. Ellas presiden el nacimiento espiritual del nuevo cristiano – ese “nacer de nuevo en agua y en el Espíritu Santo para ver el reino de Dios”, expuesto por Jesús a Nicodemo (Jn. 3) -, ese nuevo cristiano que se vota, consagra y mancipa, con un compromiso sagrado, al servicio, al nombre, a la esencia vital de la mismísima Trinidad augusta.

En cada bautismo se repite en cierto modo lo que aconteció en el Jordán. Ábrese el cielo, que es la herencia del neófito, el Espíritu se cierne sobre éste, y el Padre celestial le reconoce por hijo suyo, por hermano de Cristo, miembro de su cuerpo, la Iglesia, y coheredero con Cristo de los cielos.

Desde comienzos del siglo II se estableció en torno del 6 de enero la festividad de la triple “manifestación de Dios”, en el Nacimiento del Salvador, en la Adoración de los Magos y en el Bautismo de Jesús en el Jordán. Cuando la fiesta romana de la Navidad se impuso en el Oriente, la liturgia de la Epifanía substituyó la conmemoración del Nacimiento del Salvador por la primera “manifestación de Dios” en otro orden de testimonios divinos: los milagros; y escogió el primero de ellos: el de las bodas de Caná. Al introducirse, relativamente tardía, la octava de Epifanía, se reservó para el día octavo la conmemoración del susodicho bautismo de Jesús.

Los herejes gnósticos, con Cerinto a su cabeza, ya desde los días de San Juan Evangelista, propugnaron que Jesús no era el Mesías ni el verdadero Hijo de Dios. Según ellos, Jesús era hijo de José y María. Al ser bautizado en el Jordán, una virtud del Dios supremo descendió sobre Él y permaneció en Él hasta la pasión exclusive. Semejante entidad divina era el Eón Cristo. Por su unión con ella, Jesús se transformó en Jesucristo. Con esto, si se admitía cierta mesianidad de Jesús, se negaba la identidad personal entre Jesús y Cristo. San Juan, no contento con afirmar esta identidad personal, añade que Jesús era no sólo Mesías, sino también Hijo de Dios.

Contra la ruidosa pompa de esta celebración herética clamaban las palabras del discípulo del amor: Jesucristo es el que vino por el agua y por la sangre (1 Jn. 5,6), es decir, en calidad de redentor y de Hijo de Dios, no solamente en las aguas del Jordán, sino en la cruz, derramando la sangre de su cuerpo tomado en la encarnación misma, cuyo espectáculo arrancó a los circunstantes aquel grito: ¡En verdad era el Hijo de Dios! Dos actos exteriores, dos hechos históricos harto significativos, que marcan el comienzo y el final oficiales de su ministerio propiamente dicho, que era establecer el reino de Dios.

En la misma Roma antigua, menos accesible a las exaltaciones místicas del Oriente, se administraba también el bautismo solemne en aquella celebridad de las “Santas Lumbreras” – in Sancta Lumina -, puesto que el bautismo es la iluminación sobrenatural del alma.

Por decreto de la Sagrada Congregación de Ritos de 23 de marzo de 1955, una vez suprimida la octava de la Epifanía, el día 13 de enero se hace conmemoración del bautismo de nuestro Señor Jesucristo, con rito doble mayor; el oficio y la misa se dicen como ahora están en la octava de la Epifanía. (AAS 4 [l955] p.218ss n.16).

ANDRÉS CAIMARI

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261. Cuando se dice que algo tiene «espíritu», esto suele indicar unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria. Una evangelización con espíritu es muy diferente de un conjunto de tareas vividas como una obligación pesada que simplemente se tolera, o se sobrelleva como algo que contradice las propias inclinaciones y deseos. ¡Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa! Pero sé que ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu. En definitiva, una evangelización con espíritu es una evangelización con Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora. Antes de proponeros algunas motivaciones y sugerencias espirituales, invoco una vez más al Espíritu Santo; le ruego que venga a renovar, a sacudir, a impulsar a la Iglesia en una audaz salida fuera de sí para evangelizar a todos los pueblos.

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1.- Él os bautizará con Espíritu Santo. En tiempos de Jesús el bautismo era siempre una decisión personal, que suponía un propósito claro y público de conversión y de entrega absoluta al Señor. Lo que más podría parecerse al bautismo de niños que hacemos ahora los cristianos, salvando lógicas diferencias teológicas y culturales, era el rito de la circuncisión. Mediante la circuncisión los padres del niño querían dejar muy claro que su hijo comenzaba a formar parte y a ser miembro activo de la religión judía y del pueblo judío. Todos los niños judíos eran circuncidados, pero sólo algunos, libre y voluntariamente, se bautizaban cuando ya eran mayores. A Jesús de Nazaret, según los evangelios, sus padres le hicieron circuncidar a los ocho días de nacer, pero él no decidió bautizarse hasta los treinta años. Es decir, que en tiempos de Jesús, el bautismo era siempre un bautismo de adultos. ¿Qué quiero decir, o mejor, sugerir, con todo esto? Que también en nuestro tiempo, tan amante de la libertad individual, debemos hacer de nuestro bautismo una decisión personal. ¿Cómo y cuándo? En el momento de recibir el sacramento de la Confirmación. En el momento de la Confirmación nuestros jóvenes deben decidir, libre y voluntariamente, si quieren vivir según el espíritu de Cristo, es decir, si quieren recibir el Espíritu Santo y vivir como auténticos cristianos. Nuestros jóvenes deben entender que cuando sus padres les bautizaron les hicieron miembros de la Iglesia Católica y partícipes de la plena gracia de Dios. Pero ahora, cuando ya son adultos, son ellos los que deben decidir si quieren vivir, o no, como personas bautizadas, es decir, llenas del Espíritu Santo. Esto deben expresarlo en el momento de la Confirmación.

2.- Tú eres mi Hijo amado, mi preferido. En nuestras relaciones con Dios, siempre es Dios quien nos lleva la delantera. No comenzamos a ser hijos de Dios cuando nosotros decidimos serlo, sino cuando Dios nos hace hijos suyos. Jesús de Nazaret no comenzó a ser Hijo amado de Dios cuando se bautizó, sino que, en el momento del bautismo, es Dios quien le dice que es su Hijo amado, desde siempre. La voz de Dios, la teofanía de Dios, iba dirigida preferentemente a los discípulos de Jesús. Los discípulos de Jesús debían saber que su Maestro era el Hijo amado de Dios, su preferido. Es decir, que debían escucharle y seguirle como a la palabra de Dios.

3.- Sobre él he puesto mi espíritu. En este texto del profeta Isaías está anunciado proféticamente cuál es el espíritu que llenará y guiará la vida del Mesías. Será un espíritu manso y fuerte a la vez, justo y misericordioso, luz y guía de los pueblos. Su misión será promover la justicia y el derecho, acordándose siempre de los últimos y de los más débiles. En Jesús de Nazaret se hará realidad este texto, cuando Jesús instaure en la tierra el reino de Dios. Nuestra misión, como cristianos, es luchar con todas nuestras fuerzas para que este reino de Dios, anunciado por Jesús, se haga realidad en el mundo en el que nosotros vivimos.

4.- El Señor bendice a su pueblo con la paz. La paz de la que habla hoy el salmo responsorial es “la paz que nos traería Jesucristo”, como se nos dice en el texto de los Hechos de los Apóstoles que leemos hoy. Esta es la paz que predicó Jesús de Nazaret, “ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”. Este puede ser un buen propósito final para terminar este tiempo litúrgico de Navidad: trabajar por la paz y la justicia, haciendo siempre el bien y tratando de ayudar a todas las personas que, por las causas que sea, se sienten oprimidos por el diablo, es decir, por las fuerzas del mal. Que el Señor nos bendiga todos con la paz.

Gabriel González del Estal

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Y decía: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo, y yo no soy digno de agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará en el Espíritu Santo». Por aquellos días Jesús vino desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. En el momento en que salía del agua, vio los cielos abiertos y al Espíritu Santo como una paloma bajando sobre él, y se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi hijo amado, mi predilecto».

Mc 1, 7-11

 

Comentario al evangelio

Al ser bautizado de niño tus padres y toda la Iglesia quisieron darte el mejor tesoro que poseían: ser hijo de Dios a imagen de Jesús. Tus padres fueron los que te llevaron a la iglesia, te presentaron a otros creyentes y en tu nombre confesaron la fe.

El bautismo es el primer sacramento de la iniciación cristiana. “Bautizar” significa “sumergir” en el agua. Quien recibe el bautismo es sumergido en la Muerte de Cristoy resucita con él como una nueva criatura. Hacerse mayor también implica acoger cada vez más el don de la fe y aceptar voluntariamen- te los compromisos bautismales que tus padres y padrinos tomaron en tu nombre. Con la gracia del Espíritu Santo puedes llegar a ser un verdadero testigo del Señor, en la Iglesia y en el mundo, acompañado de la gran familia de los cristianos.

Jesús eligió ser bautizado como uno de nosotros. Esto nos debe hacernos muy conscientes de lo importante que es el estar bautizados. Por esta razón debemos vivir la vida como bautizados, como miembros de la Iglesia y como colaboradores de la misión que Jesús nos ha pedido a los bautizados: que les contemos a todas las personas que podamos, a cuantas más mejor, que merece la pena vivir en amistad con Jesús, que puede ser nuestro gran amigo y que eso es ser cristiano.

 

Para hacer vida el Evangelio

• Pregunta en tu casa todo lo que puedas sobre el día de tu bautizo (fotos, fecha, personas que estuvieron…)

• ¿Qué crees que supone para ti estar bautizado? ¿Cómo quiere Jesús que seamos todos los bautizados?

• Escribe un compromiso que te ayude a vivir como cristiano todos los días y a todas horas.

 

Oración

Gracias, Señor, por hacerme hijo tuyo.
Gracias por hacerme miembro de tu Iglesia.
No dejes que olvide que estar bautizado
me debe llevar a corresponderte,
porque toda mi existencia tiene como objetivo
llevar a plenitud la vida de gracia que recibí en el Bautismo.
El Bautismo no sólo me hace hijo de Dios

y me une a Jesucristo en la Iglesia,
sino que me lanza como testigo
y apóstol de tu Reino.

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