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Archive for 7/01/18

EL BAUTISMO DEL SEÑOR. (FIESTA)

II VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: PORQUE EL BAUTISMO HOY EMPIEZA

Porque el bautismo hoy empieza
y él lo quiere inaugurar,
hoy se ha venido a lavar
el Autor de la limpieza.

Aunque es santo y redentor,
nos da ejemplo singular:
se quiere hoy purificar
como cualquier pecador.

Aunque él mismo es la Hermosura
y no hay hermosura par,
hoy quiere al agua bajar
y hermosear nuestra basura.

Nadie lo hubiera pensado:
vino el pecado a quitar,
y se hace ahora pasar
por pecador y pecado.

Gracias, Bondad y Belleza,
pues te quisiste humillar
y no te pesó lavar
tu santidad y pureza. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Se oyó una voz que venía del cielo y se oyó la voz del Padre: «Éste es mi hijo amado, en quien tengo mis complacencias, escuchadlo.»

Salmo 109, 1-5. 7 – EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.

En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Se oyó una voz que venía del cielo y se oyó la voz del Padre: «Éste es mi hijo amado, en quien tengo mis complacencias, escuchadlo.»

Ant 2. En el río Jordán aplastó nuestro Salvador la cabeza del antiguo dragón y nos libró a todos de su esclavitud.

Salmo 111- FELICIDAD DEL JUSTO

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. En el río Jordán aplastó nuestro Salvador la cabeza del antiguo dragón y nos libró a todos de su esclavitud.

Ant 3. Hoy se nos revela un gran misterio, porque el Creador del universo nos purifica de nuestros pecados en el Jordán.

Cántico: CANTO DE LOS VENCEDORES Ap 15, 3-4

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Hoy se nos revela un gran misterio, porque el Creador del universo nos purifica de nuestros pecados en el Jordán.

LECTURA BREVE   Hch 10, 37-38

Vosotros sabéis lo acaecido en toda Judea: cómo Jesús de Nazaret empezó su actividad por Galilea después del Bautismo predicado por Juan; cómo Dios lo ungió con poder del Espíritu Santo; cómo pasó haciendo el bien y devolviendo la salud a todos los que estaban esclavizados por el demonio, porque Dios estaba con él.

RESPONSORIO BREVE

V. Éste es el que vino por el agua y por la sangre.
R. Éste es el que vino por el agua y por la sangre.

V. Jesucristo, nuestro Señor.
R. Es el que vino por el agua y por la sangre.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Éste es el que vino por el agua y por la sangre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Cristo Jesús nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y nos ha hecho sacerdotes de Dios, su Padre; a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cristo Jesús nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y nos ha hecho sacerdotes de Dios, su Padre; a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.

PRECES

Roguemos a nuestro Redentor, bautizado por Juan en el Jordán, y supliquémosle, diciendo:

Envía, Señor, tu Espíritu sobre nosotros.

Cristo, siervo de Dios, en quien el Padre tiene todo su gozo,
envía tu Espíritu sobre nosotros.

Cristo, elegido de Dios, tú que no rompiste la caña resquebrajada ni apagaste la mecha humeante,
compadécete de cuantos te buscan con sinceridad.

Cristo, Hijo de Dios, a quien el Padre ha elegido como nueva alianza del pueblo y luz de las naciones,
abre por el bautismo los ojos de los que no ven.

Cristo, salvador de los hombres, a quien el Padre ungió con el Espíritu Santo y envió para salvación del mundo,
haz que todos los hombres te conozcan y crean en ti para que así obtengan la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo, esperanza nuestra, que llevas la luz de la salvación a los pueblos que yacen en las tinieblas de la ignorancia,
recibe en tu reino a nuestros difuntos.

Ya que somos la familia de Dios, digamos con grande confianza a nuestro Padre del cielo:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que proclamaste solemnemente a Cristo como tu Hijo amado, cuando era bautizado en el Jordán y descendía el Espíritu Santo sobre él, concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, que se conserven siempre dignos de tu complacencia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Querido amigo: Han pasado ya todas las fiestas de Navidad y antes de entrar en el tiempo ordinario la Iglesia nos regala el relato del bautismo del Señor. Y lo hace a través del Evangelio de Marcos. Vamos a darle lectura para ver lo que el Señor nos quiere decir y cómo podemos entablar una relación profunda con Él. En Marcos 1, 7-11 dice así:

En aquel tiempo proclamaba Juan: “Detrás de mí viene el que puede más que yo y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo”. Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia Él, como una paloma. Se oyó una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo amado. Tú eres mi predilecto”.

Mc 1, 7-11

Éste es el texto que nos dice Marcos escuetamente, sin detalles casi, del bautismo de Jesús. Vamos a meternos en la escena y estamos ahí en el Jordán y estamos viendo cómo Juan está bautizando y de pronto viene Jesús. Vendría ya de su etapa de desierto, quiere entrar en la vida pública y viene como uno más entre la multitud a bautizarse, como uno más. Y vemos que, como Él hay un montón de gente ahí, de personas, pero Él quiere estar y quiere comenzar purificándose. Juan, al verle… —¡fijaos qué testigo, qué alegría, qué gozo, cómo le reconocería inmediatamente!— y es cuando al ver a Jesús de Nazaret, que venía de Galilea para que Juan le bautizara se dio cuenta de que era Él. Pero antes decía: mirad, yo no soy el que bautizo, yo no soy el que proclamo, yo no soy… Porque mirad, yo bautizo con agua y ese bautismo es un bautismo externo, no profundo, no de restauración espiritual. Pero detrás de mí viene Otro que yo ni merezco agacharme para desatar las sandalias. Este oficio que hacían los esclavos, él dice que ni era digno para eso. Y él dice que al ver a Jesús él se sobrecoge y se da cuenta de que se pone en oración y se deja bautizar. Y que apenas sale del agua, vio como una paloma, que sería la forma del Espíritu —ya diremos el significado de la paloma—, y oyó una voz: “Tú eres mi Hijo amado, Tú eres el predilecto”.

¡Qué lecciones tan fuertes nos produce este texto! Estamos ahí atentos a todo lo que ocurre: vemos cómo viene Jesús, cómo se deja bautizar por Juan, la reacción de Juan, cómo se da cuenta de que no vale al lado de Él y cómo oye esa voz que es purificación, que es bautismo, que es fuego. ¡Cuántas veces tendremos que dejarnos bautizar en el agua del Espíritu de Jesús! Tenemos que dejarnos abrasar por su fuego, por su amor, dejarnos limpiar por todo y renovarnos, porque Él enviará su Espíritu y renovará todo lo que encuentre en la tierra. Decía el apóstol San Pablo “revestíos del Señor”. Y cómo Juan ha tenido un lenguaje duro… Pero Jesús viene a proclamar otra cosa. Aunque no entienda por qué me vas a bautizar, él no entienda, ve cómo rápidamente aparece esa voz y vio al Espíritu de Dios, esa paloma que es signo de paz, de sencillez, de amor, de fecundidad, de optimismo. Esa paloma habló: “Éste es mi Hijo, el amado.” Esa voz tan profunda…

Qué lecciones tan fuertes nos dice este texto: no impedir el Espíritu de Dios en mí. Juan lo impedía porque no lo entendía. Y aunque no entienda, aunque no sienta, dejarme bautizar. Vamos a decirle al Señor, querido amigo, ahí, y nos metemos con Él en las aguas del Jordán, en las aguas de su corazón, y le decimos que nos amolde a Él, que nos limpie, que nos quite todo eso. Y le decimos que también somos hijos de Él, y que preferimos que nos bautice, y preferimos que nos limpie.

¡Qué bonita es esta segunda epifanía del Señor! Más bien que epifanía, teofanía del Señor. Qué profundidad tiene cada palabra: bautismo, Hijo, Juan, Jesús, Espíritu… ¡Tantas cosas tenemos que purificar! ¡Tantas cosas, tantas actitudes tenemos que meter en el bautismo del agua de Jesús! ¡Tantas palabras tan poco de Dios! ¡Tantos testimonios tan flojos de Dios, que no proclamamos ni la Buena Noticia, ni nada!

Querido amigo, hoy, día de la purificación, día del bautismo, día de revisar tu vida y la mía, personal y con quien convivo, porque tenemos que proclamar como Juan “Éste es Jesús”. Pero tenemos que proclamar su espíritu, su luz, su fuerza. Si el Señor es fuente y es agua y es fuente de salvación es gozo. “Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación”.

Querido amigo, te invito y me invito a un cambio radical de vida, a un pasar de la flojedad, del anonimato, de mis cosas… a implicarme en una renovación, en un cambio de actitudes. Y también te invito a sentirte, como yo, hijos muy amados de Dios, que siempre está a nuestro lado. Vamos a mojarnos ahí, vamos a quemarnos en ese fuego, vamos a limpiarnos en el agua del Jordán del amor de Dios, vamos a mojarnos. Renueva, Señor, mi vida, mis cosas, todo. Es el momento de renovar mis compromisos bautismales. Y aunque no recordemos nuestro bautismo, hemos asistido a muchos bautizos y tenemos todo ahí. La fiesta del bautismo es una fiesta de alegría, porque dejamos de ser lo que somos para ser de Dios. Pues alimentados de todos estos dones que nos da este texto, humildemente, dejémonos mojar, dejémonos bautizar por el Señor y ahí, en ese bautismo de nuestra vida, empezar nuestro camino de gozo, de alegría, para sentirnos hijos muy amados de Dios. “Tú eres mi Hijo amado, eres mi predilecto”.

Francisca Sierra Gómez

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El relato del Bautismo de Jesús por Juan, cual lo tenemos en Marcos, es sobrio en extremo. Se dejan de lado todos los elementos no esenciales. Se da importancia tan sólo al hecho de que Jesús vino de Nazaret, de Galilea, y que fue bautizado. El por qué y el cómo no quedan ni siquiera mencionados. Jesús queda identificado por su lugar de nacimiento como un hombre definido, que ha existido históricamente, y a propósito de este Jesús histórico quedan por voz de Dios expresadas estas palabras que no tienen precedente: “Tú eres mi Hijo amado”. Y esta escena de revelación queda expresada en el lenguaje simbólico del Antiguo Testamento: la apertura de los cielos. La expresión exacta es:”se han roto los cielos”, lo cual alude directamente a la profecía de Isaías 63, 19, que tantas veces hemos escuchado en la Liturgia de Adviento: “Ah! Si rompieses los cielos y descendieses…” Este descenso de Dios se h realizado ahora en forma del Espíritu que desciende sobre Jesús.

La segunda lectura tomada de la Primera Carta de Juan conjuga diversas referencias al agua. Cuando dice que Jesús vino “en el agua , la sangre y el Espíritu, se refiere al agua en la que fue bautizado Jesús, asi como al agua de la fe de que hablaba Jesús cuando decía “venid a mi cuantos estáis sedientos y yo os daré agua viva”, palabras que constituyen una clara alusión al texto de Isaías que escuchábamos en la primera lectura de este día: “Venid al agua cuantos estáis sedientos, venid aun cuando no tengáis con que pagarla”. Y Juan se refiere asimismo al agua que brotó junto con la sangre del costado abierto de Jesús crucificado.

El rito del bautismo era una rito de conversión. El Evangelio nos dice que gentes de todas clases bajaban de Jerusalén para ser bautizadas por Juan. En este sentido, cuando viene también Jesús desde Galilea para ser bautizado, se identifica a si mismo con la multitud de pecadores que precisan de conversión, conduciéndonos a todos nosotros al arrepentimiento y a la conversión.

Y por lo que a la expresión del Padre – “Tú eres mi hijo amado en quien tengo yo todo mi gozo” – se refiere, no cabe duda de que alude a la profecía de Isaías 42, 1: “He aquí a mi siervo, a mi escogido, en quien mi alma tiene su gozo”

Preciso es que prestemos atención asimismo a las palabras de Juan Bautista cuando dice éste:”Hay algo que viene tras de mi, alguien que es más poderoso que yo…Yo os he bautizado con agua. Él os bautizará con el Espíritu Santo”. La expresión “Hay alguien que viene tras de mi” es una clara indicación de que Jesús no sólo vino para ser bautizado por Juan, sino que durante algún tiempo fue discípulo suyo. Lo cual es de suma importancia para nosotros, monjes y monjas, toda vez que, al seguir a Juan y ser bautizado por él, hacía Jesús suyo el movimiento ascético y monástico al que pertenecía Juan. Y tanto más cuanto que podemos considerar este momento del bautismo de Jesús como el comienzo rea de la vida monástica cristiana. Los ascetas y monjes de la primitiva Iglesia proseguirán en sus vidas cristianas este movimiento asumido y transformado por Jesús. Es esta transformación lo que significa el bautismo en el Espíritu Santo.

El profeta Ezequiel había previsto los tiempos últimos de la historia, cuando el Espíritu de Dios había de unir a los seres humanos en una comunidad perdurable: “os rociaré con agua pura y quedaréis purificados. Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo y haré que os conduzcáis según mis preceptos…Seréis vosotros mi pueblo y yo seré vuestro Dios” (Ez 36, 25-29).

Éste es el Espíritu que hemos recibido en el día de nuestro Bautismo y de nuestra Confirmación…el Espíritu que nos puede transformar en una comunidad de amor que sea testigo del amor de Cristo para la humanidad y el mismo Espíritu que hace de todos los creyentes esa comunidad tan extensa y bella que llamamos Iglesia.

A. Veilleux

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Bautismo del Señor

Para entender este evangelio, lo primero que se ha de tener presente es la diferencia que hay entre el “rito” y el “símbolo”. Porque no es lo mismo vivir el bautismo como un rito o vivirlo como un símbolo. Un rito (religioso) es un conjunto de normas (gestos y palabras) a las que se atribuye un efecto benéfico determinado, por ejemplo, santiguarse. Un símbolo es la expresión de una experiencia, por ejemplo un abrazo, un beso, una mirada (de cariño, de odio, de indiferencia…). Un rito, por sí solo, tranquiliza la conciencia, pero no cambia la conducta. Un símbolo, que se vive sinceramente, aumenta el cariño o el odio según los casos. El bautismo, que realizaba Juan Bautista no parece que tuviera algo que ver con el perdón de los pecados. El bautismo de Juan consistía en una inmersión en el agua, que no era un baño de purificación, sino el símbolo de uno que se hunde en las aguas de la muerte y surge de ellas para llevar una vida nueva, es decir, vivir de otra manera. Aquel bautismo era el símbolo de un cambio de vida. El que era bautizado es como si naciera otra vez, para emprender una vida distinta.

Jesús acude a donde estaba Juan, se pone en la fila de los pecadores, los que se veían necesitados de un cambio de vida, los que quizá pensaban que tenían que nacer de nuevo. Jesús hizo esto como uno de tantos. Él no hacía teatro, ni representaba un papel del que no estaba convencido. Jesús se fue de Nazaret persuadido de que tenía que emprender una vida distinta.

Zambullirse en el agua y salir de nuevo simboliza hundirse en la muerte y renacer a la vida. Jesús abandonó su pueblo, su casa, su familia. Se quedó solo. Y emprendió una forma de vivir y hablar que le llevó al conflicto, al juicio, la condena y la muerte. Se “auto-estigmatizó”. Y así nos dijo cómo podemos renovar esta Iglesia y este mundo.

José María Castillo

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El encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva

264. La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más. Pero ¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer? Si no sentimos el intenso deseo de comunicarlo, necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos. Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial. Puestos ante Él con el corazón abierto, dejando que Él nos contemple, reconocemos esa mirada de amor que descubrió Natanael el día que Jesús se hizo presente y le dijo: «Cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1,48). ¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva! Entonces, lo que ocurre es que, en definitiva, «lo que hemos visto y oído es lo que anunciamos» (1 Jn 1,3). La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez. Para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás.

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Lectio: Domingo, 7 Enero, 2018

Inmersos en Cristo,
conscientes del don recibido,
enviados en el mundo
Marcos 1, 7-11

1. Oración inicial

Espíritu Santo que aleteabas en las aguas de la creación y has guiado los pasos de Moisés en el desierto, ven hoy sobre nosotros y sumérgenos en tí, para que nuestros pasos y sentimientos sean orientados hacia Cristo, en la escucha de su Palabra.
Mora en nosotros, Espíritu del Padre, y guíanos a la verdad de nosotros mismos y al conocimiento del Hijo de Dios que nos redime y y nos hace ser una sola cosa con él, para que en nosotros pueda también el Padre complacerse.

2. El Evangelio

a) Una clave de lectura:

También Cristo, en su humano caminar, ha debido tomar gradualmente conciencia de su propia identidad y del papel confiado por el Padre dentro de la historia humana.
El acontecimiento del bautismo en el Jordán indica esta toma de conciencia y proyecta a Jesús más allá de los confines de la propia tierra, la Galilea, a una misión de confines universales y en una dimensión de compartir la condición humana hasta lo inimaginable para él y sus profetas: es Dios mismo el que “desciende” junto al hombre, aún conociendo sus debilidades, para hacerlo “subir” hacia el Padre y darle acceso a la comunión con El. La “complacencia” del Padre que Jesús recibe en el Espíritu Santo lo acompañará siempre en el caminar terreno, haciéndolo constantemente consciente del amor gozoso de Áquel que lo ha enviado al mundo.

Marcos 1, 7-11b) El texto:

Juan proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»
Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.»

3. Un espacio de silencio

interno y externo, para abrir el corazón y dar espacio para que la Palabra de Dios venga a nosotros.

4. La Palabra que se nos ha dado

• El bautismo: los ritos de purificación mediante baños o abluciones eran frecuentemente usados en el hebraísmo de la época de Jesús (cfr Mc 7, 1-4), también entre los esenios del Qumran, como práctica cotidiana.
La palabra bautismo indica un baño, una inmersión completa en el agua, y deriva del verbo baptizare, poco usado en el Antiguo Testamento griego a causa de la forma negativa de su significado: sumergir, hundir, aniquilar (anegando o hundiendo en el agua).
Esta acepción negativa solo falta en 2Re 5, 14: la curación de Naamán, obtenida por una serie de baños en el Jordán practicados por orden de Eliseo. De aquí deriva el uso positivo en las épocas siguientes.

El bautismo de Juan: caracteriza toda su actividad ( de modo que llega a ser su nombre: cfr Mc 1,4) y vuelve a tomar las prácticas existentes, introduciendo algunas novedades. Juan hace su trabajo en un lugar impreciso a lo largo del Jordán y confiere el bautismo en el agua corriente del río, no en locales a propósito y en aguas preparadas para el rito. La conversión y la penitencia pedidas por él (Mc 1,4) miran más al plano moral que al ritual (cfr Lc 3,8) y el rito indicado de tal cambio existencial (baño y confesión de los pecados) sucedía una sola vez en la vida. Además, Juan dice claramente que su bautismo es sólo preparación de un suceso purificatorio más radical y directamente conectado al juicio final de Dios: el “bautismo en el espíritu” y en “el fuego” (cfr Mc 1, 7-8; Mt 11-12).
El pueblo de la Judea y de Jerusalén acoge ampliamente la predicación de Juan, en tal forma que fueron gran número los que se acercaban a él para obtener el bautismo (Mc 1, 5) como incluso narra Flavio Josefo: es la realización evidente de la palabra profética citada por Mc 1, 2-3.

Jesús y Juan en el Jordán: Juan sabe muy bien que no es el Mesías y de que es muy inferior a él en dignidad, aun siendo llamado a prepararle la venida, ya inminente (Mc 1,7-8). Todos los evangelios refieren este conocimiento, subrayada aquí por el uso del verbo en pretérito para el proprio bautismo y en futuro para el bautismo del Mesías. Esto refleja la preocupación (típica de las primeras comunidades cristianas) de mostrar la superioridad del bautismo cristiano al bautismo de Juan, al mismo tiempo que la preeminencia de Jesús el Cristo sobre Juan el Bautista (cfr Mt 3, 14; Jn 1,26,34).
Marcos sintetiza al máximo la predicación de Juan; en particular, omite lo que se refiere al divino juicio final (cfr Mc 1, 7; Mt 3, 10-12), con el fin de poner en mayor relieve la predicación de Jesús.

El bautismo en el Espíritu: es el bautismo escatológico ya prometido por los profetas (cfr Jn 3, 1-5), ligado al fuego del juicio y también bajo forma de aspersión (cfr Ez 36. 25). Jesús lo recibe inmediatamente después y su bautismo será origen y modelo del bautismo de los cristianos. Por tanto, la comunidad cristiana se funda sobre el don del Espíritu Santo.

Jesús viene de Nazaret: Jesús sobresale en medio de la gran muchedumbre de penitentes judíos ( cfr Mc 1,5), porque proviene de una zona a la cual no había llegado nada más que los ecos de la predicación penitencial del Bautista, la Galilea (Mc 1,9). Este es un lugar importante para Marcos: Jesús inicia allí su actividad y allí es bien acogido; después de la Pascua, es allí donde los discípulos se reunirán (16,7) y lo entenderán plenamente y es desde allí de donde saldrán para la misión (16,20).
A la luz de lo que dirá después la voz celestial, Jesús no es sólo “más fuerte” que Juan, sino que tiene una naturaleza muy superior a él. Y sin embargo él ha descendido entre aquéllos que se reconocen pecadores, sin tener ninguna disminución de la propia dignidad (cfr Fil 2, 6-7): es “la luz que brilla en las tinieblas” (cfr Jn 1,5).
El segundo evangelio no trae los motivos por los cuales Jesús va a recibir el bautismo de penitencia, aunque el acontecimiento es uno de los más esperados históricamente entre los narrados en los evangelios: al evangelista le interesa primariamente la revelación divina que sigue al bautismo de Jesús.

Vio que los cielos se rasgaban: no es una especie de revelación reservada a Jesús. Los cielos, literalmente, “se rasgan” oyendo la invocación de Isaías: “Si tú rasgaras los cielos y descendieras” (Is 63, 19b). Se abre así una fase del todo nueva en la comunicación entre Dios y los hombres, después de un tiempo de separación: esta nueva relación se confirma y llega a ser definitiva con la muerte redentora de Cristo, en cuyo momento “se rasgó” el velo del Templo (cfr Mc 15,38) como si una mano del cielo la hubiese golpeado. Por lo demás, la Pascua de muerte y resurrección es el “bautismo deseado” de Jesús.(cfr Lc 12,50).

El Espíritu descendió sobre él: Jesús sale del agua del río e inmediatamente después, abiertos los cielos, “desciende” el Espíritu y se posa sobre él. Entre tanto se ha acabado ya el tiempo de la espera del Espíritu y se reabre el camino directo que une a Dios con los hombres. Marco muestra plásticamente que es Jesús el único poseedor del Espíritu que lo consagra Mesías, lo vuelve plenamente consciente de ser el Dios-Hijo, lo habilita y sostiene en la misión querida por el Padre.
El Espíritu, según Marcos, aparece sobre Jesús en figura de una paloma. Esta, ya en la narración referente a Noé, está puesta en relación a las aguas y a la obra de Dios en el mundo (cfr Gn 8,8-12). En otro lugar, la paloma se utiliza como reclamo a la fidelidad y por tanto a la estabilidad del don, por su constancia en retornar al lugar del que sale (cfr. Ct 2,14; Jn 1, 33-34); el Espíritu se posa establemente sobre Jesús y se posesiona de él. En esta frase de Marcos podemos también leer de rebote el “aletear del espíritu de Dios sobre las aguas” de la creación (Gn 1,2); con Jesús comienza verdaderamente una “nueva creación” (cfr Mt19,38; 2Cr 5,17; Gal 6,15).

Una voz que venía de los cielos: con la llegada de Jesús se ha restablecido la comunicación entre Dios y el hombre. Aquí no se trata de la que los rabinos llamaban “hija de la voz”, substitución incompleta de la palabra profética, sino de una comunicación directa entre el Padre y el Hijo.

Vino …se vio descender…se oyó: admiramos la condescendencia de la Trinidad que “se abaja” hacia los hombres: desciende al Jordán en Jesús para recibir el bautismo como tantos pecadores, desciende sobre Jesús en el Espíritu por la autoconciencia y la misión y desciende en la voz del Padre para confirmar la filiación.

“Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”: varios pasajes del Antiguo Testamento pueden ser evocados por Marcos, para subrayar al menos con la alusión la importancia y los diversos valores de las palabras celestes.
Ante todo, se evoca a Isaías 42, 1: “He aquí mi siervo, a quien sostengo yo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él; el dará el derecho a las naciones”; es Jhwh que presenta a su fiel siervo. Aquí, sin embargo, no se usa el título de “siervo”, aunque sí el de “hijo” entrelazando el texto profético con un salmo de investidura real y mesiánica: “El me ha dicho: Tú eres mi Hijo, hoy yo te he engendrado” (Sal 2, 7). El evangelista ( a la par de los otros sinópticos) deja asomar así cual sea su identidad humana-divina y la misión de Jesús.

“Mi Hijo el predilecto“: A la luz de la fe pascual, Marcos no podía ciertamente entender esta revelación como la adopción del hombre Jesús por parte de Dios. La voz del cielo es una confirmación de una especial relación entre Jesús y el Padre. El título de Hijo de Dios es atribuido a Jesús ya en el primer versículo de Marcos y después al término de la pasión, en la declaración del centurión: “Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios” (Mc 1, 1; 15,39), pero aparece frecuentemente en varias formas (cfr 3,11; 5,7; 9,7; 14,61). Para Marcos, el título de “Hijo de Dios” es particularmente relevante para la comprensión de la persona de Jesús y para la plena profesión de la fe, y de tal manera importante, que se convierte después en un nombre atribuido a Jesús por los Cristianos, con el cual ellos tratan de proclamar los elementos esenciales de la propia fe en El. (cfr Rm1,4); el mesías rey, el salvador escatológico, el hombre con una especial relación con la esfera divina, el resucitado de entre los muertos, la segunda persona de la Trinidad.
El hecho de que la voz del cielo lo proclame “el predilecto”, “amadísimo” (como se repetirá en la Transfiguración: 9,7; cfr también 12,6) pone de relieve la relación del todo singular del Padre con Jesús, tan especial, que oscurece todas las demás relaciones de los hombres con Dios, por más privilegiadas que sean. También Isaac, como Jesús es el hijo “único y predilecto” (cfr Gn 22,2) y a quien no se le ahorra la angustia de la muerte violenta (cfr Heb 5,7).

• “En ti me complazco”: estas palabras subrayan la elección mesiánica de Jesús, fruto de una benevolencia del Padre que muestra así su absoluta preferencia hacia el Hijo en el que halla gozo y satisfacción (cfr Is 42,1) mientras, obediente, comienza su misión para llevar los hombres al Padre (cfr Mc 1,38).

5. Algunas preguntas

para orientar la reflexión y la actuacción.

a) También Jesús como nosotros, está viviendo una fase de paso: el paso de la “vida escondida” a la “pública”, nosotros estamos pasando de las fiestas natalicias al trabajo “ordinario”. Éste es el tiempo en el que explicar nuestra misión, que consiste en el quehacer cotidiano (a veces arduo y siempre árido) de expresar en la vida la conciencia de que Dios Hijo está con nosotros como hermano y salvador, repartiendo los dones recibidos en el Bautismo. ¿Soy consciente de la misión que me ha confiado el Padre?¿Consigo expresarla en la vida normal o me limito a esperar las grandes ocasiones? b) El Espíritu revela definitivamente a Jesús su identidad. ¿He tratado de mirarme a mí mismo (identidad, talentos,virtudes, defectos, condición social, etc) a la luz del Espíritu de Áquel que me ha creado? ¿Consigo mirarme dentro en la verdad y sin temor de mis “puntos de sombra”? c) El Bautismo nos ha hecho “hijos de Dios en el Hijo”: la complacencia del Padre está también sobre nosotros y también nosotros somos ya sus “predilectos” (cfr Jn 2,7; 3,2.21; etc.). ¿Soy consciente del amor con el que el Padre me mira y se relaciona conmigo?¿Sé responder a ello con la simplicidad y la docilidad de Jesús?

d) En nuestra lectura se encuentra una manifestación de la Trinidad en acción: el Espíritu desciende sobre Jesús, el Padre habla al Hijo, abriendo una nueva comunicación con los hombres. ¿Cómo es mi oración? ¿A quien la dirijo normalmente?¿Me acuerdo que también yo vivo “inmerso” en la Trinidad y que también para mí se han “rasgado” los cielos?

6. Salmo 20

Rezamos el Salmo con la conciencia de ser predilectos de Dios y acompañados por Él siempre con gran ternura

¡Yahvé te responda el día de la angustia,
protéjate el nombre del Dios de Jacob!
Te envíe socorro desde su santuario,
sea tu apoyo desde Sión.
Tenga en cuenta todas tus ofrendas,
encuentre sabroso tu holocausto;
colme todos tus deseos,
cumpla todos tus proyectos.
¡Nosotros aclamaremos tu victoria,
celebraremos alegres el nombre de nuestro Dios!
¡Yahvé responderá a todas tus súplicas!
Reconozco ahora que Yahvé
dará la salvación a su ungido;
le responderá desde su santo cielo
con proezas victoriosas de su diestra.
Unos con los carros, otros con los caballos,
pero nosotros invocamos a Yahvé, nuestro Dios;
ellos se doblegan y caen,
nosotros seguimos en pie.
¡Oh Yahvé, salva al rey,
respóndenos cuando te llamemos!

7. Oración final

El contexto litúrgico no es indiferente para comprender este Evangelio. Tomemos el prefacio para elevar nuestra oración a Dios:

“En el Bautismo de Cristo en el Jordán, oh Padre,
tú has obrado signos prodigiosos
para manifestar el misterio del nuevo lavado (nuestro bautismo);
del cielo has hecho oir tu voz,
para que el mundo creyese que tu Verbo estaba en medio de nosotros;
con el Espíritu que se posaba sobre Él
como paloma, has consagrado a tu Siervo
con unción sacerdotal, profética y real,
para que los hombres reconociesen en Él al Mesías,
enviado a traer a los pobres la alegre noticia”.
Concédenos darte gracias y glorificarte
por este don sin medida,
por haber enviado a tu Hijo, nuestro hermano y maestro.
Haz reposar sobre nosotros tu benévola mirada
concédenos darte gloria en nuestra acción, por todos los siglos.

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Han puesto palos sobre del altar

Cuando he oído hablar del «pábilo vacilante», mi mirada se ha posado en las velas que estaban sobre el altar. Secundaban bien la idea.

Desde hace tiempo los curas, silenciosamente, han dado un golpe litúrgico haciendo desaparecer las viejas velas y sustituyéndolas por esas otras que pretenden imitarlas: palos tiesos, de un blanco irreal y un poco descolorido, y sobre ellos un pábilo que produce una pálida llamita, color… metálico, alimentada por un pequeño depósito que está dentro de un cilindro de plástico. En cuanto al efecto, son el equivalente a las lámparas de neón.

Sucede, a veces, en el curso de las celebraciones, que aquella llama lánguida exhala el último suspiro y tiene que correr el sacristán, con su paso renqueante, quien, con evidente fatiga e irritación, se pone a maniobrar (el amigo Santiago dice que practica la respiración boca a boca…) intentando hacer funcionar de nuevo aquella especie de vela, y la operación con frecuencia va para largo, con manifiesto solaz de los niños, en particular de los monaguillos, que evidentemente se alegran ante la candela que no quiere saber nada de volverse a encender, a pesar de que se tire del pábilo por el cuello.

Una vez, estando en el primer banco, me pareció ver por el aire un resorte negruzco, que el sacristán buscaba desesperadamente por la alfombra, mientras el celebrante lo miraba con ojos entre indignados y desconsolados.

Lo feo del asunto está en el hecho de que la desaparición de las viejas velas se ha hecho sin oír nuestro parecer, y parece que la operación se ha llevado a cabo en nombre del orden y de la limpieza, y también, por supuesto, de la eficacia.

Una luz fría

Las nuevas velas parecen centinelas empalados y vigilantes: algo frío, artificial, sin un brillo de vida.

Las gloriosas velas de antes olían un poco, especialmente cuando la cera no era de primera clase. Estas huelen, incluso a distancia, a laboratorio farmacéutico.

Por no hablar de las diabluras eléctricas, desplegadas gracias al progreso técnico. En una iglesia de ciudad me quedé pasmado a la vista de la lámpara del sagrario, de tipo futurista: había filamentos que producían un centelleo intermitente. Y me parecía que dentro de aquel trasto rojo estaba metida una lagartija que se agitaba porque se sentía atacada por descargas eléctricas. Una tortura para los ojos.

Y hasta el cirio pascual se ha transformado en una columna lisa blanca, que da la impresión de un bastón para ciegos.

Y después los curas siguen hablándonos de «signos» y acusándonos de que no sabemos leerlos. Alguno defiende que hay que inventar signos nuevos, que sustituyan a los tradicionales, pertenecientes a otro tipo de cultura. Pero si los signos nuevos son esa especie de crepitante llama oxhídrica que despunta de aquellos palos blancos, ¡bah!, dan ganas de pedir: dadnos de nuevo las viejas velas que goteaban.

La vela que se gastaba y producía la llama precisamente consumiéndose gota a gota, ¿no era quizás un signo que todos eran capaces de entender?

¿Y dónde ha ido a parar la idea del calor? No quisiera ser malo: pero las nuevas pseudovelas de neón representan bien el estilo de cierta predicación (obviamente no me refiero a nuestro párroco): algo impersonal, anónimo, intelectualístico, un producto artificial, sin un mínimo de espontaneidad.

La viejas velas producían una luz cálida, familiar, serenante. Las de hoy tienen un no sé que de gélido, me atrevería a decir de fantasmal.

Queridos curas, que incluso viajáis mucho al extranjero: cuando vayáis a la Suiza interior o a Alemania, mirad por favor el lugar que ocupan (también en el ámbito de la casa) las velas en esos países.

Queridos curas, es buena salida denunciar que nuestra fe es como esa del «pábilo vacilante». Pero vosotros, para reanimar esa llama, no habéis encontrado mejor cosa que apagar sobre el altar las viejas, robustas velas. Me diréis que esas son menudencias, cosas secundarias, que los problemas reales son otros y de mayor alcance. Pero para mí queda aún pendiente una pregunta importante: ¿modernidad a toda costa o autenticidad? ¿artificiosidad o naturalidad? ¿plástica religiosa o materia viva? ¿Por dónde empezar?

He divagado y no me arrepiento, y además creo que no he perdido, mientras tanto, el hilo del tema desarrollado por el predicador dominical.

El ha sintetizado el asunto del pábilo vacilante y de la caña cascada que parece que está a punto de romperse, poniéndolo en estos términos: ¿volver a comenzar de cero o partir de eso poco de bueno y de válido que sobrevive? Y si no es el caso -según las indicaciones de Isaías- de demoler todo para proceder a reconstruir todo desde el principio, ¿por dónde comenzar? ¿en qué punto está? ¿cuáles son los muros inestables y cuáles los que ofrecen garantías de seguridad? ¿y todavía se puede hablar de cimientos, o más bien no se pone uno en peligro de levantar una construcción postiza sobre bases frágiles o incluso inexistentes?

Como se ve, una hermosa serie de interrogantes, que revelan todas las trabas y las incertidumbres en que se encuentran los responsables de la comunidad. Dan ganas de decir: asuntos vuestros, allá os las arregléis. Sin embargo son asuntos también nuestros y es oportuno que los veamos juntos (a lo mejor a partir del feo tinglado de las velas jubiladas por la vía rápida, después de un ejercicio ejemplar, que podía haber continuado todavía largo tiempo; e incluyendo también otras cosas que se han liquidado con excesiva precipitación, sin haberse preocupado previamente de reemplazarlas con otra cosa; y tengo que confesar que si los sustitutos son esos chismes que veo sobre el altar, lo menos que se puede decir es que nos encontramos frente a fenómenos de mal gusto, como ese otro de ciertas piezas musicales que han suplantado a los cánticos de antes, que el joven coadjutor ha denunciado como «pasados de moda». Pero me doy cuenta de que estoy divagando otra vez…).

El párroco después ha tocado otros puntos: por ejemplo, ha dejado bien claro cómo el siervo del Señor adopta un estilo de discreción, respeto, delicadeza, pero sin dejar de proclamar «fielmente el derecho».

Ha sobrevolado sobre un detalle, que a mí, sin embargo, me interesa mucho: «no voceará por las calles». Por mi cuenta, sostengo que hoy se habla más de la cuenta en las plazas, y demasiado poco al secreto de lo corazones.

Y pienso también que es una tendencia peligrosa gritar en las plazas sobre ciertos temas, mientras que la voz se hace extremadamente débil -si no muda- cuando se trata de denunciar a tiempo injusticias y crímenes horribles. Y también cuando la condena aparece severa, el blanco es casi siempre el mismo. Sí: existen «dictaduras infames» y otras dictaduras que actúan (y torturan y matan y hacen desaparecer a las personas) por el bien. Y decir que Pedro advierte que «Dios no hace distinciones». Fin del desahogo personal.

Refiriéndose a la frase «no vacilará ni se quebrará», el cura ha hecho públicamente una especie de examen de conciencia personal, reconociéndose culpable en este punto concreto. He apreciado la sinceridad.

Después ha dicho que hoy harían falta siervos del Señor capaces de hacer salir de las innumerables prisiones a hombres que presumen de ser libres.

Comentando la constatación de Pedro, a la que ya he aludido, según el cual «Dios no hace distinciones», se ha atrevido a decir que existe el bien y la verdad también en quien no es muy «practicante» en asunto de religión, pero practica la justicia y la honestidad. Y he podido advertir que algún fiel inoxidable, que tenía al lado, ha arrugado la nariz, una manera enmascarada de expresar desaprobación. Evidentemente, para alguno el sello religioso debería cubrir también los negocios sucios, convirtiéndolos en obras buenas.

Después, hablando de «Jesús de Nazaret que pasó haciendo el bien…», ha dicho que si cada cristiano se contentase con hacer un poco de bien de manera constante y no sólo episódica, habría ya realizado un hermoso programa, de gran utilidad para todos.
Luego, refiriéndose específicamente al bautismo de Jesús, ha precisado que no basta la legitimación de la misión que ha venido de lo alto: «Tú eres mi hijo amado, mi preferido»; es necesario que se dé también una legitimación desde abajo, que además es la nuestra, y que se manifiesta obedeciendo su palabra.

Y, por mi parte, he añadido mentalmente (en la iglesia uno tiene que contentarse con eso) que lo mismo tendría que valer para los curas y para los obispos: hace falta que se dé una autenticación, no sólo desde arriba, sino también desde abajo. No quiero decir que el elegido deba satisfacer nuestros gustos. Sin embargo, la comunidad debería reconocerse también en su pastor.

Finalmente no podía faltar una alusión a nuestro bautismo. Aquí el predicador ha vuelto a proponer una fórmula muy querida para él: «Tenemos que reapropiarnos de nuestro bautismo». Pero he tenido la sensación de que apretaba demasiado el resorte de los compromisos asumidos por los otros, en el caso de los padrinos y de los padres, que hay que asumir cuando uno llega a adulto. Sostengo que no se trata sólo de deberes, y que es necesario reapropiarse también del don, de la dignidad y de la herencia de los hijos.

Pero, quizás, al final me he distraído de nuevo. En parte, porque del altar ha saltado ese dichoso muelle de una de las velas, produciendo el efecto de un minúsculo fuego artificial inmediatamente abortado. Signo de eso en que se ha convertido el bautismo de muchos de nosotros.

De todos modos, me he sorprendido soñando que el sacristán se había ido a hurgar en los grandes armarios y llegaba al presbiterio con una vela vieja, anunciando: «Esta sólo se apaga al final…».

A. Pronzato

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