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Archive for 11/01/18

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: VENGO, SEÑOR, CANSADO.

Vengo, Señor, cansado;
¡cuánta fatiga
van cargando mis hombros
al fin del día!
Dame tu fuerza
y una caricia tuya
para mis penas.

Salí por la mañana
Entre los hombres,
¡y encontré tantos ricos
que estaban pobres!
La tierra llora,
porque sin ti la vida
es poca cosa.

¡Tantos hombres maltrechos,
sin ilusiones!;
en ti buscan asilo
sus manos torpes.
Tu amor amigo,
todo tu santo fuego,
para su frío.

Yo roturé la tierra
y puse trigo;
tú diste el crecimiento
para tus hijos.
Así, en la tarde,
con el cansancio a cuestas,
te alabo, Padre.

Quiero todos los días
salir contigo,
y volver a la tarde
siendo tu amigo.
Volver a casa
y extenderte las manos,
dándote gracias. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

Salmo 29 – ACCIÓN DE GRACIAS POR LA CURACIÓN DE UN ENFERMO EN PELIGRO DE MUERTE

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.

Señor, Dios mío, a ti grité,
y tú me sanaste.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto,
por la mañana, el júbilo.

Yo pensaba muy seguro:
«No vacilaré jamás.»
Tu bondad, Señor, me aseguraba
el honor y la fuerza;
pero escondiste tu rostro,
y quedé desconcertado.

A ti, Señor, llamé,
supliqué a mi Dios:
«¿Qué ganas con mi muerte,
con que yo baje a la fosa?

¿Te va a dar gracias el polvo,
o va a proclamar tu lealtad?
Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.»

Cambiaste mi luto en danzas,
me desataste el sayal y me has vestido de fiesta;
te cantará mi alma sin callarse.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

Ant 2. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Salmo 31 – ACCIÓN DE GRACIAS DE UN PECADOR PERDONADO

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito.

Mientras callé se consumían mis huesos,
rugiendo todo el día,
porque día y noche tu mano
pesaba sobre mí;
mi savia se me había vuelto
un fruto seco.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Por eso, que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará.

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación.

Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir,
fijaré en ti mis ojos.

No seáis irracionales como caballos y mulos,
cuyo brío hay que domar con freno y brida;
si no, no puedes acercarte.

Los malvados sufren muchas penas;
al que confía en el Señor,
la misericordia lo rodea.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor,
aclamadlo, los de corazón sincero.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Ant 3. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

Cántico: EL JUICIO DE DIOS Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

LECTURA BREVE   1Pe 1, 6-9

Saltad de júbilo, aunque de momento tengáis que sufrir un poco en diversas pruebas. Así la pureza de vuestra fe resultará más preciosa que el oro (que, aun después de acrisolado por el fuego, perece) y será para vuestra alabanza y gloria y honor en el día de la manifestación de Jesucristo. A él no lo habéis visto, y lo amáis; en él creéis ahora, aunque no lo veis; y os regocijaréis con un gozo inefable y radiante, al recibir el fruto de vuestra fe, la salud de vuestras almas.

RESPONSORIO BREVE

V. Nos alimentó el Señor con flor de harina.
R. Nos alimentó el Señor con flor de harina.

V. Nos sació con miel silvestre.
R. Con flor de harina.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Nos alimentó el Señor con flor de harina.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro refugio y nuestra fortaleza, y digámosle:

Escucha, Señor, nuestra oración.

Dios de amor que has hecho alianza con tu pueblo,
haz que recordemos siempre tus maravillas.

Que los sacerdotes, Señor, crezcan en la caridad
y que los fieles vivan en la unidad del Espíritu y en el vínculo de la paz.

Que el mundo prospere y avance según tus designios
y que los que lo construyen no trabajen en vano.

Envía, Señor, operarios a tu mies
para que tu nombre sea conocido en el mundo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A nuestros familiares y bienhechores difuntos dales un lugar entre los santos
y haz que nosotros un día nos encontremos con ellos en tu reino.

Ya que por Jesucristo hemos llegado a ser hijos de Dios, nos atrevemos a decir:

Padre nuestro…

ORACION

Tú, Señor, que iluminas la noche y haces que después de las tinieblas amanezca nuevamente la luz, haz que, durante la noche que ahora comienza, nos veamos exentos de toda culpa y que, al clarear el nuevo día, podamos reunirnos otra vez en tu presencia para darte gracias nuevamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

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Lectio: Jueves, 11 Enero, 2018
Tiempo ordinario
 
1) Oración inicial
Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla. Por nuestro Señor. Amen.
 
2) Lectura
Del santo Evangelio según Marcos 1,40-45

Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme.» Enternecido, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio.» Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió al instante prohibiéndole severamente: «Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio.» Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a él de todas partes.
 
3) Reflexión
• Acogiendo y curando al leproso Jesús revela un nuevo rostro de Dios. Un leproso llega cerca de Jesús. Era un excluido, un impuro. Debía vivir alejado. Pero aquel leproso tenía mucho valor. Transgredió las normas de la religión para poder llegar cerca de Jesús. Y grita: “¡Si quieres, puedes limpiarme!” Es decir:“¡No precisas tocarme! Basta que lo quieras para que yo sea curado”. La frase revela dos enfermedades: a) la enfermedad de la lepra que lo hacía impuro; a) la enfermedad de la soledad a la que era condenado por la sociedad y por la religión. Revela al mismo tiempo la gran fe del hombre en el poder de Jesús. Profundamente compadecido, Jesús cura las dos enfermedades. Primero, para curar la soledad, toca al leproso. Y es como si le dijera: “Para mí, tú no eres un excluido. ¡Yo te acojo como hermano!” Enseguida, cura la lepra diciendo: ¡Quiero! ¡Queda limpio! El leproso, para poder entrar en contacto con Jesús, había transgredido las normas de la ley. De la misma forma, Jesús, para poder ayudar a aquel excluido y así revelar un rostro nuevo de Dios, transgredí las normas de su religión y toca al leproso. En aquel tiempo, quien tocara a un leproso, se volvía impuro ante las autoridades religiosas y ante la ley de la época.

• Reintegrar a los excluidos en la convivencia fraterna. Jesús no solamente cura, sino que además quiere que la persona curada pueda convivir de nuevo con los demás. Reintegra a la persona en la convivencia. En aquel tiempo, para que un leproso fuera de nuevo acogido en la comunidad, tenía que tener un certificado firmado por un sacerdote. Es como hoy. El enfermo sale del hospital sólo si tiene un certificado médico firmado por un doctor. Jesús obliga al leproso a que se busque el documento, para que pueda convivir con normalidad. Obliga a las autoridades a que reconozcan que el hombre había sido curado.
• El leproso anuncia el bien que Jesús le hace, y Jesús se vuelve un excluido. Jesús había prohibido al leproso que hablara de la curación. Pero no lo consiguió. El leproso, en cuanto se fue, empezó a divulgar la noticia, de modo que Jesús ya no podía entrar públicamente en el pueblo; tenía que andar por las afueras, en lugares apartados. ¿Por qué? Es que Jesús había tocado a un leproso. Por ello, en la opinión pública de aquel tiempo, Jesús, el mismo, era ahora un impuro y tenía que vivir alejado de todos. No podía entrar en las ciudades. Pero Marcos muestra que al pueblo poco le importaban esas normas oficiales, pues de todas partes llegaban a donde él estaba. ¡Subversión total!
• Resumiendo. Tanto en los años 70, época en la que Marcos escribe, como hoy, época en la que vivimos, era y sigue siendo importante tener delante unos modelos de cómo vivir y anunciar la Buena Nueva de Dios y de cómo evaluar nuestra misión. En los versos de 16 a 45 del primero capítulo de su evangelio, Marcos describe la misión de la comunidad y presenta ocho criterios para que las comunidades de su tiempo pudieran evaluar la misión. He aquí el esquema:
Texto
        Actividade de Jesus
                Objetivo de la mision
Marcos 1,16-20
        Jesús llama a los primeros discípulos
                formar comunidades
Marcos 1,21-22
        La gente queda admirada con su enseñanza
                crear conciencia crítica
Marcos 1,23-28
        Jesús expulsa a un demonio
                luchar en contra del poder del mal
Marcos 1,29-31
        Cura a la suegra de Pedro
                restaurar la vida para el servicio
Marcos 1,32-34
        Cura a enfermos y endemoniados
                acoger a los marginados
Marcos 1,35
        Jesús se levanta pronto para rezar
                permanecer unido al Padre
Marcos 1,36-39
        Jesús sigue anunciando
                no encerrarse en los resultados
Marcos 1,40-45
        Curación de un leproso
                reintegrar a los excluidos
 
4) Para la reflexión personal
• Anunciar la Buena Nueva consiste en dar testimonio de la experiencia concreta que uno tiene de Jesús. El leproso, ¿qué anuncia? Cuenta a los demás el bien que le hizo Jesús. ¡Sólo esto! ¡Todo esto! Y es este testimonio lo que lleva a los demás a aceptar la Buena Nueva de Dios que Jesús nos trae. ¿Qué testimonio doy yo?

• Para llevar la Buena Nueva de Dios a la gente, no hay que tener miedo de transgredir las normas religiosas que son contrarias al proyecto de Dios y que dificultan la comunicación, el diálogo y la vivencia del amor. Aunque esto traiga dificultades para la gente, como se las trajo a Jesús. ¿Tuve este valor?
 
5) Oración final
Entrad, rindamos homenaje inclinados,

¡arrodillados ante Yahvé que nos creó!
Porque él es nuestro Dios,
nosotros somos su pueblo,
el rebaño de sus pastos. (Sal 95,6-7)

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5 “La catequesis es una educación en la fe de los niños, de los jóvenes y adultos, que comprende especialmente una enseñanza de la doctrina cristiana, dada generalmente de modo orgánico y sistemático con miras a iniciarlos en la plenitud de la vida cristiana” (CT 18).”

 

Puede llamar la atención eso de que se trata de educación en la fe de niños, jóvenes y adultos porque a veces la palabra “catequesis” en nuestros contextos de vieja cristiandad, muy equivocadamente, la hemos reservado exclusivamente para los niños.

La catequización no podemos darla por concluida nunca, el que uno piense que la etapa de catequización es una etapa determinada en la que uno ya la concluye, es un error gravísimo, porque el crecimiento en la fe tiene que ser continuo. Cuando uno es niño cree como niño, cuando es joven como joven, y cuando es adulto como adulto. Si uno no va creciendo en la fe, ocurre que le puede llegar a parecer que los fundamentos que aprendió en la Primera Comunión se le quedan pequeños para poder responder a todo lo que va escuchando día a día.

Es normal que la catequesis tiene que ir progresando: ¿le van a enseñar lo mismo con 6 años que con 25? Pues obviamente es lo mismo pero está explicado al nivel que él necesita en ese momento. La catequesis católica tiene la virtud de enseñar todo a todos, es decir, el niño de Primera Comunión recibe la doctrina entera o debiera recibirla y el joven de confirmación lo mismo y el adulto lo mismo, pero cada uno lo recibe adaptado a su capacidad, es decir, más o menos explicitado. Lo que es un error es decir: “bueno a los niños no les hables de estas cosas, por ejemplo del más allá de la muerte”.

La Iglesia Católica no coge la tijera y quita parte del Evangelio. Explica el Evangelio entero a los niños, a los jóvenes, a los adultos y a los ancianos, pero obviamente desarrollo más o menos; explica todo a todo pero con más profusión o menos.

La fe es una amistad, no un objeto de decoración, un trofeo que se pone en la pared. No es un título que yo lo pongo colgado y me olvido de él, no. Es una amistad y por tanto una amistad tiene que vivirse. Si la amistad no se vive es que la amistad se muere; es algo vivo, no está disecado, la fe no está disecada. Al recibirla de niño, de joven, de adulto, es importante.

Lo primero es convencerse de esta necesidad de continua catequización. Insistir en la importancia de una catequesis continuada a lo largo de toda nuestra vida.

Hay un pasaje del Evangelio que es muy entrañable cuando Jesús después de ser perdido y hallado en el templo dice que bajó con los suyos, bajó a su casa y vivía en obediencia a María y a José: “El niño crecía en estatura, en sabiduría y en gracia ante Dios”.

Hay tres dimensiones de la persona que obviamente no son iguales:

  • En estatura, físicamente crecemos pero al poco tiempo ya decrecemos. Un crece físicamente pero el deterioro o la cuesta abajo en el crecimiento físico viene al pico tiempo. A partir de veinte o treinta años ya no alcanza mejor plenitud física, sino que va cuesta abajo.
  • En sabiduría, psicológicamente el hombre también tiene un crecimiento. Quizás es más continuado que el físico pues uno ya a sus cuarenta o cincuenta años, puede estar también la plenitud psíquica pero vamos que después de sesenta años, uno va perdiendo facultades, reflejos, etc., las va perdiendo. O sea que también hay una inflexión en cuanto al crecimiento físico y en cuanto al crecimiento psicológico.
  • Y sin embargo, en el tercer aspecto, en el crecer en gracia no hay inflexión. Ahí no hay decrecimiento. En la vida espiritual tenemos que estar siempre creciendo y cuanto menos tiempo nos queda para encontrarnos con Dios lo lógico es que estemos más cerca de él, más elevados en la vida espiritual.

Si tuviésemos conciencia de esto no nos sonaría raro la propuesta de que la catequesis sea continuada en nuestra vida. Esto no quieta para que pueda haber personas ancianas que ya no están para poder estudiar o incluso han podido perder facultades de poder leer, e incluso flaquear en su memoria, se les olvidan las oraciones, pero no por eso delante de Dios en su vida espiritual están en decrepitud.

Podemos recordar en este punto la lección que nos dio Juan Pablo II, de alguien que físicamente y psíquicamente hablando, se estaba deteriorando a pasos agigantados, sin embargo, cómo en su testimonio de espíritu nos enseñó, nos dio una lección ante el mundo de cómo morir, cómo entregar la vida, cómo decir en tus manos encomiendo mi espíritu. En la vida espiritual no hay inflexión. Es un continuo crecimiento en el encuentro con Dios.

Obviamente tenemos un reto tremendo en cuanto a la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. Si bien, sería más serio que las iglesias estuviesen llenas de niños y jóvenes que llegados a la adultez, abandonasen la misma. Esto sería más grave.

La fe no es un conjunto armónico y uno no debe acercarse a ella meramente a aprender alguna cosa que le atrae, no es una especie de elección, de cuestiones concretas por las que me siento atraído. La fe es un todo y entonces es importante el conocimiento armónico y sistemático. No es hacer enseñanzas como si de un pequeño escaparate se tratase, esto sí y esto no. No es enseñar determinados pasajes del catecismo que resultan políticamente correctos, que no van a ser cuestionados. Eso es una manipulación. No somos quienes para censurar el catecismo, para decir esto sí y esto no. El catecismo es un todo, un conjunto armónico y sistemático, orgánico. Yo no puede estar como podando o seleccionando.

Nosotros somos depositarios de la fe y cuando transmitimos, lo hacemos con fidelidad. Con miras a que vayamos en pleno crecimiento y al final de nuestra vida posiblemente lleguemos a convencernos de que esas raíces, de que esa columna vertebral, ese tronco que se nos enseñó en el catecismo ha sido lo determinante para nuestra existencia.

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El Tiempo Ordinario ha nacido en la historia y se desarrolla en el tiempo; por tanto es necesaria esta introducción histórica si se quiere conocer su naturaleza íntima. Ciertamente, la historia no es el único ángulo desde el cual se puede conocer, ni siquiera el ángulo más importante; pero es una base sólida que ilumina los restantes aspectos.

Las dos coordenadas de nuestro estudio serán siempre el factor tiempo y el misterio de Cristo. Ver cómo se han relacionado en el pasado para establecer la norma del presente y avanzar hacia el futuro de la plenitud del misterio de Cristo. La reflexión crítica de la fe, dado que se trata de un análisis teológico, debe conducir nuestros pasos.

Tanto en el pasado como en el presente, el año ha sido la unidad de tiempo más constante y definitiva para enmarcar la actividad humana; las otras unidades (la semana y el mes), que tienen también como base el día, reciben su razón de ser en relación con el año. Podríamos decir que el valor del año se basa en su propia entidad natural, porque no es otra cosa que la medida del tiempo con referencia a las leyes de la astronomía, lo cual coincide con una cierta evolución cíclica de la vegetación.

Por esta razón los orígenes del calendario, como medida del tiempo humano, se remontan a la época prehistórica. Nos ayudará en nuestro estudio recordar, aunque sea de un modo muy elemental, de qué manera el hombre se ha situado en relación a la unidad de tiempo en el transcurso de los siglos.

 

Año lunar

Es la medida del tiempo en relación con el movimiento de la Luna alrededor de la tierra. Se regula de acuerdo con las 4 fases mensuales de la Luna. La duración de la lunación natural es fija, pero no corresponde a un número entero de días cósmicos. Los entendidos en estas cuestiones han descubierto que el ciclo de la Luna corresponde exactamente a 29 días, 12 horas, 44 minutos y 28 segundos. Este ciclo de la Luna determinó la sucesión de los meses, y la suma de las 12 lunaciones constituyó el año lunar.

Este cómputo de tiempo referido a la luna es, sin duda, el más antiguo. Es el predilecto del hombre arcaico, porque las fases lunares son más fácilmente observables. Los historiadores de las religiones explican el carácter sagrado que se atribuía a este fenómeno.

 

Año solar

Tiene su fundamento en el movimiento de la Tierra alrededor del Sol. Muy pronto el hombre se dio cuenta, al observar el retorno de las estaciones, de esta unidad de tiempo que es el año solar. Después fue posible precisar que esta unidad constaba de 365,25 días. Este descubrimiento suponía ya un grado de cultura más evolucionado que el de la época pre-agraria anterior. De este modo, a los meses lunares se une el año solar.

El problema que esta doble estructuración del tiempo plantea es que los 12 ciclos anuales de la Luna no se corresponden exactamente con los 365 días de la rotación de la tierra alrededor del Sol. De donde se sigue la dificultad de hacer coincidir el calendario de los meses con el del año, discordancia que hasta el momento presente no ha encontrado una solución satisfactoria.

 

Año judío

No se trata aquí de hacer la historia de todos los calendarios, sino de tener presentes aquellos conocimientos que han de facilitar nuestro estudio del año litúrgico. Por ello sólo hablaremos del año judío y, después, del año romano, porque son los más directamente emparentados con nuestro tema.

El año judío puso su acento en la semana. Recordemos la tradición sacerdotal en la redacción del primer capítulo del libro del Génesis. A pesar de esta referencia a la creación, hoy día se tiene la certeza de que la semana judía primitiva estaba relacionada más directamente con las fases de la Luna, de ritmo septenario.

Hay que advertir igualmente que la agrupación en septenios que aparece en diversas páginas de la sagrada Escritura es de naturaleza litúrgica, ya que aparece en pasajes particularmente relacionados con las fiestas. En efecto, así es como se determina el aspecto religioso del Sabath, o los 7 días de la fiesta de los Azimos, o bien la fiesta de las Semanas, o finalmente la misma fiesta de los Tabernáculos.

El precepto del Sabathque presupone la semana de 7 días, aparece constantemente en las páginas del Pentateuco, y puede afirmarse que es anterior a la semana planetaria de los griegos y de los romanos. Lo que no puede precisarse con facilidad es la fecha de su aparición, aunque se puede afirmar que la semana de 7 días ya era conocida al comienzo de la monarquía de Israel.

En general, y pese a que, según parece, el año solar ya era conocido por los judíos, éstos se regían por el año lunar. En la más remota antigüedad, los judíos empezaban el año entre los actuales septiembre y octubre, en el tiempo que fue llamado posteriormente Tishri (palabra babilónica que significa “comienzo”). Más adelante se impone una nueva tradición, según la cual en los libros de la Escritura se sitúa el comienzo del año en la primavera. Es bien conocido el texto de Exodo donde se establece la ley de la celebración de la Pascua: “este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año”. El nombre de este mes es Abib (mes de las espigas), y es el 7º mes con respecto al cómputo anterior. Después del exilio aparece ese primer mes hebreo con los nombres babilónicos de Kisléu Nisán. Esta duplicidad en el comienzo del año de los hebreos se ha mantenido durante mucho tiempo.

Por influencia profética, el Sabath y las 3 fiestas judías por excelencia reciben una significación netamente religiosa. La Pascua marca el centro del año y en ella prevalece el sentido soteriológico sobre el agrario, típico de la fiesta de los Azimos; Pascua es la fiesta del primer mes. Igualmente, la fiesta del mes 3º y la del mes 7º evolucionarán como fiestas que recuerdan y hacen presente la salvación de Dios. La primera, la fiesta de las cosechas (que se celebra 50 días después de la Pascua), se convertirá en la fiesta de la alianza sinaítica; la otra, la fiesta de la recolección de los frutos del otoño, pasará a ser la fiesta de los tabernáculos.

 

Año romano

Los romanos contaban al principio el tiempo de una forma muy primitiva. Tenían un calendario de 10 meses de 30 ó 31 días. Para la población agrícola el año comenzaba a principios de marzo, lo cual daba como resultado que septiembre, octubre, noviembre y diciembre eran los meses 7º, 8º, 9º y 10º, respectivamente. Indicios de esta forma de nombrar a estos meses se encuentran todavía en la época patrística cristiana.

Fue Julio César el que emprendió la reforma científica del calendario. Estableció el año en 12 meses, con un total de 30 y 31 días cada uno, en meses alternos (excepto febrero, que constaba de 28 días). Cada 4 años este mes de febrero tendría 29 días, porque se duplicaba el día 6º antes del 1º de marzo (es decir, se añadía 1 día cada 4 años), con lo cual se constituía el llamado año bisiesto. Ya el nombre de bisiesto nos indica que se trataba de la repetición del día 6º antes del 1º de marzo; más exactamente el sextus antes de las calendas de marzo. Debe tenerse en cuenta que se había conservado la antigua nomenclatura lunar de las calendas, los idus y nona. Volveremos a encontrar esta forma de nombrar los días en la época cristiana. El nuevo calendario (llamado “juliano”) empezó a usarse en el año 45 a.C.

A pesar de las complicaciones que comportaba, la influencia política de Roma hizo que el nuevo calendario se impusiera en todo Occidente. El calendario cristiano actual nace en relación con el calendario juliano. Prácticamente, la Iglesia latina lo adopta sin cambio hasta el s. XVI.

 

Año gregoriano

La reforma de Julio César se basaba en un cálculo que atribuía al año 365 días y 6 horas. El resultado de este cálculo era que, en realidad, cada año sobraban 11 minutos (la duración exacta del año es de 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos). La suma de estos 11 minutos que sobraban cada año alcanzaba en el s. XVI un total de 10 días.

El Concilio de Trento se ocupó de este asunto, y puso en manos del papa la tarea de encontrar una solución. Fue el papa Gregorio XIII, el año 1582, quien emprendió la reforma del calendario juliano. Para eliminar los 10 días que sobraban, se suprimieron del año mencionado de la reforma; así en el mes de octubre de 1582 se pasó del día 4 al día 15. Y para que esta anomalía no volviera a repetirse, se decretó que los años del principio de cada centuria no fueran bisiestos, excepto en el caso que las 2 primeras cifras fueran divisibles por 4 (así, por ejemplo, el año 1900 no fue bisiesto; pero lo fue en cambio el año 2000).

Desde que en el V Milenio a.C. Egipto ideara un calendario de 12 meses de 30 días, más 5 días cada año, los proyectos se han multiplicado hasta hoy. De todos modos, el año posee una estabilidad casi tan antigua como la humanidad. En la época moderna ha existido la preocupación de conseguir un calendario fijo y perpetuo. A partir del proyecto de 1834 del sacerdote Marco Mastrofini, se ha suscitado un renovado interés para resolver definitivamente esta cuestión. Muchas personas e instituciones se han preocupado de este asunto, que se presentó a la Sociedad de Naciones en 1922 y a la ONU en 1953. Sin embargo, actualmente parece que esta cuestión ha perdido buena parte del interés suscitado.

La Iglesia Católica ha manifestado en el Concilio Vaticano II que no se opondrá al establecimiento de un calendario perpetuo, siempre que se tenga en cuenta la semana de 7 días con el domingo, así como el diálogo ecuménico.

No entramos ahora en el estudio de los innumerables calendarios de Oriente o de otros lugares, ni tampoco en los de las religiones. Sólo hemos intentado presentar las líneas de fuerza que interesan para nuestro propósito. Por esta razón es hora ya de entrar en el aspecto directamente cristiano de la cuestión.

 

Año cristiano

Desde el punto de vista histórico, el año cristiano no ha sido otra cosa que el año romano pero haciendo memoria en su interior de la historia de la salvación. En este último aspecto, el año judío juega un papel muy importante. El anuncio de los hechos salvíficos que contiene ofrece el marco para celebrar el misterio de Cristo, no sólo por la contingencia histórica en la cual se realiza el cristianismo primitivo, en gran parte en el contexto judío, sino por la íntima unión que existe entre la figura y su cumplimiento. El mismo Cristo nos dice que no ha venido a abolir, sino a perfeccionar, a llevar a su término.

Puesto que la Pascua es para el año judío el centro y el puntal de toda la historia salvífica (Pentecostés y Tabernáculos), el acontecimiento pascual se realiza plenamente por Cristo y así inaugura, para nuestro año, la presencia cotidiana, semanal y anual del misterio de Pascua. Desde este punto de vista, el estudio de las fiestas judías ilumina la realidad cristiana.

La manera actual de contar los años en relación con el nacimiento de Cristo no es, ciertamente, muy antigua. Fue en el s. VI cuando la introdujo el monje Dionisio el Exiguo. Su error de cálculo en 4 ó 5 años al establecer el nacimiento de Cristo tiene muy poca importancia. Esta forma de contar los años se impuso muy lentamente. Comenzó a usarla el monje Beda el Venerable (+ 735) en Inglaterra, y hasta el s. X no aparece en las actas reales; no suplanta definitivamente a la antigua hasta el año 1431.

 

Año litúrgico

El análisis histórico precedente nos indica, en parte, el camino que ha seguido la formación del llamado año litúrgico. Como hemos dicho, el año litúrgico supone la celebración del misterio de Cristo en el curso del día, de la semana y del año civil, de acuerdo con la estructura del año judío y siempre en relación con las 2 fiestas centrales de éste: el Sabath semanal y la Pascua anual.

La sucesión de fiestas y de tiempos perfectamente enmarcados en el cuadro de un año no existía en la conciencia de la primitiva comunidad cristiana. Las dos colecciones más antiguas de formularios de la misa de la liturgia romana que poseemos no nos autorizan a suponer una organización de todo el año que sea anterior al s. V:

– el Sacramentario Veronés, que no es anterior al s. V,

– el Sacramentario Gelasiano, que no se constituye hasta el s. VII, a pesar de que recoge materiales anteriores a esta época.

El Sacramentario Gelasiano estructura las fiestas y los tiempos cristianos con más independencia del año civil, y nos ofrece, como su mismo título indica, el Liber sacramentorum romanae ecclesiae ordinis anni circuli. Se trata del primer testimonio de una ordenación completa del año litúrgico, bastante parecida a la nuestra. Es en esta época, con la aparición de los restantes libros litúrgicos, sobre todo leccionarios y Antifonarios de la Misa, cuando se concreta la organización litúrgica del año que nosotros tenemos.

¿Cuáles son, pues, los elementos primitivos? La respuesta es muy sencilla: el domingo y la Pascua.

En el lugar correspondiente veremos cómo estas dos fiestas son de tradición apostólica y constituyen el primer fundamento y el origen de la organización de todo el año litúrgico.

Muy pronto, la gran Vigilia de Pascua se convertirá en el triduo pascual. Este, por su parte, fundamentará una prolongación de la fiesta durante 50 días y creará también un tiempo de preparación. Más adelante, la fiesta de Navidad provocará la aparición de un tiempo de preparación relacionado con ella y con la última venida gloriosa del Señor. La progresiva aparición de las otras fiestas del Señor y de los santos completará el cuadro.

Finalmente, conviene advertir que el mismo nombre de año litúrgico tiene también su propia historia. En los Sermonarios de los Padres de la Iglesia no encontramos la expresión año litúrgico, pero sí su contenido. Por ejemplo en los sermones de San León I o de San Agustín, en su recorrido por las celebraciones litúrgicas del año (obras y auténticas fuentes de primer orden para una teología del año litúrgico). En la piedad de la Edad Media encontramos también obras de espiritualidad que siguen el curso del año litúrgico, como las de Santa Matilde y Santa Gertrudis (obras bastante cercanas a la devotio moderna que de la piedad litúrgica, por cierto).

En el s. XVII, con la obra de Latourneux sobre el año cristiano en 16 volúmenes, comienza a introducirse el nombre año litúrgico. De contenido más espiritualista, la obra Croiset Exercices et piété (en las ediciones posteriores, Année chrétienne) es bien conocida de todos.

El nombre año litúrgico, usado con propiedad, lo encontramos en la obra L’année liturgique-1840 de Dom Guéranger, obra de 15 volúmenes. Los 9 primeros, que llegan hasta el domingo de Pentecostés, son del autor; los restantes de Fustiger. No hace falta indicar que, desde entonces, la expresión año litúrgico aparece en innumerables autores de libros y de artículos y en la documentación oficial de la Iglesia.

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El gusto espiritual de ser pueblo

268. La Palabra de Dios también nos invita a reconocer que somos pueblo: «Vosotros, que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios» (1 Pe 2,10). Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo su amor que nos dignifica y nos sostiene, pero allí mismo, si no somos ciegos, empezamos a percibir que esa mirada de Jesús se amplía y se dirige llena de cariño y de ardor hacia todo su pueblo. Así redescubrimos que Él nos quiere tomar como instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado. Nos toma de en medio del pueblo y nos envía al pueblo, de tal modo que nuestra identidad no se entiende sin esta pertenencia.

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1.- “Dios te ha soñado”. Decimos que la vocación es la respuesta a una llamada que el hombre recibe de parte de Dios. Quien toma la iniciativa es el que llama, el Señor. Esto se observa claramente en la primera lectura donde el “convocado” es un adolescente inexperto que vive en una época en que “era rara la palabra de Yahvé”. Dios se fijó en un muchacho, no en el sacerdote Elí, porque Dios prefiere a los pequeños tal como había cantado Ana, madre de Samuel. La llamada es pura gracia, don que Dios da. Él se fija en ti y te llama por tu nombre como a Samuel. Te está diciendo primero que te ama; después, que cuenta contigo; al fin, pide tu colaboración para que trabajes por el Reino, que ayudes al hermano necesitado, que compartas el dolor del que está enfermo o excluido, que seas instrumento de paz, que hagas de tu profesión un servicio, que proclames con tu vida la Buena Noticia e incluso que lo dejes todo por El. Es hermoso saber que Dios “te ha soñado” desde el principio de una manera, que espera mucho de ti, pero que respeta tu libertad. El sólo quiere que seas feliz haciendo felices a los demás.

2.- Las mediaciones que Dios utiliza. Dios no llama sólo una vez en la vida. Su llamada se mantiene a lo largo de toda tu vida. Te puede llamar también a través de los hermanos. Son las mediaciones que Dios utiliza para darnos a conocer su sueño. Hay vocaciones que han nacido y se han desarrollado a la luz de la realidad que nos interpela y del ejemplo de personas cercanas cuya vida “nos edifica”. Ese, al menos, fue mi caso. Pero sólo oye la voz aquel que está atento, o que busca como los dos discípulos. Es entonces cuando Dios te dice “Ven y verás”. Ellos fueron y vieron donde vivía y se quedaron con él. Fueron unos privilegiados. San Agustín sospecha que la experiencia tuvo que ser maravillosa: “¡Qué día tan feliz y qué noche deliciosa pasaron!, ¿quién podrá decirnos lo que oyeron de boca del Señor? Edifiquemos y levantemos también nosotros una casa en nuestro corazón a donde venga él a hablar con nosotros y a enseñarnos”.

3.- Discernimiento. Tras la llamada hay un discernimiento para aclarar mejor por dónde tenemos que ir. No es fácil, por eso necesitamos como Samuel alguien que nos acompañe. Samuel fue a ver a Elí. Los dos discípulos acudieron a Juan, que les mostró a Jesús “que pasaba”. El paso de Jesús por nuestra propia historia personal no es fácil de apreciar. Muchos como Herodes y el joven rico también se cruzaron con él, pero no fueron capaces de escucharle y de seguirle. Hoy decimos que hay menos vocaciones para la vida religiosa o el sacerdocio. Yo creo que Dios sigue llamando, pero no sabemos escucharle porque hay mucho ruido a nuestro alrededor. Todo lo relacionado con la vocación necesita de mucha oración, reflexión y consejo. No siempre percibimos la Palabra con claridad. En toda vocación hay mucho de búsqueda, pero en muchas ocasiones Dios nos da la luz a través de experiencias y de personas que nos iluminan.

4.- Pide una respuesta generosa. Una vez que sentimos con cierta seguridad que Dios nos llama entra en juego la respuesta por parte del hombre/mujer. Las respuestas de Samuel y de los dos discípulos fueron modélicas: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”, Dios nos invita a experimentar su vida y a gozar de los dones que nos regala. “Fueron, vieron y se quedaron” .¡Qué generosidad y que amor demostraron! No sabían bien lo que implicaba su decisión, pero se han dejado seducir, se han enamorado de Dios. Andrés, uno de los discípulos comunica su alegría a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías” y lo llevó a Jesús. La felicidad que da el sentir la gracia de la llamada y el vivir de cerca la experiencia de Jesucristo te lleva a comunicarlo. Nosotros, que seguimos a Jesús, también debemos mostrarlo a los demás, debemos ser “andreses”. No tengamos miedo el Señor nos dará a conocer la misión que nos encomienda, como a Pedro, y nos dará la fuerza para realizarla.

José María Martín OSA

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Al día siguiente, Juan estaba todavía allí con dos de sus discípulos; vio a Jesús, que pasaba, y dijo: «Éste es el cordero de Dios». Los dos discípulos lo oyeron y se fueron con Jesús. Jesús se volvió y, al verlos, les dijo: «¿Qué buscáis?». Ellos le dijeron: «Rabí (que significa maestro), ¿dónde vives?». Él les dijo: «Venid y lo veréis». Fueron, vieron dónde vivía y permanecieron con él aquel día. Eran como las cuatro de la tarde. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que había oído a Juan, y se había ido con Jesús. Andrés encontró a su hermano Simón y le dijo: «Hemos encontrado al mesías» (que significa el Cristo). Y se lo presentó a Jesús. Jesús le miró y dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» (que significa piedra).

Juan 1, 35-42

Comentario del Evangelio

Jesús va llamando a sus discípulos uno a uno, por su nombre. Les propone que vayan con Él, pero no les dice nada muy concreto. Les pregunta “¿Qué buscáis?” o les sugiere: “Venid y lo veréis”.
Los discípulos se sienten atraídos por Jesús. Sienten que en Él hay algo muy bueno, muy importante. Pero los discípulos no saben exactamente quién es Jesús. Y sin embargo, deciden seguirle, no pueden ya vivir sin estar con Jesús. Ojalá mucha gente hoy en día comenzara a seguir a Jesús sin saber muy bien quién es, pero con ganas de descubrir al Hijo de Dios…

Para hacer vida el Evangelio

• Seguro que conoces a personas que no siguen a Jesús. Escribe el nombre de algunas de estas personas…

• ¿Por qué has decidido ser seguidor de Jesús? ¿Por qué crees que hay personas que no siguen a Jesús?

• Escribe un compromiso para conseguir que más personas puedan comenzar a seguir a Jesús, como los primeros apóstoles.

Oración

Cuando Tú me miras, Señor,
me siento invitado a ser mejor,
cuando Tú me miras,
mi corazón se vuelve perdonador,
mi memoria olvida los rencores
y malos entendidos,
mi pereza se cambia por acción e ilusión.
Cuando Tú me miras, Señor, yo me desencorvo,
parece que crecen alas a mis sueños,
siento que liberas todas mis ataduras

y necesito menos para vivir mejor.
Cuando Tú me miras, Señor,

mi vida se vuelve una fiesta,
porque me haces superar todas las carencias:
soledad, enfermedad, desamor,

estrés o inseguridad,
porque, sacas siempre lo mejor de mi persona,
para ser un regalo, junto a Ti, para los demás.

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