La ideología de género

Carmiña Navia Velasco

A final del siglo XIX y principios del XX, se decía en Europa: «un fantasma recorre el mundo, el comunismo». Hoy podemos decir con toda propiedad: un fantasma recorre y amenaza el mundo, la ideología de género. Es totalmente impresionante el uso y el abuso que se está haciendo desde hace algunos años de esta equivocada expresión.

No existe algo como una «ideología de género», es un fantasma… Existe sí, una herramienta conceptual, útil y necesaria en las ciencias sociales que es la «teoría de género». A partir de algunos temores, fobias e ignorancias se construye un enemigo de guerra, al que hay que combatir y alejar lo más posible como contaminante: la ideología de género. Entre las instituciones que la atacan como «el mal de los males» están la Iglesia católica y la mayoría de las iglesias cristianas y/o evangélicas. Veamos, entre muchos, un testimonio de ello.

A partir de los años 90 el género comienza funcionar dentro del discurso católico como principio explicativo de todas las perversiones del mundo contemporáneo. La insistencia del Vaticano de presentar el género como «ideología« viene a ser el relevo, en el contexto del discurso católico, del fin de las «ideologías» y de la desaparición del marinos como enemigo proclamado y claramente identificado de la cristiandad. El «género» viene entonces a jugar el rol de objetivo privilegiado y principio explicativo global. De ahí el interés de presentarlo como un enemigo único, anunciador de un discurso coherente y unívoco.

Situémonos un poco. En la segunda mitad del siglo XX se propone, a nivel de las ciencias sociales, a partir inicialmente de la historia, el concepto de género, con el cual se pretende ayudar a comprender mejor la forma en que hombres y mujeres desarrollan su sexualidad de acuerdo a sus propias circunstancias, formación y opciones. ya en 1949, Simone de Beauvoir en su obra El segundo sexo, dice: no se nace mujer, se llega a serlo, para indicar cómo las exigencias de la socialización y de la educación nos conforman en tanto que mujeres o varones de una manera o de otra.

Marcela Legarde, antropóloga mexicana, define así el aporte de este concepto: la perspectiva de género permite analizar y comprender las características que definen a las mujeres y a los hombres de manera específica, así como sus semejanzas y diferencias. Esta perspectiva de género analiza las posibilidades vitales de las mujeres y de los hombres: el sentido de sus vidas, las complejas y diversas relaciones sociales que se dan entre ambos géneros, así como los conflictos institucionales y cotidianos que deben enfrentar y las maneras en que lo hacen.

Podemos hablar de la «mirada de género», cuyo principal logro es ayudarnos a visualizar los diferentes aportes, prácticas o realidades de la humanidad, en sus diferencias y prácticas y opciones sexo-genéricas. Ya en algunas ocasiones algún evangelista (siglos I y II) nos invita a mirar las multitudes que seguían a Jesús, señalando que en ellas había mujeres y niños que algunas veces no se contaban… Esto es especificar y diferenciar la población o las multitudes por su género y edad.

Con el desarrollo y la profundización de la reflexión, el concepto de género nos ha ayudado a descubrir que la sexualidad humana no sólo puede vivirse en tanto que varón o mujer a la manera tradicional, sino que hay muchas formas en las cuales las pulsaciones y los gustos sexuales se concretan. Formas complejas que marcan diferencias tanto en lo biológico, como en lo psicológico y en lo social (gays, lesbianas, transexuales, bisexuales…). Todas, formas legítimas y éticas si son vividas con responsabilidad y respetando al otro o la otra. Formas que son condenadas y denigradas por las iglesias y por todos aquellos que hablan de la famosa ideología de género. El ser humano debe ser libre en la búsqueda de su propia identidad y no puede ser constreñido por prejuicios o ignorancias.

No es serio seguir utilizando la Biblia, con sus condicionamientos y limitaciones propios de la cultura en la que se escribió, para condenar realidades como la homosexualidad. Como bien se dice popularmente, con el mismo criterio habría que aislar a las mujeres en sus días menstruales por considerarlas «impuras»… y no se podría comer cerdo e ir a la mesa sin lavarse las manos, sería un pecado.

 El concepto al que nos estamos refiriendo se constituye hoy como una herramienta ineludible en cualquier estudio de tipo social y analítico que pretenda arrojar luces sobre el comportamiento humano en todo lo que tiene que ver con las interacciones socio-humanas, atravesadas siempre por nuestra sexualidad. Citamos de nuevo a Marcela Legarde por considerar que su aporte es muy clarificado: cada persona es enseñada a ser mujer o a ser hombre de diversas maneras y por diferentes personas, instituciones y medios, y cada quien internaliza. Hace suyo en grados diferentes el conjunto de mandatos de género, y cada mandato. Cumple o desobedece. Y el proceso pedagógico de género les sucede a las personas casi sin darse cuenta, de manera inconsciente, a pesar de lo aparatoso que resulta y de que dura toda la vida.

Sin asumir y aplica resta «mirada» resulta hoy imposible entender y aceptar la multiplicidad de comportamientos sexo-sociales que se dan en la sociedad actual.

Inicialmente el componente de género, desde el feminismo, se propone y pretende fundamentalmente especificar, visibilizar y valorar el actuar femenino, y arrojar luz sobre las diferencias entre hombres y mujeres y su presencia en la cultura y en la historia. Cada vez más sin embargo el conocimiento va experimentando y descubriendo la complejidad del conjunto social y, a partir de la mirada de género, se descubre un continente silenciado, amplio y variado de la organización sexo-genérica del conjunto de la humanidad.

Desde los estudios de género se hace más claro el oscuro bosque de las múltiples formas en las que se vive de hecho la sexualidad y de las múltiples opciones de pareja y de familia que existen actualmente. Formas que han sido obligadas a la clandestinidad y han sido condenadas al ostracismo, pero que emergen con inusitada fuerza hoy.

Es importante que tengamos claro, de una vez por todas, que reconocer y visibilizar las distintas prácticas y opciones en que la humanidad se organiza para vivir y reclamar para ellas legitimidad, no es atentar contra la familia ni contra la «creación». La creación en estado puro no existe, la naturaleza, como nicho humano, existe simultáneamente con la cultura y existe además en forma de evolución y transformación permanente. Lo que hoy conocemos como unidad familiar, es completamente cambiante a lo largo del tiempo y el espacio: las formas de agruparse socialmente han sido siempre múltiples y hoy lo siguen siendo sin que sea justo legitimar y «moralizar» unas y condenar y excluir otras.

Desde el Vaticano, uno de los motivos principales para impulsar la lucha «anti-ideológica de género», es el supuesto ataque a la familia que se dice supone el reconocimiento de otras formas de parejas distintas a la tradicional heterosexual. Las iglesias, con sus discursos y condenas, van a contaría de los avances y aportes de las ciencias naturales y sociales.

Me surge una duda: si las iglesias en sus propuestas éticas y morales, se abrieran a la complejidad y comprensión de las relaciones de género a lo largo de la historia de la humanidad, ¿no podríamos esperar una condena realmente firme y contundente, frente a todo tipo de violaciones tan tímidamente censuradas desde los púlpitos y las homilías?

El mundo actual, la posmodernidad, las sociedades del conocimiento y la tecnología… nos retan a construir una ética que ayude a hombres y mujeres en la convivencia, cuando se han derrumbado y caído patrones morales que tradicionalmente nos constreñían. Creo que un conocimiento real de lo que aporta epistemológicamente la teoría de género, nos ayudaría a movernos mejor en el terreno de una urgente y nueva «moral sexual».

Me parece pertinente hablar de «mirada», porque de eso se trata: de mirar, de captar, de comprender desde otros ángulos. Mirar el mundo con ojos nuevos que penetren y comprendan, facilita generar sentimientos de solidaridad, de compenetración. Seguir insistiendo en tratar los estudios de género como al enemigo omnipotente y omnipresente, condenará a las iglesias a una incomprensión radical de la evolución de la humanidad en el siglo XXI.

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