Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 2, 13-21

13Y salió de nuevo a la orilla del mar y toda la muchedumbre iba a él, y les enseñaba.

14Y, pasando, vio a Leví, el hijo de Alfeo, que estaba sentado en el despacho de impuestos, y le dice: “Sígueme”.

Y, levantándose, le siguió.

15Y sucede que, estando él reclinado en su casa, muchos publicanos y pecadores estaban reclinados con Jesús y sus discípulos – porque eran muchos y le seguían– .

16Y los escribas de los fariseos, al ver que [Jesús] comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos: “¿Por qué come con publicanos y pecadores?”.

17Y, oyéndolo, Jesús les dice: “No tienen necesidad de médico los fuertes, sino los que tienen mal. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

Habiendo mostrado con la curación del paralítico que él tiene autoridad de perdonar pecados, Jesús despliega ahora esa autoridad llamando al discipulado a un hombre cuya profesión le sitúa automáticamente en la categoría de los «pecadores», comiendo con él y con sus compañeros pecadores. Mc 2, 13-17 es una unidad compuesta que consta de una historia de llamada (2, 13-14) y de una historia de controversia (2, 15-17).

Tal como ahora aparece, 2, 13-17 constituye un pequeño drama en cuatro escenas. 1) Jesús enseña a la multitud a la orilla del mar; 2) él llama a un publicano para que sea su discípulo; 3) come en la casa de Leví con un gran grupo de publicanos y otros pecadores; 4) Jesús responde a la objeción de los escribas sobre la comunión de mesa. Las escenas están vinculadas entre sí por las palabras «publicanos» (= recaudadores de impuestos) y «pecadores», que forman un esquema (como los pétalos de una margarita) así: A – AB – BA – AB – B. El esquema ofrece una hermosa combinación de repetición y movimiento y la visión se amplía desde la perspectiva de un individuo particular (Leví en su puesto de trabajo) a la de un grupo grande (los publicanos y pecadores que se juntan con él para comer) hasta llegar a una perspectiva universal (Jesús se abre a los pecadores en conjunto).

2, 13-14: El pasaje comienza llevándonos a la orilla del mar, quizá para que los lectores recuerden las llamadas de 1, 16-20. Este lugar, a la orilla del mar, ofrece también un buen contexto para un pasaje que terminará con una nota universalista, hablando del propósito salvífico de la misión de Jesús. aquí, como más tarde en Mc 4, 1-2, la orilla del mar viene a presentarse como un aula de clase, donde Jesús reasume la instrucción del pueblo que había comenzado en 2, 2. El esquema del texto, donde hay una enseñanza a la que sigue después la llamada, es semejante al de 1, 14-20 y pone de relieve el hecho de que cuando se predica el evangelio se consiguen personas para la comunidad cristiana.

Pasando a su lado, Jesús fija sus ojos en Leví, el recaudador de impuestos, y le llama para que siga sus pasos. La forma en que Jesús escoge a las personas resultaría sorprendente para los lectores del siglo I, especialmente en lugares remotos del Imperio donde los publicanos eran percibidos a menudo como un signo corrompido de la odiada presencia imperial. En el Nuevo Testamento y en las fuentes rabínicas, los publicanos aparecen como deshonestos por naturaleza, de manera que su misma presencia hace que una habitación se vuelva impura. Pues bien, Jesús llama precisamente a una persona así, una persona sin reputación, y ella le obedece inmediatamente, como hicieron antes Pedro y Andrés y los hijos de Zebedeo. El interés se centra aquí más bien en la naturaleza cuestionable de la persona llamada, en el hecho sorprendente de su llamada y en lo que tal llamada/elección revela sobre la persona del que llama, es decir, sobre Jesús.

2, 15-17: Estas implicaciones vienen a desarrollarse en la continuación de la historia, en la que Jesús discute con los escribas sobre la elección que él hace de personas como Leví, para que sean sus compañeros de mesa. La escena comienza con la descripción de esos compañeros, no solo de Leví, sino también de muchos otros publicanos y pecadores, así como los discípulos de Jesús, que no habían sido mencionados desde 1, 35-39. Hay también algunos huéspedes no deseados, los escribas de los fariseos, cuya presencia en casa de Leví resulta históricamente muy dudosa, pero que dicen en voz alta algo que constituía sin duda una objeción que los círculos rigoristas elevaron en contra de Jesús en el tiempo de su vida: «¿Por qué como con los publicanos y los pecadores?»

Conforme a Marcos, esta pregunta hostil surge de una ceguera espiritual: mientras Jesús «vio» a Leví como un discípulo potencial (2,1 4), los escribas le «ven» a él y a sus compañeros solo como pecadores. La pregunta que surge de esta percepción distorsionada no se dirige directamente a Jesús, sino a sus discípulos. Esta pregunta tiene sentido en un contexto antiguo, donde maestro y discípulos eran responsables los unos de la conducta de los otros. Probablemente, ella refleja también la manera en que la asociación de Jesús con los pecadores seguía siendo un problema para a Iglesia posterior.

Este problema provenía, en parte, del hecho de que los publicanos eran ritualmente impuros y aquellos que comían con ellos corrían el riesgo de volverse ellos mismos impuros. Los fariseos (cuyo mismo nombre puede significar «aquellos que se han separado del pecado» y que había constituido comunidades de pureza ritual en las comidas, a fin de evitar un contagio ritual) habrían pensado que la forma en que Jesús se relacionaba con los impuros constituían un acto de atrevimiento muy peligroso. Pero, además, probablemente, la objeción de los fariseos iba mucho más allá de los temas de pureza, pues los «pecadores», a los que aquí se alude, no eran solo personas poco cuidadosas en cuestiones de pureza ritual, sino también personas que rompían las leyes divinas y humanas a través del fraude, la traición, la prostitución, etc. Algunos de esos traidores a la Alianza (de Israel con Dios), tales como los publicanos, eran también traidores en un sentido literal, pues colaboraban con los romanos, esquilmando a su propio pueblo. Por otra parte, en general, el estilo de vida de los «pecadores» reflejaba de un modo destructivo el derrumbamiento de la sociedad, causado por el impacto de los modos de vida extranjeros sobre los judíos en le período greco-romano. La asociación publica de Jesús con los «pecadores» habría sido, por tanto, una causa de anatema para los fariseos, pues esa actitud parecía recomendar el desdén hacia la Ley, acelerando así el proceso de desintegración social, mientras que los fariseos concibieron su misión como la de santificar el nombre de Dios y redimir a la sociedad por la observancia de la ley de Dios.

La relevancia del tema parece relacionada en parte con el hecho de que la comunidad de Marcos tiene un origen predominantemente gentil, pero se sitúa, al mismo tiempo, en la proximidad de la Palestina revolucionaria (de la guerra del 67 al 73 d.C.). Los rebeldes judíos, que luchaban en contra de Roma, habrían identificado a esos gentiles como pecadores y les habrían considerado como impuros. Según eso, a los ojos de los rebeldes judíos, los judeocristianos como Marcos, que compartían la comunión de mesa con los pecadores gentiles, aparecían como traidores, pues daban ayuda y seguridad a los enemigos.

En nuestro pasaje, Jesús responde a la censura de los fariseos, que critican su comunión de mesa con los publicanos y los pecadores, por medio de un proverbio que consta de dos partes: «No necesitan médico los fuertes, sino los que tienen mal» y «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Esta respuesta cambia el marco de referencia: por encima de la ansiedad de los fariseos, que tienen miedo por el contagio de la impureza y el pecado de los otros, viene a presentarse la necesidad humana de los pecadores y la nueva situación creada por el advenimiento de Jesús (¡he venido!).

En esta nueva situación, lo que resulta contagioso es la santidad de Jesús, más que el pecado de aquellos con quienes le acusan de asociarse. Lo mismo que en Mc 1, 40-45 y 5, 25-3, Jesús no queda impuro por el contacto con la impureza, sino que, en lugar de eso, él supera y destruye la impureza a través del poder escatológico que está presente en él. Según eso, nuestro pasaje atribuye a Jesús el mismo tipo de autoridad divina que venía a expresarse en 2, 1-12, pues supone que Jesús no es uno que está sujeto a la infección del pecado, sino que es médico que cura el pecado.

Una vez que el problema ha sido «resituado» con la imagen del médico, la afirmación final puede responder de una forma más directa al resto de los fariseos. Porque la sentencia «no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» constituye una sátira en contra del intento de los fariseos que pretenden haber alcanzado la justicia a través de la separación respecto del pecado. Estos fariseos, que aparecen constantemente como hostiles a Jesús en esta sección del evangelio y que iniciarán pronto una conspiración para acabar con la vida de Jesús, conforme a la visión de Marcos, no son ciertamente justos.

Ahora, en el tiempo del fin del mundo, la gracia del mundo superior está comenzando a introducirse en la esfera de las cosas de la tierra. Este convencimiento dominará el pasaje que sigue.

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