I Vísperas – Domingo III de Cuaresma

I VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: INSIGNE DEFENSOR DE NUESTRA CAUSA.

Insigne defensor de nuestra causa,
Señor y Salvador del pueblo humano,
acoge nuestras súplicas humildes,
perdona nuestras culpas y pecados.

El día con sus gozos y sus penas
pasó dejando huellas en el alma,
igual que nuestros pies en su camino
dejaron en el polvo sus pisadas.

No dejes de mirarnos en la noche,
dormida nuestra vida en su regazo;
vigila el campamento de los hombres,
camino de tu reino ya cercano.

Ahuyenta de tu pueblo la zozobra,
sé nube luminosa en el desierto,
sé fuerza recobrada en el descanso,
mañana y horizonte siempre abierto.

Bendice, Padre santo, la tarea
del pueblo caminante en la promesa;
llegados a Emaús, tu Hijo amado
nos parta el pan y el vino de la cena. Amén.

SALMODIA

Ant 1. «Convertíos y creed en la buena noticia», dice el Señor.

Salmo 112 – ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Convertíos y creed en la buena noticia», dice el Señor.

Ant 2. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.

Salmo 115 – ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Vale mucho a los ojos del Señor
la vida de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.

Ant 3. Nadie me quita la vida; yo mismo la entrego de mi propia voluntad, para volverla a tomar.

Cántico: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL – Flp 2, 6-11

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios,
al contrario, se anonadó a sí mismo,
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nadie me quita la vida; yo mismo la entrego de mi propia voluntad, para volverla a tomar.

LECTURA BREVE   2Co 6, 1-4a

Os exhortamos a que deis pruebas de no haber recibido en vano la gracia de Dios, pues dice él en la Escritura: «En el tiempo propicio te escuché, y te ayudé en el día de salvación.» Ahora es el tiempo propicio, ahora es el día de salvación. A nadie queremos dar nunca motivo de escándalo, a fin de no hacer caer en descrédito nuestro ministerio, antes al contrario, queremos acreditarnos siempre en todo como verdaderos servidores de Dios.

RESPONSORIO BREVE

V. Escúchanos, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra ti.
R. Escúchanos, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra ti.

V. Cristo, oye los ruegos de los que te suplicamos.
R. Porque hemos pecado contra ti.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Escúchanos, Señor, y ten piedad, porque hemos pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Cantemos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero salvación de Dios para los llamados

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cantemos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero salvación de Dios para los llamados

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, el Señor, que ha querido ser nuestro Maestro, nuestro ejemplo y nuestro hermano, y supliquémosle, diciendo:

Renueva, Señor, a tu pueblo.

Cristo, hecho en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, haz que nos alegremos con los que se alegran y sepamos llorar con los que están tristes,
para que nuestro amor crezca y sea verdadero.

Concédenos saciar tu hambre en los hambrientos
y tu sed en los sedientos.

Tú que resucitaste a Lázaro de la muerte,
haz que, por la fe y la penitencia, los pecadores vuelvan a la vida cristiana.

Haz que todos, según el ejemplo de la Virgen María y de los santos,
sigan con más diligencia y perfección tus enseñanzas.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Concédenos, Señor, que nuestros hermanos difuntos sean admitidos a la gloria de la resurrección
y gocen eternamente de tu amor.

Pidamos a nuestro Padre que nos dé la fuerza que necesitamos para no caer en la tentación:

Padre nuestro…

ORACION

Dios nuestro, fuente de toda bondad y misericordia, que nos otorgas un remedio para nuestros pecados por el ayuno, la oración y la limosna, recibe con agrado la confesión que te hacemos de nuestra debilidad y, ya que nos oprime el peso de nuestras culpas, levántanos con el auxilio de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 3 de marzo

Lectio: Sábado, 3 Marzo, 2018

Tiempo de Cuaresma

1) ORACIÓN INICIAL

Señor, Dios nuestro, que, por medio de los sacramentos, nos permites participar de los bienes de tu reino ya en nuestra vida mortal; dirígenos tú mismo en el camino de la vida, para que lleguemos a alcanzar la luz en la que habitas con tus santos. Por nuestro Señor.

2) LECTURA

Del santo Evangelio según Lucas 15,1-3.11-32

Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos.» Entonces les dijo esta parábola:

Dijo: «Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.’ Y él les repartió la hacienda. Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino.

«Cuando se lo había gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pues nadie le daba nada. Y entrando en sí mismo, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.’ Y, levantándose, partió hacia su padre.

«Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: ‘Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.’ Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Daos prisa; traed el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en la mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado.’ Y comenzaron la fiesta.

«Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y, llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: ‘Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano.’ Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre y le rogaba. Pero él replicó a su padre: ‘Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!’«Pero él le dijo: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado.’»

3) REFLEXIÓN

• El capítulo 15 del evangelio de Lucas está lleno de la siguiente información: “Todos los publicanos y pecadores se acercaban para oírle a Jesús. Los fariseos y los escribas, sin embargo, murmuraban. Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos» (Lc 15,1-3). E inmediatamente Lucas presenta tres parábolas entrelazadas entre sí por el mismo tema: la oveja perdida (Lc 15,4-7), la dracma perdida (Lc 15,8-10), el hijo perdido (Lc 15,11-32). Esta última parábola es el tema del evangelio de hoy.

• Lucas 15,11-13: La decisión del hijo menor. Un hombre tenía dos hijos. El menor pide la parte de la heredad que le toca. El padre divide todo entre los dos. Tanto el mayor como el menor, reciben su parte. Recibir la herencia no es un mérito. Es un don gratuito. La herencia de los dones de Dios está distribuida entre todos los seres humanos, tanto judíos como paganos, tanto cristianos como no cristianos. Todos reciben algo de la herencia del Padre. Pero no todos la cuidan de la misma manera. Así, el hijo menor se va lejos y gasta su herencia en una vida disipada, huyendo de su Padre. En tiempo de Lucas, el mayor representaba a las comunidades venida del judaísmo, y el menor a las comunidades venidas del paganismo. Y hoy, ¿quién es el mayor y quién el menor?

• Lucas 15,14-19: La decepción y la voluntad de volver a casa del Padre. La necesidad de tener que comer hace que el menor perciba su libertad y se vuelva esclavo para cuidar de los puercos. Recibe el tratamiento peor que los puercos. Esta era la condición de vida de millones de esclavos en el imperio romano en tiempo de Lucas. La situación en la que se encuentra hace que el hijo menor recuerde la casa del Padre. Hace una revisión de vida y decide volver a casa. Hasta prepara las palabras que va a decir al Padre: “Ya no merezco ser llamado hijo tuyo. ¡Trátame como a uno de tus jornaleros!” Jornalero, ejecuta órdenes, cumple con la ley de la servidumbre. El hijo menor quiere ser cumplidor de la ley, como lo querían los fariseos y los publicanos en el tiempo de Jesús (Lc 15,1). Era esto lo que los misioneros de los fariseos imputaban a los paganos que se convertían al Dios de Abrahán (Mt 23,15). En el tiempo de Lucas, cristianos venidos del judaísmo consiguieron que algunos cristianos, convertidos del paganismo, se sometieran al yugo de la ley (Gál 1,6-10).

• Lucas 15,20-24: La alegría del Padre al reencontrar al hijo menor. La parábola dice que el hijo menor estaba todavía lejos de casa cuando el Padre ya lo vio, corrió a su encuentro y lo llenó de besos. La impresión que Jesús nos da es que el Padre se había quedado largo tiempo a la ventana mirando hacia la carretera para ver si el hijo despuntaría a lo lejos. Conforme con nuestra forma humana de pensar y de sentir, la alegría del Padre parece exagerada. Ni siquiera deja que el hijo termine las palabras que había preparado. ¡No escucha! El Padre no quiere que el hijo sea su esclavo. Quiere que sea su hijo. Esta es la gran Buena Nueva que Jesús nos trae. Túnica nueva, sandalias nuevas, anillo al dedo, churrasco, ¡fiesta! En esta alegría inmensa del reencuentro, Jesús deja trasparentar la gran tristeza del Padre por la pérdida del hijo. Dios estaba muy triste, y la gente se da cuenta ahora, viendo el tamaño de la alegría del Padre cuando vuelve a encontrar al hijo. ¡Es una alegría compartida con todo el mundo en la fiesta que pide preparar!

• Lucas 15,25-28b: La reacción del hijo mayor. El hijo mayor volvía de su trabajo en el campo y se encuentra con la casa en fiesta. No entra. Quiere saber qué pasa. Cuando se entera de la razón de la fiesta, se llena de rabia y no quiere entrar. Cerrado en sí mismo, piensa tener su derecho. No le gusta la fiesta y no entiende la alegría del Padre. Señal de que no tenía mucha intimidad con el Padre, a pesar de vivir en la misma casa. Pues, si hubiera tenido intimidad con él, hubiera notado la inmensa tristeza del Padre por la pérdida del hijo menor y hubiera entendido su alegría por la vuelta del hijo. Quien vive muy preocupado en observar la ley de Dios, corre el peligro de alejarse de Dios. El hijo menor, a pesar de estar lejos de casa, parecía conocer al Padre mejor que el hijo mayor, que moraba con él en la misma casa. Pues el menor tuvo el valor de volver a la casa del Padre, mientras que el mayor no quiere entrar en la casa del Padre. No se da cuenta de que el Padre, sin él, perderá la alegría. Pues él también, el mayor, es hijo lo mismo que el menor.

• Lucas 15,28a-30: La actitud del Padre y la respuesta del hijo mayor. El padre sale de casa y suplica al hijo mayor para que entre. Pero éste contesta:»Padre, hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!» El mayor también quiere la fiesta y la alegría, pero sólo con los amigos. No con el hermano, ni siquiera con el padre. Ni siquiera llama al hermano menor con el nombre de hermano, ya que dice “ese hijo tuyo” como si no fuera su hermano. Y es él, el mayor, quien habla de prostitutas. ¡Es su malicia la que interpreta la vida del hermano menor! Cuántas veces nosotros los católicos interpretamos mal la vida y la religión de los demás. La actitud del Padre es otra. El acoge el hijo menor, pero también no quiere perder el hijo mayor. Los dos forman parte de la familia. El uno no puede excluir al otro.

• Lucas 15,31-32: La respuesta final del Padre. Así como el Padre no presta atención a los argumentos del hijo menor, así también no presta atención a los argumentos del hijo mayor y dice: » Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ¡ha sido hallado!» ¿Será que el mayor tenía realmente conciencia de estar siempre con el Padre y de encontrar en esta presencia la causa de su alegría? La expresión del Padre «¡Todo lo mío es tuyo!» incluye también al hijo menor que volvió. El mayor no tiene derecho a hacer distinción. Si él quiere ser hijo del Padre, tendrá que aceptarlo así como a él le gustaría que el Padre es. La parábola no dice cuál fue la respuesta final del hermano mayor. Esto le toca al hermano mayor, que somos todos nosotros.

• Aquel que experimenta la gratuita y sorprendente entrada del amor de Dios en su vida se alegra y quiere comunicar esta alegría a los demás. La acción salvadora de Dios es fuente de alegría: “¡Alégrense conmigo!” (Lc 15,6.9) Y de esta experiencia de la gratuidad de Dios nace el sentido de la fiesta y de la alegría (Lc 15,32). Al final de la parábola, el Padre manda alegrarse y hacer fiesta. La alegría queda amenazada a causa del hijo mayor que no quiere entrar. El piensa que tiene derecho a una alegría sólo con sus amigos y no quiere la alegría con todos los miembros de la misma familia humana. El representa a los que se consideran justos y observantes y piensan que no precisan conversión.

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL

• ¿Cuál es la imagen de Dios que está en mí desde mi infancia? ¿Ha cambiado a lo largo de los años? Si ha cambiado, ¿por qué ha cambiado?

• ¿Me identifico con cuáles de los dos hijos: con el menor o con el mayor? ¿Por que?

5) ORACIÓN FINAL

Bendice, alma mía, a Yahvé,
el fondo de mi ser, a su santo nombre.
Bendice, alma mía, a Yahvé,
nunca olvides sus beneficios. (Sal 103,1-2)

Domingo III de Cuaresma

1. Palabra

Los 10 Mandamientos (primera lectura) son el don de Dios a su Pueblo y expresan el camino del creyente, si quiere sacar fruto de la salvación experimentada (liberación de Egipto, liberación del pecado y de la muerte). No son obligaciones que Dios impone para afirmarse a Sí mismo, sino sabiduría que Dios ofrece al hombre para que viva en la verdad, la justicia y la comunión qué termina.

El problema está en el corazón (Evangelio). ¿Por religioso un c
mos manipulando lo más sagrado? tema de mercado, y de la voluntad de Dios, u
s, de sistema tema op esor sis-

2. Vida

Medita detenidamente en los últimos versículos del Evangelio: «Jesús sabe lo que hay dentro de cada hombre». Déjate mirar y juzgar, porque El es la luz que ilumina las tinieblas de nuestro corazón y, cuando nos arranca nuestras máscaras, nos libera de nuestras falsas seguridades, aunque sean religiosas.

Ese es el primer mandamiento: Sólo Dios es el Señor, y el Unico digno de ser adorado. ¡Cuántos ídolos, cuánto culto falso! ¡Cómo hacemos de Dios el objeto de nuestros deseos, o lo contrario, el símbolo de nuestros oscuros fantasmas!

El segundo mandamiento es semejante al primero: tratar a la persona humana como fin, no como medio, es decir, como imagen viviente de Dios. Los grandes valores que nos humanizan: respeto agradecido a nuestros padres, cuidado de la vida, solidaridad, espíritu de verdad, etc.

Sin duda, tu vida está inspirada en algunos grandes valores. Intenta formularlos. ¿Recuerdas si alguna vez has tenido que revisarlos? Concretamente, ¿cómo has vivido el primado de Dios y el principio del amor al prójimo? ¿Nunca has tenido la tentación de acomodarlos a las circunstancias, a la presión social o a otros intereses? Cuando se es joven, se busca la realización pura la de los valores. Con los años, el realismo se impone, y es duría que integra, sin contradicción, el ideal de los valores y la dinámica concreta de lo posible realmente aquí y ahora.

Bien merece la pena reflexionar sobre estos temas, si al menos hemos descubierto la vida nueva que trae Jesús.

Javier Garrido

Domingo III de Cuaresma

La primera lectura (Ex. 20, 1-17) recoge las normas que Dios ofrece a su pueblo para que mantengan entre ellos y con Él una convivencia pacífica y progresiva. Constituyen los llamados “Mandamientos de Dios”.

En lo referente al trato con los padres y al sábado aparecen formulados en forma positiva: “Acuérdate del sábado para santificarlo y Honra a tu padre y a tu madre”.

El resto lo hace a la manera de prohibiciones, sin duda alguna, para facilitar la comprensión de aquella gente con una mentalidad todavía muy primitiva.

Analizados, sin embargo, en su contenido esencial, tienen una enorme carga positiva: respetar a los demás evitando todo aquello que pueda molestarlos. Jesús, que siglos más tarde vino a perfeccionar la Ley, subrayó esa carga positiva elevando el amor a elemento esencial en las relaciones interhumanas. Es más, puso el suyo como modelo del que Él nos pedía: amaos los unos a los otros como yo os he amado.

No se trata, pues, de un NO a todo, puesto por Dios para coartar nuestra libertad. No, de ninguna manera. Son normas de respeto a los demás. Suponen un gran sí a todo lo noble. Sí a decir la verdad, sí a valorar la vida de los demás, sí a ser fieles en el matrimonio, sí a respetar los bienes ajenos, sí a defender el honor de los otros. Son las formas concretas en las que de modo positivo, real, podemos manifestar de una manera eficaz, el amor y respeto que debemos a los demás.

San Pablo, segunda lectura (1ª Cor. 1, 22-25) nos anima a seguir la sabiduría de Jesús, advirtiéndonos del peligro de seguir el ofrecimiento de otras orientaciones para interpretar la vida individual y social.

Nosotros, creyentes en Dios, entendemos que, quien mejor conoce los comportamientos propios del hombre, es aquel que nos ha creado. Nadie mejor que el ingeniero fundador para establecer las pautas de comportamiento del artefacto producido.

Además de lo lógico de ese sencillo razonamiento: “Dios es el autor de la naturaleza, es quien la mejor la conoce”, las propuestas nacidas exclusivamente de las genialidades técnico-mundanas parecen exponernos a un final poco o nada feliz para la humanidad. Ya hay quien alerta de la posibilidad de que los Robots terminen dominando a los humanos y no son pocos los que ya han pronosticado una posible destrucción del mundo por la energía atómica.

No está, pues, de más, tratar de conocer profundamente lo que Dios nos ofrece como comportamientos adecuados a nuestra condición de seres racionales. Por cierto que, aunque los tiempos actuales presumen de alejamiento de Dios, por innecesario, el espíritu con el que se alumbraron las declaraciones de Derechos Humanos de Virginia (1776) la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789) y la de la Asamblea de las Naciones Unidas (1948) están, en la teoría, muy cerca de la exhortación divina de que nos amemos los unos a los otros. Las tres hablan de la necesidad de tratarnos fraternalmente. A pesar del cacareado laicismo, receloso con todo lo divino, no hay nada más próximo al precepto evangélico.

Insistiendo en el carácter eminentemente positivo del cristianismo merecería la pena una matización a la expresión paulina: “Nosotros anunciamos a Cristo Crucificado”. Más exacto sería decir: Los cristianos anunciamos a Cristo RESUCITADO con todo lo que eso entraña de triunfo del bien sobre el mal y de la vida sobre la muerte. La resurrección de Cristo arrastra y garantiza, según toda la Revelación, nuestra propia resurrección. Es por eso por lo que el cristiano en su más profunda esencia es un ser esperanzado, alegre.

Jesús, tercera lectura (Jn. 2, 13-25) nos muestra la naturaleza del Templo y su encaje en el desarrollo de nuestra religiosidad cristiana. El Templo es la casa de mi Padre, es decir, de Dios. La casa en la que, como lugar más idóneo, no el único, podemos entrar en contacto “familiar” con Dios.

Es el trato que Jesús nos propuso cuando, a petición de los Apóstoles, les enseñó la oración por excelencia: El Padrenuestro.

Es una charla confiada con alguien que te quiere: Padre

Nos referimos a Él en el campo de lo sobrenatural: le pedimos que venga a nosotros Su Reino, le prometemos hacer SU voluntad, deseamos santificar SU nombre, nos confiamos a que no nos falte SU diaria ayuda para que no caigamos en las tentaciones.

Es una oración que se mueve en el terreno espiritual, en ese en el que Dios no nos falla nunca.

No solamente qué hablar con Dios sino también el cómo hacerlo, fue objeto de la enseñanza de Jesús. No es preciso hablar mucho, como hacen los paganos. Ellos creen que sus dioses no les atienden suficientemente y por eso es necesario “convencerles” de que ayuden a los mortales.

No es el caso del cristianismo en el que Dios se ofrece como Padre que, nos dice Jesús, bien sabe lo que os conviene. En la oración debemos dejarnos penetrar por el Espíritu de Dios, y su benéfico influjo, lo iremos experimentando en una íntima transformación interior. Cada vez nos iremos pareciendo más a Jesús en el pensar, desear y obrar. Esa es la gran conversión: ser cada vez más cristianos, más parecidos a Cristo.

Resultan muy oportunas estas enseñanzas de Jesús sobre la oración porque, si atendemos a muchas de nuestras oraciones, daría la impresión de que hemos entrado en un comercio con Dios en el que a cambio de oraciones pretendemos conseguir nuestros deseos. Cambiamos oraciones por compromisos de Dios en favor nuestro. Tendemos a confundir, a veces, la casa de oración en la que en intimidad con Dios, le hablamos de nuestros problemas, escuchamos sus orientaciones, recordamos sus ejemplos y le hacemos nuestras promesas y compromisos, con la “lonja del pescado” donde se subasta “la pesca” y se concede a quien da más por ella.

Nada más alejado del correcto pensamiento de San Agustín que ya en aquellos tiempos, siglo V, decía: “La oración no es para mover a Dios, sino para movernos a nosotros»

El Papa Francisco, muy recientemente, durante su catequesis en la audiencia general celebrada en la plaza de San Pedro, decía: “rezar es hablar con Dios y no repetir fórmulas como «papagayos»

Refiriéndose a la misa dijo: “no se entiende la misa si no se entiende la oración» como «el encuentro con Dios».

Un encuentro no para intercambiar con Dios “cosas-religiosas” sino para coger fuerzas y cumplir lo que en ese momento descubrimos ser la voluntad de Dios sobre nosotros.

En la catequesis del 20 de diciembre del 17 decía: “El encuentro dominical con el Señor nos da la fuerza de vivir el hoy con confianza y valentía e ir adelante con esperanza. Por eso los cristianos, el domingo, vamos a encontrar al Señor en la celebración eucarística”.

Ahora estamos aquí para encontrarnos con el Señor; para ninguna otra cosa. Decía también el Papa: ¿Cómo podremos practicar el Evangelio sin tomar la energía necesaria para hacerlo, un domingo detrás de otro, de la fuente inagotable de la Eucaristía? (l.c.)

Dos grandes temas a reflexionar por nosotros: Dios nos guía con sus enseñanzas en nuestro caminar por la tierra y Jesús nos indica la Oración como el alimento espiritual que nos dará la fuerza para ser fieles a esas orientaciones. Que las dos enseñanzas nos acompañen a lo largo de nuestra vida. AMÉN.

Pedro Sáez

Spe Salvi – Benedicto XVI

31. Más aún: nosotros necesitamos tener esperanzas –más grandes o más pequeñas–, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto. Y, al mismo tiempo, su amor es para nosotros la garantía de que existe aquello que sólo llegamos a intuir vagamente y que, sin embargo, esperamos en lo más íntimo de nuestro ser: la vida que es « realmente » vida. Trataremos de concretar más esta idea en la última parte, fijando nuestra atención en algunos « lugares » de aprendizaje y ejercicio práctico de la esperanza.

El signo del templo

1. Desde que los hombres construyeron sus viviendas, en todas las religiones se reserva un edificio, llamado «santuario» o «templo», para que sea la «casa de Dios»; un lugar considerado «sagrado» —donde se hace presente Dios—, a diferencia del mundo «profano», que se subestima como lugar pecaminoso. El templo es, pues, lugar reservado a la presencia de la divinidad, pero también espacio de reunión de la comunidad de los fieles. Los israelitas, después de una época de preparación, en la que el templo era la «tienda del testimonio», construyeron el primer templo, proyectado por David y realizado por Salomón, destruido por dos veces, y otras tantas reconstruido. Pero lo que Dios quiere no es un templo de piedras muertas, sino de piedras vivas, de creyentes.

2. En tiempos de Jesús se pretendía imponer la creencia de que el templo era el lugar único de la presencia de Dios en medio del pueblo. Sin embargo, el templo era entonces sede del poder económico (en él se comerciaba), político (se reunía el sanedrín) y religioso (se inmolaban animales). Con los abusos, se había transformado, de «casa de Dios» para la oración, en «mercado» para los negocios. Los profetas siempre atacaron la idolatría del templo y defendieron la justicia para con los humildes, ya que para ellos el binomio bíblico no es sagrado/ profano, sino justo/injusto. Un templo sin justicia no es cristiano; debe ser abolido.

3. Jesús, situado en la mejor tradición profética, recordará que Dios se hace presente de dos maneras privilegiadas: en el amor entrañable al hermano desvalido y en la reunión de la comunidad convocada en su nombre. Jesús es el nuevo santuario de carne, el nuevo templo. Su muerte equivale al mayor de los servicios, y su resurrección es la suma manifestación de la gloria de Dios.

4. Según la primera tradición bíblica, el hombre y la mujer son imágenes de Dios. De acuerdo con la interpretación paulina, cada cristiano es piedra viva del nuevo santuario, y la comunidad nueva es el templo de Dios. De ahí que el cristianismo primitivo diese realce a la comunidad de base, más que al edificio denominado «templo». El Apocalipsis identifica el santuario celestial con Dios mismo.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Dónde encontramos nosotros la «casa de oración»?

Casiano Floristán

El verdadero culto

En el rico contenido de los textos de este domingo destaca una línea de fuerza: creer en Dios es poner toda nuestra confianza en él. La idolatría del dinero es lo contrario a la fe en el Dios que exige un culto auténtico.

Idolatría y opresión

Juan nos acaba de relatar el comienzo de la misión de Jesús en Caná de Galilea (cf. 2, 1-12). Aquí nos hallamos ante el primer enfrentamiento con las autoridades del pueblo judío, tiene lugar en Jerusalén y más exactamente en el templo (los sinópticos colocan este acontecimiento hacia el final del ministerio de Jesús). La pascua es la fiesta de la liberación. Lo que el Señor encuentra en el templo es una nueva forma de opresión del pueblo que pervierte el culto debido al «Dios celoso» (Ex 20, 5), el pueblo entra en relación con Dios a través del dinero. Encuentra entonces un Dios opresor, no al Padre que lo libera de la esclavitud. La casa del Padre que ama y libera a su pueblo, se ha convertido en «casa de mercado» (v. 16) que explota y envilece.

Los negocios en el templo enriquecen a los grandes sacerdotes, son ellos los que están detrás de este comercio. Vendedores de animales y cambistas, que reciben moneda romana (la cual por ser pagana no puede ser ofrecida) y dan moneda acuñada por el templo, no son sino intermediarios. La protesta y el rechazo de Jesús afecta a poderosos intereses; los de aquellos que han reemplazado a Dios (sin negarlo con los labios) por la codicia que como dice san Pablo «es una idolatría». Reemplazo sutil, larvado, que muchas veces se justifica paradójicamente con argumentos religiosos. Nadie de nosotros está libre de él. El evangelio de hoy nos invita a un severo examen de conciencia tanto a nivel personal como eclesial.

Palomas y pobres

Llama la atención la particular dureza con los vendedores de palomas (cf. v. 16). Pero la razón es clara: la paloma es el animal usado por los más pobres para los sacrificios de purificación. Estos vendedores representan por consiguiente, de modo particular, la explotación de los pobres por medio del culto. De allí que el enojo de Jesús sea mayor. La actitud del verdadero creyente hacia los necesitados debe ser exactamente la contraria. Lo recordó Juan Pablo II al pedir en su encíclica Centesimus annus (cf. n. 58) que todo lo suntuario, que pretendemos justificar como necesario para nosotros o para el culto a Dios debe ser vendido para convertirlo en alimento, bebida, ropa y albergue (cf. Mt 25, 31-45) para los pobres.

Por ello murió el Señor. A ese desprendimiento nos compromete anunciar a «Cristo crucificado» (1 Cor 1, 23), aunque esto provoque escándalo. Podemos ocultar nuestra codicia con razones e incluso motivaciones religiosas, pero el Señor que conoce lo que hay en el ser humano (cf. Jn 2, 25) no permitirá que se «pronuncie su nombre en falso» (Ex 20, 7).

Gustavo Gutiérrez

Templo: Las personas

Es la única vez que se le ve a Jesús encolerizado. No le gustó nada contemplar el Templo de Jerusalén convertido en una “cueva de ladrones”, en un negocio religioso. El Templo de Jerusalén era para los judíos el centro de la vida religiosa, el símbolo de Israel y la garantía de que Dios estaba en ellos. Era el centro de la vida socio-política y económica. La riada de judíos- peregrinos, que acudían a visitar el Templo a ofrecer animales, era inmensa. Los cambios de moneda, que los peregrinos llevaban a cabo en un ambiente de abuso, de engaño y de trampas proporcionaban unos ingresos generosos a los empleados del Templo Jesús añadía algo más. Poco, pero muy importante: “Destruid este Templo, y en tres días lo levantaré.“ Él hablaba del Templo de su cuerpo”.

Llamamos templo a la casa de Dios, es decir, donde Dios está presente de una manera especial. Sorprende que, cuando entramos en un recinto sagrado, pasamos rápidamente del bullicio de la calle al recogimiento del interior del edificio. Y añadió más. Escribe el evangelista Juan: “Él hablaba del templo de su cuerpo”. Por tanto su cuerpo era un lugar donde Dios estaba presente de manera particular. Presencia que se amplía todo hombre y mujer y en modo singular en el débil.

El capítulo 25 de san Mateo nos recuerda que lo que hicimos en favor del enfermo, del pobre, del preso se lo hicimos a ÉL (a Jesús). De aquí se deduce, por ejemplo, que el creyente cristiano- católico encuentre razones y motivos en pro de los Derechos Humanos, proclamados solemnemente por Naciones Unidas en el año 1948.

Basta que tiremos un poco de la afirmación según la cual Dios es nuestro Padre y los seres humanos nuestros hermanos para extraer un rosario de puntos de vista favorables a los Derechos Humanos. Derechos Humanos que están siendo mencionados repetidamente estos meses a raíz de la situación de Siria y su entorno y de refugiados o emigrantes envueltos en un caos desolador. Son dos ejemplos que se pueden poner sobre la mesa entre otros. Ciertamente que el cristianismo ha aportado principios, comportamientos, apoyos muy importantes a los Derechos Humanos. Ahí están Luther King, D. Tutú, Monseñor Oscar Romero, Ignacio Ellacuría…

Algunos, quizá muchos auguraban, o pensaban que la religión iba a desaparecer. Pero, no. El Judaísmo, el Islam, el Cristiano- Catolicismo, el Budismo y otras están presentes en la vida de los pueblos. La presencia del Judaísmo, del Islamismo y otras se ve palpablemente y la del cristianismo con su programa de recristianización de Occidente. A quienes citan el fundamentalismo se les invita a recordar la Teología de la Liberación. ¿Asistimos, por tanto, a un despertar religioso, a un retorno de la religión que coopera para la aplicación de los Derechos Humanos, uno de los mayores logros del mundo actual? De cualquier forma, para completar este capítulo conviene recordar, a modo de segunda parte, los Deberes Humanos.

El evangelio repite con cierta frecuencia que Jesús se levantaba muy temprano e iba a los descampados a orar. No tiene, pues, nada de absurdo afirmar que para Jesús los bosques, los ríos, las playas y los lagos eran un buen escenario para la plegaria

Josetxu Canibe

Cautivos de una religión burguesa

No es fácil saber en qué consistió exactamente el gesto indignado de Jesús en el Templo de Jerusalén, pero los investigadores no dudan que estuvo motivada por una convicción profundamente enraizada en su corazón: allí donde se busca el propio interés no hay sitio para un Dios que es Padre de todos. En esa religión puede funcionar el culto pero no es posible escuchar las exigencias de Dios.

Esto era precisamente lo que denunciaba hace algunos años Juan Bautista Metz en un pequeño libro que causó impacto en Alemania. Según el prestigioso teólogo, en la Europa actual no es la religión la que transforma a la sociedad burguesa. Es, más bien, ésta la que va rebajando y desvirtuando lo mejor de la religión cristiana.

No le falta razón. Día a día vamos interiorizando actitudes burguesas como la seguridad, el bienestar, la autonomía, el rendimiento o el éxito, que oscurecen y disuelven actitudes genuinamente cristianas como la conversión a Dios, la compasión, la defensa de los pobres, el amor desinteresado o la disposición al sufrimiento.

Qué fácil es vivir una religión que no cambia los corazones, un culto sin conversión, una práctica religiosa que nos tranquiliza y confirma en nuestro pequeño bienestar, mientras seguimos desoyendo la llamadas de Dios. ¿Cómo es nuestro cristianismo? ¿Nos convertimos o nos limitamos a creer en la conversión? ¿Nos compadecemos de los que sufren o nos limitamos a creer en la compasión? ¿Amamos de manera desinteresada o nos limitamos a vivir un amor privado y excluyente, que renuncia a la justicia universal y nos encierra en nuestro pequeño mundo?

Tres actitudes nos pueden ayudar a irnos liberando del «cautiverio de una religión burguesa». En primer lugar, una mirada limpia para ver la realidad sin prejuicios ni intereses; las injusticias se alimentan a sí mismas mediante la mentira. Después, una empatía compasiva que nos lleve a defender a las víctimas y a solidarizarnos siempre con su sufrimiento. Por último, sencillez de vida para crear un estilo de vida alternativo a los códigos vigentes en la sociedad burguesa.

Algo de esto gritaba Jesús en el Templo.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 3 de marzo

Terminamos la segunda semana de Cuaresma con esta bien conocida parábola del padre misericordioso. Es el mensaje más precioso de nuestra religión cristiana: Dios es amor que se transforma en misericordia. Es  un amor tan profundo que le brota de las entrañas; no es un amor para quedar bien, o que se reserva sólo para algunos, los más buenos. Y es un amor tan perfecto que se entrega más a fondo  con los más perdidos.

El evangelio no nos oculta la cruda realidad que tuvo que enfrentar Jesús cuando contó estas parábolas: la oveja perdida es el pecador, la moneda perdida es el pecador, el hijo que se va de casa es el que amarga la vida de su padre. ¿Cómo puede ser que Dios Padre tenga tanta preocupación por el que se había alejado? Los que se consideraban buenos y justos no aceptaban esa forma de actuar de Dios Padre, por mucho que Jesús les hablara de Él e invitara a todos a imitarle.

Con estas parábolas Jesús revela su experiencia de Dios como Padre, un padre que ama con igual medida tanto a su hijo mayor como al menor; la diferencia de este amor la impone la forma de reaccionar de los dos hijos.

El mayor cree que ha hecho los méritos suficientes para ganarse todo el amor del padre, porque no ha fallado en ninguno  de sus mandatos y por tanto tiene que ser recompensado, mientras que la conducta del menor, debe ser castigada. Es incapaz de comprender la debilidad de su hermano  y de alegrarse con su regreso. El mayor miraba sólo sus propios derechos y  era inflexible ante el pecado de su hermano menor.

Lo escandaloso, lo incomprensible  de la parábola es comprobar que el hijo menor es quien acapara el amor del Padre a pesar de todo lo que ha hecho. ¡Y además se va a celebrar en la casa un gran banquete para festejar  su regreso!

El hijo mayor no tolera la gratuidad del amor divino, un amor que él  exige como «la paga» que se debe dar a una buena conducta. El amor  de Dios es gracia, pura benevolencia del Padre, porque Él es bueno de verdad y su “justicia” se llama misericordia.

Yo he visto llorar a un padre de familia al escuchar esta parábola que contó Jesús.

Dijo: “Yo eché a mi hijo de casa porque ya no lo aguantábamos más. Mi vida es todo lo contrario a este padre que besa y abraza al hijo que regresa. Y aguanta la crítica y agresividad del hijo mayor.  Estoy lleno de amargura y no hago más que pensar en el hijo que se me fue. Ahora os pido que recéis para que mi hijo vuelva y Dios me dé la fuerza para abrirle de nuevo las puertas de casa y perdone mi pecado”.

Jesús tocó el corazón de este padre de familia y después de dos mil años de haber contado la historia de los dos hijos, un padre se convirtió hoy y abrió su corazón a la compasión. El lunes pasado nos decía el evangelio: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”.

Carlos Latorre, cmf