Ef 2, 4-10 (2ª Lectura Domingo IV de Cuaresma)

La ciudad de Éfeso estaba situada en la costa occidental de Asia Menor. Era una ciudad grande y próspera, capital de la Provincia Romana de Asia. Su puerto de mar unía el interior de Asia Menor con todas las ciudades del Mediterráneo.

Cuando Pablo llegó a Éfeso (cf. Hch 19,1), durante su tercer viaje misionero, encontró a algunos cristianos escasamente preparados. Pablo les instruyó y formó con ellos una comunidad cristiana. De acuerdo con el Libro de los Hechos de los Apóstoles, Pablo permaneció en la ciudad durante un largo período (más de dos años, según Hch 19;10), enseñando en la sinagoga y, después, en la “escuela de Tirano” (cf. Hch 19,9). Así, reunió a su alrededor un número considerable de personas convertidas al “Camino” (cf. Hch 19,9.23). También de acuerdo con Lucas, fue a los ancianos de la Iglesia de Éfeso a los que Pablo confió, en Mileto (cf. Hch 20,17-38), su testamento espiritual, apostólico y pastoral, antes de ir a Jerusalén, donde acabaría siendo apresado. Todo esto hace suponer una relación muy estrecha entre Pablo y la comunidad cristiana de Éfeso.

Curiosamente, la carta a los Efesios es bastante impersonal y no refleja esa relación. Algunos de los comentaristas de los textos paulinos dudan, por eso, de que la carta sea de Pablo. Otros, sin embargo, creen que el texto que ha llegado hasta nosotros con el nombre de “Carta a los Efesios” es uno de los ejemplares de una “carta circular” enviada a varias iglesias de Asia Menor, incluida la comunidad cristiana de Éfeso.

En cualquier caso, la Carta a los Efesios se presenta como una carta escrita por Pablo, en un momento en el que el apóstol está en prisión (¿en Roma?). Su portador habría sido un tal Tíquico. Nos encontramos alrededor de los años 58/60. Se trata de un texto con una gran riqueza temática, de una reflexión madurada y completa donde el autor presenta una especie de síntesis de la teología paulina.

El texto que se nos propone, integra la parte dogmática de la carta (cf. Ef 1,3- 3,21). Y más concretamente, el texto nos presenta una reflexión sobre el papel de Cristo en la salvación del hombre. El punto de partida del autor de la Carta a los Efesios es la constatación de la situación de pecado en la que el hombre vive y de la cual, por sí solo, no puede salir. ¿El hombre estará, por tanto, condenado a la esclavitud del pecado y de la muerte?

Dios es rico en misericordia y ama al hombre con un amor inmenso. Por eso, a la situación pecadora del hombre, Dios responde con su gracia (v. 4). El amor salvador y liberador de Dios no es un amor con condiciones, que sólo se derrama sobre el hombre si el hombre se convierte; sino que es un amor incondicional, que alcanza al hombre incluso cuando sigue andando por caminos de pecado y de muerte (v. 5).

A ese hombre orgulloso y autosuficiente, instalado en el egoísmo y en el pecado, Dios le ofrece una nueva vida, resucitándolo y sentándolo con Cristo en el cielo (“nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él”, v. 6).

Repárese en este detalle: el autor de la Carta a los Efesios no se refiere a la resurrección del hombre y a su glorificación como una cosa futura, sino como algo pasado (usa el tiempo griego aoristo, que tienen significación de pasado). Esa acción pasada afecta al presente y tiene implicaciones en el presente.

Unido a Cristo, el cristiano ya ha resucitado y ya ha sido glorificado; continúa viviendo en la tierra, sujeto a la finitud y a las limitaciones de la vida presente pero es ya, aquí y ahora, un ciudadano del cielo. En verdad, Dios ya ha introducido en la débil y frágil naturaleza humana los dinamismos de la vida eterna. A pesar de sus limitaciones y de su debilidad, el cristiano tiene que testimoniar y anunciar esa vida nueva que Dios ya le ha ofrecido en esta tierra.

En toda esta exposición hay un elemento incuestionable y al cual el autor de la Carta a los Efesios da una gran importancia: la gratuidad de la acción salvadora de Dios.

La salvación no es una conquista del hombre, ni es el resultado de las obras o de los méritos del hombre, sino que es un puro don de Dios. Por tanto, no hay aquí lugar para ningún sentimiento de orgullo ni para ninguna actitud de vanagloria.

La salvación es una oferta gratuita que Dios hace al hombre, aunque el hombre no la merezca (v. 9). De la oferta de salvación que Dios hace al hombre, nace el hombre nuevo, que practica las buenas obras. Las buenas obras no son la condición para recibir la salvación, sino el resultado de la acción de esa gracia que Dios, en su amor y en su bondad, derrama gratuitamente sobre el hombre (v. 10).

La vida del hombre sobre la tierra está marcada por la debilidad, por la finitud, por las limitaciones inherentes a nuestra condición humana.

La enfermedad, el sufrimiento, el egoísmo, el pecado son realidades que acompañan nuestra existencia, que nos mantienen prisioneros y que nos roban la esperanza. Parece que, por nosotros mismos, nunca conseguiremos superar nuestras limitaciones y alcanzar esa realidad de vida plena, de felicidad total con la que permanentemente soñamos.

Por eso, ciertos filósofos contemporáneos se refieren a la futilidad de la existencia, a la náusea que acompaña la vida del hombre, a la inutilidad de la búsqueda de la felicidad, al fracaso que es la vida condenada a la muerte.

Este cuadro sería desesperante si no existiera el amor de Dios. Es precisamente eso lo que el autor de la Carta a los Efesios nos recuerda: Dios nos ama con un amor total, incondicional, desmedido; y es ese amor el que nos levanta de nuestra condición, nos hace superar nuestros límites, nos ofrece ese mundo nuevo de vida plena y de felicidad sin fin a la que aspiramos.

No somos pobres criaturas derrotadas, condenadas al fracaso, limitadas por un horizonte sin sentido, sino que somos hijos amados a quienes Dios ofrece la vida plena, la salvación.

En verdad, Dios introdujo en nuestra realidad humana dinamismos de superación y de vida nueva que apuntan hacia el hombre nuevo, libre de limitaciones, de debilidad y de fragilidad.

Aquellos hombres y mujeres que acojan el don de Dios, están llamados a dar testimonio de un mundo nuevo, libre de sufrimiento, de injusticia, de egoísmo, de pecado. Por eso, los creyentes tienen que anunciar y construir un mundo más justo, más fraterno, más humano. Ellos son testigos, en esta tierra, de una realidad nueva de felicidad sin fin y de vida eterna.

Muchas veces, la vida nueva de Dios se manifiesta en nuestras palabras, en nuestras acciones de compartir y de servicio, en nuestras actitudes de tolerancia y de perdón y somos signos de esperanza y de liberación para los hermanos que nos rodean.

Conviene, sin embargo, no olvidar este hecho esencial: el mérito no es nuestro, sino de Dios. Es Dios quien actúa en el mundo, quien lo transforma, quien lo recrea; nosotros somos solamente los instrumentos frágiles a través de los cuales Dios manifiesta al mundo y a los hombres su amor.