Homilía (Domingo IV de Cuaresma)

REFLEXIÓN LIBRE SOBRE EL AMOR

Dios nos ama.
Grave palabra y misterio
que pronunciamos con ligereza.
Sólo puede afirmarlo quien ama.

Yo no sé si amo de verdad.
Intuyo que Dios nos ama.

De esto no tenemos ni idea.
Ni creemos seriamente en Dios,
ni creemos de verdad en el amor.

Dios nos ama generosamente,
locamente;
no podemos ni imaginarlo.

Su locura consiste en habernos dado lo mejor de El,
su Hijo.

El amor es fuerza,
es vida,
da sentido a todo.

Por eso el amor salva.
Pero nosotros no somos salvados
porque no creemos ni en el Hijo ni en el amor.

No amamos.

¿Quién de nosotros puede afirmar que ama?
¿Acaso no cerramos constantemente las entrañas?
¿No somos egoístas cuando amamos?
¿Quién puede presumir
de haber puesto en común todo lo que tenía?
¿Acaso no somos los explotadores,
no escondemos la verdad,
no bebemos la sangre del otro?

Vivimos afincados sobre la miseria de los pobres,
edificamos sobre los cráneos duros de los que pasan hambre;
nuestra comodidad nace
de las espaldas de los que trabajan como esclavos.
¿No estamos sordos ante el gemido de los que sufren;
impasibles ante el grito de los que tienen que callar a la fuerza;
insensibles ante los encarcelados por nuestra causa?

Decimos que Dios nos ama,
y que amamos a Dios,
y dormimos tranquilos
mientras sabemos a ciencia cierta que mentimos.
Nuestra vida no manifiesta ningún amor posible;
estamos ahitos de fariseísmo, de cultos, de Palabra de Dios
mientras que los que nos ven no tienen más remedio que exclamar:
¡el Dios del amor ya ha muerto!

Ha sido enviado al mundo el Hijo del Dios que nos ama,
para que todo el que crea en El,
tenga la vida eterna.

¿Qué hemos hecho de este Hijo?
¿Lo que hicieron los viñadores homicidas,
el Sanedrín y el pueblo que pedía con maldición su Sangre?
¿Cómo pretendemos poseer la vida, si la hemos matado?

El amor nos condena.
A pesar de ser vida el amor,
y habiendo sido enviado al mundo para salvarlo,
cae sobre nosotros como juicio y condenación.
El amor de Dios es luz
que desenmascara nuestro egoísmo aceptado y retenido.

El amor nos condena.
Creernos en el Dios amor, los que no amamos;
entramos en comunión con el amor, los egoístas;
partimos el Cuerpo del que se entregó,
los que no partimos con los demás
ni siquiera los bienes que les hemos robado.

Esta es la causa de la condenación:
la luz está en el mundo
y preferimos la tiniebla;
llegamos a llamar luz a la tiniebla
y tiniebla a la luz,
y escribimos un evangelio de burgueses satisfechos
y creamos nuestro Dios,
—una ridícula caricatura del verdadero—.

Jerusalén, la ciudad humana y la Iglesia
están destruidas,
por la fuerza demoledora de nuestras manos.
Vivimos solos, desterrados, en Babilonia,
incapaces de aceptar a los otros,
de hacer la igualdad,
de crear un ámbito de libertad.
Hemos arrasado demasiado,
para que podamos ver el futuro con optimismo.

El evangelio de los creyentes está colgado
de los sauces de las orillas del mundo:
nos falta imaginación, arranque, canto, capacidad creadora,

tenemos miedo al mundo y al futuro,
a la novedad y al riesgo.

A pesar de todo,
el amor de Dios está aquí, ofrecido,
Dios, rico en misericordia,
sigue empeñado en salvarnos.
Jerusalén puede ser reconstruida,
podemos volver del aislamiento y el destierro,
las calles del mundo son pequeñas
para contener el empuje de la vida.
¡Dios nos ha resucitado en Jesucristo!

La Sangre de esta Alianza de amor
llena hoy el cáliz de nuestra Eucaristía.
¿Podremos celebrar este amor de Dios?

¿Seremos capaces de aceptar
que el amor salve nuestra vida?

El que cree y vive en el amor,
no será condenado.