Jn 3, 14-21 (Evangelio Domingo IV de Cuaresma)

Nuestro texto pertenece a la sección introductoria del Cuarto Evangelio (cf. Jn 1,19-3,36). En esa sección, el autor presenta a Jesús y procura decir quién es Jesús, a través de las intervenciones de los diversos personajes que van sucesivamente ocupando el centro del escenario y declamando su texto.

Pero, concretamente, el texto que se nos propone forma parte de la conversación entre Jesús y un “jefe de los judíos” llamado Nicodemo (cf. Jn 3,1). Nicodemo fue a visitar a Jesús “de noche” (cf. Jn 3,2), lo que parece indicar que no quería comprometer y arriesgar la posición destacada de la que gozaba en la estructura religiosa judía. Miembro del Sanedrín, Nicodemo aparecerá, más tarde, defendiendo a Jesús, delante de los jefes de los fariseos (cf. Jn 7,48-52). También estará presente en el momento en que Jesús fue bajado de la cruz y colocado en el sepulcro (cf. Jn 19,39).

La conversación entre Jesús y Nicodemo presenta tres momentos o fases. En la primera (cf. Jn 3,1-3), Nicodemo reconoce la autoridad de Jesús, gracias a sus obras; pero Jesús manifiesta que eso no es suficiente: lo esencial es reconocer a Jesús como el enviado del Padre.

En la segunda (cf. Jn 3,4-8), Jesús anuncia a Nicodemo que, para entender su propuesta, es necesario “nacer de Dios” y le explica que ese nuevo nacimiento es el nacimiento “del agua y del Espíritu”.

En la tercera (cf. Jn 3,9-21), Jesús describe a Nicodemo el proyecto de salvación de Dios: es una iniciativa del Padre, hecha presente en el mundo y en la vida de los hombres a través del Hijo y que se realiza por la cruz / exaltación de Jesús. Nuestro texto pertenece a esta tercera parte.

En el texto que se nos propone, Jesús comienza por explicar a Nicodemo que el mesías tiene que “ser elevado”, “lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto” (la referencia evoca el episodio de la marcha por el desierto cuando los hebreos, mordidos por las serpientes, miraban una serpiente de bronce levantada en un estandarte por Moisés y se curaban, cf. Nm 21,8-9).

La imagen de la “elevación” de Jesús se refiere, naturalmente, a la cruz, paso necesario para llegar a la exaltación, a la vida definitiva. Es ahí donde Jesús manifiesta su amor y muestra a los hombres el camino que ellos deben recorrer para alcanzar la salvación, la vida plena (v. 14).

A los hombres se les sugiere que crean en el “Hijo del Hombre” alzado en la cruz, para que no perezcan y tenga la vida eterna. “Creer” en el “Hijo del Hombre”, significa unirse a él y a su propuesta de vida; significa aprender la lección de amor y hacer, como Jesús, donación total de la propia vida a Dios y a los hermanos (v. 15). Esa es la forma como se llega a la “vida eterna”.

Después de estas afirmaciones generales, el autor del Cuarto Evangelio va a entrar en afirmaciones más detalladas.

¿Qué significa, exactamente, la cruz de Jesús? ¿Cómo es que la cruz genera vida definitiva para el hombre?

Jesús, el “Hijo único” enviado por el Padre al encuentro de los hombres para traerles la vida definitiva, es el gran don de amor de Dios a la humanidad. La expresión “Hijo único” evoca, probablemente, el “sacrificio de Isaac” (cf. Gn 22,16): Dios se comporta como Abraham, que fue capaz de desprenderse de su propio hijo por amor (en el caso de Abraham, amor a Dios; en el caso de Dios, amor a los hombres).

Jesús, el “Hijo único” de Dios, vino al mundo para cumplir los planes del Padre en favor de los hombres. Para eso, se encarnó en nuestra historia humana, corrió el riesgo de asumir nuestra fragilidad, compartió nuestra humanidad; y, como consecuencia de una vida gastada luchando contra las fuerzas de las tinieblas y de la muerte que esclavizan a los hombres, fue apresado, torturado y muerto en una cruz.

La cruz es el último acto de una vida vivida en amor, en donación, en entrega. La cruz es, por tanto, la expresión suprema del amor de Dios por los hombres. Ella nos da la dimensión inconmensurable del amor de Dios por la humanidad a la que él ofrece la salvación (v. 16).

¿Cuál es el objetivo de Dios al enviar a su Hijo único al encuentro de los hombres?

Es liberarlos del egoísmo, de la esclavitud, de la alienación, de la muerte, y darles la vida eterna. Con Jesús, el “Hijo único” que murió en la cruz, los hombres aprenden que la vida definitiva está en la obediencia a los planes del Padre y en la donación de la vida a los hermanos, por amor.

Al enviar al mundo a su “Hijo único”, Dios no tenía una intención negativa, sino una intención positiva. El mesías no vino con una misión judicial, ni vino a excluir a nadie de la salvación. Por el contrario, él vino a ofrecer a los hombres, a todos los hombres, la vida definitiva, enseñándoles a amar sin medida y dándoles el Espíritu que los transforma en Hombres Nuevos (v. 17).

Reparemos en este hecho notable: Dios no envió a su Hijo único al encuentro de hombres perfectos y santos; sino que envió a su Hijo único al encuentro de hombres pecadores, egoístas, autosuficientes, a fin de presentarles una nueva propuesta de vida. Y fue el amor de Jesús, gracias al Espíritu que Jesús envió, como transformó a esos hombres egoístas, orgullosos, autosuficientes y los insertó en una dinámica de vida, nueva y plena.

Ante esta oferta de salvación que Dios hace, el hombre tiene que elegir. Cuando el hombre acepta la propuesta de Jesús y se adhiere a él, escoge la vida definitiva; pero cuando el hombre prefiere continuar esclavo de esquemas de egoísmo y de autosuficiencia, rechaza la propuesta de Dios y se auto excluye de la salvación.

La salvación o la condenación no son, en esta perspectiva, un premio o un castigo que Dios da al hombre por su buen o mal comportamiento; sino que son el resultado de la elección libre del hombre, que responde a la oferta incondicional de salvación que Dios le da.

La responsabilidad por la vida definitiva o por la muerte eterna no recae, así, sobre Dios, sino sobre el hombre (v. 18).

De acuerdo con la perspectiva de Juan, tampoco existe un juicio futuro, al final de los tiempos, en el que Dios pesa en una balanza los pecados de los hombres, para ver si se han de salvar o condenar: el juicio se realiza aquí y ahora y depende de la actitud que el hombre asume ante la propuesta de Jesús.

En la parte final de nuestro texto (vv. 19-21), Juan repite el tema de la opción por la vida (Jesús) o por la muerte. Constata que, a veces, los hombres rechazan la propuesta de Dios y prefieren la esclavitud y las tinieblas (el egoísmo, la injusticia, el orgullo, la autosuficiencia, todo lo que hace al hombre infeliz y le impide el acceso a la vida definitiva). Al contrario, quien practica las obras del amor (las obras de Jesús), escoge la luz, se identifica con Dios y da testimonio de Dios en medio del mundo.

En resumen: porque amaba a la humanidad, Dios envió a su Hijo único al mundo con una propuesta de salvación. Esa oferta nunca ha sido retirada; continúa abierta y a la espera de respuesta. Ante la oferta de Dios, el hombre puede escoger la vida eterna o puede excluirse de la salvación.

En la reflexión, considerad los siguientes puntos:

Juan es el evangelista inmerso en la contemplación del amor de un Dios que no dudó en enviar al mundo a su Hijo, su único Hijo, para presentar a los hombres una propuesta de felicidad plena, de vida definitiva; y Jesús, el Hijo, cumpliendo el mandato del Padre, hace de su vida un don, hasta la muerte en cruz, para mostrar a los hombres el “camino” de la vida eterna.

El Evangelio de este Domingo nos invita a contemplar, con Juan, esta increíble historia de amor y a admirarnos por el peso que nosotros, seres limitados y finitos, pequeños granos de polvo en la inmensidad de las galaxias, adquirimos en los esquemas, en los proyectos, en el corazón de Dios.

El amor de Dios se traduce en una oferta de vida plena y definitiva para el hombre. Es una oferta gratuita, incondicional, absoluta, válida para siempre y que no discrimina a nadie. A los hombres, dotados de libertad y de capacidad para elegir, les compete decidir si aceptan o rechazan el don de Dios.

A veces, los hombres acusan a Dios por las guerras, por las injusticias, por las arbitrariedades que traen sufrimiento y muerte que pintan las paredes del mundo con el color de la desesperación.

Nuestro texto, con todo, es claro: Dios ama al hombre y le ofrece la vida. El sufrimiento y la muerte no vienen de Dios, sino que son el resultado de las elecciones equivocadas que hacen los hombres que se obstinan en la autosuficiencia y que prescinden de los dones de Dios.

En este texto, Juan define claramente el camino que todo hombre debe seguir para llegar a la vida eterna: se trata de “creer” en Jesús.

“Creer” en Jesús, no es una mera adhesión intelectual o teórica a ciertas verdades de la fe; sino que es escuchar a Jesús, acoger su mensaje y sus valores, para seguirlo en ese camino de amor y de entrega al Padre y a los hermanos.

“Creer” en Jesús, pasa por ser capaz de superar la indiferencia, la comodidad, los proyectos personales y por el empeño en hacer realidad, en el día a día, las llamadas y los desafíos de Dios.

“Creer” en Jesús, pasa por despojarse del egoísmo, del orgullo, de la autosuficiencia, de los prejuicios, para realizar gestos concretos de entrega, de servicio que traigan alegría, vida y esperanza a los hermanos que caminan codo con codo con nosotros.

En este tiempo de camino hacia la Pascua, estamos invitados a convertirnos a Jesús y a recorrer el mismo sendero de amor total que él recorrió.

Algunos cristianos viven obcecados y asustados con ese momento final en el que Dios va a juzgar al hombre, después de pesar en la balanza sus acciones buenas y malas. Juan nos garantiza que Dios no es un contable, que contabiliza los débitos y los créditos del hombre para que los pague.

El cristiano no vive en el miedo, pues sabe que Dios es ese Padre lleno de amor que ofrece a todos sus hijos la vida eterna. No es Dios quien nos condena; somos nosotros los que escogemos entre la vida eterna que Dios nos ofrece o la eterna infelicidad.