Naturaleza y Dios: ¿Femenina y masculino? Nueva visión

José María Vigil

El núcleo filosófico «antropo-teocósmico»

Tal vez la cuestión filosófica más profunda y decisiva sea la de concebir la entidad de la naturaleza (cosmos), de Dios (theos) y del ser humano (anthropos), y las relaciones correspondientes entre esos tres polos. Es lo que algunos han llamado la cuestión antropo-teocósmica. De cómo concibamos en nuestra mente esas entidades y su relación, depende todo el resto de nuestros pensamientos y acciones. Es el núcleo central de toda filosofía, y de toda espiritualidad y religión. Podemos establecer que Dios existe o que no existe, que es un ser celestial o que es la naturaleza misma; que nosotros existimos, o que no existimos sino que somos sólo «formas» del Absoluto sin dualidad ninguna… Obviamente, la toma de posición que hagamos funcionará como el axioma (o paradigma) de base que determinará todo el edificio de nuestro pensamiento y de nuestra espiritualidad.

Merece la pena preguntarnos por ello.

El axioma antropoteocósmico paleolítico

Durante todo el Paleolítico –del que tenemos documentados al menos los últimos 70.000 años– los humanos hemos exhibido un tipo de espiritualidad que ha tenido como centro el símbolo de la Divinidad Cósmica Materna, una Gran Diosa Madre que da vida desde dentro al universo como un todo orgánico, sagrado y vivo, del que formamos parte –como sus frutos, como sus hijos, como parte integrante de sus procesos– los humanos, la tierra, las plantas, todos los seres vivos. Todos formamos una red cósmica que nos vincula en todos los órdenes y a todos los niveles.

Las decenas de miles de estatuillas femeninas de la Gran Diosa Madre halladas por los arqueólogos, correspondientes a este período, expresan una visión de la vida en la tierra en la que la fuente transcendente y creativa de la vida se concibe como una madre divina, de la que todos los seres vivos nacemos y a la que volvemos con la muerte.

La separación de la Naturaleza

Hacia mediados de la edad del Bronce la diosa madre comienza a perder relevancia y capacidad de inspiración, y pasa a ser colocada en último plano, mientras los dioses masculinos ascienden a primer plano. Aparecen nuevos mitos de creación, en los que ahora es un dios padre quien juega el papel fundamental. Sumer y Egipto aportan la primera evidencia escrita del mito de la separación entre el cielo y la tierra. El cielo es la morada divina; la tierra deja de ser divina, pasa a ser mera naturaleza, material, informe, caótica. Comienza a abandonarse la imagen de la naturaleza como divinidad materna y comienza a ser pensada la naturaleza como «fabricada» por el poder de una «palabra» que otorga el ser a todas las cosas al nombrarlas.

La naturaleza deja de ser divina y holística. Su divinidad ahora es extraída y separada de ella. La nueva concepción de la divinidad pasa a ser reconocida aparte, puramente espiritual, inmaterial, supremamente inteligente y racional, plenamente masculino, todopoderoso, que pone orden en el caos femenino impredecible de la naturaleza. Son los mitos de la «creación», que despojan a la naturaleza del carácter divino que hasta entonces tenía: la realidad ante la que se encuentra el ser humano (su interlocutor existencial) queda escindido en un dualismo tierra/cielo, naturaleza/Dios.

Los mitos de la creación introducen una ruptura profunda en la unidad antropoteocósmica (cosmos, divinidad, humanidad): cielo y tierra son separados como dos pisos diferentes habitados uno por el Dios masculino y otro por la naturaleza femenina caótica que la divinidad debe dominar. La humanidad misma queda separada de la naturaleza: ya no somos parte de la naturaleza, sino hijos de Dios, ciudadanos del cielo, caídos temporalmente en la materia, de la que debemos liberarnos. La antigua unidad antropo-teocósmica ha quedado totalmente fragmentada: la naturaleza reducida a cosas y recursos naturales, y nosotros despojados de nosotros mismos en favor del todopoderoso espíritu Señor-Kyrios patriarcal.

Los analistas subrayan el gran influjo que ejerció la religiosidad de los pueblos invasores kurgans, arios y semitas, que adoraban a dioses masculinos guerreros montados a caballo, que les habían elegido para conquistar tierras nuevas y dominar o pasar a cuchillo a sus moradores, dioses solares del rayo y de la tormenta. Por todo el Próximo Oriente se dio un proceso de sustitución de las antiguas divinidades por este nuevo tipo de dios masculino y guerrero.

Al darse esta metamorfosis en el concepto de Dios, no sólo cambió el estatus ontológico de la naturaleza (que como decimos pasó de ser divinidad a ser creatura), sino también el del ser humano, que de haber vivido en simbiótica unión con la naturaleza como fuente creativa de la vida, pasa a menospreciar la naturaleza, a darle la espalda, a considerarse sobre-natural, ciudadano del cielo, peregrino sólo de paso por la tierra, viviendo sólo para el espíritu inmaterial. Y cambió también, concomitantemente, el estatus de la mujer: en la antigua Sumer, como en el antiguo Egipto y en Creta, las mujeres eran propietarias, sus intereses estaban protegidos por los tribunales, hermanas y hermanos heredaban en igualdad, y tenían funciones públicas en la sociedad, especialmente las sacerdotisas. Con este cambio religioso se deterioró la posición de las mujeres, a la par que perdían su posición las deidades femeninas del panteón sumerio. Los invasores kurgans, arios y semitas veían a la mujer como posesión del varón, padres y maridos reclamaban la potestad sobre ellas, heredaban sólo los hijos varones, mientras las hijas podían ser vendidas como esclavas por padres y hermanos… El nacimiento de un varón se veía como una bendición, mientras una hija podría ser abandonada a su suerte.

Esta profunda transformación religiosa que se dio por la confluencia de la revolución agraria, la revolución urbana y las invasiones indoeuropeas, que desde el «panel de control» del «núcleo cosmoteándrico» reconfiguró inconscientemente el paradigma profundo de nuestra cosmovisión global, se consolidó rápidamente, y al final de la era de Bronce ya no quedaba rastro de la cosmovisión antigua. Desapareció la Diosa Madre, la naturaleza quedó definitivamente degradada a la categoría de fabricación divina y asociada negativamente al caos y a la feminidad, y dios quedó solitario en el cielo empíreo, puramente espiritual, sin contaminación femenina ni natural, masculino, supremamente inteligente y todopoderoso. No quedó rastro de la cosmovisión antigua.

La Biblia, puesta por escrito a partir sólo del siglo VII a.C., surge pues ya dentro de lleno en la época del nuevo paradigma teoantropocósmico. Es éste un condicionamiento muy profundo del que sólo hoy nos hacemos conscientes, gracias a la ciencia arqueológica y antropológica que nos lo han permitido saber. Así como sabemos que el geocentrismo de la Biblia es simplemente efecto de la ignorancia precientífica de la época en que fue redactada y podemos prescindir de él, igualmente hoy podemos asumir que el carácter meramente material y caótico de la ‘creación’, el despojo de sacralidad divina llevado a cabo contra la naturaleza, la separación del segundo piso celestial, el carácter masculino y absolutamente transcendente de Dios, la misoginia de las religiones, o nuestro vivir expatriados de espaldas a nuestra divina madre Naturaleza… son también avatares de la historia de nuestro imaginario bioevolutivo, cuyo fundamento o pertinencia para hoy estamos en capacidad de juzgar. Podemos aceptarlos y confirmarlos, o revertirlos para recuperar el hogar espiritual cosmoteándrico del que nos desviamos.

Se impone la necesidad de un análisis más profundo de este núcleo antropoteocósmico, de sus transformaciones a lo largo de nuestra historia evolutiva, de la libertad omnímoda en que estamos frente a todo condicionamiento filosófico anterior, y de la necesidad de una nueva visión que nos libere de los desastres que nos ha causado a nosotros y al planeta la forma disfuncional actual en que nos relacionamos con la naturaleza. Urge «volver a casa», volver a la visión que fue nuestro hogar espiritual, una visión cosmoteándrica que nos permitió vivir durante milenios como hijos cariñosos de la Hermana Madre Tierra, hoy Gaia, cuerpo encarnado de la divinidad. Como dijo la EATWOT: sólo dejaremos de depredar la naturaleza cuando comprendamos su carácter divino y nuestro auténtico carácter natural.

Los paradigmas y axiomas son primeros principios, indeducibles, ante los que tenemos que optar, no tanto por razones teóricas, cuanto sobre todo prácticas: aquellos que nos han hecho y nos siguen haciendo tanto daño han de ser sustituidos. Y no va a ser muy difícil porque, a pesar de todo, están aquí mismo, ahí debajo, en el subconsciente colectivo, como bien obervara Jung. La Gran Diosa Hermana Madre Tierra posteísta nos está esperando.

Anuncio publicitario