Miércoles III de Cuaresma

Hoy es 7 de marzo, miércoles de la tercera semana de Cuaresma.

El itinerario de estos 40 días de Cuaresma tiene que ver con aligerarnos, con hacer espacio en nosotros, con ser llevados a desiertos no buscados y con dejarnos poder. La oración hace en nuestro interior este trabajo para que no se pierda en nosotros nada que tenga que ver con el amor. Con esos lazos y leyes de amor que tanta falta hacen en nuestro mundo.

El mundo está triste, herido y sangrando, todo parece acabar.
Ya no hay más esperanza, no se ve una sonrisa, una flor, algún cantar.
Mas cuando el brillo del día irrumpe en las nubes
viene un sueño feliz, el despertar.

Cuando los lazos de amor me abrazan, me conducen a Dios
yo siento en mi la esperanza que me eleva y me pone de pie.
Y es cuando me abro a su fuerza que todo lo puede…
dejo atrás el temor, me pongo a andar.

Hay que dejar que lo nuevo despierte, soltar la ilusión
que nos engaña, encandila, brilla, explota como pompas de jabón.
Y armarse de nuevas certezas, amarse con toda ternura,
y entregarse al amor que sólo Dios sabe dar.
Y armarse de nuevas certezas, amarse con toda ternura,
y entregarse al amor que sólo Dios sabe dar.

Cuando encontramos el mismo camino nace el pueblo de Dios,
que de noche va peregrino, cantando con fe.
Y nada detiene el deseo de ir paso a paso
buscando al Señor, el reino de Dios.

Hay que dejar que lo nuevo despierte, soltar la ilusión
que nos engaña, encandila, brilla, explota como pompas de jabón.
Y armarse de nuevas certezas, amarse con toda ternura,
y entregarse al amor que sólo Dios sabe dar.
Y armarse de nuevas certezas, amarse con toda ternura,
y entregarse al amor que sólo Dios sabe dar.

      Lazos de amor, Cristóbal Fones, sj. CD «Ite Inflammate Omnia»

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 5, 17-19):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.»

La Cuaresma es un tiempo para hacer espacio dentro de cada uno y dejar que se vaya ordenando la vida. En nuestro viajes interiores se ordena algo, nuestras imágenes internas, nuestros recuerdos y nuestro amor. Eso significa que se ponen en el lugar que les corresponde y de esa forma se restablece el orden. Hago un poco de espacio dentro. En medio de todo lo que normalmente me llena, me ocupa y me preocupa hace falta un espacio para Dios y su palabra.

Ordenar la vida requiere en gran medida despedir y soltar y abrirse a aquello que aún falta para que se complete. Por eso Jesús dice que él ha venido a dar plenitud a todo el camino anterior. La ley y los profetas han sido pasos necesarios, tiempo de maduración. Todo forma parte de la historia de salvación. También en mi historia todo tiene su sentido, su lugar, su razón.

A la luz del evangelio me pregunto, ¿qué necesita ser ordenado, reorientado en mí? ¿En qué aspectos de mi vida siento la invitación a vivir más presente, con más plenitud allí donde estoy?

Dios no es para la vida, sino en la vida. Para proclamar la historia de la salvación enviada por Dios nosotros mismos debemos ser parte de esa historia. Una historia cuyo hilo conductor es el amor. El amor que sobrepasa la última letra y tilde de la ley. El amor que anhelaron los profetas y mostró Jesús.

El amor

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p style=»text-align:justify;»>Cuando el amor te llame, síguelo.
Aunque su camino sea angustioso y arduo.
Y entrégate a sus alas que te envuelven.
Aunque la espada oculta en ellas te 
hiera.
Y cree en el, créele cuando te hable.
Aunque su voz doblegue y marchite tus 
sueños,
como el viento del norte marchita los jardines.
Porque así como el amor te llena de gloria, así te crucifica.
Como te da abundancia, así te tala.
Como llega a la altura y besa tus mas frágiles ramas,
las que se agitan bajo el 
sol,
así descenderá en su abrazo con la tierra.
Como a gavillas de trigo,
el amor te une a ti,
te reúne contigo.
Te desgarra, 
para desnudarte.
Te depura, para despojarte de las aristas que revisten tu imagen.
Te pulveriza, 
para que alcances la blancura.
Te amasa, para que cuanto es dócil y flexible en tu dureza renazca.
Y te entrega 
luego a su sagrado fuego,
para que seas pan sagrado en la fiesta sagrada.
Todo esto hará el amor para llevarte
hacia el conocimiento de tu alma,
y a 
formar parte, así, del alma de la Vida.
Pero si tu temor te induce a buscar tan solo la paz
y el goce del amor,
es 
preferible que cubras tu desnudez y abandones su portal.
Y marches hacia un 
mundo sin primaveras
en el que reirás y lloraras,
pero no con toda tu risa ni 
con todo tu llanto.
El amor no da ni toma nada excepto de si mismo.
Y no posee ni es poseído.
Porque el amor es todo para el amor.
Cuando ames, no digas que Dios esta en tu corazón,
di que tu estas en el corazón 
de Dios.

Kalhil Gibran

Señor Jesús, que no se pierda en mí nada que tenga que ver con el amor. Que tu amor ordene mi vida en la dirección del reino. Que aprenda que todo lo que vivo forma parte de tu historia de salvación en mí, en nosotros.

Gloria al Padre,
y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

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Liturgia 7 de marzo

SANTAS PERPETUA Y FELICIDAD, mártires, conmemoración

Misa de la feria (morado)

Misal: 1ª oración propia. Prefacio de Cuaresma.

Leccionario: Vol. II

  • Dt 4, 1. 5-9. Observad los mandatos y cumplidlos.
  • Sal 147. Glorifica al Señor, Jerusalén.
  • Mt 5, 17-19. Quien los cumpla y enseñe será grande.

Antífona de entrada
Gozan en el cielo las almas de los santos que siguieron las huellas de Cristo; porque derramaron su sangre por amor a él, se alegran con Cristo para siempre.

Oración colecta
OH, Dios,

las santas mártires Perpetua y Felicidad,
urgidas por tu caridad,
vencieron el tormento de la muerte
rechazando al enemigo;
concédenos, por sus oraciones,
crecer siempre en tu amor.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
CONCÉDENOS, Señor,

que este sacrificio de salvación,
purifique nuestros pecados
y atraiga sobre nosotros la ayuda de tu poder.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio de Cuaresma.

Antífona de comunión          Sal 14, 1-2
Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y habitar en tu monte santo? El que procede honradamente y practica la justicia.

Oración después de la comunión
LA participación en este santo sacramento

nos vivifique, Señor,
expíe nuestros pecados
y nos otorgue tu protección.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
OH, Dios, maestro y guía de tu pueblo,

aleja de él los pecados que le afean,
para que te sea siempre agradable
y se sienta seguro con tu auxilio.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santas Perpetua y Felicidad

SANTAS PERPETUA Y FELICIDAD
MÁRTIRES

Los nombres de las Santas Perpetua y Felícitas figuran de antiguo en el canon de la misa. Habían muerto en el anfiteatro de Cartago el año 203. En el calendario filocaliano de Roma del tiempo de San Dámaso, aparece su fiesta el 7 de marzo. Después se perdió la memoria de su celebración, que a principios de este siglo restauró San Pío X. Fue con motivo de las excavaciones que se realizaban cerca de Túnez, en el emplazamiento de la vieja Cartago. Aparecieron los restos de una basílica paleocristiana y fue hallado el epitafio de estas célebres mártires. Mas como el día siete estaba ocupado por Santo Tomás de Aquino se anticipó la fiesta un día.

Las actas auténticas del martirio de las célebres santas es uno de los documentos más realistas y emocionantes que se conocen. Habremos de contentarnos con espigar algunos de sus más bellos párrafos.

Las Actas constan de tres partes, dos autobiográficas y una narrativa. La primera escrita por la pluma de la misma mártir protagonista: Santa Perpetua; la segunda débese a Sáturo, compañero de martirio de la misma, y lo restante —preámbulo y epílogo— corresponde al armonizador de toda la pieza literaria, tal vez Tertuliano, que la debió ofrecer al público en griego y latín.

Como consecuencia del edicto de Septimio Severo contra los cristianos, promulgado el 202, fueron apresados al año siguiente varios cristianos de Cartago, todavía catecúmenos: Revocato y Felícitas, que eran de condición servil, o sea, esclavos, y Saturnino y Secúndulo. Con ellos estaba Vibia Perpetua, de ilustre cuna, de exquisita formación, casada con la dignidad de las matronas, a quien vivían sus padres y dos hermanos y un niño de pecho. Tendría como veintidós años.

A estos mártires se les agregó después espontáneamente Sáturo, diácono, que había sido su maestro de catecumenado y fue quien después les sostuvo en la larga lucha, Santa Perpetua nos va narrando los incidentes del proceso. Primero fueron detenidos en una casa particular, con guardias de vista. Allí comenzaron las luchas con su padre, que era pagano. Estando en esta custodia atenuada recibieron el bautismo y a los pocos días fueron metidas en la cárcel pública.

Quien haya visto la cárcel mamertina de Roma puede imaginarse lo que era una cárcel de los tiempos del Imperio.

«Me horroricé —dice la Santa—, jamás había sentido sensación de tal oscuridad. ¡Terrible día!, insoportable estrechez por el hacinamiento; pero mi mayor preocupación era por el chiquitín».

Entonces intervinieron dos diáconos ante los carceleros y trasladaron a los presos a las celdas del piso superior, desde donde podía verse el mar. Y dice la Santa con una frase muy meridional: «sentimos un refrigerio».

Porque, además, le permitieron tener consigo al niño. «Yo daba el pecho al niño, que estaba esmirriado por no haber mamado nada». Mas la preocupación por su familia no la dejaba sosegar. «Me consumía viendo lo que ellos se consumían por lo que me querían.

Cuando al fin, tras algunas gestiones, logró que le dejaran consigo al niño, «noté como si la cárcel se me hubiese convertido en pretorio», y ya prefería estar allí a ningún otro sitio. Sí, el pretorio era el palacio del procónsul o gobernador, algo equivalente a nuestras capitanías generales.

Aquellos días Santa Perpetua tiene una visión. Sube por una larga escalera, a cuyos lados aparecen innumerables instrumentos de suplicio y cuyo primer peldaño, custodia un terrible dragón. El diácono Sáturo la anima y hollando la cabeza del dragón sube hasta lo alto. «Y ante mis ojos —dice— se abrió como un inmenso jardín».

La Santa nos hace la más bella descripción del paraíso, llena de alusiones a la representación iconográfica de Cristo en la primitiva Iglesia y a los ritos de la Eucaristía. «En medio del jardín estaba sentado un hombre alto, como en traje de pastor, y ordeñaba las ovejas. Y a su alrededor, millares de personas vestidas de blanco. Y levantando la cabeza fijó los ojos en mí y me dijo: «Bienvenida, hija». Y pronunciando mi nombre, me dio a comer un bocado de queso que estaba cuajando. Yo lo recibí con las manos juntas y lo comí. Y todos los circunstantes dijeron: Amén. Al ruido de las voces volví en mí y todavía me quedaba no sé qué saboreo de dulcedumbre».

La Santa comprendió que la esperaba el martirio, que no se reduciría exclusivamente a dar la vida por la fe, sino a sufrir antes mucho por el dolor de su padre pagano.

La escena que se desarrolla ante el tribunal, al tiempo del interrogatorio, es de un patetismo conmovedor.

Subió mi padre a donde yo estaba (el tablado del tribunal) para hacerme cambiar y me dijo: «Hija mía, ten compasión de mis canas; ten compasión de tu padre, si es que merezco de ti el nombre de padre. Y, pues, he hecho con el trabajo de estas manos que llegases hasta la flor de la edad, e incluso te he mejorado sobre todos tus hermanos, no seas al fin mi baldón a los ojos de los hombres. Mira a tu madre, mira a tus hermanos, mira a tu madre y a tu tía materna, mira a tu hijito que no podrá sobrevivir a tu muerte. No seas empedernida ni la ruina de todos nosotros. ¿Quién de nosotros osará abrir la boca con libertad si te cae esta pasión?»

«Estas palabras poníale en los labios su corazón de padre. Me besaba las manos, se echaba a mis pies, y con lágrimas me suplicaba, llamándome no hija, sino señora suya. Yo era la primera en sentir el trance de mi padre, y veía que él sería el único de toda la parentela que no se alegraría de mi martirio».

La Santa le dio ánimos como pudo y el padre se apartó del tribunal entristecido.

Al día siguiente, con motivo del interrogatorio en el foro, en que todos confesaron ante el procurador Hilariano su fe cristiana, el padre volvió a la carga.

«Y como mi padre insistiera para que yo renegase, Hilariano, cansado, mandó que le echasen fuera y le golpearon con una vara. Sentí los varazos como si me los hubieran dado a mí. Entonces Hilariano falló sentencia contra todos nosotros, condenándonos a las fieras. Y todos, alegres, bajamos a la cárcel».

—Como ya el niño se había habituado a tomarme el pecho y sentía placer en estar conmigo, mandé aprisa al diácono Pomponio para que se lo pidiese a mi padre. Este se negó a darlo. Pero gracias a Dios resultó que el niño no tenía más ganas de mamar, con lo que me sentí aliviada al verme libre de la preocupación del pequeño y de la molestia de los pechos».

Se acercaba el aniversario de Geta, hijo del emperador, en cuyo honor se darían unos juegos, siendo el número fuerte del programa el martirio de los encarcelados. La víspera les permiten recibir la visita de los parientes, y, por última vez, el padre de Perpetua quiere disuadirla. «Decía tales cosas que ablandarían a los peñascos. A mí me afligía tan infeliz vejez».

La víspera del combate Perpetua volvió a tener otra visión. Se encontró en medio del anfiteatro ante la expectación de la muchedumbre. Le tocaba luchar contra un atleta de proporciones ciclópeas, un egipcio de mala catadura. En los escritos primitivos el demonio es representado en tipo de egipcio, quizás por el color negro de la piel. La Santa logró vencerle y recibir de manos del presidente del combate un ramo con manzanas de oro, al tiempo que la besaba, diciendo: «Hija, la paz contigo». «En esto desperté. Y conocí que mi lucha acabaría no con las bestias, sino contra el diablo. Pero no dudaba de la victoria». Y termina así su relación: «Esto lo he anotado yo misma hasta la víspera de la lucha: si alguno quiere, escriba lo que ocurrirá el mismo día del «juego».

El diácono Sáturo dejó la reseña de otra visión, que venía a confirmar la victoria por el martirio, mas la relación de éste se la debemos a un autor anónimo, a quien todos identifican como Tertuliano.

Él nos refiere cómo Felícitas, la esclava, que estaba encinta de ocho meses y temía no poder acompañar al suplicio a sus compañeros por causa del embarazo, dio finalmente a luz merced a las oraciones de todos los mártires, que unánimemente lo pidieron.

Y como se quejase por los dolores del alumbramiento, díjole uno de los guardianes:

—Pues si ahora sientes esos dolores, ¿qué será echada a las fieras?

—Ahora soy yo la que sufro —replicó ella—, pero allí otro será quien sufrirá por mí, ya que yo sufriré por Él.

Dio a luz una niña, encargándose una hermana, esto es, una cristiana, de su crianza y educación.

Perpetua lleva hasta el último momento la dirección del pequeño grupo. Ella se enfrenta con dignidad con el tribuno de la cárcel, que en los últimos días extrema su rigor con los detenidos.

—¿Cómo no miras un poco más por nuestro bien para que aparezcamos lustrosos en las luchas del aniversario del César?

El tribuno se ruboriza y les permite la visita de amigos y parientes.

La víspera de los juegos se les concede la «cena líbera», como era uso en tales casos. Una comida que ellos convierten en ágape cristiano. Sáturo reprende la curiosidad de los paganos que acuden a la cárcel a contemplar las víctimas del día siguiente. Muchos marchan confusos, otros se convierten a la fe.

Brilla por fin el día del sacrificio. Van todos al anfiteatro «como en viaje al cielo, alegres, con los rostros bañados de satisfacción. Perpetua marcha llena de majestad, como matrona de Cristo, resplandeciente el semblante. Cerca Felícitas, jubilosa por haber dado ya a luz».

Llegadas a la puerta, quieren vestirles con ornamentos que recuerden los juegos paganos: los hombres como los sacerdotes de Saturno; las mujeres como las sacerdotisas de Ceres.

Perpetua se opone al atropello y al fin les ahorran tal injuria.

Tuvieron suerte los mártires en morir de la muerte que habían deseado. Ellos, a zarpazos y dentelladas de las fieras. Perpetua y Felícitas, envueltas en redes, fueron expuestas a las embestidas de una vaca, que las derribó.

Perpetua, digna hasta el fin, «apenas cayó, más preocupada del pudor que del dolor, atrajo la túnica al lado de la rasgadura para tapar el muslo. Después —bello rasgo femenino—, tomando una horquilla, se sujetó los cabellos desordenados, pues no era decoroso que una mártir diera en el momento de su gloria sensación de plañidera».

Los santos mártires no murieron del todo a causa de las heridas de las bestias. Fueron llevados a la puerta sanavivaria, donde antes de recibir el golpe de gracia, «se besaron mutuamente para completar así su martirio con el signo litúrgico de la paz».

Allí todavía Perpetua tuvo que asir la mano vacilante del verdugo y guiarla hacia su propio cuello. «Tal vez una mujer tan varonil y tan temida por el diablo no podía, morir de otro modo sino queriéndolo ella. Este es el relato de la «pasión» de los que Tertuliano llama «fortísimos y bienaventurados mártires». Una página tiernísima de la historia de la Iglesia. Él, contemporáneo del suceso, dice que «estos maravillosos ejemplos de nuestros días, no menos que los antiguos, sirven para edificación de la Iglesia». Ciertamente, y su fondo familiar y humano nos parece recordar hechos de las persecuciones que actualmente ocurren. El heroísmo martirial que sin cesar se repite.

CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

Laudes – Miércoles III de Cuaresma

LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Ant. A Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

Himno: CUANDO VUELTO HACIA TI DE MI PECADO.

Cuando vuelto hacia ti de mi pecado
iba pensando en confesar sincero
el dolor desgarrado y verdadero
del delito de haberte abandonado;

cuando pobre volvime a ti humillado,
me ofrecí como inmundo pordiosero;
cuando, temiendo tu mirar severo,
bajé los ojos, me sentí abrazado.

Sentí mis labios por tu amor sellados
y ahogarse entre tus lágrimas divinas
la triste confesión de mis pecados.

Llenóse el alma en luces matutinas,
y, viendo ya mis males perdonados,
quise para mi frente tus espinas. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti, Señor.

Salmo 85 – ORACIÓN DE UN POBRE ANTE LAS DIFICULTADES.

Inclina tu oído, Señor; escúchame,
que soy un pobre desamparado;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo;
salva a tu siervo, que confía en ti.

Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti;

porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica.

En el día del peligro te llamo,
y tú me escuchas.
No tienes igual entre los dioses, Señor,
ni hay obras como las tuyas.

Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor;
bendecirán tu nombre:
«Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios.»

Enséñame, Señor, tu camino,
para que siga tu verdad;
mantén mi corazón entero
en el temor de tu nombre.

Te alabaré de todo corazón, Dios mío;
daré gloria a tu nombre por siempre,
por tu grande piedad para conmigo,
porque me salvaste del abismo profundo.

Dios mío, unos soberbios se levantan contra mí,
una banda de insolentes atenta contra mi vida,
sin tenerte en cuenta a ti.

Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal,
mírame, ten compasión de mí.

Da fuerza a tu siervo,
salva al hijo de tu esclava;
dame una señal propicia,
que la vean mis adversarios y se avergüencen,
porque tú, Señor, me ayudas y consuelas.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti, Señor.

Ant 2. Dichoso el hombre que procede con justicia y habla con rectitud.

Cántico: DIOS JUZGARÁ CON JUSTICIA Is 33, 13-16

Los lejanos, escuchad lo que he hecho;
los cercanos, reconoced mi fuerza.

Temen en Sión los pecadores,
y un temblor se apodera de los perversos:
«¿Quién de nosotros habitará un fuego devorador,
quién de nosotros habitará una hoguera perpetua?».

El que procede con justicia y habla con rectitud
y rehúsa el lucro de la opresión;
el que sacude la mano rechazando el soborno
y tapa su oído a propuestas sanguinarias,
el que cierra los ojos para no ver la maldad:
ése habitará en lo alto,
tendrá su alcázar en un picacho rocoso,
con abasto de pan y provisión de agua.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichoso el hombre que procede con justicia y habla con rectitud.

Ant 3. Aclamad al Rey y Señor.

Salmo 97 – EL SEÑOR, JUEZ VENCEDOR

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad:

tocad la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas
aclamad al Rey y Señor.

Retumbe el mar y cuanto contiene,
la tierra y cuantos la habitan;
aplaudan los ríos, aclamen los montes
al Señor, que llega para regir la tierra.

Regirá el orbe con justicia
y los pueblos con rectitud.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Aclamad al Rey y Señor.

LECTURA BREVE   Dt 7, 6. 8-9

El Señor, tu Dios, te eligió para que fueras, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad. Por el amor que os tiene y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó de Egipto con mano fuerte y os rescató de la esclavitud, del dominio del Faraón, rey de Egipto. Así conocerás que el Señor, tu Dios, es el Dios verdadero, el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor, por mil generaciones, con los que lo aman y guardan sus preceptos.

RESPONSORIO BREVE

V. Él me librará de la red del cazador.
R. Él me librará de la red del cazador.

V. Me cubrirá con su plumaje.
R. Él me librará de la red del cazador.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Él me librará de la red del cazador.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud», dice el Señor.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud», dice el Señor.

PRECES

Bendigamos al Autor de nuestra salvación, que ha querido renovar en sí mismo todas las cosas, y digámosle:

Renuévanos, Señor, por tu Espíritu Santo.

Señor, tú que nos has prometido un cielo nuevo y una tierra nueva, renuévanos sin cesar por tu Espíritu Santo,
para que lleguemos a gozar eternamente de ti en la nueva Jerusalén.

Que trabajemos, Señor, para que el mundo se impregne de tu Espíritu
y se logre así más eficazmente la justicia, el amor y la paz universal.

Enséñanos, Señor, a corregir nuestra pereza y nuestra desidia
y a poner nuestro corazón en los bienes eternos.

Líbranos del mal
y presérvanos de la fascinación de la vanidad que oscurece la mente y oculta el bien.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Digamos al Padre, unidos a Jesús, la oración que él nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Concédenos, Señor, que, purificados por las prácticas cuaresmales y alimentados con tu palabra, nos entreguemos completamente a ti por una santa moderación en el uso de las cosas terrenas y que perseveremos fraternalmente unidos en la oración. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Oficio de lectura – Miércoles III de Cuaresma

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. A Cristo, el Señor, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, venid, adorémosle.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Himno: LEVÁNTAME SEÑOR, QUE ESTOY CAÍDO

Levántame Señor, que estoy caído,
sin amor, sin temor, sin fe, sin miedo;
quiérome levantar, y estoyme quedo;
yo propio lo deseo, y yo lo impido.

Estoy, siendo uno solo, dividido:
a un tiempo muerto y vivo, triste y ledo;
lo que puedo hacer, eso no puedo;
huyo del mal y estoy en él metido.

Tan obstinado estoy en mi porfía,
que el temor de perderme y de perderte
jamás de mi mal uso me desvía.

Tu poder y bondad truequen mi suerte:
que en otros veo enmienda cada día,
y en mí nuevos deseos de ofenderte. Amén.

SALMODIA

Ant 1. La misericordia y la fidelidad te preceden, Señor.

Salmo 88, 2-38 I – HIMNO AL DIOS FIEL A LAS PROMESAS HECHAS A DAVID

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Pues dijiste: «Cimentado está por siempre mi amor,
asentada más que el cielo mi lealtad.»

Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
«Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades.»

El cielo proclama tus maravillas, Señor,
y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles.
¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?
¿Quién como el Señor entre los seres divinos?

Dios es temible en el consejo de los ángeles,
es grande y terrible para toda su corte.
Señor de los ejércitos, ¿quién como tú?
El poder y la fidelidad te rodean.

Tú domeñas la soberbia del mar
y amansas la hinchazón del oleaje;
tú traspasaste y destrozaste a Rahab,
tu brazo potente desbarató al enemigo.

Tuyo es el cielo, tuya es la tierra;
tú cimentaste el orbe y cuanto contiene;
tú has creado el norte y el sur,
el Tabor y el Hermón aclaman tu nombre.

Tienes un brazo poderoso:
fuerte es tu izquierda y alta tu derecha.
Justicia y derecho sostienen tu trono,
misericordia y fidelidad te preceden.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, ¡oh Señor!, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo.

Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. La misericordia y la fidelidad te preceden, Señor.

Ant 2. El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David.

Salmo 88, 2-38 II

Un día hablaste en visión a tus amigos:
«He ceñido la corona a un héroe,
he levantado a un soldado sobre el pueblo.»

Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso;

no lo engañará el enemigo
ni los malvados lo humillarán;
ante él desharé a sus adversarios
y heriré a los que lo odian.

Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán,
por mi nombre crecerá su poder:
extenderé su izquierda hasta el mar,
y su derecha hasta el Gran Río.

Él me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora»;
y yo lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra.

Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable;
le daré una posteridad perpetua
y un trono duradero como el cielo.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David.

Ant 3. Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo.»

Salmo 88, 2-38 III

Si sus hijos abandonan mi ley
y no siguen mis mandamientos,
si profanan mis preceptos
y no guardan mis mandatos,
castigaré con la vara sus pecados
y a latigazos sus culpas;

pero no les retiraré mi favor
ni desmentiré mi fidelidad,
no violaré mi alianza
ni cambiaré mis promesas.

Una vez juré por mi santidad
no faltar a mi palabra con David:
«Su linaje será perpetuo,
y su trono como el sol en mi presencia,
como la luna, que siempre permanece:
su solio será más firme que el cielo.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo.»

V. Convertíos y haced penitencia.
R. Haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

PRIMERA LECTURA

Del libro del Éxodo 33, 7-11. 18-23; 34, 5-9. 29-35

ESPECIAL MANIFESTACIÓN DE DIOS A MOISÉS

En aquellos días, Moisés levantó la Tienda de Dios y la plantó fuera, a distancia del campamento; la llamó «Tienda de Reunión». El que tenía que visitar al Señor salía fuera del campamento y se dirigía a la Tienda de Reunión. Cuando Moisés salía en dirección a la Tienda, todo el pueblo se levantaba y esperaba a la entrada de sus tiendas, mirando a Moisés hasta que éste entraba en la Tienda; en cuanto él entraba, la columna de nube bajaba y se quedaba a la entrada de la Tienda, mientras él hablaba con el Señor, y el Señor hablaba con Moisés.

Cuando el pueblo veía la columna de nube a la puerta de la Tienda, se levantaba y se prosternaba cada uno a la entrada de su tienda.

El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo. Después él volvía al campamento, mientras Josué, su joven ayudante, permanecía sin apartarse de la Tienda. Un día Moisés dijo al Señor:

«Enséñame tu gloria.»

Y él respondió:

«Yo haré pasar ante ti toda mi bondad y pronunciaré ante ti el nombre del Señor, pues yo me compadezco de quien quiero y favorezco a quien quiero; pero mi rostro no lo puedes ver, porque nadie puede verlo y seguir viviendo.»

Y añadió:

«Ahí tienes un sitio donde puedes ponerte junto a la peña; cuando pase mi gloria ante ti, te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado; y, cuando retire la mano, podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás.»

Y el Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor. El Señor pasó ante él proclamando:

«Yahvéh, Yahvéh, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor y fidelidad. Misericordioso hasta la milésima generación, que perdona culpa, delito y pecado, pero no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos y nietos, hasta la tercera y cuarta generación.»

Moisés al momento se prosternó y se echó por tierra. Y le dijo:

«Si he obtenido tu favor, dígnese mi Señor venir con nosotros, aunque sea ése un pueblo de dura cerviz, perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya.»

Cuando Moisés volvió a bajar del monte Sinaí con las dos tablas de la alianza en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de su rostro por haber hablado con el Señor. Pero Aarón y todos los israelitas vieron a Moisés con la piel de su rostro radiante, y no se atrevieron a acercarse a él. Cuando Moisés los llamó, se acercaron Aarón y los jefes de la comunidad, y Moisés les habló. Después se acercaron todos los israelitas, y Moisés les comunicó las órdenes que el Señor le había dado en el monte Sinaí. Y, cuando terminó de hablar con ellos, se echó un velo sobre el rostro.

Cuando entraba a la presencia del Señor para hablar con él, se quitaba el velo hasta la salida. Cuando salía comunicaba a los israelitas lo que el Señor le había mandado. Los israelitas veían la piel radiante de su rostro, y Moisés se volvía a echar el velo sobre la cara, hasta que volvía a hablar con Dios.

RESPONSORIO    2Co 3, 13. 18. 15

R. Moisés ponía un velo sobre su rostro, para que no se fijasen los hijos de Israel en su resplandor. * Mas todos nosotros, reflejando como en un espejo en nuestro rostro descubierto la gloria del Señor, nos vamos transformando en su propia imagen, hacia una gloria cada vez mayor, por la acción del Señor, que es espíritu.
V. Hasta el día de hoy persiste un velo tendido sobre sus corazones.
R. Mas todos nosotros, reflejando como en un espejo en nuestro rostro descubierto la gloria del Señor, nos vamos transformando en su propia imagen, hacia una gloria cada vez mayor, por la acción del Señor, que es espíritu.

SEGUNDA LECTURA

Del Libro de san Teófilo de Antioquía, obispo, a Autólico
(Libro 1, 2. 7: PG 6, 1026-1027. 1035)

DICHOSOS LOS LIMPIOS DE CORAZÓN, PORQUE ELLOS VERÁN A DIOS

Si tú me dices: «Muéstrame a tu Dios», yo te responderé: «Muéstrame primero qué tal sea tu persona», y entonces te mostraré a mi Dios. Muéstrame primero si los ojos de tu mente ven, si los oídos de tu corazón oyen.

Del mismo modo, en efecto, que los que gozan de la visión corporal perciben lo que sucede aquí en la tierra y examinan las cosas opuestas entre sí -como son la luz y las tinieblas, lo blanco y lo negro, lo deforme y lo hermoso, lo proporcionado y lo que no lo es, lo mesurado y lo desmesurado, lo que rebasa sus límites y lo que es incompleto-, y lo mismo podemos decir con respecto a lo que es objeto de audición -los sonidos agudos, graves, agradables-, así también acontece con los oídos del corazón y los ojos de la mente, con respecto a la visión de Dios.

Efectivamente, Dios se deja ver de los que son capaces de verlo, porque tienen abiertos los ojos de la mente. Porque todos tienen ojos, pero algunos los tienen bañados en tinieblas y no pueden ver la luz del sol. Y no porque los ciegos no la vean deja por eso de brillar la luz solar, sino que ha de atribuirse esta oscuridad a su defecto de visión. Así tú tienes los ojos entenebrecidos por tus pecados y malas acciones.

El alma del hombre debe ser nítida como un espejo reluciente. Cuando en un espejo hay herrumbre, no puede el hombre contemplar en él su rostro; del mismo modo, cuando hay pecado en el hombre, no puede éste ver a Dios. Pero, si quieres, puedes sanar; confíate al médico y él punzará los ojos de tu mente y de tu corazón. ¿Quién es este médico? Dios, que por su Palabra y sabiduría creó todas las cosas, ya que, como dice el salmo: La Palabra del Señor hizo el cielo; el Aliento de su boca, sus ejércitos. Eminente es su sabiduría. Con ella fundó Dios la tierra; con su inteligencia consolidó los cielos, con su ciencia brotaron los abismos y las nubes destilaron rocío.

Si eres capaz, oh hombre, de entender todo esto y procuras vivir de un modo puro, santo y piadoso, podrás ver a Dios; pero es condición previa que haya en tu corazón la fe y el temor de Dios, para llegar a entender estas cosas. Cuando te hayas despojado de tu condición mortal y hayas revestido la inmortalidad, entonces estarás en disposición de ver a Dios. Porque Dios resucitará tu cuerpo, haciéndolo inmortal como el alma, y entonces, hecho tú inmortal, podrás contemplar al que es inmortal, si ahora crees en él.

RESPONSORIO    Cf. 2Co 6, 2. 4. 5. 7

R. Ahora es el tiempo propicio, ahora es el día de salvación: acreditémonos ante Dios * por nuestra constancia en las tribulaciones, por nuestros ayunos, por nuestra sed de ser justos.
V. Acreditémonos siempre en todo como verdaderos servidores de Dios.
R. Por nuestra constancia en las tribulaciones, por nuestros ayunos, por nuestra sed de ser justos.

ORACIÓN.

OREMOS,
Concédenos, Señor, que, purificados por las prácticas cuaresmales y alimentados con tu palabra, nos entreguemos completamente a ti por una santa moderación en el uso de las cosas terrenas y que perseveremos fraternalmente unidos en la oración. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.